Etapa 29 (470) Mando By-Esbjerg


Etapa 29 (470) 04 de julio de 2015, sábado.
Mando By-St.Darum-Esbjerg.

Mando-By. Amanecer.
Hoy va a ser día dedicado al dique de regreso, con pocos pueblos por el camino hasta llegar a Esbjerg, ciudad donde está el albergue juvenil. Se presenta un día caluroso desde por la mañana. 

 




Sobre todo cuando voy buscando un lugar para comer por carreteras del interior. Me levanto antes de las seis y, para esa hora, en punto, ya estoy en marcha. La información de ayer del chofer que me trajo en su coche, en cuanto a la hora de la pleamar, fue muy valiosa. Hoy la valoro mejor. Saco foto del lugar donde he dormido, antes de recoger mis bártulos. Por las contraventanas abiertas, es por donde vi la obra del escultor. 
 
Lo más llamativo del lugar.
Cargado con las mochilas, me asomo al lugar de donde ayer accedí a la playa. Ahora la marea está algo más alta que ayer cuando me bañé, pero a esta hora no me apetece darme un baño. Además, prefiero avanzar para no llegar muy tarde al albergue. 

Al pasar por la capital, voy sacando algunas fotos. En primer lugar el restaurante en cuya terraza cené en el atardecer de ayer. El comedor ocupa la planta baja. No sé si la otra planta, la abuhardillada, es la vivienda de los propietarios, ni tan siquiera sé si ellos viven en Mando-By. Hoy la terraza está vacía a estas horas tan tempraneras. 


Un mapa de la isla señala las tres opciones para hacer recorridos en bicicleta. Los kilómetros a recorrer van desde el menor, de 7,5 a 11km que es el más largo. Quien quiera pedalear más kilómetros, siempre tiene la opción de repetir o de hacer combinaciones con los tres recorridos. Junto al mapa hay un rosal florido, el cual está bien podado para que no intercepte la buena visión del mapa. Me gusta que den prioridad a lo importante y que el aspecto estético se supedite al de utilidad. 
 
Este mapa me hubiera gustado tenerlo ayer aunque, al haber llegado tan tarde a la isla, no habría tenido el tiempo suficiente como para poder hacer tan siquiera el recorrido ciclista menor, aunque algo paseé por él. Es, después de ver el mapa, como llego al edificio del museo, que mantiene las características de las casas de labranza de la época. 

Este edificio fue construido en 1831, según leo en la fachada sin vanos, salvo la ventanita del zaguán. Parece que se trata de un museo de las condiciones de vivienda de una familia que viviera de lo agropecuario. Pero, como no lo vi por dentro, no lo puedo asegurar. 

 
Confirma esta suposición lo que veo al otro lado del edificio, pues un pozo completaría las necesidades de agua dulce para lavar, cocinar, limpieza y, sobre todo, dar de beber al ganado y a las personas. El sistema para la extracción de agua del pozo, corresponde al método clásico de la palanca, para bajar vacío y subir el cubo repleto de agua. 

En otro lugar próximo a un grupo de casas, veo unos palletes que soportan grandes cantidades de leña troceada para poder tener las chimeneas bien calentitas en el frío invierno que, se puede prever, tiene que hacer por aquí. Llego a la oficina de información. Ayer no la vi y, siendo tan pequeña la ciudad, pensé que no habría oficina de Turismo. De haberlo sabido y si ayer hubiera estado abierta por la tarde, cuando llegué, habría sido interesante conseguir un plano de la isla y alguna información complementaria. 
 
No valen lamentos, ni quizás tengan sentido, habida cuenta del poco tiempo que he estado despierto en esta pequeña isla. Siguiendo más adelante, encuentro el molino. Puedo suponer que si en tierra firma habían sembrado cereal aquí, en la isla, también lo habría y lo tendrían que moler para obtener harina. No es de sorprender que encuentre este molino en tan buenas condiciones de conservación. 
 
Aprovecho que hay un cruce y un espejo, que facilita la visión a los conductores, para que además del molino me fotografíe a mí mismo. Tengo muy pocas fotos mías en este viaje en solitario y no debo desaprovechar la ocasión. El seto separador es de las flores de color entre malva y rojo que, dentro de unos días, sabré que sirven para cosmética y mermeladas. Mi amiga Aase me obsequiará con la suya casera, el día en que duerma en su casa de Lild Strand, para desayunar. Ya frente al molino, lo vuelvo a fotografiar. El edificio está impecable. Las aspas están en perfecto estado, aunque no sé si seguirán ejerciendo para la molienda. Sin las telas que potencian la acción del viento, se puede pensar que en la actualidad no molerán nada. Sin ellas, no tentarán como gigantes a ningún caminante aventurero. 
 
Al menos a mí no me tientan, aunque me considere algo quijote.

Hacia el dique.
Con una casa aislada, próxima a la duna del fondo, paso por un prado segado donde una sublime vaca posa para mí. Es un ejemplar recio, de una raza algo primitiva en su tosquedad. Quizás hayan sido estas características las que han hecho que me fije en ella, más que su estampa que muy bella no es. Está diciendo esto un inexperto. Quizás esta vaca haya ganado algún concurso de vacas de raza del entorno. 

Tampoco es que sea experto en caballos, pero en la feria anual de ganado de Altsasu de 2018, acerté los tres últimos caballos ganadores. Sin haber llegado aún a la zona inundable, encuentro una casa que teniendo su tejado en bastante buenas condiciones, su base y sus flancos laterales se han venido abajo. Me da la impresión que solamente las tejas podrán ser aprovechadas para una nueva construcción o para retejar algún tejado defectuoso que requiera ser reparado. 
 
Muestro dos aspectos diferenciados que ofrecen la variabilidad de tonos de las distintas hierbas que servirán de forraje para el ganado en los próximos inviernos, cuando estos dos prados sean segados. El primero ofrece unas tonalidades lilas y moradas. 

 







En el otro, donde predominan los tonos verdes, las flores blancas me hacen pensar en el atuendo deportivo del Betis. 
Me gustan más las primeras, quizás por lo habituados que estamos a que la hierba sea siempre verde. “¡Aúpa er Beti… manque pierda!” Todavía sin llegar al dique, veo en la lejanía, probablemente sobre el mar, varias bandadas de aves. Por la distancia no puedo saber de qué especie se trata ¿Serán patos, gansos, o grullas? 


Mi padre, gran cazador, no habría tenido ninguna duda, pero el hijo no salió al padre en ese aspecto de la cinegética.

Zona inundable.
Cuando supero el último dique, veo algunos rebaños de ovejas que van de un lado al otro de la carretera. Es el momento en que ya tengo a la vista la zona inundable. Todavía están visibles algunos charcos que han quedado de la última marea alta. 
 
La mayoría de las ovejas y los corderos bajan a pastar a la zona que a las seis estaba cubierta por el mar. Se podría presumir que al ganado bovino le gusta más la hierba salada. ¿Afectará a la leche? ¿Será por eso que algunos quesos son más salados que otros? Nos podríamos preguntar lo mismo que con las vacas. A ovejas y corderos, ¿les gusta más la hierba regada por la lluvia, la salada de la rasa inter-mareal, la empacada natural, o la fermentada? Junto a la carretera que lleva al dique, veo una señal de peligro. Es la que informa de las mareas cuyo horario, al ser variable, y en ello las fases de la luna también tienen algo que aportar, no se puede grabar. 
 
Tendrían que poner un cartel con las pleamares. La bajamar no afecta a nadie, salvo a las ovejas que no sepan nadar y guardar la lana. Hoy en día, todo el que lo necesite está enterado de o que le importa o tiene su GPS que le informa. Un grupo de ovejas van por delante de mí. 
 
Están como asustadas porque no dejo de ir tras ellas. Tardaré un rato en poderlas adelantar y que se vayan quedando atrás. Llego a una zona reservada para que maniobren los traktorbusen, donde ellos tienen otro recorrido que delimitan unos arbolitos muy flacos y con escasa copa enramada. 
 
Otra señal prohíbe que vayan por esa pista ni motos ni coches. Esos vehículos más convencionales deberán seguir por la carretera oficial, por la que yo voy caminando. Todavía hay agua salada en los dos arcenes. También se ven algunas lagunas en la parte derecha. Pronto empieza el dique que ayer pasé en coche y hoy andando.



F I N    D E   M A N D O




En el dique-carretera.
Como se puede apreciar, en el dique los charcos de agua son más habituales y persisten más tiempo. Exigen un poco más de atención al caminante si no quiere que se le mojen las sandalias por descuido. El mar ya se encuentra a ambos lados de la carretera, tras una zona intermedia de pedruscos de mayor tamaño. Se ven muy negros pero quizás sea porque todavía están humedecidos. 
 
A la vista del panorama, he hecho bien en no esperar hasta las nueve, como me recomendaba el conductor de ayer. Pronto me cruzaré con el primer coche de la jornada. Se dirige a la isla. No paran y se limitan a saludar al pasar. Yo camino por el lado correcto, mi izquierda, aunque es por donde las piedras están más sueltas, por ser el lugar menos pisado. 

Pronto llego a la curva en la que me cogió en auto-stop el conductor de ayer por la tarde. Aquí termina el recorrido que ayer hice en coche y hoy he hecho a pie. Ayer habría tenido dificultad para pasarlo sin la ayuda recibida, o habría tenido que esperar un buen rato a que bajara la marea. 
 
Me alegro de haber pedido ayuda cuando fue necesario. Hace unos años era mucho más purista. Me alegro de haber cambiado. Encuentro una furgoneta en la parte final.

De nuevo en el continente danés.
Llego a un lugar de grandes piedras donde descanso. Es el lugar donde descansaban las dos auto-caravanas. He tardado dos horas desde que he salido de Mando-By. 
 
Aquí hago un desayuno de jilguero. Mi mezcla de frutos secos con pipas de calabaza, como prevención del crecimiento de la próstata, y mi barrita energética, que viene muy bien para estas ocasiones. Llega un señor muy mayor que presenta gran dificultad para caminar. 
 
Hace gran rato que le he dicho adiós y todavía lo veo cercano cuando saco la siguiente foto en dirección a la isla de Mando. A ese paso no llegará ni en tres días. Supongo que alguien le cogerá por el camino. Así alimenta la ilusión de hacer algo que ya hizo en tiempos más jóvenes. Tras el frugal desayuno continúo por el dique de contención. Sólo tiene carril bici a la derecha.
Dique de contención convencional
Ahora sigo por la costa, caminando hacia el Norte, así que el mar lo llevo a mi izquierda. Lo que impide que lo vea, es el dique convencional que, en el caso actual, está repleto de hierba. Ni lo han segado, ni han soltado ganado ovino para que se la coma. Aquí, como en Holanda y Alemania, estos diques son necesarios para que el mar no penetre en los terrenos habitados y de cultivo. Muchos de estos terrenos se hayan por debajo del nivel del mar. Mirando a mi derecha, se aprecia una llanada inmensa, interminable. Una valla defiende el dique y lo delimita con respecto al carril para las bicicletas. Avanzo hacia mi destino y paso en paralelo con otras lagunas que no puedo saber si son de agua salada o dulce. 

Pronto veré alguna esclusa que comunica lagunas con mar, lo que me haría inclinarme hacia la salinidad del agua que veo. Las plantas intermedias que veo son las propias de la marisma, juncos, carrizo y espadaña. Veo un núcleo poblacional a mi derecha. Intuyo que puede ser Ribe con su albergue, que no usaré, y ¿con su manicomio psiquiátrico? No lo aclaré ayer con el conductor que me ayudó y que era de ese pueblo.

Embarcadero de Ribe.
Obras en el dique y la esclusa.
Veo sobre el dique cómo trabaja una pala con tractor unida a un remolque donde va cargando lo que arranca de las entrañas de la tierra. Como no veo el otro lado, no sé lo que están haciendo en el dique. 

Probablemente tenga que ver con la reforma que están haciendo en la esclusa de la desembocadura del río Ribe. Un cartel, sobre base de quita y pon, parece anunciar que las obras empezaron en mayo y que está prevista su finalización en setiembre. Está prohibido el paso para coches.

Para mí lo importante es que ahora no me impidan el paso y me obliguen a retroceder lo andado. He llegado a la vez que un ciclista. Cuando me acerco al restaurante Kamerslusen, veo barcos aparcados en tierra, en posición elevada. A dos coches les están obligando a circular por un paso muy estrecho que va hacia el otro lado de la desembocadura del río Ribe. Probablemente sean coches del lugar o de la obra. Yo también me acerco para ver qué debo hacer. 

Desde arriba veo el embarcadero de Ribe, donde no hay embarcaciones en las primeras plataformas, pero sí algunos pequeño yates varados a ambos lados del río. Es así como voy llegando a la esclusa en obras. Me parece que no les va a dar tiempo a terminar para el 5 de setiembre, aunque lo mismo se decía de las olimpiadas de Barcelona: “Noo les vaa a daar tiempoooo…”, y les dio. Veo contenedores que, probablemente, hagan de vestuarios y de almacén, una pala excavadora y otros elementos de los que desconozco su función. Al menos se ve que están trabajando en ello, y teniendo en cuenta que hoy es sábado, no se puede pedir más. 
Agua y sanitarios.
Pregunto a un hombre si puedo pasar al otro lado. Me dice que sí y me ofrece agua y sanitarios. Cago y me lavo, pero no puedo afeitarme. Llevo barba de un montón de días, pero como llevo perilla, pasa desapercibido… o eso es lo que yo me creo. También hay ducha bajo pago de 10 dk. Como no me fío de que lo vaya a hacer bien, pues temo que haga un gasto coronario en balde, no me arriesgo a meter las monedas e intentar una ducha, que me vendría muy bien. Luego me apena no haber intentado probar si la ducha hubiera sido gratis con agua fría, además de que me habría reanimado el cuerpo en este día caluroso. Pero estos servicios ya los he aprovechado en su parte gratuita y me dirijo a la esclusa que está ralentizando mi camino.


Esclusa en reparación.
Enseguida veo un paso para peatones que me lleva al otro lado del río Ribe. Desde el puente que estoy pasando, fotografío el Ribe en su tranquila desembocadura hacia el mar. También ofrezco una muestra de la obra que están realizando para mejorar la capacidad de la esclusa. Máquinas excavadoras con tracción de oruga, dan muestra de que todavía queda mucha tarea por delante. 

 
 





Antes ya he visto los barcos varados en las márgenes del Ribe, pero no veía esta parte, la principal de la obra. 
Ahora, desde el paso por el puente elevado, que tiene visos de provisionalidad, ofrezco una visión mejor, más completa. 
 
Por dique hacia Esbjerg.
Continúo bajo el dique de contención del mar, por el camino destinado a los ciclistas, pero que viene muy bien al peatón. De rato en rato, ofrece accesos al otro lado, como en este caso puede verse con la escalera que fotografío. Pero no me voy a animar a seguir por un recorrido cuyo cartel me ofrecen con el nombre de Camino de la Catástrofe
 

A pesar de que no lo voy a seguir, si siento curiosidad por ampliar mi visión del paisaje y, durante un rato, voy a caminar por la cresta del dique, aunque la hierba está muy alta y dificulta mi deambular. Es así como voy llegando a la siguiente esclusa.

Esclusa del Kongeaa.
Cuando llego, fotografío el río Kongeaa desde la parte más terrenal. No ofrece otra cosa que una amplia planicie y un río más sinuoso que un canal artificial. Una pequeña plataforma que penetra en el río se podría considerar el único embarcadero de este lado de la esclusa. 
 
Un embarcadero muy exclusivo junto a la esclusa. Pero si la infraestructura de este lado es mínima, del lado de la desembocadura al mar del Kongeaa no ofrece nada más que el encuentro del agua dulce con la salada y que resulta impredecible en esta foto sin sabor. Se ve que este río es menos caudaloso y está menos utilizado que el Ribe, que he dejado atrás hace un rato. 
 
Cruzar este río por la esclusa no ofrece dificultad alguna. Desde mi posición en el dique, y dejando de lado el río, fotografío una laguna a través de altas hierbas floridas, con tonalidades blancas y lilas, que dan una nota de color a la blancura de dos cisnes que se encuentran en la orilla más alejada de dicha laguna. Si estuvieran en la más próxima, no los vería. Uno de ellos ofrece su largo cuello, mientras el otro, o la otra, lo esconde en la profundidad de las aguas, para obtener el alimento piscícola o herbívoro que necesitan para su alimentación.

Hacia St. Darum.
Llevo mucho rato caminando sin haber encontrado ninguna oportunidad de desayunar, aunque ya haya hecho mi colación de subsistencia en Mando. Una foto de campo de hierba, también colorista, con flores lilas, ofrece el pueblo en la lejanía. 

Es poco después de pasar el Kongeaa cuando me encuentro con una chica que ha parado su coche, bajado su bici y, mientras monta sus elementos que traía descoyuntados en su capó, le saludo al pasar. Cuando ella me adelanta, aprovecho para preguntarle dónde puedo encontrar un sitio para desayunar. Pretende mandarme hacia atrás y le pregunto si no encontraré algo en St. Darum. Sin decirme ni que sí ni que no, parece que es posible que allí encuentre algo. Ella continúa en su bici y yo sigo mi camino. 
 
Otra foto con la carretera que se dirige al pueblo. Después otra ya con el letrero que me indica que ya estoy en él. Entrando en las primeras casas de St. Darum, una mujer detiene el motor de su cortacésped. Me ofrece agua, pero le digo que ya llevo. Me dice que en el único sitio en el que puedo encontrar algo para comer es en el camping y me indica la dirección hacia la que lo encontraré. 
 

Agradezco la información y me voy. Pronto llego a una casa en la que se me ofrece un pequeño invernadero familiar. Es un pabellón acristalado sin finalidad de producción agraria, probablemente sólo les sirva para que algunas plantas no se les hielen durante el invierno. Como no puedo penetrar en su zona ajardinada, no puedo contar lo que tienen dentro. 
 

Poco más tarde llego a la iglesia que está aislada en un entorno que permite sea vista por todos sus flancos. Como ya es habitual, la rodean tumbas con sus lápidas correspondientes a cada uno de los muertos enterrados en el lugar. También ésta ofrece sus setos diferenciadores y la lápida más cercana al fotógrafo amateur es la de Petra Camilla, una mujer que pasó a mejor vida, ¿o no?

Comida en camping de St. Darum.
Me va a costar encontrar este camping, que parecía iba a ser fácil. Está más alejado que lo que había previsto por cómo me había orientado la mujer. Pero lo importante es que lo encuentro. Lo malo es que llego a deshora, cuando la tienda de comestibles está cerrada. No hay restaurante, así que no tengo otra opción que la de comer algo frío. Como no sé a dónde acudir, un ocupante de plaza acampado, me ayuda a buscar a la propietaria. Viene muy solícita con el pensamiento de que soy un candidato a acampar pero, cuando le digo que quiero comer me responde que sólo tiene pan. Miro lo que ofrece y veo algo que me puede servir para salir del paso. Así compro un preparado de nombre Hamburgerryg, un panecillo, dos cervezas, las más baratas que veo, y pago 36 dk en efectivo. Ella me regala una porción de mantequilla con la que embadurnaré el pan. Me siento en las mesas de fuera. Me lo como con apetito, pues tras el desayuno frugal ésta también ha sido una comida frugal. Lo peor han sido las cervezas, demasiado gasificadas. Son King 4,6% pero, como hace calor me entran bien al coleto, aunque luego me harán ir medio adormilado por una carretera sin arcén.
A veces, por instinto vital, me protejo metiéndome en la hierba. Mientras el matrimonio que regenta el camping limpia los aseos, aprovecho para coger agua para lo que me queda de camino antes de llegar a Esbjerg. Veo a lo lejos un bosque por el que pasa la carretera y cojo la determinación de parar allí a la sombra de algún árbol. Al llegar, veo que el carril derecho ofrece WC, pero el izquierdo está más sombreado. Allí encuentro cobijo en la hierba, bajo ramaje arbóreo y ortigas pisoteadas. Me tumbo desnudo a descansar un rato. ¡Qué grato resulta recibir sobre mi piel el poquito aire que corre! Algunos coches se escoran de la carretera, pero ninguno se detiene o lo hace más adelante. No me veo obligado a vestirme. Descanso feliz una media hora, resistiéndome a volver a la calorina. Pero, aunque se está bien, no puedo quedarme a pasar toda la tarde aquí. Me visto y, cuando salgo a la carretera, para un chico que conduce su coche y me invita a subir. Agradezco y rehúso con un “danke” que, por ser de dos sílabas, me resulta más grato que el “tak” danés. Me ha agradado esta parada invitadora, en zona de carretera en que los coches van a gran velocidad y en un día tan caluroso. Este chico se ha apiadado de mí y se ha enterado de mi viaje cuando le he dicho: “Come from Spanien walking”. Tras esta grata interrupción, me doy cuenta de que ha aparecido carril bici a la derecha y me paso a caminar por él. He pasado un canal que fotografío en el tramo que puedo, pues luego se pierde de mi vista en una curva. Posiblemente sea otro río camino del Mar del Norte. 
 
También paso por un prado, separado de la carretera por unas hierbas altas, donde cortan con sus lenguas de rudas papilas su alimento un gran rebaño de vacas de muchos colores, donde predominan las negras con manchas blancas. Pero también hay blancas con alguna mancha negra y otras marrones, algunas también jaspeadas. Se agradece esta nota animal dentro de tanto paisaje vegetal. Así es como voy entrando en la ciudad objetivo de mi final de viaje de hoy, Esbjerg.

Esbjerg.
Después de ver el cartel anunciador, busco en mi guía de Danhostel, la dirección del albergue juvenil. Leo, Vardevej, que enseguida traduzco como camino de Varde. Veo un indicador de carretera que indica Varde, más al norte. Me hago idea de que el camino que busco estará hacia allí. He entrado en Esbjerg por la zona de pabellones industriales pero, en ciudad tan grande, no va a coincidir la dirección del pueblo con el camino que se dirige a él. Por tanto, mi intuición ha sido parcialmente correcta. Doy vueltas y acabo encontrando el indicador de 18 kilómetros a Varde, y también el de 17. Sigo por ella, pero Vardevej no aparece. Por fin me decido a preguntar. Veo a dos chicos que cruzan la carretera y me dirijo hacia ellos. Aunque iban en otra dirección, y se lo digo, me responden: “No importa, estamos de vacaciones”, me acompañan y me dejan en la puerta del albergue. Estos chicos viven en la ciudad y se asombran del camino que estoy haciendo. Les ofrezco tomar un café, una cerveza y me lo rechazan. Les agradezco la ayuda, y se van a donde iban.

Danhostel Esbjerg.
Entro en el albergue y me recibe la recepcionista. Ni pregunto precio, pero cuando me hace la cuenta y voy a pagar, me parece un escándalo. Menos mal que las 317,10 dk las paga Visa… Esta cifra sale de 230 (cama), 72 (desayuno) y 15,10 (por pagar con tarjeta 5%). En total, casi 50€. ¿Cuánto me costaría la noche en un hotel normalito? Este es el albergue más caro de mi historia de alberguista. ¿Tendré que empezar a prescindir de ellos? Los usaré sólo en el caso de absoluta necesidad. Cuando ya he pagado, me ofrecen sábanas por 90 dk. Como son optativas, le digo que dormiré dentro de mi saco. Me entero entonces de que el desayuno también era optativo. Es bueno saberlo, por si otro día me interesa madrugar e irme sin desayunar. El horario para hacerlo mañana es entre las 7:30 y las 9:30. Subo a mi habitación y, después de defecar y ducharme, me encuentro más entonado. Calculo que hoy habré caminado entre 40 y 45 kilómetros. Me tumbo un rato en la cama a la que protejo con la toalla humedecida. Será mi segundo descansito productivo de la jornada. Luego me visto y bajo a pedir un plano de la ciudad. Así podré visitarla. 
 
La recepcionista me marca una ruta, que sigo parcialmente, donde me indica algún sitio para cenar. Me desvía la visión lejana de una iglesia y hago un “fifty-fifty” de lo previsto, y que me lleva al centro. Llego a una bonita plaza con estatua central de miliar ecuestre, donde hay una terraza de restaurante en el que, más tarde, cenaré. Busco un italiano y no lo encuentro. Lo que veo en la terraza de la plaza que pide la gente, oscila entre pizza y hamburguesa. Observo que muchas de las consumiciones pedidas las dejan abandonadas con más de la mitad sin consumir. Son tan grandes las raciones, que no me extraña. 

Tampoco los chinos ofrecen mucho atractivo. Paso por un establecimiento de ropa deportiva masculina en el que leo Jack Jones con un anagrama en medio de ambas palabras, que al leerlo rápidamente se me representa como Jac Kojones. En algo tengo que emplear el tiempo de mi visita a la ciudad. Algunos de los chinos que veo son en plan “take away”. No es un plan que hoy me apetezca. La plaza está hecha una guarrada, los platos de plástico metidos en bolsas repletas se desparraman y nadie las retira. Cuando he salido del Danhostel, han caído unas gotas de lluvia. Pronto una borrasca con aparato eléctrico y sonoro que he recibido con gusto y con paraguas. Dura poco tiempo. He pasado por un cementerio abierto, con lápidas desprotegidas sobre la verde hierba recortada.

Cena en Dronning Louise: Spareribs.
Decido cenar en la terraza que antes he visto en la plaza. Guardo el paraguas. La mesa que he ocupado estaba vacía porque se había mojado por la lluvia. Está en la confluencia de dos sombrillas, a dos aguas. El nombre de Spareribs, que leo en la carta, me recuerdan el encuentro con Hadevij, el día que perdí las sandalias en Nordwick (Holanda). Como aquellas costillas me gustaron, las pido también aquí. También una ensalada. Aquí las cargan demasiado con ese embadurnado rojo que las cubre y la ración es una exageración. Ceno unas 20 costillas. Una ración que es más para tres que para dos personas. Si hubiese estado en mi casa, me las habría llevado y metido en el frigorífico, pero mis condiciones no se adecúan a esa operación. No me agradaría comérmelas heladas mañana. La ensalada es de verduras crudas y asadas acompañadas de una salsa verde, suave y rica, que o empalaga. Vienen en una base de cuerno de pan. Como tampoco puedo terminarla, pido papel de aluminio y me viene bien una bolsa que guardé de los espirales de pasta que comí en Sylt. Con Calsberg de 40 la cuenta me sube a 380 y también me cargan 6,76 dk por pagar con Visa. Sigue siendo menos que la comisión del 4% que me carga el banco. Siendo los dos platos servidos calientes, me los han sacado a la vez. Otro fallo. La cerveza sacada no ha sido la pedida, pero soy un todo terreno y no he protestado. Me cabrea pagar incrementos por pagar con Visa. Habrá que emigrar pronto de este país tan caro… y eso que acabo de llegar. Regreso al Danhostel por lugares desconocidos distintos a los de la ida. Llego hasta el lugar donde los jóvenes me han acompañado antes.
De regreso en el Danhostel.
La recepcionista me dice que el lugar donde desayunaré mañana no está donde yo creía y me informa del lugar exacto. Me enseña el correcto en el sótano. Yo estoy alojado en el tercer piso. Paseo por el interior del edificio. Fotografío un salón vetusto que me hace recordar, más que un albergue juvenil, un lugar de reunión de gente de la burguesía adinerada de la ciudad. Los más carcas de Dinamarca. Pero es una sensación producida por los muebles y las estatuas, sin nada más en que me pueda basar. 
 

En este salón escribiré mañana mi diario tras el “checking-out”. Recepción está en el primero.


Otro paseo por Esbjerg.
Tras dejar el paraguas abierto en la habitación para que se seque, vuelvo a dar un paseo por la zona. Saco dos fotos de la iglesia, una desde el ábside y la segunda torre, más pequeña y otra de la fachada principal con su torre, del otro lado. 

 
Es de ladrillo rojo y sus dos pináculos en bronce verdecido me agradan. 

 








Vuelvo a pasar por el cementerio que antes no he fotografiado, el que se ofrece en la hierba al exterior, con las tumbas diseminadas por todo el espacio. 
 
Luego saco foto a otra iglesia que está siendo restaurada. Inicio mi retroceso a mi habitación para descansar y encuentro esta escultura de estos dos jóvenes que son los únicos desnudos que veo en toda la ciudad. 

 




En este paseo, he visto establecimiento de Lebara, pero ya ha sido demasiado tarde. De haber estado abierto, tampoco sé si me habrían podido solucionar el problema al haberme dejado anulada la línea. Como ya puedo comunicar con mi familia por internet, tampoco me voy a preocupar más.

A soñar con los angelitos.
Si los spareribs me dejan, subo a mi habitación con intención de dormir. Me desnudo y no tengo gana de escribir. Será mañana cuando ponga al día el diario. Me acuesto con temor a que mi estómago regurgite lo cenado. Poco a poco, el alimento se va asentando. Durante la noche hay demasiado ruido en los pasillos, mayormente derivado del sistema de cierre de las puertas de las habitaciones. Son las 11:30 y parece que todavía no es hora para quejarse. Después viene una familia ruidosa. No sé si las voces son de niños o de mujeres con ganas de juerga. Asomo la cabeza y lanzo un sonoro y potente chisttttt, que no sé si se acaban de enterar. Al menos consigo que bajen el volumen. Quizás sea porque ya han entrado en su habitación. No duermo bien al inicio, pero después sí, hasta profundamente. Llegan las 6:30 y me despierto. Se ve que hace tiempo que ya ha clareado. Y más en la medida en que vaya subiendo hacia el Norte. El cielo está cubierto. Un poco de fresquito me vendrá bien. Escribo y a las ocho bajo a desayunar. Pienso en Fano que ayer, la recepcionista me dijo que es la isla más apreciada de las tres Frisias por sus mejores playas. ¿Iré?

Balance de la jornada.
Lo más curioso de la jornada es la vuelta al continente a pie desde Mando. El recorrido posterior ha sido bastante anodino. Bien por los chavales que me han acompañado al albergue y por las ayudas recibidas a lo largo de la jornada.

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