Etapa 34 (475) Ojbjerg-Fjaltring
Etapa 34 (475), 09 de
julio de 2015, jueves.
Ojbjerg-Vederso
Klit-Husby-St.Nissum-Thorsminde-Fjaltring.
Amanecer en la
granja.
Me despierto antes
de las seis. Ya ni pían ni trinan los pájaros. ¡Vaya concierto me
han dado! Pero sí oigo que sigue soplando el viento. Llevo la silla
a su sitio y orino en la puerta del granero. El sistema eléctrico
sigue chascando. No veo a las ovejas. Confío en que, por mi culpa,
no hayan tenido que dormir a la intemperie en noche tan infernal. No
se lo deseo ni al cordero de Dios. Tomo la pastilla, cargo mis
mochilas en pecho y espalda y la última foto me emite un pitido.
Pienso en fin de batería, pero espero en que me dé un margen para
las fotos de esta mañana, antes de que encuentre lugar para
recargar. La Olimpus me lo permitía.

He fotografiado el lugar donde he dormido. La paja la dejo en el suelo. No sabría ni recogerla ni dónde ponerla. Mi capa todavía cuelga de un clavo. Ya está seca pero no la guardo. Aunque no llueva, me la pondré para que me proteja del viento. Salgo de la casa acogedora, e intento sacar una foto del exterior. Pero la cámara se niega a que pueda llevarme ese recuerdo. Me habría servido para saber a qué pueblo pertenecía. Creía que era problema de batería, pero lo que ocurre es que en la tarjeta ya no caben más fotos. Es una pena que no me doy cuenta de ello hasta que estoy en el lugar donde desayuno. No sólo he perdido la foto de la casa, sino también de la iglesia que aparecía en lugar con cartel de Husby Sommerfest, el 17 de julio. Parecería que son las fiestas de verano, pero el pueblo de Husby no aparece en mi mapa. ¡Misterio! Tal como lo he visto no tiene más que cuatro casas. Pero me estoy adelantando.
He fotografiado el lugar donde he dormido. La paja la dejo en el suelo. No sabría ni recogerla ni dónde ponerla. Mi capa todavía cuelga de un clavo. Ya está seca pero no la guardo. Aunque no llueva, me la pondré para que me proteja del viento. Salgo de la casa acogedora, e intento sacar una foto del exterior. Pero la cámara se niega a que pueda llevarme ese recuerdo. Me habría servido para saber a qué pueblo pertenecía. Creía que era problema de batería, pero lo que ocurre es que en la tarjeta ya no caben más fotos. Es una pena que no me doy cuenta de ello hasta que estoy en el lugar donde desayuno. No sólo he perdido la foto de la casa, sino también de la iglesia que aparecía en lugar con cartel de Husby Sommerfest, el 17 de julio. Parecería que son las fiestas de verano, pero el pueblo de Husby no aparece en mi mapa. ¡Misterio! Tal como lo he visto no tiene más que cuatro casas. Pero me estoy adelantando.
Hacia Vederso
klit.
Salgo de la casa por
la puerta del granero, y la dejo bien cerrada, con el pasador bajado
hasta el tope, para que no se abra con el viento. Ya estoy en la
calle. Tras la fallida foto, paso al otro lado de la carretera. En
esta zona, todavía próxima a la costa, las dunas que me separan de
la playa son más bajas. No me extraña que lo sean, ya que el viento
se encarga de desmocharlas. Es tan fuerte que, aun dándome del
lateral izquierdo, alguna ráfaga me saca del mínimo arcén. Por mi
seguridad, cada vez que veo aparecer un coche de frente, me meto
entero en la hierba. Al menos no llueve, y no veo con el problema de
ayer tarde. Sobrepaso la desviación que se me ofrece a mi izquierda,
y hacia el Norte de Vederso klit. Este es el lugar que había puesto
en mi diario como final de etapa. Ofrece a Husby a 5 kilómetros,
pero mi mapa se acaba aquí. Ahora tengo que volver al general de
todo Dinamarca. Tendré que arreglármelas con lo que tengo. Pienso:
allí, en Husby, desayunaré y cargaré la batería. ¡Qué iluso!
Después llego a un nuevo cruce que ofrece Vederso a izquierda y
derecha.
Husby.
Sigo adelante. En
los lugares en que hay arbolado, el viento se reduce, se frena, pero
ahora llueve algo, aunque poco. Como la carretera se ha ido alejando
de la costa, la ventolera también va amainando. Es un alivio. Llego
a la iglesia de Husby que, como he dicho, se queda sin foto, y entro
en el pueblo. A la derecha, tras atravesarlo por completo, me
encuentro con la otra carretera que viene de Vederso. Hay pocas casas
y ni un bar ni ninguna panadería. ¿Y organizan aquí una fiesta de
verano el día 17?, me pregunto sin nadie que me pueda responder.
Regreso enfadado por la carretera que me ha traído. El viento sigue
siendo menor, pero se nota que me voy acercando de nuevo a la costa.
La carretera sigue con poco arcén. Menos mal que la circulación
sigue siendo escasa. ¿Estarán en alerta roja por el viento?
St. Nissum.
Llegando a St.
Nissum veo una gasolinera. Pienso en que allí puedo encontrar café
y algo más, pero no me arriesgo a cruzar y veo que por la segunda
entrada al pueblo van algunos coches que me hacen pensar en
panadería. Y acierto. Enseguida encuentro la bageri. Pido
capuchino. Me sacan uno de los de beber con tapa a través de un
orificio, y ni siquiera le pongo azúcar. Ofrecen y elijo un pan con
chocolate y un bollo de crema muy, pero que muy, dulce. Menos es
nada. Pago 28,50 dk y cambio el billete de cien que ayer ofrecí a
los campesinos acogedores. Hoy me quito el billete de encima. Tras
desayunar, escribo.
Una jovencita limpia hasta los techos de la panadería. Al cabo de un rato quiero asegurar el nombre del lugar donde he dormido y decido que es Ojbjerg. Es así que doy cuenta de mi viaje. Otra de las chicas es polaca pero de un lugar desconocido para mí. Le hablo de Varsovia, Cracovia, Chestohowa, Katovice, Zakopane… Está emocionada de que yo vaya hasta su país andando. Fuera, el tiempo no mejora. El viento continúa. De vez en cuando, llueve. Parece que los del lugar lo ven como normal en estas latitudes. Para mí es algo inesperado en verano. Nunca tuve tan mal tiempo. A pesar de ello, no dejan de sacar a los niños en su cochecito, aunque bien protegido. Son las nueve y media cuando pregunto por la toilette. Como no hay público, me hacen pasar al privado, sin cierre y con la lavadora en marcha. Oigo un pitido periódico que no sé qué significa. Lo digo al salir. Me responden que es normal. Son las 10:45. Me parece buena hora para abordar de nuevo el camino que me devuelve a la costa y que me obligará a caminar por otro estrecho paso, más angosto que el de ayer y anteayer, para llegar al albergue de Fjaltring. Confío en que haya sitio para mí.
Antes de marchar me acerco a una de las panaderas que prepara un pastel para una fiesta infantil. Cuando lo veo, dudo de que la masa que conforma el muñecote sea dulce, a juzgar por los elementos decorativos que la artista va añadiendo: manos y pelo de lechuga; huevo duro, laminado con máquina manual, a modo de gorro protector de la cabeza… Me parece que lo único dulce es el azúcar líquido blanco con que lo ha embadurnado por encima. Parece que es un encargo, pues está encartonado en caja similar a la que emplean para el reparto de las pizzas. Será de encargo, pero me parece poco apetitoso. Le pido inmortalizarlo en foto, aunque aún no está acabado. Agradezco, me despido también de la polaca y me pongo la capa antes de salir de nuevo hacia el mal tiempo. Me han dicho que pronto encontraré el carril bici.
Una jovencita limpia hasta los techos de la panadería. Al cabo de un rato quiero asegurar el nombre del lugar donde he dormido y decido que es Ojbjerg. Es así que doy cuenta de mi viaje. Otra de las chicas es polaca pero de un lugar desconocido para mí. Le hablo de Varsovia, Cracovia, Chestohowa, Katovice, Zakopane… Está emocionada de que yo vaya hasta su país andando. Fuera, el tiempo no mejora. El viento continúa. De vez en cuando, llueve. Parece que los del lugar lo ven como normal en estas latitudes. Para mí es algo inesperado en verano. Nunca tuve tan mal tiempo. A pesar de ello, no dejan de sacar a los niños en su cochecito, aunque bien protegido. Son las nueve y media cuando pregunto por la toilette. Como no hay público, me hacen pasar al privado, sin cierre y con la lavadora en marcha. Oigo un pitido periódico que no sé qué significa. Lo digo al salir. Me responden que es normal. Son las 10:45. Me parece buena hora para abordar de nuevo el camino que me devuelve a la costa y que me obligará a caminar por otro estrecho paso, más angosto que el de ayer y anteayer, para llegar al albergue de Fjaltring. Confío en que haya sitio para mí.
Antes de marchar me acerco a una de las panaderas que prepara un pastel para una fiesta infantil. Cuando lo veo, dudo de que la masa que conforma el muñecote sea dulce, a juzgar por los elementos decorativos que la artista va añadiendo: manos y pelo de lechuga; huevo duro, laminado con máquina manual, a modo de gorro protector de la cabeza… Me parece que lo único dulce es el azúcar líquido blanco con que lo ha embadurnado por encima. Parece que es un encargo, pues está encartonado en caja similar a la que emplean para el reparto de las pizzas. Será de encargo, pero me parece poco apetitoso. Le pido inmortalizarlo en foto, aunque aún no está acabado. Agradezco, me despido también de la polaca y me pongo la capa antes de salir de nuevo hacia el mal tiempo. Me han dicho que pronto encontraré el carril bici.
El ventarrón
continúa.
Si antes de llegar a
la panadería ya he gritado dos veces “¡joder!”, ahora lo
volveré a repetir: “¡joder, joder!”. El ventarrón sigue siendo
terrible cuando voy por la carretera. En este primer tramo, estoy
caminando casi frontal al viento y controlo mejor mi cuerpo. Será
peor cuando me sople del lado izquierdo, me desequilibrará más.
La recta es de las de nunca acabar pero, por fin, llego a la duna. Ya estoy también en el carril bici. Por suerte la duna, que más parece dique, y que está muy cubierta de vegetación, no me lanza arena proveniente de la playa, como ocurrirá más tarde. Empieza a llover, pero la capa se sigue portando de maravilla. El aire ya me viene de lado, a veces a ráfagas, y otras me llega de todas partes. Las señales me ofrecen la playa Fjand, pero ni es día de playa, ni las condiciones atmosféricas invitan a sacar la cámara. Sólo lo imprescindible para ilustrar la etapa. Es así como empiezo a caminar entre el Mar del Norte y de un nuevo fiordo, el Nissum fjord aunque, de momento, ni lo veo. De repente, aunque ya no llueve, la tormenta se vuelve de arena. Es como si en Canarias, llegara en forma de calima desde el desierto africano. La diferencia es que allí, nubla la atmósfera y aquí la arena pica con daño en mis desnudas piernas. Los brazos los escondo bajo la capa y con la cara la evito como puedo, también con la visera ladeada protegida bajo el gorro de la capa. El motivo por el que la arena me llegue lanzada, como por el chorro de granalla devastadora de la fundición en la que trabajé tantos años, es que la duna está pelada de vegetación en algunas zonas y el fuerte viento la empuja con fuerza. Las gafas también las protejo como puedo.
No quiero que los cristales sean pulidos por granalla gratuita. Soy fuerte y, aunque pica en las piernas, el dolor es soportable. Quizás, hasta suponga un masaje benefactor para seguir caminando. Por fin me voy acercando a Torsminde, que está hacia la mitad del fiordo Nissum. ¿Ese "Tor" inicial, no querrá significar algo relacionado con las tormentas, en este caso, tormentosas tormentas de arena? Saco foto de lago, con la superficie de agua y el matorral de rosa mosqueta zarandeado por el viento.
La recta es de las de nunca acabar pero, por fin, llego a la duna. Ya estoy también en el carril bici. Por suerte la duna, que más parece dique, y que está muy cubierta de vegetación, no me lanza arena proveniente de la playa, como ocurrirá más tarde. Empieza a llover, pero la capa se sigue portando de maravilla. El aire ya me viene de lado, a veces a ráfagas, y otras me llega de todas partes. Las señales me ofrecen la playa Fjand, pero ni es día de playa, ni las condiciones atmosféricas invitan a sacar la cámara. Sólo lo imprescindible para ilustrar la etapa. Es así como empiezo a caminar entre el Mar del Norte y de un nuevo fiordo, el Nissum fjord aunque, de momento, ni lo veo. De repente, aunque ya no llueve, la tormenta se vuelve de arena. Es como si en Canarias, llegara en forma de calima desde el desierto africano. La diferencia es que allí, nubla la atmósfera y aquí la arena pica con daño en mis desnudas piernas. Los brazos los escondo bajo la capa y con la cara la evito como puedo, también con la visera ladeada protegida bajo el gorro de la capa. El motivo por el que la arena me llegue lanzada, como por el chorro de granalla devastadora de la fundición en la que trabajé tantos años, es que la duna está pelada de vegetación en algunas zonas y el fuerte viento la empuja con fuerza. Las gafas también las protejo como puedo.
No quiero que los cristales sean pulidos por granalla gratuita. Soy fuerte y, aunque pica en las piernas, el dolor es soportable. Quizás, hasta suponga un masaje benefactor para seguir caminando. Por fin me voy acercando a Torsminde, que está hacia la mitad del fiordo Nissum. ¿Ese "Tor" inicial, no querrá significar algo relacionado con las tormentas, en este caso, tormentosas tormentas de arena? Saco foto de lago, con la superficie de agua y el matorral de rosa mosqueta zarandeado por el viento.
Torsminde.
En algunos sitios lo
leo con “h”, Thorsminde. Lo asocio con algo relacionado con el
dios Thor. “¡Por Thor y Odín!”, del Capitán Trueno. Me
adelanta en bici una pareja con la que ya he coincidido algún día
anterior, aunque hoy su indumentaria está cubierta por equipo para
la lluvia.
El carril bici ya no sigue paralelo a la carretera y, entrando al pueblo, los pierdo de vista. Me meto por allí y no veo más que casas. Llego al puerto y veo la recia esclusa, al fondo. Una escalera me lleva a la carretera, pero sin acceso. Llego al lugar en que el fiordo se comunica con el mar. La superficie no es plana, debido al fuerte viento que hace, que no suele ser lo habitual en los puertos, pero la salida al mar se ofrece tempestuosa. Las olas saltan sobre el dique artificial protector del puerto. No quiero estar más tiempo a la intemperie y busco un lugar para comer.
El carril bici ya no sigue paralelo a la carretera y, entrando al pueblo, los pierdo de vista. Me meto por allí y no veo más que casas. Llego al puerto y veo la recia esclusa, al fondo. Una escalera me lleva a la carretera, pero sin acceso. Llego al lugar en que el fiordo se comunica con el mar. La superficie no es plana, debido al fuerte viento que hace, que no suele ser lo habitual en los puertos, pero la salida al mar se ofrece tempestuosa. Las olas saltan sobre el dique artificial protector del puerto. No quiero estar más tiempo a la intemperie y busco un lugar para comer.
Comida en
freiduría de Torsminde.
Veo un fish&txips,
pero hay que comer fuera y no está el día como para comer en la
terraza. La chica me dice que hay un restaurante en el otro lado del
puerto. Paso al otro lado. El mar choca contra los pretiles con
fuerza. Entro a preguntar en un supermercado y el cajero me deriva
hacia un hotel que no existe o que yo no consigo encontrar. Una mujer
con niña me hace retroceder. Otra, con joven, me dice que suba al
café. Tras sacar foto a iglesia con campanario sin campana, pues
éste está apartado de la iglesia, en la explanada frontal.
Por allí encuentro otro lugar en que lo mismo fríen salchichas que pescado. Cada día me parecen más repugnantes estas freidurías. Me acerco al Museo St. George. No es hora de museos y, además, algo tengo que comer y ya es la hora de hacerlo. Entro n la freiduría y pido pescado y hamburguesa. Me ponen una enorme cantidad de patatas fritas que, casi todas, allí se van a quedar. El pescado está jugoso bajo su capa empanada o rebozada, pero la hamburguesa es aún peor, si cabe, que la última que comí en Ficoba. Como con los dos platos ha venido acompañamiento de ensalada, me hago una rica ensalada, que va a ser lo mejor de la comida. La aliño con el limón que venía con el pescado. Pago con Visa 164dk. Mientras estoy comiendo, han llegado dos hombres que, como miran donde sentarse, les ofrezco mi mesa. Pero van a comer una mierda de comida rápida y les basta con una mesa alta que está libre. Yo odio las mesas altas. No hay forma de descansar las piernas y poner bien los pies. Llegan otros, miran y, al ver que no hay otro sitio, no dicen nada. No quiero ser insistente.
Por allí encuentro otro lugar en que lo mismo fríen salchichas que pescado. Cada día me parecen más repugnantes estas freidurías. Me acerco al Museo St. George. No es hora de museos y, además, algo tengo que comer y ya es la hora de hacerlo. Entro n la freiduría y pido pescado y hamburguesa. Me ponen una enorme cantidad de patatas fritas que, casi todas, allí se van a quedar. El pescado está jugoso bajo su capa empanada o rebozada, pero la hamburguesa es aún peor, si cabe, que la última que comí en Ficoba. Como con los dos platos ha venido acompañamiento de ensalada, me hago una rica ensalada, que va a ser lo mejor de la comida. La aliño con el limón que venía con el pescado. Pago con Visa 164dk. Mientras estoy comiendo, han llegado dos hombres que, como miran donde sentarse, les ofrezco mi mesa. Pero van a comer una mierda de comida rápida y les basta con una mesa alta que está libre. Yo odio las mesas altas. No hay forma de descansar las piernas y poner bien los pies. Llegan otros, miran y, al ver que no hay otro sitio, no dicen nada. No quiero ser insistente.
Una familia de
Vildbjorg.
Llega una familia.
Aunque no caben todos, aceptan sentarse en mi mesa. Son cinco, el
matrimonio, la mayor de 8 años y los niños de 6 y 3. Todos tienen
unos ojos preciosos. Están de vacaciones. Los mayores han hecho una
comida parecida a la mía, pero los niños han comido “mierda”.
Él me recomienda que no deje de ver algo, que no entiendo, cuando
llegue a Hanstholm. Me o enseña en su móvil, en Internet. Está en
el extremo superior de mi mapa. Un cabo antes de que la costa de
Dinamarca se escore hacia el Nordeste. Llegaré allí en tres
jornadas. Será el lugar donde encontraré a los navarricos hermanos
Cacho. Uno de los niños se pone los vasos en las orejas. Me recuerda
a cuando de niño oía el mar en una caracola marina. Le regalo la
caracola que cogí en Fano. Les enseño mis dibujos. Después de que
han comido, mis compañeros de mesa daneses se van. No sin antes
desearme buena continuación. Pido una cerveza, por la que pago 30dk.
Son las 13:45 cuando acabo de escribir y también me voy.
En marcha por el
desfiladero.
Entre mar y fiordo,
me pongo en marcha otra vez. Busco carril bici. El viento no amaina.
Si avanzada la mañana me he quejado de la arena, ahora parece que
estoy dentro del chorro de granalla. Ahora sí que pica. Me va a
dejar las piernas pulidas y afeitar todos los pelos. Aunque las tengo
a un paso, no me asomo a ninguna de las playas cuyos accesos se me
ofrecen. Tampoco me acerco a las playas del otro lado, las de los
fiordos, que también dibujan otra larga playa. Ni las veo. Bastante
tengo con pelear contra el viento y la arena que arrastra. Recibo la
impresión de que mi capa va a terminar por rasgarse en algún lado.
Cuando llegue a Fjaltrin sólo tendré que atar los clips que se han
soltado. Si hubiera carril bici por la derecha, iría algo más
alejado de la duna, pero como no lo hay, prefiero ir controlando los
coches que me vienen de frente. Para compensar mi enfado, sigo
soltando algún “¡joder!” más, y algún improperio más de mi
repertorio, pero sin obtener resultado positivo alguno. Sólo me
sirve de desahogo. No quiero enfadarme demasiado pues, al menos, no
llueve.
Bovling Klit.
Bovling Klit.
A pesar del viento y
lo mal que voy, aún tengo el humor de sacar una foto de este pueblo,
que sólo veo de pasada. Elijo un ancla de gran tamaño, que está
defendida por dos cañones de un tamaño tan pequeño que no guardan
relación con lo que simulan proteger, toda la pesca del pueblo y sus
barcos pescadores. En un rinconcito a resguardo de las inclemencias
del tiempo, también fotografío, junto a la tubería de desagüe del
tejado, un pequeño banco de piedra y utensilios florales, aunque sin
flores.
El suelo de piedrecillas blancas parece que más que para hacer bonito, puede cumplir la función de drenaje del agua que escancie el tubo. No lo puedo asegurar.
El suelo de piedrecillas blancas parece que más que para hacer bonito, puede cumplir la función de drenaje del agua que escancie el tubo. No lo puedo asegurar.
Dina y su
AL-46686.
En mi desespero por
tener que hacer tanto esfuerzo por contrarrestar la fuerza del
vendaval, decido dejarme caer de espaldas con el freno de la mochila
y descansar de la pelea por un rato. Por lo visto, alguien me ha
observado la maniobra y, en cuanto tiene oportunidad hace un giro en
la carretera y se acerca para ofrecerme socorro. Se trata de Dina. Me
pregunta si necesito ayuda y le digo que ya que he ido toda la
jornada contra el viento, que pelearé hasta llegar al Danhostel. Me
dice que el de Fjaltrin está a cinco kilómetros. Agradezco su gesto
y continúa. Es cuando anoto la matrícula de su coche. Creo que está
bien, como la he escrito en el encabezamiento. Saber los kilómetros
que quedan para el albergue, también me anima.
Cuando pasa de nuevo, para coger la dirección que llevaba inicialmente, me saluda Dina y yo correspondo, elevando la mano. Más adelante llego a un prado y un grupo de vacas se acerca a mi paso. ¿Estarán hambrientas y esperan que yo les dé algo de comer?, no parece, ya que tienen hierba más que de sobra. ¿Querrán darme calor con su aliento? Unas son blancas con manchas negras y otras negras con manchas blancas. La proporción es variopinta.
Cuando pasa de nuevo, para coger la dirección que llevaba inicialmente, me saluda Dina y yo correspondo, elevando la mano. Más adelante llego a un prado y un grupo de vacas se acerca a mi paso. ¿Estarán hambrientas y esperan que yo les dé algo de comer?, no parece, ya que tienen hierba más que de sobra. ¿Querrán darme calor con su aliento? Unas son blancas con manchas negras y otras negras con manchas blancas. La proporción es variopinta.
El viento
arrecia.
Llego a un lugar en
que la duna está más pelada de vegetación, donde el chorro de
arena es mayor. Probablemente sea porque la velocidad del viento es
aún mayor allí. No me queda otra opción que la de ir andando de
forma lateral, para que el viento dé a mi espalda y sea mi mochila
la que lo reciba frontal. Seguro que ella no se queja. Me vuelvo a
sentar en la hierba, esta vez sin dejarme caer, y espero a ver si
amaina un poco el viento.
Ahora va a ser mi capa la que reciba todos los perdigonazos de arena. Estoy así unos minutos y luego avanzo hasta que finalice la zona de duna pelada. En el poste indicador del lugar aparece el nº C-176 y el número para llamar en caso de necesidad es el mismo para toda Europa, el 112.
Ahora va a ser mi capa la que reciba todos los perdigonazos de arena. Estoy así unos minutos y luego avanzo hasta que finalice la zona de duna pelada. En el poste indicador del lugar aparece el nº C-176 y el número para llamar en caso de necesidad es el mismo para toda Europa, el 112.
El viento amaina.
Una vez pasado
Bovling Klit, y acabado el fiordo Nissum, más que amainar el viento,
lo que ocurre es que la carretera ya tiene más posibilidades de
meterse hacia el Este y lo hace. No tiene por qué ajustarse a la
estrechez de la angosta franja de tierra entre mar y fiordo. Este
pequeño alejamiento de la costa y de la arenosa duna, es la que me
da la sensación de que se ha reducido el viento. En realidad sigue
igual, pero a mí me llega con menos velocidad y camino mejor. En la
carretera no veo ningún indicador del pueblo en que está el
albergue, aunque sé que ya estoy llegando, por la información de
Dina y porque lo leo en mi mapa.
Llegando a
Fjaltrin.
Veo de lejos una
iglesia pero la dirección de la carretera me parece que me la quiere
vadear, como si la quisiera escamotear. No sé ni cómo me doy cuenta
de que ese es Fjaltrin, el pueblo al que voy, pues en la carretera
por la que voy no aparece ningún indicador.
Pero llego al cruce con otra carretera, y allí sí lo pone. Es probable que esté bien indicado si hubiese seguido la carretera pero, en mi deseo de llegar, me he precipitado a coger una desviación errónea. Fotografío el cartel de entrada al pueblo.
Pero llego al cruce con otra carretera, y allí sí lo pone. Es probable que esté bien indicado si hubiese seguido la carretera pero, en mi deseo de llegar, me he precipitado a coger una desviación errónea. Fotografío el cartel de entrada al pueblo.
Buscando
Danhostel. Bárbara.
Cuando llego a otro
cruce, pregunto a un joven que anda en patinete. Me dice que el
albergue está allí mismo, en las escuelas. Veo el cartel y subo
unas escaleras. Abren de 16:00 a 18:00 horas y acaban de dar las
cuatro en el reloj de la iglesia. ¡Qué puntual he sido! Ni
queriendo. Por la carretera viene una mujer y le pregunto si es ella
la recepcionista. Me dice que no. Leo en un papel que recepción está
en el nº 2 de otra calle y, cuando estoy yendo hacia allí, el chico
del patinete comenta con Bárbara, rubia joven y guapa, que está
allí con sus hijos. Entramos en el supermercado mini y el de allí
llama por móvil sin ningún resultado. Puedo hablar castellano, pues
Bárbara lo aprendió en Colombia. Es ella quien me acompaña al
albergue, aunque se adelanta en su “carro”, como llaman al coche
los latinoamericanos. Cuando llego, ya la encuentro hablando con la
recepcionista.
Danhostel
Fjaltrin.
Antes yo había ido
a puerta equivocada. Bárbara me ayuda a negociar lo de las sábanas
y es la primera vez en que me hacen un descuento del 20% al presentar
mi carnet de alberguista. Por una sábana pago 20dk. Dormiré con
ella encima y si tengo frío me echaré también el edredón. Es en
habitación nº 6, para cuatro, pero dormiré yo solo. Pago con Visa
267,54dk. Está albergado también otro danés que sabe castellano
porque estuvo casado con una mexicana. Él está con su familia en el
albergue, y hoy tienen cena con más familiares. Así que no acepta
mi oferta de compartir conmigo lo que voy a comprar en el market.
Mi compra en el
market, Let Kob.
Decido hacerme una
paella elemental y compro unas gambas congeladas, aceitunas, ajos y
arroz. Les pediré un poco de aceite y regalaré lo sobrante a la
familia, ajos y arroz. Pago con Visa 134,67dk.
En el albergue.
Cocinando y cenando.
Ya en el albergue,
Arne me deja mandar un mensaje cortito y él mismo lo escribe pues no
tiene ratón y yo no sé manejarme sin él. Luego cago, me ducho,
lavo la ropa y, por primera vez, también el jersey. Lo tiendo al exterior. Ya estoy en el
siguiente cuadrante, la siguiente doblez, de mi mapa general. Estos
últimos días están siendo de poco avance, principalmente por el
mal tiempo y el viento. Por suerte mañana va a ser el tercero y
último día con viento fuerte anunciado. Es lo que me ha asegurado
Bárbara. ¡Pido que no dure todo el día!
Voy a la cocina e inicio los preparativos de la cena. Para los pocos ingredientes de que dispongo, la paella sale bastante aceptable. La acompaño con un poco de ensalada que me ha dado la familia de Arne. Les había sobrado y la pensaban tirar. Tenía lechuga, pepino, tomate, aguacate y frutos secos. Me ha sabido a gloria.
La familia de Arne.
Algunos niños pululan cercanos a mí, vienen para dejar los platos de postre. Arne me presenta a su madre. La exmujer mexicana vive en Copenhague. No le perdona que la haya abandonado por otra mujer con dos hijos mayores. Los pequeños son de ellos dos. Cuando he terminado mi cena, me dan un trocito de pastel y unas fresas, que acepto encantado. El pastel está riquísimo y menos dulzón que los que me ofrecen para los desayunos. Mientras como, y escribo, oigo la música que tiene puesta la familia. A veces, acompañada con voces de niños. Me gusta y se lo digo a él. Le agrada que se lo diga. He fregado, y la botella de vino blanco Padthaway del Sur de Australia, de 2013 (Mi hermana Sagrario diría que habría que consumir la cosecha de 2014 ahora, como muy tarde), me está entrando muy bien. Me gustaría tener más tiempo para conversar con Arne. Me ha preguntado por mi profesión y, no sé por qué razón, o qué nos ha interrumpido, que me he quedado en mi época de contable. Espero que luego sigamos un rato más de charla. A media tarde, el sol ha roto el cielo y ha brillado mientras cenaba. El sol está por el lado en el que he tendido la ropa, y espero que no haya volado con el ventarrón. Iré a verlo más tarde. El calzoncillo lo he metido en mi habitación, que da al otro lado. Le he preguntado a Arne por el trigo, y le he añadido que no creo que llegue a madurar. Me ha respondido que no es trigo, sino cebada, y que lo emplean como forraje para el ganado. ¿La podrán emplear también para fabricar cerveza? Detrás de la cristalera, estoy viendo un campo precioso cuya vegetación se está bamboleando con el brutal viento. La máquina se ha cargado a medias, pero he podido sacar foto de la paella elemental, el vino y la ensalada. No me ha hecho falta pan. Por fin una comida sin acompañamiento de patatas fritas. He estornudado tres veces mirando al sol, mientras la paella estaba en ebullición. Ha habido un momento que casi se me torra en la base por estar hablando con Arne. Sólo se me ha chamuscado lo mínimo. A muchos catalanes y valencianos les gusta más así. Habían abierto la puerta del comedor y la he cerrado para mi cena. Me da la impresión de que lo que estoy contando va algo deslavazado, pero es coherente con mis buenas vibraciones y lo a gusto que estoy. Hace tiempo que no se oye a los niños. Se han esfumado. Tras la cena, me acerco más al grupo. Arne me dice que este tipo de viento, tan huracanado, se produce tres o cuatro veces en el año, pero que nunca había ocurrido en julio. Se ve que ha sido una excepción para que yo lo pueda conocer… Lo hubiera preferido ignorar y no tener que soportarlo. Me dice que va a una velocidad de 23 metros por segundo, ¿unos 83 kilómetros por hora? Me siento incapaz de calcularlo. Yo creo que va más rápido. Su mamá le ha preguntado los años que tengo. Ella ya cumplió los 87. Le pido permiso para abrazar a su madre y Arne me dice que cree que le gustará. Así que cuando se levanta para marchar a su casa, me acerco a ella y la abrazo. Arne se la lleva en su coche. Vive en un pueblo cercano, hacia el interior. Allí soplará menos el viento, pienso. Un padre, de los comensales, se va a acostar a sus niños. La madre, joven, anda a vueltas por la cocina. Yo me acerco con los restos de mi botella y hablo con la mujer de Arne. Le enseño los dibujos del viaje. Llega la mayor de las niñas y se aplica en preparar la masa para hacer dos panes. Les hablo de las experiencias de Piaget y la importancia que daba a la manipulación de objetos, fundamental para la adquisición de los conocimientos. La chavalita disfruta amasando y a la mujer de Arne, que no es la madre, también le divierte espolvorear más harina a la masa pringosa y a las manos de la panadera. Finalmente queda una masa manejable, que ya no se pega, y que quedará en reposo para hacer el pan de mañana. Corta el bolo en dos con un cuchillo. Hecho esto, la niña desaparece. Hemos acabado la botella de vino. La verdad es que quedaba ya poco. Ha vuelto Arne de dejar a su madre en casa. Con su ordenador, rehacemos mi viaje por las Frisias. De isla en isla, con el salto de Borkum a Amrum y Sylt y luego las tres Frisias danesas. Arne es periodista. Le tocó estar en España, en Madrid, cuando ocurrieron los atentados de Atocha. También con la victoria de Zapatero. Hablamos de Aznar y de su deseo de que los terroristas hubieran sido de ETA. Le hablo de José António Cerejo y de su periodismo de investigación, en el periódico Público, de Lisboa. A las 23:30 nos deseamos buenas noches y nos vamos, cada cual, a su cama.
Voy a la cocina e inicio los preparativos de la cena. Para los pocos ingredientes de que dispongo, la paella sale bastante aceptable. La acompaño con un poco de ensalada que me ha dado la familia de Arne. Les había sobrado y la pensaban tirar. Tenía lechuga, pepino, tomate, aguacate y frutos secos. Me ha sabido a gloria.
La familia de Arne.
Algunos niños pululan cercanos a mí, vienen para dejar los platos de postre. Arne me presenta a su madre. La exmujer mexicana vive en Copenhague. No le perdona que la haya abandonado por otra mujer con dos hijos mayores. Los pequeños son de ellos dos. Cuando he terminado mi cena, me dan un trocito de pastel y unas fresas, que acepto encantado. El pastel está riquísimo y menos dulzón que los que me ofrecen para los desayunos. Mientras como, y escribo, oigo la música que tiene puesta la familia. A veces, acompañada con voces de niños. Me gusta y se lo digo a él. Le agrada que se lo diga. He fregado, y la botella de vino blanco Padthaway del Sur de Australia, de 2013 (Mi hermana Sagrario diría que habría que consumir la cosecha de 2014 ahora, como muy tarde), me está entrando muy bien. Me gustaría tener más tiempo para conversar con Arne. Me ha preguntado por mi profesión y, no sé por qué razón, o qué nos ha interrumpido, que me he quedado en mi época de contable. Espero que luego sigamos un rato más de charla. A media tarde, el sol ha roto el cielo y ha brillado mientras cenaba. El sol está por el lado en el que he tendido la ropa, y espero que no haya volado con el ventarrón. Iré a verlo más tarde. El calzoncillo lo he metido en mi habitación, que da al otro lado. Le he preguntado a Arne por el trigo, y le he añadido que no creo que llegue a madurar. Me ha respondido que no es trigo, sino cebada, y que lo emplean como forraje para el ganado. ¿La podrán emplear también para fabricar cerveza? Detrás de la cristalera, estoy viendo un campo precioso cuya vegetación se está bamboleando con el brutal viento. La máquina se ha cargado a medias, pero he podido sacar foto de la paella elemental, el vino y la ensalada. No me ha hecho falta pan. Por fin una comida sin acompañamiento de patatas fritas. He estornudado tres veces mirando al sol, mientras la paella estaba en ebullición. Ha habido un momento que casi se me torra en la base por estar hablando con Arne. Sólo se me ha chamuscado lo mínimo. A muchos catalanes y valencianos les gusta más así. Habían abierto la puerta del comedor y la he cerrado para mi cena. Me da la impresión de que lo que estoy contando va algo deslavazado, pero es coherente con mis buenas vibraciones y lo a gusto que estoy. Hace tiempo que no se oye a los niños. Se han esfumado. Tras la cena, me acerco más al grupo. Arne me dice que este tipo de viento, tan huracanado, se produce tres o cuatro veces en el año, pero que nunca había ocurrido en julio. Se ve que ha sido una excepción para que yo lo pueda conocer… Lo hubiera preferido ignorar y no tener que soportarlo. Me dice que va a una velocidad de 23 metros por segundo, ¿unos 83 kilómetros por hora? Me siento incapaz de calcularlo. Yo creo que va más rápido. Su mamá le ha preguntado los años que tengo. Ella ya cumplió los 87. Le pido permiso para abrazar a su madre y Arne me dice que cree que le gustará. Así que cuando se levanta para marchar a su casa, me acerco a ella y la abrazo. Arne se la lleva en su coche. Vive en un pueblo cercano, hacia el interior. Allí soplará menos el viento, pienso. Un padre, de los comensales, se va a acostar a sus niños. La madre, joven, anda a vueltas por la cocina. Yo me acerco con los restos de mi botella y hablo con la mujer de Arne. Le enseño los dibujos del viaje. Llega la mayor de las niñas y se aplica en preparar la masa para hacer dos panes. Les hablo de las experiencias de Piaget y la importancia que daba a la manipulación de objetos, fundamental para la adquisición de los conocimientos. La chavalita disfruta amasando y a la mujer de Arne, que no es la madre, también le divierte espolvorear más harina a la masa pringosa y a las manos de la panadera. Finalmente queda una masa manejable, que ya no se pega, y que quedará en reposo para hacer el pan de mañana. Corta el bolo en dos con un cuchillo. Hecho esto, la niña desaparece. Hemos acabado la botella de vino. La verdad es que quedaba ya poco. Ha vuelto Arne de dejar a su madre en casa. Con su ordenador, rehacemos mi viaje por las Frisias. De isla en isla, con el salto de Borkum a Amrum y Sylt y luego las tres Frisias danesas. Arne es periodista. Le tocó estar en España, en Madrid, cuando ocurrieron los atentados de Atocha. También con la victoria de Zapatero. Hablamos de Aznar y de su deseo de que los terroristas hubieran sido de ETA. Le hablo de José António Cerejo y de su periodismo de investigación, en el periódico Público, de Lisboa. A las 23:30 nos deseamos buenas noches y nos vamos, cada cual, a su cama.
A soñar con los
angelitos.
Se me olvida ir a
ver el jersey y la camiseta que he dejado tendidos en las cuerdas. Me
acuesto y echo el edredón por encima de la sábana. Cuando me
levanto a orinar por primera vez, lo aparto. En la tercera meada,
saco foto al sol de amanecer. Quedó totalmente cargada la batería
durante la noche, que había vuelto a enchufar tras de inmortalizar
la simpar paella. Me pregunto cómo haré para pasar las fotos al
ordenador, pues hasta ahora no lo tenía. Tendré que comprar un
cablecito que conecte la tarjeta de la cámara, como la que tiene mi
yerno Josu. En el contador aparece que me quedan 1700 fotos. ¿Serán
suficientes para lo que me queda de viaje este verano? ¿Llegaré a
Polonia? Esta es la primera noche en que noto un ligero dolor de
cabeza. ¿Será por el vino blanco Chardonay? ¿Por la mezcla con el
rosado que me echaron? A pesar de ello, duermo bien. Arne y su
familia viven en Copenhague. También vive allí su exmujer mexicana.
Sueño con baños imposibles, ni desnudo, ni vestido. Con alguien que
se ahoga y se tiran a salvarlo. Yo demoro en quitarme la ropa para no
tener que tirarme a ayudarle. El salvador consigue que el que se
estaba ahogando expulse todo el agua de sus pulmones. Cuando me
despierto por la mañana no estoy de humor para interpretar el sueño.
Balance de mi día
más ventoso.
Lo mejor ha sido
desde mi llegada al albergue y el encuentro con Arne, el periodista,
y su familia. La ayuda de Bárbara. Con ella y con Arne, me he podido
comunicar en castellano. También bonita ha sido la ayuda de Dina
cuando me he tirado al suelo para descansar de pelear contra el
viento, que me ha dejado poco margen para disfrutar en el camino de
esta jornada. Bien también el rato de desayuno en la panadería.

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