Etapa 17 (458) Glückstadt-Brunsbüttel



Etapa 17 (458), 22 de junio de 2015, lunes (Montag).
Glückstadt-Brokdorf-Sankt Margarethen-Büttel-Brunsbüttel.

Despertar en el albergue.
Eckhard es el primero que se levanta y se afeita con maquinilla en la habitación. Cuando se va al retrete, yo me levanto, me afeito y me visto. Cuando él regresa, yo voy al WC. Cuando vuelvo, él ya está deshaciendo la cama. También, como yo, se va hoy. Nos veremos en el desayuno: frunstuck
 
Hoy es el día en que mejor he dormido y temo que habré roncado mucho pues yo mismo me he despertado con uno de mis ronquidos. Tenía necesidad de dormir, por lo que he durado en la cama sin levantarme hasta las siete y media. Ahora escribo esperando que den las ocho para bajar a desayunar. Saco foto de la habitación con mi cama y la mesita que me sirve de escritorio para escribir el diario. Hago la mochila y también deshago la cama.

Desayuno con Eckhard.
Al bajar, Eckhard (suena Ecot), me dice dónde debo dejar las sábanas y el cubre-almohadas usados. Aunque no han abierto el comedor, ya estamos esperando: dos ciclistas, la madre y el hijo (pide hacer pipí), y otra madre mayor con hijo en silla de ruedas. Con nosotros, ocho personas en total. Probablemente no haya nadie más albergado. En mesa para seis, nos sentamos los dos casi pegados, como buenos compañeros de habitación. Debiera haber comido un kiwi, como veo a Eckhard, pero no lo he visto y ahora ya no queda ninguno. Él me copia el yogur de fresa. Hubiera preferido uno natural y endulzarlo con un poco del de fresa. Pero no había natural. No hablamos hasta que acabamos el desayuno, cuando estoy bebiendo el segundo capuchino. Nos despedimos, pero le doy mi mano de una forma muy rara. Por evitar que me dañe mi dedo luxado, y para no pringarle de mantequilla y mermelada. Como ayer ya comunicamos sobre el viaje y Santiago, hoy apenas hablamos, pero no desayunamos tensos. En alemán, mermelada se dice casi igual y, mantequilla, butter y, poco más nos decimos. Él tiene 78 años. Lo veo bien conservado para su edad. Yo acabo de cumplir los 70. No sé por qué le pregunto sobre Voltaire, pues no sé por dónde me da el aire con su respuesta. Au revoire, dijo Voltaire, echando una cana al aire, era el chiste pareado sobre el filósofo francés. En el comedor, entre otras canciones, suena Monday, Monday, de The Beatles, que rememoran aquellos nuestros tiempos juveniles. Cuando estoy buscando una servilleta para dejar adecentada la mesa que hemos usado, suena Bamboleiro y, mientras la canto, la que ha servido los desayunos y creo que será la que fregará, cree que le he llamado. Y canto y tarareo la canción, aunque ella no entiende nada de lo que digo en castellano. Cuando subo a la habitación, el alemán ya se está despidiendo de la recepcionista. Ya no es el serio de ayer. Esta es una chica joven y de pelos rizados. 
Con todo preparado, sólo me queda recuperar el carnet de alberguista y marchar. Son las 8:45 y dejo de escribir para ir a Turismo, que ayer localicé cerca de la iglesia. Pero primero cago y así voy con menos peso, mucho más ligero. Cuando salgo del albergue, fotografío el otro lado con el caserón, por donde luego pasaré, y las variadas casitas con formas peculiares y que, de lejos, se parecen a las casitas diminutas para construir que regalé a mis nietos cuando regresé en 2013 de Rotterdam.

Oficina de Turismo.
Cuando llego, ya han pasado unos minutos de las nueve. Me proporcionan un nuevo mapa, mucho mejor que el de los albergues, pero peor que el que llevaba. Los tramos de avance van a ser más cortos, pero va a ser cuestión de acostumbrarme a una escala distinta. También me da otra opción para obtener cama cuando llegue a lugares donde no hay albergue juvenil. Cuando por la noche, esté en la cabaña, después de haberme servido para esta noche, ya lo podré tirar, pues abarca poco más que Brunsbüttel. 

Hoy el día va a ser de lo más variado con intervalos de sol, lluvia, baño en playa del río Elbe. La jornada de hoy no voy a salir de este río. También mucho dique.

Paralelo al Elbe.
Con la información obtenida, paso por la esclusa, como había previsto y me voy alejando de la ciudad hacia el camino por el que llegué ayer, ahora en sentido contrario. Los postigos de las ventanas del caserón sujetan las sus contraventanas contra la fachada, de forma que no bamboleen con el viento (Bamboleiro… bamboleiro…). 
 
La temperatura es buena y el viento escaso, así que puedo seguir bien por la cima del dique. Ayer llegué por el camino de paja de más abajo. 

 


Hoy, desde el dique, aprecio mejor el panóptico y su torre puntiaguda, que ayer apenas veía. Me parece lo más atípico de todas las torres de estas características que he visto. 

 






Desde el dique ya veo en el puerto de embarque, ayer era de desembarque y el mismo, un ferry que ya está casi dispuesto para partir. 

Después, cuando esté más cerca pero aún alejado, puesto que hoy no tengo que cruzar el Elbe, ya será otro ferry el que le está pidiendo que se retire. “Quítate tú, para que me ponga yo”, parece decirle, como si fuera un político cualquiera. El ferry que quiere entrar, deberá esperar a que el que ocupaba su sitio se vaya, después de hacer su maniobra. Hoy no se ven coches en cola. Cuando me canso, bajo del dique alto al de abajo. 

Siguiendo el camino asfaltado de ayer, hoy sin briznas de paja seca, voy dejando casas a mi derecha. Son casas unifamiliares de planta baja y abuhardillada la primera, con amplio espacio delantero, más o menos ajardinado. Algún ciclista me adelanta por el carril.

Borsfleth.
Continuando el carril-bici, paso por casas que pertenecen a Borsfleth, que está algo más al interior, según mi mapa. Lo reseño, aunque no va a ser el mapa que no utilizo en el inicio de la etapa, sino el que se me acaba mañana en la desembocadura Norte del Elbe. Es el mapa que vengo usando desde que pasé el Jadebusen en Wilhelmshaven. Está muy detallado, aunque anteanoche me perdió en Wingst. Cuando digo detallado, me refiero al estilo de detalle que yo suelo querer en mis mapas, abierto a la sorpresa. Lo primero que me llama la atención de este pueblo, son unos árboles que los asimilo a nuestros olivos, aunque muy probablemente no lo sean. Pienso que esta climatología más lluviosa, los haga parecer distintos. Junto a ellos, veo otro velado, como si de una novia se tratara. Me supongo que le habrán puesto la red para que no se coman los pájaros sus frutos, pero ¿qué frutos?, no tengo ni idea. 
 
Más casas paralelas al dique, que conservan la estructura de las antiguas, con tejado de paja, pero que las han modernizados con amplios corredores que habrán supuesto una modificación en su estructura. Me recuerdan las barracas que construye mi amigo Salvador en el delta del Ebro. Mi amigo protegía con red el borró (la paja que utiliza) para que las aves no se la lleven para construir sus nidos. Tendré oportunidad de ver hoy un caso similar, pero será un caso aislado, pues veo que en el resto de casas esta prevención no existe, y eso que por aquí hay muchas aves. Es una lástima no ser un experto en aves, como lo es mi amiga Marta, una enamorada de los humedales de Plaiaundi y Txingudi y de tantos otros. Fotografío la balconada de una de las casas, para que se entienda lo que quiero decir. A esta, parece que le hayan fabricado una loma para que la casa se libre del acecho de las aguas de alguna riada, otra forma de protección adicional.

De Borsfleth a Wewelsfleth. Störsperrwerk.
La desembocadura de un nuevo río que vierte también sus aguas al Elbe, separa ambos pueblos. Pasado un rato desde que he abandonado Borsfleth, ya veo un río que, según mi mapa, voy a poder cruzar fácilmente. Si hay carretera, hay puente y, para el peatón, esclusa incluida. “En una inclusa puede haber una esclusa inconclusa” (me entretengo con este juego de palabras). 
 

Efectivamente, llego al lugar y lo paso por la esclusa. Ya están apareciendo en el cielo nubes amenazantes. Espero que aguante la lluvia hasta que legue a destino. Una vez que he pasado al otro lado, encuentro a un obrero que está cambiando un cartel troquelado en chapa que ya estaba algo deteriorado. 



Visto el viejo, creo que el deterioro no era tan grave como para cambiarlo por el nuevo, pero así me entretengo para escribir este nombre tan endiablado que, a saber cómo se pronuncia. Ya sé que la “ö”, como en Köln, tiene un sonido de “e” especial. Aunque se lo pregunto al hombre joven que lo está colocando, no consigo aclarar si el nombre es el topónimo del lugar, el de la esclusa o el del río afluente del Elbe. Habrá quien lo sepa y lo podrá aclarar. De momento, me despido del obrero y sigo camino adelante. Creo que fue un acierto haber parado ayer temprano para descansar en el albergue de Glükstadt. 

Ya veremos hoy dónde acabo. Quizás lo pude hacer porque para las 5:20 de la mañana ya estaba caminando. También tuve suerte con el encuentro de los de la Cruz Roja. Parece claro que hoy caminaré menos tiempo y también será menor el avance.

Camino hacia Brokdorf. 
Ovejas guía.
Aunque el día se presenta gris y con nubes amenazantes, voy contento y cantando. Continúo por el carril bici y veo, a lo lejos, tres ovejas que parecen van perdidas. Las sigo. 
 
Son las que me van a llevar hasta donde está el rebaño. Son la oveja madre y sus dos corderos, que van engordando a pasos agigantados. Se ve que esta hierba está plena de vitaminas y calorías. 

Al fondo, muy lejano, por encima del dique, veo unos depósitos, unas cúpulas, iluminadas por algún rayo solar que se filtra entre las nubes. Me hace pensar en alguna zona industrial que carga y descarga en barcazas por su proximidad al gran río Elbe. Ya se verá, cuando llegue, de qué se trata. Las tres ovejas me llevan hasta el rebaño, que ya veo a lo lejos al doblar la curva. Ya se les aproximan las rezagadas. Gracias a que las he seguido, no me he ido por otro dique que me hubiera llevado hacia el interior. Cuando voy llegando al grueso del rebaño, no consigo que suban al dique o pasen a la hierba de la derecha y, cuanto más me aproximo a ellas, más corren. Creen que las voy a coger. ¿Intuyen mi aprecio por el cordero asado? Cuando llegan al tope, y ya no pueden continuar, no les queda más remedio que dejarme pasar. Algunas ya se van quedando por el dique y, tras pisar cagarrutas mil, dejo atrás a este rebaño que me ha acompañado por un rato en mi caminar. Poco más tarde, en una explanada con cinta electrificada, veo tres caballos, que ramonean. 
 
Eligen los brotes más sabrosos de la hierba para alimentarse. Al fondo, ya se me ofrece la zona industrial en toda su extensión, pero mucho más borroso que antes puesto que, la mayor lejanía, se había compensado con el impacto solar. Ahora todo está en penumbra. Entre Wewelsfleth y Brokdorf, veo una casa tranquila desde el camino. Verla da paz y sosiego, por eso la califico de tranquila. 


Su tejado de paja se está deteriorando, pero el resto de la fachada se muestra en perfecto estado de salud. Durará aún muchos años. Enseguida paso junto a otra que ofrece un matorral florido. Junto a hojas nuevas, ofrece grupos de florecillas sencillas de cuatro pétalos y color blanco, que me agradan porque parecen ofrecerse al caminante al paso que él las admira. Es como si quisieran escapar de la casa y que yo me las lleve conmigo por esos mundos de la madre Tierra. 

Paso por otra casa más atípica y reciente, construida en 1928. Aquí el tejado es de cerámica brillante y tiene el aspecto de haber sido renovado recientemente. ¿Tendría en sus orígenes también tejado de paja como las anteriores? Son preguntas que me voy haciendo y que no voy a tener la oportunidad de que nadie me las responda. Antes de llegar a Brokdorf, veo una especie de torre de faro incrustada en una casa. 
 
Da una imagen rara y no sé qué función tendrá, ¿será un silo para almacén de algo? Llego a un punto de la carretera en el que los coches no pueden pasar, puesto que están arreglando un puente, que sirve para cruzar por encima de un canal. 

 









Un hombre hace equilibrios y se apoya en el pretil provisional de madera que han colocado. Hoy, como lunes que es, debiera haber gente trabajando, pero la realidad es que no veo a nadie de la obra. ¿Habrán parado por la lluvia? 

Empieza a llover. Me estoy volviendo un experto en sacar la capa de la mochila sin detener la marcha, y colocármela adecuadamente por encima de ella, de forma que la cubra por entero. Paso por las vallas que cortan la carretera. Sin vehículos, voy más tranquilo observando el reflejo de las nubes en el agua del asfalto. Por fin llego a la bombona blanca de la zona industrial. 
 
Ahora está más nítida, porque estoy más cerca, pero estaba más bonita de lejos con el reflejo de los rayos solares. Con la lluvia y las nubes su blancura se ve algo grisácea. Como veo grandes postes conductores de electricidad, pienso que esta fábrica puede ser productora de energía eléctrica pero no tengo argumentos para saber de dónde se puede generar aquí electricidad. 
 
Un grupo de vacas se acercan al verme. Pienso que no lo hacen para saludarme, sino que lo hacen porque creen que soy el amo que les trae comida rica. Cuando paso no dejan de mirarme, salvo las dos sordo-ciegas que se han quedado atrás y ni se han enterado de mi llegada.
Brokdorf.
Entrando en el pueblo, veo una gran y proporcionada casa que, sin perder la estructura de otras vistas hasta ahora, me da la impresión que pertenece a una nueva construcción. Quizás me equivoque y sea una restauración modernizada, pero no me lo creo. Otra casita aledaña, más pequeña, parece que cumple funciones de garaje. 
 
Cerrada a cal y canto, como está, no puedo saber si es también taller de carpintería o bricolaje, para pequeñas reparaciones. Con el letrero del pueblo y la carretera expedita para la circulación, se acabó la tranquilidad del caminante que sabe que ahora ya le pueden venir coches por delante y por detrás. Junto a una casa, un sauce llorón llora lágrimas de lluvia. 

Le está costando despejar al día. Unos minutos después, un lago me separa de las casas del pueblo. Su reflejo, junto con el de los árboles, me produce una bella foto, que os ofrezco también para vuestro disfrute. Como no soy un fotógrafo profesional, cuando surge un milagro como el actual, también disfruto ofreciéndolo. En el centro se pueden observar los círculos concéntricos derivados de que un pececillo a saltado para atrapar un mosquito. 

Subo al dique, desde donde puedo ver como siguen circulando los cargueros por el Elbe. En esta ocasión vienen de alta mar hacia el corazón del gran río. Desde la cresta del dique, también veo el pincho de la torre de la iglesia de este pueblo al que acabo de entrar. 


En esta panorámica de dique en curva, se ve la iglesia, los cargueros en el Elbe y las ovejas en el dique de hierba. Una foto bien ilustrativa y aprovechada. Bajo del dique y me meto en la zona más urbanizada. En una plaza, en zona de arriates de hierba, un empleado municipal quema con soplete las hierbas que se salen de madre y brotan entre los adoquines. 

No le importa que las hierbas sean buenas o malas. Se carga todas las que le estorban y cumple la función para la que hoy le han contratado. Yo le he preguntado curioso lo que hacía y él, ahora, me mira curioso con mi capa de lluvia. Parece que le hago gracia. Me acerco a la pequeña iglesia y la fotografío en su conjunto. 


Faltan diez minutos para el mediodía, y me acerco un poco más. Lápidas mortuorias en rededor. Todas muy sencillas. 

 








La estructura de la torre nada tiene que ver con la de la nave de la iglesia. Parece un pegote y no es la primera que veo de similar factura. Será muy moderna, pero no me agrada tanto como las de ladrillo rojizo cara vista. 
 
Paso por una granja con hierba alrededor. Su tejado de paja se ha ido deteriorando y le ha crecido un musgo verde que, más que perjudicarle, quizás le proteja. Lo dirá el experto. Han construido otra casita, como de juguete, y en otra de altura intermedia entre las dos, han colocado en el tejado paneles para la obtención de energía solar. 
 
No será con un día tan nublado cuando se recarguen. Con este conjunto de habitáculos, voy saliendo del pueblo por el dique, entre ovejas y cagarrutas. Ya son más de las doce y debo pensar en comer pero, de momento, sigo adelante.

 
Nudismo en playa fluvial.
Ya ha dejado de llover. Estoy cansado de pisar mierda de oveja. Decido bajar del dique hacia la costa del río Elbe pues, desde el dique, he visto una carretera estrecha pero que va río arriba, hacia la desembocadura. Es en esta carretera donde veo señales. Encuentro las señales en postes. Una que indica café y restaurante, pero me parece hora demasiado tempranera para la comida. Son todas de la pista cicloturística. Lo pasado no me interesa más que para saber, como los 14 km a Wewelsfleth, donde el empleado cambiaba el cartel en la desembocadura del río. Del resto lo único que me interesa es la distancia a Santa Margarita, casi 6 kilómetros, y la de Brunsbüttel a 12. En la última será donde acabe mi recorrido del día. 
Desde el dique he visto a alguien entrenando corriendo y en esta carretera empiezo a ver arena sobre el asfalto. Sigo el camino y me encuentro con una playa de arena, aunque fluvial. Sabiendo que esto no es mar abierto, sino río, se me antoja que esta arena dorada tiene que ser falsa, de importación. 

Más después de haber visto la arena negra que afloraba en la superficie, desde el ferry. La parte que ya se humedece en la orilla, ya parece fangosa. Ni corto, ni perezoso, me desnudo y me doy un baño rápido. Según me voy metiendo en el río y me llega el agua a los muslos, la sensación del fango en los pies me desagrada y me echo al agua, empezando ya a dar brazadas de retroceso. 

Al menos me he refrescado en un momento que el sol ha salido y lo he visto brillar. Ha sido oportuna su salida de la nube. Así, con este rato de calor solar, me seco al aire paseando por la arena dorada. El sol no va a durar mucho tiempo. Con la cámara, me desplazo a zona más propia de marisma o juncos de río y saco dos fotos para que quede constancia de que esta playa del Elbe no me la he inventado. Hoy al menos, esta playa no la ha pisado nadie más que yo, como podéis observar en la segunda foto. Al chuparme el bigote, saboreo un agua poco salobre. 

La salinidad de este río parece escasa. Para completar el panorama, dirijo la cámara al cielo y fotografío el brillo solar entre las nubes algodonosas. Cuando me seco, me visto y en marcha de nuevo. Sigo por la pista ciclista y la fotografío en el momento en que me acaba de pasar uno de los que pedalean tumbados. Nunca he probado este sistema de ciclismo. Probablemente se vaya más descansado, pero se pierde uno de los placeres del ciclismo, la visión a mayor altura que yendo a pie.


Hacia Sankt Margarethen.
Sin ser todavía la una, llego a una esclusa. Se ve la eclosión del agua que viene de interior cómo se desparrama por el Elbe. Es escasa la que recibe de este pequeño afluente, aunque mi apreciación quizás sea errónea, y sea el Elbe el que aporta agua al canal interior. La esclusa, de cemento y hierro, tiene una estructura potente, a prueba de terremotos y embates marinos. 


Paso al otro lado y, desde la cima del dique, fotografío hacia el río. En ese momento circula cercano a la orilla un potente carguero con estructuras internas para carga y descarga que hace pensar en transportes de industria pesada. En el espacio entre la calzada y la orilla, lo que hace unos momentos eran arena y playa, ahora es un vergel marismeño. Esta va a ser la tónica hasta Santa Margarita. 



Al mismo tiempo que yo estoy fotografiando, sale del fango de la orilla, con sus botas de goma, un joven corpulento con un cubo, que me dice que ha estado cogiendo cebo para pescar. Me informa que Sankt Margarethen se encuentra a unos tres kilómetros. Le fotografío de espaldas según está marchando dique arriba, hacia zona donde puedo ver alguna oveja. En este dique, además de la hierba propia, alimento del ganado, también crecen otras plantas que ya no sé si serán del agrado de los ovinos. 
 

Poco más adelante, yo también subo al dique, entre plantas pinchosas que me resultan fácilmente salvables. Bajo a camino que me mete entre casas. Empezando Santa Margarita, paso por una casa que me llama la atención porque la paja de su tejado, aquí la veo claramente, la sujetan con red metálica. Aquí se cuidan de que las briznas de paja no se las lleven las aves para fabricar sus nidos. Por eso que, la foto que saco, es premeditadamente parcial. El artilugio que fotografío en primer término, no sé qué función puede cumplir.

Santa Margarita. Bananen.
Anuncian un hotel-restaurante, pero está cerrado. Fotografío la iglesia poco después de la una y media. 

 


La nave es también de ladrillo rojo y la torre con el reloj está aislada, parecida a una de las últimas iglesias que he visto. Parece como si las vendieran así, como hechas de encargo y con colores diversos. Me siguen pareciendo de plástico o, como mucho, de cartón piedra. Entro en una pequeña tienda de ultramarinos, donde se suele encontrar de todo. No hay nadie. Hago bajar a la tendera del piso de arriba, total para no comprarle nada. Me dice que hay otro restaurante a 200 metros, siguiendo un poco más adelante. Como también está cerrado, retorno a la tienda y de nuevo la hago bajar. Compro cuatro bananas rebajadas, con algunas manchas, por 90 céntimos. 
 

Una de las bananas es doble, es decir, dos frutos en una sola piel. Pesan 730 gramos y en origen costaban 1,99 euros. No caducan hasta dentro de tres días pero, como no las ha vendido y ya les han salido las pintitas, las ha rebajado. Aunque soy más amigo de los plátanos canarios, me ha venido bien esta rebaja. Como veis en la foto, las frutas están muy saludables. Como no tiene pan y la panadería de al lado está cerrada, y no quiero hacerme un sándwich de Bimbo (que con el resto del pan de molde no sabría qué hacer), le compro un yogur (29 cts) y, pago por todo 1,20€. Un enorme gasto para una doble molestia. No me ha devuelto el céntimo sobrante. ¿Confirma esto que en Alemania ya no usan esta moneda? Pero los tenderos están a las duras y a las maduras. La tienda se llama Edeka y en el anagrama aparece un oso WWF. Paro en un pretil y pego las pegatinas en mi diario. Fotografío todo. 
 
Voy comiendo por el camino tres bananas. La piel de la primera doble, la tiro en contenedor correcto para compostaje. La siguiente, como no quiero echarla en un contenedor vacío, la tiro en una zanja cuando paso por un cañaveral pero, cuando comienzo la tercera, empieza a llover. Me refugio bajo el cobertizo de una casa, que puede ser garaje o trastero. Como el yogur mientras espero a que escampe. Como no quiero rebuscar mi cucharilla, lo he comido haciendo de la tapa cuchara. Un gato se me acerca para saludarme y le doy el plástico para que relama los restos del yogur. Cuando amaina la lluvia, vuelvo a salir carretera adelante. Ya no es la pista para ciclistas que traía, sino una carretera general.

Büttel.
Entrando al pueblo siguiente, cae agua de lo lindo y me refugio bajo la tejavana de una parada de autobús. Son las dos y media y esto parece el diluvio universal. Aguanto un rato parado, pero al amainar la lluvia, sigo adelante. 
 

Unas veces, la foresta me quita algo de lluvia. Menos mal que ahora el carril bici, paralelo a la carretera, se separa algo de ella y no me trae el agua que despiden las ruedas de los vehículos pesados. También me evita que el agua de los charcos formados en la carretera, que entra en cascada al arcén, llegue hasta el carril. En algunos sitios, las salpicaduras llegan hasta el carril-bici. Paso por delante de la fábrica Bayer. Lo leo en una alta chimenea que así aleja de la población sus gases contaminantes. 


Seguro que inicuos no son. La lluvia sigue intermitente. Creo que estoy entre Büttel y Brunsbüttel. Ha parado algo la lluvia. La carretera y el carril bici, me lleva por bonito paraje entre árboles, hacia la fábrica Sava. 

 

Sigo pues en zona industrial antes de llegar a la gran ciudad dividida de Brunsbüttel. Digo dividida, y luego sabréis por qué. Todavía debo pasar bajo un gran tubo verde, con la fábrica Sava todavía a la vista, que me hace pensar en que este tubo todavía pertenezca a ella. Este gran tubo pasa también por encima de la carretera, por lo que le han tenido que construir un puente a suficiente altura. ¿Suficiente? Este puente tiene un fallo, no indica la altura para advertir a los vehículos pesados que circulen por la carretera. ¿Hasta dónde llegará este tubo? Ya he pasado por varias fábricas, además de Bayer y Sava, y creo que esta zona industrial pertenece más a Brunsbüttel que a Büttel, pero no lo puedo asegurar.

Brunsbüttel. Ferry.
Llego a esta gran ciudad. La señal de Información me la anuncian hacia el río. Pienso que no puede ser, que se trata de algún error, pero sí que es indicación correcta pues, para llegar a la oficina de Turismo, es necesario coger el ferry. Dos chicos no han sabido decirme dónde está Turismo. Un hombre me insiste en que siga todo recto. Encuentro una bifurcación, así que lo de todo recto no vale. La señal no está nada clara. No sé cuál de las dos direcciones coger. 
 
Por fin llego al ferry. Por suerte, se trata de un ferry gratuito, al menos para los ciudadanos que van de un lado al otro de la ciudad, a pie o en coche. También el ayuntamiento se anuncia en el otro lado. Nada más montar en el ferry, pregunto al encargado de los botones y me dice que suba, que enseguida salimos y que es gratis. Levanta las cortas cartolas y partimos. Me he sorprendido con la gratuidad y él muestra sorpresa con mi viaje. 

 
Pero inicia la maniobra y ya no le veré hasta la salida. Así pasamos el Nord-Ostsee-Kanal que, a saber desde dónde viene. No me extrañaría que llegara hasta el Báltico. 
 




El Fähre Berlin enfila hacia el otro lado de la ciudad. Aquí no hay nada a cubierto cerrado. Sólo una tejavana que es como un sendero de entrada y salida. Por suerte ya ha dejado de llover. 
 

Al tinglado cubierto se asciende por escaleras, pero sólo es para el piloto y los auxiliares, si es que hay alguno más que el que maneja los botones. Llegamos enseguida al otro lado de la ciudad. Saco una foto cuando están saliendo los ciclistas. Antes de salir, pregunto al de los botones, que también se ha encargado de la maniobra de llegada, y me dice que no sabe dónde está el Rathaus. Me despido de él. Hemos llegado a las 15:35 horas.

Brunsbüttel al otro lado del kanal.
Ya estoy en la parte principal de la ciudad. Va a ser el lugar donde voy a pernoctar. Ya estoy adelantando acontecimientos. En diez minutos ya estoy en la iglesia. Lo que más me sorprende es ver en el tejado tres ojos rasgados. Las clásicas ventanas de curvas horizontales que he visto en algunas granjas. Es la primera vez que las veo en una iglesia. La fotografío entre árboles. Cuando vaya a cenar la veré más detenidamente. 

 








Ahora lo que quiero es encontrar el ayuntamiento, pues quiero que me informen sobre alojamientos. Encuentro a una mujer con una niña y me indica por dónde encontrar el Rathaus. Lo dice como si estuviera en el último carajo. Así que me lo paso sin enterarme. Cuando estoy finalizando la calle, veo la señal en sentido contrario, así que retrocedo y lo encuentro. Se trata de un tosco edificio que tiene hiedra en la base pero que, en las alturas ha perdido sus hojas en su mayor parte, lo que le hace parecer con la fachada deteriorada, cuando en la realidad está bastante bien conservado. No veo signo de Información, así que pregunto y un señor me dice que está al final de la calle, hacia el ferry. Vuelta para atrás.

Información al Turismo.
Llego y me atiende una chica. Le digo que quiero una cama barata para esta noche. Me ofrece Hüttendorf, que son unas cabañas de madera, y me da el folleto. Me enseña fotos de las casitas. Me pide 20€ por noche. Me parece bien y, cuando va a llamar, le digo que vengo caminando desde España y, como es lógico, no se lo cree. Me reserva la cabaña y yo me carcajeo por su incredulidad. Luego le explico que este es mi tercer verano desde que empecé a venir hacia aquí. Me da plano de la ciudad para que pueda llegar a LUV que está muy escondido aunque, finalmente, logro llegar.

LUV Hüttendorf.
Llego a una explanada donde veo varias cabañas de madera. Entro en una que está abierta, donde veo a una mujer y dos hombres en el exterior. Ellos me dicen cuál es el edificio de recepción. Allí me atiende una mujer y e dice que rellene un papel y me da un reloj de plástico que abre puertas. La de entrada, la de la cabaña y la del WC y las duchas, que las tengo a 10 metros de la cabaña. 


Pago los 20€ pero en metálico, no me deja pagar con Visa. Me ha asignado la primera cabaña. La mujer me acompaña a la mía, pero la puerta no anda muy católica. Parece ser que la de mis vecinos tiene la misma pega. Son una pareja de ciclistas que han llegado después que yo. Él me ha visto en calzoncillos en su visita de inspección a las duchas. A la mujer del LUV se le ha olvidado coger la llave del armario de las ropas y ha tenido que volver para darme el cobertor granate de la cama. Parece ser que tengo que dormir dentro de mi saco. Eso se verá. Dentro de la cabaña hay buena temperatura. A las 16:45 horas, estoy fotografiando la cabaña, una de cerca, la otra de más lejos. He cagado, me he duchado (una buena ducha) a temperatura que no he necesitado retocar, y escribo en camiseta. 
 

Al volver a la cabaña, de nuevo me ha costado abrir. Dedico un rato a la intendencia. Guardar los mapas obsoletos, doblar bien el nuevo y a escribir el diario. Voy a mantener a mano el de los albergues alemanes. Creo que los de Büsum y Husum me podrán venir bien antes de llegar a las islas y Dinamarca. También guardo las cositas que voy almacenando (facturas, Visa, prospectos, unas aves para preguntar a Marta, etc…) y meterlos en la mochila. Cuando empiezo a escribir, recibo una nueva llamada al móvil. No descuelgo. Si el 19 fue del 34912041965, esta vez es de otro número igual, pero acabado en 903. Juraría que es el propio Lebara quien las hace, para robarme otro euro los días en que yo no uso el teléfono. Pero esta vez, no me van a robar nada. Hace unos días encontré una funda de paraguas que le va de maravilla al mío. Así que hoy la uso y si no lo tengo que abrir, mejor. No son aún las siete y media, cuando me dispongo a salir para buscar cena. Como mi comida ha sido frugal, me apetece comer adecuadamente.


Paseo tardío por Brunsbüttel.
Noto que ha empezado a llover por el ruido que hacen las gotas de agua al caer sobre el tejado de la cabaña. No es óbice como para que no vaya a hacer un recorrido por la ciudad y sacar las últimas fotos de la jornada. Me resisto, pero tengo que abrir el paraguas. Aunque no sea negra, la funda le sienta muy bien, pero no hay otra que desenfundarla. 


Camino por un parque y el kanal que, desde este lugar, me parece un lago. Paso el puente azul y recorro la calle principal. Veo dos heladerías italianas, un chino, un asiático, un griego y otro que se llama Dubrovnik, y que se ofrece como comida internacional. Aunque el griego no admite ningún tipo de pago con tarjeta, casi está decidido que cenaré en él. ¿Será que ya estoy deseando de dejar el Norte y empezar a recorrer el Mediterráneo? Me dejo llevar por algunas premoniciones. Llego a otra torre de las mías, entre panóptico y del agua, y la fotografío. 
 
Después me acerco a la iglesia que ya he visto antes. Anuncian catedral, pero esta iglesia no me parece muy catedralicia. Aunque a lo mejor, o a lo peor, lo sea. Probablemente sea otrá que está más alejada. Son las ocho menos diez y, a este lado del tejado, sólo una ventana de ojo rasgado en horizontal, como las tres ya comentadas.

Restautant Syrtaki.
Como casi ya estaba decidido, regreso al Syrtaki, aunque no para bailarlo, sino para cenar. Pido Tzatziki, sopa griega (que lleva alubias), y dos brochetas. Intento pedir vino, pero 20 cl. Cuestan casi 5€, así que me contento con una cerveza Warsteiner por 3€. Pagará 21,40€, sin Visa y me obsequian con una copita de Uzo (similar al raky turco). Me la beberé despaciosamente de postre, esperando que amaine el temporal. En la servilleta viene el mapa de Grecia y alguna de sus islas. 


De las 21 islas que visitaré en 2018, sólo aparecen: Rhodos, Kasos, Kárpathos, Samos, Chios y Lesvos. También hay un pequeño diccionario greco-germano: Kaliméra, Kalispéra, Kaliníchta, Efharistó… En la calle sigue lloviendo. Saco una foto con el tzatziki, la sopa de alubias y la cerveza. A las 9:15 horas, amaina la lluvia y me voy a mi cabaña.

Regreso a mi cabaña.
Como sigue lloviendo, tengo que abrir el paraguas. El camino de regreso, como sabido, es más rápido. Amaina la lluvia. Para abrir, debo tirar fuertemente de la manilla para que se abra la puerta. Para las nueve y media ya estoy acostado. Sólo dos levantadas para orinar, pero hay que vestirse y no olvidarse de coger el reloj-llave. No cuesta mucho calentar de nuevo el saco, pero la cabaña ha perdido ya el calor inicial. El rollo de la esterilla lo he colocado debajo del colchón para que me eleve la cabeza, pues falta la almohada. No he encontrado mejor solución.

Balance de jornada por el Elbe.
Un día de lluvia, pero con baño. No lo hacía desde la etapa 12. La novedad ha sido dormir en una cabaña. La cena griega sin mucho misterio con recuperación de sabores y léxico. Tengo un recorte de periódico con foto de una carrera nudista, algunos desnudos tapan sus rostros con careta, y otro recorte de cómo van las clasificaciones de las futbolistas en Canadá. La final será el día 6 de julio en Vancouver.

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