Etapa 29 (470) Mando By-Esbjerg
Mando
By-St.Darum-Esbjerg.
Mando-By.
Amanecer.
Hoy va a ser día
dedicado al dique de regreso, con pocos pueblos por el camino hasta
llegar a Esbjerg, ciudad donde está el albergue juvenil. Se presenta
un día caluroso desde por la mañana.
Sobre todo cuando voy buscando
un lugar para comer por carreteras del interior. Me levanto antes de
las seis y, para esa hora, en punto, ya estoy en marcha. La
información de ayer del chofer que me trajo en su coche, en cuanto a
la hora de la pleamar, fue muy valiosa. Hoy la valoro mejor. Saco
foto del lugar donde he dormido, antes de recoger mis bártulos. Por
las contraventanas abiertas, es por donde vi la obra del escultor.
Lo más llamativo
del lugar.
Cargado con las
mochilas, me asomo al lugar de donde ayer accedí a la playa. Ahora
la marea está algo más alta que ayer cuando me bañé, pero a esta
hora no me apetece darme un baño. Además, prefiero avanzar para no
llegar muy tarde al albergue.
Al pasar por la capital, voy sacando
algunas fotos. En primer lugar el restaurante en cuya terraza cené
en el atardecer de ayer. El comedor ocupa la planta baja. No sé si
la otra planta, la abuhardillada, es la vivienda de los propietarios,
ni tan siquiera sé si ellos viven en Mando-By. Hoy la terraza está
vacía a estas horas tan tempraneras.
Un mapa de la isla señala las
tres opciones para hacer recorridos en bicicleta. Los kilómetros a
recorrer van desde el menor, de 7,5 a 11km que es el más largo.
Quien quiera pedalear más kilómetros, siempre tiene la opción de
repetir o de hacer combinaciones con los tres recorridos. Junto al
mapa hay un rosal florido, el cual está bien podado para que no
intercepte la buena visión del mapa. Me gusta que den prioridad a lo
importante y que el aspecto estético se supedite al de utilidad.
Este mapa me hubiera gustado tenerlo ayer aunque, al haber llegado
tan tarde a la isla, no habría tenido el tiempo suficiente como para
poder hacer tan siquiera el recorrido ciclista menor, aunque algo
paseé por él. Es, después de ver el mapa, como llego al edificio
del museo, que mantiene las características de las casas de labranza
de la época.
Este edificio fue construido en 1831, según leo en la
fachada sin vanos, salvo la ventanita del zaguán. Parece que se
trata de un museo de las condiciones de vivienda de una familia que
viviera de lo agropecuario. Pero, como no lo vi por dentro, no lo
puedo asegurar.
Confirma esta suposición lo que veo al otro lado del
edificio, pues un pozo completaría las necesidades de agua dulce
para lavar, cocinar, limpieza y, sobre todo, dar de beber al ganado y
a las personas. El sistema para la extracción de agua del pozo,
corresponde al método clásico de la palanca, para bajar vacío y
subir el cubo repleto de agua.
En otro lugar próximo a un grupo de
casas, veo unos palletes que soportan grandes cantidades de leña
troceada para poder tener las chimeneas bien calentitas en el frío
invierno que, se puede prever, tiene que hacer por aquí. Llego a la
oficina de información. Ayer no la vi y, siendo tan pequeña la
ciudad, pensé que no habría oficina de Turismo. De haberlo sabido y
si ayer hubiera estado abierta por la tarde, cuando llegué, habría
sido interesante conseguir un plano de la isla y alguna información
complementaria.
No valen lamentos, ni quizás tengan sentido, habida
cuenta del poco tiempo que he estado despierto en esta pequeña isla.
Siguiendo más adelante, encuentro el molino. Puedo suponer que si en
tierra firma habían sembrado cereal aquí, en la isla, también lo
habría y lo tendrían que moler para obtener harina. No es de
sorprender que encuentre este molino en tan buenas condiciones de
conservación.
Aprovecho que hay un cruce y un espejo, que facilita
la visión a los conductores, para que además del molino me
fotografíe a mí mismo. Tengo muy pocas fotos mías en este viaje en
solitario y no debo desaprovechar la ocasión. El seto separador es
de las flores de color entre malva y rojo que, dentro de unos días,
sabré que sirven para cosmética y mermeladas. Mi amiga Aase me
obsequiará con la suya casera, el día en que duerma en su casa de
Lild Strand, para desayunar. Ya frente al molino, lo vuelvo a
fotografiar. El edificio está impecable. Las aspas están en
perfecto estado, aunque no sé si seguirán ejerciendo para la
molienda. Sin las telas que potencian la acción del viento, se puede
pensar que en la actualidad no molerán nada. Sin ellas, no tentarán
como gigantes a ningún caminante aventurero.
Al menos a mí no me
tientan, aunque me considere algo quijote.
Hacia el dique.
Con una casa
aislada, próxima a la duna del fondo, paso por un prado segado donde
una sublime vaca posa para mí. Es un ejemplar recio, de una raza
algo primitiva en su tosquedad. Quizás hayan sido estas
características las que han hecho que me fije en ella, más que su
estampa que muy bella no es. Está diciendo esto un inexperto. Quizás
esta vaca haya ganado algún concurso de vacas de raza del entorno.
Tampoco es que sea experto en caballos, pero en la feria anual de
ganado de Altsasu de 2018, acerté los tres últimos caballos
ganadores. Sin haber llegado aún a la zona inundable, encuentro una
casa que teniendo su tejado en bastante buenas condiciones, su base y
sus flancos laterales se han venido abajo. Me da la impresión que
solamente las tejas podrán ser aprovechadas para una nueva
construcción o para retejar algún tejado defectuoso que requiera
ser reparado.
Muestro dos aspectos diferenciados que ofrecen la
variabilidad de tonos de las distintas hierbas que servirán de
forraje para el ganado en los próximos inviernos, cuando estos dos
prados sean segados. El primero ofrece unas tonalidades lilas y
moradas.
En el otro, donde predominan los tonos verdes, las flores
blancas me hacen pensar en el atuendo deportivo del Betis.
Me gustan
más las primeras, quizás por lo habituados que estamos a que la
hierba sea siempre verde. “¡Aúpa er Beti… manque pierda!”
Todavía sin llegar al dique, veo en la lejanía, probablemente sobre
el mar, varias bandadas de aves. Por la distancia no puedo saber de
qué especie se trata ¿Serán patos, gansos, o grullas?
Mi padre,
gran cazador, no habría tenido ninguna duda, pero el hijo no salió
al padre en ese aspecto de la cinegética.
Zona inundable.
Cuando supero el
último dique, veo algunos rebaños de ovejas que van de un lado al
otro de la carretera. Es el momento en que ya tengo a la vista la
zona inundable. Todavía están visibles algunos charcos que han
quedado de la última marea alta.
La mayoría de las ovejas y los
corderos bajan a pastar a la zona que a las seis estaba cubierta por
el mar. Se podría presumir que al ganado bovino le gusta más la
hierba salada. ¿Afectará a la leche? ¿Será por eso que algunos
quesos son más salados que otros? Nos podríamos preguntar lo mismo
que con las vacas. A ovejas y corderos, ¿les gusta más la hierba
regada por la lluvia, la salada de la rasa inter-mareal, la empacada
natural, o la fermentada? Junto a la carretera que lleva al dique,
veo una señal de peligro. Es la que informa de las mareas cuyo
horario, al ser variable, y en ello las fases de la luna también
tienen algo que aportar, no se puede grabar.
Tendrían que poner un
cartel con las pleamares. La bajamar no afecta a nadie, salvo a las
ovejas que no sepan nadar y guardar la lana. Hoy en día, todo el que
lo necesite está enterado de o que le importa o tiene su GPS que le
informa. Un grupo de ovejas van por delante de mí.
Están como
asustadas porque no dejo de ir tras ellas. Tardaré un rato en
poderlas adelantar y que se vayan quedando atrás. Llego a una zona
reservada para que maniobren los traktorbusen, donde ellos tienen
otro recorrido que delimitan unos arbolitos muy flacos y con escasa
copa enramada.
Otra señal prohíbe que vayan por esa pista ni motos
ni coches. Esos vehículos más convencionales deberán seguir por la
carretera oficial, por la que yo voy caminando. Todavía hay agua
salada en los dos arcenes. También se ven algunas lagunas en la
parte derecha. Pronto empieza el dique que ayer pasé en coche y hoy
andando.
F
I N D E M A N D O
En el
dique-carretera.
Como se puede
apreciar, en el dique los charcos de agua son más habituales y
persisten más tiempo. Exigen un poco más de atención al caminante
si no quiere que se le mojen las sandalias por descuido. El mar ya se
encuentra a ambos lados de la carretera, tras una zona intermedia de
pedruscos de mayor tamaño. Se ven muy negros pero quizás sea porque
todavía están humedecidos.
A la vista del panorama, he hecho bien
en no esperar hasta las nueve, como me recomendaba el conductor de
ayer. Pronto me cruzaré con el primer coche de la jornada. Se dirige
a la isla. No paran y se limitan a saludar al pasar. Yo camino por el
lado correcto, mi izquierda, aunque es por donde las piedras están
más sueltas, por ser el lugar menos pisado.
Pronto llego a la curva
en la que me cogió en auto-stop el conductor de ayer por la tarde.
Aquí termina el recorrido que ayer hice en coche y hoy he hecho a
pie. Ayer habría tenido dificultad para pasarlo sin la ayuda
recibida, o habría tenido que esperar un buen rato a que bajara la
marea.
Me alegro de haber pedido ayuda cuando fue necesario. Hace
unos años era mucho más purista. Me alegro de haber cambiado.
Encuentro una furgoneta en la parte final.
De nuevo en el
continente danés.
Llego a un lugar de
grandes piedras donde descanso. Es el lugar donde descansaban las dos
auto-caravanas. He tardado dos horas desde que he salido de Mando-By.
Aquí hago un desayuno de jilguero. Mi mezcla de frutos secos con
pipas de calabaza, como prevención del crecimiento de la próstata,
y mi barrita energética, que viene muy bien para estas ocasiones.
Llega un señor muy mayor que presenta gran dificultad para caminar.
Hace gran rato que le he dicho adiós y todavía lo veo cercano
cuando saco la siguiente foto en dirección a la isla de Mando. A ese
paso no llegará ni en tres días. Supongo que alguien le cogerá por
el camino. Así alimenta la ilusión de hacer algo que ya hizo en
tiempos más jóvenes. Tras el frugal desayuno continúo por el
dique de contención. Sólo tiene carril bici a la derecha.
Dique de
contención convencional
Ahora sigo por la
costa, caminando hacia el Norte, así que el mar lo llevo a mi
izquierda. Lo que impide que lo vea, es el dique convencional que, en
el caso actual, está repleto de hierba. Ni lo han segado, ni han
soltado ganado ovino para que se la coma. Aquí, como en Holanda y
Alemania, estos diques son necesarios para que el mar no penetre en
los terrenos habitados y de cultivo. Muchos de estos terrenos se
hayan por debajo del nivel del mar. Mirando a mi derecha, se aprecia
una llanada inmensa, interminable. Una valla defiende el dique y lo
delimita con respecto al carril para las bicicletas. Avanzo hacia mi
destino y paso en paralelo con otras lagunas que no puedo saber si
son de agua salada o dulce.
Pronto veré alguna esclusa que comunica
lagunas con mar, lo que me haría inclinarme hacia la salinidad del
agua que veo. Las plantas intermedias que veo son las propias de la
marisma, juncos, carrizo y espadaña. Veo un núcleo
poblacional a mi derecha. Intuyo que puede ser Ribe con su albergue,
que no usaré, y ¿con su manicomio psiquiátrico? No lo aclaré ayer
con el conductor que me ayudó y que era de ese pueblo.
Embarcadero de
Ribe.
Obras en el dique
y la esclusa.
Veo sobre el dique
cómo trabaja una pala con tractor unida a un remolque donde va
cargando lo que arranca de las entrañas de la tierra. Como no veo el
otro lado, no sé lo que están haciendo en el dique.
Probablemente
tenga que ver con la reforma que están haciendo en la esclusa de la
desembocadura del río Ribe. Un cartel, sobre base de quita y pon,
parece anunciar que las obras empezaron en mayo y que está prevista
su finalización en setiembre. Está prohibido el paso para coches.
Para mí lo importante es que ahora no me impidan el paso y me
obliguen a retroceder lo andado. He llegado a la vez que un ciclista.
Cuando me acerco al restaurante Kamerslusen, veo barcos aparcados en
tierra, en posición elevada. A dos coches les están obligando a
circular por un paso muy estrecho que va hacia el otro lado de la
desembocadura del río Ribe. Probablemente sean coches del lugar o de
la obra. Yo también me acerco para ver qué debo hacer.
Desde arriba
veo el embarcadero de Ribe, donde no hay embarcaciones en las
primeras plataformas, pero sí algunos pequeño yates varados a ambos
lados del río. Es así como voy llegando a la esclusa en obras. Me
parece que no les va a dar tiempo a terminar para el 5 de setiembre,
aunque lo mismo se decía de las olimpiadas de Barcelona: “Noo les
vaa a daar tiempoooo…”, y les dio. Veo contenedores que,
probablemente, hagan de vestuarios y de almacén, una pala excavadora
y otros elementos de los que desconozco su función. Al menos se ve
que están trabajando en ello, y teniendo en cuenta que hoy es
sábado, no se puede pedir más.
Agua y
sanitarios.
Pregunto a un hombre
si puedo pasar al otro lado. Me dice que sí y me ofrece agua y
sanitarios. Cago y me lavo, pero no puedo afeitarme. Llevo barba de
un montón de días, pero como llevo perilla, pasa desapercibido… o
eso es lo que yo me creo. También hay ducha bajo pago de 10 dk. Como
no me fío de que lo vaya a hacer bien, pues temo que haga un gasto
coronario en balde, no me arriesgo a meter las monedas e intentar una
ducha, que me vendría muy bien. Luego me apena no haber intentado
probar si la ducha hubiera sido gratis con agua fría, además de que
me habría reanimado el cuerpo en este día caluroso. Pero estos
servicios ya los he aprovechado en su parte gratuita y me dirijo a la
esclusa que está ralentizando mi camino.
Esclusa en
reparación.
Enseguida veo un
paso para peatones que me lleva al otro lado del río Ribe. Desde el
puente que estoy pasando, fotografío el Ribe en su tranquila
desembocadura hacia el mar. También ofrezco una muestra de la obra
que están realizando para mejorar la capacidad de la esclusa.
Máquinas excavadoras con tracción de oruga, dan muestra de que
todavía queda mucha tarea por delante.
Antes ya he visto los barcos
varados en las márgenes del Ribe, pero no veía esta parte, la
principal de la obra.
Ahora, desde el paso por el puente elevado, que
tiene visos de provisionalidad, ofrezco una visión mejor, más
completa.
Por dique hacia
Esbjerg.
Continúo bajo el
dique de contención del mar, por el camino destinado a los
ciclistas, pero que viene muy bien al peatón. De rato en rato,
ofrece accesos al otro lado, como en este caso puede verse con la
escalera que fotografío. Pero no me voy a animar a seguir por un
recorrido cuyo cartel me ofrecen con el nombre de Camino de la
Catástrofe.
A pesar de que no lo voy a seguir, si siento curiosidad
por ampliar mi visión del paisaje y, durante un rato, voy a caminar
por la cresta del dique, aunque la hierba está muy alta y dificulta
mi deambular. Es así como voy llegando a la siguiente esclusa.
Esclusa del
Kongeaa.
Cuando llego,
fotografío el río Kongeaa desde la parte más terrenal. No ofrece
otra cosa que una amplia planicie y un río más sinuoso que un canal
artificial. Una pequeña plataforma que penetra en el río se podría
considerar el único embarcadero de este lado de la esclusa.
Un
embarcadero muy exclusivo junto a la esclusa. Pero si la
infraestructura de este lado es mínima, del lado de la desembocadura
al mar del Kongeaa no ofrece nada más que el encuentro del agua
dulce con la salada y que resulta impredecible en esta foto sin
sabor. Se ve que este río es menos caudaloso y está menos utilizado
que el Ribe, que he dejado atrás hace un rato.
Cruzar este río por
la esclusa no ofrece dificultad alguna. Desde mi posición en el
dique, y dejando de lado el río, fotografío una laguna a través de
altas hierbas floridas, con tonalidades blancas y lilas, que dan una
nota de color a la blancura de dos cisnes que se encuentran en la
orilla más alejada de dicha laguna. Si estuvieran en la más
próxima, no los vería. Uno de ellos ofrece su largo cuello,
mientras el otro, o la otra, lo esconde en la profundidad de las
aguas, para obtener el alimento piscícola o herbívoro que necesitan
para su alimentación.
Hacia St. Darum.
Llevo mucho rato
caminando sin haber encontrado ninguna oportunidad de desayunar,
aunque ya haya hecho mi colación de subsistencia en Mando. Una foto
de campo de hierba, también colorista, con flores lilas, ofrece el
pueblo en la lejanía.
Es poco después de pasar el Kongeaa cuando me
encuentro con una chica que ha parado su coche, bajado su bici y,
mientras monta sus elementos que traía descoyuntados en su capó, le
saludo al pasar. Cuando ella me adelanta, aprovecho para preguntarle
dónde puedo encontrar un sitio para desayunar. Pretende mandarme
hacia atrás y le pregunto si no encontraré algo en St. Darum. Sin
decirme ni que sí ni que no, parece que es posible que allí
encuentre algo. Ella continúa en su bici y yo sigo mi camino.
Otra
foto con la carretera que se dirige al pueblo. Después otra ya con
el letrero que me indica que ya estoy en él. Entrando en las
primeras casas de St. Darum, una mujer detiene el motor de su
cortacésped. Me ofrece agua, pero le digo que ya llevo. Me dice que
en el único sitio en el que puedo encontrar algo para comer es en el
camping y me indica la dirección hacia la que lo encontraré.
Agradezco la información y me voy. Pronto llego a una casa en la que
se me ofrece un pequeño invernadero familiar. Es un pabellón
acristalado sin finalidad de producción agraria, probablemente sólo
les sirva para que algunas plantas no se les hielen durante el
invierno. Como no puedo penetrar en su zona ajardinada, no puedo
contar lo que tienen dentro.
Poco más tarde llego a la iglesia que
está aislada en un entorno que permite sea vista por todos sus
flancos. Como ya es habitual, la rodean tumbas con sus lápidas
correspondientes a cada uno de los muertos enterrados en el lugar.
También ésta ofrece sus setos diferenciadores y la lápida más
cercana al fotógrafo amateur es la de Petra Camilla, una mujer que
pasó a mejor vida, ¿o no?
Comida en
camping de St. Darum.
Me va a costar
encontrar este camping, que parecía iba a ser fácil. Está más
alejado que lo que había previsto por cómo me había orientado la
mujer. Pero lo importante es que lo encuentro. Lo malo es que llego a
deshora, cuando la tienda de comestibles está cerrada. No hay
restaurante, así que no tengo otra opción que la de comer algo
frío. Como no sé a dónde acudir, un ocupante de plaza acampado, me
ayuda a buscar a la propietaria. Viene muy solícita con el
pensamiento de que soy un candidato a acampar pero, cuando le digo
que quiero comer me responde que sólo tiene pan. Miro lo que ofrece
y veo algo que me puede servir para salir del paso. Así compro un
preparado de nombre Hamburgerryg, un panecillo, dos cervezas, las más
baratas que veo, y pago 36 dk en efectivo. Ella me regala una
porción de mantequilla con la que embadurnaré el pan. Me siento en
las mesas de fuera. Me lo como con apetito, pues tras el desayuno
frugal ésta también ha sido una comida frugal. Lo peor han sido las
cervezas, demasiado gasificadas. Son King 4,6% pero, como hace calor
me entran bien al coleto, aunque luego me harán ir medio adormilado
por una carretera sin arcén.
A veces, por instinto vital, me protejo
metiéndome en la hierba. Mientras el matrimonio que regenta el
camping limpia los aseos, aprovecho para coger agua para lo que me
queda de camino antes de llegar a Esbjerg. Veo a lo lejos un bosque
por el que pasa la carretera y cojo la determinación de parar allí
a la sombra de algún árbol. Al llegar, veo que el carril derecho
ofrece WC, pero el izquierdo está más sombreado. Allí encuentro
cobijo en la hierba, bajo ramaje arbóreo y ortigas pisoteadas. Me
tumbo desnudo a descansar un rato. ¡Qué grato resulta recibir sobre
mi piel el poquito aire que corre! Algunos coches se escoran de la
carretera, pero ninguno se detiene o lo hace más adelante. No me veo
obligado a vestirme. Descanso feliz una media hora, resistiéndome a
volver a la calorina. Pero, aunque se está bien, no puedo quedarme a
pasar toda la tarde aquí. Me visto y, cuando salgo a la carretera,
para un chico que conduce su coche y me invita a subir. Agradezco y
rehúso con un “danke” que, por ser de dos sílabas, me resulta
más grato que el “tak” danés. Me ha agradado esta parada
invitadora, en zona de carretera en que los coches van a gran
velocidad y en un día tan caluroso. Este chico se ha apiadado de mí
y se ha enterado de mi viaje cuando le he dicho: “Come from Spanien
walking”. Tras esta grata interrupción, me doy cuenta de que ha
aparecido carril bici a la derecha y me paso a caminar por él. He
pasado un canal que fotografío en el tramo que puedo, pues luego se
pierde de mi vista en una curva. Posiblemente sea otro río camino
del Mar del Norte.
También paso por un prado, separado de la
carretera por unas hierbas altas, donde cortan con sus lenguas de
rudas papilas su alimento un gran rebaño de vacas de muchos colores,
donde predominan las negras con manchas blancas. Pero también hay
blancas con alguna mancha negra y otras marrones, algunas también
jaspeadas. Se agradece esta nota animal dentro de tanto paisaje
vegetal. Así es como voy entrando en la ciudad objetivo de mi final
de viaje de hoy, Esbjerg.
Esbjerg.
Después de ver el
cartel anunciador, busco en mi guía de Danhostel, la dirección del
albergue juvenil. Leo, Vardevej, que enseguida traduzco como camino
de Varde. Veo un indicador de carretera que indica Varde, más al
norte. Me hago idea de que el camino que busco estará hacia allí.
He entrado en Esbjerg por la zona de pabellones industriales pero, en
ciudad tan grande, no va a coincidir la dirección del pueblo con el
camino que se dirige a él. Por tanto, mi intuición ha sido
parcialmente correcta. Doy vueltas y acabo encontrando el indicador
de 18 kilómetros a Varde, y también el de 17. Sigo por ella, pero
Vardevej no aparece. Por fin me decido a preguntar. Veo a dos chicos
que cruzan la carretera y me dirijo hacia ellos. Aunque iban en otra
dirección, y se lo digo, me responden: “No importa, estamos de
vacaciones”, me acompañan y me dejan en la puerta del albergue.
Estos chicos viven en la ciudad y se asombran del camino que estoy
haciendo. Les ofrezco tomar un café, una cerveza y me lo rechazan.
Les agradezco la ayuda, y se van a donde iban.
Danhostel
Esbjerg.
Entro en el albergue
y me recibe la recepcionista. Ni pregunto precio, pero cuando me hace
la cuenta y voy a pagar, me parece un escándalo. Menos mal que las
317,10 dk las paga Visa… Esta cifra sale de 230 (cama), 72
(desayuno) y 15,10 (por pagar con tarjeta 5%). En total, casi 50€.
¿Cuánto me costaría la noche en un hotel normalito? Este es el
albergue más caro de mi historia de alberguista. ¿Tendré que
empezar a prescindir de ellos? Los usaré sólo en el caso de
absoluta necesidad. Cuando ya he pagado, me ofrecen sábanas por 90
dk. Como son optativas, le digo que dormiré dentro de mi saco. Me
entero entonces de que el desayuno también era optativo. Es bueno
saberlo, por si otro día me interesa madrugar e irme sin desayunar.
El horario para hacerlo mañana es entre las 7:30 y las 9:30. Subo a
mi habitación y, después de defecar y ducharme, me encuentro más
entonado. Calculo que hoy habré caminado entre 40 y 45 kilómetros.
Me tumbo un rato en la cama a la que protejo con la toalla
humedecida. Será mi segundo descansito productivo de la jornada.
Luego me visto y bajo a pedir un plano de la ciudad. Así podré
visitarla.
La recepcionista me marca una ruta, que sigo parcialmente,
donde me indica algún sitio para cenar. Me desvía la visión lejana
de una iglesia y hago un “fifty-fifty” de lo previsto, y que me
lleva al centro. Llego a una bonita plaza con estatua central de
miliar ecuestre, donde hay una terraza de restaurante en el que, más
tarde, cenaré. Busco un italiano y no lo encuentro. Lo que veo en la
terraza de la plaza que pide la gente, oscila entre pizza y
hamburguesa. Observo que muchas de las consumiciones pedidas las
dejan abandonadas con más de la mitad sin consumir. Son tan grandes
las raciones, que no me extraña.
Tampoco los chinos ofrecen mucho
atractivo. Paso por un establecimiento de ropa deportiva masculina en
el que leo Jack Jones con un anagrama en medio de ambas palabras, que
al leerlo rápidamente se me representa como Jac Kojones. En
algo tengo que emplear el tiempo de mi visita a la ciudad. Algunos de
los chinos que veo son en plan “take away”. No es un plan
que hoy me apetezca. La plaza está hecha una guarrada, los platos de
plástico metidos en bolsas repletas se desparraman y nadie las
retira. Cuando he salido del Danhostel, han caído unas gotas de
lluvia. Pronto una borrasca con aparato eléctrico y sonoro que he
recibido con gusto y con paraguas. Dura poco tiempo. He pasado por un
cementerio abierto, con lápidas desprotegidas sobre la verde hierba
recortada.
Cena en Dronning
Louise: Spareribs.
Decido cenar en la
terraza que antes he visto en la plaza. Guardo el paraguas. La mesa
que he ocupado estaba vacía porque se había mojado por la lluvia.
Está en la confluencia de dos sombrillas, a dos aguas. El nombre de
Spareribs, que leo en la carta, me recuerdan el encuentro con
Hadevij, el día que perdí las sandalias en Nordwick (Holanda). Como
aquellas costillas me gustaron, las pido también aquí. También una
ensalada. Aquí las cargan demasiado con ese embadurnado rojo que las
cubre y la ración es una exageración. Ceno unas 20 costillas. Una
ración que es más para tres que para dos personas. Si hubiese
estado en mi casa, me las habría llevado y metido en el frigorífico,
pero mis condiciones no se adecúan a esa operación. No me agradaría
comérmelas heladas mañana. La ensalada es de verduras crudas y
asadas acompañadas de una salsa verde, suave y rica, que o empalaga.
Vienen en una base de cuerno de pan. Como tampoco puedo terminarla,
pido papel de aluminio y me viene bien una bolsa que guardé de los
espirales de pasta que comí en Sylt. Con Calsberg de 40 la cuenta me
sube a 380 y también me cargan 6,76 dk por pagar con Visa. Sigue
siendo menos que la comisión del 4% que me carga el banco. Siendo
los dos platos servidos calientes, me los han sacado a la vez. Otro
fallo. La cerveza sacada no ha sido la pedida, pero soy un todo
terreno y no he protestado. Me cabrea pagar incrementos por pagar con
Visa. Habrá que emigrar pronto de este país tan caro… y eso que
acabo de llegar. Regreso al Danhostel por lugares desconocidos
distintos a los de la ida. Llego hasta el lugar donde los jóvenes me
han acompañado antes.
De regreso en el
Danhostel.
La recepcionista me
dice que el lugar donde desayunaré mañana no está donde yo creía
y me informa del lugar exacto. Me enseña el correcto en el sótano.
Yo estoy alojado en el tercer piso. Paseo por el interior del
edificio. Fotografío un salón vetusto que me hace recordar, más
que un albergue juvenil, un lugar de reunión de gente de la
burguesía adinerada de la ciudad. Los más carcas de Dinamarca. Pero
es una sensación producida por los muebles y las estatuas, sin nada
más en que me pueda basar.
En este salón escribiré mañana mi
diario tras el “checking-out”. Recepción está en el
primero.
Otro paseo por
Esbjerg.
Tras dejar el
paraguas abierto en la habitación para que se seque, vuelvo a dar un
paseo por la zona. Saco dos fotos de la iglesia, una desde el ábside
y la segunda torre, más pequeña y otra de la fachada principal con
su torre, del otro lado.
Es de ladrillo rojo y sus dos pináculos en
bronce verdecido me agradan.
Vuelvo a pasar por el cementerio que
antes no he fotografiado, el que se ofrece en la hierba al exterior,
con las tumbas diseminadas por todo el espacio.
Luego saco foto a
otra iglesia que está siendo restaurada. Inicio mi retroceso a mi
habitación para descansar y encuentro esta escultura de estos dos
jóvenes que son los únicos desnudos que veo en toda la ciudad.
En
este paseo, he visto establecimiento de Lebara, pero ya ha sido
demasiado tarde. De haber estado abierto, tampoco sé si me habrían
podido solucionar el problema al haberme dejado anulada la línea.
Como ya puedo comunicar con mi familia por internet, tampoco me voy a
preocupar más.
A soñar con los
angelitos.
Si los spareribs me
dejan, subo a mi habitación con intención de dormir. Me desnudo y
no tengo gana de escribir. Será mañana cuando ponga al día el
diario. Me acuesto con temor a que mi estómago regurgite lo cenado.
Poco a poco, el alimento se va asentando. Durante la noche hay
demasiado ruido en los pasillos, mayormente derivado del sistema de
cierre de las puertas de las habitaciones. Son las 11:30 y parece que
todavía no es hora para quejarse. Después viene una familia
ruidosa. No sé si las voces son de niños o de mujeres con ganas de
juerga. Asomo la cabeza y lanzo un sonoro y potente chisttttt, que no
sé si se acaban de enterar. Al menos consigo que bajen el volumen.
Quizás sea porque ya han entrado en su habitación. No duermo bien
al inicio, pero después sí, hasta profundamente. Llegan las 6:30 y
me despierto. Se ve que hace tiempo que ya ha clareado. Y más en la
medida en que vaya subiendo hacia el Norte. El cielo está cubierto.
Un poco de fresquito me vendrá bien. Escribo y a las ocho bajo a
desayunar. Pienso en Fano que ayer, la recepcionista me dijo que es
la isla más apreciada de las tres Frisias por sus mejores playas.
¿Iré?
Balance de la
jornada.
Lo más curioso de
la jornada es la vuelta al continente a pie desde Mando. El recorrido
posterior ha sido bastante anodino. Bien por los chavales que me han
acompañado al albergue y por las ayudas recibidas a lo largo de la
jornada.

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