Etapa 21 (462) Ording-Uelvesbüll


Etapa 21 (462) 26 de junio de 2015, viernes (freitag).
Sankt Peter Ording-Wester Ohorstedt (faro)-Uelvesbüll.

Amanecer en la duna.
He dormido bien. Hoy toda la jornada en la región de Eiderstedt, a la que entré ayer después de pasar la esclusa. Fue un acierto no ir al albergue de Tönning. Hoy estaría en interior y habría perdido media jornada. Quizás habría disfrutado de nudismo con más nudistas. Pero, a saber…

Durante la noche me he levantado cuatro veces a orinar. ¿Se orina más con vino blanco que con cerveza? Me despierto a las seis y me hago el remolón, levantándome a las seis y media. Desde lo alto de la duna, fotografío mi dormitorio. Tenía muchas ganas de dormir al aire libre en condiciones. En la playa tranquila, hacia la orilla, los últimos chiringuitos, ¿palafitos?, y los sillones de los bañistas vacíos, como va siendo habitual pero, a estas horas, no me puedo sorprender. Recojo mis pertenencias con parsimonia, pues no quiero arrancar el día hacia el norte sin desayunar ni haber cargado la batería de mi cámara. De hacerlo, me quedaría parte del recorrido sin reportaje fotográfico. Tomo la pastilla y me encamino hacia Ording, el barrio del Norte. La arena húmeda se desprende mal de mis pies, pero acaba cayendo. Camino hasta la pasarela de madera, donde ayer tarde vi al socorrista, y pregunto a una pareja: ¿frunstuck? Y me envían hacia Ording. Es lo que yo había intuido. Definitivamente quedan atrás los otros tres barrios: Böhl, por cuyo faro bonito pasé ayer con Martin, Dorf, donde nos despedimos, y Bad.

Hotel Kölfhamm.
Llego y entro en el primer hotel. Son las siete, pero el desayuno no lo empiezan a servir hasta las ocho. Volveré si no encuentro otra alternativa. Veo un indicador: Ording a 1,2 km y Hüsum a 47. Si no desayuno temprano, va a ser difícil llegar al albergue a buena hora. Son demasiados kilómetros y más, si llego a saber las dificultades con las que me voy a encontrar. Sobre todo por lo que me va a costar llegar al otro faro que luego veré tan cerca y las que sufriré después de él. De todas formas, aún no lo descarto y trataré de llegar a dormir en Hüsum. Sobre el dique, veo a una mujer y subo a preguntar, pero la mujer se va y veo Hotel-café. Está abierto. Una guapa alemanita y el chef de cocina me atienden y me cobran 10€, aunque inicialmente me pedían más. No me dan ticket y me dicen que en todo el hotel no admiten pagos con Visa. Aunque sea mi desayuno más caro, salgo despreocupado. Con el completo desayuno que hago, no tendré inconveniente en pasarme sin comer, aunque espero cenar algo. Pongo la batería de la cámara a cargar. Terminado el desayuno, escribo hasta las ocho y media y voy al aseo. Cago y lavo la cara. Otra tarea hecha.

Rememoro los sueños de esta noche: “Tengo certeza de hasta dónde he llegado, soy consciente de ello pero, el último tramo en el que estoy, no sé cuál es. No lo puedo decir para que no me internen en un hospital para observación. Quiero seguir, pero el mar me ha pillado. Quizás me haya caído al mar y estoy entre rocas. Nada claro. Ha desaparecido mi mochilita: fotos, dinero, dibujos, todo perdido…” Me despierto. Menos mal, todo ha sido un sueño. Toco la mochila con mi cabeza. La tengo conmigo. Me vuelvo a dormir, pero continúo soñando: “Nerea está sin bragas en consulta ginecológica con su madre, María José, mi consuegra. Yo me siento en el mismo asiento por detrás. Parece que le sienta mal. ¡Normal!, pienso para mí. Sale de la consulta y me echa un montón de improperios en euskera. María José intercede. Estoy en Donostia y a todos les digo que, en la realidad, no están conmigo, puesto que estoy en Alemania.” Cuando me despierto busco significado a los dos sueños. Al primero, le aplico el de sueño como cumplimiento de deseos. De hecho lo que ocurre en el sueño no quiero que se cumpla, no puede producirse en la realidad. Después de lo que me va a pasar esta mañana y a primera hora de la tarde, podría considerarse un sueño premonitorio. Como si lo adivinara. En el segundo me lo planteo como un deseo de que el viaje por el que tantos alemanes se asombran, también quiero que lo sepan en mi tierra. ¿Deseos de popularidad?  

Van a dar las nueve cuando dejo de escribir, recojo cámara recargada, me despido y me voy.

Por el dique a la playa. Ording.
Son casi las 9:15 cuando estoy fotografiando el hotel donde he desayunado, además de lo que ya he contado. Para algo ha servido cargar la batería de la cámara. En un periódico he visto el resultado del partido femenino de ayer en Canadá: Japan 2- Niederlande 1. 

Salgo por el dique. Desde lo alto del dique, fotografío una casa que me agrada por sus contrastes entre el blanco de su fachada y el negruzco de su techado de paja. Incluso las dos casitas auxiliares mantienen el mismo esquema, sin colores añadidos. Hay muy poquito verde en un arbolado discreto, en los parterres. Sigo en el dique. Desde él veo un aparcamiento al aire libre, donde hay aparcados varios vehículos. 

Al otro lado, las dunas y la playa. Me interesa pasar a ella, pero debo encontrar el lugar más propicio. Probablemente esa sea la playa nudista anunciada al Norte de Ording en mi mapa. Sin bajar del dique, hacia el interior, veo la iglesia de Ording. Tiene un más que discreto campanario, casi imperceptible. 


En la foto que saco, destaca mucho más el tejado de una casa que están rehabilitando. Desde donde la veo, no puedo asegurar que no sea toda la casa de nueva factura aunque, por su ubicación central, dudo que dicho solar estuviera vacío. Por eso me inclino por la idea de casa en rehabilitación. 


Tengo la intuición de que el camino que va por encima del dique me va a acabar llevando a la playa. Poco a poco este camino va acercándose más a las dunas. Ording se va acabando, con las últimas casas por las que voy pasando hacia el interior. 

Para que quede constancia de lo que digo, saco la última foto de las casas postreras de este Ording, perteneciente al conjunto llamado Sankt Peter-Ording, y que ya voy a dejar atrás. Un banco para que descansen los paseantes y, todavía muy lejano, el faro rojo y blanco, que también aparece muy destacado en mi mapa, y que voy a tratar de que sea mi referente como próximo destino. Tardaré cuatro horas y cuarto en llegar a él. Cuán engañosa es la primera vista.

Camino del faro. Nudismo.
Salgo a la playa por un hueco que veo desde arriba del dique y que me permite cruzar por entre las dunas. Entre las dunas, me encuentro una señal con la palabra de prohibición verboten. Interpreto que lo que quieren evitar es que se pase por ellas, pues es una duna frágil y, en esta parte, muy vulnerable. En otras zonas, la duna está más consolidada, con vegetación que protege su desplazamiento. 

Llegar a la orilla me va a llevar mucho tiempo, puesto que está muy alejada. Ya estoy en la orilla. Un poste con numeración 4.19 es un referente importante para que, en caso de emergencia, se pueda proporcionar este dato llamando al 112. No está mal saberlo, para ir más seguro, pero lo mejor será no cometer imprudencias. Lo intentaré. Quizás esta zona sea más peligrosa con marea alta. Este poste lo he cogido como referencia cuando he salido de la duna, pero ha sido difícil mantener la línea recta ya que, continuamente, me iba escorando hacia uno y otro lado. Confiaba en que indicara FKK, pero no ha sido así. De todas formas, en playa tan solitaria, me da igual. Ya estoy en la orilla. La mar está calma, sin olas, el piso es de arena dura, magnífico para caminar. Espero a que pase y se aleje una pareja con perro. Me desnudo y me doy el primer año decente de todo el viaje. Con todo, como tarda en cubrir ya que está la marea baja, el baño es de entrar, refrescarme y salir. 
Saco foto del lugar hacia el faro. Otras personas caminan por la orilla. Muy pocas. Por aquí no se ve ninguna medusa. Recuerdo las que vi en Ameland, Schiermonnikoog y Borkum. El faro alejado, lo iré teniendo pronto más a tiro. Me seco paseando, al sol. Un matrimonio que viene de St.Peter me saluda. El saludo abre posibilidad de diálogo. Les cuento algo del viaje que estoy haciendo. 

Después de escucharme un rato, me dicen auf fiedersen, y continúan hacia el faro. Desnudo, con las mochilas sobre la piel, voy enfilando yo también hacia el faro. Veo cómo la pareja regresa por el interior y yo sigo por la orilla. Les saludo de lejos con la mano y el brazo levantados. Tengo el faro muy cerca, siguiendo en línea recta. 
 
Quizás con la marea baja, podría seguir caminando hacia él. Puede que el agua no me llegaría más que hasta la cintura pero, ¿y si no es así? Si fuera con un guía conocedor del recorrido… Pero yo sólo no me puedo arriesgar. La arena se va volviendo negruzca, empieza a ser fangosa y puedo patinar si no asiento bien los pies. Por mi cuerpo no me importa. 
 
Sería cosa de lavarme si me caigo, pero no me gustaría que se me mojaran las mochilas y aún menos, el móvil, la cámara y los diarios, mapas y demás papeles. Como ya estoy llegando a la altura del golfo, la orilla me va llevando hacia el Este. Cada vez piso peor. Con esta arena limosa, lo mejor será tratar de llegar de nuevo a las dunas, separándome lo más posible del golfo pero, ya he penetrado tanto en el limo que lo empiezo a tener difícil. Se me hunden los pies. Estoy reculando. El faro de Leuchtturm sigue enfrente pero aún tardaré casi tres horas y media en llegar a él. Tras esta visión, lo perderé de vista por bastante rato.

Tratando de recuperar la duna.
El suelo va siendo cada vez más fangoso. Menos mal que voy descalzo. En otro caso, si hubiese ido calzado, es muy probable que mi sandalia se hubiera quedado atrapada, y tenido dificultades para recuperarla. En los recovecos de la suela se suele acumular el barro y pesa como un demonio. Recibo la sensación de estar metido en una ciénaga pantanosa. Ya me ocurrió algo similar en una marisma, y en un riachuelo, franceses. 
 
Parece que ya he salido del atolladero y voy con pies de pluma, tratando de que mi mochila pese menos de lo que pesa. Voy con cuidado de no resbalar. Me encuentro con un letrero en el que no leo verboten, pero interpreto que no recomiendan el paso. Como quiero llegar a las dunas, no me queda otro remedio que pasar. 


Enseguida encuentro unas huellas de pies calzados, que me animan a seguirlas. Si son de un experto conocedor del terreno, me llevarán por buen camino. Pero al poco rato, las huellas se pierden. Una pequeña muestra de vegetación que surge esporádicamente de la arena, me hacen recordar lo que los franceses llaman les haricots de la mer. 
 
Ellos las suelen conservar en vinagreta y las consumen incluyéndolas en las ensaladas. Las vi coger cerca de donde se coge un barco para una prisión circular en una isla próxima, al norte de la de Oleron. A pesar de mi zozobra, tengo humor para fotografiar estas pequeñeces. 

 


Llego a unos tocones enclavados en la arena de duna, donde perece que están regenerando la vegetación consolidante pero, esta especie de antiguos rediles que han perdido su función por haber sido absorbidos por la duna, no me inspiran confianza. Perdidas las huellas que me servían de referencia, no sé qué camino tomar. Pero aún me queda la peor parte, ya que entre la duna y el dique con carril bici, aún me queda cruzar la zona de marisma.

De la duna al carril pasando por la marisma.
Ya no podré ilustrar con foto este tramo. Bastante tengo con salir ileso al carril, sin enterrarme en el fango marismeño. Como los que vi ayer desde la pasarela de después de cenar, aunque con regatos más estrechos, son el siguiente obstáculo a superar. Pergeño la estrategia a seguir y, en un lugar veo posibilidad de saltar uno de estos regatos de agua con fondo fangoso. Primero tiro la mochila grande al otro lado. Después, con el impulso desmedido que doy a la pequeña, no me queda otra que saltar al otro lado con ella. No puedo evitar que el segundo pie entre en el lodo. Parece que ya estoy cerca del carril para ciclistas, pero aún me quedará otro obstáculo que salvar. Entonces hago un recorrido panorámico y veo cómo de la playa viene un camino. 

Creo que si lo hubiese visto antes, me habría ahorrado la última zozobra. Pero no ha sido así. Ahora lo localizo en la marisma. Junto a un cañaveral descubro el sendero que me lleva a otro letrero amarillo. En él leo: Brut und Rastgebiet y Bitte nich breteten. ¿Qué querrá decir? Ahora ya no me importa, pero lo fotografío para que se vea un canal con agua similar al que he tenido que saltar. ¡Ya estoy sano y salvo!, aunque parezco un pies negros. Este cartel lleva una cinta amarilla que los de la playa no tenían y también incluían en su texto la palabra breteten.

Encuentro con Pepe.
Antes de entrar en el carril bici me pongo el calzoncillo y paso bajo la cinta amarilla. Ya en el carril bici, me encuentro con Jutta y Pepe. Ella es alemana y el malagueño, de Puente de Piedra, cuyo padre vino a Alemania con la emigración de los sesenta. Inmigrante como lo fue el padre de Carlos Iglesias, aunque aquel lo hiciera a la Suiza de habla alemana. Le recomiendo que vea Un franco 14 pesetas, que no ha visto. Nos enrollamos con mi viaje y hablamos de mi visita a la presa del Guadalhorce y el Caminito del rey que, según parece, están rehabilitando. El va poco por Málaga, pero estuvo en El Chorro. Nos podríamos estar horas charlando, pero yo debo continuar mi camino. Ha sido un bonito encuentro. Jutta no entiende castellano, pero el encuentro ha sido emotivo. Es cuando nos despedimos y yo comienzo a calzarme las sandalias, cuando retrocedo para recomendarle la película de Carlos Iglesias. Me dicen que a ellos les cuesta dos horas llegar al faro en bici. Así que me lo tomo con filosofía. 

Cuando estoy subiendo hacia el dique, fotografío a Jutta y Pepe que van camino de St. Peter. Estamos a tres días de la festividad de san Pedro (y san Pablo). ¿Lo celebrarán por estos lares? En la foto se ven las dunas que van quedando atrás y ovejas y corderos por un dique por el que no pasaré. El camino al faro va a ser largo y confío en que las fotos que voy sacando lo ilustren y me ordenen el relato. En estos casos, el diario suele ser poco fiable en cuanto al orden de los hechos, no así en cuanto a la fidelidad de los hechos relatados. Van a ser 26 fotos las que sacaré desde aquí hasta el faro. Veremos cómo lo cuento.

De la ciénaga y la marisma al faro.
Como decía, el diario no me cuenta nada de este camino. Serán las 26 fotos las que lo relaten. Yo sólo seré ahora un mero observador de mi camino. Han quedado atrás, caminando en sentido contrario a mí, la alemana Jutta y el malagueño, Pepe. Un bonito encuentro.

Foto 1: Desde el dique fotografío el faro en la zona de Wester Heversand. Todavía no muy alejado pero con la entrada del mar hacia el golfo que, en mi mapa leo: Zone 1. Pero para mí, a parte de la distancia a recorrer, lo importante es la zona de marisma donde antes he saltado desnudo, tirando las mochilas, y donde he metido un pie en uno de sus surcos. Bien es cierto que, donde los he cruzado, no había tantos. Éste sería un ejemplo exagerado sobre la realidad. 

Foto 2: En algunas zonas, hacia el interior del golfo, mi paso hubiese sido mucho más complicado, si no imposible, si me hubiese encontrado con una charca de estas dimensiones como la que fotografío, siempre por encima del dique, por donde el camino sigue siendo bueno, por donde mi pie negro, se va agrisando, al irse secando el lodo que lo ha cubierto. Ganado bovino y ovino pastorea por la marisma. Algún poblado con pincho de iglesia a lo lejos.
Foto 3: Refugios para avistamiento de aves. Desde uno de ellos que está al otro lado de la pista para ciclistas y peatones, que nada tiene que ver con el golfo, pero en zona también de marisma, yo ya he descendido del dique. En la gran charca, que me recuerda a las de Plaiaundi, en Irun, no veo ave alguna, ni volando, ni nadando, pero incluyo en la foto un trozo del techado para que se vea que lo fotografío desde dentro de uno de los miradores o avistadores de aves. Menos ganado y población lejana. Quizás Tating o Tümlauerkoog.

Foto 4: Separando el dique y el carril-bici del observatorio de aves, un matorral florido. Sus flores me parecen las rosas silvestres de escasos pétalos que, al madurar su fruto, al resultante le llamábamos en mi pueblo, tapaculos. Cuando lo decíamos, a la leyenda le atribuíamos el poder que ese fruto se nos ponía en el ano y no podíamos hacer de vientre. Nadie nos explicaba que era consecuencia de su astringencia. Si los comíamos, podíamos pasar una semana sin ir al retrete.

Foto 5: Si en el matorral anterior, la mayoría de las flores eran blancas, en éste hay predominio de las rosáceas. Algunas están todavía recién abiertas, o en capullo, y son las de color rosa más intenso, lo que me hace pensar que, a medida que lleven más tiempo sus pétalos abiertos, éstos son decolorados como consecuencia de la intensidad de los rayos solares. No me voy a quedar días aquí para confirmarlo, pero si fotografío estos larguísimos rosales silvestres es agradecido a sus notas de color que me alegran un paisaje tan deprimente para el nudista que, al menos, antes ha tenido oportunidad de darse un rápido baño y caminar un rato desnudo. 

Foto 6: En el hierbal, sin salirme de la pista para bicis, encuentro un corro de champiñones silvestre que, por lo que observo, nadie recoge. ¿Por desconocimiento de su valor culinario?, ¿por temor a que sean setas venenosas? Recuerdo los tiempos en que con mi padre solía ir a recoger setas en el monte de Alsasua y el día en que descubrí un setal de sisas de primavera que él no conocía y, luego no supe decirle el lugar exacto donde las había encontrado. Junto a las setas, crecen unas coloristas flores amarillas.
Foto 7: Desde la pista veo y fotografío la siguiente caseta para avistar aves. Una pareja de ciclistas está dentro observando. El matorral florido sigue delimitando el espacio para los ciclistas del de para las aves. Parece que los ecologistas no quieren que ni los vehículos que no llevan motor molesten a las aves en su tranquilo deambular por el humedal. ¿Qué dirían los amantes de las aves alemanes si aquí les pusiesen un aeropuerto con pájaros metálicos voladores, como el de Hondarribia, junto a Plaiaundi? Entro, miro lo que veo y sigo mi camino.

Foto 8: He subido al dique y vuelto a bajar. El camino cambia de asfáltico a de adoquines ensamblados, donde la hierba se inmiscuye. Un rebaño de ovejas ni se aparta del carril bici cuando llegan los ciclistas. Están tan acostumbradas a ver humanos montados sobre dos ruedas… Ella de rojo, él de azul, se sonríen. Sin embargo, cuando llega el caminante, las ovejas huyen. Se ve que no son muchos los que van caminando por estos lares. 

Foto 9: El carril, que sigue siendo de adoquines, me acerca a un pequeño puerto. Algunos veleros en dique seco. El mar cuadriculado en grandes corralitos cuya función sigo sin saber. Imposible que estas embarcaciones puedan salir al mar. Seguro que no pueden hacerlo con la marea baja y creo que con la alta, también tendrán grandes dificultades. Quizás haya un camino establecido que se lo permita, pero lo dudo tanto… Hay dos coches aparcados, pero no veo a ningún presunto navegante. No voy a esperar a la marea alta para comprobar si viene alguno.


Foto 10: Ovejas y caminante seguimos por la cima del dique. Una esclusa lo atraviesa por debajo. Mar y marisma a la izquierda. Canal y más marisma a la derecha, en lo que sigue siendo humedal para anidamiento de aves estables, y lugar de paso propicio para las migrantes. En una época en su búsqueda del calorcito africano, en otra, hacia los límpidos celajes del Norte. Con la amenaza del cambio climático, ¿qué ocurrirá?

Foto 11: Pasado el pequeño puerto y con el faro alejándose, ahora más distante que antes…, parece mentira que mi objetivo de la mañana sea el de llegar hasta él, y con el golfo de mar tan compartimentado, es interesante ver cómo la verde marisma también se compartimenta con regatos que se configuran como una especie de parrilla. Las ovejas retozan por la hierba y parece que no tienen inconveniente en meterse en el lodo, aunque se les ensucien sus pezuñas. Andan como Peter por su casa.

Foto 12: Las ovejas continúan enseñoreándose de los terrenos de hierba de la marisma, el golfo, cada vez menos marino y más lodazal, el faro, hacia el que voy, cada vez menos cerca. Ahora parece que está en el quinto coño. Porque sé que está en tierra firma, porque lo he visto antes, si no diría que está en alguna isla remota. Es tan baja la llanada, que se confunde con los cienos que afloran en el mar.
Foto 13: Llego a otra esclusa con ovejas. El dique, aquí se muestra calvo, como si le hubieran esquilado la hierba, mientas que a las ovejas nadie las ha esquilado todavía. Una oveja madre me mira. ¿Temerá que me lleve a alguno de sus dos corderos que parió? Como las otras que veo en la hierba, éstas también habrán comido y ahora reciben con gusto el calorcito que el cemento acapara del sol incipiente.


Foto 14: Al paso por la esclusa, veo que el canal, cuya agua controla a su paso, está casi completamente seco en esta bajamar tan pronunciada. Un artilugio, especie de grúa, está preparado para izar y arriar algunas embarcaciones, si en alguna ocasión lo precisan. Los bordes del canal están vallados con troncos verticales para que las ovejas no caigan en él. Seguro que, si entraran, aquí perecerían.



Foto 15: Entre ovejas y ciclistas, en una recta, la perspectiva mejora. Ya parece que, ¡por fin!, estoy en la línea hacia el faro. ¿Será la definitiva? Si es así, el tiempo que me ha dicho Pepe que tardan en llegar en bici no sería tanto. Tiempo tendré para llevarme el chasco. Las dificultades no aminoran.

Foto 16: Entre borbotones, veo al sol cómo se refleja en el agua. Pero el cielo nubladillo no acaba de aclararse. Es la una del mediodía. No siento hambre, aunque si hubiese algún restaurante por los alrededores no tendría gran inconveniente en comer algo, aunque fuera algo frugal. Como el fondo del agua es tan oscuro, no se refleja en ella una superficie blanquiazul, que es como se presenta el cielo.



Foto 17: El canal, con sus troncos arbóreos delimitadores, no porta apenas agua. Es como un río de lodo. Todo este recorrido sería totalmente diferente si lo hubiese hecho con la marea alta. Soy consciente de ello. Pero me habría dado menos información de la que me da. Vería menos la intervención humana, canalizadora, delimitadora, protectora de sus rebaños, aunque también vería más clara su forma de ver cómo y por dónde salen con sus embarcaciones al mar.
Foto 18: Más ciclistas y ganado lanar. Casi todas las ovejas están con sus crías más jóvenes. Si no se las come nadie, las corderas serán las ovejas madre de mañana. Los corderos tienen más cercano el fin, salvo que en la selección artificial del granjero, puedan llegar a ser el carnero que se cepille a unas cuantas. ¿Cuál será el privilegiado que llegue a cornúpeta? Cuando ya enfilaba directo hacia el faro, el camino se me escora hacia la derecha, en una curva que casi es de noventa grados. 

 
Foto 19: El faro se mantiene a una distancia estable, pero el terreno que veo entre el carril para las bicicletas y él, ya me lo he conocido bien esta mañana y no me anima a tratar de cometer un error similar. Lo veo mullido, musgoso, con socavones…, en definitiva, no estoy lo suficientemente animoso como para arriesgarme a ir por él. 
  
Foto 20: Y el camino, con el dique, me sigue apartando del faro. Sigue escorándose más a la derecha y ya casi lo tengo a 180 grados. Siguiendo el camino, el faro ya ni aparece en esta foto. Se ha quedado perdido por la izquierda. Es como si me lo quisiera perder y, quizás es lo mejor que pudiera haber hecho, olvidarme de él, si es que quiero llegar hoy a Hüsum. Pero me he empeñado en visitarlo, y después de obsesionarme con él, no voy a dejarlo de lado ahora. 

Foto 21: Un sendero de adoquines ensamblados de forma diferente, cuatro piedras en hilera alternando con cuatro en fila, van delimitando un aparente buen camino, pero he visto volver por él a un grupo y tampoco la señal de prohibición y la flecha recomendando, aunque no sé qué, no me animan a intentarlo, aunque el carril bici, ahora de planchas de cemento, no me llevan en la dirección deseada. 
 

Foto 22: Por fin la pista parece que coge la dirección definitiva hacia el faro. En una curva encuentro a dos personas gruesas y un perro. Uno descansa sentado en el banco con fatiga. ¿Serán los dueños del rebaño? Como ya es tan evidente que el camino va derecho hacia el faro, no tengo nada que preguntarles. Saludo y continúo mi camino adelante. Es la una y media y aún me falta un cuarto de hora para llegar a sus pies.


Foto 23: Un ave exótica, en esta encrucijada de canales embarrados, es lo más atractivo que veo. Mi desconocimiento de ornitología es tan mínimo que no me permite aventurar de qué especie volátil se trata. Pero dejo constancia del hallazgo por si hay alguien conocedor que le pueda parecer un ejemplar curioso.


 

Foto 24: Tras el desayuno, el baño y la peripecia, ya sólo un cuarto de hora no es nada, aunque el camino me muestra un rato el faro a la izquierda y, después, a la derecha, como se verá en la siguiente foto, la nº 25. Me aparto al arcén de hierba mullida, para que pasen sin temor a pillarme los ciclistas que regresan de contemplar el faro y de las vistas que desde allí se divisan hacia el golfo y el mar abierto.
Foto 25: Como decía, ahora el camino a la izquierda y el faro a la derecha, pero ya es evidente que así voy a llegar a la base de tan imponente faro. Un recinto vallado y dos casitas gemelas a un lado y al otro del mismo. Todo sobre una pequeña loma, dan una imagen bellísima del lugar. Ha merecido la pena llegar hasta aquí.

Foto 26: El faro en toda su grandeza. En color blanco y rojo, seis franjas, tres a partir del blanco de la base y tres franjas en rojo, llevan hasta la linterna. Es exactamente la imagen que ya me ofrecía mi mapa. Las dos casitas aledañas, necesariamente parciales. En una de ellas hablaré luego con Elías. La gente come en un banco lo que ha llevado en sus mochilas o en las cartolas de sus bicicletas. 
 










  
En el faro. 
Elías, Karin, Klaus y Wiebke.
Me voy a ver las vistas. Desde el faro hacia el golfo interior que desemboca en el mar exterior, veo los chiringuitos de Sankt Peter-Ording. Si ha subido algo la marea en estas más de cuatro horas de mi andadura, apenas se aprecia. Por una franja que veo en el mar, quizás incluso haya bajado aún más la marea. Desde otra atalaya, fotografío hacia el Oeste, por si viera algún camino que me lleve hacia el mar y no me cause una zozobra similar a la de la mañana, puesto que, otro entrante de mar, donde se encuentra Hüsum se me avecina, con la diferencia sobre la mañana de que mi mapa ofrece bañistas en la costa. Pero ya no me fío. Se lo preguntaré a Elías. Él con una chica, son los encargados de la vigilancia del faro. Quizás también estén para informar y prestar alguna ayuda sanitaria si algún visitante la precisara. Les pregunto si hay restaurante, y se ríen. Cuando les estoy preguntando para continuar y contándoles de qué va mi viaje, se acerca Wiebke, que se queda escuchando interesada en lo que cuento. Enseguida aparecen Karin y Klaus. Karin aprendió castellano en Sudamérica. Es un gran alivio. Así puedo contar los pequeños matices y lo más emotivo de mi viaje. Les enseño los pocos dibujos que llevo hechos en mi cuaderno.
 

El último es el combina razón (en lo terreno) y sentimiento (en las nubes). Me sacan foto y pido a Klaus que me saque otra con las chicas con mi máquina. Karin me regala dos barritas energéticas alemanas. Contiene frutas desecadas y prensadas. Son Alnatura Vielfrucht Bio, 40 g. y conservo el envoltorio plástico. Una de ellas, cuando la coma, comprobaré que es como un pan de higos muy suave y tierno. Además de los higos, lleva naranja, albaricoque, ciruela, uva y frutos secos. La otra tiene más almendra, uva, otros frutos y miel y se llama Frucht Honig Sanddorn. Las dos muy ricas y nutritivas. Karin me dice que a primeros de agosto van de vacaciones a la costa Oeste de Dinamarca. Les habría encantado invitarme a pasar unos días con ellos, pero yo creo que por esas fechas ya estaré en el Báltico, no sé si en Dinamarca todavía o de nuevo en Alemania. Nos despedimos con Ultrella, pues hicieron el Camino de Santiago desde Saint-Jean-Pied-de Port. Elías, que ha estado muy atento a la conversación, y algo le ha traducido Karin, me dice que hay camino a playa FKK.


Del faro a la playa FKK.
También me despido de Elías y retrocedo por camino conocido hasta encontrar la primera desviación. La que me ha indicado Elías. Fotografío al trio ciclista con el que he estado conversando, que siguen su camino y yo sigo por el mío. 
 


Cuando llego a la playa, la arena no me agrada, pero confío en que mejore a medida en que me vaya acercando a la orilla. Fotografío el faro desde la arena, avanzaré bastante, pero va a ser un camino de ida y vuelta. No quiero repetir la peripecia de la mañana. 
 
Los mondonguillos que voy encontrando en la arena, indican que aquí también hay animales bivalvos bajo tierra. 

 
Cojo como referencia la pequeña torreta que veo próxima a la orilla y me voy acercando a ella, pero no es fácil seguir una línea recta en esta inmensidad y voy dando tumbos, hora a un lado, hora al otro. Todo porque voy muy pendiente del suelo donde piso. 



Después de pegarme la pechada de tanto recorrido, cuando llego, la arena hundidiza no me agrada. No es fangosa, pero no me deja pisar con firmeza y, ni me desnudo, ni me baño. Además parece que me costaría encontrar la profundidad suficiente como para poder nadar. Para muestra fotografío las pequeñas olas de llegada del mar a la arena. 
 


Se supone que la marea está subiendo, pero es que es probable que por la mañana todavía estuviera bajando. En la distancia, tanto la torre intermedia entre la marisma y la orilla, así como el faro, quizás por la reverberación de los rayos solares, parece como si flotaran. Sigo por la costa con idea de coger la curva hacia el Este y seguir por allí a Hüsum, a la zona intermedia en que aparecen las siluetas de los bañistas en mi mapa. 

Pero el piso se va poniendo feo, como el de la mañana. Me voy hundiendo en el fango y fotografío el suelo lleno de los chorritos que almejas y otros crustáceos expulsan con arena al exterior. El espectáculo es bonito, pero no me voy a arriesgar a repetir la hazaña matutina. Llego a otro lugar en que el fango vuelve a ser ciénaga y los pies se me hunden hasta más allá de la pantorrilla, y reculo sin pensarlo dos veces.


Retorno al camino seguro.
Me vuelvo hacia el faro y, con harto dolor, inicio el regreso. Veo a un hombre con perro, que ya se ha alejado demasiado para alcanzarlo. 

 

He visto sus huellas y las empiezo a seguir. Aunque las pierdo, no me importa, pues ya me han servido para orientarme por dónde ir. Rodeo las últimas cintas amarillas pero aún tengo que seguir hasta el camino de piedra que partía junto a un puentecillo, donde descansaba una familia de jóvenes. 
 
He perdido dos horas o más en estos dos lances, pero he tenido así la experiencia del barro. Pepe es el que me ha dicho que organizan excursiones desde St.Peter hasta el faro. Sabiendo el camino, y con guía, habría sido una bonita experiencia. Pero hubiera perdido los encuentros en castellano con Pepe y Karin… y con Elías. 


Definitivamente, Hüsum no será mi destino para hoy. Los 43 kilómetros a Hüsum ya eran muchos, pero con tantas vueltas y revueltas, se han convertido en un imposible para esta jornada. Con el faro a la vista, igual que esta mañana, encuentro huellas humanas a seguir. Pero de la misma manera que las he encontrado, las vuelvo a perder y camino por donde puedo y la intuición me lleva. El faro más cerca y unas balizas que me obligan a tomar un rodeo. 
 
Nuevas dificultades que voy soslayando en la zona de marisma, hasta que veo el camino, el carril para ciclistas. Ya no voy a necesitar acercarme mucho más al faro.

Hacia Tetenbull.
En una cancela privada, apoyada en el pretil de madera, encuentro amarrada una vieja y desvencijada bicicleta a la que han dado nueva vida adaptándola a jardinera, con flores en el manillar, en el pedal y dos de distinta especie en el sillín. 


Es un bello detalle decorativo que agrada al caminante observador. Que, entre tanto, no tiene otra cosa que hacer. Enseguida llego a una bonita casa con tejado de paja y con fachada peculiar, como si de dos viviendas se tratara, aunque una de ellas, la del portón grande, parece que fuera la de entrada a la parte de granja y ahora destinada a garaje pero, ¿para qué lo tienen, si dejan el coche a la intemperie?. Aquí no hay bicicleta, pero parece que es la barca la que está de adorno. ¿O la utilizarán de vez en cuando? 
 
Parece una barca encadenada, condenada a no salir al mar. Hasta su nombre, Wes 1 n parece que no sea una matrícula útil para surcar los mares. Llego hasta un entrante de mar, vallado con troncos verticales y alambre de espino, que lo delimita y yo no tengo más opción que seguir por el dique. 
 

A las cinco llego a otra hermosa mansión de las de tejado pajizo. Ésta sí pudo ser una potente granja en algún tiempo, aunque ahora parece ser vivienda de muchas familias o, al menos, de una gran familia, con muchos componentes. Su tamaño invita a pensar que sea así. Tiene planta baja y dos plantas abuhardilladas, a dos alturas. 

Sigo el camino. En una subida al dique, me paso de listo y el alambre de espino no me deja pasar. Tengo suerte pues, junto a una de las langas, hay un pivote y me elevo. Un alemán grandote me acoge en sus brazos por el otro lado. Doy el salto final. 




Con el peso de las mochilas, al saltar, podía haberme descalabrado. Un bunker se me ofrece en la cresta del dique. No me dan tentaciones de acercarme a él. Ya tengo bastante con guerrear contra la naturaleza sin tener que vérmelas con los guerreros que consideran que la paz se consigue gracias a que hay guerras, como si fuera el complemento necesario. Llego a un contenedor naranja, donde han colocado en el suelo toda una suerte de troncos con punta afilada, listos para hacer diques en los cauces de los canales o en las marismas. Parece una colección de lapiceros con punta sin mina. 


Siguiendo el dique, va a ser imposible que hoy llegue a Hüsum. Por la cresta del dique, voy espantando a muchas ovejas y alternando los dos lados que me ofrecen las dos partes de abajo. Hasta que su configuración me obliga a ir por el lado derecho. Las alternativas de pueblos que el carril bici me ofrece, no me sirven. 
 


Me hace gracia la opción que se me ofrece a Nordfriedrichskoog. Recuerdo la tarde, no tan lejana, en que en el B&B no había nadie y me llevó a dormir con el conejo y las golondrinas. Por el lado izquierdo veo el mar y más ovejas.

Spieskommer en Tetenbüll.
Por la carretera, un bosque y la tarde gris, ocultan una casa. Finalmente, veo el anuncio de Uelvesbüll que, mirando en mi mapa, me parece el pueblo más cercano a la costa que voy a encontrar. 
 

En la primera curva, veo un restaurante. El nombre invita a comer (kommer) manitas (spies) de cerdo. El pueblo de Tetenbüll aparece en mi mapa muy hacia el interior, pero es probable que le corresponda una parte de la costa. Cuando salga del restaurante ya serán cerca de las ocho. Me parece buena hora para cenar y con tiempo suficiente para buscar alojamiento. Cuando llego, otros coches están parando también para cenar. Debo tener en cuenta que es el inicio del fin de semana y es un día propicio para cenas. Hoy, por primera vez pregunto dos cosas a la vez: essen y schlafen, comer y dormir. Me dicen que cenar puedo, pero dormir no. No tienen habitaciones. Pido sopa de puerros (porree), adivinándola por el nombre, aunque es una sopa lechosa que me entra bien por estar caliente. Luego algo que leo krab, que me hace pensar en pescado y que después recuerdo como las quisquillas peladas, pero que terminará siendo como una tortilla de patatas pero sin huevo. Acompañada por una ensaladita mínima. Después de comer el apfelstrudel prometo no pedir más pastel de manzana mientras esté en Alemania. Me gusta mucho más el que hacen en Otaegui en Donostia-San Sebastián. Es muy superior en calidad a estas alemanas y también la tarta de manzana de Aguirre, en Irun. La camarera me dice que puedo dormir en Garding, pero comprende que a pie no podré llegar a tiempo. Yo ni lo encuentro en mi mapa. Con la cerveza, pago 21,20€ No admiten Visa y lo debo soltar en efectivo. Me despido, paso por el baño, cojo agua y me voy. Son las 19:45 cuando salgo.


Hacia Uelvesbüll.
Sigo por carretera con un desagüe que me sirve de arcén. Llego a una esclusa que lanza agua al mar, donde en este momento aparca un coche blanco. La marea ya ha subido bastante alto y los barcos están a flote. Supongo que durante el día habrán estado en dique seco. 
 

Bajo del dique a la esclusa para continuar por la carretera. Casi todo el rato van a ser rectas y los pocos coches que pasan lo hacen a gran velocidad. Cuando veo venir alguno de frente, me escoro para que no les entren tentaciones de llevarme por delante. Me ahorrarían la dormida y, en el hospital, tendría cama gratis. ¿Gratis? O me saldría la torta un pan. Los últimos tres kilómetros se me hacen eternos. Subo al dique para ver el panorama. Trato de ver si me ofrece un refugio mejor que el de una dormida en espacio urbano. Desde el dique, ya veo la iglesia donde voy a dormir. Luego paso al otro dique interior. Cuando estoy cerrando una langa, echa a volar una hermosa garza, pero es tan rápido que no me da tiempo a fotografiar.

Uelvesbüll. 
Durmiendo en la iglesia.
Olvidando la garza, entro en el pueblo. Ofrece mucho cobertizo y una cubierta que parece parada de autobús. No veo ni un alma y llego al cementerio, que me lleva a la iglesia. Saco foto y la rodeo. Un depósito de madera en el lado contrario, el más tranquilo, no admite inquilinos. 


Pero la puerta principal de la iglesia, de arco gótico de ladrillo, ofrece el suficiente espacio como para que, si llueve, no me moje. No lo he dicho en su momento, pero hoy ha caído lluvia a ratos, nunca muy persistente ni intensa. He venido poniéndome y quitándome la capa y, a última hora, hasta ha salido el sol entre nubes. Me acomodo en el escalón de piedra bajo la ojiva de la entrada. Dejo la capa fuera y a mano por si fuera necesario ponérmela durante la noche. Canto la canción de Lucho Gatica: “De piedra ha de ser la cama… de piedra la cabecera…” Aunque después de la experiencia de la marisma y de la ciénaga, tengo los pies sucios, me doy Aloe-Vera que algo aliviará mi tesoro más preciado cuando camino. Decido colgar la mochila de la manija de la puerta. Dispongo del espacio exacto para mi tamaño corporal. Orino tras la iglesia, cuidando de que el chorro de la micción no vaya hacia las tumbas de estos vecinos que me van a acompañar durante toda la noche. A las diez, unos pájaros emiten un canto como de cortejo nupcial. Menos mal que para las diez y cuarto ya han terminado. Recibí llamada del 34911548151 ¡CABRONES! De madrugada meo tras el ábside y, de mañana, en el cobertizo de madera. Para las cuatro ya veo claridad celestial y los pajarillos empiezan a trinar.

Balance de jornada accidentada.
No ha sido lo más importante del día, pero si los momentos más peligrosos. Por la mañana, al tratar de pasar la marisma, después de mi baño desnudo en la primera playa de Ording y, por la tarde, después de llegar al faro, en que casi me traga la ciénaga. Un bonito encuentro con el malagueño Pepe y su mujer alemana. Bien desayunado y despreocupado por no poder comer en el faro, después de lo que me ha costado llegar, otro bonito encuentro, también en castellano, con Karin, su marido y su amiga. Y la ayuda del vigilante del faro, Elías. La cena ha sido suficiente y la dormida al aire libre en pareja peor que el de ayer en las dunas. La iglesia es más dura, pero no me quejo.

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