Etapa 37 (478) Nors So-Lild Strand
Etapa 37 (478) 12 de
julio de 205, domingo (sondag).
Nors
So-Nors-Roehr-Hanstholm-(coche)-Vigso-Lild Strand.
Amanece en el
refugio de Nors So.
Al refugio, o
shelter, también le llaman Primitiv lejrplads (overnatningsplads). Me despierto a las 5:30 y me hago el
remolón. No me levanto hasta poco antes de las seis. Desde mi nicho,
y sin salir de mi saco de dormir, saco una foto de los tres nichos de
enfrente, uno de ellos, parcial.
Al equivalente al que ocupo yo,
También usado como dormitorio, le han puesto una cortina que impide
que entre la luz a la familia que lo ocupa. No es mala medida para
quien no va a madrugar, que no es mi caso, y menos en esta época del
año en Dinamarca, donde amanece entre las 4.15 y las 4:30. El
segundo nicho hace las funciones de despensa. Durante la noche no he
visto la luna. Es probable que ya estemos en la fase de luna nueva.
Oigo roncar a alguien. Probablemente sea uno de los dos hombres
mayores.
El de Guinea trabajaba en empresa tabaquera. Es el único
que fuma en pipa. Podría ser él el de los ronquidos o el gordito
que bebía vino tinto y me llenó dos veces mi vaso. Yo creo que
cuando me paso un poco de la medida del vino, más que de
acompañamiento de cena, también ronco más. Salgo del saco para las
seis y se me escapa el pis al quererme vestir en postura forzada.
Orino tras el shelter en la hierba. Con todo recogido en mis
mochilas, fotografío mi nicho, para que se puedan apreciar sus
dimensiones.
Allí dejo el colchón mullido que me prestó ayer el
matrimonio joven. El lugar en que anoche ardió el fuego, ahora sólo
ofrece cenizas. Las virutas de las zonas de alrededor, son los trozos
sobrantes de la fabricación de las pacíficas espadas que hicieron
hijos y padres. Para las 6:20 ya estoy en marcha. Antes de abandonar
el campamento, un niño da un grito en sueños. Todo lo demás está
en calma. Hoy va a ser un día importante en encuentros. ¡A ver cómo
los cuento!
Hago foto de despedida desde el camino de partida que
tomo, donde estratégicamente han colocado unos pedruscos para que a
ningún usuario del refugio se le ocurra entrar hasta él con su
coche. Así toda la explanada queda expedita para juegos y el
disfrute de niños y mayores.
Campamento y otro refugio.
Mi objetivo es
llegar a Nors, ahora con mejor mapa que el que tuve ayer hasta que
llegué al lugar de información, donde me dio el nuevo aquel
matrimonio tan agradable. En realidad ya me queda poco trocito del
mapa que me pueda servir.
A los lados de la carretera sigo viendo
pinos y abetos. Los más bellos son los últimos, donde se aprecian
mejor los brotes de esta primavera pasada, con su verde brillante,
que contrasta con el oscuro de las ramas de los años anteriores.
Pronto llego a un campamento con tiendas de campaña muy altas que me
recuerdan formalmente a las de los pieles rojas americanos, aunque
éstas sean menos coloristas. Al menos si las comparo con las que
salían en las películas de indios y vaqueros. Además de las tiendas grises,
muy verticales, también aquí disponen de otro refugio. Se ve que
está más lleno y es menor, de haber llegado yo primero a éste, no sé si
hubiera encontrado un sitio para dormir. Me alegro de que hubiera
estado el otro antes en mi camino.
Hacia Nors. Bosque y lago.
Continúo hacia
Nors. Pronto se me va a acabar el buen mapa. El camino va entre
pinares altos de copas espigadas. En nada se parecen éstos a las
grandes copas de los pino piñoneros del tipo de la Ciudad Encantada
de Cuenca. Están lo suficientemente juntos como para propiciar una
buena sombra.
Pronto el camino va relativamente cercano al lago.
Elijo un lugar en que hay una loma no muy alta, pero lo suficiente
como para ocultar la otra orilla.
Ahora tenemos elementos para
poder comprender sus dimensiones, ya que vemos los dos extremos del
lado sur lacustre. Avanzando hacia el otro extremo, llego a un
frondoso sembrado de trigo con hermosas espigas que se bambolean ante
mis ojos. Todavía está verde, pero aún le queda tiempo para
madurar.
Confío en que esto ocurra, aunque la siega se retrase más
que en nuestras tierras de más al Sur. ¡Qué buenos recuerdos de
cuando llegaba la trilladora a mi pueblo. Caballos sueltos pastan
cerca de la orilla del lago Nors. Con esta foto de caballos y trigal
ya tengo a la vista el pueblo. El pincho de la torre de Nors ya lo
empiezo a ver a lo lejos. Lo fotografío con el inmenso trigal que
llega hasta el borde del camino.
Ya se me ha terminado el mapa bueno,
pero no me preocupa desde el momento en que ya estoy viendo el pueblo
de Nors tan cerca. Muy necio tendría que ser para perderme en el
camino.
Nors.
Llego a un espacio
preparado para la diversión de los pequeños. A un amplio tobogán
se asciende por recia escalera. Al fondo, una tienda de indios, ésta de madera, está lista para los juegos de a chavalería del
pueblo y de los foráneos que aterricen por allí.
Todas las
construcciones son de madera, ya que si algo sobra por estos lares es
este material. Desde el camino veo la iglesia y el cementerio. Una
gran explanada permite verlos aislados, sin casas que los oculten.
Desde otra posición, saco otra fotografía.
Sería desde el lugar
donde iría el ábside si lo tuviera, como las iglesias románicas de
nuestro entorno, pero no lo tiene. Sin embargo la estructura
constructiva responde a las características similares a las de otras
que llevo viendo desde que llegué a este país. Su sencillez
exterior me sigue gustando. Tampoco la voy a visitar por dentro. A
estas primeras horas de la mañana, todas las iglesias están
cerradas, aunque sea en domingo. Ahora me tengo que apoyar en el gran
mapa de Dinamarca que, abarcando más, aprieta menos. Cojo un camino
que no sé si me va a acercar a Hamborg o a Vigso. Veo dos gatos a la
caza, no sé si de pájaros o de ratones. Están parados y al acecho.
Es un deleite ver cómo emplean sus estrategias de buenos cazadores a
los que nadie les va a dar el pienso compuesto envasado y comprado en
ningún hipermercado. No encuentro a nadie para preguntar por dónde
seguir. En el cruce paro a un coche y la chica conductora me reafirma
en mi idea de por dónde seguir. En el siguiente cruce me encuentro a
una asiática con perro. No sabe, pero a mi derecha veo un indicador
de Hanstholm. Me vale.
Hacia el Vigso
Bugt.
Toda la costa que
durante estos días ha discurrido casi en vertical hacia el Norte,
llegando a Hanstholm forma una bahía de amplia base de
circunferencia que, durante el día de hoy y el de mañana, va a ir
casi en paralelo de Oeste a Este. La llaman Vigso Bugt. Saliendo de
Nors en esa dirección Norte, encuentro a dos caballos en un prado
cuyos bordes tienen postes electrificados para que no escapan.
Al
fondo, un pequeño shelter, este para equinos, que no es de
peor construcción que el que hacen para los humanos. Sé que también
por aquí hay otro shelter, pero mi interés por encontrarlo
decrece puesto que no necesitaré de otro hasta la noche. Sigo por
carreteras auxiliares. En una veo cartel del Parque Natural de Thy,
me sirve para confirmas que aún estoy dentro de él. La siguiente
carretera indica que va hacia el aeropuerto. Encontraré la
desviación de camino. Como es domingo, a estas horas hay muy poca
circulación de vehículos. No obstante debo ir atento, no me puedo
relajar y que me pille algún coche.
Me quedan unos nueve kilómetros.
¿Podré desayunar antes? Mejor que no. Me perdería el primer
encuentro que el día me va a deparar. Llego a una granja de ganado
vacuno. Supongo que es una explotación de leche y luego las reses
las venderán para carne.
Están todas arracimadas, con poco espacio
y se ve que les dan de comer hierba seca. Me da la impresión de que
estas vacas poco salen a pastar al aire libre. ¡Ojalá me equivoque!
Por ellas y por la calidad de la leche y sus derivados. La mayoría
son negras con manchas blancas. Más adelante veré otras marrones
más suertudas. Tienen opción de degustar hierba fresca, de tumbarse
y rumiarla al aire libre.
Raehr a la vista.
He dejado de lado
el aeropuerto y me voy acercando a Raehr. Mi esperanza es que pueda
desayunar en este pueblo y así iría a Vigso, evitando la más
importante ciudad de Hanstholm, pero no va a caer esa breva. Una
mujer que ha sacado a su perro a pasear me dice que allí no hay
ningún establecimiento que ofrezca nada para comer. Cuando le cuento
lo que estoy recorriendo, ya sólo se cansa de pensarlo. Fotografío
la iglesia y su cementerio aledaño.
Decido abandonar Raehr y cojo la
carretera que me llevará a Hanstholm, aunque aquí apenas tiene
arcén y ya hay más circulación. La entrada a la ciudad se va
complicando pues el carril bici que cojo me va alejando de ella.
Paso
por otro gran terreno sembrado de trigo, con sus hermosas espigas
granadas todavía verdes. También deberán esperar a que maduren
para la época de la siega. No veo ninguna señal de Centrum. Entro
en una casa de varias viviendas y pasada la escalera, encuentro una
puerta con algo escrito en árabe. Me voy sin preguntar.
Desayuno en el
Centro Comercial.
De nuevo en la
carretera veo venir a una caminante que me acompaña hasta un centro
comercial donde me dice que hay cafetería. Fuera desayunan algunos
ciclistas. Ella me acompaña hasta dentro, me deja en la
panadería-cafetería y declina mi invitación a desayunar conmigo.
Desayuno un capuchino y un hojaldre de manzana y pago 30dk. Me pongo
a escribir. Consigo terminar el relato de la tarde de ayer. Estoy
relatando el recorrido de esta mañana, cuando oigo que en la mesa de
al lado dos chicos hablan castellano.
Los Cacho son
navarricos.
Me acerco a ellos y
enseño a Felipe mi diario, el inicio del día de hoy y alucinan,
tanto él como su hermano Raúl, que está trabajando cerca, en
Aalborg (Jutlandia), una gran ciudad del mar interior, del que estuve
cerca ayer, pero que está más hacia el Báltico. Felipe aprovecha
sus vacaciones para visitar en Dinamarca a su hermano y, de paso,
tener un guía gratuito que está feliz de acompañarle por un país
que, por su cuenta y sin conocer el idioma, le costaría venir. Raúl
me dice que no deje de visitar Skagen, que es la punta más al Norte
de Dinamarca y a la que tengo intención de llegar y pasar por allí
al Báltico. De Skagen están cerca Suecia y Noruega. Quizás sea
Oslo la capital más cercana. Si llegara a pasar en barco a la
capital de Noruega, mandaría postal a Mauri y Teresa, amigos catalanes, y a los
Lazcano, de Durango. Fue allí donde nos conocimos en nuestro viaje convencional de agencia en
el verano de 2004. Pero ya se verá cómo se desarrolla mi programa.
Casualmente, Felipe trabajó en Alsasua, mi pueblo, hasta hace tres
meses. Los dos son pamplonicas, de Iruña. Cuando Raúl estuvo
trabajando en Bristol, también aprovecho Felipe para visitarlo allí
en sus vacaciones de aquel año. Este año era su oportunidad de
venir aquí. No podía faltar a la cita. Raúl trabaja en una empresa
que se dedica a la fabricación y puesta en marcha de los molinos de
viento de tres aspas para la obtención de energía eólica.
Los que
yo a veces llamo ventiladores, aunque apenas se note que ventilen el
aire en su velocidad controlada y constante. A lo sumo emiten un
ruido en sordina que, por suerte, no me toca escuchar. Han venido a
Hanstholm con intención de ver los lagos Nors y Vandet, por entre
los que pasé ayer, pero mi encuentro les va a trastocar sus planes.
Pensábamos ir a beber algo, pero acabo invitándoles a comer,
siempre que sea en un sitio en que me admitan la Visa.
Faerge Grillen.
Montamos en el coche
que conduce Raúl y vamos a un restaurante que sólo ofrece comidas
de grill y freidora. Elijes entre la oferta que hay en el cielo, la
parte alta del mostrador, pagas y esperas a que te lo lleven a la
mesa. Pago 304,14dk. Ellos comen pescado y yo medio pollo. La mayor
parte de las patatas fritas se quedan en el plato. También dejo sin
comer parte de la gruesa pechuga, las salsas y el pepino. He
disfrutado con el resto, pero ni lo mío ni lo de ellos ha resultado
una comida brillante. Les invito a que me llamen cuando vuelvan ambos
a Pamplona, para invitarles a una comida más decente en Hondarribia
o Pasaia. Salimos al exterior e inmortalizamos nuestro encuentro en
dos fotos.
En la primera, fotografío a los hermanos y en la otra,
Raúl solicita la colaboración de un danés para que nos saque a
los tres. Felipe exhibe la camiseta que confirma su participación en
la media maratón Behobia-San Sebastián en su edición cincuenta, la
de noviembre del año pasado. Yo luzco mi visera del Ayuntamiento de
Irun. Para los que no lo sepan diré que Behobia es el barrio más
próximo a Francia de la ciudad de Irun, donde yo vivo.
Intercambiamos correo electrónico y
también les doy mi blog. El encuentro lo estoy escribiendo en
febrero de 2020, con casi cinco años de retraso, pero nunca es tarde
si la dicha es buena.
Me hace gracia rememorarlo con agrado tanto
tiempo después. No sé lo que acabarán haciendo ellos, pero yo sigo
carretera hacia el Este, a borde del mar.
De Hanstholm a
Vigso por la costa.
Continúo por el
puerto de Hanstholm y salgo a la costa por un camino que va sobre un
bajo acantilado. La playa es de guijarros, poco apetecible para darme
un baño.
La carretera torna en carril bici. La ciudad se va quedando
atrás. Llegando a un dique, la playa empieza a mejorar. Al fondo se
ven molinos ventiladores captores de energía eólica. ¿Se me
presentan como homenaje a Raúl? Es así como yo los recibo, con el
deseo de que la electrónica nos propicie una bonita comunicación.
Paso los
ventiladores y, subido en el alto de la duna, veo lejano un bunker.
Decido darme un baño.
Un baño en el
mar.
¿Cuántos días
hacía que no me bañaba en el mar? Antes de aquellos días de recio
viento. Tenía ganas de sentir el agua salada empapando mi cuerpo, y
de notar los rayos solares dorándo mi piel. El sol calienta,
aunque asoma entre nubes. Un hombre viene caminando por la orilla con
su bicicleta en la mano. Viene agachándose, cogiendo cosas al borde
del mar. Varias veces en el tramo que lo voy viendo. Saluda al pasar.
Me visto y retorno al carril, pero ahora la duna consolidada me
oculta el mar por un rato.
Llegando a Vigso.
El tramo por
interior me lleva a un lugar atestado de redes de pesca amontonadas
que, probablemente, estén tiradas allí para que se sequen al aire
libre y así evitar que se pudran con las algas, la humedad y el
salitre (aunque la sal se emplea como conservante). La vegetación
predominante es la rosa mosqueta. No me extraña que aquí le den
tanto uso, lo mismo para cosmética que como mermelada y otros
productos culinarios.
Veo unos edificios bajos que me hacen pensar en
conservera de pescados. Son las redes las que me llevan a esa
conclusión, pero no tengo ningún otro referente que me permita
asegurarlo. Cuando vuelvo a salir al mar, ya he sobrepasado el bunker
que había visto antes. Saco foto del mismo y da la impresión de que
se quiere ir deslizando poco a poco hacia el mar, como si también,
como yo, se quisiera dar un baño. Quizás sea el bunker que más a
flor de tierra haya visto en todo mi viaje. Casi todos están bien
anclados en tierra o en playas y hasta cubiertos por arena de playas
y dunas. Este no. Pareciera que quisiera exhibirse en toda su árida
desnudez.
Este bloque, aquí aislado, me parece una muestra poco
guerrera, y la veo como una escultura, un monumento del paisaje, que
se hubiese puesto aquí como decoración, como en Donostia los de
Chillida, Oteiza, Mendiburu… Anda, Salazar… Los eólicos y el
dique lanzado al mar ya han quedado atrás. En la duna, más rosa
mosqueta.
De nuevo, paso la duna y vuelvo al carril para bicicletas.
Es imposible saber si ya estoy a la altura de Vigso, pues toda esta
tierra arenosa va subiendo en altura y varios caminos la ascienden.
La duna consolidada tapa cualquier posibilidad de ver los pueblos que
pueda haber al otro lado de ella. El paseo es muy tranquilo, con
sabor y olores marinos. Yo voy feliz. Sé que, al final de la
jornada, tengo un shelter esperando, aunque ahora no dispongo
de un mapa que me lo ponga más accesible pero, si el de ayer lo
encontré, ¿por qué no voy a encontrar también el de hoy? Lo mejor
de este recorrido es ver de continuo el carril zigzagueante, siempre
orientado hacia el Este, que a mí me da seguridad.
No me importan
las dudas, se manejar la incertidumbre, pero también necesito
lugares sin zozobra, seguros, donde sé que el lugar que piso me
llevará a buen puerto y, hoy, el puerto va a ser extraordinario.
Zigzaguea, sube y baja, un tobogán precioso que me va a volver a
llevar a nuevos bunkers al borde del mar.
Si al anterior, como he
dicho, lo he visto con voluntad natatoria, éstos le llevan ventaja.
Hace tiempo que se están bañando. Veo una familia que camina por la
orilla cerca de ellos. Para ello he tenido que subir a la duna y
asomarme desde su pequeña altura. Después los vuelvo a ver, más
cercanos al primer bunker. Son mujer y hombre, niña y niño y,
supongo, perra y perro. Todos, menos los perros, calzados y bien
abrigados.
Volviendo de la duna, que aquí se presenta más frágil,
menos consolidada, me encuentro con otra familia que viene por un
camino procedente del interior. Pregunto, y me dicen que vienen de
Vigso. ¡Qué buena información! Ya estoy ubicado en mi mapa.
Dromes y pastel.
Fotografío el
camino, que también tiene buena pinta, pero por el que no pienso ir,
pues me obligaría a retroceder. En la cima asoman coníferas y no se
ve ninguna construcción que pudiera hacer sospechar que allí
hubiera un pueblo.
Pasado el camino y los bunkers, sigo adelante.
Encuentro a un matrimonio. Él muy mañoso, quizás sea ingeniero, o
un habilidoso en la materia, está haciendo pruebas con un dron. Creo
que es el primero que veo en mi vida. Seis hélices lo elevan. Los
manipula con un cajón que apoya entre su tripa y su pecho. Su mujer
está orgullosa del maridín que tiene, lo observa desde su
coche, y me dice que lo ha construido él. Aplaudo en silencio y ella
asiente.
Con su marido no puedo hablar pues está concentrado,
haciendo volar su engendro. Ambos están muy bien entretenidos. Un
ciclista se ha parado a ver. En el mar, más bunkers en el agua y uno
posado en la arena, como un dron inamovible. Dos personas junto a él.
Una sentada sobre el cemento. Lo veo todo desde la duna, ésta algo
más alta.
Después de pasados los bunkers, decido cambiar de paisaje
y volver a la playa. Un hombre camina por la orilla. El acantilado
está más erosionado por la siguiente parte. Pinares y otras
coníferas hacia el interior. Yo no me descalzo, pues esta playa
tiene muchos guijarros y prefiero que mis pies no sufran
innecesariamente.
Estoy camino de Hjardemaal Klit. La arena es dura
y por ella se avanza bien. Un artilugio como otros que ya vi aquí,
en la isla danesa de Fano, y en Amrum y Sylt (Alemania), se me presenta sobre la duna.
Otro monumento del paisaje, pienso, pero quizás tenga alguna
finalidad como, por ejemplo, para la medición de la velocidad del
viento, o su orientación, como si fuera una veleta. No tengo ni idea
y mi opinión es pura elucubración.
Sigo pisando fuerte sobre la
arena dura. Encuentro a un chico en alta moto de cuatro ruedas, tan
alta que casi parece un tractor. Por esta parte de la playa, las
dunas las veo muy erosionadas. Están como cortadas a pico. Me supongo
que será por el viento del Norte. Él es quien me dice que estoy
entre Vigso y Hjardemaal Klit y sigo adelante.
De lejos, veo a padre
e hija que, entre los dos, han montado medio iglú. Me acerco para
ver lo que hay sobre el repecho y veo que es el final de un río
encallado antes de su desembocadura. Nunca llegará este río al mar,
al menos, en tanto no traiga más agua. Él me hace señas para que
me acerque, pero me resisto a hacerle caso. Por fin voy hacia él.
Cuando sobrepaso el iglú azul, veo una cabeza de mujer y él me
vuelve a insistir. Avanzo para acceder al lugar y me acerco a la
familia. Me quieren obsequiar con un trozo de tarta que han comprado
y les resulta demasiado grande para ellos. Lo comparten conmigo y aún
les sobra bastante. También la niña me da un caramelo de café y
leche. Agradezco y me lo como todo, hasta el caramelo. No puedo hacer
un feo a la niña si tampoco se lo he hecho a sus padres. Casualmente
el joven padre es alemán, de Emden, aunque vive en Dinamarca desde
hace muchos años. Su también joven mujer si es danesa. Me enseña
la pesca que han obtenido del mar. Son cinco o seis pececillos, que
no puedo asegurar si son chicharros o verdeles. Él está feliz con
su pesca. La duna también aquí está muy castigada y quizás el
lugar elegido no sea un mal sitio, pues se combina agua dulce con
salada. No parece que el final del río esté sucio. Los dos se
asombran con mi viaje y mis dibujos.
Agradecido, continúo mi camino.
De momento, no me queda otra que seguir por la playa, pues la
carretera está muy alejada y me hago el propósito de, por el
momento, llegar a Lild Strand, que es el siguiente pueblo de la
costa. Va a ser un gran acierto ir a este pueblo de la costa.
Hacia Lild
Strand.
En la orilla
encuentro un pobre pececillo que las olas han expulsado a la arena.
Ha sido una pena que haya llegado demasiado tarde y no he podido
devolverlo a su medio habitual, el mar. Si fuera un anfibio sabría
respirar con sus agallas depuradoras, tanto en el agua como en el
aire, pero no es más que un sencillo pez. Hago volar a un grupo de
gaviotas, algo a lo que ya estoy muy acostumbrado, lo que no había
visto nunca es que estuvieran tan familiarizadas con los cormoranes.
Parece una convivencia habitual. ¿Serán aves complementarias? Las
gaviotas se alimentan con peces de superficie, y los cormoranes
profundizan más en el medio marino.
Ambas especies, en su huida, se
dirigen hacia el mar. Al menos no cometen el error de atrancarse
hacia el Este, un lugar hacia el que voy y tendré que volver a
pasar. En el siguiente grupo que paso, la mayoría son cormoranes.
Empiezan a volar los primeros y, poco a poco irán escapando todos,
cormoranes y gaviotas. Se ve que, con la bajamar, han salido a
relucir las piedras del fondo, algo que no ocurre con la marea alta,
donde sólo aflora en la playa la arena. Con tanta piedra, no puedo
ir descalzo por la orilla.
En esta última zona, muy próximo a Lild
Strand, es donde acaba la bahía, el Vigso Bugt. Buscando el mejor
camino, el piso más duro, voy por la confluencia de las piedras con
la arena. Otro rato voy por la arena mojada de la orilla. Llego a un
camino por la duna. Me acerco, pero no hay acceso a nada. Regreso.
Como veo que Lild ya está cerca, vuelvo a hacer una intentona de
buscar camino por las dunas. Esta segunda vez entro en espacio
privado pero, al salir, veo la cadena tirada en el suelo. Así que es
privado pero más público de lo que creía.
Lild Strand.
Así llego al pueblo
anunciado en mi mapa. Paso por la pequeña iglesia que tiene el
campanario en el exterior, que consiste en una campana que cuelga de
un trípode encapuchado, lo justo para que la campana no se moje y
suene a metal cuando tiren de la cuerda que cuelga muy visible. Aquí,
cualquiera puede ser campanero, sin tener que profanar un lugar a
buen recaudo. Cuando llego cerca del puerto y la playa, lo único que
veo abierto es un lugar de venta de chucherías. Tres mujeres ponen
gran empeño en ayudarme. Me dicen que el único lugar en que puedo
cenar es en el Regevi y me dicen por dónde encontrarlo. Voy hacia él
y no está abierto. O lo han cerrado demasiado pronto, o hoy no lo
han abierto en todo el día. En vista de lo cual, vuelvo a la tienda
de las chuches. Pía, una clienta, con su móvil, trata de enseñarme
el itinerario que debo seguir para llegar al shelter. En un
papel dibujo el recorrido y va a ser suficiente para llegar a él.
Agradecido y, a pesar de no haber cenado, me dispongo a seguir
adelante. Pero comienza a llover. ¿Qué hago? ¿Y si llego y no lo
encuentro?
Buscando
dormitorio.
El itinerario
dibujado, si no es para hoy, también me vendrá bien para llegar a
él mañana. Faltan 7 km (Martín me dirá luego que son 5 los km
para llegar por la playa a Budjeg y luego, 1 km hasta el lugar), y
decido buscar algún sitio a cubierto en el pueblo. En un edificio
alto y cercano a la tienda, preparado para apilar cajas de pescado,
que ahora están vacías, limpias y no huelen mal, veo el espacio
suficiente como para extender mi esterilla. Vuelvo a la tienda para
agradecer a Pía la información sobre el shelter y decirle a
la otra mujer que ya he encontrado sitio para dormir y que ella sepa
dónde me voy a quedar. ¿Conseguiré que me acompañe?, pues de
palabra tengo dificultad para explicarme. Otra mujer habla mal el
castellano, aunque estuvo tres meses en Madrid, pero me ayuda lo
suficiente como para transmitir a la otra mi deseo. La de la tienda
viene conmigo a ver el sitio. Me dice que a veces los pescadores se
levantan a las cuatro o cinco de la mañana para cargar las cajas en
el barco y, para que no se asusten al verme allí tirado, o para que
traten de hacer el menor ruido posible para no despertarme, es mejor
avisar.
Los Nedergaard.
La mujer de la
tienda de chuches llama a través de su móvil al pescador dueño del
lugar de las cajas. No sé con quién habla, pero me dice que vaya
hacia una casa, que se comprometen en darme alojamiento. Hablo con
Martin, el hijo menor de la familia, que la forman Johannes, el
pescador nacido en enero de 1945, un año importante, ya que el 4 de
mayo acabó la Segunda guerra mundial en Dinamarca. Comento que, el
final-final fue a raíz de las bombas de Hiroshima y Nagasaki.
Martin, el hijo, tiene un niño de un año, bastante grandote, que
duerme en cuna-parque y con el que no jugaré hasta mañana. No sé
qué es de la madre, pero parece que ella no está allí. ¿Estará
trabajando?, me pregunto. ¿No tendrá vacaciones? Martin tiene un
hermano mayor, que también está casado, y tienen una niña todavía
en edad infantil. Me entiendo con él en inglés, por tanto, le
entiendo poco. Él me enseña los suyos. Trabaja en Lego, pero no sé
si como comercial o como diseñador de los variados productos de
construcción. Me pregunta por mi profesión y les hablo de mis
tiempos de contable. Digo en plural porque estamos sentados a la
mesa. Ellos ya han acabado de cenar, les falta comer el postre y
esperan a que yo picotee algo de las muchas cosas que me ponen sobre
la mesa. La madre, Aase, la “A” la escriben con una “o”
diminuta encima y suena Ose (Orquesta Sinfónica de Euskadi), para
nuestra grafía es mejor escribir “Aa”. Luego les digo que
estudié Pedagogía y que trabajé con personas con minusvalía
psíquica. Ella también estudió Pedagogía y nos damos un abrazo de
colegas. Estuvo participando en la experiencia Montesori, en
Regio-Emilia. Tengo el recuerdo de que allí gobernaban los
comunistas italianos. Le hablo de Makarenko, Piaget…, tras el
abrazo, ella también está emocionada…, y por la coincidencia.
Martin me regala unas postales con vistas del pueblo, una irá para
Mauri. La otra me la guardo junto con un dibujo que no está hecho
por él. Tras el picoteo y un arenque demasiado avinagrado para mi
gusto, queso de hierbas suaves y unas albóndigas que, aunque frías,
agradezco, reparten fresas y me reservan una ración. Están ricas
con el juguillo que han soltado al echarles azúcar por encima. Son
fresas cultivadas por Johannes allí mismo, sin mucho sol, pero muy
dulces y ricas. También hay para mí bombón helado, aunque se ha
deshelado y me lo como echándolo en el mismo cuenco como batido de
fresa. El padre está cansado y se retira a su cama. Todavía tienen
la habitación de matrimonio en el piso de arriba y tienen una
escalera angosta y muy vertical, impropia para un hombre que, como
yo, ya cumplió los 70 años. Se lo comento a Martin. Para las diez y
media, todos nos vamos a dormir. Martin me invita a hacer un dibujo
de la casa. No prometo nada, pero mañana será otro día.
Durmiendo en casa
de los Nedergaard en Lild Strand.
La cama es
suficiente y duermo muy bien. Sólo me levanto una vez a orinar y lo
hago cubierto con la toalla por la cintura. Parece ser que Martin
trabaja como diseñador, en Lego, y Johannes en una empresa cuyas
antenas se ven desde la casa y que, cada cierto tiempo, destellan. Me
señalan una a lo lejos, que me costará ver, y más deducir a qué
se dedica su empresa. Creo que estoy perdiendo visión a raudales. A
veces tengo la sensación de que veo mejor sin las gafas. ¿No será
porque las llevo guarrísimas?
Jornada en que he
cambiado de dirección.
Si hasta ayer he
caminado de Sur a Norte, ahora iré hacia el Nordeste. Sin quitar
nada al paisaje, que ha sido variado, lo más importante del día ha
sido los encuentros. Primero con los hermanos Cacho y al atardecer,
con la familia Nedergaard. Sin olvidar la dulzura de los obsequios en el camino intermedio con el matrimonio joven de alemán y danesa con niña. Estos encuentros, como otros muchos que
narré, es el mayor premio de mi viaje, tanto como el conocimiento de
mí mismo que me está propiciando.

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