Etapa 31 (472) Sonderho-Varde Borj
Etapa 31 (472) 06 de julio de 2019, lunes.
Sonderho
Fuglekoje-Rindby-Nordby-(ferry)-Esbjerg-Hjerting-Varde Borj.
Amanecer en el retrete.
Durante la noche, un gran golpe de aire ha hecho temblar
uno de los paneles abatibles, que no he querido tocar. Me levanto a las seis.
Me aseo y orino.
Antes de recoger mi equipaje fotografío el recinto donde he
pasado la noche, teniendo muy presente el lugar donde ha dormido mi acompañante
nocturno. No he podido saber de qué especie volandera es el ave que ha velado
mis sueños.
También una foto al retrete que me ha servido de dormitorio. Podéis
observar que he dormido con mi cuerpo en curva. La forma de la pared me ha
ayudado a coger posición fetal, la más genial para dormir bien. Dejo todo como
lo encontré al llegar. Sólo he consumido algo de jabón de manos y papel
higiénico. Ha tenido su utilidad. Para las 6:15 ya me pongo en marcha.
De Sonderho
Fuglekoje hacia Rindby.
La puerta de fuera de la exposición sigue abierta. El sol
filtra sus rayos por entre las ramas de los árboles, de este magnífico bosque
que es de mucho disfrute, especialmente para los ornitólogos.
Me acuerdo de mis
amigos, Martín y Marta. ¡Cuánto habrían disfrutado con tanto pájaro! Al ver
alguna de estas aves, tenía la sensación de que se exhibían sólo para mi
deleite. Cojo camino por la vía de cascajo que vi ayer y que, quizás, si la
hubiese seguido, me habría llevado al refugio. Pero no me ofrece garantías y la
necesidad de búsqueda de acomodo ya se esfumó, así que decido no correr riesgos
persiguiendo algo que no va a ser de mi utilidad.
Decido salir a la carretera.
Llegando al cruce, encuentro esta señal que ofrece el ministerio del ramo de
Naturaleza danés, con su corona real en cabeza, donde prohíbe hacer fuego, mis
costillas de anoche habrían estado más ricas calentitas, también prohíbe
acampar, con tienda de campaña o con rulot, y recomienda que, si se va con
perro, se le lleve atado con correa. Ésta es una buena medida, ya que el perro,
por instinto, es un buscador nato de fauna y, si no está bien adiestrado para
pararla al cazador, se puede convertir en un depredador.
Cuando salgo a la
carretera, se me ofrecen dos medidas en kilómetros.
Una a Sonderho, de 7 km y
que ya no me interesa, salvo para calcular el número de ellos que recorrí ayer,
y la otra, de 6 km a Nordby. Sé al menos que estoy más cerca del ferry que del
Sur. Ya he salido del bosque protegido y protector y en zona despejada, en
plena llanada, fotografío desde mi camino, que ahora va en paralelo con la
carretera, una panorámica lejana del Esbjerg neblinoso que abandoné ayer y a donde me
dirijo.
Rindby.
El camino se me está haciendo largo, ¿o será que estoy
bajando el pistón? Quizás sea eso, que voy más parsimonioso y contemplativo. Un
camión para en el borde de la carretera y la copiloto baja, ¿a mear?, por si
acaso no miro pero sí saludo al conductor. La circulación es escasa. Pasa algún
ciclista. Siguiendo mi camino llego a Rindby. Sólo fotografío una instantánea,
donde se ve el letrero indicador con el nombre del pueblo, y unos carteles que
orientan hacia los lugares deportivos donde están los campos de fútbol y de
golf. Hoy paso cerca del núcleo de población pero, al igual que ayer, cuando el
paso fue por la orilla del mar, tampoco me detengo. No veo ni la Kapel que
anuncia el mapa de Paul. ¿Una iglesia?
Nordby.
Lo primero que veo al llegar es un pequeño carrusel sin
la cubierta protectora. Luego me doy cuenta que la tienen aparcada junto al estacionamiento
de vehículos. Es entonces cuando saco la foto que muestra su desmembramiento.
Nunca había visto un carrusel tan pequeño, sólo apto para tres niños. En el
vértice superior de la caperuza figura un unicornio, animal mitológico con un
cuerno con poderes mágicos, apropiado para fomentar la fantasía infantil y que
se vaya acoplando a otras creencias como Harry Potters, Star Wolds, etcétera,
como nosotros creímos en Blancanieves, Cenicienta y Caperucita y el lobo.
Los
unicornios se triplican en el carrusel y no son más que caballitos con su
pequeño cuerno frontal. Hoy si paso cerca de la iglesia, que fotografío, más
que por ella, por el cementerio aledaño, que sigue el planteamiento de los más
sencillos y bonitos que estoy viendo desde que llegué a Dinamarca. Pregunto a
un señor, que ha salido en bata a la calle, por una cafetería. Es sordo y se lo
tengo que gritar, pero no tiene ni idea. Otro hombre, que está con dos chicas,
me dice que encontraré café en la Garehouse. Supongo que será la estación del
ferry.
Cuando llego a una terraza con mesas y sillas vacías, me sorprende ver una maquinita con bolas que contienen pequeños juguetes muy tentadoras para atraer la atención de los pequeños. Como el establecimiento está cerrado, tengo certeza de que ha pasado allí toda la noche y ningún vándalo la ha destrozado. En mi país observo que estas máquinas son puestas a buen recaudo durante la noche.
Paso por la oficina de turismo, donde ayer fui atendido tan
magníficamente por Paul y que, como había previsto a estas horas, está cerrada.
¡Gracias Paul! Aunque no encontré el refugio que me indicaste.
Fano bageri.
Cuando estoy llegando a la Garehouse, veo una panadería,
bageri, donde desayuno capuchino con un hojaldre rico, no excesivamente
azucarado. Pago 24 dk (12+12). Una agradable joven me pregunta de dónde soy. Le
digo Baskeland (desde Alemania, ya no digo Basque Country). Una señora gruesa
intenta ayudar para que nos entendamos. No sé si lo consigue. No hay retrete en
la panadería. ¿Cómo puedo preguntar por tal cosa después de haber pasado en
otro toda la noche? Como puedo esperar, no me urge, aguanto las ganas de
orinar. Buscaré el de ayer, donde cagué al llegar, antes de coger el ferry. No
tengo ni idea de a qué hora tendré ferry para volver al continente. Escribo y
no acabo hasta las 9:15 horas. Va cundiendo la mañana. Enseño diario y los
pocos dibujos que he hecho este verano y me voy. El WC está al lado.
Al entrar,
veo que el ferry ya está varando en el embarcadero. Como hoy tampoco se
enciende la luz automática del retrete de caballeros, vuelvo a entrar en el de
minusválidos. Parece que me atrae después de tantos años trabajando con el
colectivo de deficientes con potencialidades. Defeco y salgo más ligero de
equipaje.
Ferry a Esbjerg:
Menja.
Salgo del retrete y me dirijo hacia el puerto de
embarque. Si ayer el ferry fue el Fenja, hoy toca el Menja.
Cuando llego al
puerto, ya están saliendo los últimos coches, empiezan a entrar los nuevos y
también los pasajeros con bici o de a pie. Son las 9:25 y quiero pensar que la
hora de salida prevista será a las 9:30. Como en casi todas las otras islas
Frisias, nadie controla los billetes del pasaje al regreso. El único lugar que
recuerdo que sí me controlaron fue en Borkum, la primera alemana de más al
Oeste, pero era porque unos volvíamos al continente, a Holanda y, otros, lo
hacíamos a Alemania. Yo tuve alguna pega porque mi billete no estaba bien
expedido desde Holanda y figuraba como de ida y vuelta, cuando yo había pedido
vuelta a Emden, en Alemania.
Todo se aclaró y no hubo problema para montar. No
sé lo que habría pasado en Sylt de haber vuelto al continente en lugar de a
Romo. Ya en el ferry, saco fotos de despedida de la isla, la última de las
Frisias que, definitivamente abandono. Nunca pensé que cuando llegué a Texel
visitaría todas las más importantes holandesas, tres alemanas y las tres
danesas. No puedo hacer mal balance de la experiencia, aunque hubo de todo,
bueno y malo. Tampoco se puede comparar el paso en 2013, en pleno agosto por
las holandesas, con el paso a primeros de junio de este 2015, donde sufrí
viento y frío.
Cuando subo al ferry, todavía no han salido todos los pasajeros
que vienen a la isla. Como es lógico, los más rezagados son aquellos que vienen
con niños y sus sillitas plegables. Por delante va también algún adulto con
problemas de deambulación, que va en su vehículo móvil. Ya instalado en la
parte más alta del ferry, fotografío al mismo amarrado todavía al puerto, antes
de que sea la hora de salida. Un cartel parece que quiere dar la bienvenida a
los que llegan a la isla para la fiesta que se celebrará del 12 al 14 próximos.
Anagramas de anunciantes patrocinadores son los que más espacio ocupan en la
gran pancarta. La he visto al subir, por el otro lado, pero ni me había fijado.
Con esta foto, aprovecho para fotografiar una panorámica de la ciudad más
importante de la isla, Nordby. Pronto, el ferry pone en marcha sus motores. Lo
deben poner enfilando hacia el continente. Por eso paso a proa. Fotografío con
zoom con ansias de acelerar la llegada, parece que estoy ansioso por volver a
caminar.
El recorrido que vamos a hacer hasta el puerto de Esbjerg, es el
señalado por los pivotes y, aunque aquí no veo máquinas dragadoras, como en
Holanda y Alemania, tengo claro que, de vez en cuando, aquí también tendrán que
dragar en el fango. La cartola, que hacía de plataforma, por la que han pasado
los vehículos y la valla por donde hemos subido los peatones, ya están
verticales. Nadie más podrá entrar.
Comienza la maniobra de salida del puerto.
El Manje se aleja de la isla. Un hombre, se ha quedado en la puerta vallada. Ni
siquiera es capaz de descargar su aparentemente pesada bolsa. Parece que
abandona la isla con nostalgia, como si algún ser querido se quedara a la
espera, o como si fuese un lugar al que jamás va a volver.
F I N D E F
A N O
La estela que va formando el barco es el único elemento
que indica que nos alejamos de la isla. Vuelvo a proa y asisto al acercamiento
del ferry a Esbjerg.
Las chimeneas que vi a la venida, se van mostrando más
nítidas. Hace un rato las veía más neblinosas. Así como a la ida había
pasajeros, ahora los bancos están vacíos, apenas ha subido gente. Los
trabajadores habrán cruzado el mar en ferry más tempraneros. Echo en falta a
los ciclistas con los que me enrollé a la ida. No me los encontré en su
recorrido isleño. Es lógico, no iban a ir por la orilla del mar, por arena,
y hoy es demasiado temprano para que vuelvan. Quizás recorrieron la isla y volvieron ayer por la tarde.
Esbjerg de nuevo.
Acabado el recorrido por Friseland. Para ello, ha tenido
que pasar un mes de este año, y unos cuantos días de 2013. ¿Qué buen recuerdo
de mi encuentro de los De Groot, en Vrieland. También del cementerio de
Schiermonnikoog, donde estaban enterrados juntos amigos y enemigos. Y mi bonito
paso por Amrum y los canarios, y Sylt, con mi encuentro con Ingrit que me llevó
hasta su novio, Siim, y con el que estaré en Tallín en verano de 2017. Pero
dejemos los recuerdos nostálgicos, a los que me ha llevado la visión del hombre
que se ha quedado anclado en la puerta de entrada, y sigamos mi camino.
Llegamos a puerto y desembarcamos los pasajeros y los vehículos. Nada que
destacar. Vuelvo al punto de partida y a la señal del albergue, donde saco foto
similar a la de ayer. En la rotonda cojo otra carretera y voy por la peatonal paralela a ella.
Esbjerg
escultural.
Voy saliendo de la ciudad pero, todavía en ella, llego a
un monumento que siendo muy macizo, no parece que fuera necesario ponerle tan
recio muro circular para protegerlo del viento. A pesar de su reciedumbre, el
muro ya ha empezado a perder consistencia por el flanco del ala derecha. Saco
una fotografía general y me adentro para fotografiar sus tres elementos
esculturales.
Una mujer en solitario. Parece que no necesitara a nadie, que se
basta por sí sola. Otra mujer con niño. Una maternidad que simboliza la
continuidad de las especie. Antes la mujer se mostraba sólo como mujer, ahora
la mujer ya es madre. ¡Qué mal hecho está el mundo! ¡Cómo nos discriminan por
razón de sexo y género! Los hombres nunca podremos parir, ser madres, aunque
seamos amorosos amantes de nuestros hijos. El grupo central lo forman dos
jóvenes deportistas. Es lo que nos queda a los hombres, hacer deporte, para que
sigamos guapos y apetecibles, trabajemos y llevemos el dinerito a casa para que
disfrute toda la familia.
Las mujeres vestidas, aunque sus pechos son
evidentes, no pasan frío. Pobres hombres desnudos en el próximo invierno. Leo a
sus pies: “Guds Fred med vore Dode”. ¿Qué querrá decir? ¡Qué intriga! Antes de
abandonar este conjunto escultórico, que me ha dado tanto juego mental, me
dedico a ver que los nombres que figuran en la cara interior del muro, se
remontan a 1900, y sigo mi camino. Pronto debo dejar el carril bici y peatonal
para salir a la carretera, ya que un almacenamiento de tierra arenosa intercepta mi camino.
No sé con qué finalidad
la habrán descargado aquí. Un rato por carretera, hasta que aparece un camino a
la izquierda que me va a llevar hacia otras esculturas enormes, monumentales.
Se nota que no estoy alejado del mar, pues las dunas consolidadas que se me
ofrecen entre la carretera y el océano, lo demuestran.
La vegetación
predominante es de hierba, pero en las dunas se ofrece otras más consistentes,
que evitan que el viento las erosione. Al fondo ya veo dos esculturas enormes,
que luego serán tres y, finalmente, van a ser cuatro. Ya eran cuatro desde el
inicio, pero la vista del caminante no es perfecta. Veamos el proceso de
acercamiento. Cuando las tengo más a mi alcance, vuelvo a fotografiarlas.
El
cielo se ha nublado y estas figuras sentadas en blanco, destacan menos que si
el fondo hubiera sido azul. Con todo, el contraste fondo-forma es suficiente.
He tenido la fortuna de que una mujer camine cercana al grupo escultórico, tan
colosal, lo que me permite tener un elemento humano de comparación, aunque sea
mujer y no muy alta, con las figuras representadas. Me parece una exageración
haber hecho esta emulación del Coloso de Rodas multiplicado por cuatro. Me
recuerdan a Egipto, por su hieratismo. Como el cuarto elemento no se apreciaba
en la segunda foto, saco una tercera que, sin abarcar el grupo al completo, estoy
tan cerca que no me caben los cuatro personajes, ofrece a estos cuatro Ramsés
esperando la llegada de su Nefertiti. Que no seré yo. Que sigan esperando
sentados.
Península de
Skallingen y su golfo Ho Bugt.
He tenido que pasar al otro lado de la duna para ver las
figuras, pero vuelvo a carretera que está más protegida del viento pero, cuando
ésta va hacia Varde, la abandono. Olvido la carretera y voy por ancho camino en
paralelo al mar y a media altura entre las dunas y la arena. Soy consciente que
mi referencia Varde, al dejar la ruta viaria, ya no me sirve y ese pueblo no lo
visitaré. Aunque la parte Norte de la isla de Fano ya ha quedado atrás, y la
costa ofrece arena dorada de playa, la realidad es que no es apta para baños,
pues sigue el mismo esquema de fangos que vengo viendo desde Texel. Y, aunque
se acabaron las islas, la península de Skallingen forma un golfo que repite lo
malo conocido. La lengua final del arenal Norte de la isla de Fano deja pasar
el mar hacia el interior formando un estrecho con el arenal del Sur de
Skallingen. Por tanto, la costa que viene a continuación no la voy a poder
disfrutar como quisiera hasta que supere el cabo esta tarde. El Ho Bugt no es
nada apetecible para bañarse. Como el viento pega fuerte, no me apetece doblar
el golfo y luego retroceder hacia la península. Aun con buena arena y con playa
adecuada, seguro que no apetece el baño. Al hacer tanto aire, no me quito el
jersey hasta la hora de comer. El camino por el que voy es bueno hasta que deja
de serlo y, de momento continúo adelante por él. Es como si fuera a media
altura de una duna cortada. La parte que va del camino hacia la playa es como
si fuera un dique artificial y, por encima, me acompañan las dunas
consolidadas. El camino no va a ser bonito, pero sí muy variado. Es como si
fuera por un paseo marítimo de ciudad pero sin ciudad. Sigue azotando el viento
pero, cuando sale el sol entre las nubes, achicharra.
Del lado del mar, veo una mujer que está leyendo. “Spetial day for red”, le digo y ella me responde riéndose. “Perfect”. Las hojas revolotean. Espero que las letras no se las lleve el viento. Sigo por allí, hasta que un riachuelo me obliga a meterme hacia el interior. Y no me queda otra que volver a la carretera. Es cuando veo un gran edificio que se ofrece como museo. Leo: Fiskeri-og Sofartsmusseum.
Doy rienda suelta a lo que da de sí mi imaginación y elucubro sobre si el museo es sobre peces y pesca o sobre sofás artísticos. Me da lo mismo, puesto que no lo pienso visitar. Cuando vuelvo a la costa, saco foto hacia el horizonte, donde se aprecia en primer lugar la hierba del dique, la playa de arena dorada, la primera parte del mar poco profundo que, por su tonalidad, me da la impresión de ser de fondos fangosos, después el golfo Ho Bugt, en la parte que enlaza con el Mar del Norte, y al fondo, muy al fondo, las arenas doradísimas de la península de Skallingen.

Al doblar la siguiente curva, ya puedo saber dónde estoy. Al fondo se ve el aglomerado urbano de Hjerting, que va a ser el último pueblo importante que vea hoy.

Saco una segunda foto, en mi acercamiento, donde se muestra una alta bandera roja, revoloteando al viento. Podréis notar que la zarandea con fuerza. Estoy llegando al pueblo con ganas de comer. A ver lo que se me ofrece.
Del lado del mar, veo una mujer que está leyendo. “Spetial day for red”, le digo y ella me responde riéndose. “Perfect”. Las hojas revolotean. Espero que las letras no se las lleve el viento. Sigo por allí, hasta que un riachuelo me obliga a meterme hacia el interior. Y no me queda otra que volver a la carretera. Es cuando veo un gran edificio que se ofrece como museo. Leo: Fiskeri-og Sofartsmusseum.
Doy rienda suelta a lo que da de sí mi imaginación y elucubro sobre si el museo es sobre peces y pesca o sobre sofás artísticos. Me da lo mismo, puesto que no lo pienso visitar. Cuando vuelvo a la costa, saco foto hacia el horizonte, donde se aprecia en primer lugar la hierba del dique, la playa de arena dorada, la primera parte del mar poco profundo que, por su tonalidad, me da la impresión de ser de fondos fangosos, después el golfo Ho Bugt, en la parte que enlaza con el Mar del Norte, y al fondo, muy al fondo, las arenas doradísimas de la península de Skallingen.
Al doblar la siguiente curva, ya puedo saber dónde estoy. Al fondo se ve el aglomerado urbano de Hjerting, que va a ser el último pueblo importante que vea hoy.
Saco una segunda foto, en mi acercamiento, donde se muestra una alta bandera roja, revoloteando al viento. Podréis notar que la zarandea con fuerza. Estoy llegando al pueblo con ganas de comer. A ver lo que se me ofrece.
Nada más llegar al pueblo fotografío una casa que me
gusta. Se trata de una gran mansión, bien protegida del exterior, aunque la
portalada de entrada es amplia y está abierta de par en par. En su estructura
tiene algo de iglesia, con dos estancias que me llevan a pensar en dos ábsides.
Toda ella de blanco y el imprescindible gris de las cubiertas. Como lo que
quiero es comer, veo de lejos un hotel. Lo paso, pero retrocedo. Mientras la
camarera que me recibe habla por teléfono, yo ojeo la prensa. Contador ya lleva
perdido respecto a Fromme más de un minuto y a Nairo Quintana ni lo veo. Parece
que hay una danesa compitiendo en el cuadro femenino de Wimbledon. La camarera
me atiende y pido algo de pescado y ensalada de pollo. El pescado que recibo
son tres croquetas, ¿de bacalao?, y los tres trozos de pechuga de pollo me
arruinan la ensalada. El limón lo exprimo en mi botella de agua. Como el primer
trozo de pechuga, haciendo de tripas corazón, pero de las otras dos sólo los
bordes más tostados. Esa carne tan seca se me atraganta. Quedan como estropajo
seco, sequísimo. Con el resto de lechuga, berros y tomatito Cherry, me preparo
una rica ensalada, y la disfruto. Es lo que más a gusto como. Pido la segunda
Calsberg, pero me pone tres en la factura. Reclamo y me reducen 30 dk. Pago con
Visa 278 dk que, aun siendo menos que la última cena, sigue pareciéndome una
comida cara, carísima, para la mierda que he comido. El pago con Visa esta vez
es sin recargo. Cuando he entrado en el comedor era yo el único comensal. Luego
se ha ido animando con nuevos clientes, y han aparecido dos nuevas camareras.
Pido tijera para recortar el mapa de Esbjerg y reducirlo a sólo la parte que me
interesa guardar, pues no pienso volver pero, on esa escusa, quiero utilizarla
también para recortar la parte interior del cuello del jersey, que tiene una
tira que, en su tiempo, fue blanca y ahora, cuarteada, me estaba molestando.
Creo que, aunque sigue estando viejo, el jersey algo ha mejorado. ¡Ya veremos! Van a
ser las 13:30 cuando voy al retrete.
Hjerting, paseo
marítimo.
Salgo del comedor del hotel y pronto llego al paseo
marítimo. Han construido un voladizo de madera, por el que se camina muy a
gusto. En el mar veo dos kite-surfistas con sus cometas voladoras al viento. No
sé si habría que llamarlas parapentes. Con el fuerte viento las cometas, más
que correr, vuelan, y el impulso que dan a las tablas permite a los deportistas
dar unos saltos espectaculares. Una pequeña embarcación escorada está varada en
la orilla. No podrá navegar hasta que suba la marea. También hay un pequeño
embarcadero pero que no creo que sirva a barcos de gran calado. Como mucho
servirá a los surfistas para arrancar volando de la orilla. Una pareja de
abuelos pasea por la orilla con su nieto.
Poco más adelante veo un conjunto de troncos o ramas de árbol enclavados en la arena. Parece que pueden servir de medio de contención para que el mar no se lleve la arena. Pero no sé por qué unos son cortos, como tocones, y otros más largos. Poco más adelante, en zona en que el pretil ha sido reforzado para que el mar no se lleve la duna, vuelvo a ver otros troncos similares. Pero aquí, además, son aprovechados para colgar hamacas atándolas por sus cuerdas extremas.
Al fondo se va viendo más nítida la península de Skallingen. Una pareja de jovencitos tontea en el pretil. Tienen cubiertas las piernas con el habitual chal que ofrecen los establecimientos de hostelería para que sus clientes no pasen frío en las terrazas. Este chal es negro. Él tiene un aspecto de árabe que no lo puede disimular y yo doy por seguro que lo es. Ella es una danesa blanquita y tan joven que, si la relación sigue adelante… ¡Que no le pase nada a ella! Compruebo que es un musulmán recalcitrante y le provoco para ver cómo me responde. No pierde la oportunidad para tratar de convencerme de que el Coram es una maravilla. Mucho mejor que la Biblia. Para mí, ambos, los considero primos hermanos. Hago mi recorrido: alcohol, cerdo, nudismo… Cuando les estoy enseñando mis dibujos y llego a la mujer desnuda de la playa de Sylt, sólo se lo enseño a Katherine (Santa Catalina, hija de un rey moro, que mató a su hija on un cuchillito de oro…, me viene la canción del martirio de la santa gaditana), y tapo los ojos a Amin. “Tú no lo puedes ver-le digo- tu religión no te lo permite”. A ella le digo: “Ten cuidado con los moros. El hombre siempre delante y la mujer, sumisa, detrás”. También le hablo de la educación de los hijos con esa religión tan represiva, que no deja crecer al hombre, siempre pisoteado por Alá y los gerifaltes que lo ensalzan para hacer lo que a ellos les da la gana. Ya sé que a él no le voy a convencer y que a ella no le va a contar todo lo que he dicho. Esta conversación habría sido imposible en Dinamarca, si fuera porque Amín habla bastante bien el castellano. Cuando me ha dicho que es de Marruecos y yo le he mencionado Tanger (Tancha, similar a como lo pronuncian), él me lo ha confirmado. Le cuento algo de Abdu (Abdehrafiq), que llegó a España escondido en camión. Me dice que él llego legal, que sus padres emigraron a Italia hace muchos años. Amín nació en Casablanca. Según me dice, allí son más liberales que en Tanger. Le digo que quizás lo sean más en Marraquech. A pesar de mi provocación y quizás porque pueda ser cierto que él sea algo más liberal, nos despedimos como amigos y les deseo buen futuro en el viaje de su vida. Él también me lo desea en el mío.
Poco más adelante veo un conjunto de troncos o ramas de árbol enclavados en la arena. Parece que pueden servir de medio de contención para que el mar no se lleve la arena. Pero no sé por qué unos son cortos, como tocones, y otros más largos. Poco más adelante, en zona en que el pretil ha sido reforzado para que el mar no se lleve la duna, vuelvo a ver otros troncos similares. Pero aquí, además, son aprovechados para colgar hamacas atándolas por sus cuerdas extremas.
Al fondo se va viendo más nítida la península de Skallingen. Una pareja de jovencitos tontea en el pretil. Tienen cubiertas las piernas con el habitual chal que ofrecen los establecimientos de hostelería para que sus clientes no pasen frío en las terrazas. Este chal es negro. Él tiene un aspecto de árabe que no lo puede disimular y yo doy por seguro que lo es. Ella es una danesa blanquita y tan joven que, si la relación sigue adelante… ¡Que no le pase nada a ella! Compruebo que es un musulmán recalcitrante y le provoco para ver cómo me responde. No pierde la oportunidad para tratar de convencerme de que el Coram es una maravilla. Mucho mejor que la Biblia. Para mí, ambos, los considero primos hermanos. Hago mi recorrido: alcohol, cerdo, nudismo… Cuando les estoy enseñando mis dibujos y llego a la mujer desnuda de la playa de Sylt, sólo se lo enseño a Katherine (Santa Catalina, hija de un rey moro, que mató a su hija on un cuchillito de oro…, me viene la canción del martirio de la santa gaditana), y tapo los ojos a Amin. “Tú no lo puedes ver-le digo- tu religión no te lo permite”. A ella le digo: “Ten cuidado con los moros. El hombre siempre delante y la mujer, sumisa, detrás”. También le hablo de la educación de los hijos con esa religión tan represiva, que no deja crecer al hombre, siempre pisoteado por Alá y los gerifaltes que lo ensalzan para hacer lo que a ellos les da la gana. Ya sé que a él no le voy a convencer y que a ella no le va a contar todo lo que he dicho. Esta conversación habría sido imposible en Dinamarca, si fuera porque Amín habla bastante bien el castellano. Cuando me ha dicho que es de Marruecos y yo le he mencionado Tanger (Tancha, similar a como lo pronuncian), él me lo ha confirmado. Le cuento algo de Abdu (Abdehrafiq), que llegó a España escondido en camión. Me dice que él llego legal, que sus padres emigraron a Italia hace muchos años. Amín nació en Casablanca. Según me dice, allí son más liberales que en Tanger. Le digo que quizás lo sean más en Marraquech. A pesar de mi provocación y quizás porque pueda ser cierto que él sea algo más liberal, nos despedimos como amigos y les deseo buen futuro en el viaje de su vida. Él también me lo desea en el mío.
Hacia zona
boscosa.
Para la 13:45 ya estoy de nuevo en marcha por el paseo
adelante. Como viene zona de bosque, estaré entrando y saliendo a la costa,
hasta que la costa no me permite continuar por ella. Una rubia con melena al
viento se va a cruzar conmigo, pues vamos en dirección contraria.
Sólo me limito a saludar. En un embarcadero de poca consistencia veo a una pareja con dos niños en el extremo más próximo al mar. El viento los puede tirar al agua, pero no correrán peligro porque apenas cubre un par de palmos. Regresan tan rápido que, para cuando llego a un cruce, ya lo han atravesado y sólo puedo fotografiar a la familia de espaldas, en el momento que se van a cruzar con alguien que viene hacia donde estoy yo y que no pienso esperar. Ofrezco las dos fotos que he contado. El camino es de madera. Muy recto al inicio y luego se volverá sinuoso hasta que lo pierdo de vista en su parte final. Encuentro a un matrimonio joven embelesado con su primogénito de tres meses. Es tan bebé que aún no sostiene la cabeza.
Mi camino también venía ancho desde mi salida de Hjerting, pero ahora va tomando forma de sendero, mucho más bonito para caminar y que obliga a estar más atento y mirar bien en dónde se pisa. Este sendero no ofrece visos de continuar y yo no tengo ganas, de momento, de bajar a la arena. Así que cojo otro de tierra que se va volviendo en ancho, y de tierra y piedras. Será por el que voy a pasar entre el bosque. Antes de entrar en él, paso por un prado cultivado de un color verde brillante, que contrasta con el verde más oscuro del arbolado.
Creo que lo cultivado es alguna gramínea pero, por la fecha que es, aún sin granar, pienso que será usado como forraje para alimentación del ganado. Como no lo sé con certeza, yo me lo guiso y yo me lo como. Suelen decir que no hay cosa más atrevida que la ignorancia. Pero en este precioso viaje por Europa que estoy haciendo, soy un gran atrevido… y, aún con el conocimiento adquirido directamente de las muestras que me ofrece la naturaleza…, seguiré siendo un ignorante. ¿Diciéndolo, me curo en salud?
Dulleg og Virke.
Sólo me limito a saludar. En un embarcadero de poca consistencia veo a una pareja con dos niños en el extremo más próximo al mar. El viento los puede tirar al agua, pero no correrán peligro porque apenas cubre un par de palmos. Regresan tan rápido que, para cuando llego a un cruce, ya lo han atravesado y sólo puedo fotografiar a la familia de espaldas, en el momento que se van a cruzar con alguien que viene hacia donde estoy yo y que no pienso esperar. Ofrezco las dos fotos que he contado. El camino es de madera. Muy recto al inicio y luego se volverá sinuoso hasta que lo pierdo de vista en su parte final. Encuentro a un matrimonio joven embelesado con su primogénito de tres meses. Es tan bebé que aún no sostiene la cabeza.
Mi camino también venía ancho desde mi salida de Hjerting, pero ahora va tomando forma de sendero, mucho más bonito para caminar y que obliga a estar más atento y mirar bien en dónde se pisa. Este sendero no ofrece visos de continuar y yo no tengo ganas, de momento, de bajar a la arena. Así que cojo otro de tierra que se va volviendo en ancho, y de tierra y piedras. Será por el que voy a pasar entre el bosque. Antes de entrar en él, paso por un prado cultivado de un color verde brillante, que contrasta con el verde más oscuro del arbolado.
Creo que lo cultivado es alguna gramínea pero, por la fecha que es, aún sin granar, pienso que será usado como forraje para alimentación del ganado. Como no lo sé con certeza, yo me lo guiso y yo me lo como. Suelen decir que no hay cosa más atrevida que la ignorancia. Pero en este precioso viaje por Europa que estoy haciendo, soy un gran atrevido… y, aún con el conocimiento adquirido directamente de las muestras que me ofrece la naturaleza…, seguiré siendo un ignorante. ¿Diciéndolo, me curo en salud?
Dulleg og Virke.
Este camino me da mejor sensación cuando encuentro a
cuatro caminantes mochileros. La única que no lleva mochila es una chica que
parece que se aprovecha de sus esforzados caballeros. Sólo puedo hablar con uno
y se asombra del camino que le cuento. Me dice que puedo seguir el camino y que
lo podré seguir hasta mucho más adelante. Ya en el bosque, llego a una casita.
Parece que aquello está preparado para diversión de los niños. El camino sigue
ancho.
Van variando las especies arbóreas, aunque predomina el pinar. ¡Qué buenas sensaciones recibo por este camino entre árboles! Me parece que estoy caminando por el Monte Cerrado de Altsasu, sin ninguna preocupación, como cuando era un enano que no levantaba medio metro del suelo.
Entonces tratábamos de llevar a casa lo que encontrábamos, generalmente setas, hongos, fresas o piñas para encender el fuego de la cocina económica de nuestra casa o de la estufa del Mareo. Cuando íbamos al río, casi siempre, volvíamos con cangrejos y, si era con mi padre, casi siempre caía alguna trucha o, si a cazar, alguna paloma. Pero aquel deseo de llevar algo, ocupaba nuestra atención y nuestro tiempo. En este bosque, la despreocupación es completa. Sólo se trata de avanzar por la costa hasta el Norte de Dinamarca de llegar, de momento, hasta Skagen.
La despreocupación me permite disfrutar del paisaje, sin ningún afán depredador. Pero el camino del bosque me ofrece de nuevo una salida a la costa del golfo. Un lugar para descansar, con mesa para quien lleve comida en el morral o donde sea, en zona donde se puede hacer también deporte náutico y donde veo dos coches aparcados en zona en que hay, al menos, dos casas. La mesa es recia y bellísima en su rudeza. Está hecha para aguantar mil vendavales y azotes de la marea. Me parece obra de artesano con visión de futuro, sin fecha de caducidad. Algo que no ocurre con los electrodomésticos actuales, que se hacen para que duren poco y tienen fecha de mortandad. Y las bombillas, aunque sean Led. Como allí no tengo mucho que hacer ni veo posibilidades para avanzar en mi camino, retorno al bosque.
Van variando las especies arbóreas, aunque predomina el pinar. ¡Qué buenas sensaciones recibo por este camino entre árboles! Me parece que estoy caminando por el Monte Cerrado de Altsasu, sin ninguna preocupación, como cuando era un enano que no levantaba medio metro del suelo.
Entonces tratábamos de llevar a casa lo que encontrábamos, generalmente setas, hongos, fresas o piñas para encender el fuego de la cocina económica de nuestra casa o de la estufa del Mareo. Cuando íbamos al río, casi siempre, volvíamos con cangrejos y, si era con mi padre, casi siempre caía alguna trucha o, si a cazar, alguna paloma. Pero aquel deseo de llevar algo, ocupaba nuestra atención y nuestro tiempo. En este bosque, la despreocupación es completa. Sólo se trata de avanzar por la costa hasta el Norte de Dinamarca de llegar, de momento, hasta Skagen.
La despreocupación me permite disfrutar del paisaje, sin ningún afán depredador. Pero el camino del bosque me ofrece de nuevo una salida a la costa del golfo. Un lugar para descansar, con mesa para quien lleve comida en el morral o donde sea, en zona donde se puede hacer también deporte náutico y donde veo dos coches aparcados en zona en que hay, al menos, dos casas. La mesa es recia y bellísima en su rudeza. Está hecha para aguantar mil vendavales y azotes de la marea. Me parece obra de artesano con visión de futuro, sin fecha de caducidad. Algo que no ocurre con los electrodomésticos actuales, que se hacen para que duren poco y tienen fecha de mortandad. Y las bombillas, aunque sean Led. Como allí no tengo mucho que hacer ni veo posibilidades para avanzar en mi camino, retorno al bosque.
Dos mujeres, niño,
perro y más.
Camino un poco entre los árboles y me encuentro con dos
mujeres jóvenes. Un niño se zarandea montado en una bola roja que cuelga de la
rama de un árbol con una gruesa soga. La amiga del niño empuja la bola,
mientras yo hablo con la hermana del niño, la de jersey blanco, con el que se
lleva muchos años. Él es un niño y ella es una mujer hecha y derecha. Ann
Kathrine (quizá se escribiera también así el nombre de la chica de Amín), me
dice que dentro de 20 días a un pueblo cercano a Barcelona. Me dice el nombre
del pueblo pero no lo anoté en su momento y lo he olvidado. No creo que sea lo
importante en este encuentro. Me dice que va de au-pair a una casa, a cuidar los niños de la familia y, de paso, a
estudiar castellano. Ella me dice español. No es momento para hablar de las
distintas lenguas que se hablan en España, pero si le advierto que en Cataluña,
y más en los pueblos, donde lo que más se habla es el catalán. Le deseo que le
vaya bien, que aproveche el tiempo y aprenda. Sigo adelante por el sendero pero
no tiene continuidad. En la primera revuelta, encuentro a una pareja de
ciclistas.
Ella opina que deben seguir por el camino por el que yo vengo y él duda. Habla conmigo, le cuento mi viaje y se sorprende. Pero dos paradas seguidas en el espacio de diez metros, me obligan a continuar si es que quiero llegar a alguna parte. Sigo adelante, pero el camino que era público, ahora toma visos de ser privado y retrocedo. Cuando regreso al lugar ya se ha ido hasta el perro y la bola roja se balancea poco sin nadie que la empuje, sólo con el que le da el aire después de ser filtrado por los árboles.
Está vertical, quieta, parada. En un recinto cercano encuentro un asador para cocinar comidas campestres. El espacio, rodeado de bancos, es un preludio de los Shelters que encontraré más al Norte. En ellos suele haber toda la leña que se precise para mantener el fuego encendido durante toda la noche, también una cabaña abierta, un sanitario y agua potable. Ya los veréis.
Ella opina que deben seguir por el camino por el que yo vengo y él duda. Habla conmigo, le cuento mi viaje y se sorprende. Pero dos paradas seguidas en el espacio de diez metros, me obligan a continuar si es que quiero llegar a alguna parte. Sigo adelante, pero el camino que era público, ahora toma visos de ser privado y retrocedo. Cuando regreso al lugar ya se ha ido hasta el perro y la bola roja se balancea poco sin nadie que la empuje, sólo con el que le da el aire después de ser filtrado por los árboles.
Está vertical, quieta, parada. En un recinto cercano encuentro un asador para cocinar comidas campestres. El espacio, rodeado de bancos, es un preludio de los Shelters que encontraré más al Norte. En ellos suele haber toda la leña que se precise para mantener el fuego encendido durante toda la noche, también una cabaña abierta, un sanitario y agua potable. Ya los veréis.
De nuevo por la
orilla del golfo.
Ya el bosque me ha regurgitado y no vuelvo a él. Ahora me
debo buscar la vida por la orilla.
Lo que hasta ahora ha sido pinar, se ha vuelto abeto. ¿Se puede decir abetal? Parece que sí porque el corrector de Google no me lo subraya en rojo. Pero no lo toco porque, a veces, funciona con reflejos retardados. Al principio los abetos los veo ordenados pero, en la medida que voy caminando por la arena, se ven los estropicios que hace el viento en las paredes arenosas del pequeño acantilado que los soporta.

Algunos han caído a la arena, otros han perdido sus raíces y se inclinan, aunque se mantienen sujetos por los que permanecen mejor aferrados y en pie. Los más afectados son los de las primeras líneas, los que más reciben el azote de los vendavales.
Pero la zona arenosa se va acabando y no me queda otra opción que seguir por el fango. Parece que las arenas movedizas me van a engullir y, como ya pasé por esa experiencia, y no deseo repetirla, voy muy, pero que muy, atento. La marea está muy baja en esta zona de marisma, donde juncos y carrizos crecen como alternativa. Supongo que será éste un buen humedal para ciertas aves en sus migraciones. Abandono atrás este peligroso mar de lodo. Me acuerdo de cuando me encontré con Pepe, el malagueño, y después del faro, cuando metí en el lodazal una pierna casi hasta la rodilla. Menos mal que pude salir.
Lo que hasta ahora ha sido pinar, se ha vuelto abeto. ¿Se puede decir abetal? Parece que sí porque el corrector de Google no me lo subraya en rojo. Pero no lo toco porque, a veces, funciona con reflejos retardados. Al principio los abetos los veo ordenados pero, en la medida que voy caminando por la arena, se ven los estropicios que hace el viento en las paredes arenosas del pequeño acantilado que los soporta.
Algunos han caído a la arena, otros han perdido sus raíces y se inclinan, aunque se mantienen sujetos por los que permanecen mejor aferrados y en pie. Los más afectados son los de las primeras líneas, los que más reciben el azote de los vendavales.
Pero la zona arenosa se va acabando y no me queda otra opción que seguir por el fango. Parece que las arenas movedizas me van a engullir y, como ya pasé por esa experiencia, y no deseo repetirla, voy muy, pero que muy, atento. La marea está muy baja en esta zona de marisma, donde juncos y carrizos crecen como alternativa. Supongo que será éste un buen humedal para ciertas aves en sus migraciones. Abandono atrás este peligroso mar de lodo. Me acuerdo de cuando me encontré con Pepe, el malagueño, y después del faro, cuando metí en el lodazal una pierna casi hasta la rodilla. Menos mal que pude salir.
Hacia la carretera
del fondo del golfo.
Ya estoy viendo de lejos coches que circulan por la
carretera del fondo, la que está al final del golfo, así que me dirijo a tierra
más firme, donde ya el abetal ha desaparecido. Veo una puerta de madera, aunque
no sé a dónde me va a llevar. Ofrece un buen camino. Llego a una pequeña
laguna.
Voy cara al viento. Un viento que, mientras lo traía de espalda no me daba cuenta pero que ahora, frontal, me parece fortísimo y, además, arrastra partículas de arena que no son nada gratas cuando pegan en mis piernas. Es poco grato. Por fin, el camino me saca a una carretera poco importante, estrecha, que se irá ensanchando. En un prado veo cuatro caballos que parecen preparados para alguna justa medieval. Están bien abrigados y protegidos contra el viento. Aquí les azota con fuerza. Estos caballos acorazados, cada uno con coraza de un color diferente, estarían pintiparados para una nueva versión de Ivanhoe. Recuerdo que así decíamos de niño, literalmente, el título de la película hasta que, de mayores, ya supimos decir: “Ahí van jo” (y Google me deja y sólo jo me lo subraya en verde). Dejo atrás los caballos mientras busco salida a la carretera.
Sin haberlo logrado aún, ya veo el puente hasta el que debo llegar si quiero pasar al otro lado. Me interesa hacerlo, aunque no vaya a Skallingen. Por debajo del puente lo que pasa no sé ya si es el entrante del mar o un río que desemboca en él. Sea lo que sea, tendré que cruzarlo pero, ¿cómo salgo a la carretera? Es así como llego a otro prado alambrado.


Lo peor de este prado, es que las dos reses de vacuno, que vuelven sus cabezas hacia el intruso con cara de no muy buenos amigos, me imponen, ni siquiera voy a ser capaz de correr entre ellas a campo a través.
Después de las vacas, parece que todo empieza a ir bien. La carretera estrecha me lleva a la principal, a la que me va a pasar al otro lado del puente. Ahora sé que el río que pasa por debajo es el Varde. Tanto eludir la ciudad y resulta que ahora llego a su río. Camino por el lado que me gusta, el izquierdo, controlando la circulación que me viene de frente. El viento me da fuerte, pero logro que no me tire. Apenas hay arcén. El carril bici comienza al finalizar el dique. Probablemente éste sea el último dique de mi viaje, pienso. ¡Qué iluso! Todo el lado Oeste de Dinamarca va a seguir la tónica de Holanda y Alemania, diques y dunas hasta Skagen. Y viento. Mucho viento.
Voy cara al viento. Un viento que, mientras lo traía de espalda no me daba cuenta pero que ahora, frontal, me parece fortísimo y, además, arrastra partículas de arena que no son nada gratas cuando pegan en mis piernas. Es poco grato. Por fin, el camino me saca a una carretera poco importante, estrecha, que se irá ensanchando. En un prado veo cuatro caballos que parecen preparados para alguna justa medieval. Están bien abrigados y protegidos contra el viento. Aquí les azota con fuerza. Estos caballos acorazados, cada uno con coraza de un color diferente, estarían pintiparados para una nueva versión de Ivanhoe. Recuerdo que así decíamos de niño, literalmente, el título de la película hasta que, de mayores, ya supimos decir: “Ahí van jo” (y Google me deja y sólo jo me lo subraya en verde). Dejo atrás los caballos mientras busco salida a la carretera.
Sin haberlo logrado aún, ya veo el puente hasta el que debo llegar si quiero pasar al otro lado. Me interesa hacerlo, aunque no vaya a Skallingen. Por debajo del puente lo que pasa no sé ya si es el entrante del mar o un río que desemboca en él. Sea lo que sea, tendré que cruzarlo pero, ¿cómo salgo a la carretera? Es así como llego a otro prado alambrado.
Lo peor de este prado, es que las dos reses de vacuno, que vuelven sus cabezas hacia el intruso con cara de no muy buenos amigos, me imponen, ni siquiera voy a ser capaz de correr entre ellas a campo a través.
Después de las vacas, parece que todo empieza a ir bien. La carretera estrecha me lleva a la principal, a la que me va a pasar al otro lado del puente. Ahora sé que el río que pasa por debajo es el Varde. Tanto eludir la ciudad y resulta que ahora llego a su río. Camino por el lado que me gusta, el izquierdo, controlando la circulación que me viene de frente. El viento me da fuerte, pero logro que no me tire. Apenas hay arcén. El carril bici comienza al finalizar el dique. Probablemente éste sea el último dique de mi viaje, pienso. ¡Qué iluso! Todo el lado Oeste de Dinamarca va a seguir la tónica de Holanda y Alemania, diques y dunas hasta Skagen. Y viento. Mucho viento.
¿Hacia dónde voy?
Ya había decidido no ir en retroceso hacia la playa de
Skallingen. Ahora la carretera ofrece varias direcciones: Blaavands, Vejers,
Oksbol. Me parece que, de momento, Oksbol será una buena opción. El camino
punteado en verde en mi mapa, parece que me recomienda seguir por él, al menos
hasta que esté más cerca de la costa. En Bldvands hay albergue, pero prefiero
no ir. Es donde está el cabo y me obligaría a retroceder. Otra cosa habría
decidido si no hiciera tanto viento. Y más que me espera.
Cuando llego a la desviación a Oksbol, veo que faltan 5 km, que la carretera no tiene nada de arcén, y que el carril bici, que ha finalizado, no ofrece continuación. Por un camino intermedio veo llegar un coche, al que paro para preguntar. El joven conductor alucina con mi viaje y me dice que por la otra carretera también puedo llegar a Oksvol. Primero me dice que hay 15 km, luego, cuando le digo que he visto señal de 5, parece que comienza el regateo. Finalmente me los deja en 7. Me despido con un “tak” (gracias) y nos vamos cada cual por donde le conviene. Fotografío la llanada con lagunas en zona intermedia entre donde estoy y el golfo que ya se ve a lo lejos y que pronto dejaré d ver. La carretera es buena y tiene un arcén de hierba recortada. Ayer olí las madreselvas en una zona umbría, pero no olían más que a hierba. Las de hoy huelen algo más pero sin la intensidad alimonada a la que me tienen acostumbrado. Cuando recupero la carretera abandonada y aparece la señal de Oksbol a un kilómetro, recibo la sensación de que no he perdido el tiempo que, tras las dudas, los kilómetros han sido parecidos.
En el punto donde estoy, Varde ya ha quedado muy atrás, después de la guerra que me dio para llegar al albergue de Esbjerg. Ahora suspiro por lo que la carretera llegue a la bifurcación de Blaavands. Ahora el carril bici es perfecto y sigue por la izquierda, sin alejarse mucho de la carretera, para que pueda seguir controlando las señales de dirección. Ofrecen otra dirección: Vejers, pero son más kilómetros, cuando llego al cruce. A partir de ahora, sólo me va a llevar hacia Vejers. Fotografío unas margaritas altas en un conjunto muy frondoso.
Cuando llego a la desviación a Oksbol, veo que faltan 5 km, que la carretera no tiene nada de arcén, y que el carril bici, que ha finalizado, no ofrece continuación. Por un camino intermedio veo llegar un coche, al que paro para preguntar. El joven conductor alucina con mi viaje y me dice que por la otra carretera también puedo llegar a Oksvol. Primero me dice que hay 15 km, luego, cuando le digo que he visto señal de 5, parece que comienza el regateo. Finalmente me los deja en 7. Me despido con un “tak” (gracias) y nos vamos cada cual por donde le conviene. Fotografío la llanada con lagunas en zona intermedia entre donde estoy y el golfo que ya se ve a lo lejos y que pronto dejaré d ver. La carretera es buena y tiene un arcén de hierba recortada. Ayer olí las madreselvas en una zona umbría, pero no olían más que a hierba. Las de hoy huelen algo más pero sin la intensidad alimonada a la que me tienen acostumbrado. Cuando recupero la carretera abandonada y aparece la señal de Oksbol a un kilómetro, recibo la sensación de que no he perdido el tiempo que, tras las dudas, los kilómetros han sido parecidos.
En el punto donde estoy, Varde ya ha quedado muy atrás, después de la guerra que me dio para llegar al albergue de Esbjerg. Ahora suspiro por lo que la carretera llegue a la bifurcación de Blaavands. Ahora el carril bici es perfecto y sigue por la izquierda, sin alejarse mucho de la carretera, para que pueda seguir controlando las señales de dirección. Ofrecen otra dirección: Vejers, pero son más kilómetros, cuando llego al cruce. A partir de ahora, sólo me va a llevar hacia Vejers. Fotografío unas margaritas altas en un conjunto muy frondoso.
Maniobras
militares. Tanques.
Este tramo se va a caracterizar por estar dedicado a
maniobras militares. Las señales indican que puede aparecer un tanque por la
carretera y veo señales de orugas tractoras muy marcadas en la tierra. Pero no
veré ningún carro de combate. Voy incómodo porque el carril bici, ahora va por
la derecha y hay muy pequeño espacio separador entre el carril y el asfalto.
Los coches vienen por detrás y las dos siguientes rectas son interminables.
Si un conductor ha bebido alguna cerveza de más, me puede llevar por delante. Menos mal que hay poca circulación. Como voy incómodo, dejo de sacar fotos.
Si un conductor ha bebido alguna cerveza de más, me puede llevar por delante. Menos mal que hay poca circulación. Como voy incómodo, dejo de sacar fotos.
Hacia Vejers
strand. Cena frugal.
Paso cerca de dos campings y sigo de largo, pero regreso
a preguntar. En recepción me ofrecen casa, pero nada de espacio al aire libre
que esté a cubierto. No pregunto ni el precio. Por fin llego a población. No
hay mucha oferta y en un supermercado compro dos bananas, una pera Conferencia,
patatas fritas, una Heineken y un panecillo, por lo que pago 44 dk. No sé por
qué pago en efectivo en lugar de con la Visa. Cuando me dan las vueltas, veo
que, salvo los 0,50 ore los demás céntimos no los consideran. El cobrador me ha
metido el pan en una bolsa de papel. Veo un bar que está cerrado pero con
asientos en la terraza y me voy hasta el fondo. Aunque el viento penetra, me
cubro cuerpo y piernas con los chales rojos que tienen para sus clientes.
Preparo el bocado de costillas que sobró de la cena de ayer y que no he querido
desayunar esta mañana. Acompaño con las patatas fritas que acabo de comprar. Saben
a cebolla y ha sido lo más caro de todo lo que he comprado. Desprendo la carne
de los huesos. La carne va al panecillo y los huesos a la bosa grasienta que,
junto al papel aluminio, luego tiraré a la basura. De postre, banana y pera. A
los vecinos se les abre la puerta con el viento y tienen que venir a cerrarla.
No sé si me han visto o no, pero nadie viene a decirme nada, por hacer uso de
esta propiedad privada. Limpio la mesa de migas, acabo la cerveza y aplasto la
lata para que ocupe menos en la basura. Recojo los dos chales rojos, y los
pliego, para dejarlos como y donde estaban. Voy hacia la playa, pero es tal mi
desorientación, que no sé hacia dónde está. Sigo un camino entre dunas que me
lleva a casas. En una de ellas, es evidente que no hay gente, pero el viento
filtra en todas sus laderas. Encuentro otra gris que me parece mejor. Tiene en
la parte de atrás una terraza a cubierto. Pero no me atrevo a penetrar en ella.
Deambulo tratando de buscar otra mejor. Un camino ascendente me lleva a un gran
hueco entre dunas, con dos grandes edificios alargados que ofrece muchas
puertas, todas cerradas con llave. Decido ponerme en el extremo más abrigado,
retiro una alfombrilla metálica, que mañana volveré a poner, pro que ahora me
estorba. Organizo mi cama y para antes de las nueve, ya estoy instalado. Cometo
un error al hacerme mi almohada. Hace frío y no quiero quitarme el jersey para
reforzar la almohada. Me doy masaje de Aloe-Vera en los pies. Me acuesto dentro
del saco. Pasa una pareja dando grandes voces y luego alguien más, pero yo me
hago el dormido. Aún no sé dónde está la playa. Mañana será otro día.
Balance de una
jornada anodina.
Lo mejor ha sido que ya he acabado las Frisias. Curiosos
los dos conjuntos escultóricos por los que he pasado esta mañana en Esbjerg.
Comida y camino para olvidar. Hoy día sin baño. Lo peor, el viento.

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