Etapa 20 (461) Büsum-Ording


Etapa 20 (461), 25 de junio de 2015, jueves (donnerstag).
Büsum-Wesselburenerkoog-St. Peter Ording-Ording.

Amanecer en hotel de Büsum.
A las 6:45 me levanto, tomo la pastilla, afeito y lavo. Escribo postales a los nietos, a Lucía y el diario. Pasadas las ocho, bajo a desayunar. En el comedor hay todo un mundo. Una alemana, nacida en Uruguay, se sorprende de ver aquí a un español y más al saber de mi viaje. El ambiente está muy animado. António me ha asignado mesa solitaria, cerca del bufet que se ofrece muy completo. Cojo dos rodajas de un rico paté y de otro menos sabroso, algo de salchichón y camembert. Todo lo acompaño con pan y dos zumos multifrutas. Una rodaja de naranja y otra de melón. Con el café con leche, como pan con mantequilla y mermelada. Con el segundo, termino la leche y sobra mucho café. Todo muy rico y salgo satisfecho. Subo a mi habitación. Completo las mochilas y me pongo la capa de lluvia. De esta guisa vuelvo al comedor. Me despido de la uruguaya y luego de António. Nos abrazamos. Doy la mano a Anke y les deseo que cumplan su deseo portugués, Acabo despidiéndome del matrimonio de Internet. ¡A ver si recibo la foto! Salgo al exterior, y digo adiós a los ciclistas. Ellos van hacia el Sur y yo, de momento, hacia el Norte. En el paraje natural de Katinger Watt, doblaré hacia el Oeste, donde está Ording, en la región de Eiderstedt. Hoy acabaré la de Dithmarschen. ¿Tendré oportunidad de encontrar playa nudista? Me voy, del hotel de António y Anke, reconfortado. Camino por el dique, subiendo por la compuerta próxima al Moin-Moin. Lo más sorpresivo de este día es que no hay viento. ¡Bien! ¡Albricias! Podré disfrutar del paseo de la playa de baldosa y cemento.

Saliendo de Büsum.
Saco foto al salir a la playa. Pasado el 700, coloco en primer término al asiento 792. La mayoría son asientos blancos, pero hay alguno crema u ocre claro. Casi todos miran al mar, hoy sin viento. Todos están cerrados a cal y canto. 

  
La hierba ofrece dos opciones, pisarla sola o con margaritas. Este cambio tan drástico entre sin flores y con flores, me hace pensar que con la cortacésped se han llevado todas las margaritas que hubiera en la primera parte. Pasadas las nueve, me acerco al fango. Un grupo de patos pasea por él, picando de vez en cuando algún alimento marino que aflora a la superficie barrosa. 

La imagen ilustra bien lo grato que debe ser bañarse aquí. Hoy fotografío los asientos playeros, para que se aprecie el cuidado con que los tienen precintados para que ningún intruso se siente en ellos. Destaca el 2253 como el único díscolo que no acata la perspectiva visual de la mayoría. 

Como yo no hay una docena con números que sumen doce: 2235, 2325, 2352, 3225, 3252, 3522, 5223, 5232, 5322… parece decir. Siguiendo el paseo marítimo, en zona en que lo sujeta un pretil de piedras, éstas las han aglomerado con una masa, no de brea negra, sino algo más blanca. 

Será eficaz, pero no bello. Acorde con el mar fangoso. Echando la vista atrás, me voy despidiendo de Büsum, de donde parto muy satisfecho y relajado, tras una jornada pasada de poco caminar.

Lagos artificiales con esclusas.
Pronto llego a una zona en la que han hecho unos lagos para proteger a los bañistas del viento. De espaldas al mar, aunque sea el mar quien los alimenta en la marea alta, han creado sus propias playas protegidas. Después de pasarlo por arriba, fotografío la esclusa que regula el paso del agua marina. Todo está bajo control. 

Fotografío también la zona de playa y el sistema de plataforma flotante que han ideado para colocar un tobogán en la zona de agua más profunda. También hay un pequeño gabarrón al que hay que llegar nadando. Como no me meto para probarlo, no puedo saber si también se puede ir a pie, caminando sobre el fondo que, si también es artificial, necesariamente no ha de ser de fango y lodo. 

Esta primera playa artificial, se me antoja ideal para venir familias con niños. Pero hoy no es el día mejor para comprobarlo. Un dique separa dos lados de la playa, dique que hace de camino conector entre playa y continente. Me voy acercando a él, cuando veo que por él camina un grupo de escolares con sus monitores. Como veo demasiados adultos, pienso que quizás sean varias familias con sus hijos. No lo puedo asegurar ya que, en estos países, los ratios de atención de adultos a niños, suelen ser muy reducidos. Así voy llegando a la segunda esclusa del segundo lago. 
 
En la carreterita por la que voy y que me lleva de nuevo hacia la segunda esclusa y al mar, veo una caseta. También la podéis ver vosotros en la foto. Acaba de llegar un hombre en su bicicleta y se mete dentro. Parece que tenía que llegar allí a las nueve y media y lo hace puntual. Cuando llego, me dice que no puedo seguir si no pago tres euros. Le pregunto la razón y me da unas explicaciones en alemán que no entiendo. Le digo que si hubiese llegado yo tres minutos antes habría pasado sin pagar. Él insiste pero, como ve que me pongo pesado, me dice que siga adelante. 
¿Será porque voy a pasar por las playas de lodo que venden como paseos por el fango? ¿Dará derecho el precio de la entrada a mariscar todo lo que uno quiera? ¿Será para usar alguno de los asientos de la playa y cobran lo mismo haga sol o no? Lo único que yo quería era seguir mi camino y no tener que pagar por ello.

Hacia playa FKK.
Cuando salgo al exterior, fotografío chorritos de bivalvos en el fango. 
 
Son típicos de las almejas. Ya estoy en pista para ciclistas y me encuentro con el primer rebaño de ovejas y corderos del día. Aquí la pista ciclista está en terreno del ganado lanar, ¿por si se les ocurriera alquilar una bici? La valla de contención no está a pie de dique, sino en el lado del mar. Parece que lo que tratan de proteger es que ninguna muera ahogada si se precipita por las piedras sustentadoras de la pista. Más bien morirían empantanadas, enfangadas en el lodazal. Hacia el mar de mierda, salen varios diques de contención. Estos diques que en las playas francesas cumplían una función de contención, para que el mar, con sus corrientes, no se llevara la arena de las playas, no sé aquí que función cumplen. Probablemente también para que no se lleve sus lodos y penetre en su interior pero, ¿para qué tienen los diques? No lo entiendo muy bien. 

El primero de los diques, que según parece fue construido con materia vegetal, prácticamente ha desaparecido. Quedan unos restos de troncos y ramas, que ya no cumplen función alguna. Los otros, permanecen casi intactos. No en vano fueron construidos de materia más consistente. Siguiendo el carril bici, no entiendo por qué, en un cruce encuentro pintada en el suelo la señal de prohibición a los ciclistas. 

No entiendo hacia dónde les prohíben continuar. Para mí es una señal confusa. ¿Quizás la prohibición sólo sea hacia el carril de la derecha? En el recinto de los diques de contención marina, encuentro a otro grupo de patos picoteando en el fango. Me aburro de este paisaje tan embarrado y paso al otro lado del dique. 

Sin saber cómo ni cuándo, acabo de llegar a una playa nudista. Yo veía en mi mapa, unas figuras en azul de personas nadando que, sin dudarlo, eran playas anunciadas. No hacía falta ir al recuadro de “leyenda”, pero lo que no había advertido que cuando aparecía la silueta de una mujer sentada en la arena, quería decir que la playa era nudista. 
 
Así compruebo que hoy tengo ésta, la única, y mañana otra, poco después de Ording. De momento, la de hoy me la pierdo por falta de las condiciones atmosféricas, aunque no haga viento. Entre los asientos, echo en falta el 121 para completar la serie. Veo a un par de ciclistas en la cima del dique, pero van demasiado arropados como para querer toma un baño, desnudos. Más adelante, llego a la ducha y a asientos, muchos asientos, que no me invitan a hacer juegos con sus numeraciones. 

Tanto desorden en los números me hace pensar en que los alemanes no son tan cabezas cuadradas como la fama les ha atribuido. Aunque no sea excesivo, como el de ayer, las banderas indican que aún hay algo de viento y también su dirección. Es al terminar la zona nudista, cuando me entero que lo era, pues llego a una langa que delimita el espacio entre los no textiles y las que dan la lana para fabricar el material con que los bañadores se hacen en serie. Allí leo el cartel de Ende des FKK strandes. Para mí, que no sé alemán, está clarísimo. Alguna de las ovejas que están desnudas, puesto que ya las esquilaron, me mira como diciendo ¿qué hace aquí este intruso textil? 
 
También veo algún cordero púdico. Acabada la zona nudista, continúo al borde del mar.

Hacia Wesselburener-koog.
Vuelvo a encontrar los dique marinos que me recuerdan a los rediles de Cádiz, donde quedaban atrapados algunos peces cuando baja la marea, y se les puede coger con la mano. 

 
Aquí me parece que tienen que ser muy tontos para dejarse atrapar y, además, no están completamente cerrados, como lo estaban los andaluces. Como tampoco veo peces muertos desde mi orilla, me supongo que las delimitaciones obedecen a algo que no acierto a explicarme. ¿Serán para marcar las zonas de marisqueo? Ahí se queda la foto por si alguien quiere investigar preguntando. A las 10:20 horas llego a otra esclusa. El agua que se desparrama de ella, va buscando su lenta salida hacia el mar, haciendo surcos por el lodo. 

Cuando llego a un cruce de la pista, una flecha me invita a que regrese a Büsum, como avisando que ya me he alejado demasiado de la ciudad y que debo regresar. No me van a entrar tales tentaciones. Mi camino ya no tiene vuelta de hoja. Debo seguir hacia el Norte hasta que llegue al cabo de más al Norte aún de Dinamarca. Después ya tendré ocasión de bajar hacia el Sur por el Báltico. Poco más tarde encontraré un pato muerto. 



¿Habrá muerto de un tiro, de un susto, o de mayor? Ese es el camino que seguimos todos los vivos desde que nacemos. Es un hermoso pato, bien gordito, y es una pena que se desaproveche su carne. ¿Lo recogerá alguien para comérselo? ¿Y si estuviera envenenado por haber comido alguna planta inconveniente? Preguntas sin respuesta que me sirven para rellenar renglones y más renglones. Después voy por un camino de adoquines muy deteriorado. 

Está muy desnivelado y resulta incómodo para caminar pero, en estos momentos, es el único que tengo. Aunque siempre tengo opción de seguir andando por la hierba. Poco después, me encuentro con una señal de obras. Lo que me hace pensar en que está calzada, tan descalzada, va a ser intervenida y la van a arreglar. 
 
En varios kilómetros no veré a nadie haciendo ningún tipo de reparaciones en ella. Se ve que han puesto la señal para indicar que hay intención de arreglarla, algún día… Una piedra en el camino, con estrellas de bandera europea que han perdido el color, me advierte de algo. 
 
Espero que no sea una prohibición porque, al no entenderlo, no le pienso hacer ni caso. Y sigo adelante. Supongo que alguien la ha puesto ahí para algo y lo han tenido que hacer con algún vehículo, pues no creo que haya por Alemania ningún forzudo levantador de piedra que alce una de tan enorme tamaño. Foto y me voy. 

 

Por si acaso, subo el dique y me meto por interior, donde veo apriscos vallados dentro de otro recinto más grande y que supongo que estará hecho para resguardar a las ovejas, si no de la lluvia, al menos, para que no se desparramen. 

Cuando estoy a la altura, debajo del dique, fotografío otro aprisco similar. Alguna oveja me vigila desde arriba, no vaya a ser que me meta en su hotel a pasar la noche y gratis. Media hora más tarde asciendo el dique. Desde arriba veo nueva esclusa con agua que busca el mar. 

Por el camino más próximo a a costa, dos ciclistas, bien pertrechados para soportar la lluvia y con sus cartolas repletas, van por la pista ciclista de abajo. Como luego veré un camping, ¿estarán buscándolo para acampar esta noche? Llego a un campo con plantas que no sé qué alimento producen y, al fondo, veo el camping que comentaba. 

Está situado en zona arbolada y se ve que hay campistas que habrán llegado para disfrutar el verano. ¡Vaya verano! No me extraña que tantos alemanes prefieran tierras más sureñas, como Baleares y Canarias. Cuando llego al campamento, pregunto si tienen restaurante y, como me dicen que no, me voy. Pronto veo un anuncio de uno: Die Deichkate.

Wesselburener-koog.
Sé que estoy en este pueblo tan largo y complicado de deletrear, cuando llego a unos paneles junto al carril bici en donde se explican las maravillas del lugar. Cuando me acerco para ver la oferta de fauna, flora y deportes, pasa un ciclista de los que pedalean tumbados, aunque éste va menos tumbado de lo que suelen ir otros con los que me he cruzado este año. Me saluda muy sonriente. 
 
Tras saludarle al paso, subo al dique para ver lo que me ofrece el paisaje, aunque intuyo que será más de lo mismo. Una escalera ascendente está cercana. Desde arriba fotografío hacia el mar. Allí finalizan los corralitos y veo cómo van algunas personas hacia la orilla. ¿Irán a coger marisco? No lo podré saber. 

Están lejos para poderles preguntar nada. En el mar, con la siguiente fotografía, se complementa la zona de costa que va hacia Poniente, donde se me ofrece un bonito faro antiguo y a donde pretendo llegar esta noche, Ording. Aunque en la curva tendré que pasar una gran esclusa, que no había visto desde Holanda. Pero eso es adelantar ya mucho. Las dos fotografías se complementan. Me habría gustado ensamblarlas, pero no sé cómo hacerlo. Una vez visto el lado del mar, fotografío el lado de tierra, donde se ofrece el pueblecito reseñado y donde podré comer.

Die Deichkate.
Confío que el nombre no sea una premonición de que algún nieto mío saque diez cates. Prefiero que sea un campeón de skate. Entro en el comedor y pido sopa de pescado, que me la traerán con las quisquillas peladas que tanto abundan por estos lares. ¿Quién será el encargado de pelarlas? O ¿harán saltar las cáscaras cristalinas por medios mecánicos y de calor? De segundo pido espagueti boloñesa que, aunque están ricos, no los puedo terminar. Lo acompaño todo con una cerveza y, como no admiten Visa, lo pago en metálico. Todo por 11,20€. Al camarero le enseño el mapa y me dice que, en vez de dar toda la vuelta al ancho entrante de mar que forma el río Eider, es mejor que cruce por la esclusa más próxima al mar. La razón de mi pregunta venía derivada de que podría ser el albergue de Tönning el de esta noche y se encuentra en el punto más interior, al que se podría ir por uno u otro lado de la ancha desembocadura. Le haré caso. En Ording no hay albergue. A las 13:45 voy al retrete y salgo más ligero de equipaje. 
 
Ya no tengo pupa en el labio. A base de darme Aloe-Vera por las noches, la pupa seca ya se me ha caído. Una molestia menos.

Hacia la esclusa del 
Eider-Sperrwerk.
El sol brilla. Ha despejado de nuevo. Salgo del restaurante y enseguida, antes de las dos, veo acercarse a una charca a un grupo de vacas, que van a beber agua que ella les ofrece. Forman una bonita procesión y me acerco para sacar otra foto parcial, reducido el grupo, que a mí me gusta más. 

Pongo las dos para comparar. Cuento once reses y la última corre temiendo que se vaya a quedar sin agua. ¡Tranqui, que hay para todos! Me gusta más la segunda, por los reflejos que, en espejo, les devuelve la charca, aunque no se vea más que una parte de la vaca décima y apenas se vislumbre la corredora. Hay una bonita granja en zona rodeada de árboles. 

Paso dos montones de tierra que, como les ha crecido la hierba en la superficie. Parece como si de un dique destruido se tratara. No creo que éste sea el caso, aunque en otras ocasiones dudé o me incliné por opinar lo contrario. 

Más se podría pensar que son pequeñas dunas consolidadas como acompañantes del dique. Parece que esa tierra la usan para algo, quizás para abonar las de los cultivos. Es así como llego al nuevo dique que, en esta ocasión, es de cemento. Desde arriba, veo un camino que va por la derecha y que dudo si me conviene bajar a él.

Por la novedad de este dique, prefiero continuar por él. Al final ya se ve que está la esclusa que, confiando en lo que me ha dicho el camarero del restaurante donde he comido, espero que sea factible pasar al otro lado. 

Avanzando por esta esclusa sin hierba, empiezo a ver nítidamente el ancho y profundo entrante de mar, o la ancha desembocadura del río Eider, como me anunciaba ya mi mapa. Los vehículos ya se encuentran haciendo cola para pasar. Sigo caminando por la cresta del dique, procurando no ir ni a un lado ni al otro, para no tener que llevar mi cuerpo, en lugar de vertical, escorado hacia la derecha, o hacia la izquierda. Ya más cerca de la esclusa, leo pintado en el suelo un 156ooo y no sé qué significa. 
 
¿Soy de ciencias o de letras? Puedo elucubrar que sea 156 metros los que me faltan para llegar a la esclusa. En el lado del mar, veo una red que, probablemente, esté arrastrando un banco de pescado. Infinidad de aves revolotean por encima para poderse llevar en sus picos una parte de la captura. La playita que se forma con un dique bajo, de piedras negras y claras, no está demasiado apetecible. 
 
Es así como llego a la gran esclusa del Eider Sperrwerk. 

 






Desde el puesto de control se controla a todo el mundo, a los barcos que vienen, a los que van, a los vehículos y a peatones y ciclistas que también queremos pasar al otro lado. 

Como cuando llego todavía queda un barco por pasar, no me queda otra alternativa que esperar a que pase. Luego lo fotografiaré. Veo pasar al Adler Schiffe. 
 






Por la distribución de la cubierta, decido que es un barco para hacer recorridos turísticos. En el Adler II lo que más se ven son adolescentes y jóvenes. Unos en proa y otros en popa. No hay mucha gente aparte de ellos. 

Cuando pasa el último que, precisamente, es el único que he visto, veo como se empieza a recomponer el paso. La carretera va bajando de lo alto, con un sistema de puente levadizo del medievo. 


 






Pasa de posición vertical a la horizontal. Bajo a la altura en la que se va a producir la conexión, donde hay una barrera que impide el paso a peatones y ciclistas, hasta que se acabe la maniobra. 
Antes de pasar al otro lado, fotografío la esclusa que ahora cumple otra función, la de evitar que pase ningún barco por el canal. Si hay alguno, deberá esperar a que le toque el turno. Ya han disfrutado de su chanda, ahora la oportunidad de paso es exclusiva para vehículos a motor, ciclistas y peatones. Dejemos que salgan primero lo que corren más.



Por dique de cemento. 
Alejamiento del Eider.
Después de pasar el puente por el lateral izquierdo, destinado a peatones y ciclistas, lo que se me presentan son dos posibilidades. 

Una es bajar al carril bici que va paralelo a la carretera, donde ya circulan los vehículos que esperaban cuando he llegado. La otra, que va a ser por la que opto, será la de continuar por encima del dique de cemento hasta el final que, desde iniciado, ya se ve a lo lejos dónde termina. 

Hoy apetece el sol y también el aire que corre por la cresta. Se agradece que sople pues, en caso contrario, haría excesivo calor. Por el lado del mar, sin agua, no hay camino. Cuando llego a la curva aunque, en realidad, todo este dique es una curva abierta, veo que al otro lado de la carretera hay un prado con variedad de animales. También una arboleda de árboles poco desarrollados. Quizás sean frutales. Como no paso al otro lado, no puedo asegurar si lo son o no, ni el tipo de frutas que producen… si es que producen fruta. Finalizando el dique duro ya veo que me estoy acercando al de hierba y también a las ovejas que lo habitan. No me queda mejor opción que la de bajar a la pista para ciclistas.
Ovejas en la arena.
Caminando un rato por la pista, vuelvo a salir al lado del mar. Lo más sorprendente es ver un rebaño de ovejas sin el verde de la hierba, que sirve normalmente de contraste con su lana rizada blanca. Aquí se confunden arena y lana. Algo más blanquitas las ovejas, pues todavía no han sido esquiladas. En esta playa, poco tienen, más bien nada, que comer. 
 
Sin embargo en la zona del dique, parece que algo encuentran. ¿Serán algas o alguna planta propia de marisma?

Hacia Vollerwiek.
Siguiendo por el hierbal, encuentro un carro para ser arrastrado por un vehículo, en el transportan un depósito que se queda fijo en el lugar. Dispone de un bebedero que se llena de agua mediante la pulsión del propio hocico del ganado. 
 
Creo que está, por altura, especialmente diseñado para que beban ovejas y corderos, aunque creo que también podrían hacerlo otros animales. En una de las revueltas, ya que estoy caminando hacia el Oeste, sobre la cresta del dique, veo un contenedor que es el puesto de DLRG, que son los socorristas de Vollerwiek. 

Desde arriba vigilan una playa en la que no se puede bañar nadie. Tienen una barca que no puede entrar en el agua porque a esta hora no hay mar a la vista y, cuando lo haya, cubrirá tan poco que no serán capaces de hacerla bogar. Algunas personas sentadas en la hierba. Prefieren el santo suelo al sillón típico de las playas. 
 
Nueva recta, nueva curva y más ovejas. Esta va a ser la tónica de este paisaje a poniente. Si el dique hace una curva, el carril para bicicletas también la hace. Si es una recta, lo mismo ocurre con el carril bici. En la siguiente vuelta, unas ovejas están en la hierba y otras en la arena y, algunas de la arena en una hierba más musgosa que parece una alfombra mullida al ser pisada. ¿Será también comestible para ellas y les agradará su sabor salobre? A la oveja negra del rebaño, la coloco en el lugar más central de la foto. 
 
Dándole prioridad, la rehabilito del sambenito que le costará superar. Lo tiene muy asumido. Sabe a ciencia cierta que es la oveja negra de la familia. Al fondo, sobre el horizonte, ya se va configurando algo de lo que veré más tarde, los barrios que conforman St. Peter-Ording. Los cambios más importantes se están produciendo en la rasa intermareal, pues el mar está en el quinto coño. Los diques arbóreos, de troncos y ramas, se van intrincando con el musgo que va creciendo por encima. Es un placer pisar este musgo tan bien mullido. 

Se ve que cumplen una función de contención de las mareas similar a los de piedra y cemento. De lo que me doy cuenta con estas ovejas es que les gusta bajar a la arena en la marea baja, pero no lo hacen en las zonas de lodos. Seguramente no les gusta que se les manche las patitas. Sus ricas patitas de cordero con sangrecilla y menudillos. 
Me relamo a esta hora, y eso que me he quedado lleno sin poder acabar los espaguetis a la boloñesa. En una zona en que el dique cubierto de hierba, se ha vuelto de cemento en su parte baja, la hierba mullida adquiere formas caprichosas como si de un país de islas se tratara. En ellas, las ovejas parece que aprenden geografía. 

Algún alimento, quizás la sal, sacan estos animales de este musgo. Una oveja, mi predilecta, la elegida de mi corazón, se para para que la fotografíe. Posa para mí. Está sin esquilar y tan repleta de lana que da sensación de estar más gorda de lo que está. Me gustaría verla después de que se la quiten, a ver si se queda en los huesos. Mira a la cámara impertérrita y está esperando a que yo me vaya para comerse un buen racimo de margaritas. En otra zona de musgo mullido, muy bien delineados, se orientan como parterres hacia el mar. 


Contrasta esta perfección en las superficies rectangulares, con las líneas que han dejado en el cielo los aviones que han sobrevolado el firmamento. Queriendo hacer líneas rectas como las que ven en la tierra, les han salido demasiadas curvas. A ver quién es el guapo que intenta imitar esa grafía y, aún más, entenderla.


Hacia St.Peter-Ording. Martin.
Llego a otra pequeña esclusa. Durante un gran rato, viajo en solitario. He ido meando cuando y donde he podido. Tengo de nuevo gana de orinar, pienso en hacerlo después de pasada la esclusa pero, cuando voy a hacerlo, veo que por detrás viene una pareja. La mujer pasa y sigue adelante, pero el hombre no acaba de pasar. 
 
Voy aguantando las ganas y el hombre que no llega. Miro hacia atrás y le veo que viene parsimonioso andando con la bici llevándola con la mano. Como está a cierta distancia, le espero. Se trata de Martin. Se le ha pinchado la rueda trasera y no tiene material para arreglarla. Iremos juntos caminando hasta que lleguemos a un cruce con otro que le llevará a su casa. Unos 8 o 10 kilómetros. Su mujer ha seguido y no volverá para socorrerle. 
 
Martin es de Frankfurt. Me hablará de los cuatro barrios que conforman St. Peter-Ording y otras cosas de interés. Cuando paro para orinar, le fotografío a traición, por la espalda, con su bicicleta arrastras. Llegamos al primer barrio, a Böhl, donde está enclavado un bonito faro. Y lo fotografío de lejos. 
 
Pero su mujer ha vuelto y al verle en buena compañía (ejem, ejem), se ha vuelto a marchar. Martin me dice que hay buenas playas con dunas y él será quien me diga el significado de las siglas FKK (Free Korp Kultur), La cultura del cuerpo libre. Le cuento cómo es mi viaje y alguna anécdota en mi precario inglés. 
 
A él le encantaría recorrer Dinamarca en bici pero parece ser que su mujer no está dispuesta y, sin ella, no viaja. Vemos caminos que llevan a playas con restaurantes caros y una especie de isla cercana que, en realidad, es un arenal. Lo de caros me lo ha dicho Martin pues yo, sin ver las cartas, no tengo argumentos para calificarlos. Pasamos por el barrio de Dorf, que es donde él vive, y nos despedimos. Me desea buen viaje y yo que convenza a su mujer para recorrer en bici Dinamarca. Poco después entro en el barrio de Bad. Se ven chiringuitos a lo lejos, en la playa.

Ording.
Ording es el cuarto y último barrio de St.Peter-Ording y va a ser mi fin de etapa, aunque después de cenar patee la playa hacia el Norte, para dormir en las dunas todavía pertenecientes a Ording. Llego a un restaurante muy animado que está en espacio urbano de donde parte una pasarela de madera que lleva por encima de marismas y arena hasta la playa, donde hay más chiringuitos donde también podía haber cenado, pero más vale pájaro en mano que ciento volando y prefiero ir a la playa despreocupado de la cena.

Gosch Sylt. Tisohinfo 59.
No sé lo que significa Gosch, pero Sylt será mi última isla alemana que patearé de Sur a Norte antes de coger ferry a Dinamarca. Este nombre es un adelanto de mi próximo cambio de país. El sistema de funcionamiento de este restaurante es muy peculiar. Hay que hacer dos colas. Una para pedir la comida, donde te dan un aparatito con un circuito luminoso que, cuando destelle, es el 59, quiere decir que el plato está preparado y listo para ir a retirarlo del mostrador. Allí te cambian el plato por el aparato. Al hacer el pedido lo pago. Son 9,90€ y no admiten Visa. Para coger bebida hay que hacer cola en otro mostrador. Pido una copa de vino blanco y pago 3€. En total 12,90€, más caro y peor que la comida, pero no me voy a quejar. Con la copa en la mano, voy a coger sitio en una mesa. Dejo mochilas, visera, copa, y me voy a marchar al retrete, cuando el artilugio 59 empieza a sonar. Retiro la comida, la dejo sobre la mesa y me voy a mear, abandonando comida, bebida y todo. No creo que corra peligro de que desaparezca nada. Orino rápido y vuelvo. 
 

Ana, una de las camareras, me hace pensar en mi tierra, pero no es española. ¿Será que se me están volviendo familiares los rumanos? Una familia busca sitio y me retiro a otro para dejarles el mío. Escribo hasta poco antes de las ocho y me voy.

Playa de arena dorada.
Yo he cenado en el interior pero, al salir por la pasarela de madera que sobrevuela por encima de la marisma hasta llegar a la arena de la playa, veo que otros cenan o toman alguna bebida en la terraza que ofrece barricas como mesas altas. Para mí son incómodas, así que, aunque las hubiera visto antes, no me habría acercado para hacer mi cena y escribir aquí. Lo que menos me agrada, por incómodos, son los taburetes altos. El paseo de madera es cómodo. 
 
Somos más los tardíos que vamos hacia la playa que los que regresan de ella. Dos letreros a los lados, uno de Atención y el otro de Prohibición, que no sé a qué se refieren y que espero, con sentido común, no cometer ninguna infracción. Desde la pasarela hago dos fotos. La primera hacia el Sur, donde se ve la marisma, con su césped mullido como de musgo y el agua salina propia de marisma. Ya he visto antes algo similar, pero con ovejas. Ahora lo veo desde encima pero en plataforma firme. Mañana me tocará patear y saltar por otros meandros sinuosos del Norte. Pero no adelantemos… De momento, camino hacia la playa. Del otro lado, hacia el Norte, fotografío a lo lejos unas dunas que van a ser mi referente para esta noche. En realidad, hay dunas a ambos lados. 
Antes de llegar a la arena, vuelvo mi cámara para fotografiar el centro urbano de Ording, con la pasarela en el sentido inverso al que traigo. Sin bajarme aún de la plataforma, saco foto al extenso arenal al que llego con ganas de disfrutar. 

  
Se me ofrecen más chiringuitos cerca de la orilla, hacia el Norte, similares a los que he visto al pasar, hacia el Sur. 
 







También dirijo mi cámara hacia las dunas del Norte, ahora que las veo más próximas y que va consolidándose mi idea de dormir a resguardo de alguna de ellas. Pero la pasarela no finaliza nunca. Va con una idea fija, llegarme hasta el Arca de Noé. Un tinglado hostelero con una sólida construcción de viguería de madera. 

Muy bien enclavada en la arena y con muchos accesos a sus diversas alturas. Dispone de comedor cubierto, terraza descubierta y para dejar las bicis y es amplia. Pero ahora no me interesa, puesto que ya he cenado. Cuando llego al final de la pasarela, a la arena, lo primero que hago es descalzarme. Tengo ganas de caminar un rato descalzo sobre la arena. Salvo el ratito con baño en este lado del Elbe, no he caminado por arena y tengo mono de hacerlo. Allí caminé por la arena seca, ya que la orilla era más fangosa. Aquí se puede caminar bien por la orilla, pisando arena húmeda y sólida. Para las ocho y cuarto ya estoy mojando los pies en la orilla del mar. Le dedico una foto a la orilla. Para mí es muy importante disfrutar de la frescura del agua y pisar sin sandalias, directamente sobre la arena mojada. Muy importante para mí pero, especialmente, para mis pies. Tienen que llegar todavía a Polonia y cuantas más variaciones les ofrezca mejor para ellos y para mí.

Más chiringuitos y un pesquero.
Al fondo de la orilla, hacia el Norte, se ven otros chiringuitos que, todavía lejanos, me dan la sensación de que están ya en el agua, atrapados por la marea. Luego llegaré hasta ellos. En el mar un pesquero faena con su sistema de redes especiales. Dedico la siguiente foto al mar y, casi exclusivamente, a él. Veo como maniobran los tirantes laterales y, con ellos, echa las redes y las recoge. Estas amplias redes son como grandes reteles. Está muy lejos, así que no puedo apreciar bien el sistema, ni si las redes llegan repletas de peces o vacías. Estoy observando el momento sublime en que los peces dan su último paso antes de convertirse en pescado para ser manipulado y vendido. El momento final de sus vidas, para alimento de la humanidad insaciable y golosa. Un fotógrafo hace una foto preparándola sobre un vaso de plástico medio deshecho. Luego se encuentra con su pareja que prepara trípode. Hoy la puesta del sol no se verá porque el horizonte marino se presenta cubierto de nubes a Poniente. 
 
Pero, olvidándome del barco, me voy acercando a los dos últimos chiringuitos, donde compruebo que el primero aún no, pero el último, está con sus patas vigorosas dentro del mar. Me acerco al otro, al que considero mi segunda Arca de Noé, aunque me marcharé sin saber cómo se llama. 

Las nubes se van acercando cuando inicio la subida por la recia escalera. Desde los escalones saco la foto con el agua circulando al fondo entre la maraña de vigas. Pareciera que a estas no las moverá ni un huracán. Da sensación de solidez este edificio tan vulnerable. Un chico que baja me dice que están cerrando. Cuando llego arriba, ya están recogiendo y acabando de limpiar la terraza. No admiten más clientes. Tampoco sé lo que hubiera podido tomar. Un espirituoso quizás, que me inspire un poco más. ¿Se podría considerar este restaurante como si fuera un palafito? 
 
Éste me parece demasiado sólido, mucho más que los endebles que nos suelen ofrecer desde Indonesia y otros lugares del continente asiático. Como estoy arriba, fotografío la otra escalinata, a la que ya no se puede ascender sin un baño de mar previo. Desde allí veo que todavía quedan otros dos chiringuitos más seguros, más al interior. Montones de sillones para tomar el sol. Un cartel en la orilla, al que no me acerco. Probablemente ya esté, o estará cercana, la zona de nudismo FKK pues, según la silueta desnuda femenina en mi mapa, está hacia el norte de Ording. 
 
Mañana tendré oportunidad de comprobarlo. Faltando minutos para las nueve, retrocedo hacia las dunas. Un socorrista DLRG, se limpia de arena los pies para calzarse. La cámara me dice que se acabó la batería. Espero que aún me deje hacer alguna foto mañana por la mañana, al menos hasta la hora del desayuno. Donde sea que lo haga, no puedo olvidarme de cargar la batería. A un lado del camino de madera en que he visto al salvavidas, me encamino hacia la duna.

Buscando cama en duna.
Pero la duna más próxima está protegida y prohíben el paso. Retrocedo hasta la del otro lado y allí me instalo. Sobre la cima de la duna, veo a la luna en forma de D, así que la tengo en creciente para esta noche. Me iluminará. Hablo con mis dos hijas, les digo la amenaza de mi compañía telefónica. Lebara me dice que debo ingresar 10€, ¿Pero dónde? Que me quedan diez euros de crédito. ¡Imposible! Sé que tengo más. Si tenía 34,64 y he pagado 19,63, aún me quedan 15,01. Al final, estos cabrones me dejarán tirado. Para colmo, mi cuenta de correo de Internet, tampoco la puedo usar. Outlook, por mi seguridad, no deja que entre en el correo. ¡Vaya seguridad! Me deja más inseguro y si Lebara cumple su amenaza, me dejarán incomunicado. Es vergonzoso que a ese proceder lo llamen seguridad. ¡A ver si resuelvo mi problema con Internet al llegar a Dinamarca. Adelantándome, diré que tuve suerte y me ayudó una bibliotecaria en cuanto llegué a la parte continental danesa del Sur. Lebara cumplió su amenaza. Sara irá a Berdún sólo en fines de semana. Me acuesto en la duna y duermo bien. Anocheciendo, paseaban perros y corrían coches por la playa en las dos direcciones. ¿Serían los responsables y los barmans y camareros de los chiringuitos? En caso contrario, llegarían demasiado tarde a sus casas.

Balance de un buen día en Alemania.
El desayuno y la despedida de Anke y António han sido lo mejor de la mañana. Si la comida no ha estado mal, aunque yo me he encontrado inapetente, la cena no ha sido como para echar cohetes, pero tampoco mal. La novedad del sistema ha sido lo más curioso. El pisar la arena ha sido lo mejor de la tarde, junto con el paseo en compañía de Martin, el de Frankfurt. Con la dormida en la duna, comienza el viaje que a mí me gusta. Veremos mañana cómo se presenta la jornada.


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