Etapa 33 (474) Aargab-Ojbjerg


Etapa 33 (474) 08 de julio de 2015, miércoles.
Aargab-Hvide Sande-Sandervig-Vederso-Ojbjerg.
Amanecer en Aargab.
Aargab está a poco más de dos kilómetros de Hvide Sande, donde tenía intención de llegar para alojarme en el albergue juvenil, pero la lluvia me animó a detenerme antes. Durante la noche me he levantado dos veces a orinar. Lo he hecho discretamente en el jardincillo. A media noche he visto dos faros potentes que, escondido en mi rincón, no me molestaban. El murete de ladrillos ocultaba el haz de luz. Me resisto a poner bien las dos sillas derribadas por la sombrilla verde al caer, probablemente, empujada por el fuerte viento. Tomo la pastilla de Indapamida.

 





Saco foto de la mesa con sillas y de mi cama en el rincón. Me acabo de vestir, completo la mochila y, para las siete ya estoy en marcha. No quería llegar demasiado pronto a Hvide Sande. Así tendré oportunidad de encontrar abierto el albergue y poder verlo y negociar desayuno.



Antes de alejarme de la zona, saco foto de la casa de ladrillo en la que he dormido, y del camino que ayer me llevó a ella y desde el que salte la valla. Ahora el mismo camino me vuelve a la carretera. El tramo de asfalto va a ser corto y, a estas horas, con poca circulación. Algunos coches que veo venir, se quedan por el camino.
 

El cielo ofrece bonitas nubes blancas sobre fondo azul, pero a lo lejos las que vienen no me auguran ninguna confianza. Bajo las nubes el mar interior al que la carretera se va acercando. Al menos la lluvia de ayer hoy no cae y voy expectante por la carretera. Pronto empiezo a ver los primeros edificios. También cerca el Ringkobing Fjord con las aguas bastante tranquilas.



 






Llego a una torre andamiada que ofrece unos cajones oscuros que no me atrevo a decir que sean bafles, altavoces de gran potencia, listos para emplear en algún concierto musical.


Como no paso al otro lado, no puedo saber si hay algún auditorio o campa similar a Woodstock o Wright.

Hvide Sande.
Fotografío el cartel anunciador de carretera. Ya me voy acostumbrando a su formato. Entro en el pueblo buscando la calle Numitvej, pero no logro encontrarla.


Paso por una iglesia que está cerrada. El reloj marca las 7:25 horas. Sus agujas no destacan bien sobre el fondo de la esfera. La torre es de base cuadrada y bastante alta y proporcionada al resto del edificio. Además está bien alejada del resto de los edificios. Quizás el que están construyendo ahora rompe un poco el buen criterio de dejar el espacio conveniente.

Aunque me ha parecido en fase de construcción, es muy probable que lleve ya tiempo en funcionamiento. Quizás cumpla también una función comunitaria. Es así que, sin encontrar el albergue, llego al puerto que también cumple la función de esclusa, en el lugar de comunicación del lago-fiordo con el mar. Veleros de mástil alto están varados en el espacio de la dársena deportiva. Una bandera roja con dos barras blancas cruzadas me hacen pensar en que esa es la enseña danesa.

Desayuno en Jvinds.
En un grupo de casas muy parecidas y unidas, veo una panadería, pastelería, heladería y lo que se tercie. Son seis en las que destaca el negro y algunas tienen el acceso al piso superior por el interior y otras por escaleras externas. Lo que me hace pensar en que sirvan a empresas diferentes el bajo y el primer piso. Las dos últimas ofrecen terraza de restaurante.


Pido un capuchino que, con un croissant y otro bollo con almendras, pago 54 dk. A las diez, todavía estoy escribiendo el diario. Compro dos postales. Una para la familia de Groot, que quiero escribir una vez finalizadas todas las islas Frisias. He aligerado de estorbos los mapas auxiliares y, mientras escribo, ha salido el sol, ha llovido, se ha nublado y, cuando salga de aquí, ya veremos lo que hace…, y lo que hago. Escribo la primera postal y la segunda será para Sagrario.

Buscando el albergue.
Echo las postales en un buzón rojo de Post y me acerco al puente. Van a ser dos. Cuando vuelvo a pasar por la iglesia, ya son las 10.30 pasadas. Desde esta posición, el edificio me sigue pareciendo tosco pero más equilibrado.


Además el edificio que antes he considerado que estaba demasiado cerca, ahora no se ve por estar detrás de la iglesia. Del lateral me gusta más porque el pórtico de entrada le da movimiento al conjunto que, sin él, sería muy lineal. El ábside no es curvo como el de las iglesias románicas, pero encaja con las formas del conjunto. Como no encuentro el albergue juvenil, me olvido de él. Además ya he desayunado y esa era una de las razones para buscarlo. Tampoco tengo intención de quedarme en él sino que quiero seguir camino, pero encuentro la biblioteca.


Biblioteca de Hvide Sande.
No encuentro oficina de información, vuelvo a pasar por el puerto y llego a la biblioteca. Me dicen que puedo usar el ordenador durante dos horas. Arranca lento, pero luego va muy bien. Tengo una petición de firma de Amnistía Internacional, pero no puedo responder a un cuestionario de TNS, tendrá que esperar hasta mi regreso en agosto. Algo nuevo. Tengo que pedir mi clave y resulta ser mi número de teléfono. Después de dar mi número de colaborador, le digo que lo dejamos para agosto. La dirección no me resalta en azul para entrar.



Aprovecho para escribir a la familia y decirles dónde estoy, aunque algo resulte repetitivo con la postal que he escrito a mi hermana. (Estoy escribiendo oliendo a hierba seca de la cama que me ha preparado en la cuadra limpia un campesino danés). La bibliotecaria me indica algún sitio para comer y, agradecido, me voy.
  

Esclusa.
Llego al lugar en que el lago-mar interior se comunica con el Mar del Norte. Le dedico un rato para observar la corriente que se forma en la salida.

Pollo congelado.
Del arcón a la freidora.
Llego a un restaurante que ofrece pescado y que, a juzgar por los precios, parecen buenos platos pero, al preguntarles si admiten tarjeta Visa, me dicen que no y me voy a buscar otra cosa.


Encuentro un Aldi que, sería una alternativa más barata. Veo algunos espirales de pasta en ensalada, pero no me apetece hacer una comida fría. Miro por la parte trasera y veo un grill y entro. Ha empezado a llover. En el Center Grillen, salchichas, más salchichas y poco más, pero veo oferta de medio pollo con patatas fritas y me animo y lo pido. Mientras como un pitilín de Frankfurt, entre pan con kétchup, algo de cebollita picada y unos trocitos de algo crujiente, y me lo como a gusto. Mientras lo estoy comiendo veo cómo saca del arcón un pollo congelado y lo mete, tal cual, directamente en la freidora. Como pasa mucho tiempo dentro del aceite, pienso que al final va a estar muy hecho, duro, seco y poco comestible. También oigo el crispar de las patatas friéndose al contacto con el aceite. Llega el plato y el pollo está sabrosísimo, tierno por dentro y crujiente por fuera. Como primero la pechuga que, como suele quedar seca es lo que menos me gusta y del resto sólo dejo los huesecillos mondos y lirondos. Lo que si va a sobrar va a ser más de la mitad de las patatas fritas. Eso que ya le había hecho quitar más de la mitad antes de echarlas al aceite. El pago de 117 dk, con Visa, lo he tenido que hacer antes de comer, he bebido un refresco de naranja. Me permitía comprar en el Aldi una cerveza pero la tenía que beber fuera. No está el día como para comer en la terraza. Todo el rato hay un hombre, siempre el mismo, jugando en el traga-perras que, de cuando en cuando, le devuelve alguna moneda. La máquina es muy bulliciosa cuando devuelve poco, pero silenciosa cuando se traga hasta el bolsillo del jugador. Al final me doy cuenta de que también hay una mujer jugando en otra. Entra un hombre que pide lo mismo que yo, pollo con patatas fritas. Mientras espera la fritura, lee el periódico. Cuando le traen a comida, se lo pido. No dice nada ni del Tour de Francia, ni de Wimbledon. Entran tres jóvenes y no sé lo que comerán, pues aún no les han sacado lo que han pedido. Sólo a uno y no me he fijado. Intenta entrar al retrete sin dar vuelta a la llave. Le ha parecido que estaba ocupado.
 

Entro yo y, cuando salgo, él entra tras mi ejemplo. Antes un chico ha comprado un paquete de tabaco y lo ha pagado con tarjeta. Creo que a mi pago no le han metido recargo. Sigue lloviendo y me pongo la capa. Uno ha dejado la moto bajo la tejavana, pero coincidiendo debajo de la cañería de desagüe. Se estaba mojando su moto mucho más que si la hubiese dejado a la intemperie.Cuando he pasado el puente, compruebo que aquí también tienen hábito de poner candados, cerrarlos y tirar la llave al mar. Es como un símbolo de haber terminado con algo desagradable. Recuerdo la finalización del servicio militar, y el abandono del candado del petate. Vida nueva, fuera ataduras.

Saliendo de Hvide Sande.
Me voy del lugar en que tan bien he comido, quizás en el mejor restaurante de todo mi tiempo en Dinamarca, y empiezo por carretera con carril bici. La señal de fin del pueblo me indica que voy camino del Lyngvig Fyr, que pienso puede ser un faro. El camino está más próximo al mar de interior que al Vesterhavet que, para mí, es el Mar del Norte. A mi izquierda veo pinares y dunas. El carril para bicis y peatones está separado de la carretera por una ancha franja de hierba. Todo lo que sea ir alejado de los vehículos es de agradecer.


Pronto me encuentro, al otro lado de la carretera, con la casa Ebenezer, construida en 1910. No sé qué utilidad tiene en la actualidad, pero un pequeño nicho superior en el tímpano donde confluye el tejado a dos aguas, me hace pensar en una antigua capilla, aunque no veo ninguna cruz por parte alguna. En algún tiempo, ¿pudo haber una cruz en dicho nicho? El edificio es sencillo y de ladrillo. Quizás lo más destacado sea el reborde del triángulo de esta fachada, pero como no paso al otro lado de la carretera para verlo al completo, no puedo decir mucho más. A pesar de ser yo muy curioso, ni me acerco a asomarme por las cuatro ventanas de fácil accesibilidad, donde podría haber vislumbrado algo de su contenido.

Parallelvej.
Sigo por carril paralelo a la carretera y encuentro un edificio de iglesia con torre alta. En primer término, pero también al otro lado del asfalto, una gran ancla destaca. Leo el indicador de Parallelvej, que interpreto como camino paralelo, pero que no creo se refiera a algún paralelo en particular. Un indicador de kilómetros me informa de que hay 12 para llegar a Sondervig, lugar donde finaliza el fiordo marino interior. Así que voy tranquilo teniendo más de dos horas por delante sin tener que pensar todavía dónde dormiré la jornada. Después vendrá otro lago más pequeño que no comunica con el mar.

Norre Lyngvig.
No andaba descaminado al pensar que por aquí habría un faro. Uno va captando algunas palabras de un idioma tan alejado lingüísticamente del mío. De este lugar fotografío dos conjuntos de casas. Ambos son de las mismas características. Estructura de ladrillo rojo y tejado de paja, tan habitual desde que llegué a Bretaña.


Ambos conjuntos son armónicos en cuanto a arquitectura y lo que más me llama la atención es la onda que el lucernario de la puerta obliga a hacer al tejado, una onda en disminución hacia la confluencia de las alas a dos aguas del tejado. Lo interpreto como un medio de dar prioridad al lugar de acogida del que viene de fuera. Una forma de priorizar el lugar de recepción. Tendré oportunidad de disfrutar de la acogida danesa esta tarde. En la segunda foto presento la carretera que separa los dos conjuntos de casas y que lleva hacia el faro. Lo veo al fondo. Un altísimo faro, con su linterna, que me parece desproporcionado para el lugar. Una costa que pereciera no crear peligros a los navegantes. Pero, si lo han hecho así, alguna razón tendrá. No voy a ser yo más papista que el Papa.



Klegod.
Estoy en camino hacia Sondervig. Antes de que se termine el muro de tierra que separa los dos mares y que, a partir de Hvide Sande se ha ido ensanchando, paso por una casa que, siendo más convencional y con tejado de teja, lo que más me llama la atención es el espacio exterior de ella, un prado bien segado donde luce sobremanera una hermosa planta con enormes hojas verdes. No parece que dé flores, pero quizás en la primavera…
 


En Holmsland Klitvej de Klegod, todo sigue igual. Carril bici en paralelo con la carretera y casas de las de tejado de paja impermeable. El mar interior muy próximo. En una zona de descanso, con casetas muy bajas, asisto a la quema de rastrojo controlada.



No veo fuego, sólo humo, pero como dice la canción zarzuelera, “por el humo se sabe dónde está el fuego”, aunque allí se empleaba con la función de resaltar lo que venía después: “del humo del cariño, nacen los celos”. No  soy celoso, ni tengo motivos para serlo, pero pongo celo en tratar de contar este viaje lo más verídicamente posible.
 

Antes de entrar en Sondervig, llego a un indicador que ofrece anticuario y camping. El letrero indica Solvej, que según mis conocimientos del sufijo “vej” me sirve para interpretarlo como “camino del sol”, más un deseo de verlo que una realidad en el día gris de hoy. Sigue lloviendo. El día irá a peor. Pero Solvej también me trae el recuerdo de la canción de Grieg, compositor, e Ibsen, autor del libreto, y su Peer Gynt. Me gusta más en su forma operística, pero también en concierto.

Sondervig.
Al llegar a Sondervig, veo un Meny y entro. Guardo la capa húmeda en mi mochilita. Compro dos paraguayos, una banana, una cerveza con limonada, Tuborg. Al pagar me cobran por la bolsita simple de los paraguayos (1dk) y por pagar con tarjeta de crédito, (0,29dk). Al cobrar, los empleados no saben qué hacer con la opción idioma. 

Por fin, aparece un tercero que le da a la tecla de continuar, pongo mi clave, y así puedo finalizar la operación. En total 16,74dk. Al salir, anoto cómo llaman al carril bici los daneses: Vestkyststien. Como todo en una mesa de fuera. Meto todos los restos en la bolsita pagada y la echo en una papelera. De recuerdo del lugar, simulando un petroglifo, saco foto de esta escultura. No sé si el petroglifo es auténtico de la época prehistórica, o si lo han hecho recientemente como ilustración de algo posible de encontrar por el entorno.








En cualquier caso su estructura es fálica, o así a mí me lo parece. Aprovecho, como fondo, el supermercado donde he hecho la compra, con su anagrama. Saliendo, veo una enorme escultura de arena, con la que se presenta la ciudad al concurso nacional. Es tan grande, que hasta cabe un dinosaurio, parece ser que el tema seleccionado es el de animales prehistóricos. Sin tener el ángulo necesario para ofrecerlo en toda su dimensión, fotografío lo que puedo. Creo que es suficiente para que os hagáis una idea del conjunto.

Houvig.
Saliendo por carretera, leo 18 kilómetros a Husby. No encuentro este nombre en mi mapa y pienso que pudiera ser una forma dialectal. En cualquier caso, no me importa mucho, ya que hoy ya no podré hacer tanto recorrido. Paso por caminos que se separan y juntan de nuevo con la carretera.


Después de tantas vueltas y revueltas, veo que el camino me va a sacar definitivamente a la carretera. Pronto, paso Houvig.

Hacia Vedersen klit.
En un prado, veo que han segado ya su gramínea y empacado la paja para forraje del ganado. Entre nubes y claros, parece que el mal tiempo va a dejarme un espacio de tregua.




Hasta parece que la paja cortada se ilumina con el sol. A mi derecha empiezo a ver el siguiente lago, el Vest Stadif Fjord. Muchas aves en el agua y molinos de tres aspas para la obtención de energía eólica en la margen de más al Este.

 

Empieza a soplar fuerte el viento. En la duna consolidada veo una escultura en madera que no sé si servirá como veleta para saber de dónde viene el viento o si la velocidad del mismo. Ya había visto algo similar en las Frisias, en Fano y en Schiermonnikoog.



Veo un panel informativo y una apertura en la duna. Es una oportunidad de ver el mar, aunque el viento lo dificulta, no sólo por su alta velocidad, sino porque además transporta partículas de arena que me dan en las piernas y en la cara, lo que me podría dañar los ojos.
 


A pesar de ello, tengo interés en asomarme. Subo la duna y veo un mar encabritado, imposible para un baño placentero. Habrá que esperar a que amaine.
 






Saco dos fotos desde la bocana de la duna, en las dos direcciones, una hacia el Sur, la segunda, hacia el Norte. Restos de bunkers hundidos en la arena y dos valientes en la orilla, es lo que fotografío en la primera.
 

No me tienta seguir por la orilla. Creo que la carretera me podrá proporcionar mejor oportunidad de cobijo, aunque las construcciones por las que voy pasando son escasas. El cielo permanece con nubarrones, y con pocas esperanzas de mejorar. Por tramo de carretera aparcadero, vuelvo a la carretera. En un prado veo cómo vacas blancas plácidas descansan sobre la hierba. Unas comen, otras rumian. El viento va a peor y comienza a llover de nuevo. Me vuelvo a poner la capa. La tercera vez. 
 
Paso por el Strandgaarden Museum, el Jardín de la Playa. El camino para ciclistas ha empezado de nuevo a alargarme en demasía el recorrido y decido y por la carretera. El azul del cielo ha desaparecido por completo. Ya no se ven las dunas, ni las siluetas de los árboles, envueltas en la vorágine infernal.
 
Ojbjerg. Campesinos acogedores.
Es el único topónimo que anotaré mañana. Llego a una casa de campesinos, donde me refugio, pero no veo señales de vida. Sigo a la siguiente me arrimo a su pared. No tiene voladizo que me proteja de la lluvia, pero en un ángulo me puedo proteger algo del fuerte viento.
 

He visto luz a través de una ventana y me paseo sin pedir ayuda. Un hombre abre la puerta del patio, que da acceso a su casa y a la cuadra, y me invita a pasar. Es danés y no sabe nada de inglés. El poco que yo sé me podría ayudar, pero serán los gestos los únicos que podré utilizar. Me las apaño para pedirle que me deje dormir en espacio a cubierto. Hay una puerta abierta desde donde veo aperos de labranza y una mesa de trabajo para hacer reparaciones y chapucillas. Acaba ofreciéndome cama de paja, que acepto gustoso. Va a ser mi primera vez de cama tan rudimentaria. Coge la paja y me la extiende en un rincón, frontal a la cochiquera, pero no hay animales en todo el establo. Una vez conseguida la cama, intento que me dé algo de cenar, pero eso ya va a ser más difícil. Consigo que me lleve a la cocina. Se ve que el matrimonio ya ha cenado, tiene todo fregado y la mujer está terminando de recoger. Quizás no tienen más que los víveres justos para su subsistencia. No puedo adivinar, así que me tengo que contentar con el tentempié comido en Sondervig. Les enseño mi diario y el cuadernillo de dibujos. Como último recurso saco un billete de 100 coronas y se lo ofrezco, pero ni aun así, consigo la cena que quiero. Desisto, no quiero malograr lo mucho conseguido, agradezco al matrimonio su acogida. Me despido con el tak de rigor y doy la mano a ambos. El hombre me acompaña y le digo que para las seis de la mañana ya me habré ido. Me dice que tiene las vacas en el campo.
 
Mi dormitorio en el pesebre de la cuadra.
Se ve que llevan tiempo sin tener animales pequeños, y la cuadra está muy limpia. Son las ocho cuando me decido a comer algo de mi alpiste. Me acostaré temprano con la paz del hospedado en lugar seguro. Pipas de calabaza, frutos secos una barrita energética y escribo el diario. Cuando tengo que orinar salgo a la calle, junto a tendido electrificado que emite chasquidos intermitentes. Probablemente para evitar que escape el ganado, en este caso, las vacas que no he visto más que de lejos, cuando el hombre las ha enseñado a lo lejos, en la llanada. Cerca veo dos ovejas peladas, que me observan mientras meo. No siento ningún pudor. Echo la colchoneta sobre la paja, y tengo la certeza de que si no igualo su distribución por el suelo, no voy a poder pegar ojo. El hombre había hecho un intento de igualarla con la sarda de dos dientes y, como la ha dejado allí, la cojo y actúo como el campesino que fuera yo en mis ancestros. Algo que no he hecho en mi vida, ni en casa de mis tíos Javier y Josefina, que tenían vacas y cultivaban sus tierras. Mi tío, junto a su tercer hermano, Damián, habían heredado el oficio de yugueros de su padre, mi abuelo materno, Santiago. Este viaje me da la oportunidad de recordarlo y de dormir sobre paja. Me siento un niño de belén. Me doy Aloe-Vera.Tengo que mejorar la distribución de la paja dos veces y saliendo del saco, lo dejo más plano y mullido. Creo que voy a dormir como aquel ángel de la canción: “Dormido sobre las pajas he visto un serafín…” me levanto a orinar a las 00.30 y a las 4.15, cuando ya los pájaros están con su repetitivo concierto matutino. El viento sopla durante toda la noche. Me alegro de haber elegido este espacio con techo bajo y no la sala contigua, abierta a los mil vientos. A la hora de la última meada, está lloviznando todavía.

Balance de jornada ventosa y lluviosa.
Hoy no he andado mucho, pero la tensión de la carretera, el viento y la lluvia, me han dejado para el arrastre. La invitación a dormir ha sido providencial y me ha evitado llegar calado. Una experiencia más para valorar la bondad y buena voluntad de la gente. Me siento más europeo.

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