Etapa 24 (465) Wittdün-Nebel FKK
Etapa
24 (465), 29 de junio de 2015, lunes (san Pedro).
Vuelta
a la isla de AMRUM.
Wittdün-Süddorf-Nebel
Strand-Nordddorf Strand-Cabo Norte-Norddorf-Nebel-Nebel Badestrand
FKK.
Amanecer
en el albergue de AMRUM.
En
Wittdün, me despierto a las siete y no me decido a escribir, ni a
dibujar, ni a deshacer la cama… y acabo bajando a desayunar antes
de las ocho. Me han preparado una mesa en una sala para mí solo, sin
fruta, ni embutido, ni leche caliente… Pido que me la calienten. Da
la impresión de que me tengo que limitar a lo que hay allí, pero no
me resigno. De un carro, cojo triángulos de sandía y embutido,
preparo el pan, con mantequilla y mermelada asignadas, y bebo la
jarrita calentada que da como para dos cafés con leche. Cuando
termino sigo solo. Voy a recepción y me confirman que no tengo sitio
para dormir esta noche.
No me importa nada. Se presenta una buena
jornada. A pesar de que me habían dicho que si quería pagar con
Visa lo tendría que hacer hoy por la mañana, tampoco va a ser
posible y pago 29,80€ en efectivo. Para ello, subo a la habitación
por un billete de cincuenta euros. Saco foto de la habitación, con
la mesa en que escribo el diario que tiene una buena posición,
recibiendo luz de la izquierda. Deshago la cama y escribo dejando la
puerta abierta.
Nieves,
Sara, Julia, Ramón y Santi.
Con
el oído atento, estoy pendiente del movimiento del pasillo. Todo en
calma, sigo escribiendo mi diario. Cuando oigo que alguien anda por
el pasillo, salgo y conozco a Nieves, que va con su pequeño de
veintidós meses, Santi. Quien realmente lo parió fue Sara, pero
ambas son sus madres. Están casadas y Nieves fue quien aportó al
matrimonio sus dos gemelos, Julia y Ramón, que nacieron en el 2000 y
todos mantienen buena relación con el padre de las criaturas. Tener
a Santi ha sido dar oportunidad de maternidad a Sara, experiencia que
Nieves ya tenía. Así ambas saben lo que es ser madre. Cuando a
grandes rasgos cuento a Nieves algo de mi viaje, me dice: “A mi
padre le encantaría tu viaje”. Él vive en Cartagena y los cinco
en Gran Canaria. Todos saben alemán y allí lo ponen en práctica.
Los tres hijos son de las dos, sean o no biológicos. Les acompaño
un rato en su desayuno y, cuando van a dar las nueve y media, subo,
hago equipaje, deshago la cama, bajo las sábanas y entrego las
llaves en recepción y, con el checking-out hecho, estoy un rato más
con la familia canaria y les enseño los pocos dibujos que llevo
hechos. Primero los ve Ramón.
Les doy mi blog, para que lo visite su
padre, y nos intercambiamos clave de correo electrónico. Tuvieron
noticias mías, pero nunca recibí respuesta. Ha sido un bonito
encuentro pero sin futuro.
De
Wittdün a Süddorf.
Me
despido de los canarios y salgo con jersey hacia Süddorf. El día ha
comenzado con sol, pero se ha nublado y hace fresco. Son las diez
cuando me voy del albergue. Fotografío una casa cercana al albergue
que me ofrece una estructura peculiar, sin salirse del estilo que
llevo días viendo por Frisland.
Es de tres plata, siendo la tercera
abuhardillada, como va siendo habitual. Como despedida, fotografío
el
jugendherberge,
palabra que ya me va saliendo sola al escribir. En la fachada
lateral, el signo de los albergues alemanes, DJH, en amarillo, azul y
verde, que también voy integrando y haciéndolo familiar. Sin
embargo, en los banderines predomina el azul, aunque mantiene las
siglas características. En la zona de la buhardilla hay ocho
ventanas, que salen del tejado a la fachada de ladrillo blanco, y
otras cuatro, que sólo son luceros abatibles, en la zona de ladrillo
rojo.
También me atrae un poste que soporta en su parte superior una
escultura colorista, hecha de llantas de bicicletas con sus radios, y
que culmina en anagrama de bicicleta. Sirve para anunciar que, en ese
lugar, en el edificio más próximo, está el lugar donde alquilan
bicicletas. Probablemente también hagan reparación de las
estropeadas, para tenerlas todas a punto. No seré yo quien alquile
ninguna, porque no es un medio de locomoción que me agrade, y porque
mi viaje es a pie siempre que pueda hacerlo. Sigo adelante.
Hacia
el faro.
Caminando
hacia el faro, paso por una casa cuyo tejado de paja ha sido
habilitado como balcón corredor. Pierde en funcionalidad, pues hay
más riesgo de que la lluvia, al no resbalar de seguido hasta la base
de la casa, pueda penetrar más fácilmente en el interior. Pero a la
vez permite una vista envidiable a los ocupantes del inmueble. Lo que
se pierde en seguridad se gana en belleza. El carril bici me va a ir
llevando hacia el faro y, además, la foto muestra la planta que va a
ser plaga en Dinamarca, con sus flores entre rosáceas y liláceas.
Estamos a principio de verano y me costará tiempo descubrir sus
pequeños tomates rojizos.
El carril bici, muy utilizado por
ciclistas paseantes en vacaciones, me va llevando entre espesos
bosques de árboles que, sin poderlo asegurar, me recuerdan a los de
abedul. De esta madera modela sus kaikus mi amigo Juan Pedro Goñi,
en Oiz, Navarra. Cuando los viejos artesanos desaparezcan, esta
artesanía fenecerá.
Con esos objetos que, en tamaño mayor, servían
para ordeñar la leche de las vacas, repartiéndolos por Europa,
contribuyo a que no se pierdan en el olvido. En zona más despejada,
en que el carril va paralelo a la carretera, entre las dunas
consolidadas, veo aparecer la parte alta del faro, con su linterna
apagada. Hierbas y flores silvestres amarillas, margaritones blancos
y otras tonalidades, dan una nota de color de naturaleza al espacio
entre las bicis y el caminante, y los vehículos a motor. De alguna
manera, sirven de filtro a la contaminación de los aspirantes de CO2
pasivos.
MSV Leuchtturm es como llaman al
faro más importante de Amrum. Lo he fotografiado de lejos,
parcialmente, y ahora lo hago de algo más cerca, aunque los árboles
siguen ocultándome la base cuando llego al recinto aparcamiento. En
el momento en que entro, un gran grupo ciclista aparca sus bicis.
Cuando me acerco al cartel en el que veo que debo pagar cinco euros
por subir a pie todos los escalones del propio faro, además de los
previos hasta la base, me desanimo, pero enseño el carnet de
identidad y el encargado me pide 3€ por ser ancianito. Me animo a
subir escaleras.
El
faro de Amrum.
Desde
abajo fotografío el faro con la escalinata de madera previa. Todavía
sigo sin ver la base del Schiffahrt, pues los pequeños abetos me la
ocultan. No será hasta que, una vez arriba, la pueda ver en su
totalidad, aunque la vista no da lo suficiente para abarcarla de una
sola mirada y, tampoco la cámara, así que me contentaré con una
foto sacada antes de la llegada, que no permite ver completa la base,
para hacerme a la idea de que la fotografío al completo.
Por
delante, una valla de madera, y un hierbal con matas amables
blanquecinas.
Subiendo por la escalera de caracol, cuento 293
escalones, aunque el guarda me asegura que son 295. Los tramos
contados al bajar han sido: 15-162-80-36=293. Parece que fue
construido en 1875 y tiene una altura de 41,8 metros. A las 10:50 he
iniciado la ascensión, y para las once ya he iniciado el
descenso.
Hago un recorrido por el balconcillo circular que discurre bajo la
linterna y voy sacando fotografías en las diferentes direcciones,
sin un orden meticuloso que pudiera asociarse a los puntos
cardinales, pero creo que se puede dar una idea de las dimensiones de
la isla y de lo que ésta ofrece al caminante. La primera aborda en
primer término el bosque, el aparcamiento por donde he llegado y los
edificios que dan servicio auxiliar al faro. Como no voy a comer tan
temprano, ni me molesto en ver si hay oferta gastronómica. Al fondo,
hacia el Este, el mar que ofrezco es el correspondiente al mar
interior, hacia el continente, al que sigo denominando mar de mierda,
con alguna de las islas por las que pasé ayer de largo.
La segunda
foto desde arriba, la oriento hacia Noroeste, con las dunas más o
menos frágiles, más o menos consolidadas, que me llevan con la
vista a los quince kilómetros de doradas arenas y a las que tanto
deseo llegar. En el espacio protegido no hay ninguna construcción.
En la zona boscosa, se ven algunas casas solariegas.
Más
directamente hacia el Oeste, antes de la zona de playa más próxima,
veo un campamento con tiendas de campaña, la mayoría de ellas
blanquecinas, que se confunden con la fina arena de similar color, y
que están diseminadas. A muchos de los campistas, las propias dunas
les ocultan entre sí. Un edificio tosco y peor camuflado es el que
perece ofrecer los servicios higiénicos y para cocinar. No bajaré a
ese lugar pero, desde arriba, pareciera que están en el paraíso.
Además, siendo la playa nudista, podrán vivir desnudos, como Adán
y Eva. “¡Cuidado con la serpiente!”, les gritaría a gusto desde
aquí arriba.
Un hombre mira con prismáticos hacia Wittdün, al
Sudeste, y aprovecho para fotografiarle parcialmente, ya que lo que
me importa es su gesto de mirar y el balconcillo donde nos
encontramos, y a la ciudad ya volveré mañana. La gran mayoría de
las dunas están consolidadas, pero alguna de las más cercanas
parecen cráteres abiertos y se muestran muy vulnerables desde aquí
arriba. La vegetación dunar cubre sus faldas, pero el centro del
arenal puede ser vaciado por el viento que, por suerte, hoy apenas
sopla.
Complementando la foto del campamento, saco otra similar hasta
las dunas más próximas a la playa.
Desde el mismo balcón, me echo
atrás todo lo que puedo, y fotografío lo que me da de sí la
linterna roja en su base y acristalada en todo su perímetro
circular. No sé cuánto diámetro podrá tener. No me siento capaz
de calcular. Tampoco el alcance de sus haces de luz nocturnos. Creo
que los veré la próxima noche, pues voy con intención de dormir en
tan larga playa.
Repito foto desde el balconcillo hacia el Sur, pero
sin el hombre de los binoculares, para que se vea el recorrido que he
hecho desde el albergue que, sin ser excesivo, ya me va cundiendo el
día. De Wittdün lo que mejor se aprecia es el embarcadero en el
puerto, donde mañana cogeré barco para Sylt, mi última isla
alemana y mi abandono hasta los días del Báltico a partir de
Rostock, de este Oeste del país germánico.
Una vez hecha la visita
ocular, bajo del faro y, desde la base de las escaleras, hago una
foto similar a la de inicio. Así sé el tiempo que he invertido en
la operación faro. Aunque el reloj de la cámara está unos minutos
adelantado, es preciso para este tipo de medición. La primera foto
la he sacado a las 10:49 y la última a las 11:06 Si mis matemáticas
no mienten, han sido 17 minutos entre una y otra. Me lo puedo
permitir.
Süddorf.
Por
carretera tardo diez minutos en llegar al anuncio de que entro en
Süddorf, así que casi se puede decir que el faro está en terreno
de este nuevo pueblo que, según leo en el mismo cartel, pertenece ya
a la jurisdicción de Nebel, el pueblo al que venía ayer mi
compañera de ferry que de tanto me informó.
Como la carretera no
lleva carril bici aledaño, imponen a los vehículos a motor una
velocidad máxima de 30 km/hora. Cuando saliendo de Süddorf me
dirijo hacia Nebel, compruebo que han reducido la entrada del
siguiente tramo de carretera para evitar que pasen por ella los
coches y así poder disfrutar peatones y ciclistas del espacio con
toda tranquilidad.
El caminante lo muestra y agradece con esta foto.
Llego a una casa en obras. Por la apariencia de su tejado, que se ve
viejo aunque en buen estado, se diría que la casa no es nueva. Lo
lógico habría sido ver la fachada de ladrillo rojo, pero es de
piedra clara. ¿Podría pensarse que han hecho un revestimiento
exterior de piedra recortada en rectángulos, y que han ocultado los
ladrillos interiores? Otra posibilidad es que se hayan limitado a
pulir la piedra ya existente desde el inicio de su construcción pues
la parte labrada del tímpano superior de la fachada, parece denotar
cierta antigüedad.
El dueño nos podrá decir lo que han hecho, pero
ni está, ni yo sabría preguntarlo y menos entender la respuesta en
alemán. También con tejadillo de paja anuncian, quizás la misma
casa, para alquiler en período de vacaciones, con todas las
características y la forma de contactar con quien la alquila. Con un
faro blanquiazul, redes y otros motivos marinos, presentan fotos del
interior de la vivienda para engatusar a probables clientes.
Yo ni
tengo posibilidades ni me conviene alquilar nada, cuando tengo la
playa toda para mí. Creo que puedo decir que he sido afortunado
estando el albergue juvenil al completo para esta noche. 1762 fue el
año de construcción de esta bella casa. La más antigua que me
informan de todas las que llevo viendo. No puedo asegurar que sea la
más vieja de las vistas hasta ahora en Alemania. Su base arranca con
piedras que, muy probablemente, están superpuestas a las paredes de
ladrillo rojo cara vista.
Las ventanas de aluminio o de PVC se ve que
son más modernas. Una cosa es la estructura y otra la funcionalidad.
Vuelvo a ver dos ventanucos tipo ojo rasgado y me voy 27 años antes
de que estalle la Revolución Francesa, que no revolucionó tanto
como creen muchos. Cuando estoy admirando la casa construida previa a
la revolución, veo pasar un tren chu-chú.
Me detengo en un cruce
para no interferir su marcha.
Molinos
de viento.
Doy
por hecho que el primer molino pertenece todavía a Süddorf, pero no
sería de extrañar que estuviera ya en Nebel.
En cualquier caso,
como pertenece a Nebel todo queda en casa. Entre árboles, aparece el
primer molino de viento que veo en la isla. Hacía muchísimo tiempo
que no veía ninguno. Para ver sus cuatro aspas, debo continuar
camino y me paro donde ya lo contemplo entero, aunque me resulte
bastante complicado conseguir liberarme de todos los arbustos altos
que hay por la zona.
Alejadas de la loma, veo algunas construcciones
que pudieran ser espacios auxiliares de la molienda, quizás de
comercialización de harinas de trigo o de maíz, quizás de alguna
otra gramínea. Camino de Nebel, mientras una pareja contempla el
paisaje hacia el horizonte marino, yo también dedico un tiempo breve
a la contemplación estática. Los siguientes molinos los voy a
considerar ya como pertenecientes a Nebel. ¿Veré hoy aquí a mi
acompañante del ferry?
Nebel.
Más molinos.
Avanzo
otro poco y me encuentro con otro molino de aspas con lamas doradas.
Me sorprende el dorado y el plateado de las ocho del molinillo. Se
trata de un molino muy bien conservado, sin restos de tejado de paja.
Incluso, da la impresión de que fuese de una factura muy reciente.
¿Tendría sentido hacer un molino, de estas características, en
estos tiempos en que priman las máquinas más sofisticadas de la
época de la industrialización?
Encerrado en el mismo entorno que el
molino, por una valla baja de madera, encuentro un edificio también
bajo, pero no tanto, que me hace pensar que es donde se realizaban
los controles del grano que entraba y la harina que salía. Sobre
unos soportes de piedra, verticales, han hecho una mesa, depositando
sobre ellos una rueda de molino. Para los católicos y, quizás
también, para quienes no lo son, hay que advertir que no es apta
para comulgar; se puede uno, o una, indigestar al primer mordisco,
aunque se recomienda tragar de una vez.
Tantos nos tragamos tantas
cosas increíbles, así que una más… Llego a una casa de Nebel que
me parece muy interesante pero, lo que más me llama la atención, es
un poste en el que algún caprichoso ha modelado y se ha
inmortalizado escalando. Quizás, al igual que se critica al
discóbolo de Mirón, porque no se aprecia en la cara ni el gesto el
esfuerzo necesario para lanzar el disco, se podría decir lo mismo de
éste. Ni en la cara, ni en los brazos, se aprecia el esfuerzo
necesario en la escalada. Pero la escultura me gusta y me despido de
ella con la mano, como si de un humano escalador se tratara.
Bandera
y cestillo se reflejan en el techo de paja de la casa, que mantiene
también el elemento constructivo del ladrillo rojo. Llego a la casa
donde Esteban alquila bicicletas. ¿Estarán de acuerdo todos los que
alquilan estos vehículos para arreglarse las bicicletas unos a otros
en función de dónde ocurra la necesidad de reparación? ¿Podrán
alquilarse aquí y dejarlas allá? Han puesto unas barras curvilíneas
con dos captadores de aire a modo de veleta, donde el viento mueve a
dos peces coloristas, muy bien adiestrados, y que me hace pensar en
la posibilidad de que también alquilen bicicletas anfibias. ¿Para
pescar peces sin bajarse de ellas? Me voy de este Fahrrad Verleih y
sigo en dirección al Norte. ¿Por qué razón habrán construido
estos pueblos en el lado más alejado de las buenas playas, más
cerca del mar de fango que del bueno para disfrutar nadando en mar
abierto?
Cuando estoy llegando al núcleo de población más
importante de Nebel, cuya iglesia he visto de lejos y quería
visitar, me surge un camino hacia la izquierda, hacia las playas, y
no me resisto a seguirlo.
Nebel
Strand.
Cojo
el camino que digo. Aunque también es para ciclistas, es magnífico
para los caminantes, puesto que se trata de un camino ancho de
tierra. Es magnífico y sombreado, pues hay bosque a ambos lados. Uno
de los lados es de abetos y el otro de árboles más variados. El día
ha mejorado y luce el sol, lo que hace que al final del camino y del
bosque se vea un círculo luminoso como si estuviéramos saliendo de
un túnel. Veo a quien va por delante y trato de alcanzarlo, sin
saber si es mujer u hombre.
Un gran cartel a la llegada a la playa,
anuncia los lugares disponibles, y los retretes. La arena refulge con
los rayos solares, de lo blanquísima y fina que se ofrece. La
mayoría de veraneantes enfila por la pasarela de tablones de madera
hacia la orilla, unos pocos ya están de regreso.
Parece que su
jornada de playa ya ha concluido y se retiran ahora que el sol
empieza a calentar. Antes de que los que llevan perro se infiltren
entre los que no, un cartel les advierte hacia dónde está la zona
destinada a los chuchos. Si ladran, que se molesten entre los dueños,
aunque suelen ser peor los desaprensivos que ponen su transistor para
deleite suyo y de sus vecinos.
En mis lares, los más propensos a
este molesto ruido suelen ser las cuadrillitas de adolescentes. Hay
que acertar con el lugar en que te colocas, o no tener pereza para
desplazarte hacia otro lugar más tranquilo. Sin salir de la
pasarela ni llegar a la orilla, fotografío una caseta de los
socorristas vigilantes. Me parece muy baja para vigilar tan vasta
playa.
En el pabellón se lee en letras grandes DLRG, ya habitual en
este final de Alemania, con la bandera alemana, aunque sin el negro,
y otra clarita que no sé a qué corresponde. El pequeño pabellón
está montado sobre un palafito, tiene ventanas y está a cubierto.
Por otra escalera se asciende a la terraza donde, casi nunca se ve a
ningún vigía. Llego a otro pabellón igual, pero sin vigilancia.
Está cerrado y tiene una tabla amarilla, como su fuera una camilla
donde transportar al enfermo, semiahogado o muerto.
No tengo ninguna
intención de llegar a la orilla hasta que no llegue a la zona
nudista. Un cartel anuncia que que allí finaliza la zona de
vigilancia DLRG y una persona desnuda que contempla el horizonte y
las olas, me confirma que ya he llegado a la zona FKK. Si nos
ahogamos aquí, los socorristas vendrán a intentar salvarnos; si lo
hacemos más allá, ya nos podemos morir que no vendrán en nuestra
búsqueda. Descargo mis mochilas y me quito la ropa. Tranquilo,
pasaré aquí hora y media disfrutando desnudo de sol y baños de
mar. El piso de la arena es duro y se camina divinamente. También es
buena la entrada al mar, aunque hay que avanzar mucho si quieres
nadar. Tarda en cubrir. Estos van a ser mis únicos baños del día.
Tenía verdaderas ganas de hacerlo. Tantos días de secano…
Hacia
zona FKK de Norddorf.
Poco
antes de las dos, reinicio la marcha hacia el extremo Norte. Muy
cerca de donde he estado, con desechos traídos por las olas de todos
los mares habidos y por haber, encuentro este monumento que ofrece
una nota divergente de la monotonía de la playa que voy a
fotografiar por la tarde. Pudiera estar habitado, pero no me acerco
por si sorprendo alguna escena tórrida, o algún trapicheo de droga.
Aunque la mierda recogida, parece que lo está con cierto orden y
gusto artístico, no deja de ser detritus y restos de naufragio. Una
tabla de surf me hace pensar en amigos de ese deporte, y también la
presencia de una tabla como escultura en vertical, pero esta playa
sin olas es difícil que atraiga a los aficionados surfistas,
windsurfistas o skate-boards. El caso es que, a pesar de mi
curiosidad, paso sin acercarme.
A partir de aquí voy a sacar catorce
fotos de arena y mar donde va a ser difícil ubicarlas. Narraré mi
paso y las variaciones, la arena va cambiando en la medida en que voy
pisando espacios diferentes, que me hacen pensar que esta zona, la
más frágil de la isla, puede resultar muy cambiante. ¿Llegará un
día en que el arenal del Norte se unirá a la isla de Föhr, tan
próxima hacia el Nordeste? De momento me conviene que el paso entre
las dos islas no se cierre, puesto que mañana el barco pasará por
ese estrecho camino de mi última isla alemana, la de Sylt. Como
decía, voy de la playa de Nebel a la de Norddorf. Las dunas bajas de
la derecha, antes muy alejadas, ahora se van acercando cada vez más
hacia la orilla.
Camino descalzo contemplando a la vez el cielo
diáfano con nubecillas que hacen filigranas en el azul pintándolo
de blanco. Por la derecha y por encima de las dunas, veo aparecer una
parte del faro de Norddorf y su linterna. La playa se va curvando
hacia Föhr, pero de frente me descubre la isla de Sylt (la “y”
la pronuncian como la “u” francesa).
Lo que veo es el sur de la
última Frisia alemana, por donde comenzaré a caminar mañana, cerca
del pueblo de Hörnum. Con el cambio de marea, creo que está
bajando, se empieza a formar otra orilla paralela a la mía y que
deja un lago intermedio entre las dos.
Me paso, ahora que está
húmeda y se anda bien por ella, dejando a un lado la que traía,
cada vez más alejado de las dunas y con riesgo de tener que
retroceder. Pero no creo que ocurra tal cosa. Así voy llegando a la
playa de Norddorf. De lejos veo los consabidos asientos alemanes que,
por aquí, son casi todos de mimbre entrelazado.
El celaje sigue liviano,
las olitas acariciadoras de mis pies, que tantos mimos necesita. Un
cielo con una nube diabólica (no de diablo, sino de diábolo) que
fotografío con el entramado de mimbre de uno de los sillones de la
playa de Norddorf. Me apoyo un rato en estos curiosos asientos de
mimbres entrelazados y que se mueven bien entre dos personas para
orientarlos según sople el viento.
Sin hacer nada para ello, tengo
una eyaculación espontánea y despido escasas gotitas presuntamente
estériles, aunque no me atrevería a asegurarlo.
Se acaba de formar
otra tercera orilla, la primera, por la que iba, la segunda, por la
que voy, y la tercera por la que van otros usuarios de la playa,
cuando voy por tierra de nadie. Sylt no se va de mi vista. La arena
ofrece restos de diminutas conchas marinas. La siguiente fotografía
ofrece la playa de Norddorf, con la triple orilla más evidente y,
tras las dunas, el faro anunciado tanto tiempo ha.
Los que toman el
sol en la arena seca, deberán caminar un rato si quieren refrescarse
en mar abierto. Poco a poco, todo se va volviendo una sola orilla.
Hacia el Norte me dirijo. Y, cuando estoy más convencido que voy a
continuar en recto en dirección al cabo final, en zona donde se
alquilan tablas de surf, veo que se produce un entrante de mar, una
especie de pequeño golfo, que en mi mapa no aparece, quizás porque
sea una geografía cambiante, voluble, según las mareas.
La lengua de arena del Norte.
El
caso es que me tengo que escorar hacia las dunas si quiero seguir
adelante. En las tablas no veo a nadie. Quizás sea una escuela de
surf y sólo funcione a unas horas determinadas. No parece que por
aquí haya ningún otro albergue juvenil que reúna chavalillos
aprendices… No lo puedo saber. El caso es que no veo a nadie.
Unas
tablas están en sus estanterías, otras preparadas en la arena como
listas para bogar. La orilla que pasado el golfo me toca es perfecta
para caminar, por su dureza y humedad. En la zona de arena seca, se
ven paravientos vegetales. Aunque hoy no hace viento, son precavidos
para los días en que lo hay.
Si los construyen será porque los
necesitan. Yo sigo desnudo cuando ya estoy llegando a la zona nudista
de Norddorf. Si durante este recorrido de la tarde he caminado
alejado de la gente para no tenerme que vestir, ahora ya lo hago más
despreocupado. Dejo las mochilas en la orilla y me doy otro baño placentero.
La falta de viento y la buena temperatura me
convierten esta isla en un paraíso, qué diferente a la experiencia
de este año en Ámeland, Schermonnikoog y Borkum. Parece que así
recupero el buen recuerdo de 2013 en Texel, Vrieland y Tershelling.
Además de celebrar en Vrieland la amistad con la familia De Groot.
Ya estoy en el dedo de mar superior de la isla, al Norte, y veo tanta
tierra que pienso que lo trazado en mi mapa se queda corto con lo que
me queda por venir. Pero no deja de ser una apreciación visual
errónea, ya que lo que veo al fondo, según me dice una pareja con
la que me cruzo, es la isla de Föhr, a la que nunca voy a poder
pasar, ni quiero hacerlo.
Es así como llego a la parte final del
dedo o lengua de arena de Amrum. Sobre una pequeña plataforma veo a
dos personas y me acerco para tomar la decisión de lo que me
conviene hacer a continuación. Me visto antes de llegar a la
atalaya. Ahora veo que se trata de una mujer y un hombre. En la
atalaya leo Jorsand, ¿el nombre del lugar, de la playa? Ellos me confirman que la
isla que veo al frente es Föhr. Asegurarlo no está nunca de más.
Veo un poco el paisaje y decido continuar por la parte que menos me
gusta de la isla, para tratar de cenar en Norddorf.
Regreso
por cotas de interior.
Por
playa de mar interior, por la que no quiero ir descalzo, camina otro
mochilero que, quizás, sea mochilera, pero no me apetece enrollarme
a esta hora y menos por esta costa tan poco grata para mí. Llego a
la cota 4.44. La 4.43 ya no la veo. Sigo a la cota 4.42, con
observatorio de aves.
Pero esta puesta una cuerda que invita a no
pasar. Parece que no es hora de visitas. Aunque leo algo de 10 urh,
que no sé lo que quiere decir. Una escalinata de madera, de suave
pendiente, supera la duna. El cartel muestra los tipos de aves que se
pueden ver en el humedal, sean de garras prensiles o palmípedas.
Pasan varias parejas que vienen caminando desde Norddorf, unos vienen
calzados y otros descalzos. Yo me he calzado porque hay muchas
piedras. Cuando estoy llegando a una plataforma que ofrece un banco
para sentarse a los contemplativos, se acercan de frente dos chicos.
Uno de ellos se adelanta y me suelta una parrafada en alemán. No sé si
pregunta o pide algo. Como pone una mano en el corazón, y levanta
una pierna como diciendo que tiene un problema o, quizás, se esté
refiriendo al problema de la pierna de otro, creo que pide ayuda
económica. El que se ha quedado a un lado parece no compartir la
estrategia de su amigo. Como ve que no le entiendo y, al decirle que soy
español, desiste y los dos siguen camino hacia la lengua de arena
que acabo de abandonar hace poco rato. Sigo con mi lema: “contra el
vicio de pedir, la virtud de no dar”. Sin embargo dejas que te
ayuden, diréis. Sí, es cierto, pero no suelo pedir. Si me dan es
porque aprecian lo que estoy haciendo, les agrada, y muestran su
generosidad. Yo suelo actuar de la misma forma. En el escalón del
banco veo que estoy en la cota 4.41.
Hacia el mar la misma mierda
fangosa y lodosa… ¡quien pillara sus pimientos del piquillo! Esta
broma me la puedo permitir en mi diario. Voy cerca de la duna
consolidada, por un camino de listones, con mucha hierba, y veo
muchísimo conejos. El de ayer no fue un espejismo.
El camino de
tablas me lleva a un abrevadero natural donde beben vacas. Las tres
que bebían, cuando me ven, escapan despavoridas. Acaso las iba a
ordeñar o a maltratar. ¡Pobriñas! Se van a reunir con el resto de
la manada y dejan el barro completamente embarrado.
En unos minutos
estoy en un aparcamiento de bicis. Unos que están sentados, preparan
la estrategia y otros montan en sus bicis para continuar por el dique
mal asfaltado.
Dos ciclistas vienen por el dique y prefiero que pasen
primero. Invito a los que están para montar a que sigan adelante.
Prefiero tenerlos en mi vista a que me vengan por detrás sin mi
control, pero parece que no tienen claro lo qué hacer y sigo
adelante por el dique.
Luego irán pasando uno a uno. Al fondo ya se
ve el pueblo de Norddorf. El dique es feo y va haciendo curvas en
ambos sentidos. Tras el parking de bicis debiera haber abandonado el
dique y seguido un camino pero, como no lo he hecho, ahora doy mucha
más vuelta. Un recinto vallado me hace pensar en lugar de reunión
de las vacas o, quizás, sea un aprisco para las ovejas que no he
visto en la isla. ¡Qué raro se me hace ver un dique sin ovejas! He
sacado foto hacia la marisma de lodos.
Luego hacia el otro lado. Un
grupo de yeguas con sus potrillos van al trote por la llanada.
Norddorf más cerca. Llegando al pueblo, la llanada se vuelve a
convertir en marisma donde caballos y otros animales correrían
peligro de ser atrapados en alguna ciénaga. Se ven charcos de agua,
con juncos, carrizo, y otras hierbas propias de la marisma.
En el
otro lado, a la vez que sigo viendo la isla de Föhr, veo un desagüe
de la marisma del otro lado que pasa por debajo del dique. Forma un
regato sinuoso que, en forma de serpiente, marcha buscando el mar.
Poco más tarde llego al pueblo más importante del Norte de la isla
de Amrum. Finalizando el dique, en un banco, me visto el pantalón,
ya que iba sólo con el calzoncillo. El punto 4.31 habría sido mejor
opción que el 4.30.
Norddorf.
Rialto.
Encuentro
un restaurante italiano, el Rialto, y no busco más. Me parece que
puedo hacer una cena suficiente. Como una ensalada Capricciosa y unos
spaghetti Boloñesa que, junto a una cerveza Wetzen me cuesta 21,10€
y que sigo sin poder pagar con Visa. Parece que este es el problema
de estar aislado. El regente de este local parece que se llama
Giovanni L, pero nadie me lo va a presentar.
¿Vivirá en Italia? No
sé por qué me enfado con el camarero por no aceptarme la tarjeta de
crédito. Si sigo mucho así, voy a llegar a Dinamarca sin euros.
Estoy escribiendo un rato el diario. He sacado foto de la terraza del
restaurante donde he cenado y doy un paseo por el pueblo.
Una iglesia
a la que llego a las siete y cuarto, ofrece su reloj en buena hora en
una pequeña torreta que parte de la intersección alta de los dos
lados del tejado de tejas. La torre, que puede ser campanario,
culmina en un gallo veleta. Luego la vuelvo a fotografiar con el
ábside, o lo que sea, que antes me tapaba la foresta.
Aunque este
segundo elemento parece un pegote añadido, es lo que le da algo de
gracia al edificio. Cuando me acerco a la puerta principal, no
consigo saber a qué religión está adscrita esta iglesia alemana.
¿Será Luterana?
Pocos minutos después llego a otra de factura más
moderna y con el amplio tímpano de la fachada acristalado. Se trata
de santa Isabel, como el nombre de mi madrina. Aunque mantiene el
ladrillo rojo típico, ésta fue construida en 1972. Tras los
cristales ofrece una vidriera moderna pero queda en el interior muy
vaída. Lucirá más cuando la iglesia esté iluminada por dentro.
Caminando
hacia Nebel.
Para
las siete y media ya me estoy marchando de Norddorf por muy buen
camino.
Voy con idea de dormir en las dunas de Nebel Strand que,
aunque al pasar no me he acercado, parece que tienen buena pinta para
pasar una noche tranquila. Por el camino sigo viendo conejos y
gazapillos. Están tan habituados a ver pasar gente, que ni se
inmutan. A veces parece que hacen el mismo juego que los niños
pequeños que, cuando se esconden tras algún objeto, como ellos no
ven, piensan que tampoco les pueden ver y dicen: “No estoy”.
Estos gazapos corren sin esconderse ni mirar. Llego a un lugar junto
al bosque en que han cortado troncos y los tienen apilados como en
almacén junto al camino. Me sorprende que, siendo lunes y día
laboral, aunque sea san Pedro (san Pablo no cuenta), no haya ningún
camión transportándolos.
Llego a un cruce en el que una chica en
bici se ha despistado, y retorna al camino correcto. Me encuentro en
el cruce y veo una de las flechas en que indica Badstrand FKK, así
que después de ver la iglesia de Nebel, que antes he soslayado, no
sé si para ir por este mismo camino hacia la playa o por otro
similar, volveré a esta misma encrucijada de caminos para ir por el
que me interesa para dormir en la playa. Retengo en mi mente el cruce
para mi regreso de Nebel.
Estoy
un cuarto de hora por el pueblo hasta dar con la iglesia, pero tanto
como el campanario puntiagudo me gustan unas casas que están muy
bien de mantenimiento, son bellas y muy floridas, con mucho gusto y
primor. Fotografío la primera con tejado de paja pero sin ventanas
en la zona abuhardillada. ¿La tendrán sólo como desván, como los
que teníamos en mi pueblo? O, quizás, ¿Estarán las ventanas
orientadas hacia el otro lado, el que no vemos? No podré salir de
dudas.
El jardín tiene arbustos aislados y sanos y han hecho un
arriate con grandes piedras, en donde han puesto plantas de flores
con mucho y variado colorido. La de los vecinos es mucho más
sofisticada y queda algo perdida oculta en la arboleda. La número 13
sí tiene ventanal en la buhardilla, su tejado de paja está en
bastante buena condición y han adelantado un mirador que hace de
hall de entrada, un espacio de jardín que ha ganado la casa. La nº
15 también es muy interesante, pero su tejado, también de paja,
parece que ha sufrido la revolución, y se abomba según le soplen
los vientos. Pero la razón de esta foto viene dada por la buena
señalización que ofrece el pueblo para que el visitante pueda
localizar lo que le interesa más ver. Pero la iglesia se resiste a
aparecer.
Pregunto a una pareja con niño, y me dicen qué camino
debo coger, pues ya me la había pasado. Dudo, pero ellos insisten.
Obedezco y, por fin, la encuentro. Así llego a la iglesia, con su
pincho de la torre campanario y el cementerio. Me ha costado
encontrar la iglesia. Se ve que iba escondiéndose en la medida en
que yo me acercaba más a ella. Me estaba haciendo jugarretas,
castigándome por no haberla visitado esta mañana. Me gusta mucho la
conjunción de la torre con su tejado. Reloj en hora a las ocho y
cuarto. Buena hora para abandonar el pueblo y buscar su playa, pero
antes de marchar, me fijo en uno de los cementerios más naturales,
quizás el que más, de los que he visto hasta ahora. Tiene arbustos
recortados en forma de bola, lo más antinatural del mundo, pero los
pedruscos que hacen de lápida y las lápidas más marmóreas, alguna
de ellas familiar, así como los parterres de hierba, muchos de ellos
tal cual, aunque recortada, me producen cierta placidez, como si sus
habitantes estuvieran a gusto, descansando…
Antes de abandonar
Nebel, vuelvo a pasar por la casa de las bellas flores plantadas en
lo alto y sujetas por piedras y saco foto con la perspectiva
contraria a la de antes. He empezado el pueblo con esa nota de color
y lo acabo con la cuarta foto de más de lo mismo. Es como si fuera
un tetríptico
con iglesia central desplazada. Al marchar me vuelvo a encontrar con
los informantes y les hago un gesto de “¡por fin la he
encontrado!”. Se asombran con mi viaje.
Buscando
cama de arena.
Así
voy acercándome a las dunas. Un camino de listones de madera, me va
ascendiendo a una de ellas. La duna primera está bien consolidada.
El camino de tablas es perfecto, y no hay otra opción que seguirlo y
dejarme llevar.
Carteles indican que no debo salirme del camino para
no deteriorar las dunas más frágiles, las más vulnerables.
Obedezco pero, en el caso de que hubiera habido viento, es probable
que hubiese hecho caso omiso de la prohibición y me habría
refugiado entre ellas.
Saco foto de una hondonada candidata y se
aprecia su bondad para acoger mi sueño, así como mi alejamiento
progresivo del bosque que acabo de atravesar. Estoy muy cerca de la
zona donde me he bañado esta mañana. Para mantener al camino de
listones en una pendiente estable en el descenso de las dunas, los
han apoyado unas veces directamente sobre la duna y en otras como si
fuera una tarima flotantes, colocando tacos, más o menos altos, en
vertical.
Una obra de ingeniería como para andar por casa pero
enormemente eficaz. Algún árbol ha crecido en las dunas. Parece de
la familia de las coníferas, pero me hace recordar al pino testigo
de Doñana. Aquel corre con el desplazamiento de la duna, pero no es
un pino, sino un enebro. Ginebro, que diría un primo acordeonista de
mi madre. El camino sigue haciendo curvas y rectas y no dejo de
fotografiarlo.
Voy muy a gusto por él, con la confianza de que me a
llevar a donde quiero llegar. Otra larga eSe sinuosa me va
ascendiendo hacia nueva atalaya. Llegando a zona más húmeda, donde
crecen plantas propias de marisma, y también veo alguna charca, han
tenido que construir un puente, también de madera.
Esta zona no me
conviene, pues al atardecer o al anochecer puede estar plagada de
mosquitos y no quiero que me arruinen la noche acribillándome a
picotazos. Suelen decir que los mosquitos no pican, que las que pican
son las mosquitas. Una pareja va por delante. Cuando les alcanzo, les
digo que voy a dormir en las dunas. Por fin, tras el paso entre dos
dunas altas, ya se ve la playa.
Acaban los listones de madera y el
camino ahora es de arena todavía entre dunas consolidadas. Delante
la bandera alemana me permite el paso, como si de bandera blanca se
tratara, a las dunas más frágiles de la playa, las que más reciben
el embate de los vientos, aunque el agua del mar nunca les llegará.
Antes se hundirá Venecia. Con la playa a la vista y la bandera del
país, termino el reportaje fotográfico de la jornada.
A
soñar con los angelitos.
Una
vez cenado, puedo descansar tranquilo. No me quedo en ese lugar, sino
que continúo hacia el Sur. Quiero alejarme del humedal y acercarme
algo más hacia Wittdün. Me gustaría desayunar allí y tener tiempo
de charlar con la familia canaria. Aunque busco el lugar menos
aireado, voy a pasar algo de frío esta noche, aunque no tanto como
el que pasé en la playa de Laga a primeros de junio de 2006.
Organizo mi cama y me levanto cinco veces a orinar. Será por el
frío, pues he bebido poca agua durante el día y sólo una cerveza
en la cena. No he meado mucho cada vez y me temo cistitis. Espero que
no sea así. En la segunda levantada, veo una hermosa luna, aunque no
plenamente llena, parecida a la que vi hace algunas semanas. Me
parece grande pero rara, como deforme y contrahecha. En la penúltima
levantada, ya está a punto de desaparecer por el horizonte marino. A
esa hora está roja y la veo casi redonda, perfecta. No acabo de
entender esos cambios en la forma y tamaño lunares. Para las tres y
media, ya se empieza a iluminar el Este. A las seis me incorporo y
apoyo mi espalda en la mochila. Veo cómo aparece el sol entre las
hierbas de la duna.
Balance
de mi mejor día desde que salí de Holanda.
Lo
mejor ha sido el día soleado y la magnífica playa. A pesar de la
recomendación de Nieves y Sara, no creo que Föhr me habría
deparado tanta dicha. Bañarme y caminar desnudo por tan larga playa
ha sido un placer que no he reprimido. He estado feliz. He aguantado
bien sin comer y la cena tempranera se ha presentado en el momento
más oportuno. Curioso el encuentro con la familia canaria, que me
gustaría continuar mañana. He disfrutado con las bellas
construcciones de Nebel.

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