Etapa 18 (459) Brusbüttel-Eesch


Etapa 18 (459), 23 de junio de 2015, martes (Dienstag).
Brusbüttel-MühlenstraBen-Neufeld-Kaiser Wilhelm Koog-Dieksandkoog-Friedrichskoog-Friedrischkoog Spitze-Eesch.

Amanece en la cabaña.
Me levanto temprano y salgo de este lugar que, en el precio, no incluye el desayuno. Desayunaré por el camino. 

 




Antes de marchar del lugar donde he dormido, saco una foto del edificio donde se ofrecen Sauna, Baños y Bistro. Es donde, en recepción, me atendieron ayer. 

 


 
Fuera ya del recinto, fotografío alguna de las cabañas. La valla metálica separa a los intrusos. Delante, una hermosa arboleda. En una de ellas he dormido. 

Paso por puente, por encima de un ramal del Nord Ostsse Kanal. Casas y arbolado a ambos lados del canal. De alguna manera, el kanal divide la ciudad no sólo del lado que es necesario coger ferry para llegar a él, sino también en la zona urbanizada. Siguiendo el mapa de la ciudad, camino entre calles. A las seis y media de la mañana hay poca gente para preguntar. Casi me cuesta tres cuartos de hora salir de la ciudad para llegar al dique. 

He podido seguir bien el plano hasta que me he metido en la avenida Olof Palme y, finalmente me ha llevado a un restaurante de la playa que está cerrado. Es normal que esto ocurra a las siete de la mañana. Aquí no madruga nadie para este tipo de servicios. Comen temprano, pero no se levantan para desayunar hasta pasadas las diez. Así se junta el desayuno con el almuerzo. 

La playa está al otro lado del dique. Como voy a seguir por el dique, esta mañana me voy a quedar sin desayunar. No es lo más grave. Intentaré comer bien para compensar.

Por dique a MühlenstraBe.
Doblo a la derecha para seguir a la calle del Molino. Subo al dique. 
 
Me asomo a la bahía que, con la marea alta, no ofrece playas. Tampoco hace día de playa, así que todo se compensa. Desde él veo un embarcadero que, como no veo indicación, no se a donde pueden ir los ferris que partan de aquí. Tampoco en mi nuevo mapa aparece ninguna indicación. Como no vayan a Trischen, la isla más cercana… 
 
Pero, según mi mapa, esta isla no tiene barcos que la visiten desde ningún puerto. ¿Será un parque natural? En la carretera veo un indicador de final de pueblo y, como no me acerco, quiero creer que por aquí se ha acabado Brunsbüttel. En este dique, al menos al principio, no se ve ganado lanar. Me acerco al punto de inicio del embarcadero, pero no voy a ir hasta el agua, en un viaje de ida y retorno, así que lo paso y sigo adelante. Ya son las siete cuando lo paso. Sin bajarme del dique y mirando hacia el lado de interior, veo un gran trigal todavía muy verde y las torres de aspas para la obtención de energía de la fuerza de Eolo. También hay una hilera de árboles que crecen entre los molinos. No pasarán calor. 

Estarán bien abanicados. Como empieza a llover, me pongo la capa y así capeo el temporal. Con el viento que hace, se me moja el lado derecho, por el lugar en que la capa se sujeta con tres botones, pero no hay riesgo de que se me moje el dinero. Para evitar el viento que ayuda a que la lluvia me remoje más, paso al otro lado del dique que, de alguna forma, me protege algo del viento que viene del mar. 
Detrás de un cañaveral, quizás sea un maizal, veo que ya se han levantado las ovejas y los corderos y atrapan con sus dientes la hierba que les ofrece el dique. La hierba rapada se va volviendo amarillenta. Luego fotografío a tres más de la raza ovina. Esta podría ser la bandera que mejor representaría a Países Bajos y Alemania. Una franja azul cielo, otra franja verde hierba, y dos ovejas y un cordero dorados. 
 
Lo propondré en el Parlamento europeo. Una de las ovejas tiene la cara negra, otra blanca, que es la que me mira, y la otra no sé, pues mira para el mar. Llego a una casa. Ha salido el sol. En el prado previo, perfectamente segado, se me ofrecen un pequeño estanque y unos arriates floridos. En una piedra, grabado y pintado, leo el nombre de Ahrens. No parece que la casa que fotografío por detrás sea la misma propietaria del prado segado. Ya son más de las siete y media, y me voy acercando al siguiente pueblo. 

El recorrido, bien señalado desde el principio, lo pierdo en mi intento de desayunar en MühlenstraBe. Es por esa razón por la que vuelvo al dique.

MühlenstraBe.
En realidad, no sería un pueblo, sino la calle del molino, Mühlenstrasse. Los alemanes tienen una “B” especial que suena como “ss”. ¿Será que tienen mal recuerdo de las “SS” y por eso se han inventado un signo que, sonando igual, se escriba distinto? Llego a otra casa. Me gusta su planta baja, con sus cuadrados y rectángulos de madera en puerta y ventanas, en contraste con la planta superior que, toda, es tejado y, por dentro, hace presuponer que las habitaciones sean abuhardilladas, ofrece sus ventanas triangulares, siendo la central acorde con la puerta, de tamaño mayor su triangulación. También me gusta el color rojizo intenso que han dado a los ladrillos cara vista. 
 
Mucho más intenso que el color teja habitual. Esta combinación de negro de las tejas del tejado y de rojo de la fachada, coincidiría con la bandera alemana si pusieran rosales amarillos. Pero dejemos de lado los patriotismos de los signos y sigamos caminando. 



Hacia el otro lado veo un estanque grande, como una pequeña laguna, una torreta vigía en la loma, pero no veo el molino por ninguna parte. Son las ocho de la mañana. No encuentro nada para desayunar. Lo único que encuentro en el agua, y las estoy viendo a través de los juncos, espadañas, y demás yerbas, son fochas moviéndose en el agua con sus patas palmípedas y avanzando hacia donde quieren ir.

Neufeld.
Para las 8:30 ya estoy entrando en el siguiente pueblo, Neufeld. Doy vueltas como un tonto y no veo a nadie a quien preguntar. Algunos coches pasan de largo. Por fin veo a un hombre que repara una fachada y le pregunto. Me dice que vaya al dique. Voy y, cuando llego, los dos únicos lugares en que me podrían servir un desayuno están cerrados. 
 
En el primero, el Op`n Diek, cuyo openlo interpreto como una tomadura de pelo, o una broma de mal gusto que me guiña el destino, una mujer limpia, ordena y prepara mesas y sillas, pero será para más tarde. A esta hora no sirve desayunos. Ni aunque me estuviera muriendo de hambre. Me dice que vaya al café de al lado, el Wiben Peters Krook. Como está cerrado y es ella la que me ha remitido al otro, voy a contarle el resultado de la gestión, pero no la ablando, y me dice que no abrirá hasta las diez. ¿Qué hago aquí hora y media esperando? Saco foto del lugar con los dos locales sobre el dique y me voy con viento fresco. 
Desde allí, mirando al mar, digo un adiós definitivo a Cuxhaven que se va alejando al lado contrario de esta anchísima ya desembocadura del Elbe. Ese lado ya forma parte de mi historia pasada.Veo el pincho de la iglesia. Aquí nunca mejor dicho, pues es lo único que veo entre copas de árboles diversos. Voy hacia ella. En un cobertizo, encuentro a una mujer joven con un perro que, nada más me ve, comienza a ladrar. Le pregunto, pero ella me dice que allí tampoco funciona el bar. He perdido la señal y la carretera me lleva hacia el interior, alejándome del dique. De la rabia que me da, ni siquiera me acerco a ver la iglesia. Aunque el cielo se había aclarado un poco, vuelvo a tener otro rato de lluvia. Saliendo de Neufeld, llego a zona pecuaria. 

¿Llegará época de vacas flacas?
En terreno de barro negruzco, un gran rebaño de vacas comiendo pienso y hojas amarillentas de col. Están tan hambrientas que no se les ocurre ni siquiera mirarme. Me dan el trasero. Me divierte ver sus tetas repletas y sus ubres colgantes. Con su rabo se tapan el ojete. El cuadro es muy divertido y parece preparado ex profeso para cuando pasa por aquí el fotógrafo amateur

Vista en el tiempo, cada vez me gusta más esta foto. Lo malo es que el barrizal negro también cubre el camino y resulta difícil pasar por él sin manchar las sandalias. Ya me las limpiaré antes de la comida. Si no, voy a oler a peste donde coma. Esta pista parece una cloaca. Paso junto a un vaquero nada expresivo. Media hora más tarde, mientras Neufeldderkoog se está quedando por el interior, el sol intenta salir de entre las nubes. 

Hacia Kaiser-Wilhelm-Koog.
En un campo plantado de coles, o que a mí coles me parecen, aunque bien podrían ser nabos o remolachas, veo un cobertizo muy bien aprovechado, ya que en su techado inclinado a una sola vertiente, lo han cubierto todo el de placas para la obtención gratuita de energía solar. ¿Gratuita? Las placas solares tienen su coste y mayor aún el día en que queden obsoletas y haya que reciclar, por la cantidad de componentes diversos de que se componen. 
 
¿Quién será entonces el guapo de turno que se tome el trabajo de desmontarlas. ¿A qué precio cobrará la hora? Paso por un campo sembrado de habas. Dos personas se encargan de expurgarlo de las malas hierbas, para que no les quiten parte importante de sus minerales nutrientes. Las habas absorben, como las lentejas, muchos minerales férricos (o ferrosos), y es un buen alimento muy nutritivo para comerlas en invierno, cuando el cuerpo más energía necesita. Las he comido en calzón y guisadas pero, como más me gustan, es en cazuelita, con jamón y desprendidas del caparazón y del tegumento poco sabroso. 
Merece la pena tomarse el trabajo de pelarlas una a una. El resultado es delicia pura. Sólo de recordarlo se me hace la boca agua. Espero que no se me caiga la baba. Anteayer ya vi otro, así que no me sorprende que aquí hayan destrozado el dique para que pase la carretera por el medio. También aquí, como en Oberndorf, lo tienen preparado para que, en caso de necesidad, el dique pueda ser restaurado en sus funciones protectoras. 
 
Considero que han roto el dique para que yo pase, y no les voy a hacer el feo de no hacerlo, así que sigo la carretera adelante. Llego a una casa que no pone impedimentos para que el caminante o quien quiera hacerlo, pueda pasar sin tener que superar ninguna barrera. El suelo de hierba está perfectamente rasurado y se ve que el dueño es generoso y no se limita a segar su terreno, sino que también lo hace en el espacio público que no es de su incumbencia. Aunque no lo he visto segando, presupongo lo que digo. 
El corte del arcén es del mismo estilo que el del terreno privado. ¡Bien por el generoso! Sigo la carretera. Un conductor ha aparcado su coche, ha bajado, ha dejado la puerta trasera abierta y levantada, ha subido las escaleras del dique y está arriba. No tiene ningún miedo de que le roben el vehículo, ni lo que pueda tener dentro. Quizás esté vigilando desde arriba o totalmente despreocupado cuando pase yo por sus pertenencias. 
 
En esta foto y en la siguiente, el espacio entre la carretera y el dique está delimitado por postes y alambre de espino. En la segunda, pues ambas son muy similares, cuando me estoy acercando, un ave que estaba posada en el asfalto, al sentir que llega el intruso echa a volar. No lo puedo asegurar y, entre cigüeñuela y garceta, opto por declinarme por la última. Quizás no sea ni la una ni la otra. Al ver la foto compruebo que la distancia me engañó destacando su blancura y veo que su cuerpo es predominantemente negro. ¿Qué ave será? Uno de los postes que sujetan la alambrada espinosa, tienen un manchón naranja, quizás de minio (¿albayalde?). 
Dos ciclistas ven por delante. Más adelante, entre el dique y la desembocadura del Elbe, en terreno de marisma con regatos regularmente construidos, en cadencia similar, que van hacia el mar, veo aparcado un carromato sin el vehículo de tracción que lo haya podido dejar allí. Se ve que funciona como vivienda estable o como lugar de depósito de útiles que pueden ser a propósito para mariscar. ¿Se mariscará por aquí? En Galicia vi bastante gente mariscando, también en Francia, pero en Alemania y Holanda nunca vi a nadie. ¿Pudiera ser correcta mi percepción de que aquí se pudiera mariscar? 
 
Cuando llego a una señal kilométrica, pienso que tengo que estar ya muy cerca de KWK, pues a Neufeld hay 11 km. y a Friedrichskoog 9. Por distancia en mi mapa estoy por la mitad. Una escalera que sobrepasa el dique me hace pensar en que pueda haber otra playa fluvial. Una bobina de tubo plástico amarillo está allí encadenada para que a nadie se le ocurra desenrollarla. Les harían una gran faena a los que la tengan que colocar. Como termina en “com”, pienso que tenga que ver con algo relacionado con las telecomunicaciones. Como estaba acertado en mi apreciación, en pocos minutos estoy entrando en KWK.
Káiser-Wilhelm-Koog.
Este pueblo que tiene algo que ver con el káiser Guillermo, y está en la región, el kreis de Dithmarschen, donde estoy desde ayer y estaré dos días más. Al menos eso es lo que pone en el cartel que fotografío al entrar. Las casas son bajas y también hay molinos de viento de tres aspas para la obtención de energía eólica. 
 
Pronto aparecerán grandes naves industriales y a derecha e izquierda de la carretera han sembrado unas plantas de grandes hojas que desconozco de qué son. Como la carretera no tiene arcén, los coches se separan ostensiblemente a mi paso. Como muestra, la de este tractor que circula completamente por la vía contraria. Le saludo al pasar, agradecido por la precaución que se ha tomado. Estos gestos me dan seguridad, pero siempre voy atento para que nadie me pille y, normalmente, siempre por mi lado, viendo los coches que vienen de frente. Alguna vez he recibido el susto de algún vehículo que, viniendo de atrás, intenta adelantar a otro cuando yo estoy a la altura del adelantado. 

Entonces me enfado con el imprudente caga prisas. El arcén mejora a ratos. Como se ve ahora en que voy a pasar por otro dique interrumpido. También este lo han roto para que pase la carretera. También aquí el dique podrá ser recuperado en caso de necesidad.

Sigo viendo plantaciones desconocidas. Pienso que pueden ser de nabos o de remolachas pero acabo de recordar que podrían ser de ruibarbo, como vi en Francia, unas pencas rosadas que tienen cierto parecido a las acelgas y que se usan en repostería. Puedo hacer mil conjeturas y no acertar con la verdadera planta. 

Se van a quedar en el imaginario de mi ignorancia hasta que alguien me lo aclare. Tengo miedo de que la lluvia vuelva, pero ya me he quitado la capa de encima y la he guardado, aunque dejándola más a mano. A ratos, el cielo se ve más azul. Así es como voy llegando al siguiente pueblo.

Friedrichs-koog.
A este pueblo llego a las 12:15. Con todo lo tarde que es, he llegado antes de lo previsto. Fotografío el cartel indicativo del inicio. 
 
Al fondo, sobre el dique, se puede ver un puesto vigía que sobrepasa por mucho el dique. Lo subo y compruebo que para entrar a la zona urbanizada, debo pasar un canal. Veo señal de Información junto a la esclusa, pero no tiene atención al público. Por fortuna, sin tener necesidad de pasar al otro lado, en éste, encuentro un restaurant que, principalmente, ofrece pescado fresco. 
 
Un hombre que va por la cresta del dique me dice dónde está. Subo por las escaleras siguientes y bajo caminando por la hierba. Pero un portón, no me deja pasar. Me cuesta mucho, pero consigo abrirlo. Además es demasiado pesado y, para cerrarlo y dejarlo como estaba, me va a costar Dios y ayuda, encajarlo. 
 
Me ha pesado como si fuera una tonelada.

Alice.
Este restaurante se define como Fischrestaurant Stührk. El sistema es que tu eliges de una vitrina mostrador el pescado que quieres comer y ellos lo pesan y te lo preparan en la cocina. 
 
Previamente te lo cobran con el aderezo que desees. Yo pido patatas, que son de las más ricas que he comido, una especie de camarones o quisquillas peladas, y tres trozos de pescados diferentes. Se puede pagar con tarjeta bancaria, pero no con Visa. No podía rechazar este lugar, ya que sin desayunar más que el plátano que me sobró de la comida de ayer, no tengo ganas de buscar otro restaurante en el pueblo. Pago 18,95€ en metálico. 

Mientras espero la comida, fotografío la terraza del lugar con decoración de motivos marineros, en especial los de pesca en el techo, una red y una nasa. Así como a todo el mundo avisan por megafonía para que vaya a recoger el plato cuando ya está preparado, a mí tienen la deferencia de traerlo a mi mesa. Quizás han notado mi aspecto no germano o, quizás me lo estén diciendo por megafonía y no me entero. Me lo trae una empleada de las que he visto que estaba haciendo un pescado a la plancha. Fotografío el plato antes de que me lo coma, incluida la mahonesa, la vela encendida y me como la flor. Bebo una cerveza Dithmarscher, que ya estaba incluida en la cuenta. Conozco a Alice, quien me escribe cómo se dice Tourist Information en alemán: Friedrichskooog Spitze. Escribo el diario en la sobremesa y van a ser las dos de la tarde, cuando voy al retrete a ver “chicago”. Ha sido tan poquito que apenas me noto ligero de equipaje cuando me pongo en marcha.


Hacia Friedrichskoog Spitze.
He interpretado mal a Alice (Wonderfull) y el nombre que me ha dado no era el de Turismo, sino el del pueblo del otro lado del canal que debo atravesar. Es la parte más importante de este pueblo, puesto que allí está la oficina de turismo. Sin embargo, en mi mapa, lo de antes figura en letras más grandes. ¿Será por el atractivo del puerto? Me ha dicho Alice que está a 4 kilómetros. 
 

Doy la vuelta al puerto y, desde el otro lado, con la proa de un barco asomando, el SW-1, saco foto del restaurante Alice, donde he comido y me han tratado tan bien. También había pasado junto al Oceanográfico pero, al tenerlo tan cerca, no podía conseguir fotografiar la estructura de ballena del edificio, razón por la que lo hago ahora. 

Creo que ha merecido la pena esperar para verlo con perspectiva. No sé si era, además de museo, polideportivo con piscinas. Quizás me lo estoy inventando. Subido al dique, veo una colección de tubos ensamblados y que ni se han molestado en enterrar. Afean el paisaje, pero será más cómodo tenerlos al descubierto si tienen muchas averías y necesitan continuas reparaciones. 

No sé qué material circula por ellos, líquido o gaseoso, pero a tramos se ven manchas blancas como si nitrógeno líquido se tratara o, como cuando te das agua oxigenada en una herida, que sale espumilla blanca. Siguiendo hacia Friedrichs-koog Spitze por la carretera y con el dique a mi izquierda, antes de llegar a una valla que corta la carretera, veo que donde pace un grupo de vacas y terneros, se ha escapado a la carretera un ternerillo que no sabe y no puede volver con los suyos. Desesperado de impotencia, se ha sentado en la hierba, al lado contrario a su mamá. Cuando encuentro a un hombre, algo más adelante, le cuento lo del ternero en la carretera y avisa a su dueño por el móvil.
Friedrichs-koog Spitze.
Pasadas las tres, llego al lugar donde Alice me ha informado que está la Oficina de Turismo. Un edificio bajo me corta el paso. No sé si se trata de retretes para los que van a la playa. El acceso al dique está al otro lado de la caseta. Desde el dique han puesto una pasarela que lleva a unas escaleras para acceder a una cabina que puede cumplir servicio de vigilancia de la playa. Son conjeturas que no puedo confirmar. Pregunto a un hombre joven y me dice dónde está la atención al público de la oficina de Turismo.

Oficina de Turismo.
Me ha dicho que está a tres cuadras. La chica que me atiende me dice que tengo opción de hotel o de B&B. Aunque el precio del B&B pone 35€ me dice que por una noche me cobrarán 45€. La verdad es que me hace poca gracia, pero calculo que hoy, entre pitos y flautas, ya habré caminado unos 30 kilómetros, me apetece descansar. Como el ordenador le informa de que hay plazas de sobra, ni se molesta en llamar para reservar. Tampoco me importa mucho, ya que prefiero negociar precio al llegar, después de comprobar alternativas. Cojo una postal de 60 céntimos para mandarla a mis nietos y le pido sello. Cada sello cuesta 80 céntimos, mucho más baratos que los holandeses y un precio parecido a los nuestros de Correos. Le pago con moneda de dos euros y me devuelve 1,20. Hasta más tarde, después de que me he ido, no me doy cuenta que no me ha cobrado la postal. Pero ya no voy a volver. 
 
Lo tomo como una compensación por no llamar para asegurarme la plaza. Ese mal servicio me acabará llevando a dormir gratis con un conejo y las golondrinas. También tendré una visita nocturna de un hombre que me parece puede ser un inspector de la zona en que duermo, sobre un banco que hará de sofá cama. Fotografío las playas de lodo de Friedrichskoog Spitze, que siguen manteniendo sus asientos típicos en la hierba. Cuando paso, la marea está muy baja y, con tanto viento, no me apetece darme un baño.

B&B sin atención.
La chica de Información me ha dicho que la casa está a un kilómetro pero cuando llego al nº 1 de la calle, habré recorrido al menos tres. Cuando llego al 2, entro en el siguiente grupo de casitas por la puerta falsa. Cuando me encuentro perdido, en un laberinto de ellas, llega una mujer con su bici y me acompaña por el camino para indicarme cuál es el lugar del B&B. Son unos 400 metros más adelante. Toco tres veces el timbre en vano. Cada vez que toco se encienden tres luces azules en su interior. Rodeo la casa y entro en un patio al aire libre y veo un sitio de madera, con paredes altas, el lugar más protegido del viento. Un viento que no ha parado en todo el día, ni parará. 

Como a la tercera llamada nadie responde y no tengo intención de volver a Turismo para que me manden a un hotel caro, descanso en la providencia, y que ella decida. Así que sigo adelante. Siguiendo el dique, ya estoy viendo Büsum entre la neblina lejana. Esta decisión, me llevará a caminar hoy cerca de 50 kilómetros, por lo que mañana será día tranquilo y de poco recorrido.

En tierra de nadie. Militares y Parque Natural.
Bajo por el otro lado, de tal forma que, la curva de esta gran bahía, creo que me hará hacer menos kilómetros. Entre el dique y el mar hay terreno de hierba inundable, al menos en los surcos que lo cuadrangulan, lo que ahora no ocurre, pues la marea sigue baja. Me encuentro con una valla de alambre de espino y una puerta que no sé si podría, ni si me apetece pasar. 

Parece que sea espacio exclusivo para las ovejas. Las ovejas están recién esquiladas y tiritan de frío. Sus corderos les dan algo de calor con su incipiente lana, a cambio de buenos empellones a sus ubres repletas. “¡A la rica leche, al rico calorcito!”, parecen decir. De nuevo el milagro de la conversión de la hierba en leche y de ésta en caca. Hay mierda de ovinos por todas partes. Como por este lado sopla mucho viento, decido volver al camino principal del otro lado del dique. 
Menos mal que lo he hecho así, ya que lo que venía a continuación era un campo militar y me habría metido en él sin enterarme. A punto de dar las cinco me encuentro con un cartel que lo indica: Militärischer Schutzbereich. La zona militar es a ambos lados de la carretera por la que continúo. Menos mal que he salido del dique, en caso de haber seguido, me habría encontrado tras la alambrada sin poder salir. He tenido suerte pues he visto una vaya propicia para el salto, con pódium para pasar de un lado al otro. Nunca había visto tanto militar disfrazado de cordero, o de oveja. Tres hombres beben Cocacola. Uno entiende algo de inglés, otro no sé, y el tercero es polaco, que ha venido a buscar trabajo al país vecino y despotrica del suyo. No me enrollo contándole mi viaje de hace siglos por Polonia. 
 
El que sabe inglés, me dice que me queda poco para llegar a Kaiserin-A.Victoria-Koog, no me falta mucho. Ni me enteraré cuándo llegue. Quizás estuviera algo más hacia el interior. La carretera pasa por otro dique destrozado, aunque a este le han añadido dos finales de ladrillo con dos ranuras a cada lado, de tal forma que, en caso de necesidad, con unos tablones, o travesaños de madera, se pueda poner rápidamente otra barrera al mar. En este tema, holandeses y alemanes son unos expertos. Con todo lo dicho, aún en el supuesto de que, el cambio climático y el derretimiento de los Polos, haga subir unos centímetros el mar, creo que la zona no peligra. Como de alguna manera esta irrupción de los diques entra, comiéndose el arcén, a la carretera, han tenido la precaución de pintar dos franjas en rojo y blanco para advertencia de los conductores despistados. Yo, como caminante avezado, no tengo necesidad de ella para saber que no debo chocarme con el ladrillo. 

Me asomo y husmeo en las casas por las que paso, en busca de refugio gratuito. Pero no veo ni un alma para preguntar. Sigue amenazando lluvia. Como veo que hay coches que pasan el dique roto, yo también sigo. De esta forma, voy llegando a un Parque Nacional que, en ninguno de los dos mapas que llevo, los dos que llegan a Dinamarca, uno el que utilizo para anotar las últimas etapas, de la parte final de Alemania hacia el Norte, y el de los albergues también del Báltico. A este parque lo llaman Land im Wind, que traduzco como Tierra Ventosa. Ciertamente el viento no le falta. En un panel destacan sus windmühler, sus molinos de viento, pero se trata de los de tres aspas y la energía eólica que de ellos obtienen. También explican en el panel otras cosas que no entiendo. 

Subido de nuevo en el dique, busco un refugio donde no los hay. Las opciones de camino son variadas pero ninguna me satisface lo que quiero y, teniendo a Büsum a vista de pájaro, a final de esta bahía en la que estoy, tampoco quiero escorarme hacia el interior. Además veo un signo de Información en mi mapa, en una zona en que llaman Dithmarschen-Nord, que parece anunciar el final de la región en la que llevo varios días. Finalizará en Büsum. Puede que llueva esta noche. Estoy cansado, pero no agotado. Aún tengo fuerzas para continuar. En dique con ovejas, donde veo en plana curva de la bahía, a Büsum a lo lejos, aparecen unos lagos al interior. Como sigo por el dique no me afectan mucho. 
Desde la cima del dique, veo cerca de la orilla dos carromatos anclados pero con ruedas que dejan pasar el aire por debajo. Como sigue soplando, no me interesan. Pienso que me quedaría congelado durante la noche y no me sirven de nada si me quiero cobijar debajo para protegerme de la temida lluvia. Los fotografío y sigo adelante. Veo también un carromato de hierba que, a falta de otra cosa, podría haber sido una cama mullida, pero si llueve, también me mojaría. Sus cartolas me protegerían del viento. En las carreteras asfaltadas sobre el dique, estrechas como para bicis, también veo que circula un coche. Le echo el alto y para. Son dos empledos municipales de Friedrichs-koog y les pregunto si podré llegar y dormir en Eesch. 
 
Me dicen que allí no encontraré infraestructura alimentaria, ni dónde dormir y me recomiendan que vaya a Meldorf, que está a diez kilómetros. Podría andar un poco más, pero diez son muchos kilómetros, y demasiado al interior. Si no a Büsum. Pero les digo que hoy llevo ya 50 km. andados. No me brindan otra alternativa y se van. Veo otro coche aparcado pero sin nadie dentro. Encuentro un container con lado que me quitaría el aire, pero está rodeado de ortigas por todas partes. El dique por el lado del mar ya no ofrece nada mejor, así que me escoro al otro lado. En una langa leo: Landesschutzdeich. A saber lo que quiere decir. ¿Será dique de la landa? Veo las señales y quedan 15 km hasta Büsum. Leo que para Meldorf hay 12,5 km.

Mi cabaña dormitorio.
No lejos de las señales mencionadas, protegido del viento del mar por el dique, veo una caseta de madera. Pienso que estará cerrada pero, al dar la vuelta, veo que es abierta y con un banco que me recuerda a una parada de autobús y hubiera podido pensar que lo era si hubiese cercana alguna carretera, algo que no existe. Nada más verla, decido que esta caseta va a ser mi dormitorio por esta noche. Tiene buena cubierta y, si llueve, creo que no me mojaré. Aunque todavía no son las siete de la tarde, pasaré el tiempo que queda antes de echarme a dormir, como pueda. Para escribir no está cómodo y, a pesar de que no se ve a nadie por los alrededores, no quiero dejar mis pertenencias abandonadas. 
 
El lugar me parece bueno porque en mi mapa veo que voy a pasar por unos lagos y prefiero estar lejos de ellos, por si hubiera mosquitos. Además, la distancia a Büsum no es mucha y, como hay albergue, podré hacer mañana mi día de descanso, con un recorrido muy corto. Observo que en el techo hay dos nidos, creo que de golondrinas, aunque tampoco sé cómo hacen los nidos los vencejos y esta será la duda, ¿con cuál de las dos especies dormiré esta noche? El banco, con ancho asiento, me da la medida de mi esterilla. Este refugio es una solución genial y gratuita. Además está situada de espaldas al viento, que ya llega disminuido por el parapeto que hace el dique. El viento sopla y, sentado en el banco, veo cómo se tambalean las hierbas y plantas de enfrente. Por dentro de mi cabaña, sólo penetra algo de aire por las rendijas de los tablones, que han surgido por estar mal asentada, sobre superficie horizontal, pero no exactamente lisa. Estas fisuras, no van a ser inconveniente para dormir.
Amigas golondrinas.
Tres golondrinas hacen una parada en el aire observando al invasor. Parecen tres cernícalos. No se atreven a entrar a su nido. Un nido que ha quedado ya obsoleto porque son de la camada anterior, han crecido, y vuelan a su libre albedrío, con las enseñanzas que les dieron sus progenitores y empapuzados con gusanos y demás obsequios que, macho y hembra, siguen trayendo en sus picos a la camada más reciente y que tengo sobre mi cabeza. La primera intervención en el espacio, como buen decorador práctico, es la de correr el banco, para que, la zona de los pies, donde se acumulan las cagadas de las aves. 
 
Las que había, las he quitado como he podido antes de poner la esterilla sobre los restos. Del nido actual, en uso, cuelgan briznas de paja, que completan el nido ensalivado y barroso. Las golondrinas se han acercado, visto el panorama y se han marchado. Poco a poco, según va oscureciendo, irán cogiendo confianza y visitando al intruso. En la imaginería religiosa popular, se cuenta que estas aves son las que quitaron las espinas a la corona de Cristo en los últimos momentos de su vida. Espinas que rasguñaban y daban un carácter dramático adicional a la cabeza del salvador que redimía al mundo con su dolor. Quieras que no, esa idea de la golondrina benefactora pulula en mis restos de descreído pero, aunque no formaran parte de mi bagaje cultural, también respetaría al animal, como parte de la naturaleza a defender, aunque también me planteo, ¿qué ocurriría si tuviese hambre y ninguna otra cosa para comer? Soy hijo de cazador, de buen cazador, y he comido aves de todo tipo. ¿Por qué unas sí y otras no? Esta reflexión sobre mis restos de cazador depredador, surge de las que esta noche van a ser mis vecinas, las golondrinas. También me viene el recuerdo de los golondrinos que le salieron a mi amigo Andoni Urreizti siendo un chaval. Como salen en el sobaco, me parece acertada la idea de llamarlos así y, las cagadas de las aves me recuerdan al pus que salía cuando él los apretaba. Nos daba asco pero a la vez lo veíamos como una novedad nunca vista. Las menos remilgosas para entrar a una casa que siempre les ha pertenecido son las golondrinas, macho y hembra, que alimentan la camada. Entran con alimento en sus picos, dan de comer a sus polluelos, y retornan al campo a por más. Yo seré un simple observador de tanto trasiego. Los padres son menos remilgosos que las hermanas mayores. Pero ellas también van perdiendo el miedo a entrar y se esconden sobre el travesaño alto, fuera de mi vista. El nido de paja me sorprende pues, en mi vuelta a la península a pie, cuando pasé por Poblenou del Delta, una señora los tenía en el hall de entrada de su casa y eran de paja y barro pero el aspecto exterior estaba perfectamente modelado en curva, con un agujero en lo alto para penetrar en él.Aquí, en este nido, no lo puedo observar con tanta precisión. Las pajas y la altura no me lo permiten. La señora de Deltebre, a pesar de las cagadas que tenía que limpiar a diario, las mantenía en su espacio privado, sin cobrar renta alguna a las invasoras que, por otro lado le daban vida a cambio. Aquella mujer se resentía del abandono de su amado marido que le había arrebatado la muerte. Aportaba otra parte afectiva que mantenía el recuerdo del finado, quien en vida cuidaba su jardín. Cuidado ella su jardín, creía que su marido permanecería más tiempo en su memoria. ¡Como si fuera factible que lo iba a olvidar! Sin tener certezas de lo que digo, pienso que los nidos de aquí son de distinta época. El de paja, está claro que es el reciente, en el que los progenitores alimentan a sus voraces nuevas crias. Los de la anterior camada ya están entrando sin temor y colocando en el tímpano de la cabaña, en la viga que está bajo el techo abuhardillado. Toman posición del lugar dos de las hermanas, pero cuando lo intenta la tercera en discordia, consiguen expulsarla y tiene que buscar otro acomodo. Se traen una conversación que ni un  experto en piídos entendería. Arman mucho guirigay pero me entretienen. Y los padres, aunque oscurezca, siguen marchando y volviendo para seguir trayendo alimento a sus crías. 

Mi dibujo.
Para las siete y media ya me meto en el saco. Mientras haya luz, hago mi primer dibujo en Alemania, un paisaje al que añado nubes y que si se analizara grafológicamente, diría mucho de mí y de lo que estoy pensando y sintiendo en estos momentos. Tanto como dibujo como por su contenido, la apariencia gráfica es ininteligible, pero lo conservo como oro dispuesto a que alguien lo analice. Alguien me dirá que toda la base es lo material y las nubes lo etéreo de mis sentimientos de ese momento. Dicho de otra forma: La tierra significa mi parte racional y las nubes, la espiritual, la de mis sentimientos.Ahí quedan mis garabatos. Muy a lo lejos se ve la torre de una iglesia que, probablemente sea la de Eesch.  

A soñar con los pajaritos.
Además de mis golondrina, quizás vencejos, bandadas de estorninos cruzan el cielo, por el vano que me permite ver mi caseta. Un conejillo me visita. Se asusta al verme, ¿le habré arrebatado su dormitorio?, y se esconde al pie del poste exterior derecho. Tendrá allí su madriguera, pienso. Al poco rato vuelve a asomarse y, como no quiero que me maree, muevo mis pies como si estuviera haciendo un ejercicio lateral de Pilates. Finalmente se escapa y aleja por la hierba. Ya no lo volveré a ver. Aguanto un rato incorporado, otro tumbado, hasta que a las 21:30 intento dormir. Salgo a orinar y me he hecho una almohada con la toalla envolviendo la capa. Es la primera vez que uso la capa para hacer la almohada, y no está nada mal. Durante la noche me levanto otras dos veces a orinar. Ni siquiera me calzo y lo hago de rodillas, sin salir del saco. Por la mañana echaré tierra cenicienta encima. Hay unas colillas en el suelo, lo que me hace pensar que este refugio es utilizado por alguien como fumadero. No sé a qué hora de la madrugada, oigo pisadas, me incorporo, y veo salir una silueta de hombre al que saludo con "buenas noches". La sombra se va sin decir ni pío, las golondrinas también han dejado de piar. Probablemente sea el hombre que mañana veré inspeccionando cosas, y fotografiaré junto al borde del mar. 

Balance de jornada rara.
No se puede decir nada de lo variado que ha sido este día. La comida buena y la casa gratis. Descontento con Turismo por no asegurar el B&B y contento con las golondrinas, que me han traido el recuerdo de Poblenou del Delta y de mi difunto amigo Andoni. No ha sido un día perdido.

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