Etapa 19 (460) Eesch-Büsum
Etapa
19 (460), 24 de junio de 2015, miércoles (Mittwoch).
Eesch-Dithmarschen
Nord-Dechhausen-Büsum.
Amanecer
golondrinero.
Si
ayer me pegué una paliza, hoy va a ser un día con poco recorrido.
Eesch-Büsum. Y pongo Eesch un poco a ojo pues, en esta tierra de
nadie en donde me encuentro, me parece que puede ser el pueblo al
interior más cercano. 15 kilómetros, anuncian en el carril bici, a
Büsum.
Me
despierto a las seis, aunque hace buen rato que ya ha empezado el
guirigay de los polluelos reclamando el desayuno. Pero también el de
los jóvenes, más juguetones, aunque sean ellos quienes deben ir a
buscar su propia comida. El padre y la madre de los pollos de
golondrina, ya han comenzado a ir a su mercado, tan bien abastecido.
Vuelven con el pico lleno de golosinas. ¿Darán prioridad al
polluelo predilecto? No tengo ni idea de cuántos hay. Las crías no
pueden elegir, se tienen que acoplar al alimento que les traen sus
progenitores y no parecen hacer ascos a nada. Se lo tragan todo lo
que les traen. Qué trasiego para los adultos.
Me levanto, orino en la hierba. Con las sandalias puestas, rastreo la mancha de la orina nocturna para que no se note. Antes de las siete menos cuarto y sin recoger mi cama, saco foto del lugar en que he dormido, con los restos de las deposiciones de las aves a mis pies, y otra de lo que ha sido mi cielo durante la noche, el nido bullicioso. Cuando escribí ayer golondrinos y me acordé de mi amigo Andoni y la vez que tuvo golondrinos supurantes en un sobaco, también recordé el chiste que partía de subnormal, como insulto, y la respuesta del insultado era: “¿Subnormal yo? ¡Que te meo!” y el gesto de mear era levantando el brazo y haciendo como si meara por la axila. Era un chiste muy visual y muy burdo, pero ahora me viene a propósito para contarlo.
Tomo la pastilla, la empujo con el agua que cogí en Alice, ella misma me rellenó la botella, y vestido, cargo el equipaje y me pongo la capa. Aunque no llueve y, aunque gris el día no tiene trazas de que vaya a llover, el aire suena ululante y parece que me va a empujar a los infiernos. Pienso que la capa algo me protegerá de él. Creo que, aunque a las nubes les gustaría regarme, el propio viento lo evita. Sería terrorífico si se pusiera a llover con este viento huracanado. La tercera foto la saco con las señales del carril bici y el que ha sido mi refugio a la espalda.
Ésta es la visión primera que tuve ayer de la casita, que me hizo pensar que estaría cerrada. Para ser una parada de bus, tendría que estar mirando hacia la pista, pero entonces le daría todo el viento de cara. Si era refugio para el guarda y esta noche se quedó sin él, así está mejor orientada.
Me levanto, orino en la hierba. Con las sandalias puestas, rastreo la mancha de la orina nocturna para que no se note. Antes de las siete menos cuarto y sin recoger mi cama, saco foto del lugar en que he dormido, con los restos de las deposiciones de las aves a mis pies, y otra de lo que ha sido mi cielo durante la noche, el nido bullicioso. Cuando escribí ayer golondrinos y me acordé de mi amigo Andoni y la vez que tuvo golondrinos supurantes en un sobaco, también recordé el chiste que partía de subnormal, como insulto, y la respuesta del insultado era: “¿Subnormal yo? ¡Que te meo!” y el gesto de mear era levantando el brazo y haciendo como si meara por la axila. Era un chiste muy visual y muy burdo, pero ahora me viene a propósito para contarlo.
Tomo la pastilla, la empujo con el agua que cogí en Alice, ella misma me rellenó la botella, y vestido, cargo el equipaje y me pongo la capa. Aunque no llueve y, aunque gris el día no tiene trazas de que vaya a llover, el aire suena ululante y parece que me va a empujar a los infiernos. Pienso que la capa algo me protegerá de él. Creo que, aunque a las nubes les gustaría regarme, el propio viento lo evita. Sería terrorífico si se pusiera a llover con este viento huracanado. La tercera foto la saco con las señales del carril bici y el que ha sido mi refugio a la espalda.
Ésta es la visión primera que tuve ayer de la casita, que me hizo pensar que estaría cerrada. Para ser una parada de bus, tendría que estar mirando hacia la pista, pero entonces le daría todo el viento de cara. Si era refugio para el guarda y esta noche se quedó sin él, así está mejor orientada.
Carretera
por Dithmarschen-Nord.
Enormes
ovejas sin esquilar, huyen despavoridas al verme. Después veré más
ovejas peladas, pero sin sus corderos. Pronto veo una liebre. Corre
más veloz que los torpones conejos.
Aunque desde Brunsbüttel estoy en la región de Dithmarschen y aún seguiré por ella durante gran parte del día de mañana, siempre hacia el Norte, no sé por qué razón en mi mapa a esta zona repleta de lagos y canales la llaman Dithmarschen-Nord. Sigo por el lado en que el dique me quita algo de viento, pero subo para ver el mar. En una campa, con la bajada del dique hacia el mar, fotografío una zona con los asientos a cubierto alemanes que más que para tomar el sol, invitan a estar muy abrigaditos, con manta eléctrica y cafecito caliente, a tomar vientos. Al fondo, Büsum se adivina más que se ve. A la vez que yo, casi todos los coches que pasan, una vez que salgo a carretera, van en mi misma dirección. Algunos, de los pocos que vienen de frente, agradecen que me meta en la hierba cuando se acercan a mí. Un hombre que va por delante, aparece y desaparece. Por su silueta recortada contra el viento, pienso que es la misma que ayer noche vislumbré merodeando por la cabaña. ¿Será vigilante nocturno y diurno? Le veo subir al dique, me saluda y le saludo. Subo yo también al dique y le veo mirando algo junto al mar que, ahora, es de agua y pronto será de fango. Parece que este fango, con los asientos en la hierba, se ofrece como atractivo turístico. La gente, como luego veré en un cartel con fotos, camina descalza por el lodo y observa las montañitas que hacen almejas y otros bivalvos y crustáceos de sus fondos terrosos. ¿Será zona especial para marisqueo? Todo lo paisaje natural que se quiera, pero yo lo sigo considerando un mar de mierda.
Llego a un cruce que indica carretera cortada y la flecha del carril bici mira hacia el interior. Este inconveniente me va a obligar a hacer algún kilómetro más de los quince que la primera señal me había predicho. Como a veces esas indicaciones están pensadas más para los conductores de vehículos a motor que para los peatones, me arriesgo a continuar y me encuentro con una esclusa. La fotografío al llegar. Llevo caminan algo más que media hora.

Tiene un mecanismo que permite lanzar un puente corredera entre ambos lados, pero no veo a nadie, ni aun haciendo señas en dirección al panóptico de vigilancia, para que me lo accione y pueda pasar. Desisto y me resigno a dar el gran rodeo por interior. El agua corre pero podía permitir el paso al otro lado en alguna pequeña embarcación. Sólo por diez metros o menos, tengo que dar un gran rodeo.
Otra foto para dar idea de lo que esta falta de pasarela me va
a suponer de exceso en mi camino. Estoy en el Dithmarschen-Nord
kanal. Antes de las ocho llego a un edificio en semicírculo, donde
veo un ave y la palabra Nabu, lo que me hace pensar que se trata de
algún centro de interpretación, con avistadero de aves y, mirando
el panel, la zona de marisqueo que antes he mencionado.
En la carretera, un conjunto de señales y Büsum a 11 y ½ kilómetros. A pesar de tantas vueltas y revueltas, cada vez está más cerca mi puerto de destino de hoy.
Siguiendo el indicador, llego al otro lado de la esclusa, al lado contrario de donde he estado antes. Me ha supuesto unos 25 minutos extras. Al otro lado de la esclusa, veo un campamento de rulots con su casa de servicios.
Algunos ocupantes del camping pasean por el dique. No voy a acercarme para ver lo que hacen allí.
Desde la esclusa, fotografío el canal que profundiza hacia el interior. Un pájaro negro y blanco es el reclamo en mi mapa.
Son casi las 8:30 horas cuando llego a una caseta abierta pero con cubierta, donde se explica la idiosincrasia de estos parajes: mapas de las Frisias Septentrionales con, sobre todo, muchas aves, también caballos, y como ya he dicho, gente caminando por los lodos. Y un mapa de esta bahía que culmina al Norte en Büsum.
Aunque desde Brunsbüttel estoy en la región de Dithmarschen y aún seguiré por ella durante gran parte del día de mañana, siempre hacia el Norte, no sé por qué razón en mi mapa a esta zona repleta de lagos y canales la llaman Dithmarschen-Nord. Sigo por el lado en que el dique me quita algo de viento, pero subo para ver el mar. En una campa, con la bajada del dique hacia el mar, fotografío una zona con los asientos a cubierto alemanes que más que para tomar el sol, invitan a estar muy abrigaditos, con manta eléctrica y cafecito caliente, a tomar vientos. Al fondo, Büsum se adivina más que se ve. A la vez que yo, casi todos los coches que pasan, una vez que salgo a carretera, van en mi misma dirección. Algunos, de los pocos que vienen de frente, agradecen que me meta en la hierba cuando se acercan a mí. Un hombre que va por delante, aparece y desaparece. Por su silueta recortada contra el viento, pienso que es la misma que ayer noche vislumbré merodeando por la cabaña. ¿Será vigilante nocturno y diurno? Le veo subir al dique, me saluda y le saludo. Subo yo también al dique y le veo mirando algo junto al mar que, ahora, es de agua y pronto será de fango. Parece que este fango, con los asientos en la hierba, se ofrece como atractivo turístico. La gente, como luego veré en un cartel con fotos, camina descalza por el lodo y observa las montañitas que hacen almejas y otros bivalvos y crustáceos de sus fondos terrosos. ¿Será zona especial para marisqueo? Todo lo paisaje natural que se quiera, pero yo lo sigo considerando un mar de mierda.
Llego a un cruce que indica carretera cortada y la flecha del carril bici mira hacia el interior. Este inconveniente me va a obligar a hacer algún kilómetro más de los quince que la primera señal me había predicho. Como a veces esas indicaciones están pensadas más para los conductores de vehículos a motor que para los peatones, me arriesgo a continuar y me encuentro con una esclusa. La fotografío al llegar. Llevo caminan algo más que media hora.
Tiene un mecanismo que permite lanzar un puente corredera entre ambos lados, pero no veo a nadie, ni aun haciendo señas en dirección al panóptico de vigilancia, para que me lo accione y pueda pasar. Desisto y me resigno a dar el gran rodeo por interior. El agua corre pero podía permitir el paso al otro lado en alguna pequeña embarcación. Sólo por diez metros o menos, tengo que dar un gran rodeo.
En la carretera, un conjunto de señales y Büsum a 11 y ½ kilómetros. A pesar de tantas vueltas y revueltas, cada vez está más cerca mi puerto de destino de hoy.
Siguiendo el indicador, llego al otro lado de la esclusa, al lado contrario de donde he estado antes. Me ha supuesto unos 25 minutos extras. Al otro lado de la esclusa, veo un campamento de rulots con su casa de servicios.
Algunos ocupantes del camping pasean por el dique. No voy a acercarme para ver lo que hacen allí.
Desde la esclusa, fotografío el canal que profundiza hacia el interior. Un pájaro negro y blanco es el reclamo en mi mapa.
Son casi las 8:30 horas cuando llego a una caseta abierta pero con cubierta, donde se explica la idiosincrasia de estos parajes: mapas de las Frisias Septentrionales con, sobre todo, muchas aves, también caballos, y como ya he dicho, gente caminando por los lodos. Y un mapa de esta bahía que culmina al Norte en Büsum.
Acercamiento
a Büsum.
Con
esta bahía al natural y Büsum cada vez más nítido al fondo, voy
caminando por el dique, mientras veo a un pescador de caña al borde
del mar.
Tiene que aprovechar esta hora en que la marea se lo permite. Poco después de las nueve, el paisaje no ha variado mucho, pero la marea está bajando y aflorando los fondos lodosos. Büsum algo más cerca. Así llego a Dechhausen, a seis kilómetros de Büsum. Un hombre joven, panadero, se sorprende con mi viaje.
En su establecimiento me puede ofrecer café y pan, pero ni mantequilla, ni mermelada. Como ayer cené sólo alpiste para canarios, hoy quiero desayunar algo más consistente y ya estoy cerca de mi destino. Poco después de hablar con el panadero, me doy cuenta de que se me ha hecho una rozadura mínima en el talón derecho. Pronto serán 2 km y, enseguida, nada. Así voy entrando en mi nueva ciudad donde, hasta la tarde, no volveré a sacar ninguna foto. Tengo bastante trabajo con buscar el albergue, poner al día el diario, desayunar…
Tiene que aprovechar esta hora en que la marea se lo permite. Poco después de las nueve, el paisaje no ha variado mucho, pero la marea está bajando y aflorando los fondos lodosos. Büsum algo más cerca. Así llego a Dechhausen, a seis kilómetros de Büsum. Un hombre joven, panadero, se sorprende con mi viaje.
En su establecimiento me puede ofrecer café y pan, pero ni mantequilla, ni mermelada. Como ayer cené sólo alpiste para canarios, hoy quiero desayunar algo más consistente y ya estoy cerca de mi destino. Poco después de hablar con el panadero, me doy cuenta de que se me ha hecho una rozadura mínima en el talón derecho. Pronto serán 2 km y, enseguida, nada. Así voy entrando en mi nueva ciudad donde, hasta la tarde, no volveré a sacar ninguna foto. Tengo bastante trabajo con buscar el albergue, poner al día el diario, desayunar…
Büsum.
Entrando
a Büsum, una pareja me atiende. Él se tiene que poner las gafas.
Como conoce el albergue, me dice que me meta por el siguiente camino
que a mí jamás se me hubiera ocurrido coger. Ha sido un acierto
haberlo preguntado allí mismo. Pero ando y ando, y no veo albergue
ni nada que se le parezca. Ningún anuncio. Como siempre o casi
siempre. Llego a un museo y allí veo un edificio que está siendo
rehabilitado. Me hace pensar en que pudiera ser el mismo que figura
en el catálogo y mapa de albergues, del que todavía no puedo ni
debo desprenderme. Me acerco y veo la puerta precintada por la obra.
Pero, uno de los obreros, me dice por dónde debo entrar.
Jugendherberge
Büsum.
No
hay nadie en recepción. Una chica que es empleada del albergue va a
buscar a la recepcionista y la encuentra. Viene para decirme que el
albergue está completo, pero me ofrece otra alternativa a un precio
similar. Desde dentro de la oficina, hace una llamada por teléfono,
me da la dirección y me la señala en un mapa de la ciudad. Está
casi al lado. Basta con cruzar el dique que los separa. Se trata del
Hotel Siegfried y me anota las señas: Johannsen allee, 26. Con
desayuno me costará 28€, pero tendré que pagar también las
tasas. Anoto por mi cuenta el distrito 25761 y el barrio de Büsum en
que está, el de Nordsee-Heilbad. También el nombre de sus dueños,
Anke y António que, como se verá, estarán muy atentos conmigo...
¿por la común identidad peninsular?
Hotel
Siegfried.
Llego
enseguida, pero aquí tampoco hay nadie en recepción. Una clienta
busca al dueño. Viene António, que nació en Costa de Caparica. Le
cuento mi viaje por la costa portuguesa y el que estoy haciendo
ahora, a todo me responde con un buen castellano. Él se siente, en
relación a mí, como hermano de la península. Tiene deseos de
volver a Portugal, tras treinta años ausente. Primero estuvo en la
Suiza francesa, donde conoció a la que es ahora su mujer alemana,
que luego me presenta. Ella es la que se encarga del papeleo. Me
explican lo de la taxe. Me hacen la factura por 28€ y la pago con
la tarjeta Visa. Los 3€ de tasa lo tengo que pagar en metálico.
Ellos no hacen más que de intermediarios y el importe íntegro va
directo a las arcas municipales. Quizás al Gobierno. No sé. En la
Gästekarte aparece impreso el 2015. Parece ser que las imprimen cada
año. Aparece la fecha de entrada al hotel y la de salida. Hoy me
toca ser José Aldabe. Es como si quien viaja fuera mi padre. ¡Cuánto
habría disfrutado con el conejo que se asomó dos veces a donde yo
tenía mi cama. Y con la liebre de hoy! Hace un par de días vi volar
una garza grande y gris, ¿sería real? pero, para cuando la
fotografié ya había aterrizado muy lejos y quedó perdida en el
paisaje. Pero volvamos al hotel. Me dan la habitación 54 que me
recibe colorista con un edredón en tonos lilas y morados. Dispone de
lavabo. El retrete lo tengo en el pasillo, enfrente a la izquierda y
el baño con bañera, que no voy a desaprovechar, justo enfrente.
Dejo la mochila grande, cierro la habitación y me voy a desayunar.
Me voy contento. Es un precio similar al que me habría costado el
albergue y, además, estaré yo solo en la habitación. Como la dicha
no puede ser completa, no tendré oportunidad de hacer nuevas
relaciones en este hotel, aparte de la que me permitan los dueños.
El desayuno de mañana no empezará hasta las ocho. Me orientan hacia
un centro comercial, que tiene tres letras, pero no recuerdo ahora el
nombre exacto.
Desayuno
en Von Allwörden.
A
la entrada del centro comercial está el lugar en que desayuno, que
es panadería, pastelería y café. Pido un gran capuchino. Para
acompañamiento sólido, cojo tres opciones. Más de las que el
cuerpo me permite. Un bollo que lleva canela y crujiente, muy rico.
También me sabe bien el de nueces y, el peor, el de manzana. No
ofrecían Apple Strudel, el típico pastel alemán de manzana. Por el
desayuno pago 7,03€ en efectivo. Tras el desayuno, me encuentro con
el matrimonio que me ha informado de cómo llegar al albergue y
resulta que están en el mismo hotel que yo. ¡Qué casualidad! Y les
cuento algo de mi viaje.
Regreso
al Siegfried.
Caminamos
juntos los tres hacia el hotel y llegamos en el momento en que
António está abriendo la puerta de su coche. Hablamos un momento.
¡Tenemos tanto que compartir! Le animo a que regresen a Portugal.
También su mujer y su hija desearían afincarse allí, en zona más
cálida que esta ventosa Alemania de más al Norte, pero el momento
no es propicio para vender el hotel, es difícil por la falta de
compradores potenciales y tendrían que rebajar el precio más de lo
conveniente. Subo a la habitación, me afeito, lavo la ropa sucia,
cago al otro lado del pasillo y, ya en el baño, también frontal a
mi cuarto, me meto en la bañera. Primero echo un poco de agua, para
reblandecer la mierda acumulada de mis pies. La postilla de la
pequeña herida que me hice el primer día alemán, en Borkum, ya se
me ha caído. Con la bañera llena, estoy media hora sumergido. La
hora es propicia y nadie llama a la puerta para entrar, así que
disfruto. Una vez seco, entro en mi cuarto y me meto en la cama,
alejando a los pies lo más grueso del edredón y poniendo arriba la
zona más ligera. Así aguanto hasta casi las dos. Descansado, ya
estoy dispuesto a seguir escribiendo el diario, anotar gastos, la
ruta en el mapa, y pensar en el plan para mañana. Si desayuno para
las ocho, creo que podré llegar fácilmente hasta el albergue de
Tönning. También me dedico a asignar a quién dirigiré las
postales que compré. Tengo que colocar dos incisos que no expliqué
bien ayer, el de Andoni, el del ternero escapado y que no me permitía
abrir la langa para salir, el del cordero que balaba buscando a su
mamá y la mamá que balaba sin encontrar a su cordero. Las señ,as
las voy escribiendo en las postales: Mis nietos, Agustín, Loli,
Luisa, Marga, Alex-Lucinda, Abdu, todos con SPANIEN; Pippa,
FRANKREICH, Gabriela, PORTUGAL y Lucía ENGLAND. Fueron diez las que
compré. Los nombres de los países me los dará luego António. Su
mujer se llama Anke. Acabo en la habitación la bollería que me ha
sobrado del desayuno y aún no tengo hambre. Sobre las cinco y media
estoy vistiéndome ropa limpia y saliendo de visita por la ciudad.
Un
paseo por Büsum.
Salgo
del hotel. Equivoco la estrategia y voy hacia puerto sin continuidad
de paso al dique exterior. Aunque no tengo hambre, busco restaurante
para la cena. Veo una pescadería en la que veo pescado ahumado y
quisquillas con cáscara. Paso por otra que sí es restaurante, pero
que cierran para las siete. Me parece hora demasiado tempranera para
cenar. Para las seis menos cuarto ya estoy en el puerto.
Fotografío un gran barco pesquero, con el sistema para alzar las redes ya familiar desde que los vi el día segundo del continente alemán, después de dormir en la caravana de los Schmidt en Rysum. Son hermosos barcos, como el que vemos en primer término, que están amarrados al muelle y que no vemos por estar detrás. Un cuarto de hora más tarde llego a la iglesia y la primera visión la tengo desde la zona absidial. El pincho de la torre queda por el otro lado.
Sin embargo, intuía una alta torre en el extremo contrario cuando, en realidad, la torre es menor y parte del propio ensamble de las dos pendientes del tejado de teja. En ella está el reloj a punto de dar las seis. Me recuerda algo a la también pequeña de Brunsbüttel. El balconcillo, similar.
Entro dentro de la iglesia y saco tres fotos. Nunca en los interiores de las iglesias obtengo buenas fotos pero, en este caso, me salen relativamente decentes. La estructura de fábrica es centralmente equilibrada. Tan centrada, que dos de los postes están en medio de la única nave. Con la madera han jugado a un equilibrio dinámico, esto es, a un desequilibrio formal. En el lateral izquierdo, han construido un largo y ancho balcón que parte del alto coro con órgano. No me parece muy apropiado para asistir visualmente a la Santa Misa, pues el altar mayor lo taparían las primeras filas o los que estén en los bordes más al centro de la nave.
El púlpito es clásico y recargado, como los del barroco, con su vocero encima, para que las palabras del cura no vuelen al techo y asusten mejor a los feligreses que, para eso dan diezmos y primicias. Me gusta la colocación del cristo crucificado, pero yo eliminaría el lignum crucix y lo crucificaría en la viga y su “uve” a cada lado, donde clavaría los clavos. Quizás con un ligero apaño adecuador. Me acerco al altar y saco la segunda foto. Es bastante barroco, pero al no ser demasiado grande, resulta simpático.
En el frontal, de nuevo el crucificado, con María y Juan evangelista y, en el tímpano, el Bautista. Entre medio se lee el año de construcción, ¿del templo, del retablo?, 1712. Dos vidrieras no demasiado grandes iluminan este pequeño ábside. Saco la última mirando hacia atrás, con el entrepiso y el órgano y vuelvo a salir a la calle para continuar visitando la ciudad. Salgo al dique. Voy hacia el faro.
Lo fotografío al fondo de una calle que me agrada. Dos hombres tocan jazz.
Veo las consabidas sillas orientadas al mar ventoso. La primera que destaca lleva el número 700. Poca gente merodea por aquí. La verdad es que esta playa está poco apetecible. Menos mal que no llueve. La arena de la playa y la hierba, aquí la sustituyen por baldosas y cemento.
Sin embargo la ciudad, a estas horas, está animada. Todo el mundo con ropa de abrigo. Yo en pantalón corto y con un jersey ligero. No paso frío, voy feliz y cantando. Otros músicos callejeros mantienen musical el ambiente.
Desde el dique, obtengo una visión aérea del final del puerto. Paso por calle peatonal, algo animada pero con poca gente en las terrazas.
En la más próxima n o hay nadie. Con edificios bajos, la calle resulta muy agradable.
Paso por Rathaus, el ayuntamiento. Un edificio aislado y sobrio, acorde con el lugar. De regreso al hotel, fotografío las casas aisladas del otro lado del dique y, al fondo, el edificio del albergue juvenil en reparación, con la fachada vallada y redada. Regreso al hotel por camino diferente.
Fotografío un gran barco pesquero, con el sistema para alzar las redes ya familiar desde que los vi el día segundo del continente alemán, después de dormir en la caravana de los Schmidt en Rysum. Son hermosos barcos, como el que vemos en primer término, que están amarrados al muelle y que no vemos por estar detrás. Un cuarto de hora más tarde llego a la iglesia y la primera visión la tengo desde la zona absidial. El pincho de la torre queda por el otro lado.
Sin embargo, intuía una alta torre en el extremo contrario cuando, en realidad, la torre es menor y parte del propio ensamble de las dos pendientes del tejado de teja. En ella está el reloj a punto de dar las seis. Me recuerda algo a la también pequeña de Brunsbüttel. El balconcillo, similar.
Entro dentro de la iglesia y saco tres fotos. Nunca en los interiores de las iglesias obtengo buenas fotos pero, en este caso, me salen relativamente decentes. La estructura de fábrica es centralmente equilibrada. Tan centrada, que dos de los postes están en medio de la única nave. Con la madera han jugado a un equilibrio dinámico, esto es, a un desequilibrio formal. En el lateral izquierdo, han construido un largo y ancho balcón que parte del alto coro con órgano. No me parece muy apropiado para asistir visualmente a la Santa Misa, pues el altar mayor lo taparían las primeras filas o los que estén en los bordes más al centro de la nave.
El púlpito es clásico y recargado, como los del barroco, con su vocero encima, para que las palabras del cura no vuelen al techo y asusten mejor a los feligreses que, para eso dan diezmos y primicias. Me gusta la colocación del cristo crucificado, pero yo eliminaría el lignum crucix y lo crucificaría en la viga y su “uve” a cada lado, donde clavaría los clavos. Quizás con un ligero apaño adecuador. Me acerco al altar y saco la segunda foto. Es bastante barroco, pero al no ser demasiado grande, resulta simpático.
En el frontal, de nuevo el crucificado, con María y Juan evangelista y, en el tímpano, el Bautista. Entre medio se lee el año de construcción, ¿del templo, del retablo?, 1712. Dos vidrieras no demasiado grandes iluminan este pequeño ábside. Saco la última mirando hacia atrás, con el entrepiso y el órgano y vuelvo a salir a la calle para continuar visitando la ciudad. Salgo al dique. Voy hacia el faro.
Lo fotografío al fondo de una calle que me agrada. Dos hombres tocan jazz.
Veo las consabidas sillas orientadas al mar ventoso. La primera que destaca lleva el número 700. Poca gente merodea por aquí. La verdad es que esta playa está poco apetecible. Menos mal que no llueve. La arena de la playa y la hierba, aquí la sustituyen por baldosas y cemento.
Sin embargo la ciudad, a estas horas, está animada. Todo el mundo con ropa de abrigo. Yo en pantalón corto y con un jersey ligero. No paso frío, voy feliz y cantando. Otros músicos callejeros mantienen musical el ambiente.
Desde el dique, obtengo una visión aérea del final del puerto. Paso por calle peatonal, algo animada pero con poca gente en las terrazas.
En la más próxima n o hay nadie. Con edificios bajos, la calle resulta muy agradable.
Paso por Rathaus, el ayuntamiento. Un edificio aislado y sobrio, acorde con el lugar. De regreso al hotel, fotografío las casas aisladas del otro lado del dique y, al fondo, el edificio del albergue juvenil en reparación, con la fachada vallada y redada. Regreso al hotel por camino diferente.
António
el del hotel.
Cuando
llego, me invita a cerveza. Procuramos estar solos, pero el
matrimonio orientador parece que busca compañía y acaban
acercándose.
Estuvieron de vacaciones en Málaga y él entiende algo de castellano. Con su móvil, consigue entrar en mi blog, pero con un tamaño tan pequeño… que no da opción al margen derecho para seleccionar las etapas. António me dice que también lo mirará. Una mujer con parche en el entrecejo, quiere tener foto con una persona tan admirable por la proeza que, para ella, estoy haciendo. Y el marido nos saca la foto a los tres, incluido António. Dice que me la mandará al blog. Si lo hizo, ni sé dónde, ni en qué etapa pudo hacerlo. Si la recibo, veremos si soy capaz de recuperarla. Cuento a António algo de Lena y Gabriela en Troia, de la semente de abóbora, pipas de calabaza, que compré en Costa de Caparica y algunas anécdotas de este viaje. Me abandona a ratos, pues tiene que atender a otros clientes.
Veo cómo prepara algunos combinados de un líquido que parece fresa, quizás granaína, con alcohol. Como ya es hora adecuada, me voy a cenar.
Estuvieron de vacaciones en Málaga y él entiende algo de castellano. Con su móvil, consigue entrar en mi blog, pero con un tamaño tan pequeño… que no da opción al margen derecho para seleccionar las etapas. António me dice que también lo mirará. Una mujer con parche en el entrecejo, quiere tener foto con una persona tan admirable por la proeza que, para ella, estoy haciendo. Y el marido nos saca la foto a los tres, incluido António. Dice que me la mandará al blog. Si lo hizo, ni sé dónde, ni en qué etapa pudo hacerlo. Si la recibo, veremos si soy capaz de recuperarla. Cuento a António algo de Lena y Gabriela en Troia, de la semente de abóbora, pipas de calabaza, que compré en Costa de Caparica y algunas anécdotas de este viaje. Me abandona a ratos, pues tiene que atender a otros clientes.
Veo cómo prepara algunos combinados de un líquido que parece fresa, quizás granaína, con alcohol. Como ya es hora adecuada, me voy a cenar.
Moin
Moin eten und drinken.
Cuando
paso por el otro restaurante, el que cerraban a la siete, ya lo
estaban recogiendo y dejando vacío su mostrador. Para cenar en Moin
Moin, paso por debajo del puente que fotografío. Este es el sitio
que elijo para la cena. Entre otras razones, porque admiten tarjeta
Visa. Pido Scholle+Speck,
que se trata de una especie de lenguado, aunque me parece más
gordito que los planos habituales que conozco y que los franceses
sirven meunier.
Es menos gordo que el rodaballo.
Lo como muy a gusto y dejo mondas las espinas, como podéis observar en la foto, que saco al terminar. Las patatas kartofen están riquísimas también. La camarera me ha atendido muy bien y me ha traído una jarrita de vino tinto de 20 cl. Todo el mundo dice que con pescado se debe beber vino blanco, pero yo soy partidario del tinto porque me dicen que es más sano. A los que nos gusta el vino (yo nací casi en un bar), decimos más sano. Los de la liga en contra del alcohol, dicen los menos insanos, los tintos. Al chico que retira el plato le digo que estaba muy malo, very bad, y al ver la espina monda, parece que entiende mi broma. Pago con Visa 19,70€ y, como el restaurante está en la misma calle que el hotel, enseguida vuelvo.
Lo como muy a gusto y dejo mondas las espinas, como podéis observar en la foto, que saco al terminar. Las patatas kartofen están riquísimas también. La camarera me ha atendido muy bien y me ha traído una jarrita de vino tinto de 20 cl. Todo el mundo dice que con pescado se debe beber vino blanco, pero yo soy partidario del tinto porque me dicen que es más sano. A los que nos gusta el vino (yo nací casi en un bar), decimos más sano. Los de la liga en contra del alcohol, dicen los menos insanos, los tintos. Al chico que retira el plato le digo que estaba muy malo, very bad, y al ver la espina monda, parece que entiende mi broma. Pago con Visa 19,70€ y, como el restaurante está en la misma calle que el hotel, enseguida vuelvo.
A
dormir en el hotel.
Ahora
hay más clientes en el salón. También están los ciclistas que
mañana pedalearán hacia Brunsbüttel. Casi van a hacer el mismo
camino que yo hice ayer andando, 15 kilómetros más. La diferencia
está en que yo tengo muchos días por delante y ellos sólo disponen
de una semana. Antonio me invita a una copa de coñac y me da la
reseña de dos escritores: Ricardo Augusto Costa (su hermano) y Sanio
Morgado, quizás Mongado (su primo brasileiro). Ya no hablo con el
otro matrimonio. Sólo él me confirma que me enviará la foto…,
pero nunca la vi. Poco después de las 22:30 me despido de António y
de los demás. Nos veremos en el desayuno de mañana. Los ciclistas
han subid a sus habitaciones con más botellines de cerveza. Se ve
que los que ya llevaban entre pecho y espalda, no eran suficientes.
¡Hay que ver la cerveza que beben estos jodidos alemanes! Lo de
jodidos, lo digo cariñosamente, y sólo para mí. Cuando subo, están
hablando con las puertas abiertas. La ropa ya va secándose. Hoy
también he lavado el pantalón gris. Es el que más sufre las meadas
por causa del viento que no me deja orientar adecuadamente la pilila.
Me acuesto inmediatamente y sueño con recorridos que no me llevan a
ninguna parte y a todas. Durante la noche hay bastante movimiento
nocturno para visitar el WC. No me sorprende. Por algún sitio tiene
que salir tanta cerveza. Yo hoy no salgo ni una sola vez. El lavabo
está a buena altura y dejo correr un hilo el agua del grifo. Todo el
día he andado con las sandalias nuevas pero, para mañana,
recuperaré las viejas y evitaré ampliar la rozadura. Con las viejes
voy más cómodo que años anteriores y apenas me hacen rozaduras. Me
despierto hacia las seis pero me parecen las siete. Me incorporo, veo
mi error, y me vuelvo a dormir. Me levanto a las 6:45. Me llama el
34912041136/903. No lo cojo. ¡Que les den!
Balance
de un día de corto recorrido.
Una
jornada algo más larga que lo previsto por la desconexión del
puente corredera en la esclusa del canal, con viento pero sin lluvia,
me ha deparado un día tranquilo en Büsum. Perfecta actuación de la
recepcionista del albergue, que estaba completo, y me ha ofrecido un
hotel de precio similar y donde me han atendido muy bien. Bien
desayunado y mejor cenado… y con bañera relajante. Me gustaría
que António y su familia ya estuvieran viviendo en Portugal.

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