Prólogo: Ámsterdam-Kimswerd
05 de junio de
2015
Ámsterdam-Leeuwarden-Harlingen-Kimswerd.
Desayuno en el
stayokay. Despedida de Sayán
Me levanto a las
siete y cuarto. Cago, afeito, ducho, me visto y tomo la pastilla de
Indapamida. Con todos mis artilugios electrónicos ya cargados,
guardo cables y enchufes en mi mochila. Ayer quedé con Sayán para
desayunar juntos a las ocho. Él también se levanta para escribir.
Pienso que escribe a su amigo minusválido, pero se trata de sus
señas, que me da, agradecido: Sayán Alí Khan. Y yo le pongo unas
letras. “Para practicar el castellano”, me dice.
Bajamos juntos, pero hay cola desde la puerta de recepción hasta el primer piso. Tardaremos mucho, pero parece que no le importa no ver los museos desde primera hora. Esta misma tarde vuelve a Suiza. Él tendrá menos trayecto que el mío de anteayer desde España. Tras probar unos años de vida independiente, ahora está viviendo de nuevo con sus padres. Mi desayuno es similar al de ayer, aunque ya no quedaban bollitos de pan y he tenido que coger dos rebanadas de pan molde. Hoy lo primero que como es una naranja. Ya en la habitación, recogemos todo. Como él tiene más cosas que yo y no tiene tanta prisa, nos damos un abrazo de despedida y prometemos mantenernos en contacto epistolar (e-mail y correo). En 2019 seguimos fieles a nuestra promesa.
Bajamos juntos, pero hay cola desde la puerta de recepción hasta el primer piso. Tardaremos mucho, pero parece que no le importa no ver los museos desde primera hora. Esta misma tarde vuelve a Suiza. Él tendrá menos trayecto que el mío de anteayer desde España. Tras probar unos años de vida independiente, ahora está viviendo de nuevo con sus padres. Mi desayuno es similar al de ayer, aunque ya no quedaban bollitos de pan y he tenido que coger dos rebanadas de pan molde. Hoy lo primero que como es una naranja. Ya en la habitación, recogemos todo. Como él tiene más cosas que yo y no tiene tanta prisa, nos damos un abrazo de despedida y prometemos mantenernos en contacto epistolar (e-mail y correo). En 2019 seguimos fieles a nuestra promesa.
Del albergue
juvenil a la estación.
Salgo del stayokay y
fotografío el parterre con las bonitas flores lilas. Aunque es
temprano, ya se empieza a ver a jóvenes tumbados por la hierba.
Salgo del Vondelpark y comienzo a caminar por zona urbana en
paralelos al mismo canal por donde vine hace dos días. Paso por la
casa en que vi ayer a la joven que plantaba los girasoles. Una vecina
me dice que se ponen muy altos, más que la altura de una persona. No
le entiendo ni una palabra de lo que dice, pero sí el gesto, cuando
levanta la mano.
No he caminado ni diez minutos, cuando encuentro a un hombre tirado en la acera. Duerme junto a su bicicleta. Es de edad más que madura y de raza oscura. En ese momento, no es de los que piden, de las órdenes mendicantes, pero no sé lo que hará cuando despierte. Lo van a despertar pronto. Me alejo un poco, cuando veo que llega la policía.

Se trata de una mujer, que lo va despertando de forma más que correcta, incluso me parece que lo hace con cariño y gran delicadeza. Sin ver cuál es el desarrollo de la gestión policial, ni el resultado final, pues no quiero entretenerme demasiado en el camino a la estación, continúo adelante.

Paso por puente y repito foto de canal. Hoy, junto a una de las plataformas, veo amarrado un kayak. Casi podría asegurar que ayer la plataforma no estaba delante de la barraca flotante ni, por supuesto, el kayak. Me hace pensar que sea una plataforma que se intercambian los distintos dueños de los habitáculos y que las quitan de delante de sus puertas para no invitar a posibles ladrones.
No me parece mal sistema, aunque habrá un sitio en el que tendrán que quedar aparcadas en algún momento del día o de la noche. Me encuentro y hablo con Boss, un marroquí del Norte, que vive en Ámsterdam desde hace 25 años. Tiene trabajo, mujer y tres hijos, que considera suficientes.

Me enseña fotos en el móvil, de su mujer, sin velo, y de sus dos hijos más pequeños. Continúo caminando otro gran trecho y, en otra de las calles, lejos de la zona de los canales, paso por un edificio que tiene todo el aspecto de haber sido en tiempos una iglesia. Tiene dos torres y en la fachada central un simulacro de rosetón vidriado, pero no con la ampulosidad del gótico, sino que ofrece un círculo mucho más sencillo.

No sé lo que ofrece actualmente la parte alta del edificio, probablemente se haya adaptado para viviendas, aunque grandes espacios interiores no gozarán de luz natural, ya que se ven pocos ventanales. Pero sí se puede ver a lo que se dedican los locales más próximos a la acera: veo una panadería pastelería, un pequeño café y, la parte, central, la más amplia, a lo que supone el deporte más habitual de los holandeses, la bicicleta. Aquí las alquilan y las reparan. Seguro que es un negocio más rentable que el de las misas. Cerca de esta iglesia, que ya no lo es, encuentro otra altísima torre que parece continuar siendo iglesia y cuyo edificio está siendo restaurado. ¿Será pagada la restauración con el dinero que ha podido recuperar la Iglesia por la venta del edificio anterior que acabo de abandonar? Son las 10:06 horas y me sirve comprobar que el reloj de la torre marca la misma hora que el contador de mi cámara fotográfica. Esta coincidencia, que no se ha dado en todos los viajes anteriores, me sirve para ordenar el día y acompasarlo con lo que escribo en mi diario. Continúo caminando con Boss, el marroquí. Me dice que su hijo mayor ya es muy grande. Me dice que el edificio que está al frente es el Parlamento, o la sede del Gobierno holandés. No lo puedo asegurar. Me informa de que está encargado de la vigilancia en el Rijks Museum. Está contento. Lo considera un buen trabajo. Yo también así lo considero. Supongo que le pagarán bien, tanto como para mantener a su familia y pagar los impuestos, aunque sean altos. ¿Se volverá a Marruecos cuando se jubile? ¿Querrán sus hijos irse con él? El dilema de todos los migrantes. Pronto llego a otro edificio eclesial que también está siendo restaurado. Pienso que con funciones de iglesia pero, al pasar por el lado cubierto por tela protectora, leo: Magna Plaza Shopping, lo que me hace pensar en que lo están adaptando para un centro comercial. Se aprecia la evolución del mundo. Si hasta hace unos años estábamos esclavizados por la Iglesia, ahora lo estamos por la sociedad de consumo. Si la Iglesia nos ofrecía la gloria como recompensa futura, la sociedad de consumo nos ofrece la felicidad aquí y ahora. Es una competencia desleal. Es natural que salga vencedora frente a un Dios justiciero, castigador, amenazador con infiernos. Aunque la Iglesia se haya reblandecido mucho en los últimos tiempos, ya tiene poco que rascar. Además, tantos casos descubiertos recientemente de pederastia sacerdotal, tampoco les van a beneficiar mucho. Las nuevas adaptaciones de estos edificios, ya están bendecidas y no necesitan nuevas bendiciones. En un edificio al frente de la calle, veo un edificio con cúpula que más que iglesia me parece edificio civil por la gran cantidad de ventanas que ofrece. Lo que más destaca es el tímpano y frontón triangular profusamente decorado con figuras en altorrelieve, como en los templos griegos y romanos, como en el Partenón.
Llego a otra iglesia. La Nueva Iglesia. En los laterales aparecen como nuevos canonizados, una santa y un santo. Para mí la santa es desconocida, aunque muy bien pudiera ser una actual María Magdalena. Pero el santo es conocido, muy conocido, se trata de san Leo Messi, precursor del próximo Messias. También la sociedad de consumo necesita sus bautistas. La conclusión que saco es que este antigua edificio eclesial, cumple ahora funciones culturales. En esta ocasión, se trata de una exposición de fotografías Wordl Press Photo. Insisto en que la mujer no sé quién puede ser, pero la otra es Messi cogiendo su balón de oro. En el terreno deportivo, yo también prefiero a san Messi que a san Christiano. Llegamos a la plaza DAM. Hay varios edificios interesantes.
En uno leo Madame Tussaud. Fue una referencia del primer día que llegué. También el Gran Hotel Krasnapolsky (¿Polaco?). Boss me acompaña hasta las taquillas. Está dispuesto a quedarse conmigo hasta que me toque el turno pero, le agradezco su ayuda, y se va. Mi fila avanza poco y decido cambiarme a otra. Pero esta segunda fila parece que sólo es para ir al Aeropuerto.
Vuelvo a mi primera fila y un hombre pequeño me dice que yo soy el último, que van a cerrar ese punto de venta de billetes. Espanto a los que se van poniendo detrás. La morenita que me atiende, su último cliente, ya está con ganas de marcharse, pero me atiende con exquisitez, me saca copia del itinerario que debo hacer. Me dice: bajar en la segunda parada: Amersfoort y coger, dos minutos después, el otro, el que me llevará a Leeuwarden. 25,94€, que pago con Visa.
Subo al andén correspondiente. Me entretengo en adivinar la descomposición del precio total del ticket: el viaje (24,70€), creo que por pagar con tarjeta (1€ carísimo), impuesto (0,24€). Diez minutos antes de la hora señalada para el mío, llega por mi vía un tren que para mucho más adelante que donde yo estoy hablando con unos argentinos. He intuido que eran hispanos aún sin oírles hablar, pues uno de ellos está embebido en su ordenador portátil. Pero cuando les hablo, el del ordenador lo deja de lado. Vemos cómo la mayoría va hacia el tren que acaba de pasar y se ha estacionado más adelante. Dudamos. Pregunto a dos chicas que están de espaldas al tren, y a la vida, que no se enteran de nada, ni de que ha pasado un tren. No ponen ningún interés, ni en enterarse de qué me preocupa.
No he caminado ni diez minutos, cuando encuentro a un hombre tirado en la acera. Duerme junto a su bicicleta. Es de edad más que madura y de raza oscura. En ese momento, no es de los que piden, de las órdenes mendicantes, pero no sé lo que hará cuando despierte. Lo van a despertar pronto. Me alejo un poco, cuando veo que llega la policía.
Se trata de una mujer, que lo va despertando de forma más que correcta, incluso me parece que lo hace con cariño y gran delicadeza. Sin ver cuál es el desarrollo de la gestión policial, ni el resultado final, pues no quiero entretenerme demasiado en el camino a la estación, continúo adelante.
Paso por puente y repito foto de canal. Hoy, junto a una de las plataformas, veo amarrado un kayak. Casi podría asegurar que ayer la plataforma no estaba delante de la barraca flotante ni, por supuesto, el kayak. Me hace pensar que sea una plataforma que se intercambian los distintos dueños de los habitáculos y que las quitan de delante de sus puertas para no invitar a posibles ladrones.
No me parece mal sistema, aunque habrá un sitio en el que tendrán que quedar aparcadas en algún momento del día o de la noche. Me encuentro y hablo con Boss, un marroquí del Norte, que vive en Ámsterdam desde hace 25 años. Tiene trabajo, mujer y tres hijos, que considera suficientes.
Me enseña fotos en el móvil, de su mujer, sin velo, y de sus dos hijos más pequeños. Continúo caminando otro gran trecho y, en otra de las calles, lejos de la zona de los canales, paso por un edificio que tiene todo el aspecto de haber sido en tiempos una iglesia. Tiene dos torres y en la fachada central un simulacro de rosetón vidriado, pero no con la ampulosidad del gótico, sino que ofrece un círculo mucho más sencillo.
No sé lo que ofrece actualmente la parte alta del edificio, probablemente se haya adaptado para viviendas, aunque grandes espacios interiores no gozarán de luz natural, ya que se ven pocos ventanales. Pero sí se puede ver a lo que se dedican los locales más próximos a la acera: veo una panadería pastelería, un pequeño café y, la parte, central, la más amplia, a lo que supone el deporte más habitual de los holandeses, la bicicleta. Aquí las alquilan y las reparan. Seguro que es un negocio más rentable que el de las misas. Cerca de esta iglesia, que ya no lo es, encuentro otra altísima torre que parece continuar siendo iglesia y cuyo edificio está siendo restaurado. ¿Será pagada la restauración con el dinero que ha podido recuperar la Iglesia por la venta del edificio anterior que acabo de abandonar? Son las 10:06 horas y me sirve comprobar que el reloj de la torre marca la misma hora que el contador de mi cámara fotográfica. Esta coincidencia, que no se ha dado en todos los viajes anteriores, me sirve para ordenar el día y acompasarlo con lo que escribo en mi diario. Continúo caminando con Boss, el marroquí. Me dice que su hijo mayor ya es muy grande. Me dice que el edificio que está al frente es el Parlamento, o la sede del Gobierno holandés. No lo puedo asegurar. Me informa de que está encargado de la vigilancia en el Rijks Museum. Está contento. Lo considera un buen trabajo. Yo también así lo considero. Supongo que le pagarán bien, tanto como para mantener a su familia y pagar los impuestos, aunque sean altos. ¿Se volverá a Marruecos cuando se jubile? ¿Querrán sus hijos irse con él? El dilema de todos los migrantes. Pronto llego a otro edificio eclesial que también está siendo restaurado. Pienso que con funciones de iglesia pero, al pasar por el lado cubierto por tela protectora, leo: Magna Plaza Shopping, lo que me hace pensar en que lo están adaptando para un centro comercial. Se aprecia la evolución del mundo. Si hasta hace unos años estábamos esclavizados por la Iglesia, ahora lo estamos por la sociedad de consumo. Si la Iglesia nos ofrecía la gloria como recompensa futura, la sociedad de consumo nos ofrece la felicidad aquí y ahora. Es una competencia desleal. Es natural que salga vencedora frente a un Dios justiciero, castigador, amenazador con infiernos. Aunque la Iglesia se haya reblandecido mucho en los últimos tiempos, ya tiene poco que rascar. Además, tantos casos descubiertos recientemente de pederastia sacerdotal, tampoco les van a beneficiar mucho. Las nuevas adaptaciones de estos edificios, ya están bendecidas y no necesitan nuevas bendiciones. En un edificio al frente de la calle, veo un edificio con cúpula que más que iglesia me parece edificio civil por la gran cantidad de ventanas que ofrece. Lo que más destaca es el tímpano y frontón triangular profusamente decorado con figuras en altorrelieve, como en los templos griegos y romanos, como en el Partenón.
Llego a otra iglesia. La Nueva Iglesia. En los laterales aparecen como nuevos canonizados, una santa y un santo. Para mí la santa es desconocida, aunque muy bien pudiera ser una actual María Magdalena. Pero el santo es conocido, muy conocido, se trata de san Leo Messi, precursor del próximo Messias. También la sociedad de consumo necesita sus bautistas. La conclusión que saco es que este antigua edificio eclesial, cumple ahora funciones culturales. En esta ocasión, se trata de una exposición de fotografías Wordl Press Photo. Insisto en que la mujer no sé quién puede ser, pero la otra es Messi cogiendo su balón de oro. En el terreno deportivo, yo también prefiero a san Messi que a san Christiano. Llegamos a la plaza DAM. Hay varios edificios interesantes.
En uno leo Madame Tussaud. Fue una referencia del primer día que llegué. También el Gran Hotel Krasnapolsky (¿Polaco?). Boss me acompaña hasta las taquillas. Está dispuesto a quedarse conmigo hasta que me toque el turno pero, le agradezco su ayuda, y se va. Mi fila avanza poco y decido cambiarme a otra. Pero esta segunda fila parece que sólo es para ir al Aeropuerto.
Vuelvo a mi primera fila y un hombre pequeño me dice que yo soy el último, que van a cerrar ese punto de venta de billetes. Espanto a los que se van poniendo detrás. La morenita que me atiende, su último cliente, ya está con ganas de marcharse, pero me atiende con exquisitez, me saca copia del itinerario que debo hacer. Me dice: bajar en la segunda parada: Amersfoort y coger, dos minutos después, el otro, el que me llevará a Leeuwarden. 25,94€, que pago con Visa.
Subo al andén correspondiente. Me entretengo en adivinar la descomposición del precio total del ticket: el viaje (24,70€), creo que por pagar con tarjeta (1€ carísimo), impuesto (0,24€). Diez minutos antes de la hora señalada para el mío, llega por mi vía un tren que para mucho más adelante que donde yo estoy hablando con unos argentinos. He intuido que eran hispanos aún sin oírles hablar, pues uno de ellos está embebido en su ordenador portátil. Pero cuando les hablo, el del ordenador lo deja de lado. Vemos cómo la mayoría va hacia el tren que acaba de pasar y se ha estacionado más adelante. Dudamos. Pregunto a dos chicas que están de espaldas al tren, y a la vida, que no se enteran de nada, ni de que ha pasado un tren. No ponen ningún interés, ni en enterarse de qué me preocupa.
Ámsterdam-Amersfoort
Los que van hacia el
tren, todos van a Berlín. Uno de los argentinos se ha enterado de
que es el tren que va a Berlín y le hace una seña a su amigo para
ir a montar. Yo monto antes que ellos. Elijo asiento con ventana
mirando hacia delante. Parece casual, pero los dos argentinos tienen
los asientos de en frente. A mi lado se sienta Hiro, japonés, le
digo Hiro Hito, pero me dice: sólo Hiro y me lo escribe en el
itinerario que me ha dado la chica de la taquilla, en grafía nipona.
Yo le escribo mi nombre junto al suyo. A las 11:35 llegaremos a
Amersfoort de donde saldrá el intercity a las 11:37 y llegará a
Leeuwarden a las 13:17 horas. Un programa muy medido que me obligará
a estar muy atento. A la par de nosotros, han montado las dos
brasileiras que estaban en el stayokay. Hablo algunas palabras en mi
portugués: “soziño”, “no tenes medo”, “está perto”,
“moito obrigado”, “moito long”. Me despido de japonés,
argentinos y brasileiras y bajo en Amersfoort.
Amersfoort-Leeuwarden
Corro para no perder
el tren que ya está puesto esperando en el otro lado del andén.
Pregunto al revisor, que está en el último vagón, y me dice que
monte y el tren arranca. Ha sido como llegar y besar el santo. En el
mismo itinerario, me dibuja dos vagones y me dice que vaya en el de
delante, que en el que estamos no va a Leeuwarden. Avanzo hasta el
inicio del segundo convoy, pero no puedo continuar.
Allí me quedo hablando con dos mujeres, Lijda y Elisabeth. Una es mayor y la otra joven. Van con mucho equipaje y sus bicis correspondientes. Llega el vendedor, el de catering del tren, que se llama Maarten. Ya no se dará ningún paseo más por el tren ofreciendo sus productos en su cesta. Se ve que le pagan lo mismo venda o no. Les cuento mi proyecto de viaje: Holanda-Polonia a pie. Tanto él, como Lijda (que suena Loida) y Elisabeth, se ríen mucho y me hacen muchas preguntas. Aunque por ir de pie voy algo cansado, me siento feliz. Ha llegado el revisor y en la primera parada me bajo y avanzo todo lo que puedo.
Cuando llego al primer vagón, elijo ventana, mirando hacia delante, y a mi lado se sienta un estudiante de logística, que se bajará en la parada anterior a la mía. Es así como llego a estación conocida y a su estructura de madera que tanto me gusta, la estación de Leeuwarden.
Allí me quedo hablando con dos mujeres, Lijda y Elisabeth. Una es mayor y la otra joven. Van con mucho equipaje y sus bicis correspondientes. Llega el vendedor, el de catering del tren, que se llama Maarten. Ya no se dará ningún paseo más por el tren ofreciendo sus productos en su cesta. Se ve que le pagan lo mismo venda o no. Les cuento mi proyecto de viaje: Holanda-Polonia a pie. Tanto él, como Lijda (que suena Loida) y Elisabeth, se ríen mucho y me hacen muchas preguntas. Aunque por ir de pie voy algo cansado, me siento feliz. Ha llegado el revisor y en la primera parada me bajo y avanzo todo lo que puedo.
Cuando llego al primer vagón, elijo ventana, mirando hacia delante, y a mi lado se sienta un estudiante de logística, que se bajará en la parada anterior a la mía. Es así como llego a estación conocida y a su estructura de madera que tanto me gusta, la estación de Leeuwarden.
Leeuwarden.
Estación, WC y V.v.v.
Fotografío dos de
las moles de madera de la estación.
La estación es amplia pero estos elementos de madera, que me gustan, la acortan y le hacen perder perspectiva. Lo bonito de las estaciones es ver de lejos el tren que entra y el tren que se va alejando hacia su destino. Como no he tenido la precaución de orinar dentro del tren y ahora tengo ganas de hacerlo, busco urinarios. En la estación hay que pagar 50 céntimos por orinar. Al no encontrar servicios gratuitos, busco la manera de hacerlo sin pagar.
Fotografío el hall de entrada de la estación, donde sacaré el billete para Harlingen. Me sale algo borrosa. Fue más nítida la que saqué en 2013, cuando di por finalizado el recorrido de aquel año en la isla de Terschelling. Entro en una cafetería y me meto por un pasillo que me lleva a los retretes. Dos jóvenes hablan entre ellos, pero no me dicen nada, tampoco al salir. Ya, con los deberes hechos, salgo de la estación buscando Centrum, el centro de la ciudad. Un chico que va en la misma dirección me acompaña.
Cuando le pregunto por la Oficina de Turismo, no sabe decirme pero, al recordarlo y decirle V.v.v. (que suena fei fei fei), aunque tampoco sabe dónde está, la localiza enseguida, pues está muy cerca.

Es el mismo edificio donde he orinado antes. Entro en el lugar y una mujer me manda al mostrador de la auténtica oficina de información. De primeras me atiende una mujer que da muestras de desesperarse porque no consigue entenderme. Yo entiendo su desespero, pues mi inglés es pésimo. Está a punto de tirar la toalla pero me atiende otra chica con la que me entiendo mejor. No tienen mapa alguno que no sea pagando y yo, para el recorrido que me queda por hacer de la costa, que ya supe en 2013 que era seguir un dique hasta Alemania, no necesito los mapas tan detallados, pero caros, que ofrecen los holandeses. Ya tuve que comprar dos aquel año, pero los necesité, sobre todo, para hacer el recorrido por interior desde la costa hasta Rotterdam y salir de nuevo a la costa posterior a su enorme puerto. El otro sería necesario para cuando tuve que ir a Haarlem, donde el albergue juvenil estaba en zona de interior.
Aunque iba con buen mapa, llevaba referencia equivocada y me perdí. Finalmente se le enciende la bombilla y me localiza un mapa que está al final de una revista ilustrativa de la zona. Me será suficiente. En esa revista aparecen varios B&B de Harlingen y un plano de aquella ciudad que quizás me vengan bien. El mapa me va a servir hasta Holwed, donde se coge el ferry para ir a Ameland. También consigo horarios de ferry para las islas de Ameland y Schiermonnikoog. Salgo contento y agradecido del lugar. Antes de marchar de la oficina de información, entro en la misma cafetería de antes y me acerco para sacar foto del retrete y del pasillo por el que he obtenido el acceso a él. Al salir, fotografío la Oficina de Turismo. Ya puedo adentrarme en la ciudad. Si el año 2016 será Donostia-San Sebastián Capital Europea de la Cultura, a la vez que Broclaw, en Polonia, en 2017 será Årus, en Dinamarca, y creo que en 2018 esta ciudad de Leeuwarden, también. En Fuerteventura sabré que aquí hacen un riquísimo licor de cerezas. ¡Lástima no saberlo ahora! Los años de la capitalidad los digo de memoria. No tengo seguridad absoluta, ni datos a mano para encontrarlos. Así se quedan.
La estación es amplia pero estos elementos de madera, que me gustan, la acortan y le hacen perder perspectiva. Lo bonito de las estaciones es ver de lejos el tren que entra y el tren que se va alejando hacia su destino. Como no he tenido la precaución de orinar dentro del tren y ahora tengo ganas de hacerlo, busco urinarios. En la estación hay que pagar 50 céntimos por orinar. Al no encontrar servicios gratuitos, busco la manera de hacerlo sin pagar.
Fotografío el hall de entrada de la estación, donde sacaré el billete para Harlingen. Me sale algo borrosa. Fue más nítida la que saqué en 2013, cuando di por finalizado el recorrido de aquel año en la isla de Terschelling. Entro en una cafetería y me meto por un pasillo que me lleva a los retretes. Dos jóvenes hablan entre ellos, pero no me dicen nada, tampoco al salir. Ya, con los deberes hechos, salgo de la estación buscando Centrum, el centro de la ciudad. Un chico que va en la misma dirección me acompaña.
Cuando le pregunto por la Oficina de Turismo, no sabe decirme pero, al recordarlo y decirle V.v.v. (que suena fei fei fei), aunque tampoco sabe dónde está, la localiza enseguida, pues está muy cerca.
Es el mismo edificio donde he orinado antes. Entro en el lugar y una mujer me manda al mostrador de la auténtica oficina de información. De primeras me atiende una mujer que da muestras de desesperarse porque no consigue entenderme. Yo entiendo su desespero, pues mi inglés es pésimo. Está a punto de tirar la toalla pero me atiende otra chica con la que me entiendo mejor. No tienen mapa alguno que no sea pagando y yo, para el recorrido que me queda por hacer de la costa, que ya supe en 2013 que era seguir un dique hasta Alemania, no necesito los mapas tan detallados, pero caros, que ofrecen los holandeses. Ya tuve que comprar dos aquel año, pero los necesité, sobre todo, para hacer el recorrido por interior desde la costa hasta Rotterdam y salir de nuevo a la costa posterior a su enorme puerto. El otro sería necesario para cuando tuve que ir a Haarlem, donde el albergue juvenil estaba en zona de interior.
Aunque iba con buen mapa, llevaba referencia equivocada y me perdí. Finalmente se le enciende la bombilla y me localiza un mapa que está al final de una revista ilustrativa de la zona. Me será suficiente. En esa revista aparecen varios B&B de Harlingen y un plano de aquella ciudad que quizás me vengan bien. El mapa me va a servir hasta Holwed, donde se coge el ferry para ir a Ameland. También consigo horarios de ferry para las islas de Ameland y Schiermonnikoog. Salgo contento y agradecido del lugar. Antes de marchar de la oficina de información, entro en la misma cafetería de antes y me acerco para sacar foto del retrete y del pasillo por el que he obtenido el acceso a él. Al salir, fotografío la Oficina de Turismo. Ya puedo adentrarme en la ciudad. Si el año 2016 será Donostia-San Sebastián Capital Europea de la Cultura, a la vez que Broclaw, en Polonia, en 2017 será Årus, en Dinamarca, y creo que en 2018 esta ciudad de Leeuwarden, también. En Fuerteventura sabré que aquí hacen un riquísimo licor de cerezas. ¡Lástima no saberlo ahora! Los años de la capitalidad los digo de memoria. No tengo seguridad absoluta, ni datos a mano para encontrarlos. Así se quedan.
Un paseo por la
capital de Frisland
He dedicado un rato
a la logística. Recorto el mapa, me guardo la lista de B&B. Los
restos de documentación los tiraré en Popta Zathe, cuando llegue
hoy a destino. Ahora doy un paseo por Leeuwarden, la capital de
Frisia. Salgo al canal, donde veo veleros de grandes mástiles pero
que no parecen a propósito para una excursión de recreo.
Sin embargo me informan de que puedo ir por el canal hasta Harlingen. Como no sé horarios, no me quiero arriesgar y prefiero ir en el tren de vía estrecha que ya conocí la otra vez. Desde un puente que se presenta florido de campánulas, de la familia de las petunias, aunque ya sé que no se llaman así, pues éstas son colgantes. A este otro lado del canal, hay más veleros y algunos jóvenes con torso blancuzco, por la época del año en que estamos, sin empezar aún el verano, van en motora.
Remar sería demasiado esfuerzo. No sé si porque estén en fiestas o como preludio del verano, en una zona han instalado barracas de feria, para diversión de niños, jóvenes y adultos juguetones.

De una de las que dan vértigo y que aún no está puesta en marcha, pende una red llena de globos de muchos colores. ¿Serán para los niños o para lanzarlos a la estratosfera? Sólo un niño, bien amarrado con arnés, salta en las camas elásticas.
Llego a un mercadillo. Se me antojan los albaricoques. Están a 2€ el kilo y no me parecen muy caros. Compro unos albaricoques. Pero he visto mal y ½ kilo me cuestan 2€. Por eso que me habían parecido a buen precio. Ya que los he pedido los compro y me los comeré. Voy a una escultura que, frente a un canal, representa a un niño jugando al futbol. “De Frislaan” indica en el podio, y el año 1883, pero no me digáis como se puede traducir el resto. Confío en que el muchacho no de una patada a mis albaricoques. Lo único que sé es que estamos en el país de las Frisias occidentales. Las orientales coronan Alemania y van de Borkum a Mellum. Yo sólo visitaré la primera, por razones que, en su momento explicaré. Las islas Frisias septentrionales van de Nordstrand a Sylt, también en su recorrido por Alemania, pero yo sólo visitaré Amrum y Sylt, como se verá. Sin embargo las danesas, las visitaré las tres: Rømø, Mandø y Fanø.
El canal sobre cuyo puente está la figura del niño con balón, tiene poco recorrido. Paso otro canal y por una calle muy estrecha, acabo aterrizando junto a la torre inclinada, que parece sea un símbolo de la ciudad. La fotografío de tal forma que queda bastante disimulada su inclinación. No quiero que haga la competencia a la torre de Pisa. La torre es poco agraciada, aunque tiene trazas de ser de la época gótica y como si perteneciera a un edificio mayor que, o no fue construido o se destruyó y sólo queda su torre. En cualquier caso parece que los frisios le dan un gran valor, más que por arquitectura quizás sea por historia.

Cuando entro en el polideportivo, veo una reproducción en arena, quizás cerámica, en el que se lee LWD-2018, lo que me confirma que en efecto, éste sea el año de la capitalidad de la cultura. Como DSS-2016 fue nuestra chanda. Me parece que en la reproducción le han dado una inclinación muy exagerada. Están montando carpas en el interior del polideportivo, así que voy regresando hacia el centro.

Paso por el mercadillo, donde he comprado los albaricoques y que antes no he retratado, y ahora saco la foto. Veo la biblioteca y entro en ella. Es la Bibliotheken Midden Fryslan. Pretendo poner algún correo. Paso por la zona infantil. Llego a la sala de ordenadores, donde hay varios libres y me siento, pero como no tengo clave para entrar, regreso al mostrador. La chica me saca un vale gratuito para media hora, y me acompaña al ordenador. El código es 4wgnfrukjj. Ella coloca el código y me lo deja en Google. Entro bien, pero cuando llega la hora de la verdad, Outlook me empieza a pedir datos, por si no soy yo quien entra en mi correo. Lo de siempre.
Esta vez en holandés no entiendo las preguntas y no consigo entrar en mi correo. Tanta seguridad me crea inseguridad además de no permitirme lo que quiero. ¡Qué sistema der seguridad más horrendo! Desesperado vuelvo al mostrador, pero nadie me puede ayudar. Me pide “code”. ¿Cuál? Ni la del mostrador, ni la de la sección infantil consiguen solucionarme el problema. Mi vecino me da explicaciones en inglés, un inglés que yo no entiendo. Habla tan rápido… Y se acaba el tiempo. Agradezco a unos y a otros y me voy con mi frustración. De nuevo, una oportunidad perdida, que iré arrastrando hasta Dinamarca.
Al salir fotografío el edificio de la biblioteca y, en la plaza, una fuente con un diablillo de casco alado que para mí es como si fuera Papageno o cualquier otro personaje mitológico. Paso el gran canal y pregunto a un chico por la estación. Estoy algo despistado. Me orienta y en seguida llego. Compro el billete que, como para venir de Ámsterdam he pagado con Visa, aquí también, y cometo el gran error, pues me cargan también otro euro por la operación. Siendo más de 25 los euros a pagar, compensa con el 4% que me cobra el banco, pero el porcentaje sobre un billete de 5,40€ supone casi un 20%. Espero no volver a cometer este error en próximas ocasiones.
Pago 6,40€ en efectivo. Según estoy escribiendo esto, me doy cuenta de mi error. Un error que también se produjo al narrar mi compra en Ámsterdan. Parece ser que el euro que cobran es por sacar el billete en taquilla y no por Internet. Cobran el trabajo y la atención de los empleados, como si fuera un impuesto más. Mejor será olvidarme del tema. Me pregunta si quiero a Harlingen o a Harlingen Haven y como no lo sé, le digo que voy al puerto, aunque no sea cierto, pues fue allí donde cogí el tren al volver de Harlingen en verano-2013.
Sin embargo me informan de que puedo ir por el canal hasta Harlingen. Como no sé horarios, no me quiero arriesgar y prefiero ir en el tren de vía estrecha que ya conocí la otra vez. Desde un puente que se presenta florido de campánulas, de la familia de las petunias, aunque ya sé que no se llaman así, pues éstas son colgantes. A este otro lado del canal, hay más veleros y algunos jóvenes con torso blancuzco, por la época del año en que estamos, sin empezar aún el verano, van en motora.
Remar sería demasiado esfuerzo. No sé si porque estén en fiestas o como preludio del verano, en una zona han instalado barracas de feria, para diversión de niños, jóvenes y adultos juguetones.
De una de las que dan vértigo y que aún no está puesta en marcha, pende una red llena de globos de muchos colores. ¿Serán para los niños o para lanzarlos a la estratosfera? Sólo un niño, bien amarrado con arnés, salta en las camas elásticas.
Llego a un mercadillo. Se me antojan los albaricoques. Están a 2€ el kilo y no me parecen muy caros. Compro unos albaricoques. Pero he visto mal y ½ kilo me cuestan 2€. Por eso que me habían parecido a buen precio. Ya que los he pedido los compro y me los comeré. Voy a una escultura que, frente a un canal, representa a un niño jugando al futbol. “De Frislaan” indica en el podio, y el año 1883, pero no me digáis como se puede traducir el resto. Confío en que el muchacho no de una patada a mis albaricoques. Lo único que sé es que estamos en el país de las Frisias occidentales. Las orientales coronan Alemania y van de Borkum a Mellum. Yo sólo visitaré la primera, por razones que, en su momento explicaré. Las islas Frisias septentrionales van de Nordstrand a Sylt, también en su recorrido por Alemania, pero yo sólo visitaré Amrum y Sylt, como se verá. Sin embargo las danesas, las visitaré las tres: Rømø, Mandø y Fanø.
El canal sobre cuyo puente está la figura del niño con balón, tiene poco recorrido. Paso otro canal y por una calle muy estrecha, acabo aterrizando junto a la torre inclinada, que parece sea un símbolo de la ciudad. La fotografío de tal forma que queda bastante disimulada su inclinación. No quiero que haga la competencia a la torre de Pisa. La torre es poco agraciada, aunque tiene trazas de ser de la época gótica y como si perteneciera a un edificio mayor que, o no fue construido o se destruyó y sólo queda su torre. En cualquier caso parece que los frisios le dan un gran valor, más que por arquitectura quizás sea por historia.
Cuando entro en el polideportivo, veo una reproducción en arena, quizás cerámica, en el que se lee LWD-2018, lo que me confirma que en efecto, éste sea el año de la capitalidad de la cultura. Como DSS-2016 fue nuestra chanda. Me parece que en la reproducción le han dado una inclinación muy exagerada. Están montando carpas en el interior del polideportivo, así que voy regresando hacia el centro.
Paso por el mercadillo, donde he comprado los albaricoques y que antes no he retratado, y ahora saco la foto. Veo la biblioteca y entro en ella. Es la Bibliotheken Midden Fryslan. Pretendo poner algún correo. Paso por la zona infantil. Llego a la sala de ordenadores, donde hay varios libres y me siento, pero como no tengo clave para entrar, regreso al mostrador. La chica me saca un vale gratuito para media hora, y me acompaña al ordenador. El código es 4wgnfrukjj. Ella coloca el código y me lo deja en Google. Entro bien, pero cuando llega la hora de la verdad, Outlook me empieza a pedir datos, por si no soy yo quien entra en mi correo. Lo de siempre.
Esta vez en holandés no entiendo las preguntas y no consigo entrar en mi correo. Tanta seguridad me crea inseguridad además de no permitirme lo que quiero. ¡Qué sistema der seguridad más horrendo! Desesperado vuelvo al mostrador, pero nadie me puede ayudar. Me pide “code”. ¿Cuál? Ni la del mostrador, ni la de la sección infantil consiguen solucionarme el problema. Mi vecino me da explicaciones en inglés, un inglés que yo no entiendo. Habla tan rápido… Y se acaba el tiempo. Agradezco a unos y a otros y me voy con mi frustración. De nuevo, una oportunidad perdida, que iré arrastrando hasta Dinamarca.
Al salir fotografío el edificio de la biblioteca y, en la plaza, una fuente con un diablillo de casco alado que para mí es como si fuera Papageno o cualquier otro personaje mitológico. Paso el gran canal y pregunto a un chico por la estación. Estoy algo despistado. Me orienta y en seguida llego. Compro el billete que, como para venir de Ámsterdam he pagado con Visa, aquí también, y cometo el gran error, pues me cargan también otro euro por la operación. Siendo más de 25 los euros a pagar, compensa con el 4% que me cobra el banco, pero el porcentaje sobre un billete de 5,40€ supone casi un 20%. Espero no volver a cometer este error en próximas ocasiones.
Pago 6,40€ en efectivo. Según estoy escribiendo esto, me doy cuenta de mi error. Un error que también se produjo al narrar mi compra en Ámsterdan. Parece ser que el euro que cobran es por sacar el billete en taquilla y no por Internet. Cobran el trabajo y la atención de los empleados, como si fuera un impuesto más. Mejor será olvidarme del tema. Me pregunta si quiero a Harlingen o a Harlingen Haven y como no lo sé, le digo que voy al puerto, aunque no sea cierto, pues fue allí donde cogí el tren al volver de Harlingen en verano-2013.
Tren
Leeuwarden-Harlingen
El tren llega con
algo de retraso. Monto en él. Voy viendo la llanada holandesa. Me he
sentado solo, en espacio para cuatro y voy mirando hacia adelante,
hacia la marcha del tren. Nadie se pone en mi entorno y cojo un
periódico de Metro, donde encuentro plano de Europa en color, y días
y temperaturas y que me servirá para que por la tarde, Nataascha me
diga los días de la semana en holandés. Al menos de viernes a
martes, que son los días que vienen en el diario: Nubes y sol.
Viernes, Vr 11º/30º, Sábado, Za 16º/19º, Domingo, Zo 9º/19º,
Lunes, Ma 7º/17º y Martes, Di 7º/17º. Al menos, parece que me
libraré de la lluvia. Hoy tenemos el día más caluroso. En el sur
de Holanda han tenido hoy más de 30º. El periódico no me da más
juego y de la revista recorto los dos sudokus. Empiezo uno, pues los
números los entiendo bien en neerlandés, y lo terminaré mañana
mientras cago en mi albergue a las 6:30 horas de la mañana. Leo:
Sudoku eenvouding, que sin saber holandés pero viendo lo sencillo
que me va a resultar, intuyo que quiere decir, en cuanto a
dificultad, fácil o sencillo. Bueno, un buen sudoku para
principiantes.
Voy llegando a terreno conocido. Ya abajo, en la
parada, recuerdo la ayuda que me prestó hace dos años una mujer
para sacar el billete de la expendedora. Sólo ponía en holandés.
Harlingen. V.v.v.
He salido de la
pequeña estación. Ya estoy en el puerto, junto al edificio
Havenplein. Supongo que éste es el Haven que me preguntaba el
expendedor de billetes de Leeuwarden.
Pregunto a una pareja y me orientan hacia la oficina de información turística. Cuando llego al V.v.v. me atienden dos señoras. Consigo de ellas un plano que llega hasta Lauwersoog, el punto de partida del ferry que me llevará a Schiermonnikoog. Con él podré caminar hasta la etapa 6ª, aunque las dos islas, Ameland y ésta, van aparte. Tengo ahora tres planos de la ciudad, dos de ellos me servirán para poco, sólo el tiempo que voy a estar en ella.
El otro me servirá para salir hacia el sur,
al lugar donde dormiré esta noche y, de regreso, mañana, para salir
de la ciudad hacia el norte. El albergue barato que me ofrecen las
señoras está a 3 kilómetros hacia el sur, se llama Popta Zathe y
está en el pueblo de Kimswerd. Es un Bed&Breakfast. Les doy
conformidad y, tras hacer la gestión con la dueña, y confirmar el
coste de 25€, me lo anotan en el mapa. Intentamos mandar un e-mail
a casa con mi situación pero la más joven, la que más sabe de
ordenadores y conoce algo de castellano, también se desespera.
Insisto porque es mi oportunidad, ante tan buena disposición, pero nos volvemos a atascar en “code” y abandono. En uno de los planitos pequeños, la joven me traza el camino para llegar al lugar de la pensión. Me marcho agradecido y prometo visitarles mañana. Paso por el edificio Havenmantsje que regula el tráfico portuario y cuyo reloj señala bien la hora. Son casi las cinco. Llego a un puente movedizo, donde los peatones debemos de esperar hasta que pasen los barcos. Como estoy en el puerto de nuevo, además de fotografiar el puente, fotografío un gran yate y la bocana de salida al mar. Hay muchas embarcaciones con grandes mástiles, aunque ninguno lleva las velas al viento.
A partir de este momento ya se podría decir que comienza mi viaje a pie, pero para los pocos kilómetros que voy a recorrer hoy, que aunque me han hablado de 3, yo creo que serán cinco o más, lo consideraré una etapa de entrenamiento.
Pregunto a una pareja y me orientan hacia la oficina de información turística. Cuando llego al V.v.v. me atienden dos señoras. Consigo de ellas un plano que llega hasta Lauwersoog, el punto de partida del ferry que me llevará a Schiermonnikoog. Con él podré caminar hasta la etapa 6ª, aunque las dos islas, Ameland y ésta, van aparte. Tengo ahora tres planos de la ciudad, dos de ellos me servirán para poco, sólo el tiempo que voy a estar en ella.
Insisto porque es mi oportunidad, ante tan buena disposición, pero nos volvemos a atascar en “code” y abandono. En uno de los planitos pequeños, la joven me traza el camino para llegar al lugar de la pensión. Me marcho agradecido y prometo visitarles mañana. Paso por el edificio Havenmantsje que regula el tráfico portuario y cuyo reloj señala bien la hora. Son casi las cinco. Llego a un puente movedizo, donde los peatones debemos de esperar hasta que pasen los barcos. Como estoy en el puerto de nuevo, además de fotografiar el puente, fotografío un gran yate y la bocana de salida al mar. Hay muchas embarcaciones con grandes mástiles, aunque ninguno lleva las velas al viento.
A partir de este momento ya se podría decir que comienza mi viaje a pie, pero para los pocos kilómetros que voy a recorrer hoy, que aunque me han hablado de 3, yo creo que serán cinco o más, lo consideraré una etapa de entrenamiento.
De Harlingen a
Kimswerd
Cuando llega un
barco, voy por el dique, que finaliza en varios atracaderos.
En el mapa de la ciudad, donde la de información me ha marcado el mejor recorrido para ir a Kimswerd aparece un gran velero y que interpreto que en julio del año pasado se hizo en Harlingen una exhibición, o quizás una competición, de grandes veleros que llamaron The Tall Ships Races y que me recuerda a mi amigo el belga, Röel Moens, quien en 2013 competía en Ellevoetsluis. Aquella regata era bianual. Ésta no lo sé.
Aunque la línea marcada a bolígrafo va por el otro lado de las vías del tren, yo prefiero hacer el recorrido a mayor altura, y lo hago por encima del dique, que así me permite ver los dos lados, por uno la ciudad y por el otro la costa y la playa. Ciertamente que este mar ya lo conozco y me resulta poco apetecible, pues el mar bonito está en las islas del lado del mar del Norte. Este mar interior resulta estar más próximo a una ciénaga, sobre todo en las mareas bajas, al igual que ocurre con el de Mont Saint Michel, en la confluencia de Bretaña con Normandía. Sobre el dique, hay un caminito grato y desde él puedo ver el faro, vuurtorem, como lo llaman ellos. Visité el de Vlieland en 2013 con mi amigo Jan de Groot. También del lado del interior, paso por el Astillero Jansma, donde construyen el entramado de un pequeño barco.
Quizás habría que calificarlo de mediano. Lleva su tiempo, como pude comprobar en el de Pasaia, donde hacen una réplica de un ballenero, de los que faenaban por tierras canadienses en tiempo antiguo, cuando los pescadores vascos faenaban en torno a la desembocadura del San Lorenzo. Bezoekers Centrum, es lo que leo en una de las casetas aledañas, que según parece pertenecen al mismo entorno del astillero. El dique va haciendo curva y puedo ver, al pasar cerca.
El supermercado Aldi que, también me ofrece la posibilidad de ver las torres de las dos iglesias que, aunque hoy no, visitaré mañana en mi primera etapa. Paso por la playa, donde no hay mucha gente, aun siendo un día caluroso el de hoy. Como decía antes, esta playa, en marea baja, no me apetece nada. El mar está en casa-Cristo, y el suelo, después de la zona con arena, tiene el aspecto de ser puro fango. No sorprende que para surcar este mar interior los ferris tengan que dragar de continuo los fondos marinos. Si no, sería imposible que pudieran pasar barcos de tan enorme calado. Pude comprobar esta circunstancia en 2015 en mi paso de Terschelling a Harlingen y tendré oportunidad de volverlo a ver este año en mi ida y vuelta a Ameland y Schiermonnikoog. Paso también junto a una escultura que, como no me gusta, me abstengo de fotografiar. Se trata de Esterew Man. Encuentro sentados en un banco a dos personas. Son matrimonio y conocen La Palma y Gomera. Yo todavía no las conozco, cuando hablo con ellos, pero a primeros de enero de 2019 visito La Palma, isla que llaman Bonita, pero que a mí me defrauda, por la gran cantidad de plataneras que han cubierto con invernaderos, todo para conseguir mayor cantidad de plátanos y en detrimento de la calidad. Para mí9 ha resultado ser una isla fea. Por el contrario, las alturas, donde está el Roque de los Muchachos y la boca del volcán, Caldera de Taburiente, es de gran belleza paisajística y pureza atmosférica. No en vano han instalado allí, en lo alto, los observatorios estelares más importantes de Europa.
Me dicen que, cuando llegue al final del sendero, deberé bajar al camino que va hacia la carretera. Así lo haré. Cuando lo hago, el dique ya es de hierba, y en el pasta un gran rebaño de ovejas. Cuando llego a un camping, que está al otro lado de la carretera, pregunto a un chico por el camino peatonal a Kimswerd pero, parece ser que ese camino va más al interior. Pero me dice que la propia carretera me indicará el momento en que debo coger la desviación a la izquierda. Hago lo que el chico me dice, y no tardo mucho en llegar a zona agropecuaria.
En el mapa de la ciudad, donde la de información me ha marcado el mejor recorrido para ir a Kimswerd aparece un gran velero y que interpreto que en julio del año pasado se hizo en Harlingen una exhibición, o quizás una competición, de grandes veleros que llamaron The Tall Ships Races y que me recuerda a mi amigo el belga, Röel Moens, quien en 2013 competía en Ellevoetsluis. Aquella regata era bianual. Ésta no lo sé.
Aunque la línea marcada a bolígrafo va por el otro lado de las vías del tren, yo prefiero hacer el recorrido a mayor altura, y lo hago por encima del dique, que así me permite ver los dos lados, por uno la ciudad y por el otro la costa y la playa. Ciertamente que este mar ya lo conozco y me resulta poco apetecible, pues el mar bonito está en las islas del lado del mar del Norte. Este mar interior resulta estar más próximo a una ciénaga, sobre todo en las mareas bajas, al igual que ocurre con el de Mont Saint Michel, en la confluencia de Bretaña con Normandía. Sobre el dique, hay un caminito grato y desde él puedo ver el faro, vuurtorem, como lo llaman ellos. Visité el de Vlieland en 2013 con mi amigo Jan de Groot. También del lado del interior, paso por el Astillero Jansma, donde construyen el entramado de un pequeño barco.
Quizás habría que calificarlo de mediano. Lleva su tiempo, como pude comprobar en el de Pasaia, donde hacen una réplica de un ballenero, de los que faenaban por tierras canadienses en tiempo antiguo, cuando los pescadores vascos faenaban en torno a la desembocadura del San Lorenzo. Bezoekers Centrum, es lo que leo en una de las casetas aledañas, que según parece pertenecen al mismo entorno del astillero. El dique va haciendo curva y puedo ver, al pasar cerca.
El supermercado Aldi que, también me ofrece la posibilidad de ver las torres de las dos iglesias que, aunque hoy no, visitaré mañana en mi primera etapa. Paso por la playa, donde no hay mucha gente, aun siendo un día caluroso el de hoy. Como decía antes, esta playa, en marea baja, no me apetece nada. El mar está en casa-Cristo, y el suelo, después de la zona con arena, tiene el aspecto de ser puro fango. No sorprende que para surcar este mar interior los ferris tengan que dragar de continuo los fondos marinos. Si no, sería imposible que pudieran pasar barcos de tan enorme calado. Pude comprobar esta circunstancia en 2015 en mi paso de Terschelling a Harlingen y tendré oportunidad de volverlo a ver este año en mi ida y vuelta a Ameland y Schiermonnikoog. Paso también junto a una escultura que, como no me gusta, me abstengo de fotografiar. Se trata de Esterew Man. Encuentro sentados en un banco a dos personas. Son matrimonio y conocen La Palma y Gomera. Yo todavía no las conozco, cuando hablo con ellos, pero a primeros de enero de 2019 visito La Palma, isla que llaman Bonita, pero que a mí me defrauda, por la gran cantidad de plataneras que han cubierto con invernaderos, todo para conseguir mayor cantidad de plátanos y en detrimento de la calidad. Para mí9 ha resultado ser una isla fea. Por el contrario, las alturas, donde está el Roque de los Muchachos y la boca del volcán, Caldera de Taburiente, es de gran belleza paisajística y pureza atmosférica. No en vano han instalado allí, en lo alto, los observatorios estelares más importantes de Europa.
Me dicen que, cuando llegue al final del sendero, deberé bajar al camino que va hacia la carretera. Así lo haré. Cuando lo hago, el dique ya es de hierba, y en el pasta un gran rebaño de ovejas. Cuando llego a un camping, que está al otro lado de la carretera, pregunto a un chico por el camino peatonal a Kimswerd pero, parece ser que ese camino va más al interior. Pero me dice que la propia carretera me indicará el momento en que debo coger la desviación a la izquierda. Hago lo que el chico me dice, y no tardo mucho en llegar a zona agropecuaria.
Kimswerd. Popta
Zathe.
Llego a las seis. Me
encuentro con un gran caserío, encalado en blanco con tejado de
paja. Me recuerda al borró de las barracas que construye mi amigo
Salvador en el Delta del Ebro, y también a alguna de las de Bretaña,
que vi al pasar. Mañana la dibujaré, antes de comenzar mi primera
etapa. Miro, pero no encuentro ningún indicador que ponga Popta
Zathe. Lo veré luego, por el otro lado, después de hacer mi paseo
vespertino por el pueblo. Rodeo el enorme edificio, pero no veo a
nadie, aunque ya saben que estoy de camino. Doblo una esquina y, al
fondo, veo un perro del cual me alejo como previsión. Me meto por un
indicador que no sé lo que indica. Miro hacia unos ventanales, mas
no veo a nadie. Pero alguien me ve y me abre la puerta. Se trata de
la dueña, Nelly, de 78 años. Lo primero que hago, antes de ver la
habitación, es pagarle. No tengo más que billetes de 20 euros y,
como no tiene cambios, prefiere cobrar 20 céntimos menos y le doy
todas las monedas que me quedan. En total, lo que pago por la cama y
el desayuno son 24,80€. No hay posibilidad de pagar con Visa. Me
dice que la escalera es empinada y le digo que ya me acostumbraré y
me enseña el lugar donde desayunaré mañana. Quedamos a las ocho y
le digo lo que quiero para beber: cofe-milk. Subo a la habitación y
realmente la escalera se las trae. La barandilla tiene un punto en
que se interrumpe y es momento ideal para perder el equilibrio. Lo
peor es que arriba no hay ducha. Hay que ducharse abajo. Me ducharé
luego, cuando vuelva de dar el paseo. En la habitación, descargo la
mochila y retiro la colcha de una de las camas, la que voy a usar.
Diarios, mapas, cuaderno de dibujos y material de escritura, lo dejo
sobre la mesa. Nelly me da las llaves. Cuando voy a arrancar hacia el
pueblo, la mujer me dice que si quiero cenar sólo lo podré hacer
volviendo a Harlingen. Por un día que no cene, ahora que vengo con
reservas, tampoco me va a pasar nada. Si encuentro un bar en el
pueblo, comeré algo y, si no, no cenaré nada. Tengo los tres
albaricoques sobrantes. Cuando salgo, empieza a tronar, pero no
llueve.
Kimswerd. San
Lorenzo s. XII
Sigo por camino
paralelo a la carretera. Lo más interesante que tiene el pueblo es
una iglesia originaria del siglo XII, pero no sé si fue destruida o
qué, pero el caso es que se barajan otras fechas de los siglos XIII
y XIV. Nelly me ha dicho que es del siglo XIII, y ella es la que
manda. Antes de llegar a la iglesia, paso por un canal que, supongo,
será de agua salada, debido a la proximidad del mar, pero podría
ser que fuera agua dulce para regadío. Después veo una gran
escultura moderna.
Me recuerda a un enorme papá Noel o Santa Claus, pero no cuadra con la espada que es tan alta como él. Al pie pone Pier, pero no me cuadra tampoco con San Pedro. Además de la espada, tendría llaves ¿no?

Por fin, llego a la iglesia. Lo primero que veo es la torre campanario con reloj, que marca las siete de la tarde. La puerta de acceso está cerrada así que, aunque tuviera grandes tesoros arquitectónicos, no los podría ver.
Rodeo todo el edificio por si hubiera otro acceso, pero es en vano. Paso por el cementerio aledaño, pero lo hago con menos curiosidad que la que mostraba Maite González Esnal en otro cementerio que relataba en su Viajes, frutas, barrios.

Aquí las lápidas son sencillas, sin florituras ni estatuaria, tampoco veo mausoleos ni pequeñas capillas, que suele ser lo que acostumbra la gente pudiente en su tránsito a la eternidad. Lo que más me llama la atención es el muro de este lado de la iglesia, pues denota alguna antigua construcción que se perdió y cuya pared se aprovechó para la iglesia actual.
Parece que sí hubo una previa del s. XII. Junto a la puerta, veo una placa en que se menciona el nombre de Sint Laurenskerk, que no tengo inconveniente en traducir como iglesia de San Lorenzo, donde destaca el siglo 12 y dos fechas 1516 y 1695 que eso, lo que pasó entonces ya soy incapaz de traducir. De todas las fotos que saco, la que más me gusta es la última, la que hago desde el ábside, con parte del cementerio.
Me gusta que las tumbas estén limpias, sin adornos, sin flores, y que las margaritas se enseñoreen de la hierba que brota a su alrededor. Una familia despide a un coche, que se marcha y pregunto a una mujer y a un muchacho más joven. Me confirman que la iglesia es del XII, lo que he leído en la placa, lo que me había dicho Nelly. Me voy metiendo por entre las casas y los canales. Son casas también sencillas pero de estructura recia; tanto como para volver a aguantar en pie una nueva centuria.
La torre de la iglesia de san Lorenzo ya va quedando atrás. ¿Celebrarán aquí su fiesta el 10 de agosto? No estaré para verlo. Se está cargando el cielo y empiezan a caer las primeras gotas. Pero no siguen y se para la lluvia.

En un canal veo dos patos azulones y una pata que va detrás de uno de ellos, como buena musulmana. Hay un puente para cruzar al otro lado del canal, pero no lo paso. Paso por un lugar que pudiera ser un bar, pero está cerrado.
Ya en el camino de regreso a Popta Zathe, me fijo en un campo de baloncesto, que antes me había pasado desapercibido. Estaría mirando hacia el otro lado. Es importante que los holandeses aprendan a encestar, pues uno de sus deportes favoritos, y medio de locomoción, es rodar en bicicleta. Creo que debieran aprender a encestar montados en la bici y así lograrían acertar siempre en el enceste de todas las porquerías que comen y beben mientras pedalean.
¿Os habéis fijado en los aros con red que hay por los carriles para bicicletas, con la finalidad de encestar los desperdicios sin necesidad de bajarse de ellas? Estoy saliendo del pueblo, pero todavía estoy viendo caseríos a ambos lados de la carretera. Como llueva no voy a tener lugar mejor para protegerme. Cuando llego a una rotonda, me entran dudas, pero tomo la dirección adecuada.
Finalmente llego a una arboleda y confío en que el edificio que asoma por detrás ya sea el que busco, el de Nelly, el de la escalera empinada. Un poco más adelante se me confirma. Leo en un hermoso cartel el nº 6 y el rótulo Popta Zathe y un camino de cemento que entre el boscaje lleva a la casa de labranza. Bueno, que fue de labranza y ahora es uno de cama y desayuno, un B&B.
Me recuerda a un enorme papá Noel o Santa Claus, pero no cuadra con la espada que es tan alta como él. Al pie pone Pier, pero no me cuadra tampoco con San Pedro. Además de la espada, tendría llaves ¿no?
Por fin, llego a la iglesia. Lo primero que veo es la torre campanario con reloj, que marca las siete de la tarde. La puerta de acceso está cerrada así que, aunque tuviera grandes tesoros arquitectónicos, no los podría ver.
Rodeo todo el edificio por si hubiera otro acceso, pero es en vano. Paso por el cementerio aledaño, pero lo hago con menos curiosidad que la que mostraba Maite González Esnal en otro cementerio que relataba en su Viajes, frutas, barrios.
Aquí las lápidas son sencillas, sin florituras ni estatuaria, tampoco veo mausoleos ni pequeñas capillas, que suele ser lo que acostumbra la gente pudiente en su tránsito a la eternidad. Lo que más me llama la atención es el muro de este lado de la iglesia, pues denota alguna antigua construcción que se perdió y cuya pared se aprovechó para la iglesia actual.
Parece que sí hubo una previa del s. XII. Junto a la puerta, veo una placa en que se menciona el nombre de Sint Laurenskerk, que no tengo inconveniente en traducir como iglesia de San Lorenzo, donde destaca el siglo 12 y dos fechas 1516 y 1695 que eso, lo que pasó entonces ya soy incapaz de traducir. De todas las fotos que saco, la que más me gusta es la última, la que hago desde el ábside, con parte del cementerio.
Me gusta que las tumbas estén limpias, sin adornos, sin flores, y que las margaritas se enseñoreen de la hierba que brota a su alrededor. Una familia despide a un coche, que se marcha y pregunto a una mujer y a un muchacho más joven. Me confirman que la iglesia es del XII, lo que he leído en la placa, lo que me había dicho Nelly. Me voy metiendo por entre las casas y los canales. Son casas también sencillas pero de estructura recia; tanto como para volver a aguantar en pie una nueva centuria.
La torre de la iglesia de san Lorenzo ya va quedando atrás. ¿Celebrarán aquí su fiesta el 10 de agosto? No estaré para verlo. Se está cargando el cielo y empiezan a caer las primeras gotas. Pero no siguen y se para la lluvia.
En un canal veo dos patos azulones y una pata que va detrás de uno de ellos, como buena musulmana. Hay un puente para cruzar al otro lado del canal, pero no lo paso. Paso por un lugar que pudiera ser un bar, pero está cerrado.
Ya en el camino de regreso a Popta Zathe, me fijo en un campo de baloncesto, que antes me había pasado desapercibido. Estaría mirando hacia el otro lado. Es importante que los holandeses aprendan a encestar, pues uno de sus deportes favoritos, y medio de locomoción, es rodar en bicicleta. Creo que debieran aprender a encestar montados en la bici y así lograrían acertar siempre en el enceste de todas las porquerías que comen y beben mientras pedalean.
¿Os habéis fijado en los aros con red que hay por los carriles para bicicletas, con la finalidad de encestar los desperdicios sin necesidad de bajarse de ellas? Estoy saliendo del pueblo, pero todavía estoy viendo caseríos a ambos lados de la carretera. Como llueva no voy a tener lugar mejor para protegerme. Cuando llego a una rotonda, me entran dudas, pero tomo la dirección adecuada.
Finalmente llego a una arboleda y confío en que el edificio que asoma por detrás ya sea el que busco, el de Nelly, el de la escalera empinada. Un poco más adelante se me confirma. Leo en un hermoso cartel el nº 6 y el rótulo Popta Zathe y un camino de cemento que entre el boscaje lleva a la casa de labranza. Bueno, que fue de labranza y ahora es uno de cama y desayuno, un B&B.
Popta Zathe.
Natascha y Tom
Cuando llego a casa,
bajo ligero alero, están Natascha y Tom. Él no lo sabe, pero ella
habla muy buen castellano. Lo de Tom tiene delito, pues su nombre es
Antonio Benavente. “Historia larga de contar”, me dirá ella
mañana en el desayuno.
Sería algo parecido a mi historia que, con nueve apellidos vascos conocidos, tampoco yo sé euskera. Como empieza a llover con ganas, entramos en la casa. Natascha busca acomodo en el comedor y hacemos un hueco en la que mañana será su mesa de desayuno. No habrá problema, ya que somos los únicos huéspedes. Ella se coloca frente a mí, y hablamos sobre mi filosofía viajera. También de la sorpresa que mi viaje produce en otros menos andariegos, y de los bonitos encuentros con desconocidos que pueden acabar siendo amigos para siempre. Me dice que, para llegar al Holwed, que es el lugar de donde sale el ferry para Ameland, tendré unos 30 kilómetros. Me parece una distancia asequible para abordarla mañana, pero luego rectifica y me dice que quizás sean 40. Me parece mucho para una primera etapa. Ya se verá mañana. Le hablo del libro de Maite. Nos despedimos hasta el desayuno. Con Nelly hablo de lo que se puede comer por la zona, lo más asequible y recomendable, para los pocos días que me quedan ya en Holanda. Sin empezar este año, ya casi estoy acabando. Dos islas y Borkum, ya en Alemania. Tom ha desaparecido y ni se asoma durante el rato de nuestra conversación. Y Natascha también se retira a descansar. ¡Buenas noches! Pocas veces tendré oportunidad de desearlas en castellano. Natascha me ha dicho los días de la semana en holandés.
Sería algo parecido a mi historia que, con nueve apellidos vascos conocidos, tampoco yo sé euskera. Como empieza a llover con ganas, entramos en la casa. Natascha busca acomodo en el comedor y hacemos un hueco en la que mañana será su mesa de desayuno. No habrá problema, ya que somos los únicos huéspedes. Ella se coloca frente a mí, y hablamos sobre mi filosofía viajera. También de la sorpresa que mi viaje produce en otros menos andariegos, y de los bonitos encuentros con desconocidos que pueden acabar siendo amigos para siempre. Me dice que, para llegar al Holwed, que es el lugar de donde sale el ferry para Ameland, tendré unos 30 kilómetros. Me parece una distancia asequible para abordarla mañana, pero luego rectifica y me dice que quizás sean 40. Me parece mucho para una primera etapa. Ya se verá mañana. Le hablo del libro de Maite. Nos despedimos hasta el desayuno. Con Nelly hablo de lo que se puede comer por la zona, lo más asequible y recomendable, para los pocos días que me quedan ya en Holanda. Sin empezar este año, ya casi estoy acabando. Dos islas y Borkum, ya en Alemania. Tom ha desaparecido y ni se asoma durante el rato de nuestra conversación. Y Natascha también se retira a descansar. ¡Buenas noches! Pocas veces tendré oportunidad de desearlas en castellano. Natascha me ha dicho los días de la semana en holandés.
Escalera a los
cielos y a soñar con los angelitos
Subo la escalera
empinada. Ya me voy haciendo a que la baranda que va junto a la pared
termina bruscamente. Luego continúa en el tramo más alto, pero más
retranqueada. Lo malo va a ser que el acostumbramiento ya será
cuando me haya ido de aquí.
Saco foto de la mesa con mis bártulos de escribir y la cena de subsistencia, pipas de calabaza, barritas energéticas y los tres albaricoques. No me habría importado haber tenido algo similar en circunstancias que fueron más aciagas. Preparo la logística de mapas, hago las cuentas de gastos y recopilo los papeles sobrantes para tirarlos. También fotografío la cama. Bajo a ducharme. Todo está bien, pero no uso ni sus toallas ni el jabón de Nelly. Cuando salgo de la ducha, con la toalla enrollada a mi cintura, Nelly me da una palmada cariñosa en la espalda. Me despido de ella hasta mañana y asciendo a los cielos con las dos manos ocupadas, una agarrando a la baranda y la otra a la toalla para que no se me caiga y tenga que bajar en bolas para recogerla en el piso de abajo. Ya en mi cuarto, ceno las pipas, ajonjolíes y arándanos, más los tres albaricoques.
Guardo las barritas energéticas para otra ocasión. Sigo con la organización de papeles. La suma de los euros que traía, menos los gastos, cuadran con los euros que me quedan. Nelly ha abierto una de las ventanas y puesto la mosquitera para que no entren por la noche estos molestos y picajosos animalejos. Como no tengo seguridad de que ayer se cargara bien la batería de la cámara, la he puesto a cargar de nuevo. Un poco más no le hará daño. Antes de acostarme ya está cargada y la desenchufo. Sigue lloviendo. Prefiero que caiga toda el agua por la noche y mañana tenga día sin lluvia. El bajón de temperatura previsto para mañana es considerable, de 30 a 19 grados. Para caminar será mejor así. Para las diez ya estoy en la piltra. Duermo con la sabanita pero, hacia las cinco, hora en que me levanto a orinar, me echo la colcha por encima. A las 6:30 horas, cago y acabo el sudoku que empecé ayer. Pero ya esto es tema de mi primera etapa.
Mañana empezaré a caminar mi primera etapa.
Saco foto de la mesa con mis bártulos de escribir y la cena de subsistencia, pipas de calabaza, barritas energéticas y los tres albaricoques. No me habría importado haber tenido algo similar en circunstancias que fueron más aciagas. Preparo la logística de mapas, hago las cuentas de gastos y recopilo los papeles sobrantes para tirarlos. También fotografío la cama. Bajo a ducharme. Todo está bien, pero no uso ni sus toallas ni el jabón de Nelly. Cuando salgo de la ducha, con la toalla enrollada a mi cintura, Nelly me da una palmada cariñosa en la espalda. Me despido de ella hasta mañana y asciendo a los cielos con las dos manos ocupadas, una agarrando a la baranda y la otra a la toalla para que no se me caiga y tenga que bajar en bolas para recogerla en el piso de abajo. Ya en mi cuarto, ceno las pipas, ajonjolíes y arándanos, más los tres albaricoques.
Guardo las barritas energéticas para otra ocasión. Sigo con la organización de papeles. La suma de los euros que traía, menos los gastos, cuadran con los euros que me quedan. Nelly ha abierto una de las ventanas y puesto la mosquitera para que no entren por la noche estos molestos y picajosos animalejos. Como no tengo seguridad de que ayer se cargara bien la batería de la cámara, la he puesto a cargar de nuevo. Un poco más no le hará daño. Antes de acostarme ya está cargada y la desenchufo. Sigue lloviendo. Prefiero que caiga toda el agua por la noche y mañana tenga día sin lluvia. El bajón de temperatura previsto para mañana es considerable, de 30 a 19 grados. Para caminar será mejor así. Para las diez ya estoy en la piltra. Duermo con la sabanita pero, hacia las cinco, hora en que me levanto a orinar, me echo la colcha por encima. A las 6:30 horas, cago y acabo el sudoku que empecé ayer. Pero ya esto es tema de mi primera etapa.
Mañana empezaré a caminar mi primera etapa.
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