Etapa 32 (473) Varde Borg-Aargab


Etapa 32 (473) 07 de julio de 2015, martes.
Vejers Strand-Borsmose-Henne Strand-Nymindegas-Argab.

Varde-Borg
Amanecer a la intemperie bajo techo.
Esta noche me he levantado dos veces a orinar. En la segunda compruebo que la luna ya se está reduciendo. He dormido bastante bien y a las seis me despierto. Es buena hora para levantarse. Varde-Borg es el nombre que leo en el tejado del edificio en que he dormido: Federación Danesa de Fútbol, Vardeborg.
 










Elegí el rincón de la derecha que es donde menos azotaba el viento anoche. Leo el nombre en el tejado y la foto la saco antes de recoger mi dormitorio. 
 
Me acerco al edificio que completa el espacio deportivo para entrenamientos, y allí leo a qué federación corresponde este equipo. No sé en qué división futbolística competirá. Tomo la pastilla, recojo mis pertenencias y para las 6:15 ya estoy en marcha. 
 
Confío en que vaya amainando el viento. Subo la duna y aprovecho para sacar una panorámica con los dos edificios y así mostrar la hondonada entre las dunas donde ayer encontré el lugar idóneo para dormir sin pagar. Siempre que pueda, después de comprobar que los albergues juveniles son tan caros en este país para ricos, dormiré al aire libre.
 


Subiendo y bajando dunas, llegaré a la playa. En la primera que he subido, ya he descubierto el horizonte, y así me siento ubicado en el mundo. Las dunas, aun siendo frágiles, están bien cubiertas de vegetación apropiada.

Desde lo alto de la duna, veo un puesto rojiblanco para vigía de socorristas, aunque a estas horas no hay nadie que vigile.

Una playa larguísima.
Hoy caminaré toda la jornada a borde de mar. El último tramo por una estrecha franja de tierra entre el Mar del Norte y un lago, comunicado por esclusa, que los daneses llaman fiordo. En esta ocasión es el Ringkobing Fjord.
 

Por la última duna, bajo a la playa. Veo paseantes de orilla que realizan su ejercicio matutino. Esta playa es de las larguísimas, de las que no permite ver el final. Recibo la misma sensación que cuando pasé por las costas landesa y girondina, en Francia. Aquí la diferencia está en que estas dunas son más altas. Periódicamente paso junto a casamatas que llevan mi mente hacia el recuerdo de Omag y el conjunto de costas de Normandía. ¿Las construirían también los alemanes? ¿O los daneses para defenderse de la invasión nazi? Un hombre se baña y veo cómo sale en bañador del agua. Dos mujeres entran a nadar y, mientras, el hombre se desnuda y seca parsimoniosamente con su toalla, sin que le arredre el fuerte viento que azota su cuerpo gentil. No entiendo por qué, si después no le importa estar desnudo, secándose en la arena, no se ha bañado desnudo. ¿Temerá que le pique un pez los cataplines? A esta hora tan temprana, casi toda la playa es para mí. Cuando camino, me doy cuenta de que la duna es menos alta de lo que me ha parecido al llegar, al verla desde arriba. 
 
Sigo con dudas porque en mi mapa veo la línea azul de un río con salida al mar y temo que tenga dificultades para cruzarlo. Un chico que viene de frente me asegura que no tendrá ningún problema en pasarlo y que, además, hay un puente siguiendo poco tramo hacia el interior. En zonas en que no hay torreta de socorrismo, ni personal que vigile, encuentro conjuntos de salvamento, con flotador y algún equipo de emergencia. En el primero leo: Tryg Fonden.










Cerca del mismo, una caja para primeros auxilios y un panel en el que se explica cómo son las corrientes en este lugar y dando instrucciones para que no se gasten las energías peleando contra el mar que, dejándose llevar, acaba sacando al náufrago hacia la orilla. A las 6:30 paro un momento a comer las patatas fritas con sabor a cebolla que me quedaron de ayer y la última banana. ¡Quién pillara un plátano! Echo la peladura en el primer cubo de basura, que está sin bolsa. Probablemente, se la habrá llevado la ventolera. En la bolsa de patatas hay una pegatina que pego en mi diario con un “I love Mallorca” y llave dorada. 

Me da opción a solicitar un premio consistente en un viaje a la isla mallorquina. Ya estuve allí y sólo volveré con el Imserso. Las patatas que me quedan las guardo para cenar esta noche.

Borsmose.
Cuando llego a Borsmose, encuentro el primer obstáculo en el camino. Llamar obstáculo a esto es mucho decir, puesto que el regato es fácil de pasar entre la duna y la orilla, siempre que no se tenga problemas para mojarse los pies.


Pero, además, un tablero hace de puente si vas calzado y no te quieres descalzar. Hacia donde está el puente, casi tapado por la duna, veo el primer bunker de la jornada. Llego a zona con bandera azul y otro pequeño bunker, del que la duna sólo permite ver su estructura superior. Es una pena que siga tan ventoso y que en una playa recomendada por sus características y limpieza de sus aguas, pase de largo porque no me apetece bañarme. Como es temprano y puedo aguantar algo más para desayunar, sigo adelante.
 
En mi mapa, Borsmose figura con un signo de camping. Supongo que tendrá cafetería. Una foto de la arena, la duna y el mar, permite hacer cálculos para saber lo que cuento. En la arena se aprecia una rodada de los artilugios que corren por la playa con tres ruedas y una vela. Ésta rodada se aprecia que es reciente. Mirando a la orilla sé que las olas rompen azotadas por el viento. El viento no lo puedo fotografiar, así que sólo la rodada y las olas son los indicios del aire que corre y que impide mi deseado baño antes del desayuno. Hoy tampoco será.

De Borsmose hacia Henne-Strand.
Es en este tramo donde los bunkers se generalizan. Veo varios a muy corta distancia, formando como una familia. Algunos han sido parcialmente destruidos. Lo que queda de ellos es tan mínimo que no tengo capacidad ni datos para saber si pudieron ser casamatas preventivas o de defensa de ataques desde el mar, o puestos de ataque a los navíos militares que se acercaran a sus costas. Sin aclarar ninguna de estas dudas, sigo adelante y cago tras el último. Entierro el óbolo bajo la arena fina. Hay coches que hacen su recorrido por la arena, aplastándola. A ratos voy por la arena aplastada y otras por la orilla. Así puedo variar de forma de pisar. He visto algunos carteles que parecen prohibir el baño en 1.400 metros. Será por ser zona de corrientes marinas peligrosas y una recomendación para que la gente se bañe en zona vigilada por socorristas.
 
Hay más paneles de cómo hacer si una corriente no deja al bañista volver a la orilla. Un chico veo que viene corriendo a lo lejos pero, faltando unos 300 m. para llegar a mí, se escora hacia el interior. ¿Estaré llegando a Henne-Strand?

Henne-Strand.
Cuando estoy llegando, el río que cruza la playa hacia el mar ya es más potente que el de Borsmose. Es playa con bandera azul. Se ve que, en algún tiempo, colocaron tocones de madera, troncos hundidos en la arena, que obligaban al río a seguir su cauce.


Hoy en día se han ido deshaciendo y, aun cumpliendo su función, parece que más por costumbre que por que se lo manden, el río no se sale de madre. Es aquí donde el informador de antes me ha dicho que hay un puente y, aunque podría cruzar el río por la orilla, me conviene cruzar al otro lado, pues ya es hora de que desayune. Cuando estoy mirando al río, una chica me señala donde está el puente. 
 
En la segunda foto que saco, hacia el puente, se puede ver que el río se ha ido desplazando del cauce por el que se le obligaba a ir, y los troncos delimitadores, en lugar de por el borde van por el centro de la corriente. Subo la duna y paso el puente, que sólo es peatonal. Al otro lado veo unos edificios para acampada y para vacaciones familiares. El desayuno lo tienen preparado y es como si fuera de bufet de hotel. Aunque una mujer pregunta e insiste, veo que no es lo que yo quiero, desisto y sigo mi camino. Padre e hijo, que pasan en bici, me dicen que Henne-Strand está muy cerca, así que continúo. Al llegar a una curva, una mujer me vuelve a decir lo mismo. Una liebre cruza la carretera perseguida por un cervatillo todavía sin cuernos. Ya sé quién va a ganar la carrera. Me impaciento cuando llego a dos caminos alternativos y, por fin, un conductor me indica por cual seguir. Cuando él me adelanta me ofrece llevarme, pero le agradezco y le digo que voy a pie. Finalmente, salgo a la carretera principal y pronto llego al pueblo. Empiezo a ver gente con panes y una pareja me dice que hay una panadería a 500 m.

Konditor Bager.
Entro en la panadería y tomo un capuchino y un pastel con fruta. Pago 39 dk y pago en efectivo. ¡Tonto de mí! ¿Por qué no pago con tarjeta? Hago las cuentas de las coronas danesas y me cuadran. Estoy contento por cuadrarme. Uno es un Feliciano y se alegra por cosas nimias. Desayuno a gusto y escribo hasta las 11:30. Me quedaba mucho que contar de ayer. Luego voy a coger agua y a buscar información en la oficina de Turismo. En este pueblo, todo está cerca.

Oficina de Información.
Me atiende muy bien una mujer de edad, que me aporta dos mapas que me ilustran, ampliando, el tramo estrecho que separa el Mar del Norte del Rinskobing Fjord, que es como un Mar Menor murciano, más que un fiordo noruego, al que no me asomaré hasta que llegue a Hvide Sande en el atardecer de hoy. Esos mapas me van a servir hasta que llegue a Nimindegab, el primero, es decir, poco más adelante, y el segundo, hasta cuando llegue a Vedersoklit, a donde arribaré mañana. Todo ello si me entero pues, como vaya por la playa, no sabré ni dónde estoy. Cuando salgo de información, veo un Danhostel, que informa que tiene camas libres. ¡No me extraña, son tan caros!

Danhostel Henne-Strand.
Tengo curiosidad y, aunque no abrigue intención de quedarme en él, entro para informarme. El cartel de camas libres lo habían sacado a la calle. Se ve que aquí la gente pelea por vender su producto. ¡Qué distinto que en Esbjerg! Aquel tenía tres estrellas y éste, sólo una. Pero si me dieran a elegir, me quedaría con el de aquí, donde la gente es amabilísima y, para mí, sería el más estrellado. Funciona sólo en verano, entre el 3 de junio y el 12 de setiembre. Se ve que aquí el verano termina pronto. Aunque sólo entro por curiosidad, una clienta se preocupa de buscar al jefe, y se empeña en que no me vaya hasta que éste aparezca. Al no tener intención de quedarme, me quería ir. Aparece el jefe, un hombre entrañable. Le digo que el precio del de Esbjerg, ya me cerró las puertas de todos los danhostel, que me pareció carísimo. Él me pide 200 dk (37€) y, después de hablar con él un rato sobre mi viaje, acaba ofreciéndome una cama, en habitación de cuatro personas, por 100 dk con las sábanas incluidas. Ha comprendido cómo es mi viaje y está dispuesto a colaborar. Es una lástima que no haya encontrado este danhostel al final de mi jornada. Tengo toda la tarde para caminar. Además quiero ir a la playa y buscar zona nudista con nudistas. Salvo la zona de 1400 m en que se prohibía el baño, el resto de la playa que vengo recorriendo perfectamente habría podido ser o hacerla yo nudista. Agradecido y apenado por no aceptar la generosa oferta, me despido y me voy. A él le reclaman para algo y me deja su ordenador para que contacte con mi familia. Me lo deja en Google y se va. Después de haber entrado en la biblioteca de Skaerbaek, ahora entro en mi correo sin ningún problema. Veo uno de Vera, en el que me dice que cree que va a tener trabajo todo el mes de julio y que ahora está unos días con sus tías, mis hermanas, pues Lucía ya vino de Londres. Sólo le respondo a ella y le digo dónde estoy. Pregunto a otra de las huéspedes por algún sitio para comer espagueti boloñesa. Me acompaña a la puerta y me indica dónde hay un restaurante italiano. No veo al jefe, así que, después de comer, volveré a despedirme.

Colosseo.
Tengo que ascender hacia la duna. No me parece buena su ubicación, pues no está de paso hacia la playa y, de hecho, el Colosseo tiene muy pocos clientes. Me recibe la camarera rumana Verónica quien, con su generosidad y desprecio a lo mundano, y apreciando mi viaje, me aliviará el sudor de la cara con su sudario, ¡bella Verónica!, aunque no dejaré ni una gota de sangre que no se pueda quitar con un buen detergente. ¡¿”A piedi”?! Se ve que con los compañeros habla italiano. Conmigo se entiende en un medio italo-spañol. Los espagueti que me sirve están riquísimos, con mucha carne picada y que, con el tomate y el agua que han soltado de la cocción, deja una salsa-sopa deliciosa, que como al final con cuchara. Es un utensilio que apenas empleo con la pasta, aunque los italianos casi siempre la sacan, como apoyo al tenedor. Pido medio litro de cerveza, que costaba 37 dk. Le pido la cuenta y me dice que no puede ser con tarjeta. Le digo lo fundamental que es en este tipo de viaje ir sin dinero efectivo. Ella lo entiende y habla con su jefe y, finalmente pago las 91 dk con Visa. ¿”Y la cerveza”?, le digo. “La cerveza no vale nada”, me responde Verónica. Otra muestra de generosidad en este bendito Henne-strand, que no olvidaré mientras viva. Cuando lo escribo ahora, pasados cuatro años, se me pone la carne de gallina. Vuelvo al albergue y doy un fuerte y doble apretón de manos al jefe, en reconocimiento por sus buenas intenciones y su ayuda. Salgo hacia la playa.

Blaabjerg Plantage, por la playa. Mamadas.
La carretera a la playa rompe el dique-duna, para dar paso a los coches que entran por el asfalto hasta la arena. En otros lugares fueron más puristas, haciendo pasos elevados para peatones, sin necesidad de dañar la duna. Se nota que por aquí es habitual que sople el viento.
 
Basta con mirar los bordes de la cuneta para ver cómo se acumula la arena que arrastra de la playa. Por donde bajan los demás, también yo bajo a la arena. La playa era con bandera azul al inicio de Henne-Strand, pero a medida que voy avanzando se va deteriorando. En la primera zona de arena, no a veo a nadie desnudo.
 

Como a pesar del viento y del oleaje me apetece dar un baño, me desnudo al pie de la larga duna, que sigue manteniendo la misma estructura, y me lo doy. Por esta playa también siguen circulando automóviles. Empiezo a ver algún nudista. Algunos observan algo desde encima de la duna y me acerco para verlo yo también. Dos mujeres están haciendo sendas mamadas a dos hombres, mientras los que he visto esperan turno. Una, para pasar el mal trago, está dando cuenta de una cerveza que bebe de gollete. El hombre se aleja y me pregunto, ¿Quién de los que mira será el siguiente? Es el tipo de nudismo que menos me gusta, en el que las personas que están desnudas se esconden. A veces, esconderse está justificado. Se protegen de la fuerza del viento. Bajo de la duna y me coloco al pie. Allí me doy otro baño de entrar y salir. Por la mañana había visto muchas medusas en la arena y me he dado dos ligeros resbalones al pisarlas sin darme cuenta. Un desliz mínimo, sin consecuencias, pues caminaba con sandalias. Ahora, saliendo del chapuzón, eludo a otra pequeñita para que no me inocule su urticaria. Me paseo para secarme y observo desde abajo a los observadores de arriba. Ahora ya sé lo que esperan. Pasean de duna en duna. Uno de ellos está con el pito contento disfrutando con lo que ve y no intenta ocultarlo. Otra pareja heterosexual baja de la duna. Ella se ríe y van hacia el agua para darse un baño. Él hace todo el camino entre duna y orilla con la verga enhiesta. Arriba hace mucho viento y lo compensan con el divertimento. Yo, en la arena seca, estoy en mejores condiciones. He colocado mi mochila de forma que me evita el aire que viene del mar y del Sur. Por la noche rolará a viento de Poniente. Así, sin que me moleste el viento, estoy muy a gusto. Tanto, que hasta descargo mi saquito. Un hombre que se asoma por encima de su duna, parece que se me ofrece. Acaba bajando y colocándose en posición similar a la mía, pero a unos cincuenta metros al Norte. También él se baña. Cuando sale del agua, me doy el último baño, me visto y me voy. Al pasar cerca del otro, me dice algo que interpreto como: “¿ahora que he bajado, te vas?” Voy siguiendo esta interminable playa.

Más playa.
Fotografío un trabajo que han hecho, me supongo que algunos jóvenes, que han pasado un rato en esta playa. Es un mosaico de nombres, que acaba con el de mi hija mayor, Sara, aunque con una “h” final que el de ella no lleva. Son las variantes idiomáticas de las distintas lenguas. Los nombres han sido puestos este año, 2015, y se supone que recientemente. Si no, la arena y el viento ya los habría borrado y hecho desaparecer. Leo: Marcus, Suse, Lisa, Nik, Finn, Teddy y Sarah. Parece que una chica despareja el grupo. 
 
Combino arena seca, con húmeda y orilla con agua, pero las piedrecillas me van obligando a variar mi ruta.

Por interior hacia Nymindegab.
Aburrido de tanto viento y con el baño tras dos días sin disfrutar del mar, queriendo saber dónde estoy, salgo de la playa por un paso entre dunas, donde lo que más destaca es la arena tan fina que me dificulta el ascenso. Una pareja baja a la playa y les pregunto en qué lugar me encuentro.


Él acaba señalándome el nº 34 del mapa que me han dado en turismo. Al menos ya sé algo más. Desde la cima veo la forma de contactar con un camino para bicicletas. Estas dunas, a pesar de la fragilidad que produce su arena tan fina, están bien consolidadas por las hierbas propias que crecen allí. En un puesto de venta, dos mujeres me dicen que estoy en el nº 35, aunque allí no pone nada, y que el pueblo del otro lado es Nymindegab.




Voy recorriendo tramos de carretera que son también para carril-bici y para los peatones y llego a una zona donde veo aparcados muchísimos coches. El recorrido hasta la playa lo tienen que hacer superando las dunas y a pie. Después del aparcamiento, veo el pueblo de Nymindegab, donde se supone que acaba ya el bosque de Blaabjerj Plantage.


Pronto voy a llegar al estrecho paso entre el Mar del Norte y el lago Ringkobing Fjord, del que ya os he hablado. Es estrecho en mi mapa, pero hay muchas veces en que no veo el mar, pues la alta duna me lo impide.


Acabo olvidando el carril-bici, puesto que da demasiadas vueltas, y me decido por continuar por la carretera, con asfaltado pésimo pero que, al menos, va más recta. Este va a ser el recorrido que creo voy a hacer hasta llegar a Hvide Sande. Lo anuncian a 23,6 kilómetros.

Espacio para pescadores.Si
Todavía sin salir del área de Nymindegab, llego a zona de lagos que, por el tipo de peces que ofrecen los carteles anunciadores, quiero pensar que son de agua dulce. Truchas, barbos, lucios, anguilas…, son los peces que se mencionan que, cuando piquen el anzuelo pasarán a ser pescados. Un pez es pez mientras nade en libertad, una vez pescado, si no se come fresco, a lo más que puede llegar es a la categoría de pescado congelado. 

Hoy en día lo recomiendan para evitar el anisaquis. Incluso comprándolo fresco, aconsejan que se congele en casa. La zona está bien preparada para los amantes de la pesca. Hay bancos y mesas para comer al aire libre cuando el tiempo acompaña. Mejor sin viento, pero eso ya no depende de las instalaciones. En el entorno veo también muchas plantas silvestres de la rosa mosqueta, ahora es la primera vez que la nombro por su nombre y es de la que ya os he hablado que sirve para mermeladas y cosmética.

Espacio para matadores.
Acabados los lagos, llego a otra zona en que está prohibido el paso, pues es zona reservada para la práctica de tiro.


Pero no es para cazar conejos, liebres, o aves, sino que es zona Militar donde el Ejército danés, afina su puntería. Un cartel con la real corona del país, lo anuncia. Yo que soy hijo de cazador y pescador, no heredé estas aficiones. De hecho, en mi paso por el ejército, entonces obligatorio, apenas me ejercité en el tiro a la diana, cuya finalidad no era cazar animales, sino a personas en caso de que se declarara la guerra. Una alambrada sencilla, pero que aseguraría está electrificada, delimita la zona. Por lo que amo la vida, no me conviene traspasar la barrera.


Hegnet.
Llego a una pequeña población con casas muy elementales y bajas, Hejnet que, aunque en mi mapa no lo veo, en algún sitio lo he leído al entrar. En ella se me ofrecen profusión de direcciones. Precisamente son de las que no sirven para nada. ¿De qué me sirve saber los kilómetros que hay desde aquí a Berlín, París o Bruselas? Ni de tantas ciudades más. 335 a Copenhague, quizás sea lo más interesante, pero depende de por dónde se vaya. Está claro que, por donde voy a ir yo, serán muchísimos más. En realidad éste no es un pueblo, sino una barriada. Lo mismo ocurrirá con el siguiente, Bjerregaard y Skodbjerge, por el que pasaré un poco más tarde.

Bjerregaard.
Llego a otro pueblecito similar al anterior. Las casas bajas de similares características. He dejado la carretera para evitar los coches, pero el carril bici me hace dar demasiadas vueltas por vericuetos que me van añadiendo kilómetros a los muchos que llevo ya andados hoy. Hará que los kilómetros a Copenhague se centupliquen.


En una de las curvas, por detrás de esta tierra de dunas, se asoma una bandada de estorninos, que forma sus dibujos puntillistas en el espacio azul con nubes difusas blancas del cielo. Como no quiero dar tantas vueltas, vuelvo a salir a la carretera. Ésta me va acercando a unas dunas altas, muy deterioradas que, al menos, algo me quitarán el viento que viene del mar.
 
La de la oficina de información me había dicho que se podría llegar por la playa hasta superar el lago Ringkobing. Yo creo que, llegando a Hvide Sande, habrá que pasar por esclusa, si es que el lago está comunicado con el mar. Veremos.

Skodbjerge,
Las señales van perfectas pero, al salir de uno de estos barrios, la pierdo y acabo en tierra de nadie.
 

Una casa con gente me pregunta qué busco y pregunto. Un hombre descalzo sale de ella y me acompaña hasta una señal que no había visto y que me ha hecho perderme. De todas formas me recomienda que vaya por la playa, que es por donde él cree que va el camino para los ciclistas. Había perdido la señal después de ver los kilómetros a Hvide Sande. Veo que la señal indicadora está tapada por hierbas que han crecido. Tras quitar alguna hierba seca y alguna planta pinchosa, le ruego que la mantengan para que no se confundan los siguientes caminantes. Si es que por aquí pasa alguno más que yo. No me da garantía de que lo vaya a hacer. Se asombra con mi viaje, con lo poco que le he podido contar en el tiempo de acompañamiento. Él ha caminado por la hierba, prefiere hacerlo por ahí que por las piedras. Yo también lo preferiría.

Entre dunas hacia Hvide Sande.
Me despido de este hombre que me ha encarrilado. El camino entre las dunas es precioso. Lo peor es que este carril-bici se sigue ondulando en todos los sentidos. Como una culebra sinuosa y haciendo badenes. Sube y baja y va de derecha a izquierda constantemente. A pesar de lo precioso que este camino, acaba cansándome de hacerme ir de aquí para allá, de arriba hacia abajo y otra vez arriba, así que decido salir definitivamente a la carretera, que ahora ofrece un buen asfalto. Dos chicos que venían corriendo, entrenando, me han asegurado que tiene arcén suficiente como para no temer a los vehículos. Van sin camiseta. Uno de ellos está gordito y las tetillas bailarinas le bambolean al correr. 

Cuando camino y carretera se unen, en un lugar en que unas piedras son obstáculo para que no entren coches, paso al asfalto. Hay mucha circulación. Lluve con cierta intensidad. Me pongo la capa. Es así como llego a la capilla de Getsemaní. Los daneses escriben: Getsemane. Es una iglesia diminuta, a la que ni intento entrar. Está cerrada a cal y canto.


Después paso por una bonita construcción, que muy bien podría ser el albergue juvenil, el Danhostel, pero donde no veo ningún indicador de ninguna especie. ¿Será una casa privada?, aunque me parece demasiado grande para ser sólo una vivienda. Esta construcción está rodeada de matorral de rosa mosqueta.



Norre Haurvig.
Así llego, por carretera a Norre Haurvig. Fotografío una panorámica de este pueblo o barrio. Probablemente pertenezca al núcleo principal de Hvide Sande. No lo puedo confirmar. Cuando para la lluvia, me dejo puesta la capa para que se seque mejor. Como tengo calor, me la quito y la llevo en la mano o entre pecho y mochilita. Finalmente la guardo en su sitio para ir más libre por la carretera y sólo pendiente de los coches. Pero comienza a chispear y no voy a ser tan tonto de mojarme y luego poner la capa mojada sobre la camiseta también mojada.

Aargab.
Cuando faltan tres kilómetros para llegar a Hvide Sande, empieza de nuevo a llover con ganas. Estoy en Argab. Veo un camino paralelo a la carretera y que me anima a ir por él. La carretera no ofrece nada a cubierto y este camino sí.


El camino se escora y se mete por la parte de atrás de una casa. Miro por los ventanales, y me da la impresión de que está deshabitada. Una vez dentro, el cielo se propone descargar toda el agua que quiere y más. Así que, definitivamente, me olvido del albergue que ofrece Hvide Sande y decido pernoctar en la trasera de esta casa. Confío en que nadie venga a echarme. Elijo el sitio en que voy a dormir bajo techo. Organizo mi cama. Como las patatas fritas que me quedaban y acabo la bolsa. Bebo agua. Me doy un masaje de Aloe-Vera en los pies. Les vendrá bien. Como no tengo otra cosa que hacer, para las 20:30 estoy acostado. Dos personas pasan hablando muy cerca de la valla de separación del recinto. Podría haber sido un problema si me hubiesen visto, pero estoy muy bien oculto. Llueve a mares sobre la mesa con sillas que están cercanas a donde estoy tumbado. La sombrilla verde a caído, derrumbando dos de las sillas, que están también caídas y descolocadas. Seguro que la ha tirado el viento, y no quiero ponerlo todo en su sitio para que los propietarios no sospechen que alguien ha allanado su morada.

Balance de un día por estrecha franja de tierra entre fiordo y mar.
Lo mejor del día ha sido lo acaecido en Henne Strand. Tanto las buenas vibraciones en el Danhostel, con la rebaja de precio propuesta, como el que me hayan permitido navegar en Internet y mandar correo a la familia. También en el italiano Colosseo con invitación a cerveza. Curioso ha sido el espectáculo sexual visto en las dunas, donde por fin, después de varios días, me he bañado. La lluvia no es una buena noticia. Lo peor, es que el viento no amaina.




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