Etapa 27 (468) List-DINAMARCA-Skoerboek
Etapa
27 (468), 02 de julio de 2015, jueves.
List-(ferry)-DINAMARCA-Rømø-Havneby-Kongsmark-Lakolk-Norre
Tvismark-Skoerboek.
Amanecer
al Norte de Sylt.
Me
levanto a las seis, en esta última playa del Norte de la isla, en la
zona de List y para las 6:10, con todo recogido, ya estoy en marcha.
Antes de recoger mis pertenencias, diseminadas por el sillón, y de
partir del lugar, fotografío el asiento 330 que me ha servido de
defensa del viento durante la noche. El que tengan esos cajoncillos
bajos, que sirven también para apoyo de los pies, es un elemento
fundamental para que no traspase ni el viento, ni la arena
rebozadora.
El sol ha superado la duna y pega en la arena iluminando
la orilla del mar y el mar inmenso. Salgo sin tener que mover ni el
330, ni el 333, que me llevó al que he usado, y voy hacia el retrete
que vi ayer al bajar de la escalera de la duna. Un carguero surca el
mar, que hoy está, quizás porque hace algo de viento, algo más
movidillo que ayer.
Servicios
en la duna.
Subo
a la duna por la escalera. El mástil sigue igual que ayer, sin
bandera que ondear. Todos los servicios higiénicos están a mi
disposición. No hay nadie más, como es natural a esta hora de la
mañana en un extremo de la playa tan alejado de población. A pesar
de tener una buena oportunidad, no me han entrado ganas de defecar.
Una pena, pues me hubiera quitado un gran peso de encima.
No me he
fijado si había enchufe para afeitarme. ¡Otro fallo! Me he duchado
y, efectivamente, el agua salía caliente.
Salgo como
renovado, de este recinto gratuito. Desde el exterior, fotografío el
conjunto, Heren, para los hombres y Damen para las mujeres.
Con D y H
es suficiente para que no se produzcan equivocaciones, o errores
voluntarios. Son seis y media cuando desde lo más alto fotografío
las siguientes dunas, que no consiguen taparme el primer faro, el que
visité ayer por la tarde.
Jugendherberge
List.
Desciendo
de la plataforma que va sobre la alta duna, por camino de descenso
que me va llevando hacia la carretera.
Es camino conocido, ya anduve
ayer por allí, de regreso del faro. Por carretera asfaltada estrecha
pero suficiente, me voy acercando a los edificios que ayer pensé que
podrían funcionar como albergue.
Se van confirmando mis sospechas,
pero no siento ningún arrepentimiento por haber dormido en la playa.
La única pena que tengo es no haber tenido la oportunidad de ver sus
instalaciones y, a esta hora tan temprana, tampoco quiero intentarlo,
ni tan siquiera trataré de que me den de desayunar, ni aun pagando.
Hacia la List urbana.
Un
coche habla con una bici. Conversación imposible si no reformulamos
la oración. El conductor de un coche habla con un ciclista. Parece
que ahora nos entenderemos mejor. Caminando veo muchos conejos. El
que camina soy yo, los conejos corren con su movimiento
característico huyendo del caminante.
La carretera va sobre un dique
que se me hace interminable. Nunca llego a List. En la curva, una
valla con alambre de espino, pone barrera a que me pueda caer por la
pendiente. A la derecha un lago, retiene agua que, no sé si es para
regadío, o que entra del mar por alguna esclusa proveniente del mar
interior, que ahora es todo fango.
Con List más
cerca, es probable que el ferry que veo salir del puerto hacia Rømø,
sea el de las siete, el que no pretendía coger, aunque en mi horario
ponía que era a las 7:30. En realidad es un fallo de apreciación,
ya que este ferry, medio parado, va en dirección al puerto de List,
así que es el que ha salido a las 6:45 de Romo.
Le ha tocado
madrugar a Ingrit. Va a ser el ferry que yo voy a coger, aunque me
gustaría desayunar antes. Salvo el edificio próximo al puerto, el
resto de List lo conforman casitas bajas de planta y primer piso
abuhardillado.
Antes de llegar al pueblo paso por una duna recién
repoblada. Han colocado las altas hierbas equidistantes unas de
otras. Se supone que en su crecimiento formarán un espacio más
tupido. Una zodiak la veo amarrada en la propia playa de mar
interior.
Para no tener que ir a la buena del Este, se bañarán aquí
los del pueblo. Cosas peores se han visto. De todas formas, la arena
de la orilla de esta playa, ofrece mejor aspecto que ninguna de las
vistas hasta ahora en mar interior.
Una argolla en la arena, indica
que este es un lugar habitual de amarrara barcas en la playa de List.
Antes de las ocho menos cuarto veo una escultura que me parece
moderna pero que expresa algo que ya es un clásico. Es una
adaptación monísima de los tres simios que ni ven ni oyen ni
entienden y ni quieren ver, ni oír, ni entender. Aquí lo mismo
pero, en vez de ser el preludio de los humanos, son los cráneos
esqueléticos del futuro. Tanta modernidad me obnubila.
Compra
billete y cuentas.
Me
acerco a la taquilla y me ofrecen un billete a Romo por 5,50€ que
pago en efectivo. Aún pagaré 5€ por el desayuno y, cuando haga
las cuentas habré gastado 1.611,65€ entre Holanda y Alemania.
692,48 en euros y 919,17 con Visa. Las cuentas me cuadran al céntimo.
Ya puedo guardar el otro diario. En las dos hojas finales del actual,
comenzaré las cuentas en coronas danesas, hasta que se acaben las
2.000 que llevo camufladas. En el billete leo List-Havneby, así que
Havneby es el puerto danés de llegada. En el otro lado una foto del
ferry: Syltfaehre.de. Las 2000 DKK equivalían cuando las compré en
el BBVA, porque en Caja Laboral no me aseguraban más que 800 y no me
confirmaban fecha de entrega, tuve que pagar una comisión de 8,40€,
por no ser cliente, y equivalían a 280,11€. Trataré de pagar el
máximo con Visa y hacer que me lleguen hasta el final. Como no va a
ser así, precipitará mi salida de Dinamarca antes de lo que tenía
previsto. Tendrá la ventaja de que, de esta forma, podré llegar a
Polonia. He añadido a los 919, 17€ pagados con Visa, los 400
sacados de cajero y no llego al límite que me marca la Laboral.
¡Bien! Adelantándome, el 31 de julio habré pagado con Visa
10.690,15 DKK que, al cambio, tampoco superarán los 2500€, límite
que amplié antes de salir de Irun. Todo perfecto. Incluso teniendo
que añadir los 125€ de la cámara de fotos y el último pago de la
cena de Rantum con Simone que, al ser el último día del mes y tan
tarde, seguro que Visa lo incorporará a los pagos de julio.
Lebara
cumple sus amenazas.
Esta
compañía telefónica, que me daba el juego que yo quería, con
tarjeta pre-pago, me amenazó hace días con dejarme sin línea si no
cargaba diez euros más en una cuenta con saldo más que suficiente
para el uso que yo hacía del móvil. Desconocía en Alemania dónde
pordría recargarla y confiaba en que la amenaza no se cumpliría
pero, pasado el día uno de julio, la amenaza se cumple y me quedo
sin posibilidad de comunicar con nadie y, lo peor, sin poder llamar a
mi familia. El teléfono se me queda muerto. Tampoco me pueden
llamar. Si a esto añadimos que también Outlook, por mi seguridad,
no me permite usar mi correo electrónico. ¡Vaya seguridad de los
cojones!, voy a entrar en Dinamarca, totalmente incomunicado. Menos
mal que en Skaerbaek, encontraré a mi ángel de la guarda.
Último
desayuno alemán.
Quien
me vende el billete me dice, muy amable, que desayune en el ferry,
pero van a ser dos horas de espera hasta las 9:25 y prefiero
desayunar ahora si encuentro dónde. Encuentro un lugar en el que hoy
se les ha estropeado la máquina y ofrecen un café aguachirri, pero
al que añadiré dos veces leche fría, que no lo enfría tanto por
estar el café muy caliente. Como ayer no cené, añado un caracol de
pasas y otro bollo con virutas de almendra. Son 5€, que se ajustan
a la baja a la norma de altos precios de la isla.
Después, es cuando
he hecho las cuentas, cerrando las de Euros, hasta que retorne a
Alemania. Escribo el diario, hasta que se me hace la hora del ferry,
al que llegaré con cinco minutos de margen antes de su salida.
Cuando llego, el SyltExpress ya está en el embarcadero y una
furgoneta entrando. Llego corriendo, saco la última foto en Alemania
del Oeste y embarco.
F
I N D E S Y L T
Ferry
con Ingrit y Siim.
Entro
tras los coches y en el restaurante pregunto por Ingrit. Enseguida
aparece mi amiga de Westerland y me presenta a su novio Siim. Más
que novio, pues llevan ya tres años viviendo juntos. Estuvieron tres
años viviendo en Tarifa, de ahí que sepan defenderse en castellano.
Los dos son de Estonia, aunque las raíces de Siim serán
variopintas. Me lo dirá en 2017 en Tallín y en la casa de ambos en
Tuulna, a unos 20 km de la capital, hacia poniente.
Me da Ingrit su
correo electrónico y con el comunicaremos en el futuro. Me invita a
que vaya por Estonia, aunque será difícil coincidir por razones de
su trabajo.
Ellos, cuando más trabajan, es en verano, en las mismas
fechas en que yo viajo. Me presenta a otros compañeros, que también
son de los países bálticos y a uno rumano. Alucinan con los dibujos
que les enseño.
Subimos al puesto de mando y me presenta al capitán
de la nave. He sacado foto del gran salón y del alejamiento de la
costa de Sylt. También del extremo Nordeste, el arenal al que no
llegué ayer, donde estaba el último faro. Arriba, saco una foto a
Ingrit y al capitán. Cuento un poco de qué va mi viaje e Ingrit se
lo traduce a su idioma.
Desde
cubierta, bien arriba, saco la popa del ferry, con la estela que va
dejando en su alejamiento de la última isla de las Frisias alemanas
Septentrionales, de Sylt.
Después cambio el chip y me oriento hacia popa. Aparecen las primeras playas de Rømø, la primera de las islas Frisias danesas, a la que la nave se está ya acercando. La verdad es que la distancia era corta.
En la última, aparece ya Havneby y su
puerto donde desembarcaremos en breve. Desde el mar, Havneby parece
una hermosa ciudad. ¿Tendrá Oficina de Información? ¿Podré
conseguir allí un buen mapa de la isla de Rømø?
D
I N A M A R C A
Havneby.
Ingrit
me ha acompañado hasta la salida del ferry y, desde el puerto,
fotografío la nave que me ha traído desde Alemania hasta Dinamarca.
Ha quedado su panza totalmente vacía, a la espera de que lleguen los
nuevos vehículos que la llenarán.Empieza para mí la estancia a un nuevo país, Dinamrca, al que nunca había visitado. Noruego lo recorrí en viaje convencional, de agencia, Suecia no lo deseo ver, y Finlandia, me gustaría verlo, pero de momento, tendrá que esperar.
Busco
oficina de Información pero no la encuentro. Un hombre que está con
un chico pone empeño en darme las señas exactas de la Oficina de
Turismo. Mi viaje le parece envidiable. Está en lo cierto, me siento
un privilegiado por poder hacerlo. Busco sitio para orinar. En
portugués al bacalao lo llaman bacallá,
pero aquí, Baccalá se encarga de reponer lo que falta en los
sanitarios: papel, jabón y lo que haga falta. Quizás también se
encargue de mantenerlos limpios.
Oficina
de Información.
Llego a la calle que es algo así como alberguevej.
Esta terminación “vej” se me irá haciendo familiar.
Østerby.
Albergue juvenil: Danhostel.
Mi
mapa y mi intuición me han llevado al albergue. Dos hombres que
están en la puerta de su habitáculo, me orientan hacia recepción.
He llegado a tiempo, pues cierran a las once y sólo faltan cinco
minutos.
También me da un
librito con los otros albergues de Dinamarca, un librito más
manejable que el alemán. No en vano el territorio es menor. Encuentro un tronco muy humanizado que no me resisto a fotografiar. Tengo
necesidad de mandar a alguna de mis hijas los mapas y demás papeles
que se han ido generando hasta ahora. En cuanto pueda me quitaré
casi un kilo de peso. Me despido de la amable alberguista y empieza
mi caminar por la isla de Rømø (Sonido Reme, con unas “e” muy
especiales).
Hacia
el Norte de Rømø. Kirkeby: Cementerio.
Paso
por un edificio que, con formato de iglesia, resulta ser de la Cruz
Roja. Luego otra, que si cumple funciones de iglesia (kirke), con
fachada blanqueada y cementerio aledaño.
Las puertas bajas del campo
santo están abiertas, así que entro a hacer una visita, a sabiendas
de que ninguno de los muertos iba a echarme en falta si no lo hago.
Por dentro la iglesia me parece rara. No veo imágenes de santos,
siendo las de los feligreses las figuras más destacadas.
Lámparas
encendidas y el órgano sonando. Lo que importa son las personas y la
música.
Una cuerda dificulta la entrada de los intrusos al espacio que ocupa el órgano.
Muestro unas tumbas del exterior. Casi todas llevan tiempo ocupando este espacio. Alguna corresponde a enterramientos muy recientes.
Dos de las fallecidas este año son mujeres.
Sin saber danés puedo intuir que este jardín corresponde al cura de la iglesia que acabo de visitar. No he salido aún de Kirkeby y quiero llegar pronto a la playa del Noroeste.
Cuando leo en la puerta de acceso al jardín y al cementerio: "Memento mori" soy tan iluso que creo entender danés. Reminiscencias del latín que aprendí con los claretianos en mis años de las chimbambas.
El carril bici va paralelo a la carretera.
Todavía estoy en el lado de la costa Este de Rømø, la que pienso menos interesante para baños por ser la más próxima al continente, como ocurría en las Frisias de Holanda y las de Alemania.
En cuanto llegue cerca de Kongsmark, cogeré la carretera a Lakolk, que me va a situar en el lado Oeste en playa no rayada, pues al Norte está la Zona Militar, infranqueable, y el rayado más cercano, en otro sentido, tanto al intermedio del Norte, como al Sur, también lo interpreto como de prohibición.
Me marcharé de la isla sin la certeza de que mi apreciación sea la correcta.
Leo Thule y me acuerdo de Sigrid la enamorada del Capitán Trueno, también de sus amigos Goliat y Crispín
¡Qué tiempos aquellos de mi juventud!
Pasado Lakolk, busco un sitio para comer y lo encuentro en un lugar donde hay muchos coches aparcados que me permitirá luego dos opciones:
Una es la de ir a la playa y bañarme, y la segunda es la de seguir la misma carretera hasta el dique y, por él, llegar al continente. Así que esta isla va a ser isla para la llegada al Sur, puesto que lo he tenido que hacer en ferry pero, por la mitad Este, está unida al continente por un dique, que la hace menos isla.
Eso también ocurrirá con la islita de Mandø, aunque con la variante de que su dique es inundable en la marea alta, pero no con la de Fanø, que sólo se comunica por ferry con el continente y únicamente entre dos únicos puertos, el de Nordby, en la isla, y el de Esbjerg.
Los dueños de esta casa me reorientan hacia la zona donde encontraré un lugar adecuado para comer. Todavia debo pasar por campo a través pues me he escorado todo lo que he podido para estar más cerca de la costa Occidental de la isla.
Café Midtpunt:
Primera comida danesa.
Un
hombre, que comía en la terraza de su casa, me dice por dónde ir al
restaurante. “Buenos días y buen viajo”,
me ha dicho. Luego me lo concretan dos hombres que trabajan pintando
una fachada. El sendero va entre hierbas. Es bonito pero, con el
calor que hace, temo que me pueda aparecer una víbora.
Lo primero que me sorprende es el sistema. Eliges lo que quieres comer y beber, lo pagas y esperas a que te avisen. Como no conozco el idioma danés, interpreto que también me han metido el postre en la nota. Pero es la cerveza que tiene un importe parecido. Casi estoy dispuesto a pelearme para no pagar el postre que creía incluido en lo pagado. Mientras espero, veo en la mesa de al lado restos de comida que han dejado los comensales anteriores a quienes apenas he visto. En la mesa del otro lado hay un padre con un niño. Cuando me levanto para robar un trozo de salchicha sobrante, y vuelvo a hacerlo para acabarme el resto, puesto que me ha gustado, el niño me mira con ojos de incredulidad. No puede dar crédito a lo que está viendo. Un señor, hecho y derecho, robando desperdicios de comida que no son suyos. Le da tanta vergüenza que no se atreve ni a decírselo a su padre. A mí la salchicha me ha gustado y algún día la pediré. Entretanto, en el local hace un calor insoportable. Se ve que la cocina no está bien aislada del comedor. Llega mi pedido: Una tostada con hamburguesa, peor que una que comí en Ficoba, con un acompañamiento extraño, una salsa naranja, que usaré para hacerme una ensalada, más rara todavía, con los elementos que adornan la hamburguesa y que dejaré para el final. Me gusta la cerveza danesa. La segunda cerveza me cobran 45 dk, la pago en coronas, y me parece más barata que los habituales 3€ que me venían cobrando los alemanes y hasta doy 5 dk, el sobrante de un billete de 50 dk, de propina a la jovencita con la que antes casi la lío. Creo que va a ser la primera propina y la última de todo mi viaje. Tardo en darme cuenta de que la cerveza es carísima. Ya espabilaré. Tanto la comida antes, como el postre ahora, tarta de nueces y capuchino, los he pagado con Visa. Tengo obligación de pagar todo lo posible con tarjeta de crédito, para hacer durar las 2000 coronas que llevo camufladas desde Irun. A lo largo de los días veré que la gente paga con plástico, una cerveza, un pan, un paquete de tabaco, como la cosa más natural. Sin embargo, me llevaré la sorpresa de que en algunos albergues, sobre todo en la parte final de Dinamarca, no me admiten la tarjeta de crédito. Será una razón potente que me llevará a abandonar el país mucho antes de lo que había revisto. Pero acabo de llegar y no debo empezar a pensar ya en la huida. Aunque sigue haciendo calor, dedico un rato a escribir el diario, mientras la segunda cerveza va pasando por mi gaznate. Un matrimonio se me acerca para decirme que estuvieron conmigo el año pasado en Portugal, que estábamos haciendo el camino de Santiago. Me quieren invitar a cerveza o a café, pero yo se lo agradezco y no acepto, a la vez que les digo que yo estuve en Portugal en 2006, 2007 y 2008, pero no el pasado año. Ella va a buscar en Internet su reportaje fotográfico. Si para ella me vio en 2014 en Portugal, a lo mejor dice que este año estoy en China. Sigo organizando mis mapas, escribiendo mi diario y empezando mis cuentas en Coronas danesas, para lo que dedico las tres últimas páginas de mi diario. 137,85 dk la hamburguesa y la 1º cerveza; 40,15 dk el postre y el café, con Visa y, en efectivo 50 dk de la 2ª cerveza y la propina. Estas son las primeras anotaciones de mi contabilidad en coronas. Acabaré hasta la coronilla. Termino de escribir a las 15.45 horas con unas ganas terribles de salir del local para escapar del calor mortal que crea una atmósfera casi irrespirable. Salgo con verdaderas ganas de zona FKK para darme un baño, confiando en encontrarla en la zona Noroeste de la isla, antes de la zona rayada que me han dicho que es militar. Interpreto que es la que pone Adgang forbudt, que cubre todo el casquete Norte. Pero hay otra zona rayada en el otro sentido que, prácticamente cubre toda la playa del Oeste y, en la leyenda pone: Bilfrit omrade. Sólo en la zona más próxima a donde estoy, parece que es donde puede la gente bañarse sin trabas.
¿Quizás sea la única zona vigilada por socorristas? En esta parte del mapa está enclavado el espacio para la práctica del windsurf. Cuando salgo del lugar donde he comido, la mujer que decía que me vio en Portugal sigue buscando en Internet sin lograr su objetivo. Está con otras cuatro mujeres y sigue avanzando fotos con su índice derecho sin obtener el resultado apetecido. Así que me despido. Ella también sale y me indica por donde se va a la playa.
Lo primero que me sorprende es el sistema. Eliges lo que quieres comer y beber, lo pagas y esperas a que te avisen. Como no conozco el idioma danés, interpreto que también me han metido el postre en la nota. Pero es la cerveza que tiene un importe parecido. Casi estoy dispuesto a pelearme para no pagar el postre que creía incluido en lo pagado. Mientras espero, veo en la mesa de al lado restos de comida que han dejado los comensales anteriores a quienes apenas he visto. En la mesa del otro lado hay un padre con un niño. Cuando me levanto para robar un trozo de salchicha sobrante, y vuelvo a hacerlo para acabarme el resto, puesto que me ha gustado, el niño me mira con ojos de incredulidad. No puede dar crédito a lo que está viendo. Un señor, hecho y derecho, robando desperdicios de comida que no son suyos. Le da tanta vergüenza que no se atreve ni a decírselo a su padre. A mí la salchicha me ha gustado y algún día la pediré. Entretanto, en el local hace un calor insoportable. Se ve que la cocina no está bien aislada del comedor. Llega mi pedido: Una tostada con hamburguesa, peor que una que comí en Ficoba, con un acompañamiento extraño, una salsa naranja, que usaré para hacerme una ensalada, más rara todavía, con los elementos que adornan la hamburguesa y que dejaré para el final. Me gusta la cerveza danesa. La segunda cerveza me cobran 45 dk, la pago en coronas, y me parece más barata que los habituales 3€ que me venían cobrando los alemanes y hasta doy 5 dk, el sobrante de un billete de 50 dk, de propina a la jovencita con la que antes casi la lío. Creo que va a ser la primera propina y la última de todo mi viaje. Tardo en darme cuenta de que la cerveza es carísima. Ya espabilaré. Tanto la comida antes, como el postre ahora, tarta de nueces y capuchino, los he pagado con Visa. Tengo obligación de pagar todo lo posible con tarjeta de crédito, para hacer durar las 2000 coronas que llevo camufladas desde Irun. A lo largo de los días veré que la gente paga con plástico, una cerveza, un pan, un paquete de tabaco, como la cosa más natural. Sin embargo, me llevaré la sorpresa de que en algunos albergues, sobre todo en la parte final de Dinamarca, no me admiten la tarjeta de crédito. Será una razón potente que me llevará a abandonar el país mucho antes de lo que había revisto. Pero acabo de llegar y no debo empezar a pensar ya en la huida. Aunque sigue haciendo calor, dedico un rato a escribir el diario, mientras la segunda cerveza va pasando por mi gaznate. Un matrimonio se me acerca para decirme que estuvieron conmigo el año pasado en Portugal, que estábamos haciendo el camino de Santiago. Me quieren invitar a cerveza o a café, pero yo se lo agradezco y no acepto, a la vez que les digo que yo estuve en Portugal en 2006, 2007 y 2008, pero no el pasado año. Ella va a buscar en Internet su reportaje fotográfico. Si para ella me vio en 2014 en Portugal, a lo mejor dice que este año estoy en China. Sigo organizando mis mapas, escribiendo mi diario y empezando mis cuentas en Coronas danesas, para lo que dedico las tres últimas páginas de mi diario. 137,85 dk la hamburguesa y la 1º cerveza; 40,15 dk el postre y el café, con Visa y, en efectivo 50 dk de la 2ª cerveza y la propina. Estas son las primeras anotaciones de mi contabilidad en coronas. Acabaré hasta la coronilla. Termino de escribir a las 15.45 horas con unas ganas terribles de salir del local para escapar del calor mortal que crea una atmósfera casi irrespirable. Salgo con verdaderas ganas de zona FKK para darme un baño, confiando en encontrarla en la zona Noroeste de la isla, antes de la zona rayada que me han dicho que es militar. Interpreto que es la que pone Adgang forbudt, que cubre todo el casquete Norte. Pero hay otra zona rayada en el otro sentido que, prácticamente cubre toda la playa del Oeste y, en la leyenda pone: Bilfrit omrade. Sólo en la zona más próxima a donde estoy, parece que es donde puede la gente bañarse sin trabas.
¿Quizás sea la única zona vigilada por socorristas? En esta parte del mapa está enclavado el espacio para la práctica del windsurf. Cuando salgo del lugar donde he comido, la mujer que decía que me vio en Portugal sigue buscando en Internet sin lograr su objetivo. Está con otras cuatro mujeres y sigue avanzando fotos con su índice derecho sin obtener el resultado apetecido. Así que me despido. Ella también sale y me indica por donde se va a la playa.
La playa de la isla.
Siguiendo
el mismo esquema de las Frisias Occidentales y Orientales, éstas,
las Septentrionales también tienen sus mejores playas en el lado
Oeste. La parte que da al continente, hacia el Este, es de fangos y
limos.
Salgo por asfalto pero pronto se empieza a cubrir de la arena que proviene de la playa. Lo primero que sorprende es ver que los coches circulan por la arena como Pedro por su casa. Yo, como caminante inadvertido, que no sabe qué arena es para coches y cual para peatones, debo ir muy atento para que no me atropellen.
Entiendo que no es fácil pintar pasos de cebra sobre la arena, pero sí que deberían delimitar con pivotes los espacios para que circularan los coches. Como ancha es esta playa, al igual que ancha es Castilla y no veo accidente alguno debo pensar que, utilizando la común razón, todos nos podemos mover por la playa sin peligro.
Así es como voy cogiendo la tangente hacia la orilla y a su parte más al Norte. Al circular tanto coche, la arena se apelmaza y se muestra endurecida. Es perfecta para pisarla calzado. Ya tendré oportunidad de descalzarme cuando llegue a la orilla. El viento transporta arena fina deslizante proveniente de las dunas. Es como un velo que cubre y desvela la endurecida en vuelo rasante.
Esta parte central de la playa, por razón del viento transportador de arena, no es apta para tomar el sol, sería un infierno para los ojos. Así que, como es lógico, no veo a nadie tumbado. Llego a una torreta roja y blanca que, como había previsto, es un puesto de vigilancia. Aunque nadie vigila veo dos cifras que indican grados de temperatura. Una es la del agua: 16º y otra la temperatura ambiente: 21º.
Luego veo a los vigilantes. Anders y Declan. El primero es danés, rubio con el cabello rizado, pero el otro australiano. Un morenazo.
Los he encontrado en la orilla. Saco foto y sigo hacia lo prohibido. Los coches se colocan demasiado próximos a la orilla. Se supone que los conductores tienen los datos precisos para controlar los altibajos de las mareas.
Aquí hay mucho surfista volandero cuyas cometas zarandea el viento y a ellos les permite dar saltos espectaculares sobre las olas. Para el observador, en la distancia, ofrecen un espectáculo grato y gratuito pero, cuando se acercan a la orilla, son un peligro para el paseante desprevenido.
Un padre, que hace de buen padre juguetón, sentado en el agua en la orilla observa las maniobras de un helicóptero que rasea el mar a no mucha distancia. Luego veré la llegada de la ambulancia que me hará sentir el peligro que ahora no presiento. Como no veo a nadie desnudo, sigo hacia el Norte. El primer obstáculo, la primera barrera, es de tipo hidráulico.
Sobre el capot de un coche, un chaval a montado su hamaca privada y creado su propio solarium.
Es un entrante de mar, más que un pequeño río. El agua llega con bastante velocidad, pero lo puedo atravesar bien metiéndome un poco hacia el mar en la zona donde desemboca.
Con la experiencia que ya tuve en la desembocadura del Fluviá en 2010, ésta no le llega ni a la suela del zapato. Aquí el paso es demasiado fácil.
Me acerco a unos postes que van hacia el mar, pero no son los que delimitan la zona militar. Sí delimitan la zona, puesto que por aquí ya no pueden circular vehículos. Lo ponía en un mapa más grande que he desechado por poco manejable.
Yo, con niños, no me acercaría tanto a la orilla. Es un peligro. Algunos kite-surfistas he visto pasar a toda velocidad en vuelo rasante deslizándose por esta zona de poca agua casi tocando la arena.
Salgo por asfalto pero pronto se empieza a cubrir de la arena que proviene de la playa. Lo primero que sorprende es ver que los coches circulan por la arena como Pedro por su casa. Yo, como caminante inadvertido, que no sabe qué arena es para coches y cual para peatones, debo ir muy atento para que no me atropellen.
Entiendo que no es fácil pintar pasos de cebra sobre la arena, pero sí que deberían delimitar con pivotes los espacios para que circularan los coches. Como ancha es esta playa, al igual que ancha es Castilla y no veo accidente alguno debo pensar que, utilizando la común razón, todos nos podemos mover por la playa sin peligro.
Así es como voy cogiendo la tangente hacia la orilla y a su parte más al Norte. Al circular tanto coche, la arena se apelmaza y se muestra endurecida. Es perfecta para pisarla calzado. Ya tendré oportunidad de descalzarme cuando llegue a la orilla. El viento transporta arena fina deslizante proveniente de las dunas. Es como un velo que cubre y desvela la endurecida en vuelo rasante.
Esta parte central de la playa, por razón del viento transportador de arena, no es apta para tomar el sol, sería un infierno para los ojos. Así que, como es lógico, no veo a nadie tumbado. Llego a una torreta roja y blanca que, como había previsto, es un puesto de vigilancia. Aunque nadie vigila veo dos cifras que indican grados de temperatura. Una es la del agua: 16º y otra la temperatura ambiente: 21º.
Luego veo a los vigilantes. Anders y Declan. El primero es danés, rubio con el cabello rizado, pero el otro australiano. Un morenazo.
Los he encontrado en la orilla. Saco foto y sigo hacia lo prohibido. Los coches se colocan demasiado próximos a la orilla. Se supone que los conductores tienen los datos precisos para controlar los altibajos de las mareas.
Aquí hay mucho surfista volandero cuyas cometas zarandea el viento y a ellos les permite dar saltos espectaculares sobre las olas. Para el observador, en la distancia, ofrecen un espectáculo grato y gratuito pero, cuando se acercan a la orilla, son un peligro para el paseante desprevenido.
Un padre, que hace de buen padre juguetón, sentado en el agua en la orilla observa las maniobras de un helicóptero que rasea el mar a no mucha distancia. Luego veré la llegada de la ambulancia que me hará sentir el peligro que ahora no presiento. Como no veo a nadie desnudo, sigo hacia el Norte. El primer obstáculo, la primera barrera, es de tipo hidráulico.
Sobre el capot de un coche, un chaval a montado su hamaca privada y creado su propio solarium.
Es un entrante de mar, más que un pequeño río. El agua llega con bastante velocidad, pero lo puedo atravesar bien metiéndome un poco hacia el mar en la zona donde desemboca.
Con la experiencia que ya tuve en la desembocadura del Fluviá en 2010, ésta no le llega ni a la suela del zapato. Aquí el paso es demasiado fácil.
Me acerco a unos postes que van hacia el mar, pero no son los que delimitan la zona militar. Sí delimitan la zona, puesto que por aquí ya no pueden circular vehículos. Lo ponía en un mapa más grande que he desechado por poco manejable.
Yo, con niños, no me acercaría tanto a la orilla. Es un peligro. Algunos kite-surfistas he visto pasar a toda velocidad en vuelo rasante deslizándose por esta zona de poca agua casi tocando la arena.
Zona
militar.
Avanzo
hacia la barrera, la realmente prohibitoria, con un cartel coronado
por la Real Corona danesa.
Este es el entrante de mar, que parece un río, que antes he mencionado como obstáculo y que lo supero con facilidad metiendome por el mar en su desembocadura.
Aunque soy amigo de la república, como forma de gobierno elegida por el pueblo, respeto la decisión de los daneses de conservar la realeza, aun a sabiendas de que, como antaño, el rey (la reina), reina pero no gobierna, y acepto que me prohíban el paso cuando el terreno pertenece a la organización militar.
Aunque estamos en Europa, Dinamarca hace frontera con Alemania, los países escandinavos mantienen su moneda. Cualquier día, como Gran Bretaña, nos dirán que se quieren salir de la zona euro. Es lógico que esta isla fronteriza se vigile con estructura militar. Cuando empiezo a retroceder, veo que llega un tractor con remolque que, en la distancia, no puedo saber si es militar o civil.
Cuando llegan a la orilla, parece que se divierten haciendo levantar el vuelo a las gaviotas que descansan en la arena a borde del mar. Podrían circular soslayándolas, pero la gracia es que vuelen para regocijo de los que van en el remolque, probablemente civiles.
Un baño nudista.
Este es el entrante de mar, que parece un río, que antes he mencionado como obstáculo y que lo supero con facilidad metiendome por el mar en su desembocadura.
Aunque soy amigo de la república, como forma de gobierno elegida por el pueblo, respeto la decisión de los daneses de conservar la realeza, aun a sabiendas de que, como antaño, el rey (la reina), reina pero no gobierna, y acepto que me prohíban el paso cuando el terreno pertenece a la organización militar.
Aunque estamos en Europa, Dinamarca hace frontera con Alemania, los países escandinavos mantienen su moneda. Cualquier día, como Gran Bretaña, nos dirán que se quieren salir de la zona euro. Es lógico que esta isla fronteriza se vigile con estructura militar. Cuando empiezo a retroceder, veo que llega un tractor con remolque que, en la distancia, no puedo saber si es militar o civil.
Cuando llegan a la orilla, parece que se divierten haciendo levantar el vuelo a las gaviotas que descansan en la arena a borde del mar. Podrían circular soslayándolas, pero la gracia es que vuelen para regocijo de los que van en el remolque, probablemente civiles.
Un baño nudista.
Retrocedo
a los primeros postes que, de alguna manera me dan idea de los
límites exactos de las dos zonas rayadas, me desnudo dejando la ropa
junto a uno de los postes enclavados en la arena y me doy mi primer
baño en Dinamarca.
Un hombre camina por detrás hacia el tope militar. Luego pasan por la orilla dos mujeres y, más tarde, otra mujer que va en solitario. Como hace calor, se agradece el viento que, deslizándose rápido por mi cuerpo, me lo seca enseguida. Me doy un segundo baño y, cogiendo mis pertenencias, camino desnudo hasta llegar a la zona civilizada.
Allí me limito a ponerme el calzoncillo. Con ese atuendo, llegaré a la Dinamarca continental. La mejor forma que se me ocurre de paliar el calor reinante. Pero primero debo salir de la playa. Llego a la zona de los kite-surfistas. Capto un gran salto de imitador de pájaro volador.
Un hombre camina por detrás hacia el tope militar. Luego pasan por la orilla dos mujeres y, más tarde, otra mujer que va en solitario. Como hace calor, se agradece el viento que, deslizándose rápido por mi cuerpo, me lo seca enseguida. Me doy un segundo baño y, cogiendo mis pertenencias, camino desnudo hasta llegar a la zona civilizada.
Allí me limito a ponerme el calzoncillo. Con ese atuendo, llegaré a la Dinamarca continental. La mejor forma que se me ocurre de paliar el calor reinante. Pero primero debo salir de la playa. Llego a la zona de los kite-surfistas. Capto un gran salto de imitador de pájaro volador.
Soslayo
los coches aparcados cerca. Al pasar, vuelvo a ver al joven que tomaba el sol sobre el techo de su
coche. Va quedando atrás la caseta de los vigilantes de la playa y
salgo al asfalto por donde he llegado.
Voy hacia la zona de tiendas y
restaurantes. En la subida, pasan rápidamente hacia la orilla un
coche y una ambulancia. Antes había visto un helicóptero
sobrevolando el mar, muy cerca del agua.
Más adelante, pasa la policía en la misma dirección. No podré dar información de lo ocurrido.
Sólo constatar los movimientos observados indicadores de
que algo grave ha pasado. Ya en la carreta y todavía sin salir de la
isla, un cartel anuncia y reclama precaución a los conductores, ya
que entre los bosques pueden atravesar ciervos u otra especie de
grandes cornúpetas.
El recorrido se me va haciendo demasiado largo. Ni me entero del paso por Tvismark Plantage que, muy probablemente, sea el nombre del bosque mencionado y que la carretera atraviesa, ni el de Bolilmark, que queda más alejado y sí podría ser un pueblo. Cundo llego al cruce de Norre Tvismark, continúo hacia lo que creo será un puente, pero que resulta ser un interminable dique.
Un dique de 9 kilómetros.
Más adelante, pasa la policía en la misma dirección. No podré dar información de lo ocurrido.
El recorrido se me va haciendo demasiado largo. Ni me entero del paso por Tvismark Plantage que, muy probablemente, sea el nombre del bosque mencionado y que la carretera atraviesa, ni el de Bolilmark, que queda más alejado y sí podría ser un pueblo. Cundo llego al cruce de Norre Tvismark, continúo hacia lo que creo será un puente, pero que resulta ser un interminable dique.
Un dique de 9 kilómetros.
Recuerdo
que los del albergue me han dicho que pase el dique con cuidado, que
el viento me puede tumbar. Este dique parte en dos el mar interior.
Se puede decir que la isla tiene una anchura entre la playa y el
dique de unos cinco kilómetros, anchura que se mantiene en esta
medida en casi toda su superficie, de Norte a Sur; aunque tanto al
Sur, como al Norte, pueda llegar y superar los seis kilómetros.
Da la sensación de que el nivel de agua es mayor hacia el Norte que hacia el Sur pero, siendo el mismo mar, creo que es más un efecto óptico que sufre el caminante que una realidad. Saco una foto hacia Skaerbaek, que es el objetivo para esta noche, donde entraría por primera vez en el continente danés. Aunque llamar continente a un país como Dinamarca, que está formado por la conjunción de tantas islas, sería algo disparatado.
También tiro alguna foto hacia el embarcadero de Havneby, donde he desembarcado esta mañana y a donde ya, en este momento, estoy seguro de que no voy a volver. Los nueve kilómetros me van a resultar menos penosos de lo esperado, donde el viento no es tan terrible como me lo habían vaticinado.
Como el reloj va en el pantalón y sigo en calzoncillos, no puedo saber el tiempo que tardo en cruzar de lado a lado el dique. Finalmente sabré el tiempo empleado cuando vea las fotos y lo calcule entre la primera y última del dique, aunque como luego me equivocaré y cogeré el ramal más largo para llegar a Skaerbaek y volveré a perder mucho tiempo.
Pero tiempo es lo que me sobra. El tiempo es mío. Tengo todo el tiempo del mundo. Cuando llego a un lugar donde alguien trabaja con un tractor en el campo, me visto para llegar al pueblo en condiciones más presentables. Un tractorista que pasa con su vehículo repleto de paja, me saluda y yo devuelvo el saludo. Hay que empezar con buen pie en el nuevo hábitat. Antes me han pasado unos ciclistas que, ahora, vuelven. Entre ellos va una chica. Una parte del dique (Romodaemningen) la he recorrido por el arcén para bicis pero, tras el primer descansillo, que no me ha dado suficientes garantías como para bajar a ras de agua, he visto camino como para ir una persona entre el quitamiedos de cemento y la rampa de descenso al mar. He caminado por ese estrecho espacio hasta que una instalación eléctrica me lo ha desaconsejado y he vuelto al arcén para bicis.
Da la sensación de que el nivel de agua es mayor hacia el Norte que hacia el Sur pero, siendo el mismo mar, creo que es más un efecto óptico que sufre el caminante que una realidad. Saco una foto hacia Skaerbaek, que es el objetivo para esta noche, donde entraría por primera vez en el continente danés. Aunque llamar continente a un país como Dinamarca, que está formado por la conjunción de tantas islas, sería algo disparatado.
También tiro alguna foto hacia el embarcadero de Havneby, donde he desembarcado esta mañana y a donde ya, en este momento, estoy seguro de que no voy a volver. Los nueve kilómetros me van a resultar menos penosos de lo esperado, donde el viento no es tan terrible como me lo habían vaticinado.
Como el reloj va en el pantalón y sigo en calzoncillos, no puedo saber el tiempo que tardo en cruzar de lado a lado el dique. Finalmente sabré el tiempo empleado cuando vea las fotos y lo calcule entre la primera y última del dique, aunque como luego me equivocaré y cogeré el ramal más largo para llegar a Skaerbaek y volveré a perder mucho tiempo.
Pero tiempo es lo que me sobra. El tiempo es mío. Tengo todo el tiempo del mundo. Cuando llego a un lugar donde alguien trabaja con un tractor en el campo, me visto para llegar al pueblo en condiciones más presentables. Un tractorista que pasa con su vehículo repleto de paja, me saluda y yo devuelvo el saludo. Hay que empezar con buen pie en el nuevo hábitat. Antes me han pasado unos ciclistas que, ahora, vuelven. Entre ellos va una chica. Una parte del dique (Romodaemningen) la he recorrido por el arcén para bicis pero, tras el primer descansillo, que no me ha dado suficientes garantías como para bajar a ras de agua, he visto camino como para ir una persona entre el quitamiedos de cemento y la rampa de descenso al mar. He caminado por ese estrecho espacio hasta que una instalación eléctrica me lo ha desaconsejado y he vuelto al arcén para bicis.
Skaerbaek.
Centro juvenil.
Centro juvenil.
De
nuevo, vuelvo a enlazar con la carretera equivocada que, según voy
avanzando, más me va alejando del pueblo al que quiero ir. Veo
desviación a un kilómetro y un indicador de Centrum acompañado de
iconos de restaurante y cama. Empiezo a ver casitas pequeñas, aunque
de más fuste que la cabaña en que dormí una noche por 20€. Llego
a recepción entre chavalillos que saltan una zanja. Pregunto y me
dicen que está todo completo. Hablo con un cliente que dice saber
algo de español, pero no me puedo entender con él, aunque parece
que me quiere ayudar. Busco solución ocupando un hueco fuera, pero
entre que otros no entienden y que no tienen voluntad de ayudar,
desisto. Vuelvo al mostrador donde el chico que me había dicho que
no había sitio, ahora dice que va a consultar. Cuando vuelve, la
solución que me propone tiene un coste de 101€. Ya sé que estoy
en Dinamarca, pero ese precio me parece excesivo. Él ya sabe que lo
que busco son albergues económicos y ni que me ofreciera una suite
nupcial. Me falta referentes, pero cien euros no pago ni de coña.
Agradezco y me voy de recepción, pero no salgo del recinto, donde
veo graderío para ver futbol y otros deportes. Ya dormí en un
graderío de una hípica en Alemania. No me importaría repetir. Lo
malo es que aquí las gradas están de cara al viento y temo que
estén haciendo un seguimiento de mis movimientos desde el panóptico.
Paso junto a unos jóvenes que están deshinchando una gran cama de
aire y no presto atención a los que casi me impiden el paso. He
llegado al otro lado del recinto cuando veo un sitio posible. Paso
las gradas y, al otro lado, sólo hay un gran arbusto, sin techo ni
protección del viento. Retrocedo al primer lugar. Está bajo
cubierto, pero es una pena que hayan roto una botella y los cristales
pringosos de algún licor dulce están desperdigados por todo el
suelo. Consigo hacer hueco para colocar la esterilla y que sea ella
la que se manche. Apoyo la mochila haciendo como espaldera y allí me
acomodo. Hoy no me doy masaje de aloe-vera en los pies. Oigo unas
voces en carrera tras el mostrador, voces que se van alejando. Temo
que me caiga un balón y me descubran, por lo que pienso en la
estrategia que emplearía en el caso de que tuviera que devolverlo
aparentando que vuelve solo. Cuando las voces se han acallado, me
asomo y veo una preciosa luna roja, casi a ras de suelo, esperando
levantar el vuelo. Creo que por la noche alumbrará demasiado cuando
me tenga que levantar para orinar. Cuando me levanto, orino junto al
arbusto. El viento hace que sus ramas peguen contra la tejavana. Pero
como ya sé de dónde procede el ruido es cuestión de acostumbrarse.
Tumbo una hamaca para apoyo de los pies y que no se me clave un
cristal a través del saco en la zona en que no me llega la
esterilla. Sólo una vez me levanto a orinar en toda la noche. Es
antes de las cuatro, pero ya no se ve la luna y empieza a clarear la
mañana. Así estoy descansando hasta las siete, hora en que me
levanto.
Balance
del último día en Sylt y el
primero
en Romo.
Un
día muy variado que no me atrevo a resumir.


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