Etapa 38 (479) Lild Strand-Blokhus
Etapa 38 (479), 13
de julio de 2015, lunes (mandag).
Lild
Strand-Bulbjerg-Thorupstrand-Svinklov-Slettestrand-Tranumstrand-Rodins-Blokhus.
Amanecer en la
casa.
Bastian y mi dibujo.
Me despierto y
levanto poco antes de las siete. Cago y me afeito. Tomo la pastilla y
recojo el saco. Voy a escribir a la cocina, donde hay poca luz. Sobre
las ocho, baja Johannes, toma un café frío y se lleva a pasear al
perro. Sigo escribiendo. Sobre las 8:15 aparece Martin con Bastian,
que llega con gesto adormilado. Hace unos días que cumplió el año.
Baja la abuela Aase. Beso de saludo y me voy de la cocina. Escribo en
el cuarto y a las 8:30 salgo a dibujar la casa. ¡A ver lo que sale!
Pues, lo que ha salido, a Martin le parece bien. Le digo que lo
terminaré cuando llegue a casa, donde le daré un toque con el
pincel negro. Cargo con las mochilas, para despedirme, pero Martin me
dice que su madre ha ido a comprar algo para desayunar y que espere.
No dejo que me lo repita dos veces. Salir de aquí desayunado es una
gran ventaja para la organización del resto del día. Juego con el
melón troceado que come Bastian. Hacemos verdaderas guarrerías. Él
me da a mí, para que coma. Yo le doy a él, con un tenedor que va de
una boca a la otra. Hago como que le como un dedito. El chavalín
está feliz con el juego tonto que nos traemos entre manos.
Desayuno en Lild
Strand.
Cuando llega la
madre-abuela, me siento a su lado. Calentamos leche en el microondas
durante un minuto y la mancho con una chorretada de café. Me ofrece
mermeladas de fresa y rosa mosqueta hecha por ella. Aprendo así
sobre la utilidad que tiene ese matorral de flores rojas y su fruto
redondo como tomatitos. También hace cremas para cosmética, me dice
Aase. En realidad este aprendizaje lo haré después, ya que ahora no
asocio lo que como con la planta que vi y veré. Esa que tanto
prolifera y de la que tanto os vengo comentando.
Algunos trozos de
manzana o tomate rojo, aparecen en la mermelada de rosa mosqueta. La
de fresa no tiene más misterio para mí. Johannes enciende su pipa y
se va. Me despido de ella con tres besos y también de Martin y de
Bastian. Finalmente retorna el abuelo y nos despedimos los
setentones.
Entro en el que ha sido mi dormitorio para recoger mis
mochilas, miro con gusto la cama acogedora y me voy diciendo que
tendrán noticias mías, pues tengo las señas postales y el correo
electrónico de Martin.
Saco fotos de los lugares que debí
fotografiar ayer y que, por la lluvia y otras prioridades, no lo
hice: Primero de la casa de los buenos acogedores daneses. Luego de
la tienda de chucherías con la playa y los tractores que llevan y
traen del mar las embarcaciones. Finalmente, una foto del lugar que
pudo ser mi dormitorio y que no lo fue. Las cajas para el pescado las
denominan muy anglosajonamente Pack&Sea. ¿Serán inglesas de
importación?, ¿o made in China?
Hacia el
refugio de Bulbjerg.
Tractores y
trasportines de embarcaciones descansan sobre la arena, en un puerto
muy especial. La marea está subiendo, casi alta, y se camina
bastante bien. A la playa se desciende por una rampa don formas muy
curiosas.
La rampa es de pendiente suave. Sin acabar de desaparecer
las últimas casas del pueblo, ya aparecen los primeros bunkers junto
al mar, uno sobre la arena, en dique seco y, el otro, mojado y bien
remojado por el suave oleaje de la orilla.
Me encuentro con tres
mujeres que vienen con sus albornoces después de haberse dado el
baño. No sólo se trata de un baño revitalizante matutino sino que
también exige andar algún kilómetro tanto a la ida como al regreso
a sus casas. No les vendrá mal para comenzar bien la jornada. Me
paro a saludarlas y les fotografío ya algo alejadas de donde hemos
hablado
unos segundos.
Siguiendo por la playa, por medio de ella,
pues la orilla está llena de guijarros, pronto diviso el peñón
donde están Bulbjerg y el shelter.
Es imposible que me
pierda. En un momento del camino veo que hay un paso entre dunas y me
asomo para ver si ese puede ser el lugar donde ayer vi el
aparcamiento en el móvil de Pía. Como no es así, retrocedo a la
playa.
Bulbjerg.
Siguiendo las dunas,
el peñón ya lo tengo a tiro de piedra.
Una foto de la mole que
parece buscar el mar, repleto de gaviotas volanderas. Ni 7 ni 4 han
sido los kilómetros andados. Como mucho, unos tres. Salgo de la
playa por un sendero entre dunas que se orienta hacia otras más
altas y lejanas.
Por allí tiene que estar el refugio que, aunque a
estas horas ya no me hace falta, no lo necesito, sin embargo, si me
apetece conocer, aunque sólo sea para poder informar a otros.
El
sendero me lleva a camino de hierba que me acerca al
aparcamiento.
Los coches que hay aparcados han llegado por carretera
estrecha pero más que suficiente. Puesto que el aparcamiento es
hermoso, debo pensar que Bulbjerg es un lugar que atrae visitantes.
Aunque yo no he venido por la carretera, como debo coger el camino de
la derecha, paso por este cartel que me confirma que estoy en el
lugar en que quería estar. Por el dibujo que hice del itinerario que
marcaba el móvil de Pía, sé que tengo que seguir por la derecha para llegar al rtefugio.
Esta carretera me lleva hasta el cruce con la otra. Todo según el
programa. Alguno pensará: ¿Para qué dar tanta vuelta para ir a un
lugar que no se desea utilizar? Rarezas de mi viaje. No todo tiene
que ser sólo útil para mí. También se puede pensar de vez en
cuando en los demás.
Unos meses después me encontré a dos chicos
de Cantabria, quizás fueran asturianos, que se dirigían hacia los
países nórdicos y querían pasar por Dinamarca. Les hablé de estos
shelters y me lo agradecieron. No sé si después los
localizaron y utilizaron, pero iban con poco dinero y les vendría
muy bien pernoctar gratuitamente en ellos y asar en sus parrillas lo
que llevaran para comer.
Refugio =
Shelter.
Llego a otro cruce
con varias señales. Una es de confirmación, me indica que estoy en
el camino de Bulbjerg, por eso pone Bulbjergvej. Esa terminación en
“vej” tan archiconocida. Mi duda es saber a qué llaman Bulbjerg,
si al peñón, al bunker encastrado en la duna, o también al
refugio. Como sé que el refugio no está en el mar, sino en el
interior, tampoco me entran dudas. Después del último bucle, en un
kilómetro ya estaré en el shelter. Subo la loma. Desde ella,
echo un vistazo atrás y fotografío la playa que he dejado y, muy a
lo lejos Lild Strand.
Esta duna está repleta de vegetación
variopinta y a la derecha la riqueza forestal de Dinamarca con sus
coníferas.
Porque encuentro esta escalera, si no, pensando en que
iba a encontrar un refugio de las mismas o parecidas característica
de los que he visto hasta ahora, este edificio de fábrica, oculto en
lo profundo y bien tapado por hierba y arbustos, me habría pasado
desapercibido. Bajo y lo que veo no me da garantía de salubridad. Me
parece sucio, poco higiénico.
Como me resisto a creer que no haya
aquí también otro shelter de madera, lo busco por los
alrededores. El no encontrarlo no quiere decir que no lo haya. Me
marcharé con la duda y será un dato que no podré contrastar. Lo
que he comentado lo he visto por la ventana y la puerta no la he
podido desatrancar. Está todo muy desvencijado. El peor de todos los
vistos. En el tejado ha crecido un árbol. Ha sido una pena.
¿Encontraré más refugios gratuitos daneses?
La zona de hacer fuego
está bastante completa. La parrilla, los bancos corridos alrededor
de la lumbre, la mesa con sus asientos, también corridos, la leñera
con buena cantidad de leña en reserva… todo está muy bien.
También encuentro la fuente de agua para lavarse y cocinar. Más
apartado, como debe de ser, el sanitario para evacuar lo que haga
falta.
Todo lo que sobre pero, como no entro, no sé cuál es el
sistema de almacenamiento de la mierda de los usuarios. Si comen es
muy importante que también caguen. Si no, si el organismo, nuestro
aparato digestivo, no completa su función, tan importante o más que
la alimentaria, mal andamos. Al pasar, al menos no huelo nada, ni
agradable ni desagradable, ni tan mal como olía el de Nors.
En mi
búsqueda del refugio de madera, por si lo hubiera, me encuentro con
estas colmenas en funcionamiento, con abejas pululando por el entorno
y huyo por si a las aguijonadas les gustara mi apetitosa sangre para
hacer rica miel tras ser impregnada de fresa y rosa mosqueta, lo más
dulce que habré asimilado en mi sangre en el desayuno.
Hacia el bunker.
Una vez de visto lo
que quería ver, retrocedo por el mismo camino hacia el peñón de la
costa. Saco otra foto desde arriba con el aparcamiento, la playa y
Lild Strand al Oeste y otra al Este. La continuación de la playa es
similar a la que he traido al venir.
La mucha hierba no hace vislumbrar
ningún camino que me lleve al otro lado. Tendré que pasar por
debajo del peñón. No sabía que hubiera un bunker incrustado en la
duna, encima de donde se posan y anidan las gaviotas. Este bunker
está bien enclavado en lo alto y es un punto ideal para vigilar el
mar en tiempos de guerra. ¡Que no vuelvan a tener utilidad!
Un grupo
de jóvenes lo visitan y están en la parte alta. Hay escaleras de
acceso al bunker y yo hago lo de todos pero ni intento entrar dentro.
No vaya a ser que luego no pueda salir con vida. Fuera ya del bunker
veo posibilidad de bajar a la playa de la forma más rápida posible,
pero no tengo espíritu suicida y no voy a arriesgar bajando por la
vaguada.
En esa uve que forma el peñón, revolotean las gaviotas
como si estuvieran temerosas de que alguien robe sus huevos o sus
polluelos. Están muy alborotadas.
Es así como descubro a mi
izquierda una escalera hecha sobre la arena de la duna y el sendero
que me va a llevar a la playa.
Una vez que estoy bajo el peñón, es
buen momento para observar mejor a las volanderas recelosas. Ya he
pasado al otro lado de la peña y he conseguido salir indemne.
Ninguna gaviota me ha cagado encima. Yo también he pasado temeroso.
Recuerdo que una se lanzó encima de mi cabeza y me dio con una pata.
Menos mal que llevaba visera. También en una isla Portuguesa, en Ilhas Berlengas, donde hice una visita grupal, teníamos que
ir con el bastón en alto para que no nos atacaran.
En los dos casos,
las gaviotas anidaban allí y tenían huevos y a sus crías a su
cargo. Defendían su terreno, los humanos éramos los invasores. Su
caca concentrada, ofrece cierto aroma marino. El entorno del bunker y
del promontorio, se va animando con nueva gente que va llegando y
aparcando en el lugar habilitado para ello.
Abandono Buljerg que,
fonéticamente, cuando lo oigo mencionar, me suena a “Bulbia”,
por playa de arena y piedras como la que he dejado al otro lado, la
de Lild Strand.
Por la playa
hacia Torup Strand.
Es una pena que no
pueda ir descalzo por la arena. La primera referencia que ofrecen mis
dos mapas, el general y el de las rutas para ciclistas, es el de la
playa de Torup.
Hoy no encontraré apenas urbanizaciones por el
camino, y menos siguiendo por la playa, que es lo que programo.
Aunque nunca es fiable y, mi viaje abierto, me puede llevar por otros
derroteros. Saco dos fotos de esta playa, que es algo sinuosa, hasta
que, en la tercera ya veo a lo lejos unos barcos cerca de la duna,
que está siendo la tónica de estos puertos sin muelle del último
tramo. Parecen barcos pesqueros de gran tamaño y también hay un
espigón que permite que la arena se estabilice y no se la lleve el
mar.
Torup Strand.
No hay mucho que
decir de este lugar, salvo los pocos barcos que veo y fotografío con
mi cámara. La urbanización no es grande, pero ofrece un lugar en el
que voy a tratar de comer. La hora es buena para ello. Parecía que
el tiempo iba a mejorar, pero se ha ido cubriendo de nubes.
Thorupstrand
Fiskehandel.
Es una pescadería
en la que puedes comprar pescado fresco para llevar, o te lo pueden
cocinar para comerlo en la terraza exterior. Pero no entiendo lo que
quiere decir la chica que me atiende. Veo un rodaballo y me lo quiero
comer. También un buey de mar. Se me hace la boca agua, ya que estos
regalos marinos no me los han ofrecido todavía en ningún sitio,
hasta ahora, y ya llevo muchos días con los daneses del Oeste.
Finalmente, no me queda más remedio que pedir otros pescados más
convencionales que, una vez elegidos dos trozos, los embadurnan de un
preparado de engrudo, de harina y agua, propio para rebozar y más
potente que la tempura, y lo meten en la freidora. Una
fritanga más del arte culinario danés. Cuando ya están listos para
comer pido una cerveza y pago 50dk (6,70€ cuando me llegue el cargo
de Visa). Salgo a comerlo al exterior, aunque no hace calor, pues
dentro no tienen habilitado sitio para comer. El pescado no está
mal, pero después de haber soñado con buey y rodaballo… Una vez
comido el pescado, y como ahora ya sé el sistema, vuelvo para que me
frían un lenguado, pero ese pescado tampoco me lo pueden preparar.
Me voy defraudado, con las dudas de que todo me lo habría podido
comer si hubiera leído la carta y pedido lo que en ella ofrecían,
pero ya es tarde para lamentos. Por lo menos he pagado poco, acorde
con lo que he comido. Me voy sin sacar fotos, ni de la pescadería,
ni de la terraza comedor. Paso por un lugar de venta de caracolas,
Konkylier. Hay muchas para elegir y todas cuestan 20dk la
pieza. Es autoservicio. El cliente elije la o las que quiere, y
deposita el dinero en la hucha que está en medio del mostrador.
Hay
tanta confianza, que no piensan que nadie se vaya a llevar la hucha
para descerrajarla en su casa. Tampoco se ven huecos, lo que me hace
pensar en que las ventas serán escasas. En una casa por la que paso,
la nº 19 de la calle, lo que me llama más la atención es el buzón
de correos. No dispone de ranura, sino que lo que debe hacer el
cartero es levantar el tejado para introducir la correspondencia.
Unos muñecos representan a los dueños, sus nombres en la fachada
roja, y una barca me hace pensar en pescadores o, al menos, en gente
de mar.
Hacia
Grennestrand.
El primer tramo lo
hago por interior, por zona boscosa, entre altos pinos. El camino es
ancho y cómodo.
Va llaneando y me va sacando a las dunas
consolidadas y repletas de vegetación. Hace algo de viento que,
después del ventarrón de los días pasados y casi olvidados, éste
me parece brisa marina. Se ve que es camino transitado aunque no hoy
y, de tramo en tramo, se ofrecen bancos rústicos. Decido volver a la
playa. Una buena medida, ya que en el mapa que llaman Oplevelser i
Jammerbugten, más adelante, aparecen lagunas detrás de las dunas y
sería una dificultad añadida para volver al mar.
Ya en la playa,
leo escrito con piedras incrustadas en la arena, el nombre de mi hija
mayor. En este caso, aunque le sobra la H final, no puedo dejar de
fotografiarlo. Camino mejor de lo esperado y compruebo que, al otro
lado de la duna ya he llegado a las lagunas, por lo que no me puede
extrañar que en la playa se formen algunos regatos de desagüe, que
no interceptan mi discurrir por la arena. Los dos primeros los supero
con un saltito.
En una de esas lagunas creo ver una garza cerca del
agua. Como está en un lugar que apenas destaca, pues se confunde con
el fondo del paisaje, quiero que eche a volar, pero no lo consigo a
pesar de que, con piedrecillas planas que lanzo para que hagan
txipi-txapa sobre la superficie, aunque sin peligro de que lleguen
hasta donde está el ave. Como no vuela, ni se mueve del lugar, no
destaca en la fotografía.
Lo más que puedo hacer es centrarla. Está cerca
de la orilla, al otro lado de la laguna. Sin verla volar no puedo
asegurar que sea una garza. Luego fotografío una de las salidas al
mar del agua de la laguna, que va horadando la arena y descubriendo
su base empedrada. Como no es mucha el agua que baja, la agresión a
la playa no se puede considerar mayúscula.
No son ríos, como
el del Fluviá, que ya sufrí para cruzarlo en su día. La siguiente
larguísima playa, sigue ofreciendo más piedras que arena, por lo
que ir descalzo no es lo más aconsejable. Yo me aconsejo bien, y camino calzado.
Llego a otra salida de agua lacustre, y esta tiene
mayor caudal. Hasta va haciendo sus meandros antes de desembocar en
el mar, pero el único inconveniente que tiene es que me obliga a
descalzar mis sandalias y, al otro lado, volvérmelas a poner.
El
siguiente tramo, antes de volver a zona boscosa de interior, voy a ir
combinando momentos en que camino cerca de la orilla, con otros en
que el camino lo hago por arena seca.
Svinklov.
Metiéndome de nuevo
por las dunas, llego a un edificio que recibe el nombre de Badhotel
de Svinklov. Cuando llego ha terminado ya el horario de comidas.
Todos lo tiempos para cada cosa los tienen muy compartimentados. De
14:00 a 16:00 horas, es el tiempo del café. Luego vendrá el de las
cenas.
Porque he comido poco, me podría apetecer un postre, pero no es
la hora adecuada para ello, pues el comedor ya lo han cerrado.
Ofrecen una exposición de cuadros que, para mi gusto, me resultan
demasiados pastelones. ¡Con las ganas que tengo de comerme un
pastel! Total que salgo del edificio casi igual que como he entrado.
Llego a carretera con el indicador de 2 km a Slettestrand. Me cruzo
con una pareja que viene con mapa, pero sin indicación de shelters,
aunque es similar al que yo usé en Nors So. Me lo quieren dar pero
no me vale. Acaba en la playa y no ofrece la continuación que a mí
me interesaría. Me dicen que van a la oficina de información, pero
yo la pasaré de largo, porque no la atiende nadie. Tengo suerte de
que allí mismo hay un hotel y, el recepcionista, me da un plano que
me permite ampliar un tramo y, el otro, en que ofrece shelters
pero hacia el interior y que en el sitio de la cena, también frugal
como la comida, decidiré tirar.
Slettestrand.
Cena.
Me dicen al entrar
que admiten pago con Visa. Me entiendo mal con las chicas, pero se
ríen. Ya es algo positivo para la comunicación. Pido dos salchichas
y de postre un cacho de Classic con chocolate milk. Cuando voy a
pagar 68dk el datáfono no va y no me queda otro remedio que el de
pagar con billete de 100. Las chicas se siguen riendo, aunque a mí
maldita la gracia que me hace gastar mi dinero en efectivo. Lo único
que saco de beneficio es que las monedas que me dan de 20 y de 10dk
de vuelta, son nuevas y las cambio por las viejas que había guardado
para coleccionar. Son las 18:30 cuando abandono el lugar y me marcho
oliendo a fritangas-grill.
Invitación a
cenar.
Del sitio donde he
cenado y saliendo de Slettestrand, sale el carril para bicicletas,
que va paralelo a la playa. Me viene bien al menos para cambiar de
forma de pisar. Así voy a seguir hasta llegar al nº 36 del nuevo
mapa. Cuando llegue allí, ya veremos qué camino sigo. El problema
es que, cuando llego a un cruce, el carri-bici me lleva hacia el
interior. Y dudo. Creo que todavía no he llegado a Tranum Strand.
Llega un coche y lo paro. La copilota habla castellano. Se maravilla
de mi viaje y me invita a compartir su cena en familia. Detrás van sus
niños. Le comento que ya he cenado y me quejo de lo mal que se come
en Dinamarca. Su invitación es una oportunidad de conocer cómo
comen las familias, pero se lo agradezco y declino la invitación. El
marido me recomienda que siga por la playa que, vaya donde vaya, es
por donde mejor y más rápido voy a llegar. Por allí paso la duna y
vuelvo a la playa.
Ejstrup Strand.
Ayudo a un surfista.
La playa ofrece un
suelo duro. Está endurecido hacia la parte de las dunas por la
cantidad de vehículos que lo utilizan como autopista. Pero los
tramos hasta llegar a Blokhus están atravesados de regueros que
deberé ir salvando.
Todos sin necesidad de descalzarme. Da la
impresión de que el cielo va a quedar despejado al llegar la noche,
pero no será más que un espejismo. El sol de anochecer acabará
entre nubes. Pero no será un feo ocaso. De momento, sigo por la
playa.
Lejano todavía, veo a un kite-surfista que salta con su tabla
sobre las olas. En realidad, lo primero que veo es su cometa o
parapente volador. Viene, va, vuelve y se aleja de nuevo. Se ve que
está disfrutando y yo también, aunque algo menos, viéndolo. No
puedo adivinar en este momento que, más tarde, le voy a servir de
ayuda.
Ya he pasado el nº 36 que, en mi mapa, sin aparecer el
nombre, sí figura en mi lista de Natursteder con el de Ejstrup
Strand. En mi camino hacia Radhus lo iré viendo a menudo pero, antes
de llegar a este pueblo, termina sus ejercicios acrobáticos y sale a
tierra. Mejor dicho, a la arena de la playa. Ahora veo todos los
colores de su parapente volador, su cometa. Le veo intentando bajarlo
a la arena, pero el viento que tanto le ha favorecido en su carrera
sobre el mar, ahora no se lo deja aterrizar. En vista de lo cual, en
su segundo o tercer intento, corro con la dificultad de mis mochilas
a cuestas y se lo sujeto.
Ahora ya lo podrá deshinchar y guardar con
el resto de materiales. Me agradece el gesto y sigo adelante. Poco
después me cruzo con una furgoneta, que más parece un tanque de
guerra blindado, que llega hasta donde está él. En la parte trasera
del vehículo, va bien amarrada una bicicleta, de las que me parecen
de montain-bike. Será su ayudante, no sé si masculino o femenino,
pero yo me he adelantado en uno de sus cometidos. Las huellas de las
cubiertas de éste y otros vehículos que han pasado antes, se pueden
observar en la mitad de la playa. Todavía no se ha configurado lo que yo
llamaré autopista en la parte alta, junto a las dunas.
Radhus.
Las dunas de este
tramo son más variadas en tamaño y forma, y ya no están tan
azotadas por el viento como las de ayer. Unas torretas, como antenas,
que muy bien pudieran servir a la estrategia militar, me indican que
no estoy lejos de población.
Tres kilómetros antes de llegar a
Radhus, pregunto a un corredor que entrena por la playa. Luego, otro
hombre que va con su familia, me dice que ya estoy en Radhus desde
que he pasado las antenas. Deduzco que las antenas estaban en Radhus
Klit. También me dice que, en tres kilómetros estaré en Blokhus.
Aquí se puedan apreciar las huellas de los neumáticos en la zona
alta de la playa, la más cercana a las dunas. Esto es lo que yo
considero autopista. Obsérvese cuánta rodadura. Una persona sale de
las dunas, probablemente venga de una casa y va hacia la orilla. Como
estoy listo para pasar el último río, yo también sigo sus pisadas
grandotas, pues de lejos dudo si es hombre o mujer. Se trata de un
sueco en vacaciones y se admira de que viaje de la forma en que le
cuento. Me desea suerte y que tenga buen camino. Veo lejanas unas
casetas que servirán para guardar a las familias usuarias de la
playa el material necesario para el relax: sombrillas, hamacas,
colchonetas, y demás bártulos playeros. Probablemente también
artilugios para la pesca y navegación.
Cuando llego a la entrada a
la playa de Radhus, el conductor de un coche aparcado en la arena me
lo confirma. En la playa por la que continúo hacia Blokhus, un
indicador de carretera, que confirma el uso como tal de la playa, me
informa que Blokhus está a seis kilómetros.
Blokhus.
He tenido que pasar
un riachuelo para llegar a esta señal. Tengo deseos de superar la
doblez del mapa general que, si no dispusiera de los otros
auxiliares, me informa bastante bien del recorrido que estoy
haciendo, así que me interesa llegar a Blokhus porque, además, ya
he visto que allí hay un Danhostel, aunque figura con cuatro
estrellas y, me supongo, será bastante caro. Por la carretera que yo
llamo autopista, circulan ya coches con las luminarias encendidas.
Aprovecho la rodada para pasar los riachuelos.
Los propios coches se
encargan de echar arena al agua y apisonarla, lo que favorece el paso
del peatón. Algunos desagües ofrecen algún pequeño puente de
madera. Al llegar a un riachuelo más ancho, me veo obligado a
desplazarme hasta la orilla. La marea está subiendo.
Como me voy a
meter en población y no sé si volveré a la playa para el ocaso,
voy sacando fotografías del sol en su descenso hacia el horizonte,
aunque se encuentre entre nubes. Nadie verá hoy un acoucher du
soleil nítido.
Llego a las casetas de playa. Intento abrir
alguna, pero todas están cerradas con llave. No voy a tener
oportunidad de realizar un allanamiento de morada sin escalo, como
ocurrirá en Alemania días después, antes de llegar a la frontera
polaca. Antes de adentrarme en el pueblo, saco la última foto de
atardecer.
Estoy convencido de que el sol ya no lo va a ver ni su
padre. Esta última foto ya es con veraneantes. Así, por la playa,
entro en Blokhus, que es un lugar de veraneo en el que muchos de los
veraneantes desconocen la ciudad. Como he leído que el albergue está
en la calle Kirkevej, el camino de la iglesia, pregunto dónde está
la iglesia, y nadie me sabe responder. Quizás todo el mundo sea
ateo. Los jóvenes a los que pregunto pasan de mí. Un hombre joven
está cerrando su tienda y recoge la última sombrilla. Mira en su
ordenador de mediano tamaño. Me dice que lo tengo a dos kilómetros,
siguiendo la carretera. Ya son más de las diez y pienso que, aunque
llegue al lugar, ya no encontraré a nadie en recepción. Había
dudado antes en dormir en las dunas, pero el cielo encapotado me ha
recomendado dormir hoy en albergue. Ahora la decisión está tomada.
Dormiré donde encuentre algo a cubierto.
Buscando posada.
Una casa en Blokhus.
Como la sagrada
familia en Belén, pero sólo y sin pollino, voy buscando algo bajo
techo. Siguiendo por la calle principal de Blokhus, paso por una
plaza muy animada, y eso que es lunes. Me escoro a la paralela a la
izquierda, con idea de que por allí encontraré mejor escondrijo. Lo
encuentro en una casa en la que me parece que no hay gente. Quizás
sea lugar de residencia de fin de semana. Su amplio garaje, que
también es la leñera, está abierto de par en par. Me coloco en el
fondo y me meto en el saco, aunque permanezco incorporado hasta las
once, por si llegara algún coche. No quiero morir aplastado contra
el muro frontal. Acabo durmiéndome. Corre algo de aire, pero no paso
frío. Antes de meterme en el saco, he bañado mis pies con
aloe-vera. El montoncito de leña próximo me está sirviendo de
apoyo. Dos veces que me levanto durante la noche orino sobre la
hierba. Me despierto y levanto a las seis.
Balance de un día
de playa sin baño.
Otra jornada más
sin baño para la colección de este año. También sin shelter,
a los que ya me estaba acostumbrando como medio gratuito para dormir.
Las dos comidas, como para olvidar. Lo más interesante mi visita a
Bulbjerg, aunque el refugio ha defraudado mis expectativas, pero el
bunker en el peñón, con tantas gaviotas… Mi ayuda al
kite-surfista ha sido mi buena acción del día. Ha sido bonita la
invitación a cenar en su casa de la mujer del conductor del coche,
con niños, que hablaba castellano. Con todo, lo mejor para el
recuerdo, el desayuno y la despedida de los Nedergaard. ¡Y mi dibujo
de su casa!

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