Etapa 30 (471) Esbjerg-Sonderho Fuglekoje
Etapa 30 (471) 05 de
julio de 2015, domingo.
Esbjerg-FANO-Nordby-Fano
strand-Sonderho-Sonderho Fuglekoje.
Amanece en el
albergue.
Tras escribir el
diario hasta las ocho, bajo a desayunar. Lo que ofrecen es similar a
lo de los albergues alemanes pero, como pido leche caliente, me dan
como para dos cafés con leche. Las mermeladas son excesivamente
edulcoradas. Dos chicos conversan en mesa próxima y otro, en el
comedor aledaño, comparte mesa con cuatro empleados y habla con
ellos. Yo, más solo que la una, no comparto nada con nadie. Así que
el desayuno me resulta más desangelado que otras veces. Así que me
centro en lo que como y bebo: tres zumos de manzana y medio huevo
duro. Subo a seguir escribiendo hasta la hora del check-out que debo
hacer antes de las 9:30. Meo, guardo todo y bajo la llave a
recepción. La dejo sobre el mostrador porque no está la
recepcionista y vuelvo al gran salón para seguir escribiendo el
diario y poner direcciones en las postales. No dejo de escribir hasta
las diez. (Estoy escribiendo en la playa norte de Fano –con esa “o”
barrada que suena a “e”-, como me ha dicho Paul. Paul es pieza
clave en la felicidad del día. Hoy se cumple un mes desde que salí
del B&B de Holanda. Canto “felicitá” de Al Bano y Romina
Power, tras beber la Jiraf albanesa de 10% de alcohol, feliz en bolas
tras los baños. He comido los restos de vegetal de la cena de ayer
noche, aunque el crujiente ya no cruje. Lo disfruto en este día de
poco esfuerzo. Ayer lo hubiera vomitado). Como sigue sin haber nadie
en recepción, toco el timbre, viene, y me despido de la
recepcionista. Le digo que he disfrutado de la estancia, pero que me
ha parecido muy caro. Los stayokay de Holanda también lo eran, pero
allí incluían las sábanas. En Alemania los precios fueron más
asequibles. Con el plano de la ciudad, ella me orienta hacia el nº 4
donde está el embarcadero.
Hacia el
embarcadero de Esbjerg.
Sigo toda la calle
hasta el final y llego al lugar en que ayer pregunté a unos indios,
quizá fueran pakistaníes, y luego a otro asiático, que estaba más
muerto que vivo, por lo mucho que tosía, y finalmente al chico que
me orientó genial, pero que al ver la dirección a Varde y, por mi
empeño en seguirla, acabé dando más vueltas de las debidas. Veo
clara la señal del albergue que ayer no vi. Ahora que ya no me hace
falta.
Si hago caso al chaval, habría llegado al albergue en un
periquete, pues estaba a punto de dar con la calle Vardevej. No me
debo quejar porque, así, me acompañaron los dos chicos en
vacaciones. Saco foto también de las dos señales de dirección
Varde y Ribe pues, esta última sirve para constatar que no estaba
descaminado en mi cálculo de los kilómetros recorridos ayer.
En
Otra de las calles, junto a una bicicleta aparcada, fotografío unos
perros que no esperan a su dueño, pues están allí para disfrute de
los transeúntes. Son de naturaleza pétrea en tres colores. Del
rosado se podría pensar que es un caballo enano. Los otros dos, en
tonos grises, están esculpidos con una altura similar a la de sus
congéneres animales.
Puerto de
Esbjerg.
Pronto llego al
puerto con cuatro altísimas chimeneas negras, que parten de
edificios blancos. (He elegido buen lugar al llegar, pero el agua se
acerca. Está subiendo la marea y voy a tener que emigrar). Llego a
señal de Fano ferry y la sigo.
Cojo billete de ida y vuelta, pago 45
dk., y puedo volver el día que quiera. No caduca. (Sigo escribiendo
y apurando la llegada del mar).
Subo al barco, que se llama Fenja, y
llega un equipo ciclista. Les fotografío. Todos se han sentado.
¿Quién es Fromme, quién Contador?
Me enrollo con ellos contándoles
mi viaje. Uno vivió unos años en México y lo habla con acento
mexicano. También viajan otros pasajeros. El ferry parte del puerto
y se dirige hacia la isla de Fano.
Fotografío la estela que va
dejando en su proceso de alejamiento del puerto de partida. Cambiando
de posición, ahora hacia proa, saco foto camino de la última isla
Frisia Septentrional, Fano.
Fotografío otra vista de la cubierta del
buque, con los pasajeros que vamos en ella, donde la mayoría sigue
siendo la de los ciclistas.
Cuando estamos muy cerca del puerto de
desembarco en la isla, vuelvo a fotografiar. Ahora veo más cercana
la plataforma que, viniendo de la playa, se adentra en el mar que
supongo fangoso. El trayecto se me ha hecho corto pero realmente la
distancia entre isla y continente lo es.
F A N O
Nordby
Es el nombre de la
capital, la que está más al Norte. Ciudades importantes son,
Rindby, en el centro, y Sonderho, en el Sur. El centro de la isla lo
ocupa un frondoso bosque. Como ya es sabido, las playas están al
otro lado, hacia el mar abierto. Prácticamente todo el occidente de
la isla es una playa.
Un vistazo al mapa ayuda a entender lo que voy
a hacer en esta isla. Bajamos del ferry. Información está hacia el
Centrum. Paso por una casa que fotografío, donde un hombre con perro
me reorienta. En el porche figura el nombre de Sixtus con un pequeño
mascarón de proa que, como casi siempre, ofrece una figura femenina
colorista.
Oficina de
Información: Paul.
Llego a turismo.
Paul me recibe. ¡Qué bien que sabe castellano! Le cuento mi viaje
más rápido y con más detalle que si lo hubiese tenido que hacer en
inglés, que hubiera sido mucho más esquemático. Me facilita un
mapa muy grande y le pido uno más pequeño. Me dice que los
albergues son B&B pero que cuestan no por debajo de 300 dk. No me
valen. (Sigo escribiendo y subiendo la marea). Me dice que está
previsto que esta noche lloverá torrencialmente. (Los kayak han
desaparecido). Es cuando me habla de un refugio gratis que, dice,
encontraré en el bosque, hacia el sur, y que aunque no será cierto
que lo voy a encontrar, va a ser mi primera referencia para saber que
en Dinamarca hay refugios gratuitos, que ya tendréis oportunidad de
conocer, pues voy a dormir en varios de ellos, no hoy, pero sí en
las siguientes etapas. Dice que la isla tiene 8 kilómetros de largo,
así que esa distancia no será nada para mí, que estoy acostumbrado a más
largos recorridos. Paul me recomienda que visite Sonderho. Como la
primera “o” es barrada y suena como “e”, me viene a la mente
el grupo latinoamericano de Sendero Luminoso. Dejo la parte norte de
la isla sin visitar. Hoy lo más interesante está hacia el Oeste y
el Sur. La visita a Paul ha sido providencial. Agradezco todo lo que
me ha informado y abandono Turismo. Si me quedo a dormir en la isla,
que parece lo más probable, no sé si mañana veré a Paul de
regreso.
Camino hacia la
playa.
Voy por carretera
transversal. Junto a la carretera hay buena acera que también puede
servir como carril para bicicletas, aunque siendo tan escasa la
circulación de automóviles, hay sitio para todos.
Las casas que veo
son bajas, de una planta y, quizás, aprovechen la zona abuhardillada
como almacén. No veo salida luminosa alguna que haga pensar en
dormitorios. Una pareja con perro se asombra con mi viaje y me
orienta para continuar. Encuentro un erizo muerto en la cuneta. Ha
pasado a mejor vida, aunque en ese mal paso, en realidad lo que ha
conseguido ha sido llegar rápidamente al final de sus días de vida.
Próximo a llegar a la playa del Oeste, las casas ya cambian de
tamaño y forma constructiva. En alguna se repite el tejado de paja y
en las más altas, la estructura es bastante convencional.
Es así
como voy llegando a la playa. Una cabaña de madera ofrece servicios
de aseo y hay también heladería. Un letrero en Fano Vesterhavsbad,
lo acorta con Fano Bad. Esta entrada a la playa, con coches
circulando por ella, me recuerda lo ya visto en Romo. La historia se
repite.
Larguísima playa de Fano.
Tengo que andar de nuevo un buen tramo para poder llegar a la
orilla. Mirando el mapa de la isla, ya se ve que en la zona norte es
donde más anchura hay de arena. La circulación de coches es menor
que en Romo, pero aquí también los hay aparcados en la orilla.
Una
barrera de postes parece que delimita el paso, o lo prohíbe pero, en
realidad, sirve para proteger el desplazamiento de la arena y que no
se la lleve el viento dejando la orilla sin ella. Mientras voy camino
de la orilla, fotografío las dunas bajas que van quedando hacia el
Norte. Hay gente que vuelve del baño y regresa con sus perros
atados.
Me acerco a las dunas, pues mi intención es ir por la orilla
y no las voy a volver a ver. Se observa que son dunas muy frágiles,
a pesar de que en ellas crece la vegetación apropiada a la
contención. Un indicador circular de prohibición que, sin saber
leer el letrero en neerlandés, me siento capaz de entender que
prohíbe, o recomienda, no pasar ni pisar las dunas. Esa es la mejor
prevención para que se conserven.
Cuando llego cerca de la orilla,
junto a unos postes inclinados, me desnudo y doy el primer baño de
la mañana, después que el día de ayer me lo pasé sin meterme en
el mar. Las banderas que ondean parecen piratas y no sé qué función
cumplen allí. Aunque Dinamarca es tolerante con el nudismo, Paul me
ha dicho que se puede estar desnudo en cualquier playa menos en las
próximas a las ciudades, me coloco a distancia prudencial y hago
también una prudente foto de mi cuerpo gentil.
Me doy un baño
placentero. Como los restos de la ensalada que no pude terminar ayer
y bebo una lata de cerveza Giraf, producto de Albania. ¿Llegaré
algún día a patear las costas de este país, ya emergente para el
turismo? La cerveza albanesa destaca su 10% de graduación
alcohólica. Por ella he pagado 19 dk y la he comprado en un Spar. Me
doy otro baño, tomo el sol y no tengo ni idea de la hora que es.
Felicidad plena. Festejo mi mes caminando. Tras abrazar al mundo, me
abrazo a mí mismo. ¡Qué más quiero! Tras el día chungo de ayer,
hoy ha llegado la compensación. Después de fotografiar la lata de
cerveza sobre mi rodilla, es oscura y no me ha agradado demasiado,
pero acabo el medio litro antes de tirar el continente a la basura.
El día se ha cubierto de nubes pero la temperatura es alta y se
agradece el airecillo que corre que la hace grata. Más Felicidad.
Cuando miro el reloj, son las 14:40 y me voy a dar un nuevo baño.
Este será ya de despedida. Sigo sin ver a ningún nudista, aunque
algún bañista se quiete y ponga el bañador con toda naturalidad.
Un rato con
Morten.
En el tercer baño
el agua sigue estando deliciosa y la marea sigue subiendo. Orino en
el mar. Hablo con un chico de la isla que ha llegado en bici, se ha
sentado junto a ella y ahora está en calzoncillos. No es de cultura
FKK. Le cuento mi viaje y estaremos hablando un cuarto de hora. Le
enseño mis dibujos y acabamos despidiéndonos con un abrazo. Morten
monta en su bici y yo me visto y continúo camino por la orilla hacia
el Sur. Él también opina que Sonderho merece la pena de ser
visitado. Llegaré al pueblo del sur, no tengo duda, pero lo de
encontrar el refugio gratuito ya será otro cantar. Mientras estoy
hablando con Morten, veo salir del agua, desnudo, a un hombre y a
otro que viene por la orilla andando con su pareja. Bueno. Ya no soy
yo el único. Eso me tranquiliza y me anima.
Rindby.
A las tres salgo
hacia la playa de Rindby, que es otra y la misma playa que acabo de
dejar y la que vendrá a continuación hasta el Sur. El piso es
delicioso, con arena dura, ideal para caminar descalzo muchos
kilómetros. Prácticamente serán siete los que me quedan de playa
para alcanzar Sonderho. Casi todo el rato voy cerca de la orilla,
mojándome los pies. Paso cerca de un grupo de aficionados a las
canoas a los que fotografío en el momento en que una mujer rueda
montada en su bici por la orilla.
Sin tener certeza absoluta si las
dos fotos siguientes son de Nordby o de Rindby, ya que en la orilla
del mar no indican cambio alguno, las presento como si
correspondieran a esta segunda, dando por hecho que una vez avanzado
por la playa, Nordby ya se fue quedando atrás.
Lo que se aprecian
son casas bajas, aunque hay tres pabellones trillizos que destacan
por su altura. Muestro también la distancia en que algunos coches se
colocan cerca de la orilla. Se supone que tienen en cuenta la subida
de la pleamar. Encuentro una caracola. Va a ser mi único recuerdo
físico que llevaré de las islas, de la última Frisia. Una pareja
me dice que sabré mi llegada a Sonderho cuando vea una casa
finalizando la playa.
Por la orilla hacia
el Sur.
Por la orilla,
camina una parejita con paraguas. Me resisto a que no formen parte de
mi viaje. Ambos van en bañador y protegen sus torsos con camiseta,
él, y con camisa, ella. Pero a la chica no le basta con que su
espalda vaya prevenida contra los rayos solares, por lo que luce un
amplio paraguas rojo abierto. La imagen lejana me ha parecido un sol
de ocaso, rojo rojo, deambulando que, al acercarme, comprendo que
hace de parasol protector de la pareja. Ambos van descalzos por la
orilla, refrescando sus pies con el agua que llega suave y endurece
la arena al mojarla.
Disfrutan de un maravilloso paseo. Les adelanto
y saludo. La foto que antes había sido por la espalda y a traición,
ahora es más amplia, pero con igual significado. Lo único que varía
es la posición del observador curioso. También el horizonte se
dilata en su lejanía de medida incierta. La parte playera de Rindby
ha quedado atrás y esta zona es mucho más solitaria.
Saco una foto
hacia atrás con un coche al que también parece que le agrada más
rodar por tierra húmeda, más firme, y no teme acercarse
peligrosamente a la orilla del calmoso mar. Otra foto hacia el Sur
ofrece la soledad que me espera y a la que estoy más que
acostumbrado.
Por el continente, me gusta llevar el mar a mi
izquierda, por eso viajo de Sur a Norte o de Oeste a Este, pero no me
importa ir a la inversa por esta isla ya que, en teoría, no hay
circulación ni carreteras. El regreso será por carretera y caminos
del interior y no veré la playa mañana.
Camino descalzo pensando en
lo mucho que estoy disfrutando en paseo tan relajante, hasta que
llego a zona con gaviotas de orilla. Con el paso de los vehículos,
emprenden el vuelo dejando su apoyo en la arena, y revolotean hasta
que unas deciden ser palmípedas en el mar y otras vuelven a posarse
donde estaban o, quizás, algo más hacia el Sur.
En algún momento,
yo seré también quien las obligue a remontar el vuelo y a
revolotear sobre mi cabeza y alejarse más al Sur. Como no tengo otra
distracción, las fotografío en su maraña volandera sobre el mar de
todos pero, en esta ocasión, más de ellas que mío. Ha empezado a
llover. Al inicio es una lluvia suave pero, como arrecia, me pongo la
capa.
Habría sido divertido caminar desnudo y con mi capa revolando
al viento, como una venus calipigia provocadora cualquiera. Guardo mi
caracola. Para las 16:30 ya ha parado de llover y luce de nuevo el
sol. Siguen pasando coches y ciclistas en ambas direcciones. La
mayoría por la arena de interior más apisonada. Considero que la
casita que veo a la izquierda será el referente por el que debo
entrar en Sonderho, tal como me ha dicho la pareja informante.
Acercamiento a
Sonderho.
Llego a un punto de
la playa en que ya no tengo intención de continuar por ella. Un
indicador me informa que Sonderho está a un par de kilómetros y
hacia allí me voy a dirigir. En lo que pudiéramos señalar como
curva de carretera de entrada al pueblo, un hombre vuela su cometa en
presencia de una mujer y un perro.
La cometa me recuerda a un
“Spiderman” en miniatura y el perro es uno de los enanos
cascarrabias que, para mí, casi no llega a ser perro. Un coche llega
del pueblo por carretera arenosa hacia la playa. Supongo que su
conductor prefiere ir hacia Nordby por mar que por carretera
asfaltada.
El recorrido es más recto que por interior. Entre dunas
consolidadas, un edificio en el que leo: Sonderho Strand, ofrece
espacios deportivos y una alta bandera de Dinamarca que ondea al
viento.
Entre dunas más altas que, estando también consolidadas me
parecen más frágiles, por las nervaduras de arena suelta que veo
entre la vegetación, veo las primeras casas del pueblo.
No son
estridentes en su construcción y encajan perfectamente con el
paisaje.
Como veré más tarde la mayor parte de las casas son de una
sola planta, aunque aprovechan bien el espacio de gambara a dos
aguas. Una ventana, al menos, indican los habitáculos
abuhardillados. Siguiendo la carretera fotografío más casas. La
mayoría ofrecen los clásicos tejados de paja, con las clásicas
ventanas de techo curvo tan características de este sistema de
construcción.
A veces parecen ojos entrecerrados que vigilan al
visitante foráneo. También al autóctono. Cerca de una de las casas
encuentro este puesto de venta de utensilios propios del agro. Con la
banderita danesa ondeando, ofrecen regaderas grandes y de juguete,
quizás para que los niños también se aficionen en las tareas
agrícolas. Cestones ligeros de plástico para transportar los frutos
de la huerta, faroles, escobas y hasta tres paraguas de gran tamaño.
La casa de base cuadrada más próxima, ofrece en su zaguán cuatro
ventanas-ojo, de las que antes he mencionado, una a cada lado,
mirando a las cuatro vertientes de la isla. Encuentro un edificio
similar al del lugar en que dormí en la isla de Mando. Como está
abierto, puedo ver una barca que sirve para navegar y para ofrecer
ayuda a algún náufrago que lo necesite. Me está gustando este
pueblecito.
Una torreta-veleta.
Veo una torreta y un
indicador para saber el camino a seguir para llegar a ella. El
sendero es de cascajo. Recuerda a la corteza de pino que suelen poner
en algunos jardines para evitar que la hierba indeseada crezca en
ellos. Así se evitan tenerla que arrancar.
Como no tengo nada que
hacer hasta la hora de acostarme, voy hacia ella.
Saco dos
instantáneas más, pero no logro saber cuál es su utilidad. Quizás
sólo sirva como elemento decorativo del paisaje. ¿Podría estar
cumpliendo la función de una gran veleta para conocer qué viento
sopla? Cuando llego arriba, otros observadores no saben decirme para
qué finalidad se puso esta torreta-veleta en lo alto de la loma. Es
una construcción recia, bien ensamblada y con visos de perdurar ad
eternum.
Una vez visitada, inicio el descenso. El sendero de
cascajo cambia en la medida en que me voy acercando al otro mar, el
más fangoso. El menos apetecible para el baño.
Sonderho. Iglesia
con cementerio.
Sin acercarme
todavía al mar, paseo por las calles del pueblo. En el camino me he
parado a sacar una foto panorámica con las casas que siguen
manteniendo la misma estructura de las primeras que he visto y que,
en su uniformidad, hacen de Sonderho un pueblo bello.
Llego a la
iglesia. En realidad, a donde llego es al cementerio, que no me deja
acceder a la iglesia. Aquí, aunque hay un orden en la colocación de
las lápidas donde figuran los nombres de las personas enterradas, no
está tan bien cuidado como los camposantos que vi ayer en el
continente, y en el de la isla de Romo. Pero todos los muertos están
al arrimo de la iglesia, que hace de madre protectora de sus
feligreses.
Al pasar junto a una casa con el tejado de paja propio de
las construcciones del lugar, como me queda tan a mano, fotografío
un detalle del mismo, para que se vea mejor su estructura abigarrada
de pajas bien orientadas y entretejidas. También de cómo, en su
parte más vulnerable, son protegidos por una malla metálica, para
que las briznas no se las lleven los pájaros para construir sus
nidos.
Al llegar al café, como ya he comido las verduras en la
playa, a gusto me comería una nécora, o algún cangrejo similar.
Como no lo hay, en IsCaféen pido un helado de Lacasitos, por el que
pago 22 koronas. Es lo que hay.
Lamiéndolo, me acerco al dique, que
aquí es pequeñito. Un hombre en bicicleta lo acaba de cruzar y
contempla el paisaje plano que se le ofrece. Para poder pasar al otro
lado sin subir ni bajar, han tenido que cortar el dique que llegaba
al lugar bien repleto de hierba y convertirlo en asfalto. Los dos
extremos están férreamente sujetos con cemento.
Se ve que tienen
claro que el mar no va a penetrar al pueblo por este lado. ¿Temerán
más al Mar del Norte? Un señor me hace prestar atención al medidor
de altura de las mareas.
Sólo si sobrepasa el límite, el pueblo
peligrará. Me despido agradecido por la información. ¿Alguna vez
habrán sufrido algún percance en marea alta? De regreso, vuelvo a
pasar cerca de la iglesia y del cementerio. Por este lado parece más
informal en la distribución de sus tumbas.
Para Biblioteca han
reservado otro precioso edificio que mantiene la estructura de las
casas mentadas. Me gusta el lugar y siento que sea domingo y no pueda
hacer una visita al interior y volver a entrar en mi correo. Pero es
lo que hay. Todo no puede ser.
Cementerio sin
iglesia.
Somands
Monumentet.
Intuyo que el
cementerio por el que he pasado antes, junto a la iglesia,
corresponde a los católicos practicantes. Quiero pensar que éste,
al que ahora llego, que no ofrece iglesia cercana, será para los
ateos, que también tienen derecho a que les cubra la tierra.
Pero si
antes, la acogedora era la madre Iglesia, ahora parece ser que quien
acoge es la abuela. Así interpreto a esta mujer con sus dos nietos.
Y no quiero pensar que éste sea un cementerio sólo para niños.
En
cualquier caso, el lugar y la distribución de este espacio, me
agrada más que el otro y tiro dos fotos. Somands Monumentet,
es como llaman en Sonderho a este cementerio. Lo leo en la puerta de
entrada, que también fotografío.
Buscando refugio.
Antes de despedirme
de Sonderho, paso por un campo de hierba colorista en el que, junto a
una casa construida de hace años.
Han puesto la estructura de madera
de lo que pronto serán dos nuevas y pequeñas casas más. Ahora sólo estan en esqueleto.
Me voy
alejando del pueblo por este carril para bicis.
Llego a un camino de
nuevo de cascajo, con unas señales que me indican por dónde seguir
hacia el refugio que esta mañana me ha recomendado Paul. El sendero
aparece nítido y esta primera señalización me llena de confianza
para conseguir llegar al mismo. Pero la realidad no se va a ajustar a
mis previsiones.
Exposición de
Flora y Fauna.
Sigo dentro del
espacio verde que en mi mapa de la isla figura con el nombre de Fano
Plantage. Pero el camino, en lugar de llevarme hacia el refugio
deseado, me ha acercado a un edificio bajo que ofrece información
sobre las características del lugar, su flora y su fauna.
Quizás
sea yo quien ha interpretado mal las señales y lo que en realidad
querían era que el caminante llegara hasta aquí. Realmente, acabará
siendo mi refugio para esta noche. Pero no me rindo, y sigo buscando
el refugio recomendado por Paul. Muy cerca del lugar leo Ellingebo,
donde se ofrece una larga jaula, preparada para algún tipo de animal
que, como no veo ninguno, no puedo saber para quién es.
Sigo
buscando el shelter, pero me pierdo y no me queda otra que retroceder
a lugar conocido. Suelen decir que más vale malo conocido que bueno
por conocer pero, en este caso, lo malo conocido no va a ser tan
malo. El camino al refugio se vuelve confuso, me acerca demasiado al
mar de fango. La senda acaba desapareciendo. Empiezo a sentirme
vulnerable y decido regresar antes que ponerme en peligro.
Mi refugio en
Fano Plantage.
Digo que no es malo,
sino todo lo contrario pues, aunque paso de tratar de entender el
contenido de la exposición, el lugar me ofrece una mesa, donde podré
cenar los restos de sparerib, costillas, de ayer noche y, además
tiene retrete, donde puedo hacer uso de él para mis necesidades
fisiológicas y coger agua para beber. Nada más llegar empieza a
llover. Pongo sobre la mesa mi ración de costillas, que frías están
menos apetecibles que ayer tarde, y guardo las cinco pequeñas para
el desayuno de mañana. Confío en que no se pondrán malas. Ayer me
quejaba de las raciones excesivas de la cena en Esbjerg, pero hoy los
restos me han venido bien para alimentarme en esta isla. Hoy habré
caminado uno 20 kilómetros, como mucho, y estoy muy descansado.
Después de cenar, ahora sin jirafa, escribo hasta las 20:45. Como
hay un sistema de encendido automático de la exposición y no sé
cómo apagar la luz, decido dormir en el retrete.
Mantengo la puerta
de acceso a la exposición abierta para que entre a su nido y salga
de él, el pájaro que ha salido de estampida cuando he llegado y aún
no ha vuelto. Mientras ceno y escribo, está cayendo una tromba de
agua con truenos, aunque no he visto ningún rayo. Leyendo la lista
de B&B que me ha dado Paul, me doy cuenta de que no me sirve para
nada. Todos están por encima de los 300 dk y muchos son con el
desayuno aparte. Aunque estoy tranquilo, temo que venga a cerrar el
chiringuito y me deje atrapado. Decido dejar abierta la puerta del
retrete.
Duermevela.
Durante la noche,
veo que un ratoncillo se pasea por la sala de exposiciones, pero
nunca traspasa la línea que lo separa del retrete. Quizás sea un
topo y no un ratón de campo, ¿o una musaraña? Un mosquito me da la
tabarra. ¿Se lo comerá el roedor? Hace calor y acabo desnudándome
dentro del saco. Como no estoy expuesto al viento ni al relente de la
noche, desnudo creo que dormiré mejor. El mosquito me obliga a
encender la luz, pero no logro verlo. Finalmente me mantengo
impasible y dejo que se pose en mi entrecejo. Cuando está a punto de
clavarme su aguijón, con un manotazo suave, me lo cargo. Sólo me
levanto una vez a orinar y esta vez lo hago en la taza del WC. Noto
ya los huesos de la cadera aplastados contra el suelo duro. Denota
que ya estoy adelgazando en relación al día en que salí de casa.
No me despierto hasta las 5.30 horas. Los pájaros del bosque trinan
y el mío privado se ha atrevido a volver a su nido.
Balance de la jornada.
Lo mejor ha sido el encuentro con Paul por toda la información que me ha dado. También el tiempo que he disfrutado en la playa y los ricos baños. Aunque la lluvia se podría haber quedado en casa. Ha sido una pena que no haya encontrado el refugio gratuito, aunque ya me desquitaré. Sonderho me ha parecido un bello y tranquilo pueblo.

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