Etapa 35 (476) Fjaltring-Lodbjerg

Etapa 35 (476) 10 de julio de 2015, viernes.
Fjaltring-Trans-Bovbjerg-Ferring-Vejlby-Vrist-Langerhuse-Thyboron-Agger Tange-Krik-Agger-Fyr-Lodbjerg (Shelter).

Amanecer en el albergue de Fjaltring.
Me levanto hacia las siete y lo primero que hago es cagar. Espero que con la mierda se me vaya el dolorcillo de cabeza. 

 















Saco foto con sol de amanecer. Me pongo a escribir el diario. Es muy importante para mí todo lo ocurrido ayer noche. Tengo un rato, pues hasta las 8:30 no dan los desayunos. Ayer vi al otro solitario del albergue y hoy lo veo de nuevo al salir del baño. Cuando voy a recoger mi ropa, compruebo que el viento la tiró al suelo y está húmeda. Entro con un grillo aferrado a mi camiseta. Tengo seguridad de que no es una cucaracha. Pongo las dos prendas a secar dentro de la habitación. Sigue el ventarrón y necesito el jersey bien seco porque estaré a deseo de calorcito. La camiseta no importa tanto porque tengo otra de repuesto. Si no se seca, se acabará de secar dentro de la mochila. Voy a escribir alguna postal a mis nietos y a mi tía Maritxu. El desayuno lo hago junto al otro danés solitario. Hay dos sitios reservados para nosotros. No hablo con él hasta el segundo café. Él me dice algo de las olas del mar que vemos al frente, pero no nos entendemos bien. Estoy tiritando dentro del comedor y me pongo el jersey que ya está casi seco. ¿Qué no tiritaré cuando salga al exterior?, me pregunto. El jersey, tras de la lavada, parece nuevo. Está claro que necesitaba agua y jabón. Dejo la sábana, más o menos, tirada en el suelo y dejo el resto como me lo encontré. Son las 9:15 y, con todo recogido, voy a despedirme de la gran familia. Felicito a Tobías y veo la masa crecida lista para hornear. Me habría gustado ver los panecillos. Parece ser que serán para la segunda hornada, pues Arne me ofrece medio pan con mantequilla. Se lo agradezco, pero ya me he llenado con el desayuno y no me entra más. 
 
La mujer de Arne está en recepción y me despido de ella. La recepcionista busca en Internet información valiosa para mí. Me habla de los shelters, los refugios del Norte. Pronto voy a tener oportunidad de ver el primero, aunque la hora no se ajuste para su uso. Me voy agradecido.

En marcha hacia la iglesia.
Saco foto del campo verde de cebada, zarandeado por el viento. 
 
También del edificio bajo, que es el albergue en donde he dormido. La recepcionista pasea por el exterior. Mi intención es la de ir a la iglesia, pero el camino no me va a llevar hacia ella. Echo las tres postales al buzón de Post rojo que está junto al market y cojo la carretera aledaña, pero me va alejando de la iglesia. Continúo por carretera sin arcén. Por suerte, lleva poca circulación a estas horas.
 
Me dedico a sacar unas fotos antes de llegar a la kirke de Trans. Todavía en Fjaltring, en una granja, observo a una manada de palmípedas. No sé si serán Ocas o gansos, pero más me inclino por estos últimos. Son muy ruidosos y ni puedo, ni quiero, acercarme a ellos. A veces se comportan con mucha agresividad. Ya sin esperanza de poder coger el camino de la iglesia, fotografío un trigal con espigas bien granadas pero que dudo puedan llegar a madurar algún día. 

El viento bambolea las espigas, formando bonitos surcos sobre la superficie espigada. 

 



Cerca de una casa hay un pequeño lago donde han colocado dos pequeñas casetas para que se refugien las aves palmípedas de corral. En las hierbas del exterior se aprecia bien que el viento sigue soplando. 
 



Sin embargo, cuando llego a un extenso campo de colza, se ve que al tener los tallos de esta gramínea más consistencia, sufren menos los avatares del viento y se producen menos olas.

 


Lo que la colza gana en reciedumbre va en detrimiento de la belleza paisajística. Saco una foto de la superficie verduzca, que corrobora lo que estoy diciendo, y otra en que pongo más énfasis en la reciedumbre de sus cañas. Un cartel invita a visitar la kirke, la iglesia, de Trans. El temido viento es más suave que el de ayer. Aunque en el acantilado soplará más fuerte.
 
Paso cerca de una granja que dispone de varios edificios y crean un gran espacio central, un gran patio para todo tipo de actividades.

 



En el acceso hay un gran matorral separador repleto de rosa mosqueta. Hay una publicación periódica que reparten tirándola desde algún vehículo envuelta en un plástico azul para que no se moje si llueve y la pueda recoger en condiciones el suscriptor. Vemos un ejemplar tirado junto al seto que he mencionado.

Trans. Iglesia.
La iglesia de Trans la estoy viendo de lejos. Para acercarme a ella, debo abandonar el carril asfaltado. 
 
De este lado veo la torre que están restaurando todavía con los andamios. Pronto llego al carril bici que se bifurca y comunica con la carretera, en una especie de doble T. 

 




Yo no quiero hacer doblete y recorrer más camino que el estrictamente necesario. 
 
Lo memorizo para cuando más tarde quiera ir por encima del acantilado, con la vista en otra playa que hoy tampoco utilizaré para baño y van unos cuantos días sin mojarme en el Mar del Norte, que está resultando tan inhóspito para mí. Me acerco a la iglesia de Trans y a su cementerio aledaño. Parece que la piedra de la fachada está en buenas condiciones y la mayor acción restauradora consiste en el encalado, quizás sea una pintura más impermeable, que no salte ante la primera ventolera lluviosa que caiga encima de la torre y la fachada no pétrea. Me gusta que las dos mitades de la nave, esté a dos alturas. Es como si el edificio que podría contener el ábside inexistente, pudiera encajar en el que está más próximo a la torre, si estuviese en un sistema corredizo, como las matriuskas rusas que se introducen unas en otras, o la cubierta de la piscina de Errenteria que, en verano, queda recogida para que también sea solárium. En una de las tumbas, que siguen siendo muy sencillas, como las que vi en la primera isla, aparece el nombre de Ernst Pedersen, que se podría traducir por Ernesto, hijo de Pedro. Aunque la piedra tiene un pequeño labrado, me encanta la austeridad de estos cementerios daneses.
 
En otra zona del cementerio veo al trabajador que lo mantiene curioso y limpio. Lo rastrilla. En paralelo con el acantilado, por donde pasaré después, veo el faro, que aquí llaman fyr. El cementerio no tiene mucho más que ver y la iglesia está cerrada, así que no la puedo visitar por dentro.

Hacia el faro de Bovbjerg.
Cogiendo el camino más próximo al acantilado, me asomo a la primera playa que sigue ascendente hacia el Norte. 
 
En la zona Sur, veo cómo han construido pequeños diques que, penetrando en el mar, consiguen que se formen playas y el mar no arrebate la arena. El viento es menos recio que el que sopló ayer, pero también llega frío y volandero. Las hierbas de la duna son aplastadas, tumbadas, por él. Un valiente pasea a su perro por la playa. 
 




El sistema de diques sigue también hacia el Norte. La vegetación sigue siendo zarandeada por Eolo. 

Ya me voy acercando al faro de Bovbjerg. Pronto llego a él. El camino va muy próximo al acantilado. Si hiciera el viento de ayer, creo que hubiera tenido que pasar por aquí a rastras. En algunos tramos la duna próxima al mar, con su vegetación consolidadora, es más lata que el camino, lo que me permite alguna protección mayor. Saco una foto del carril-bici, bien asfaltado, con el faro sobre el badén. 

Familia de cisnes.
Superado el alto, va por superficie pero, por suerte, también se va alejando del acantilado. 
 

Con el edificio del faro más cerca, veo una pequeña laguna en la que coincido al llegar con una familia de cisnes blancos. No sé cómo se reparten los roles los progenitores pero, por delante, va un adulto y, cerrando la procesión el otro. 

El primero ya está entrando en el agua, y sus pequeños, todavía patitos feos, van camino de hacerlo, observados por el de atrás, que tratará de que no se desmanden y de que nadie se escaquee. Espero a que estén en el agua para sacar la foto final de la familia, ya ordenada. Se podría decir que el padre cisne va por delante, abriendo paso a la familia para que conozca el mundo, detrás la progenitora y, tras su cola, los cinco neófitos. Emparejados los cuatro primeros y en solitario, y cerrando la comitiva, el cisne impar.

Faro de Bovbjerg.
Recuerdo que los daneses llaman fyr al faro. Así lo leo en un cartel y, al leerlo, ya no me queda ninguna duda al respecto. Abandono el camino costero y voy derecho hacia él. Una loma baja y redondita me quita parte de su visión. En la parte delantera de dicha loma han puesto un pequeño monumento que recuerda a los bloques pétreos a los que era aficionada la reina egipcia Hatchepchut. 
 
Se pueden ver estos obeliscos en París y Londres. Éste es una miniatura en comparación con aquellos. Parece como si la linterna estuviera encendida, algo que sería impropio de la hora. En la zona de entrada a la torre tubular, ya se aprecian visitantes. Cuando llego al patio interior protegido del viento, leo que subir a la linterna cuesta 20dk. Observo que los que han subido sacan alguna foto y pasan corriendo por delante de ella en la parte menos protegida, la que se orienta hacia el mar. Decido no subir, ya que la visión que me va a ofrecer no compensa el precio. Un fotógrafo se agacha para obtener una buena instantánea y ofrece su recia espalda desnuda.

 









Podemos adivinar cómo será su barrica de cerveza y el grifo de desagüe. De regreso al camino, me doy cuenta de que, mirando hacia la linterna al pasar antes, no me he percatado de unas esculturas intermedias. Representan a un humano y a dos animales. 
 
¿Perros, ovejas, terneros? Cualquiera adivina. Son talladas en tosca piedra y con poca definición formal…, pero me gustan. Abandono el recinto del faro y sus proximidades y voy hacia Ferring.

Ferring.
Este nuevo tramo del camino vuelve a ir protegido del viento. En lugar de ser una duna natural la protectora, parece un dique artificial que su finalización en forma de pequeño bunker, me hace dudar de que no lo sea. 
 
Dique o bunker, debo seguir adelante y, algo alejado todavía, ya veo el caserío de Ferring. El camino asfaltado sigue descendente hacia el pueblo. También el acantilado es de menor altura y da más fácil acceso a las playas. Pero hoy tampoco será día de baños. Confío en que sea el tercero y último, como vaticinaron ayer en Fjaltring. 

 
Pasado el bunker, que me hace pensar en que esto de los bunkers es lo que me quiso decir el jovencito de la familia de ojos azules, pronto llego a un pequeño museo, que tiene hasta un cristal roto. Traspaso el pueblo sin darme ni cuenta de que éste era el pueblo de Ferring. 
 
Saco una foto panorámica con la iglesia y su torre blanquecina, que apenas destaca en el paisaje. Son muy poquitas las casas. El carril para bicis ha desaparecido pero se me ofrece otro peatonal que se orienta hacia Ferring So. Es así como me entero de que es éste el nombre del lago al que voy a llegar a continuación. 

 
Hacia el mar, fotografío la casa museo con un pivote de los que suelen servir de defensa en diques que azota el mar y que se asemeja a una burda ancla de cemento. El cristal roto es evidente y su contenido no me atrae como para entrar. Creo que este será el museo más pequeño por el que pasaré en mi vida. Las playas ya están cercanas y accesibles y veo la bandera azul de playas limpias europeas. 
 
Ni su idoneidad me tienta para darme un baño. El camino de hierba me lleva hacia el nuevo lago, el Ferring So, y mi dilema es por qué lado seguir, si por el de la derecha, que es por donde va el carril bici, o por el que va a pie de la duna. Será este último el que elija.

Mi primer shelter.
Sigo el sendero peatonal y llego a un aparcamiento donde hay un coche con la puerta trasera levantada. 

Como no veo a nadie cerca, pienso que la han dejado mal cerrada y que el viento se ha encargado de levantarla. Más cerca del coche, veo sentada a una mujer que almuerza y es la que me confirma que ese sendero es el que me va a llevar bien, hacia el pueblo, por la margen izquierda del lago. Agradezco la información. El sendero se ensancha pronto y es mullido por estar en zona de marisma casi inundable.

Parece una alfombra musgosa. Un regalo que agradecen mis pies. Enseguida veo dos casitas iguales pero con similar orientación una de otra. En cuanto las veo, reconozco que son los refugios que me anunció el buen informante de Fano, los que se ofrecen gratis con el nombre de shelter y que usaré, a partir de hoy, siempre que tenga la oportunidad. Lástima que estos, nuevecitos, no me coincidan en la hora adecuada. Un shelter es lo que veis en la fotografía. Las dos casetas están totalmente vacías. Sin pedir permiso, el usuario extiende su saco y duerme en su interior, dejando libre la bocana de entrada para que entren los siguientes y ocupen su lugar. El número de usuarios dependerá de lo que ocupe cada uno. Normalmente, con buena voluntad, pueden acampar más que lo que a simple vista parece. En uno de los refugios hay una pareja con perro, que me confirman el nombre. Si éste no figura en mi mapa que me dieron de Internet en alguna oficina de turismo, es porque es de reciente construcción. Otra cosa que suelen ofrecer es un sanitario, que aquí no veo, y una parrilla con leña suficiente para cocinar lo que cada cual lleve. También la mesa de bancos incorporados que véis. Aquí tampoco veo agua corriente. Quizás sea que, aunque ya usada la parrilla, todavía faltan cosas que poner para darlo por terminado.
 

Cuento a esta pareja mi viaje y quedan obnubilados. Me hacen preguntas y me dicen que, esta tarde, el aire se reduce y mañana será día tranquilo. Agradezco la información, que ya supe ayer y di por buena. Sigo adelante.

Playas fluviales o lacustres.
Sigo el camino. Es ancho y cómodo para pisar. Durante un buen rato voy a tener la laguna a mi derecha y las dunas a mi izquierda.
 
Antes de llegar al siguiente pueblo, no voy a encontrar apenas nada que merezca la pena. La vegetación es la propia de una marisma. Una casa y una mesa que, con sus bancos en una sola pieza, ofrece un lugar para que, el que lo lleve, tome un refrigerio y descanse. Aquí abajo, a ras del nivel freático marino, hace poco viento y aumenta la temperatura. La orilla ofrece alguna playa lacustre de agua dulce.



Para muestra, saco foto de una de ellas pero, a pesar de la buena temperatura, sus fondos de lodos no me animan a darme un baño y eso que estoy a deseo. Al estar solo, nadie me pondría pegas por estar desnudo. Siguiendo por espacio estrecho cuando la laguna se acerca a la duna, o viceversa, el suelo mullido del sendero se acaba y empieza otro apisonado de tierra y piedra, más duro. 





Es menos muelle, pero por él se camina bien. Muestro una foto del nuevo camino con la visión, todavía lejana, de Strande.
 

Del camino sale a mi izquierda otro de arena que atraviesa la duna en altura. Subo a él para obtener una panorámica desde la altura mayor de la duna. Se aprecia bien el camino que me lleva al pueblo y el lago Ferring So en la parte de Strande.

Strande o Vejlby.
Llego a una casa que me gusta. Mantiene la estructura de los edificios agrícolas con el tejado de paja oscura, pero tiene una composición más moderna.




Abusa de líneas curvas y tiene una unión especial contra las inclemencias del tiempo en la confluencia superior de los dos planos inclinados del tejado. No parece una solución muy bella pero sí será eficaz. Me agrada que den prioridad a lo arquitectónico y seguro que a lo estético. Dos espacios tubulares, como si de dos torreones desmochados se tratara, culminan en dos tejados cónicos de la misma paja. Dos sujeciones de las mismas características de las del tejado, amarran la zona alta, la más vulnerable del cono.
 

Las dos ventanas de la buhardilla, que simulan dos ojos bien abiertos, más que los de ojos rasgados habituales, están herméticamente cerradas con estructura doblemente acristalada de aluminio blanco, y dan sensación de confort interior, que no dejan pasar el frío ni el viento. Strande pertenece a Barboore. Donde en mi mapa leo Strande, aquí leo Vejlby y no sé a qué carta quedarme. ¿Será lo mismo en dialecto? Encuentro otra escultura de arena de John Wayne. El parecido con el actor está bastante conseguido y la escultura se mantiene gracias a algún productor fijador, alguna laca. Cerca hay un retrete y cago por segunda vez en esta jornada. Es cuando me entero que hay un concurso de figuras hechas con arena. La que vi anteayer en Sondervig, también debía ser a concurso y era mucho más espectacular.


John Wayne. Comida de bufet.
Lo que ofrecen como más apetecible son trozos de pizza. Y una rica ensalada con salsa de yogur, que le voy echando encima a medida de que me la voy comiendo. Por una cerveza, dos trozos de pizza y la ensalada, pago 99dk que pago con Visa. Me pongo a escribir. He llegado a las 12:30 y no dejo de escribir hasta las 14:00. Un cobertizo de plástico blanco que permite ver el exterior por plexiglás traslúcido, se complementa con terraza al aire libre, donde hay toscas mesas para los valientes. Ningún comensal las ocupa. Dos niños descalzos saltan sobre una superficie plástica en azul y amarillo.
 

Luego sigo caminando hacia el norte tras haberme asegurado de que más tarde deberé coger un ferry que me llevará a Thy que, tal como está configurado este país, no deja de ser sino otra isla más.

Camino del ferry. Vrist.
Llegando a un paso a nivel, antes de alcanzar Vrist, veo cruzando la carretera el primer tren danés. Han bajado las barreras, suena una señal luminosa, un coche se detiene y el tren continúa su recorrido.
 
Al otro lado de la barrera, la carretera que no traía ni arcén ni carril bici, después lo ofrece. Mejor para mí. Así no tengo que caminar por asfalto sorteando vehículos. Saco otra panorámica de Vrist con carretera y carril bici. En la llanada y lejos de la duna, sigue soplando viento. Una vez pasado el pueblo, no me llama la atención como para visitarlo.

 

Creo que la carretera me va a llevar a Harboor, pero al carril bici lo dirigen hacia otro lado y yo no tengo mejor opción que seguirlo.

Langehuse.
Todavía con Harboor al fondo, fotografío un almacén al aire libre de hierba cortada y plastificada en grandes fardos blancos. Parece una superficie nevada y la camuflaría como tal si no la fotografiara con el suelo y la tierra que los soportan. Es tan alba su blancura…



Pronto llego donde un rebaño de vacas de blancura menos nívea. Al lado derecho diría que está sembrado un patatal. No lo puedo asegurar. Todavía Harboor se mantiene detrás de ellas. Desde la carretera y sin carril bici de nuevo, me voy acercando a Langehuse. Fotografío la entrada en el pueblo con el cartel anunciador.

Entre aguas y marisma.
Paso un pequeño dique y luego el camino se dispone en una recta interminable de 8 kilómetros. A la derecha un enorme mar interior, el Nissum Bredning, que es un mar navegable por el que se podría ir en barco a Aalborg y seguir hasta el Báltico, y a mi izquierda dos pequeños lagos.
 
Me pasan dos chicas en bici. Llevan poderosas cartolas. El camino va entre el mar interior y el lago y, al fondo, veo las dunas que separan al lago del Mar del Norte.
 



También un ciclista con atuendo verde fosforito que, siendo tan llamativo su vestuario, tardaré mucho tiempo en perderlo de vista. Hacia Hvdbjerg, en el otro lado del mar, veo construcciones con altísimas chimeneas, algunas humeantes, que supongo serán fábricas.




También, hacia el mismo lado, el derecho, veo una garza. Tengo la fortuna de fotografiarla al vuelo antes de que se me salga de campo. En la otra orilla, infinidad de palmípedas blanquecinas que no puedo asegurar si son ocas o cisnes, o algún otro ánade de especie similar. El terreno por el que pasa el camino, tanto a un lado como al otro, es el propio de marisma. Para muestra saco una foto de hierba, que da lo mismo de qué lado es.



En un momento en que las palmípedas las veo más de cerca, podría asegurar que son cisnes blancos. Las chimeneas de las fábricas también las veo más cercanas. También los molinos de tres aspas para la obtención de energía eólica. Haciendo tanto viento por aquí, me sorprende que no haya más.





Otra foto ofrece la vegetación marismeña, el lago apenas perceptible y, al otro lado la alta duna que no me deja ver el Mar del Norte. Se nota que el fuerte viento ha trasladado arena de la playa a este lado de la duna, dando la sensación de que la duna es frágil cuando, en realidad, está bien consolidada.




Para muestra de los ocho kilómetros del camino, fotografío un tramo que lo atestigua. Una gran recta para aburrir al mismísimo diablo. El esquema trazado anteriormente sigue siendo el mismo.




En un charco que, quizás, sea comienzo o final de uno de los lagos de la derecha, encuentro una familia de cisnes. En este caso falta uno de los progenitores y sabiendo que, como por la mañana, los pequeños suelen nadar cerca de la madre, pienso que ésta lo es. ¿A dónde se habrá ido el cisne macho? Así como esta mañana eran cinco los neófitos e iban en perfecta formación, aquí son cuatro y cada cual busca su alimento como sabe y puede.

 
En la foto, además de los cisnes, el motivo principal, se ve la vegetación de la marisma y, al fondo, la duna lejana, está vez más frágil, menos consolidada. En zona menos propia de marisma, con suelo más firme, veo un gran rebaño de vacas, esta vez negras, que pasta y rumia, mientras al fondo veo la península de Hvidbjerg. Es mucho atrevimiento llamarlo península ya que está conectada, tanto por el Norte como por el Sur, por carretera.

 


Continúo junto a las vacas negras, que están muy espaciadas y me entretengo observando los empellones que mete a las ubres de la vaca madre un ternerillo aún sin destetar y que prefiere la dulce leche de su madre a la verde y poco apetitosa hierba que pronto tendrá que degustar. Hace bien en alargar la lactancia.

 
Thyboron.
Por fin se está acabando el camino y veo, en la cima, un chico que está esperando. Me alegra porque en cuanto llegue le preguntaré pero, cuando estoy a punto de alcanzarlo, se me larga. La carretera es como si fuera por encima de un dique, y el pueblo, algo hundido, parece que así está a resguardo. Dudo hacia dónde ir. La señal del carril bici me lleva hacia el interior del pueblo. La sigo.

 

Ninguna señal de por dónde se va al ferry. Paso junto a la iglesia, cuyo detalle más sorprendente es la gran altura de su torre, que no guarda relación con el resto del edificio. Es muy moderna, en blanco y negro (quizás sea gris oscuro). Un edificio en la misma plaza de colores similares, me hace pensar en despacho parroquial o servicios auxiliares de la iglesia. Dudo en preguntar a una pareja. Ella me parece musulmana y quizás ni me entiendan, ni yo a ellos, así que opto por preguntar a una familia. Él me señala por dónde está el ferry, aunque yo no logro verlo. Al menos me basta con seguir la dirección de su dedo. ¡Qué maravilla es el lenguaje gestual! El camino anterior me ha supuesto andar un rato en balde. Ahora debo retroceder. Me cabrea tener que volver al primer punto, al de partida. Pero una cosa es saber hacia dónde voy y otra acertar por dónde ir. No encuentro a nadie en la calle para preguntar de nuevo. Por suerte llega un repartidor y de una casa sale el destinatario del paquete. Me dice que debo seguir por la carretera de enfrente, que yo ya había pasado sin darme cuenta. Tampoco allí había ningún indicador de ferry. Sigo la carretera y, antes de llegar a un cruce, pregunto a mujer que va montada en bici. Se para y me dice que a la derecha. ¡Menos mal! Allí ya hay una señal de barco. Sigo adelante y me quejo de que no vuelvan a indicarlo más veces. Me meto hacia el mar. Es en vano y tengo que volver a la carretera. Por fin estoy en camino que me lleva directamente hasta el ferry.
 
Ferry al otro lado del Thyboron kanal.
Cuando llego, allí esperan cuatro coches. Un conductor baja del suyo y lee. Yo leo lo que creo son los precios. Me parece que tendré que pagar 30dk por pasar al otro lado del canal. Se baja otro hombre, dejando a su mujer en el coche, y pasa por debajo de la barrera que cierra el paso. Va hacia el ferry, que está allí parado, donde no vemos a nadie que dé señales de vida. Yo he llegado sobre las 17:30 y el hombre vuelve con la noticia de que el ferry saldrá a las seis.
 

Hablo con el conductor antes de que se meta al coche y le cuento algo de mi viaje. Me parece que está algo iluminado por el alcohol. Quizás sea así, no debo cargarle el sambenito sin tener certezas. Por fin, empieza a ver movimiento dentro del barco. Un hombre levanta la barrera e indica a los conductores el lado por el que deben entrar. Un compañero espera al fondo, señala los lugares en que deben aparcar, y cobra la tarifa. Cobra a la mujer del marido con el que he hablado.


Le devuelve el cambio, pero parece ser que la máquina expendedora de los billetes se niega a trabajar, no funciona. Cuando le voy a pagar yo el billete, no sé lo que me dice. Cierran el acceso para los coches. Arrancamos y subo al primer piso, desde donde veo toda la operación de retirada de amarras mejor.




Es un balconcillo donde es necesario agarrarse a la barandilla para no caer. Me alegro de haber subido, ya que pronto me doy cuenta de que las cartolas no encajan herméticamente y el agua de este mar que, en el canal, ya es una mezcla del fiordo y el Mar del Norte, penetra en el interior, mojando las ruedas de los vehículos. Lo veo muy bien desde arriba. El cobrador ha dejado de cobrar a los otros conductores, creo que ha devuelto el dinero pagado por la mujer, y empiezo a soñar con que el viaje me salga gratis. ¡Bendita máquina expendedora de billetes estropeada! A un hombre que ha salido de su coche, casi le pilla la ola. Sube hacia donde estoy yo. Al inicio de la travesía, las olas han producido un vaivén dentro y es cuando más agua ha entrado. Luego se estabiliza bastante. Ya el ferry no hace aguas. Nos hemos adaptado al oleaje del mar. Llegamos al muelle de desembarque. Antes de bajar, el que casi se moja y su mujer, con la que he hablado algo en francés, me dicen que hay 10 kilómetros hasta el primer pueblo. Me invitan a ir en su coche, pero agradezco y no acepto. Como he entrado el primero, salgo el primero y sin pagar. ¡Qué chollo! Nadie me dice nada al bajar e inicio mi andadura de los diez kilómetros.

Hacia Krik.
Saco otra foto hacia atrás, hacia el ferry, y a la cola de vehículos que se está formando para los que quieren pasar a Thyboron. De lejos veo un hombre, quizás sea una mujer, que me parece está cogiendo algo del lago o de la marisma, probablemente sea cebo. Sigo adelante. Cuando pasa en su coche para y se ofrece a llevarme. Explico por qué no quiero subir, agradezco su gesto y acepta mi opción.
 

Estoy en otra larguísima. Interminable, recta. Aunque ni se ve ni se adivina el fin, pero sé que Krik lo tengo donde finaliza el fiordo y no voy a tener pérdida, la incertidumbre persiste. ¿Dónde dormiré esta noche? Sé que hay un Shelter esperándome pues lo tengo indicado en un mapa que se llama Karte von Nationalpark Thy que, por u grafía, me hace pensar que está en alemán.


Este será el mapa que me servirá para la tarde de hoy, el día de mañana y las primeras horas del siguiente. Confío en que sepa interpretarlo. La carretera tiene carril bici en paralelo y es muy cómodo seguir así el camino. Una vez pasado los coches que iban y volvían del ferry, además, apenas hay circulación. Paso por una torreta metálica con escaleras de acceso pero a la que no tengo ninguna intención de subir. Entre lo que se ve y lo que se adivina…

Krik y Agger.
Cuando llego a Krik interpreto que éste es el nombre que recibe el puerto de Agger. Pronto topo con una escultura que tiene su gracia. Es de piedra y parece hecha de trozos ensamblados. La base y cinco piezas de igual forma pero distinto tamaño, que se van escorando estando la menor en la parte más alta. Por aquí no se ve ningún shelter. Habrá que esperar a llegar al faro. Tampoco se me ofrece buen panorama para cenar. Decido olvidar Krik y me dirijo a Agger. Lo primero que veo al llegar es el cementerio.



Sigue teniendo las mismas características de los vistos hasta ahora, pero éste está aislado y no veo ninguna iglesia cercana. Las tumbas se distribuyen por zonas protegidas por setos de arbustos, intercalados entre zonas de hierba perfectamente segada. Luego veré una iglesia sin cementerio. En realidad, lo tiene, pero lo he visto después, cuando he ido a fotografiar la fachada principal. Su cementerio es aún más sencillo, mucho más coqueto.



Unas simples piedras en el suelo, sobre cada enterramiento. Paso por donde están apilados, unos encima de otros, unos tubos ya usados pero que parece que están a la espera de que los vuelvan a usar.









Es una de las mejores opciones, la reutilización, mejor que la reconversión, mejor que la incineración, mucho mejor que tirarlo a la basura. Veo a un hombre que está jugando con niños y le pregunto por el Shelter, prefiero ser insistente por si hubiese alguno más antes del anunciado. Sabe que hay uno en el faro y me dice que está a 6 kilómetros. También me indica la dirección en que debo ir. “Es fácil, sólo debes seguir la pista”, me dice. 
 
Me indica también un sitio donde puedo cenar. Al pasar junto al hotel veo gente cenando, también otro establecimiento en el que ofrecen principalmente pizza y, por fin, me decido por entrar en otro. Me asomo primero a la playa, donde el viento ya ha amainado, pero no tengo cuerpo de baño.

Vesterhavshytten.
Una joven camarera ha estudiado durante tres años castellano, estuvo un tiempo en Barcelona, pero es tímida y se atreve poco a soltar lo que sabe. Le cuesta. Ser vergonzosa no ayuda para soltarse en un idioma. Pido dos butifarras que meten en pan agujereado, que más se parece a algunas esponjas huecas. Es lo que hay y si no quieres lo dejas. Estos panes esponjosos y huecos están pensados para salchichas de Frankfurt y éstas, tan gordas, casi no las pueden meter dentro. Consiguen meterlas a presión. Pido una caña de cerveza negra. Pago 90dk y lo puedo pagar con Visa. Antes de hacer el pedido, ha aparecido el informante. Me dice que retroceda a Krik pues allí hay otro shelter que suelen ocupar surfistas. Le digo que me oriente, pero o me apetece retroceder. Y menos viendo que allí se ofrece sólo camping. Prefiero ir a lo seguro. A lo que a mí me parece más seguro. Va a ser mi primer shelter. Como las salchichas gordas danesas, que están sobrecargadas de pimienta, y bebo la cerveza. Definitivamente decido que prefiero avanzar hacia el faro que retroceder al puerto. Y cuando estoy con ese pensamiento y casi tomada la decisión, regresa el hombre para decirme que me lleva en su coche al faro. Que cuando acabe de cenar, me espera fuera. Salgo y no le veo. Pero pronto me doy cuenta de que sale de la oficina de turismo. Me trae el mapa de los Shelters zonales (Me doy cuenta de que vengo hablando de él sin todavía tener el mapa. No corrijo lo escrito).
 

Me da el mapa y se lo agradezco. Debiera haber empezado yo por aquí, por ir a la Oficina de Turismo. Me digo que me enseñe la posición del faro. Subimos al paseo y lo veo. Le digo que prefiero ir caminando. Lo entiende. Le agradezco, tak y adiós.

Hacia el faro.
Aunque voy por pista, también pasa algún coche en ambos sentidos. Estoy viendo el faro. La carretera tiene en sus bordes una vegetación que parece para ex profeso hacer escobas. La arena de la costa cercana se acumula en la cuneta. 

En otro tramo del camino, tengo el faro de tal forma que parece que el camino me va a llevar directo a ella. El matorral se nota escorado, empujado por el fuerte viento reinante en los días pasados. Llega un momento en que pierdo de vista el faro. Los seis kilómetros se me están haciendo eternos. En un cruce pone algo que no entiendo. Pronto encuentro un sendero, que es la desviación hacia el fyr, y que sale de la carretera y que va hacia él. Lo cojo sin problemas, cambia el color a rosa fuerte. Una liebre que venía hacia mí, para en seco nada más verme, se gira y escapa despavorida. Luego veré otra. Pronto llego a la base del faro.

El faro de Lodbjerg.
Lo primero que hago es comprobar si se puede subir a él. Desde arriba, creo que podré localizar mejor el lugar donde está el shelter. La estructura de este faro es similar al de la mañana, Está en un patio circular y es visitable. Las puertas están cerradas pero, la de acceso a la escalinata está abierta. Si no encuentro algo mejor, ficho un hueco donde podría dormir. Subo y me asomo a la linterna. Salgo y entro sin poder ver lo que pretendía, el shelter.









Fotografía desde la terraza hacia el mar, y otra de la linterna. Ésta será parcial y la última del día.
 

Bajo las escaleras, pero lo único que he visto ha sido otro edificio. Me acerco a él y está destartalado y asqueroso. ¿Será éste el shelter recomendado? Veo tres coches aparcados. Es buena señal. Me asomo a una caseta con señal de prohibido. Nada que me dé alguna pista. Cuando estoy volviendo al patio circular, veo a un niño en bici. Lo llamo. Pero su primera reacción es la de huir. Corro en su persecución para que no me deje desatendido. Estoy seguro de que me puede ayudar. Cuando me escucha y pronuncio la palabra shelter, él me señala dónde está.

El shelter de Lodbjerg.
Niño y yo vamos juntos hacia el refugio. Sus padres y sus hermanas lo tienen todo copado, pero me hacen un hueco. Es más reducido que los de esta mañana y sólo hay uno. Alrededor del fuego están tres amigos surfistas, que han oído hablar de Tarifa y de sus grandes olas. Tienen su tienda de campaña montada algo más alejada. Otra pareja también tienen tienda. Sobre el fuego hay una parrilla y ellos comen de cuchara, aunque no sé si lo que comen es caliente o frío. La familia ya ha cenado. Se lo han pensado mejor, me ofrecen una tienda que tienen sin montar y la acepto. Así no pasarán estrecheces y podrán dormir los cinco juntos. Dormiré yo solo en la tienda prestada. Como la desconozco, me la montan rápidamente entre el padre y el hijo. Colaboro un poco. Me dejan una esterilla. Les digo que ya tengo pero, como les sobra una, me vendrá bien para usarla como almohada. Les cuento mi viaje, algo de mi vida, lo que me preguntan. Les enseño diario y dibujos. Están gratamente sorprendidos. La mujer me recuerda a la viuda de Jose, el montañero que murió en 2014 en accidente al volver con dos compañeros tras hacer escalada en Chile. A las once y media los surfistas se van a su tienda. También el chico que había dejado a su pareja en su tienda. Doy mi mano a los componentes de la familia, excepto a la pequeña, que ya lleva un buen rato durmiendo. Le digo a él que dejaré la tienda hacia las seis de la mañana. Me dice que deje la tienda montada, sin recoger. Tampoco sé si sabría hacerlo bien. Me ha estado ayudando buscando información en su Internet de bolsillo. Me dice que cuando está de vacaciones no se pone ni el reloj. Se levanta cuando el sol le despierte. ¡Qué mejor reloj! El pater familias me informa por dónde debo salir mañana, que vaya hacia la playa y que ande con cuidado porque entre el faro y la playa hay muchas zonas inundadas, con mucha agua en el camino.

Durmiendo en tienda de campaña.
Aunque hay un lugar a propósito para orinar y cagar, meo en el bosque. Me organizo bien dentro de la tienda. Es más que suficiente para una sola persona. No tengo que guardar nada y me quito el pantalón para dormir mejor. Durante la noche, salgo dos veces a orinar, en calzoncillos. Me aparto muy poco de la tienda. Hace frío para estar en ropa interior. A las seis me despiertan las voces de los surfistas, que ayer a las doce seguían hablando, aunque sin molestar mi sueño. Ellos permanecen dentro de su tienda cuando orino por última vez y, mientras rehago el equipaje, sale uno para preparar el café. Luego estarán los tres tomándolo. También ellos se irán en diez minutos. Pero ya estoy narrando cosas del día siguiente.

Balance de una jornada con menos viento.
La falta de viento, o su disminución, ha sido lo mejor del día, después de dos jornadas anteriores tan infernales. Pasar gratis en el ferry ha sido d agradecer. También la ayuda del hombre de Agger y, finalmente, la de la familia que, estando el shelter ocupado, me han dejado la tienda de campaña que llevaban por si acaso. Dormiré algún otro día en shelter. Esta primera oportunidad no ha podido ser, pero no me quejo sino todo lo contrario del comportamiento de las personas.


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