Etapa 26 (467) Rantum-List
Etapa
26 (467), 01 de julio de 2015, miércoles.
Rantum-Westerland-Wenninngstedt-Kampen-List.
Amanecer
en la playa de Rantum. 5623+5629=11252.
Como
no puedo sacar foto con los números, debo hacer memoria fotográfica.
Los sumo. El 5623 y el 5629. Con éste último: 5+6=11-2=9. Por la
noche he debido aplastar con mi peso la pantalla de la cámara y, por
la mañana no me ofrece 8imagen, sino una pantalla opaca que no me
asegura que graba en imagen lo que pretendo sacar. A pesar de ello,
lo intento y lo cierto es que el resultado no es tan nefasto como
cabría prever. Las fotos van a salir. Llega una pareja y espero que
pase para levantarme, pero no pasa. Se para delante de mi toldo, pero
a cierta distancia, hacia la playa. Él es el único que se baña,
pero con bañador. Cuando regresa, sólo le hubiera faltado que se
pusiese el calzoncillo cubierto por una toalla. No ocurre así. Se
quita el bañador mojado, se seca el culete y se pone el calzoncillo
sin pudor.
Durante un
rato, bastante tengo con volver a poner los asientos como estaban,
más o menos, cuando llegué ayer. Al sacar la foto, compruebo el
estropicio que he hecho a mi máquina. Sin ver la imagen de lo que
quiero sacar, no se me ocurre otra cosa que ir a la gran ciudad,
relativamente próxima, para comprar otra cámara. Tomo mi pastilla
contra la hipertensión.
Es algo que hago todos los días con cierto
automatismo. Raro es el día en que se me olvida. Poco después de
las siete ya estoy caminando por la orilla. La marea ya ha bajado
mucho y es una gozada ir por ese suelo de arena endurecido.
De
Rantum a Westerland por la orilla.
Cuando
salgo de mi dormitorio, un fotógrafo me ve salir. No habla más que
alemán pero, intuyo que lo que me pregunta es “¿qué tal se
duerme en la playa?”. Desde el inicio, el sol ya ha superado las
dunas. Sólo están en sombra las casetas más próximas a la duna
cortada a sierra. Durante un rato voy desnudo por la orilla y no veo
un alma.
Sólo unas señales, unas aspas amarillas. Cada vez que
alguien se adentra en el mar aparece esta señal de peligro, similar
a la de un paso al otro lado de las vías de un tren sin barreras,
que advierte al bañista, al nadador. Ahora con la marea baja, quedan
en dique seco, advirtiendo del peligro inútilmente. En estas aspas
amarillas, que imitan un molino de viento demoledor, se pueden leer
dos palabras: Buhne y Lebensgefahr. Para lo que sirven, con la marea
baja, es para advertir que hay algún obstáculo, de diques
obsoletos, que afloran a la superficie y, si no te das cuenta, puedes
dañar tus pies.
El que encuentro más adelante es evidente, y muy
aparatoso, como para que alguien se tropiece con él
inadvertidamente. A lo largo de este camino matutino, encontraré
varios obstáculos como éste, reminiscencia de algo que fue útil en
el pasado y que ya no lo es, ¿sujetaban las arenas?, y de las
señales advertidoras.
Cuando llegue a él, lo fotografío de más de
cerca con mi sombra y la de mis mochilas. Las maderas ya casi están
fosilizadas por acción del tiempo y el mar, incrustadas de moluscos
que les dan una apariencia pétrea mucho más interesante, y que las
convierte en monumento del paisaje. Es estéticamente bello. Unos
chavalillos cruzan de frente y se dirigen hacia el Sur. Cuando han
pasado, veo a un hombre que pasea desnudo y otra mujer, que baja a
darse el baño.
Subo a la arena seca, descargo las mochilas, me
desnudo y me doy el primer baño del día. Aún no son las ocho de la
mañana. El baño es placentero, ya que a esta hora hace buena
temperatura, pero no hago más que refrescarme en un baño de entrar
y salir. Ayer, en una pizarra de datos que renuevan los socorristas,
leí que la temperatura del agua, wasser,
era de 14 grados. A mí no me parece tan fría.
Me seco al aire
paseando por la orilla, para no mojar la toalla, y antes de las ocho
cargo mis mochilas y, sin vestirme, continúo hacia el Norte. Cuando
se camina hacia el Sur, el viento generado por el desplazamiento,
produce sensación de más frío. Hacia el Norte la sensación es de
estar a más alta temperatura.
¡Qué bien se está, cuando se está
bien! Disfruto caminando sin ropa. Guardo el calzoncillo en mi
mochilita para tenerlo a mano en caso de necesidad. Voy tranquilo
porque en cada tramo de playa se ve a alguien desnudo tomando su baño
de cada día. Con mi imagen transgresora, sólo espanto a las
gaviotas.
Sigo viendo obstáculos señalizados. Sigo pensando que
cumplieron su función de dique de contención de arena, para que la
mar no se la llevara y, una vez cumplida su tarea, ya han quedado
obsoletos. En caso contrario los rehabilitarían. Como no veo lo que
aparece en la pantalla, saco fotos repetitivas de gaviotas
volanderas. La duna va ofreciendo las mismas características de
inaccesibilidad que señalé ayer cuando llegué al lugar donde he
dormido. A lo lejos, ya empiezo a ver altos edificios que me
advierten que estoy llegando a la capital. Un hombre con bañador
viene caminando por la orilla. Yo no me inmuto. Me ve y, por efecto
de contagio, se quita el bañador y continúa desnudo hacia el Sur. No
le habré parecido tan ridículo, como creo que voy, al verme desnudo
de ropa y vestido con mis mochilas, cuando me ha imitado.
Westerland.
Llego
a puesto de socorristas y camino entre butacones de mimbre y dunas.
Es un camino de listones de madera y así llego al puesto nº 50.
Pronto tendré que vestirme. Antes de hacerlo, subiendo una rampa,
saco otra foto donde mi sombra continúa desnuda un poco más. Antes
de subir la rampa y salir de la playa hacia la gran ciudad,
fotografío los asientos de mimbre con sus cajones apoyapiés.
Sus
numeraciones cubren la serie de 1500 a 1600. Quizás haya alguno más.
¡Dónde quedaron los cinco mil seiscientos!
Desayuno
en Extrablatt.
Es
temprano, las nueve y cuarto. Todavía no han abierto las tiendas y
lo primero que quiero hacer es buscar una tienda de fotografía para
adquirir la nueva cámara. Así que lo primero que voy a tratar de
hacer va a ser desayunar. El desayuno en el Extrablatt, lo que me
hace pensar que esta es la ciudad más cara del mundo. Un capuchino y
un croissant me cuestan 7,40€. ¿Qué dineral me costará la
cámara? Pero en eso no podré regatear, pues la necesito, si quiero
tener un recuerdo fotográfico de mi viaje. Las camareras se enrollan
un poco cuando les enseño mis dibujos y les cuento mi viaje. Tras el
desayuno entro en el retrete y cago. También me hago un lavado de
gato. Al menos, que la cara esté limpia. No me afeito. Escribo un
rato el diario, ya que el precio ha sido caro, al menos que me cunda
en cuanto a tiempo de uso y abuso del espacio. A las 10:35 dejo de
escribir y me encamino en busca de la tienda de Fotos.
De compras por Westerland.
Paso
por la Oficina de Turismo pero, como ya llevo suficientes mapas de la
isla, ni entro. Craso error, pues me habría venido bien un plano de
la ciudad para encontrar la tienda que busco. Avanzo por toda la
calle del Extrabatt, siguiendo la dirección que me ha marcado una
de las camareras. El paseo está animado. Gente de veraneo,
compradores y mucho comercio que ofrece hasta lo que no tiene. Lo
importante es vender y comprar. Cuanto más compres más feliz eres.
¡Este mundo tan absurdo! ¡Lo bien que se vive comprando sólo lo
necesario! Pero, para algunos, lo necesario es todo, también lo que
tiene el vecino. ¡No voy a ser yo menos que él! Y qué más quieren
los negociantes, los vendedores… Así acabamos siendo esclavos de
esta sociedad de consumo de mierda. Siguiendo la calle, unos
maniquíes se exhiben subidos en una terraza.
Charlan su lenguaje
mudo alemán, dos de pie y uno sentado. Hasta más de media hora
después no localizo la tienda. Pero no veo ninguna tienda de fotos.
Llego a una gran plaza y me escoro hacia el Rathaus. La recepcionista
Elitzabetz, que me atiende con amabilidad, me anota en el mapa el
lugar donde está la tienda. Pero lo anota mal. Me alejo demasiado
del lugar y retorno. Sigo sacando fotos con ninguna seguridad. La
cámara sigue sin ofrecerme imagen en su pantalla, pero hace el mismo
ruido que cuando disparaba con normalidad. Lo que sí hacía ya
muchos días que no me indicaba las fotos que me quedaban con la
misma calidad que las que estaba haciendo. Como recomendación a
otros, diría que no utilicéis la cámara como colchón, salvo que
seáis más livianos de lo que soy yo y vuestro peso no la aplaste.
Llego a un estudio de delineación y dos chicos, que no sé si son
delineantes, ingenieros, arquitectos, o nada de lo dicho, salen para
tratar de localizarlo en un mapa de la ciudad.
Cuando les cuento lo
que estoy haciendo, se muestran entusiastas con mi viaje. Al fin
damos con la calle en el mapa de la ciudad. Agradezco su ayuda y me
voy.
Traumfoto.
La
calle está en obras, lo que ha dificultado mucho el que encontrara
la tienda de fotografía. Desde el otro lado de la tienda, a través
de las obras, a las 11:20 saco una foto de Traumfoto, para el
recuerdo. Miro en el escaparate y no veo ninguna máquina de las
características que busco. La chica que me atiende, me ofrece una
por más de doscientos euros. Le digo que me enseñe algo de similar
calidad pero menor precio. Me enseña una cuadrada y con pantalla
externa.
Finalmente me ofrece otra, similar a la mía por 125€.
Esta ya me cuadra mejor y pregunto si puedo pagar con Visa. Ella
misma se encarga de ponérmela en marcha, con la tarjeta que venía
en la otra que no ha tenido porqué dañarse. Me hace la factura y la
garantía, donde aparecen todas las características más importantes
de la cámara. Ha sido un gasto extra imprevisto pero que he
considerado necesario hacer. Si me hubiera pasado lo de Cerdeña,
quizás no la hubiera comprado. ¿Era una premonición para mis
futuros viajes sin fotos?
La cámara avisa con un cuatrocientos y
pico. Ya bien pertrechado, salgo a seguir viendo la ciudad.
Previamente he sacado la primera foto dentro de la tienda. ¿Se
notará diferencia de calidad con las anteriores? Desde zona
despejada de obras, saco foto de la tienda de fotografía, donde me
doy cuenta que la del ayuntamiento no se llamaba Elitzabetz, sino que
me decía que la tienda de fotos estaba en la calle
Elisabethsstrasse. Nunca es tarde, si todo se aclara.
Sin
compras por la ciudad.
Sigo
paseando por la ciudad, divirtiéndome mucho porque no tengo
intención de comprar nada más. Ya he hecho bastante gasto. Me
acerco al Ayuntamiento para agradecer la información y decirles que
he podido comprar la cámara de fotos y el lugar donde la he
comprado, aunque me la habían situado incorrectamente en el mapa.
Como no lo he hecho antes, aprovecho ahora para fotografiar el
precioso edificio, foto que no había hecho antes.
También en esta
ciudad hay mercadillo. Parece que hoy toca. ¿O será todos los días
de la semana? Miércoles parece que no es un mal día. A un indio de
la plaza le compro espirales con pepino, aceitunas, y otros
encurtidos y pago 7,10€. La nota que me da es de calculadora
antigua: 5,95+1,15=7,10.
Voy a visitar la iglesia. Saco dos
fotografías. La primera ofrece la fachada completa. En su torre con
reloj van a dar las doce del mediodía. En su fachada predomina el
ladrillo, pero tiene detalles decorativos curiosos, que me agradan.
En la segunda, me centro más en la torre, donde el reloj ya marca
las doce en punto. Está en un gran espacio ajardinado sin demasiada
floritura. Bancos para descansar y, bajo la torre, la puerta de
entrada principal al templo.
Encuentro
a Ingrit.
Tanto
tiempo viendo en mi mapa el tren, que saliendo del continente alemán,
a muy poca distancia de la frontera con Dinamarca, tanto tiempo
pensando en que sería por el mismo dique caminando y, si no fuera
posible, montado en el propio tren… Pero como en Dagebüll decidí
olvidarme del último trayecto por costa aburridora, e ir en ferry a
Amrum, ahora me olvidaba de visitar un tren, cuyas fotos había visto
con olas rampantes a la caza de locomotora y vagones. Aunque ese
espectáculo no se puede apreciar más que yendo montado en el tren,
y con mar movidilla, me apetece ver la estación de llegada a Sylt.
Una chica viene hacia mí, Ingrit, y la abordo. Este encuentro tendrá
consecuencias próximas y lejanas. Su novio, Siim, me acogerá en su
casa cercana a Tallín en verano de 2017. Pero no avancemos dos años
tan rápidamente. De momento, le pregunto por dónde está la
estación del ferrocarril. Mi inglés no le parece muy correcto,
aunque me entiende, y me acompaña hacia la estación. Es la
dirección que lleva ella. Detecta que soy español y podemos hablar
en castellano. Muestra interés y entusiasmo con el viaje que le
cuento. Ella trabaja como azafata en una compañía de ferris y ha
estado algún tiempo haciendo el trayecto Tarifa-Tanger, por lo que
habla bastante bien mi idioma. Le cuento mi viaje y me pregunta cuál
es mi programa para mañana.
Le digo que tengo intención de coger
por la mañana un ferry en List, la ciudad más al Norte de Sylt,
para pasar a la isla de Romo, ya en Dinamarca. Rømø, para los
alemanes, y yo me digo “To Ron de Navidad”. Sólo hay uno que va
y viene. No importará la hora en que lo coja. Me dice: “Allí nos
veremos”. Ahora está haciendo ese tramo naviero y me presentará a
su novio.
Mañana me dará su dirección de correo electrónico y
teléfono, por si alguna vez voy a Estonia. Nos despedimos y voy a
ver la estación.
El
ferrocarril de Südfondern a Sylt.
Dicho
que no pudiendo disfrutar del tren a su paso por un mar encrespado,
al menos, voy a poder ver la estación de llegada a Sylt. Saco una
foto con andén y los dos lados de las vías. En uno se ven los
vagones de pasajeros, en el otro una locomotora doble, que debe tener
la fuerza suficiente para
empujar rodando los vagones que portan los
vehículos de los visitantes que, de esa forma no tienen que alquilar
coche al llegar y que, de otra forma, debieran transportarlos en
ferry. Con este invento, el colapso de vehículos en los ferris no se
produce. Una forma interesante de repartir el negocio. La visita es
rápida y, para las doce y diez ya estoy abandonando la estación.
Ofrecen salchichas al grill, pero yo me conformo con lo que he
comprado al indio, quizás pakistaní. Todavía saco una foto más
con el tren en el andén con los vagones para pasajeros.
De
la estación a la playa.
De
regreso hacia la playa, me entretengo fotografiando unas figuras
grandes e inestables a las que empuja el viento. Espero que no se
caigan encima de mí.
Una mujer tetuda, cuyo pecho mantiene enhiesto
un potente sujetador, queda anclada gracias a sus poderosos pies de
giganta. El viento le empuja de atrás, por lo que el mechón de pelo
le hace una especie de visera.
Al hombre, también piezudo, la melena
se la echa hacia atrás. Completan la familia un niño, a imagen de
su padre, y una niña coletuda. Una tonalidad verde imita materia
broncínea, pero tiene más aspecto de ser materia plástica o de
algún componente menos pesado, aunque se supone que el anclaje al
suelo será potente. Como es invisible, no puedo detenerme en ello.
Me siento en un banco y como lo que he comprado al indio, ¿pakistaní?
Además de los espirales con encurtidos, he comido un rollito de
queso. En un supermercado he comprado medio kilo de fresas que, como son demasiadas, regalaré
el resto a una colombiana. Intenta que las coma su niño de ocho
meses. Al menos las chupará y sacará algo de su sabor, aunque para
un niño le resultará algo ácido. Ella lleva poco tiempo en la
ciudad, aunque su marido, también colombiano, es ya veterano en
ella. Lleva más de veinte años en Alemania. Les he oído hablar
castellano y es ahora cuando me doy cuenta que es la mujer que me ha
indicado dónde estaban las cervezas en el supermercado en que he
comprado las fresas. Al niño se le cae una fresa, se la recojo antes
de caer al suelo y se la doy. El muchachote se relame. Fresas y
cerveza he pagado 4,29€. La cerveza con la comida indú y las
fresas, me saben a manjar en ciudad de postín. Me he evitado un
restaurante del que habría salido desplumado.
La cerveza era con
limón y me ha sabido también rica. Me despido de la colombiana y
del tendero amigo con el que hablaba en el mercadillo. Sigo mi
camino. Ahora veo una cebra amarilla y blanca en una terraza.
Más que amarilla, podría ser dorada. El cuerpo podría ser de caballo o jirafa, ya que no veo las patas al completo y no sé de cuál de los dos animales puede ser. El cuello no es de jirafa, está claro pero, sin ser un animal fantástico, parece bastante contrahecho.
Vuelvo a
pasar por los maniquíes de antes y ahora, al fotografiarlos con la
nueva máquina, se ve que son masculinos, que están desnudos y van
coloreados en rojo, el sentado, en azul, uno de los de a pie y, el
tercero en blaugrana, puede ser ambidiestro o del Barcelona. Los tres
son asexuados.
Ya muy cerca del descenso hacia el paseo marítimo y
hacia la playa, paso por la cafetería Extrablatt, donde he
desayunado. Ahora la fotografío con su terraza.
(Todo esto lo
escribo en Lakolt, en la isla de Rømø. Se me acumulan los
acontecimientos. Se me ha borrado el nombre del novio de Ingrit, que
había escrito en mi mano. Hoy es día de acomodación a la nueva
moneda danesa).
Paseo
marítimo.
Hay
paseo a varias alturas. En el superior veo a dos niñas saltando en
sendas camas elásticas. Los saltos son a gran altura, pero están
bien amarradas con cinchos que parecen ofrecer seguridad. Sería
terrible si alguna saliera disparada, soltados sus arneses. Se puede
apreciar que se lo están pasando pipa.
Una escalinata lleva a un edificio de apartamentos, quizás sea un
hotel. Cada habitación ofrece su terraza. El edificio es bastante
poco agraciado y, aunque tiene más de catorce pisos, ofrece la
posibilidad de mirarlo como tres bloques. Quizás sea lo más curioso
de su estructura anodina.
Por un paso cubierto se puede bajar al
paseo marítimo inferior o a la playa. De momento no tengo intención
de bajar a la arena y seguiré por el otro.
Un auditorio al aire libre, de forma circular achatada y con un enorme graderío frontal, es un lugar idóneo para actuaciones musicales ruidosas que no requieran una gran preparación musical en los espectadores. Un espacio también idóneo para bandas. Impropio para un concierto de música clásica.
El espacio es magnífico por la tranquilidad que
ofrece el horizonte marino. Aunque hay profusión de asientos de
mimbre sobre la arena de la playa, algunos prefieran tostarse al sol
en el mismo paseo marítimo. Se oyen hasta algunos ronquidos de
algunos desinhibidos que no les importa mostrar sus encantos a los
paseantes.
Pronto encuentro tenderetes techados, puntiagudos y
blancos, que ofrecen comidas rápidas. También hay vendedores de
todo tipo de artículos. Siguiendo el paseo, llego a un yakuzzi
burbujeante sin usuarios. Y eso que parece que es atractivo hasta
para las ranas, pero deben ser doradas o, al menos, adineradas, para
que se lo puedan pagar. En la zona final del paseo, donde los
tenderetes puntiagudos blancos engatusan con una oferta descomunal de
ropa, coches, comida y abalorios, que aturde.
Aturdido, llego a una
rampa, propia de un dique de cemento, que me ofrece la posibilidad de
bajar, y una vez acabado el gentío de la parte central de la playa,
me decido a pisar arena descalzo.
De
Westerland a Wenningstedt.
Voy
por la orilla en busca de zona FKK, que creo no encontraré hasta llegar a
Kampen. Hay zonas en que se camina bien y en otras regular, pues los
pies se hunden con más facilidad. Conforme va bajando la marea se
camina mejor. No veo letrero de FKK pero, sin embargo, empiezo a ver
personas desnudas y allí mismo me quedo.
Descargo mi equipaje y me
doy el primer baño de la tarde. Hace calor pero se está bien y se
agradece el airecillo que corre. Estaré tomando el sol y bañándome
casi tres horas. Una chica está cerca haciendo posturas bonitas. A
última hora me decido a dibujarla. Es joven y está desnuda, ha
cogido una pose realmente bonita, pareciera una modelo posando para
el pintor, pero no mantiene su pose inicial y acabo haciendo una
chapuza. Me vale como intento. También cercana hay una pareja
asiática que no deja de toquetearse. También otra pareja más
modosa. Un hombre que, cuando llega una mujer mayor que él, se baña
y le deja su sitio. Ella está en bañador y lee. Mi modelo se ha
dado un baño y se pone un vestido, como de gasa, ajustado y se va
tan rápido que no me da tiempo a enseñarle el resultado de su
posado plasmado en mi cuaderno de dibujos. De habérselo mostrado, no
sé cuál habría sido su reacción. Me quedo sin saberlo. Tras tres
horas y cinco baños, sigo hacia el Norte. Algunos van desnudos por
la orilla, y otros en bañador.
Cada cual a su aire. Así es como voy
llegando a Wenningstedt. Ya se ven algunas casas sobre la duna y la
playa es familiar. Me entero más bien por la aglomeración de
asientos-sofá habituales. Habrá que esperar a pasar esta zona para
poderme desnudar de nuevo.
Llego a una zona con banderas roja y
gualda y entre las que hay una lancha de lona hinchable que parece de
los socorristas. ¿Querrán decir estas banderas que ésta se la zona
vigilada por ellos? Leo: bitte
baden sie zwischen den fahnen.
¿Qué querrá decir? Por si acaso, ¡tu padre!
He sacado foto hacia
el Sur, y los edificios que aún se ven de Westerland, me hacen
pensar que la zona nudista en que he estado es la de la ciudad.
Aunque no esté reconocida como FKK, los nudistas capitalinos la
hacen nudista. Tanto esta playa con las banderas como el chiringuito
siguiente por cuya orilla veo llegar a un grupo
En el
camino la cortada de la duna sigue estando a pico.Luego crecerá y cambiará su estructura
De
Kampen al faro del Norte.
En
el Norte, mi mapa de Sylt ofrece dos faros. Sólo llegaré al
primero, el más norteño, pues el otro se escora más hacia Romo.
Para llegar tendría que hacer un recorrido de ida y vuelta y no me
conviene. Después de haberlo visto de lejos, prefiero tratar de ver
otra puesta de sol como la de ayer. Pero, de nuevo, me estoy
adelantando. Finalizando Kampen, en las cotas 22 y 23, un socorrista
me proporciona agua de grifo y me desea buena continuación de viaje.
Pasada la zona correspondiente a lo que yo creo es Kampen, me quito
el calzoncillo y voy desnudo con él a mano. El paseo es placentero.
Banderines en la duna y uno central en una de las cimas de ella. Se
han formado dos orillas con un espacio de arena húmeda central.
El
mar está tranquilo, sólo pequeñísimas olas señalan que permanece
vivo. Llego a una fila de troncos encallados y recubiertos de
moluscos marinos.
Entro en el agua para fotografiarlos al completo,
para hacerlo coincidir en la arena con la señal de peligro. La
variante con las aspas de la mañana, es que aquellas eran amarillas
y estas son rojas, pero el significado, la función, es el mismo.
Saco una foto con la sombra del caminante desnudo en la arena. La sombra va desnuda también y, por suerte para mí, carga con la sombra de sus mochilas. ¡Uf, un peso menos!
Sigo caminando y no recuerdo si hice otra parada para baño. Probablemente sí, la hice. Una nueva señal de peligro por obstáculos en la orilla, ahora la fotografío de cerca. Ya tenéis los datos de referencia con la anterior a la de mi sombra.
En zona de arena seca, veo uno de los asientos solitarios. Me acerco para fotografiarlo de cerca, y lo encuentro cerrado a cal y canto. Así podéis ver el sistema y cómo el propietario o propietaria ha dejado dentro sus pertenencias que parecen a buen recaudo. Nadie se va molestar en descerrajar el sistema y robarle nada.
Retorno a la orilla. Tanto el mar tranquilo, la arena y la duna, siguen la misma tónica. Como veo más zona de asientos familiares y aunque no he visto el faro de Kampen al pasar, me figuro que ya estaré a la altura de las playas correspondientes a Süderheidetal y Mellhörn que, en mi mapa están en el lado Este, pero en el Oeste correspondiente ofrece zona Badestelle FKK, con silueta de mujer desnuda azul.
Fotografío el mar para que se vea que la marea está aún algo alta, sin bajar del todo. Se nota en qué punto está la arena más alta, por el lugar donde se conforman las olas que, después, se pierden y desaparecen. Allí se formará la segunda orilla cuando la marea descienda. Las aguas muestran una tonalidad ferruginosa, probablemente producida por alguna alga, una mezcla de yodo y sal.
Creo que son aguas saludables y ya no tengo miedo en pisarlas cuando camino por estas orillas, que dan vigor a mis pies. Estoy en la cota 17 y me doy otro baño. Un hombre viene con su mujer y él se entretiene hablando conmigo. Me dice preguntando si no está el agua muy fría y yo, que entiendo poco de temperaturas marinas, le digo que 16 grados. Está buena, añado. Como su mujer ha seguido adelante, le acompaño un poco hacia el Sur, retrocediendo. Ella no se ha interesado por mi viaje. El hombre tendrá tema para contárselo luego. En List-Norte, me pongo el calzoncillo, pues me parece playa familiar, aunque a estas horas ya se ve poca gente. Por allí ascenderé a la duna. Necesito referencias para saber dónde estoy y coger el resto de referencias del Norte de la isla.
Cogiendo
referencias a ambos lados del Norte.
Subo
la duna y, desde arriba, veo el faro del Norte, al que pretendo
llegar. Al verlo ya tengo la referencia de lo que me queda por
recorrer.
También cómo están de consolidadas estas dunas finales, pero lo más interesante es que, por primera vez en mi vida, veo costa danesa. Al otro lado del estrecho marino, lo que veo es la isla de Romo, que mañana visitaré. Otra de las fotos intenta captar el lado Oeste del Norte de Sylt. A la derecha, un gran edificio me hace pensar que puede ser el albergue juvenil de List pero, ni lo voy a intentar, teniendo una playa con dunas tan a huevo, con tan buena temperatura y sin amenaza de lluvia. Al final del brazal del Norte, puedo ver el otro faro, el Leuchtfeuer Ost, que me exige un recorrido de ida y vuelta y a donde ni intentaré llegar. Esta bahía figura en mi mapa como Zone 1. Muy a lo lejos, y en la frontal, se ve tierra firme que corresponde al cuello Sur de Dinamarca. Un camino que desciende hacia List, será el que mañana recorreré para coger el ferry en List.
De momento, fotografío la escalera por la que he subido para esta revisión panorámica y que ahora desciendo. El motivo también es el de mostraros la caseta donde mañana me ducharé antes de partir hacia el barco de Ingrit. Un grupo de chavalillos que ha estado en la plataforma a la vez que yo y que ni siquiera me he preocupado de preguntarles nada sobre el albergue, desciende la escalera y yo sigo tras ellos. Una escalera potente, de madera, que va flotando dañando lo menos posible la duna.
De nuevo por playa del Este hacia el faro.
También cómo están de consolidadas estas dunas finales, pero lo más interesante es que, por primera vez en mi vida, veo costa danesa. Al otro lado del estrecho marino, lo que veo es la isla de Romo, que mañana visitaré. Otra de las fotos intenta captar el lado Oeste del Norte de Sylt. A la derecha, un gran edificio me hace pensar que puede ser el albergue juvenil de List pero, ni lo voy a intentar, teniendo una playa con dunas tan a huevo, con tan buena temperatura y sin amenaza de lluvia. Al final del brazal del Norte, puedo ver el otro faro, el Leuchtfeuer Ost, que me exige un recorrido de ida y vuelta y a donde ni intentaré llegar. Esta bahía figura en mi mapa como Zone 1. Muy a lo lejos, y en la frontal, se ve tierra firme que corresponde al cuello Sur de Dinamarca. Un camino que desciende hacia List, será el que mañana recorreré para coger el ferry en List.
De momento, fotografío la escalera por la que he subido para esta revisión panorámica y que ahora desciendo. El motivo también es el de mostraros la caseta donde mañana me ducharé antes de partir hacia el barco de Ingrit. Un grupo de chavalillos que ha estado en la plataforma a la vez que yo y que ni siquiera me he preocupado de preguntarles nada sobre el albergue, desciende la escalera y yo sigo tras ellos. Una escalera potente, de madera, que va flotando dañando lo menos posible la duna.
De nuevo por playa del Este hacia el faro.
Ya
estoy en la zona de playa correspondiente a List. Sigo en zona FKK.
Desde la duna, fotografío espacios que protegen del viento a los que
toman el sol. Esta parte de playa, puede ser algo más ventosa, al
estar próxima la finalización de la isla y haber un mar intermedio
por donde sale el agua del mar interior que Sylt hace de parapeto,
como un dique natural, con salidas al Norte y al Sur.
También está el puesto de socorro, aunque a esta hora ya no hay nadie. Ya son más de las siete y media de la tarde. Completando la curva que va haciendo este Norte final de la isla, encuentro sobre la arena un conjunto de tubos que no sé si los han sacado o los están metiendo para hacer una nueva conducción. Más adelante veo una máquina que trabaja para facilitar la tarea. Parece que están metiendo tuberías nuevas.
Más adelante encuentro un camino que me va a llevar a una carretera del otro lado, que la habría podido coger antes, bajando por el otro lado de la plataforma, y que la señalan de una forma curiosa con esos dos haces de mimbres, como si de escoba de bruja se tratara. Por aquí, la duna es baja y enseguida llego al otro lado. Desde estas dunas frágiles, pronto veo el faro más cercano.
Va a ser lo más al Norte que voy a llegar en esta isla de Sylt.
Pronto llego a las casetas auxiliares del faro y tendré que rodearlas para acercarme a él.
Ofrezco las dos fotos. Desde el faro fotografío unos edificios que me hacen pensar en el albergue juvenil, junto a los que mañana por la mañana pasaré.
Ahora tengo que superar una duna para poder fotografiar una campa donde campea un bonito rebaño de ovejas.
Las estaba echando en falta, tras haber convivido con ellas tantos días atrás. La sombra del caminante despunta de la sombra de la duna. El sol ya está tomando posiciones para iniciar su ocaso.
Enfrente, en la costa danesa, destella un reflejo del astro rey. Pronto habrá que cambiar de moneda. Espero que me quede algún euro para arrancar en la Alemania del Este. Y a ver cómo me adapto a la nueva, la corona danesa. Más ovejas en el campo. Terminada mi visita al faro y sin necesidad de buscar albergue, retorno a la playa del Este, que es tan Norte, con intención de montar mi cama y ver los últimos rayos del sol antes de que desaparezca de mi vista, por hoy.
También está el puesto de socorro, aunque a esta hora ya no hay nadie. Ya son más de las siete y media de la tarde. Completando la curva que va haciendo este Norte final de la isla, encuentro sobre la arena un conjunto de tubos que no sé si los han sacado o los están metiendo para hacer una nueva conducción. Más adelante veo una máquina que trabaja para facilitar la tarea. Parece que están metiendo tuberías nuevas.
Más adelante encuentro un camino que me va a llevar a una carretera del otro lado, que la habría podido coger antes, bajando por el otro lado de la plataforma, y que la señalan de una forma curiosa con esos dos haces de mimbres, como si de escoba de bruja se tratara. Por aquí, la duna es baja y enseguida llego al otro lado. Desde estas dunas frágiles, pronto veo el faro más cercano.
Va a ser lo más al Norte que voy a llegar en esta isla de Sylt.
Pronto llego a las casetas auxiliares del faro y tendré que rodearlas para acercarme a él.
Ofrezco las dos fotos. Desde el faro fotografío unos edificios que me hacen pensar en el albergue juvenil, junto a los que mañana por la mañana pasaré.
Ahora tengo que superar una duna para poder fotografiar una campa donde campea un bonito rebaño de ovejas.
Las estaba echando en falta, tras haber convivido con ellas tantos días atrás. La sombra del caminante despunta de la sombra de la duna. El sol ya está tomando posiciones para iniciar su ocaso.
Enfrente, en la costa danesa, destella un reflejo del astro rey. Pronto habrá que cambiar de moneda. Espero que me quede algún euro para arrancar en la Alemania del Este. Y a ver cómo me adapto a la nueva, la corona danesa. Más ovejas en el campo. Terminada mi visita al faro y sin necesidad de buscar albergue, retorno a la playa del Este, que es tan Norte, con intención de montar mi cama y ver los últimos rayos del sol antes de que desaparezca de mi vista, por hoy.
Cama
al Este.
Vuelvo
a la playa buena, a la que antes he abandonado y al lugar próximo a
la caseta donde están los retretes y duchas, para tenerlos cerca
mañana cuando los necesite. Allí sacaré las tres últimas fotos
con la puesta de sol. Me voy adaptando bien al funcionamiento de la
nueva cámara. Bien es verdad que, para el nivel de foto que preciso,
no es necesario ser un experto fotógrafo. Ya estoy de nuevo en la
cota 17. Antes había alguien que tiraba petardos, pero ya ha
desaparecido. Habían montado un círculo de sofás, pero ya no
están. Menos mal. Me habrían dado la noche. Con el camino que ya he
visto para llegar mañana a List, puedo dormir tranquilo. Voy hacia
el último sillón-sofá toldado, el nº 333, periódica pura tras la
coma, si seguimos sacando decimales. Me desnudo y me doy el último
baño del día.
Con la posición del sol en el horizonte, no veo si hay medusas o no, así que salgo rápido, por lo que pudiera ocurrir si me picara alguna. No me apetece un latigazo eléctrico de sus filamentos. Tras el baño me paseo por la orilla para secarme. Pasan dos amigos de charla amigable que ni me han mirado, ni saludado al pasar.
Duermo protegido del viento junto al 320. Hay una pareja con perro mirando al mar. No se quedarán hasta el momento en que vaya desapareciendo el disco solar. Se van antes. Así, en solitario, veo el ocaso desnudo. Se produce, aproximadamente, a las 22:15. Aunque ya había guardado la cámara en la mochila, la he vuelto a sacar. No veré el rayo verde. Monto el saco sobre la esterilla y dormiré con el jersey puesto y nada más. Alguien pulula por el lugar, pero no interfiere en mi proceso de fotografiar al sol acostándose, como dicen los franceses: l’accoucher du soleil. Tras el ocaso, me acuesto. Por la noche, se levanta algo de viento, pero duermo bien. Me levanto sólo una vez para orinar. Veo la luna, casi llena. Me vuelvo a despertar a las 5:30 y aguanto hasta casi las seis.
Con la posición del sol en el horizonte, no veo si hay medusas o no, así que salgo rápido, por lo que pudiera ocurrir si me picara alguna. No me apetece un latigazo eléctrico de sus filamentos. Tras el baño me paseo por la orilla para secarme. Pasan dos amigos de charla amigable que ni me han mirado, ni saludado al pasar.
Duermo protegido del viento junto al 320. Hay una pareja con perro mirando al mar. No se quedarán hasta el momento en que vaya desapareciendo el disco solar. Se van antes. Así, en solitario, veo el ocaso desnudo. Se produce, aproximadamente, a las 22:15. Aunque ya había guardado la cámara en la mochila, la he vuelto a sacar. No veré el rayo verde. Monto el saco sobre la esterilla y dormiré con el jersey puesto y nada más. Alguien pulula por el lugar, pero no interfiere en mi proceso de fotografiar al sol acostándose, como dicen los franceses: l’accoucher du soleil. Tras el ocaso, me acuesto. Por la noche, se levanta algo de viento, pero duermo bien. Me levanto sólo una vez para orinar. Veo la luna, casi llena. Me vuelvo a despertar a las 5:30 y aguanto hasta casi las seis.
Balance
de otra jornada placentera en Sylt.
Resuelto
el problema de la cámara, lo mejor del día ha sido el encuentro con
Ingrit, sobre todo por las consecuencias que va a tener. He
disfrutado mucho en esta gran playa al Mar del Norte de la última
Frisia alemana de Sylt. He comido poco, un desayuno justito, una
comida frugal y sin cenar. Mañana me desquitaré en la primera
comida danesa, que hasta robaré los restos de media salchicha al
vecino.




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