Etapa 23 (464) Hüsum-Wittdun


Etapa 23 (464) 28 de junio de 2015, domingo (sonntag).
Hüsum-Schobüll-Hattstedt-Struckum-Breklum-Bredstedt-Bordelum-Sterdebüll-Ockholm-Schlüttsiel-Dagebüll-AMRUM-Wittdun.

Dibujo matutino.
He dormido yo sólo en la habitación. Me levanto a las siete, tomo la pastilla, relleno el pastillero para la semana próxima y salgo al exterior para ver si encuentro un motivo interesante para dibujar en mi cuaderno, que lo llevo bastante desangelado. En 23 jornadas caminando, sólo he hecho tres dibujos y, el último, sería más bien un auténtico garabato. Las jornadas en que se organizan salidas a lugares para coger apuntes rápidos, se suelen llamar por mi zona del País Vasco, “Garabateando”. Encuentro un motivo a la salida del pueblo, por donde voy a ir luego, Es una casita blanca y arbolado. Será un dibujo minimalista que me agrada por su sencillez. Cuando regreso al albergue, ya puedo desayunar.

Desayuno en el albergue.
Soy el primero… Eso creía, pero en el comedor ya hay un chico desayunando y, a la vez que yo, entra un matrimonio con un hijo grandote. Padre e hijo visten buzo. Pido que me calienten leche y hago un desayuno bastante completo. Zumo de polvos, embutido, plátano y yogur, además del café con leche con algo para untar, que no recuerdo. 
Me he sentado en el mismo sitio en que esperé ayer y el chico se ha ido rápido, como ave migrante, sin decirnos ni pío. Subo a la habitación, deshago la cama. Bajo a recepción a devolver las llaves y la señora de ayer me da un horario de Fähre a Amrum. Aunque es una información de lo más interesante para el plan de hoy, ni me preocupo de mirarlo hasta después de comer. Tampoco quiero que un horario me hipoteque la marcha del día. 
 
Ya hablaré del horario cuando le toque su turno. Salgo del albergue a las 8:45 Fotografío el edificio del jugendherberge, que me ha albergado esta noche y también de un parque de focas que adorna uno de los espacios aledaños al camino de acceso a él.

De Hüsum a Schobüll.
Salgo de Hüsum por recorrido conocido, pues hace un rato he estado dibujando por aquí. 
Al pasar buscando tema para dibujar, he visto el centro Pestalozzi, algo que para alguien como yo que estudió Pedagogía, le trae buenos recuerdos, de una carrera que hizo para cambiar de profesión y que, aunque no lo consiguió del todo, nunca se arrepiente de haber hecho aquel esfuerzo de adulto, en época en que ya tenía dos hijas, trabajando y estudiando a la vez.
 
Al pasar he fotografiado el centro y el lugar en que pone: Pestalozzi-Schule Hüssum. Con estos pensamientos me doy cuenta, al finalizar, que acabo de pasar por Schobüll sin enterarme. Leo el letrero de finalización de Schobüll y tomo la decisión de olvidarme de la siguiente península, a la que denominan Nord-strand, por dos razones. 

Una la de que, aunque dibujen en el mapa lugar de baño, ya me conozco de qué tipo de lugares se trata y, la otra, porque quiero entretenerme lo menos posible para tratar de llegar hoy a dormir a la isla Frisia de Amrum. Según sigo caminando, va tomando cuerpo esta idea.

Hasttedt.
Saliendo de Schobüll, ya estoy viendo a lo lejos la torre de la iglesia de Hasttedt. Aún falta camino por recorrer para llegar, pero el hecho de verla, me hace pensar que estoy ya en ella. 

Fotografío la señal informativa de entrada en el nuevo pueblo, a la vez que sus primeras casas. En uno de los tejados bajos de esta finca, han colocado paneles de atracción de rayos solares para la obtención de energía. No son tan tontos estos alemanes, aunque mañana, cuando haya que desmantelarlos, tendrán un coste añadido que ya veremos quién lo paga. 
 
Me gustan las casas con tejado de paja de este pueblo. Son muchos y están construidos con sentido estético y cierta armonía. Casi todas tienen su abeto que me hace suponer adornarán para la Navidad. Este árbol sirve lo mismo para las familias cristianas que para las paganas. Se ha convertido en símbolo universal de las fiestas. 
 

Los países del Norte para su Papá Nöel, los del sur, poniendo debajo del árbol su Nacimiento. En la segunda foto con abeto, una de las casas ya ha sustituido su tejado de paja, por otro de tejas. El que mantienen de paja, está ya muy deteriorado. ¿Seguirá la misma suerte que el otro? 


Voy llegando, así, a las últimas casa de Hasttedt y saco la última foto de este pueblo que tanto me ha gustado al pasar

Entre Hattstedt y Struckum.
El camino me ha alejado de la iglesia, por lo que no la puedo fotografiar de cerca, aunque tenía buena pinta de lejos… Hoy, domingo, me quedo sin misa. Sonntag me recuerda a Susan Sontag, que recibió hace unos años el premio Príncipe de Asturias. Hoy ha cambiado a princesa de Asturias, puesto que el príncipe ya es rey, Felipe VI, y su heredera es una mujer, Leonor. El camino me va llevando hacia la carretera nº 5 que, en mi mapa, aparece como B5. En una gasolinera, un chico, que está sirviendo gasolina, es quien me la recomienda. 
 
No así la otra, la que lleva hacia el mar. Pasados unos kilómetros por ella, veo una señal que marca la dirección a Dagebüll. Deberé estar atento al cruce de Bredstedt para que no siga a Niebüll y me pase el puerto de embarque al que quiero llegar. Hoy no he visto las vías del ferrocarril pero, de camino por la carretera, veo un largo tren que circula en dirección hacia Hüsum. 
 

Tras él, un montón de molinos para energía eólica transformable en electricidad, giran sus tres aspas al viento. Pasar el río Arlau, me da otra referencia, ya que me sitúa en el lugar exacto de mi mapa, y sé que no me quedan muchos kilómetros para llegar a Struckum. Enseguida estoy sobre el puente que me permite caminar por encima de las aguas. Ahora, sin tren delante que me los intente tapar, los molinos eólicos se enseñorean del paisaje. 
 
Aprovecho para fotografiarlos el momento en que por el otro carril pasa una moto con sidecar, con el motero y su acompañante. Hacía mucho tiempo que no veía este tipo de vehículo, que fue más visto aunque nunca fuera muy popular, en otras épocas de mi vida. 


Acercándome a Struckum, si hace días ya me aburría de dique, ahora empieza a pesarme tanta carretera. ¡No me queda casi nada hoy! ¡Paciencia! Menos mal que voy por un buen carril bici, aunque por el lado del arcén que menos me gusta de la carretera.

Struckum.
Cuando llego a este pueblo y fotografío la señal en la carretera, me encuentro con un cruce. Una carretera traspasa el carril bici hacia el interior. Está en lugar con amplia visibilidad, lo que me hace pensar en que es un cruce seguro, si es que caminantes, ciclistas y conductores van lo suficientemente despiertos. Coincido en el momento en que un coche con carromato añadido, gira y empieza a cruzar hacia mi carril. Ningún problema, conductor y viandante vamos atentos. 

El cartel me indica que ya estoy en Nordfriesland, es decir, en el Norte de las Frisias que, como os contaba al inicio de este viaje, en otros lugares llamaban a esta parte de islas, las Frisias Septentrionales. Se ve que estas islas dan nombre al continente, como ocurría en Holanda. En un refugio-parada de autobús, con su escudo, un cartel da la bienvenida a los visitantes del pueblo y lo recomiendan como lugar ideal para pasar aquí las vacaciones. Un sol esplendoroso infantil es su mayor atractivo. 
 
También sus tierras verdes, la arena amarilla y el Mar del Norte azul, son los elementos complementarios de atracción. Una flecha potente, informa del lugar donde se ofrece una panadería al mejor postor. Tiene una gran terraza y, aunque no hoy pues ya vengo bien desayunado, habría sido una buena opción en cualquier otra ocasión. Hay coches aparcados, gente desayunando y cierto movimiento en el interior. Lo que menos me gusta es la altura de las mesas y de los asientos. 
 
Si no hay mesas en su interior y ésta fuera la única opción ofrecida, habría intentado desayunar en cualquier otro sitio del pueblo… si lo hubiera. Sin ver la iglesia del pueblo que, me supongo, la hay. Me llama más la atención la casa de ladrillo con tejado de paja que ofrece en grandes números la fecha de su construcción 1889. Aparece en la fachada más a la vista desde la carretera, aunque no sea su principal. No hay puerta por este lado y sólo una ventana hermosa y dos mínimas más en la primera planta que, sin ser muy adivino, corresponderán a habitáculos abuhardillados. Una escalerita de pocos peldaños, se apoya en uno de los vértices de la casa, pero no para cumplir una función de escalar, sino como adorno, de sus peldaños cuelgan macetas floridas. 

Avanzando por la valla de separación, otra casa antigua, que no me atrevo a asegurar que no sea la misma, ofrece modernidad. Pareciera como si algún hijo o hija se hubiera construido en el espacio del huerto o jardín, un habitáculo más sencillo, quizás para pasar con sus hijos pequeños, el verano junto a los abuelos. Esta casa es más moderna y se complementa en el espacio al aire libre con elementos propios para que los pequeños jueguen. Así puedo enumerar: una cama elástica, un tobogán pequeño, otro aún menor, como para bebé, y otros elementos para que jueguen niñas y niños. Previsores para el invierno, también almacenan leña para quemar en la chimenea o quizás para encender la barbacoa en verano al aire libre.


Breklum.
En pocos minutos llego a la señal de que he llegado a este otro pueblo. He tardado poco más de 20 minutos desde la señal de entrada a Struckum a ésta de Breklum. Lo primero que veo es una gran pradera rodeada de valla con cintas electrificadas, para albergar tan solo a tres caballos. 

Llego a un hipermercado, Th Nissen que, por ser domingo, está cerrado pero, en el exterior, se celebra un mercadillo muy animado. Lo que se ofrece mayormente, son objetos de los que más ayudan a entorpecer la vida en las casas que a facilitarla. Mucha inutilidad innecesaria que, si me la regalarían no la querría para mí. 
 
Es evidente en mi condición de viajero caminante, que me cargaría la mochila de cosas inservibles, pero que tampoco compraría estando en mi casa. Sin embargo, se ve que a la gente le encanta comprar, consumir por consumir. 
 
Bien para los que las ofrecen pues, además de quitarse un muerto de encima, les dan dinero por algo que harían mejor tirando a la chatarra o a la basura. Un poco más adelante, entre Breklum y Bredstedt, encuentro un Lidl totalmente vacío de compradores, sin coches en el aparcamiento y los carros de la compra a buen recaudo.
 
No tendría que insistir en que estamos en domingo, pero lo hago. Yo soy cliente fiel de Eroski, cuando voy a Canarias, suelo serlo de Hiper Dino y de Mercadona. En Irun no tenemos Lidl pero, si lo tuviéramos, no es un lugar que rechazaría para hacer mis compras, o algunas de mis compras, por ejemplo, yogures. En un par de minutos ya estoy en el cartel anunciador de Bredstedt.

Bredstedt.
Parece que he elegido el domingo para pasar por todos los hipermercados habidos y por haber. Después de haber dejado atrás Nissen y Lidl, ahora toca el turno a Netto y Aldi. Según el cartel de entrada, en algún dialecto de la zona, parece ser que Bredstedt también se puede nombrar como Bräist. Un letrero en la hierba, ofrece fresas al otro lado de la calzada. Netto y Aldi, uno a cada lado de la carretera, también están cerrados, y no siento ninguna pena por no poder entrar a comprar. En Irun tenemos muy cerca de casa un Netto, también algunos BM que, según me dijeron, es lo mismo. Con Aldi tuve mala experiencia y opino que son muy careros, por lo que, siempre que puedo evitarlo, lo hago y me abstengo de comprar en dicho establecimiento. El más cercano a mi casa es el Super Amara, pero lo uso en contadas ocasiones. 
 
La última vez busqué un producto de la sección de congelados y, por una avería en la electricidad, tuvieron que tirar todo el género que se les había descongelado y ya no lo podían vender al público. Pronto llego a la gasolinera Classic, donde fotografío más que nada por la referencia a los precios de los carburantes. 
 
En poco tiempo llego a un parque público donde, de una fuente mana agua que se deposita y vuelve a salir para caer al siguiente depósito, en una suerte de cascada discontinua. No está mal la idea, pero le falta gracia. 

 



Desde allí veo una torre de las que llamo panóptico que, cuando pase el puente elevado sobre las vías del ferrocarril, la volveré a fotografiar para que se vea más completa. Son las doce menos cuarto cuando sobrevuelo las vías del tren con plataforma central para las dos direcciones. 
 


A mi izquierda el panóptico que ya había visto un rato antes. Del otro lado del puente, saco foto de la estación del ferrocarril, con espacios menores a cubierto en los andenes, para cuando llueve y los viajeros se puedan refugiar. Bajo del puente hacia la estación y cojo carretera que me va sacando de la ciudad. Durante un rato, voy con las vías del tren a mi derecha. 


La carretera dispone de carril bici a la izquierda, así que voy muy cómodo por él y muy atento al siguiente cruce pues, en cuanto pueda, debo meterme hacia la izquierda para coger la costa y dirigirme a Dagebüll. Pronto llego al indicador deseado que, por una parte me ofrece Bordelum a la izquierda y también, Schlüttsiel y Dagebüll, ambos puertos de embarque para ferris a las islas Frisias. Iba muy bien por el carril bici. Veremos qué me ofrece la nueva carretera que me va a llevar por la costa.

Bordelum.
Estoy ya en el cruce. Para favorecer a los conductores y que vean si viene algún otro vehículo que pueda perjudicarles en la maniobra del cruce de carretera, han colocado un espejo en lugar estratégico. Aprovecho para fotografiarme en él, y así tener la certeza de que, quien me acompaña, soy yo a mí mismo. 
 
“Converso con el hombre que siempre va conmigo…”, dice Antonio Machado, y añade: “Mi soliloquio es plática con este buen amigo, que me enseñó el secreto de la filantropía…” Un nuevo cartel me va a decir que estoy llegando a Bordelum-West, el Oeste de Bordelum, pero primero paso por un lugar donde, muy previsores, han almacenado buena cantidad de leña para el invierno próximo, aunque todavía esté lejano. “Hombre previsor vale por dos”. 
 
Este tipo de leña es más propio de chimenea o de cocina económica, que para barbacoa. Como decía, pasado el almacenamiento de leña, entro en Bordelum-West. Me encuentro una valla con el signo que veis en la foto. Si estuviese en Dinamarca, pensaría que es su O barrada, que tiene un sonido de “e” rara, algo cerrada, pero en Alemania, no sé qué puede significar. 

¿Algo relativo a agua, a río? Encuentro un árbol repleto de frutos, parecen ciruelas, pero están demasiado verdes para que las pueda recibir con ofrenda del camino. 
 

En otra época del año, este regalo no lo hubiese rechazado, independientemente de la hora de paso, siempre refresca y alimenta los jugos gástricos. 
 
 



El Stoevertuv es un establecimiento que se ofrece a los mayores pero tientan a los niños con sus esculturas, más o menos infantiles, y un coche de bomberos, fireguard, que exige el pago de cincuenta céntimos para ser puesto en funcionamiento. ¿Dejarán aquí a sus hijos con buena provisión de esas monedas, mientras hacen la compra? Por la cuenta que trae a los adultos, harán la compra con rapidez.

Uphusum.
Este pueblo no aparece en mi mapa. Me desorienta. Me hace pensar que he podido equivocar el camino, que está perfectamente marcado en mi mapa como pista para ciclistas. Tampoco aparecerá el nombre del pueblo siguiente pero, como no me he desviado, tengo que confiar en que voy bien, sin salirme de madre, del camino madre que necesito para llegar al puerto que deseo llegar, y no demasiado tarde. 
Este pueblo ofrece casitas unifamiliares de poca altura y bastante uniformes, con mucho arbolado. Llego a una casa de vacaciones que anuncian en el exterior con una maqueta, réplica inexacta del original que está a la vista. Los espacios de las ventanas no concuerdan con el edificio real, aunque sí la estructura de conjunto. El nombre tan complicado no lo repito, pues lo podéis ver en la foto y, así como el de los pueblos sí, éste no me aporta nada. 
 
Si la casa anterior era el nº 69, sin comentarios, ahora fotografío la nº 71. Esta casa ofrece una fachada adelantada sobre el portal de entrada, que me resulta atípico. No es el tipo de acceso que he visto en otros edificios de estas características. 

 





La casa nº 73, va más acorde con las habituales. Esta casa Dorle, también de ladrillo a la vista, además de las rosas que crecen plantadas por sus dueños o por un jardinero profesional, ofrece la particularidad de unas flores silvestres nacidas espontáneamente en el lado exterior de la valla. 
 
Aquí me llaman la atención las rojas amapolas, que dan al conjunto una nota intensa de color. Si estas dos últimas casas siguen ofreciendo los habituales tejados de paja, en la siguiente, con tejado de tejas, lo que me llama la atención es una planta con aspiraciones a ganarse el cielo. Crece buscando la luz. Me atrae por el color morado de sus hojas y una flores más claritas, unas algo rosáceas, otras más blanquecinas.

Sterdebüll. Friedchens Imbiss.
Otro pueblo que no aparece en mi mapa, pero donde encuentro un lugar en que un matrimonio me ofrece su restaurante de paso, en el que seré el único comensal. Quizás sea por la hora tempranera en que hago mi colación. Sabiendo que van a ser más de 40 kilómetros los que hay a Dagebüll, más que los que me habían dicho en el albergue, iba con idea de comer en Ockholm donde, en mi mapa, aparece una oca, quizás sea un ganso, que pudiera dar nombre al pueblo por sus ocas características. 

Encuentro un hotel restaurante. Me acerco, pero está cerrado. Poco más adelante encuentro otro. No hay nadie en la terraza. Pienso que va a ocurrir como con el anterior, pero entro y encuentro a un hombre y una mujer enredando en el ordenador. No tienen ningún cliente pero me da la sensación de que estuvieran esperando mi aparición. De lo que me ofrecen, la mayoría de las cosas que me dicen no las entiendo, elijo siete salchichas, como pitilines, con abundantes patatas fritas y una salsa tzatziki, o similar a la griega. El bol que acompaña la comida es de col fermentada que apenas pruebo. No me agrada aunque, en caso de necesidad, me la comería. Cojo del frigorífico una cerveza. Es de un color más oscuro que el habitual, sin llegar a ser una cerveza negra. Según veo en el anagrama del Friedchens Imbiss, estas salchichas son lo más típico y lo que define y atrae del lugar donde estoy comiendo. Mientras yo como, ellos me controlan desde la cocina. En mi foto de lo que como, podemos ver a la mujer vigía. La pareja se sorprende con mi viaje. Él me da un mapa mucho más detallado que el mío, pero a mí me basta con el que llevo. Cuando se lo devuelvo parece que entiende la razón de peso. 
 
No hablan más que alemán, pero nos comprendemos. Pago en efectivo 8,80€, me despido y me voy del establecimiento agradecido. Al salir, fotografío el Imbiss donde he comido. Aunque dispone de terraza, como estoy todo el día al aire libre, he preferido comer en el interior. Siguiendo hacia mi último destino continental de hoy y antes de acabar el pueblo, me fijo en espacios de casas con animales. 
 

Aunque aquí también se ven ovejas, la novedad es ver a este conjunto de cabras, un animal menos habitual por estos lares. Unas ni me miran y otras lo hacen, posando coquetas, para salir guapas en la foto. 


Con profusión de molinos de tres aspas, que progresan a giro lento, llego al cartel de finalización de Sterdebüll y anuncian el siguiente, a 4 kilómetros.




Ockholm. Con un minusválido.
Este pueblo sí aparece en mi mapa y era el que había elegido para comer pero, como ya he comido, paso por él con una preocupación menos. En el camino veo un matorral con flores rosáceas y blancas. 
 
Cuando lo fotografío no sé de qué planta se trata, y a día de hoy sigo sin saber su nombre, pero en el próximo mes de julio probaré una mermelada hecha con sus frutos rojos como tomates. Cada flor será un tomatito. Mi amiga Aase, a la que todavía no conozco, me la ofrecerá para desayunar. 
 
Es pedagoga, como yo, y ecologista. La conoceré en Lild Strand, al Norte de Dinamarca. En el camino encuentro prados con hierba, segados o cultivados, donde también crecen torres para la obtención de energía eólica, con sus tres aspas volanderas, y por donde corretean las vacas. Unas sestean, otras corren a su aire y, la mayoría, siguen al vaquero, que pastorea con las reses. Este año no estoy encontrando muchos erizos de tierra pero, todos los que encuentro, los hallo muertos o requetemuertos. 
 
Este cadáver mantiene los pinchos erizados, en perfecto estado de salud. Da la impresión de que no lleva mucho tiempo fenecido. Por delante de mí, en el carril bici, va una persona con dificultades para la deambulación en su silla de cuatro ruedas motorizada. Entrando en Ockholm, lo alcanzo y voy un rato charlando con él. 
 
Los dos nos adaptamos al ritmo del otro. Cuando quiere para y dispone de los dos bastones en la parte trasera. Pasamos por una casa que, como ocurrió en la que he visto antes de comer, también añaden en su fachada el año de su construcción. Si la de Struckum era de 1889, ésta la edificaron en 1868. Vamos retrocediendo. ¿Llegaré a la que habitaban Adán y Eva? Su tejado era de paja, pero se ve que lo ha ido perdiendo a lo largo de los años y, según parece, será ahora costoso o difícil de recuperar. 
 
Ya estoy hablando con el motorizado del carril bici e iré con él hasta llegar a un lugar en que hay una tienda y un panel con anuncios sobre el banco que él se sienta. Ha dejado su vehículo en un lado y él ha caminado el pequeño trecho con las muletas. Parece ser que le ha bastado con una. En la fachada de la casa hay una señal de raigambre laboral, que podría ser el símbolo de algún sindicato agrario y que es como una versión de la comunista hoz y martillo. También la veleta que está sobre el tímpano, muestra a un hombre martilleando algo. ¿Herrería, forja? 
Me despido del caballero y sigo pista adelante. Desde la carretera y ya próximo a salir al dique de la costa, veo una bandada de patos. Pienso que el pato guía podría ser mi amigo Luis Mari, el que más años estuvo siendo presidente del Foro Ciudadano Irunés. Él decía que, aunque todos los patos vuelan, la responsabilidad y el esfuerzo del pato guía, exige recambio. Tras un Alex, que prometía más de lo que dio, el relevo lo propició Lucía. Cambiamos pato por pata, aún a riesgo de meter la pata.

De Ockholm a Schlüttsiel.
Pasando Ockholm me escoro hacia el dique. Es la propia carretera la que va por el cresterío. Da la impresión de que han aprovechado el dique existente para construir sobre él la carretera. Desde la cima, fotografío una banda de patos, quizás sean gansos, que caminan con sus patas palmípedas sobre la hierba. 
 
Otros las usan como remo en el agua. Entre voladores, nadadores y caminantes, si no hay cien, no hay ninguno. Nunca había visto tanto palmípedo junto. El lugar es propio de marisma pero, como están en el lado interior del dique, el agua que veo es la que contiene una especie de lagunas 
 
que me van a acompañar durante gran parte del recorrido, incluso después de pasar por el siguiente embarcadero de Schlüttsiel y otro tanto. Más adelante vuelvo a fotografiar otra patada. Quizás, como he mencionado antes, el nombre de Ochholm, invite más a pensar en ocas, que en gansos o patos. No soy experto en la materia, ni me he visto obligado a empapuzar a una oca para enfermar su hígado hasta el extremo de conseguir un riquísimo paté de foie. 
Llego a zona de diques vegetales en el mar, los que yo llamo corralitos, que sigo sin saber para qué son. ¿Son para pescar, parcelas para mariscar? Una barca en zona de salida de entre ellos, me da la impresión de que estuviera varada en la marea baja, como aprisionada por el fango. 

Quizás aún tuviera, con poca quilla, margen para bogar. Puede que alguno no sea dique vegetal. Siguiendo por la cresta del dique, observo que voy hacia una valla que temo no me deje continuar. Al llegar, decidiré que decisión tomar. La pista ciclista me invita a bajar hacia el lado del mar, que va a ser lo que voy a hacer pero, antes de dejar la cresta del dique saco foto que permite ver ambos lados y poder escribir el nombre de los lagos de interior. 
El que vemos es el Speicherbecken Sud y, tras pasar el puerto de embarque de ferris, Schlüttsiel, será el Nord del mismo nombre. ¡Qué ganas tengo de abandonar paisaje alemán tan feo! Confío en que mejore en Dinamarca. Creo que si voy hoy a Amrum, ya no tendré que volver al continente de Alemania. 

El lado del dique que separa hierba y carril bici, de los lodos marinos, ahora ofrece otro sistema de sujeción de las losas. Si hace unos días eran losas en forma de corazones o triángulos de cantos redondeados, ahora son como diábolos de cintura gordita, que los hace muy pesados para lanzarlos al espacio sideral. Hecha mención a esta novedad, continúo por zona con pocas ovejas. Aprisionada en uno de esos corralitos veo, varada en el fango, otra embarcación que confío en que flotará con la subida de la marea y podrá ser desencallada. 
Al fondo veo dos islas, una de ellas es la de LangeneB y la otra la de Oland las cuales, según mi mapa parecen intercomunicadas en la marea baja. No lo puedo asegurar, pues también ofrecen ferry entre ellas. Siguiendo mi camino por el lado marítimo, veo más ovejas y algún caminante aislado que emula mi viaje. 
El sistema de sujeción del dique sigue siendo el mismo en su parte más próxima a la orilla fangosa, sólo que ahora los tochos diábolos se ocultan más y les nacen hierbas en los intersticios. Otra muestra de estas arenas de fango en las que, si te metes dentro, parece que no saldrás vivo y desaparecerás absorbido como si de una ciénaga se tratara, saco una foto en una zona en la que están brotando plantas marinas, las que los franceses llaman haricots de la mer. No sé si por estos lares germanos las utilizarán como complemento culinario, como los galos hacen, poniéndolas en vinagreta, como si fueran aceitunas o pepinillos. Me parece una buena fórmula para aprovechar alimentos gratuitos que nos ofrece la mar. 

Como las algas en la comida asiática. Parece que éstas brotan en el mejor espacio de cultivo posible. Sin perder de vista los corderos, empiezo a ver a lo lejos el embarcadero.


Schlüttsiel.
Un edificio en lo alto del dique, parece que sea el lugar donde se obtiene la billetería. Quizás tenga más servicios, como bar, o restaurante. Me alegro de haber comido antes y no siento ninguna necesidad de subir hacia él. Como no es desde aquí de donde me pueden trasladar en ferry a Amrum, puedo seguir adelante. Aunque lo he fotografiado de lejos, junto al embarcadero, ahora lo vuelvo a hacer al llegar a su altura desde abajo, hacia la cresta del dique. 
 
Leo Fährhaus, la casa del ferry, y compruebo que tiene café, bistro y restaurante. También una terracita con mesas y algún cliente. Como prefiero llegar a Dagebüll con opción a ferry a Amrum, ni siquiera quiero descansar bebiendo una cerveza. Lo primero es lo primero. Cuando llego, fotografío la esclusa y el embarcadero. 

Esta esclusa permite la comunicación entre el mar y los dos lagos Speicherbecken. En el embarcadero no se encuentra estacionado, mejor, amarrado, ningún ferry que vaya a las islas más cercanas, las mencionadas anteriormente, y alguna más. Subido todavía en la cresta del dique, me encuentro con la escalera peatonal de acceso a ambos lados, que deberé soslayar si quiero continuar. Viendo el mar que veo, me parece una nota de humor que dibujen bañistas en mi mapa por estas costas. La carretera de interior no lleva carril bici, como la de esta mañana, así que opto por seguir del lado marítimo, olvidándome de los lagos. El del Nord es el que aparece ya en la fotografía última. 

Por el carril bici del lado marino, con algunas ovejas, creo adivinar, pues aún está lejano, el puerto de embarque de Dagebüll. ¡Qué ganas de llegar! ¡Qué aburrimiento de camino! En un indicador de carretera leo que faltan 8 kilómetros para llegar a mi último destino en Alemania continental. La distancia entre los dos puertos de embarque es la indicada. Ya voy muy cansado, pero se trata de hacer hoy el último esfuerzo. Ya descansaré en el ferry.

Schüttsiel-Dagebüll.
Con algas marinas y los pedruscos diábolo de contención, fotografío hacia el Oeste la isla que pienso puede ser la de Föhr, isla Frisia que se encuentra frontal a Dagebüll. El carril para bicicletas comienza a curvarse, lo que me hace pensar que avanzo. 

No tengo ninguna curiosidad en ver cuándo se acaba el lago Nord del otro lado y, de momento, no me molesto ni en subir al dique para comprobarlo. El dique, en su parte marítima, cambia de fisonomía, siendo ahora más amorfo, menos poliédrico pero, probablemente, más acorde con las características de esta naturaleza salvaje reconducida.
 
Ahora vuelve a ser un amasijo de piedras y brea, como lo vi ya en Holanda. Ya más cerca de Dagebüll, con otra barca atrapada en el limo, el dique cercano es de piedras sin brea alguna que las sujete y, probablemente, con un mar tan calmoso como el que me va acompañando todo el día, imposible que se desbarate. 

En un espacio en que la pista para bicicletas se ensancha, han aprovechado para descargar un montón de piedras que hacen pensar en el abordaje de alguna obra importante en los aledaños, en los próximos días. Tengo suerte de que aquí no me han cortado el camino, como me ocurrió hace algunas jornadas pasadas. Allí tuve que caminar entre camiones de arena que trasegaban por el dique en reparación, como ya os conté. Un cordero llora llamando a su madre. ¿Estará ella al otro lado del paso? 
No voy a comprobarlo, ni creo que el pequeño se deje coger en brazos por mí para llevarlo donde su mamá oveja. Tampoco sé si yo tendría las fuerzas suficientes para transportarlo. Con ferris a la vista en el mar, el carril bici es cruzado por unas vías de un tren que parecen de juguete. 
 
Allí mismo se bifurcan y tiene su aparcamiento. Por el poco espacio que ocupa, quiero pensar que el tamaño del trenecillo es mínimo. La señal simbólica que significa para mí: ojo al tren, paso sin guarda, es suficiente. Avanzo un poco más y veo aparecer del otro lado del dique la máquina de tracción con el maquinista a bordo. La máquina viene sin vagones.

Dagebüll.
Asciendo la cuesta de mi último dique. ¿Último?, ¡por fin! Saco foto panorámica de Dagebüll. Las vías vienen del pueblo. Algunas personas caminan como yo por la parte alta del dique. También veo casetas como para vestirse, desvestirse y guardar la ropa, así como los asientos que no dejaré de ver mientras Alemania no finalice, tanto en Amrum como en Sylt. 
 
Una torreta a lo lejos, la fotografiaré luego, de más cerca. Me gustan sus proporciones y me parece que cumplirá las funciones que no he podido atribuir todavía a las muchas que llevo viendo, ¿torre del agua, panóptico vigía? ¿Quién me lo dirá? También me planteo, en este caso, que pueda ser un faro. La zona alta, la que pudiera cumplir las veces de linterna, pudiera superar el dique y, viéndose desde el mar, guiar a barcos descarriados. 

Dagebüll ofrece pocas casas, parece un pueblo muy pequeño. Luego me acercaré. Con la isla de Föhr en lontananza, fotografío éste mi entorno de la tarde, a las cinco en punto de la tarde, con las casetas, los veraneantes y el pueblo, pero ni señal de embarcadero. 

Un niño de una familia se entretiene echándose a rodar desde la cima del dique hacia las casetas. Se le va a acabar poniendo la ropa del verde de la hierba que roza en la caída. Otro grupo de gente y un jinete a caballo, pisotea el suelo embarrado y fangoso. 
 
La isla de Föhr más cerca. Saco foto de casetas con salvavidas junto al légamo. Puede que estas casetas también las utilicen los pescadores y mariscadores del pueblo. Un dique sale hacia la mar pero, ¿con qué utilidad? Alguna gente pasea por el barrizal. ¿Serán atrapadores de marisco? ¿Vendrán caminando desde Föhr? No me sorprendería.

Estación embarcadero. 
Ferry a Amrum.
Cerca de las cinco y cuarto ya estoy en la estación marítima de Dagebüll, con intención de obtener el billete para el ferry. Cuando llego a la taquilla pido a la señora que me atiende que me interesa sólo billete de ida. Me cuesta 12,20€ y no puedo pagar con Visa. Menos mal que obtuve dinero suficiente en el último banco de Hüsum. La hora de expedición del billete es las 17:16. Me dice la señora que debo coger el ferry Adler Ship. Luego será otro el que viene y menos mal que pregunto. Subo al bistro. Cuando escribo esto, compruebo mi error, ya que lo que me ha dicho la señora es que cuando quiera ir de Amrum a Sylt, debo coger el barco Adler Ship que me llevará de Widüm (Amrum) a Hörnum (Sylt). Menos mal que toda duda tiene su aclaración. Voy a dejar las mochilas antes de comprar la cerveza y me acerco a una mesa en la que un chico está comiendo una tarta con tal ansia, que ni se enteraba de que le estoy pidiendo permiso para sentarme a su lado. Tras llenar mi garrafa de agua, hago cola y compro la cerveza. Pido un vaso y me lo dan. Es Fleusburger, me cuesta 2,80€ y es de tapón similar al de las gaseosas antiguas, que lo puedo tapar tras de cada trago. Así mantiene mejor el gas y la frescura. Para cuando he vuelto a la mesa, el chico ya se ha ido. ¿Lo habré asustado con mi petición de asilo? Bebo la cerveza con ganas, pero menos ansioso que su tarta el muchacho prófugo. Desde mi panóptico particular veo cómo llega el ferry y atraca en el embarcadero nº 2. Como no es el nombre que veo escrito, hago caso omiso. Acabo la cerveza, devuelvo envase y vaso, y bajo del bistro. 
Los controladores del ferry me dicen que ése y no otro será el barco que me transportará a Amrum. Menos mal que he preguntado. Fotografío el Nordfriesland en el momento en que me dispongo a embarcar.

Ferry Nordfrieland.
Subo al salón y me pongo cómodo en una mesa con ventana a la derecha. De momento tengo tarea suficiente para escribir mi diario. Poco después de las seis, ya empieza la maniobra de salida del puerto. 
 
Me parece buena idea cenar y así llegar despreocupado a la isla. Si encuentro sitio en el albergue, no sería tanto problema pero, si no lo hay y quiero dormir en la playa, ya voy con una preocupación menos. El cielo se ha ido encapotando y ya no queda nada del espléndido día que ha amanecido. El cocinero me dice que se aproximan cuatro días de 30º. ¡Bien! Y salto de contento. Parece que me podré bañar a gusto en buenas playas en las dos próximas islas que, además, ofrecen nudismo a mansalva. 

Para cenar, pido sopa de tomate italiana (pienso que, al menos, no tendrá la empalagosa nata alemana) y ensalada César. También la misma cerveza que he bebido en el bistro. Pues no, la sopa llega con su bola de nata y la ensalada atestada de Parmesano y mahonesa empalagosa. Yo que soñaba con aceite y vinagre. Pago 15,70€ y tampoco puedo pagar con Visa. Así se me van a ir pronto los euros que saqué ayer en el banco. Quiero que, al menos, me lleguen hasta Dinamarca, y ya queda menos. Todo lo de hoy lo estoy pagando en efectivo. 
 
La señora que está en la mesa de delante, hace calceta con varias agujas, maneja su móvil y lee un libro… Por supuesto que no todo lo hace a la vez. He fotografiado el arranque, cuando nos empezábamos a alejar del embarcadero de Dagebüll. Luego pasamos por arenas que afloran en la marea baja. Las dos fotos están sacadas a través del cristal, no demasiado limpio, del ferry. Cuando vamos vadeando una isla por el otro lado, pregunto a la señora si es LangeneB, no sé si me respondee afirmativa o negativamente. 
Ella no ha pedido nada ni para comer, ni para beber, se ve que está habituada a hacer este viaje. Me avisa que estamos llegando a Wyk, el embarcadero de la isla de Föhr. Cuando lo fotografío, ya está lloviendo en el exterior. Atracados en Föhr, me despejan la mesa y me la limpian y, como ya he pagado, sigo escribiendo mi diario. Enseño mis pocos dibujos a mi vecina y ya no le molesto más. 
 
Nos vamos acercando a Amrum y le pregunto dónde está el albergue. Me responde que a diez minutos del pueblo. Desde la ventana veo la ciudad de Wittdün, al Sudeste de la isla y el faro, que mañana visitaré. 

 



Ella va a Nebel, en el centro de la isla. Son las 19:50 cuando dejo de escribir y voy al retrete. Bajo unas escaleras y el camarero me indica la dirección. 

 



Ya orinada parte de las dos cervezas, bajo a la plataforma para los pasajeros de a pie. Los vehículos también están próximos, esperando. ¿Quién lo hará antes? ¿Cómo priorizarán? Asisto a toda la maniobra de colocación y amarre del ferry. Ya parados y abajo, dispuestos a desembarcar, saco dos fotos que siguen la secuencia de bajada de la pasarela para que podamos abandonar la nave. Mi vecina también está abajo, pero no le doy más la tabarra. También un joven viaja con una gran mochila pero no viaja como yo, sino que considera la mejor forma de llevar el equipaje. Tampoco muestra sorpresa cuando le dijo que vengo caminando por la costa desde España. Todos tenemos ganas de bajar. Son las ocho cuando piso Wittdün.

A M R U M



Wittdün.
El puente de desembarco nos da la bienvenida a la isla. Desde Borkum, no he pisado una sola isla Frisia alemana. Saliendo de la plataforma pregunto a un empleado por el Adler Ship y me dice que no tengo uno hasta mañana. No me dice la hora y me manda hacia la parada del autobús, que traslada a los pasajeros que van más lejos. El Nordfriedland se queda en puerto. La señora vecina me informa de por dónde debo ir para llegar al albergue. 


También que para Sylt tengo todos los días a las once de la mañana. Ya veré si lo cojo mañana o pasado. Creo que me conviene más dedicar el día de mañana a recorrer la isla, ya que hoy poco podré ver y disfrutar de ella. La vecina se queda en la parada esperando al autobús que le llevará a Nebel. 
 
Me despido de ella agradecido por la información. Camino por la orilla del mar interior, el consabido mar de fango, que tantas ganas tengo de olvidar y de retomar el gusto por las Frisias que adquirí en Holanda, en Texel, Vlieland y Tershelling. Y esperando el buen tiempo anunciado para mañana. 
 
Un conejo corretea por la hierba escapando del visitante. Intuye que soy hijo de cazador y que me encanta la rica carne de conejo. Me maravillo que haya tenido la rapidez de reflejos, como la que muestra él, para sacar rápidamente la cámara y plasmarlo en el sistema digital. A mi cámara le quedan las horas contadas, como se verá más adelante. Una mujer corpulenta que camina con cascos en las orejas, me dice por dónde continuar y como no le entiendo muy bien, pregunto a una pareja que me manda cuesta arriba.


Albergue Juvenil.
Nada más arrancar veo el indicador Jugendherberge, subo y entro en el albergue juvenil. De lejos he visto el triangulito con las iniciales en verde. Me atiende una jovencita quien me confirma que tengo habitación para hoy pero no para mañana. Será que mañana se incorpora algún grupo de chavales y chavalas. Y si quiero pagar con Visa lo tendré que hacer mañana. Subo a la habitación. Dispone de dos camas bajeras con dos literas encima. Ocupo una de abajo, la más próxima a la ventana. La más alejada de la puerta, por si hay chavales que hacen carreras por los pasillos y hablan alto. Tengo suerte porque por mi pasillo no corretean los chavalillos que pululan por el resto del edificio. La joven me enseña el otro lado, el que da a la playa buena. Me había quejado porque de la primera habitación no podía sacar una foto bonita. Me acompaña a la otra habitación, pero no sabe si darme la 202 o la 203. Parece ser que en la primera hay alguien, quizás alguien de limpieza, y acaba metiéndome en la 203. Estaré solo toda la noche. Orino, me ducho, regulando bien la temperatura y salgo con el pantalón puesto. Lavo calzoncillo y camiseta en mi lavabo y los pongo a escurrir sobre el cubo-papelera, al que previamente he quitado la bolsa. Curiosamente, no se acumulará ni gota dentro de él. ¡Qué bien lo he escurrido todo! Antes de salir me informan que hay otra familia española que ha avisado que, al haber perdido el barco que les iba a traer de Fhör, llegarán algo más tarde.
Un paseo por la isla.
Salgo a dar una vuelta y lo hago hacia el mar bueno, el abierto al Mar del Norte. Desde el paseo más alto, veo unas chavalitas jugando en la playa. Esta playa se inicia por el Sur y me parece algo artificial. Unos pequeños diques de piedras, dividen un pequeño golfo en zonas. Pero la playa buena tiene la orilla muy alejada. En una terraza se ofrece un artilugio como si fuera un corcho flotador que se coloca en la pita de una caña de pescador, pero gigantesco. 
 
Luego fotografío la playa dividida, que me produce la impresión de que al entrar al agua será fango del que huyo y procuraré no bajar a dicha playa. El paseo que ofrece dos alturas, muestra la magnificencia de la playa que mañana patearé por el Oeste hacia el Norte con regreso, por el Este, hacia el Sur. 


Muy cerca de mi albergue hay otro en el que se acumulan muchas bicicletas. Recorro el paseo superior durante un buen trecho, todo lo que me parece prudencial y desciendo al inferior y más próximo a la playa. Desde allí veo una torre panóptico que tiene más visos de atalaya para vigilancia de socorristas que las que he venido viendo hasta ahora por Alemania. 

Esta es mucho más moderna con colores brillantes predominantemente en rojo con la franja inferior en blanco. Una bandera arcoíris me lleva a pensar en zona Gay, pero es impensable en esta zona tan próxima al colectivo juvenil. Ya de regreso, en el paseo asfaltado, veo una terraza con mesas y sillas convencionales y los sillones de mimbre típicos de las playas alemanas. 
 
En uno verde se ve el nº 1160. Hay de muchos y variados colores. Sigo por el camino más largo con intención de dar la vuelta por el Sur y llegar de nuevo a Wittdün. En el dique inclinado de defensa, cuyas piedras tocan el mar, han crecido unas plantas como las del 
matorral que he fotografiado esta
 
tarde y que, siendo una de flores blancas y la otra rosas, acabarán produciendo los mismos tomatitos rojizos que se usan para mermeladas y también en cosmética. Algunos patos nadan en el agua engolfada. Llego al punto de entrada del mar por el Sur, donde más hacia el mar abierto se acumula la arena que me supongo ofrecerá poca firmeza para pisar cómodamente por ella. 
 

Cuando llego a la curva, no me atrevo a predecir cuál de las islas que han quedado hacia el Sur es la que se me ofrece en lontananza. Probablemente sea un amasijo de todas ellas. Acabo el recorrido fotográfico con una farola y Willdün al fondo. 
 
Lo que destaca es el puerto de desembarco, que el martes será de embarque hacia Sylt y la playa que por ser cara al mar interior, presumo de lodos. Regreso al albergue por el mismo lugar por el que llegado hace un buen rato. Ahora ya no tengo que preguntar a nadie. 

Es como si viviera en esta isla de Amrum de toda la vida. Comienza a lloviznar, pero me resisto a abrir el paraguas. Finalmente, arrecia y echo a correr para no mojarme.

Retorno al albergue. 
Nieves y familia.
No ha llegado Nieves y su familia y la recepcionista me dice que no llegarán hasta las diez. Me olvido de ellos y ya tendré oportunidad de saludarles mañana. Llamo a Vera. Hago tres llamadas a Sara y cuelgo. Me coge al móvil y sólo puedo hablar con ella. Me anima a que vuelva. No sabe ella que, a pesar del mal tiempo, de la falta de buenas playas, el viaje sigue siendo interesante para mí. Sagrario ya ha devuelto a los dos pequeños. Pasará el día de San Pedro, que es mañana, tranquila. Como Vera no responde, me acuesto. Tras quedarme algo obnubilado me doy cuenta que no me he dado el masaje de Aloe-Vera y, antes de dármelo, insisto con Vera. Estaban en casa pero con el teléfono ocupado. Lo raro es que a mí no diera señal de comunicando. A Gari se le ha caído el primer diente en Altsasu. Se lo arrancó su tía y hubo Ratoncito Pérez. Hoy vuelve a probar fortuna en su casa. Por si cuela y hay suerte. Por intentarlo que no quede. Duermo bien, pero me levanto dos veces a orinar y voy al servicio común. ¿Tropezaré con el marido de Nieves? Imposible en el retrete de caballeros. Durante la noche he dejado cargando la batería de la cámara fotográfica.

Buenas noches y buena suerte.
Como balance del último día por las costas alemanas del continente, puedo decir que ha sido una jornada larga entre Hüsun y Wittdün. Lo más curioso ha sido el lugar de la comida preparada por el matrimonio mayor que, desde la cocina, me vigilaban. También caminar charlando con el motorizado. El paisaje no ha producido sorpresas y he podido coger ferry a buena hora. Bien la ayuda de la señora que tricotaba con muchas agujas y las ayudas puntuales que me han traído al albergue. Veremos mañana que me cuentan los canarios.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Prólogo: Ámsterdam-Kimswerd

Etapa 18 (459) Brusbüttel-Eesch