Etapa 16 (457) Wingst-Glückstadt
Etapa
16 (457), 21 de junio de 2015, domingo.
Wingst-Oberndorf-Hemmoor-Osten-Wischafen-(Elbefähre)-Glückstadt.
Amanecer
en el hipódromo de Wingst.
Para
las cuatro ya ha empezado a amanecer. Trinan los pajarillos. Aguanto
en el saco hasta las 5:10 horas. Saco foto antes de recogerlo todo en
mi mochila.
Desde la última grada de la tribuna para los
espectadores, se aprecia el circuito de carreras de caballos. Para
las 5:20 ya estoy en marcha.
No tiene sentido estar aquí, incómodo,
más tiempo. Todo lo que adelante para llegar a destino a buena hora,
me resultará más rentable. ¿Quién sabe a qué hora desayunaré
estando en lugar tan inhóspito. Ayer salté la valla, pero hoy
prefiero dar un pequeño rodeo. Saco foto de la pista y las
caballerizas.
También la pista de arena donde compiten los equinos.
Sigo por carretera. Vuelvo a pasar cerca de una hermosa casa por la
que ayer pasé dos veces, una de ida y otra de regreso del último
bosque. Es una casa señorial y no está aislada. Hay otras cercanas.
Continúo hasta las señales que vi ayer y me encuentro con una
carretera que lleva a casas y que me hacen retroceder. Por otra
cortada, que sigo, y me lleva a carretera principal. El arranque ha
sido malo pero, al llegar a la nueva carretera y no saber hacia dónde
seguir, aparece un señor mayor en bici, quien me dice cuál es la
dirección correcta para llegar a Oberndorf. Me añade que, en el
cruce siguiente, tire hacia levante.
He cometido un gran error pues,
si le hubiese dicho Hemmoor me habría orientado en otra dirección.
De esta forma, voy a hacer unos cuantos kilómetros de propina. Ya no
tienen remedio mis lamentos. Voy haciendo fotos.
Carretera
a Oberndorf.
Este
paseo matutino entre las seis y las siete, una vez orientado y con
buena señalización, me hace ir tranquilo por la carretera. Saber
que llegaré a Oberndorf me da seguridad aunque, una vez llegado,
allí no sabré hacia dónde tirar pues, estando en el mismo paralelo
del lugar por donde debo pasar en ferry el Elbe, no está nada claro
en mi mapa si las rayas que aparecen serán camino o canal.
Seguramente, lo más acertado será seguir la carretera hacia el Sur,
hacia Hemmoor. De momento camino por asfalto fijándome en el
paisaje. Una gran llanada. El cielo se va despejando y azulea, aunque
nubes bajas ensucian el horizonte a lo lejos, Como no sé de dónde
viene aquí el mal tiempo, tampoco sé si son nubes ya pasadas o que
vendrán a buscarme.
Por la hora tempranera, la humedad, que se ha
ido apoderando de estas praderas de hierba por la noche, ahora tiende
a evaporarse, produciendo unos efectos especiales en el paisaje. En
un entrante del camino, en esta zona en que la hierba ya ha sido
segada, aprovecho para descargar mi intestino y dejar allí mi óbolo.
Había un coche con su ocupante y me he tenido que meter un poco más
al interior. Un enorme chorizo, quizás el más consistente, de todos
los que he ido dejando los días anteriores desde que vengo
caminando, Casi avasalla mi sandalia. Especialmente interesante son
las zonas donde hay arbolado, donde el ascenso de la humedad produce
unos efectos fantasmagóricos. Disfruto con los conjuntos de árboles
desdibujados por la neblina, en contraste con el arbolado nítido más
próximo. Llego a un trigal, donde el movimiento de las espigas,
empujadas por el viento, dan un movimiento como de olas, bellísimo,
a este espacio que va pasando del verde al amarillento. Como el
cereal ya está madurando, las púas, ¿se puede hablar de púas de
trigo, igual que se dice de las púas del pino?, al ser tan etéreas,
también desdibujan o, mejor, difuminan el paisaje, dándole una
apariencia pictórica.
A pesar de que camino sin desayunar, disfruto
de estas bellas imágenes gratuitas que me ofrece este paisaje de
llanura.
Oberndorf.
De
esta forma, llego al cementerio de Oberndorf. Un cementerio amplio,
donde cada muerto dispone de su espacio de ocio y tranquilidad.
Grandes árboles y otros menores, delimitan el recinto.
Cada tumba
dispone de terreno donde son plantados, como en arriates, pequeños
arbustos y flores, según el gusto de los familiares…,
probablemente dando gusto al fallecido, poniéndole las flores que
prefería en vida. No es mal comienzo para entrar en este pueblo y
ver que si cuidan tan bien a sus muertos, mejor tratarán a los vivos
que les visitan. Una vez en el pueblo pues, como suele ser habitual,
salvo en los que tienen el cementerio aledaño a la iglesia, los
cementerios se alejan un poco del espacio urbano, paso por una casa
en donde, las flores que adornan su entrada, no son cultivadas, como
las del cementerio, sino silvestres. Me llaman la atención unos
digitales que, con sus variados colores en cada una de las flores de
su alta vara, me asombra, ¡cómo ofrecen su trompeta a insectos y,
en especial, a las abejas, para tentarles a llevarse su néctar! Es
la maravilla de la naturaleza. ¿Cómo será la transformación de su
polen en rica miel, siendo una planta considerada entre las
venenosas? Siendo plantas silvestres, da la sensación que las han
puesto allí ex
profeso.
Están justamente a espalda de la leñera, el lugar donde los
propietarios de la casa almacenan la leña para encender el fuego y,
en especial para la calefacción de invierno. Un vehículo que me
ofrece su matrícula trasera me da la clave CUX, por si se me ha
olvidado que estoy en la región de Cuxhaven. Llego a un canal con
esclusa que, en realidad, es canalización del río Oste. Paso por
una casa típica del lugar, muy similar a la imagen que me ofrecía
el mapa de albergues del correspondiente a Wingst, al que ayer no
pude llegar ni, por tanto, ver.
La peculiaridad de aquel mapa que me
va señalando todos los jugendherberge
de Alemania y que recorté prescindiendo de los del Sur, alejados del
mar, es que también abarca parte de los del Báltico. Lo conservaré
para cuando llegue a ese mar, para mí desconocido. Sin embargo,
siendo ese mi proyecto, el de bajar de Dinamarca a esa parte Este de
Alemania, no se producirá y esos albergues no los utilizaré, porque
pasaré en ferry de Gedser (Dinamarca) a Rostock (Alemania), mucho
más al Este que lo que abarca dicho mapa.
Hecho este inciso, debo
decir que en Oberndorf no encuentro ningún sitio para desayunar. No
quiero decir con ello que no lo haya pero al menos, en hora tan
tempranera de domingo, no lo he visto. Desayunaré en Hemmoor.
Oberndorf-Hemmoor.
Voy
saliendo de Oberndorf por carretera con dique a mi izquierda. Bosque
a mi derecha y algunos árboles sobre el dique. Fotografío la señal
de finalización del primero y el indicador de que debo recorrer
siete kilómetros si quiero ganarme el desayuno. No han pasado ni
diez minutos, cuando me encuentro con una peculiaridad que no había
visto en ningún dique.
Llegando a un punto, la continuidad del dique
se interrumpe. Está cortado a tajo. Como al otro lado está el
canal, probablemente una ramificación del río Oste, han puesto una
valla protectora, para evitar que animales y personas caigan al agua.
Sin embargo, en caso de crecida del río, hay unas guías que
permitirán reestructurar dicho dique, poniendo nuevas barreras,
aunque me supongo que jamás harán falta.
Pronto llego a una granja.
Sus edificios propios de la zona en su estructura de vigas y
enladrillado, no guardan excesiva diferencia de los del resto de los
germanos que he ido viendo hasta ahora. La peculiaridad de éste es
que, cercano a la carretera, han colocado un antiguo tractor, ya
obsoleto que, enganchado a un carromato, ofrece un maniquí femenino
y tiestos con flores. Unos plásticos en ambas manos, zarandeados por
el viento, hacen que se preste más atención al conjunto. Como no sé
alemán, tampoco puedo saber si se ofrecen plantas y flores u otros
productos, si es un agroturismo o, sin ofrecer nada para la venta, se
trata sólo de un regalo visual para el caminante que pasa. El
maniquí masculino, desnudo y con camisa, que vi ayer dando el pego
de casa habitada cuando no lo estaba, contrasta con el de esta dama
que atrae mi mirada aunque discretamente vestida.
Poco después veo
un animal que diría que es un cabrón, pero las dudas me surgen por
mi desconocimiento de Belcebú. Distingo bien una oveja de una cabra,
pero con este macho me pierdo. Su apariencia corpórea me recuerda a
la de un cordero adulto, pero los cuernos que yo he visto en los
carneros, no son como estos, aquellos se parecen más a los rodetes
de la Dama de Elx. Yo diría que sus cuernos son más propios de un
macho cabrío por lo que, aunque vaya dando vueltas al tema, el
haberlo calificado de cabrón nada más verlo, me confirma en que
debo dejarme llevar por la intuición como premisa y luego
desarrollar la hipótesis, confirmatoria o falsatoria.
Llegando a Kreidesee, contemplo el canal, o río, que se presnta en
este lugar casi cubierto por nenúfares, las Ninfeas de Monet, de
l’Orangerie. Están floridos, pero no son las flores de grandes
pétalos, entre rosadas y azuladas, que el pintor impresionista
pintaba en aquellos enormes lienzos. Éstas son amarillas y pequeñas.
En pocos minutos, llego al primer destino de esta mañana.
¿Encontraré el desayuno que anhelo? Rondando las ocho de la mañana,
estoy hambriento.
Hemmoor.
La
entrada al pueblo no tiene nada de espectacular, aunque mi amigo
Martín, gran conocedor de mecánica, disfrutaría viendo lo primero
que veo. Se trata de una exposición al aire libre de motores,
espirales, hélices, y otros artilugios mecánicos diseñados para
ser útiles en las diversas industrias, agrarias y marítimas, pues
una barcaza también se exhibe junto a ellos, la Hemmoor 3.
Desde la
carretera, también veo el molino, pero está desmochado. No le han
prestado el cuidado necesario, y han permitido que pierda sus aspas.
Quizás también el eje que permitía la molienda del grano. A pesar
de estar amputado en su parte más característica, sus aspas, lo
fotografío. Sobre las casas que tengo delante de él, a la
izquierda, también asoma el pincho de la iglesia, que luego
fotografiaré. No veo ningún sitio para desayunar. ¿Quizás lo
encuentre alrededor de la iglesia?
Esa es mi esperanza. Dando las
campanadas de las ocho en la iglesia, llego a su entorno y no hay
nada que hacer. Las matrículas de los vehículos siguen siendo CUX.
Sin encontrar ningún establecimiento donde poder desayunar, pregunto
a una mujer que barre la calle, ¿fruntuck?,
y me dice que vaya a la gasolinera.
Repostando
en la gasolinera.
Si
los vehículos necesitan combustible para rular, mi combustible es
alimentario y lo necesito para seguir mi camino. Desde antes de las
cinco y media estoy sin parar y son más de las ocho cuando llego a
esta gasolinera de la ESSO. Tiger Wash me invita también a que me
lave, pero hoy pasaré sin lavatorio. Entro en la tienda, donde cada
uno se prepara su brebaje. Me acerco a dos hombres que se están
haciendo su capuchino pero llega la encargada y prepara el mío. Le
pido un croissant
y
una especie de pinka,
pero que lleva queso. Hubiese preferido que fuera dulce, pero me la
como. Ayer no cené. Pago en efectivo 3,80€. Hay también tres
hombres desayunando en la otra mesa alta, y a mí me rodean una chica
y un hombre mayor, ambos son voluntarios de Cruz Roja. Parecen falsos
crucificados, pues la cruz que llevan en sus camisetas no es roja
sino granate.
El mayor me prepara un plan para llegar a Wischhafen
pero por Drochtersen. Yo, mirando mi mapa, no lo veo adecuado, puesto
que me alejaría hacia el Este, cuando lo que me conviene es empezar
a subir hacia el Norte, pero a lo mejor hay un camino mejor, sin
tanta carretera y más bonito. Ella me propone un plan que me parece
mucho más racional, pasando por Osten. A pesar de que les he dicho
que mi camino es a pie, ellos se ofrecen a llevarme en su coche. Nos
despedimos y ellos se quedan charlando. Al salir, fotografío la para
el recuerdo de mi repostaje.
De
Hemmoor a Osten. Puente colgante.
Son
las ocho y media cuando salgo. Antes de llegar al primer cruce, veo
cómo pasar el coche de la Cruz Roja con mis amigos diseñadores de
trayectos. Allí ya me surgen las primeras dudas. Fotografío una
iglesia, de menores dimensiones que la que he visto al llegar, con
sol de cara entre nubes. Es señal de que mi camino, que iba hacia el
Sur, ahora va hacia el Este. Al principio voy temiendo que la
carretera me lleve a Drochtersen, como me ha indicado el mayor de los
de la Cruz Roja, pero veo el desvío Osten a la izquierda. Las dudas
se van aclarando cuando, ya en carretera general, con buen carril
bici y peatonal a la derecha, va a pasar por encima de un ancho río.
Un cartel en la carretera lo menciona como el río Oste.
Eso me lleva
a pensar que la “n” final del pueblo es un sufijo de pertenencia
que da nombre a un pueblo que da nombre al río, o viceversa. Este
río es afluente del Elbe, al que nutre ya en su desembocadura. De
haber seguido ayer por el dique, en lugar de por interior, lo hubiese
pasado por Neuhaus o Bellum. Es un río ancho y, cuando lo estoy
pasando por el puente, veo otro, éste colgante, que me hace recordar
el de Rochefort (Francia) y el de Portugalete (País Vasco español),
ambos pasados en mi peregrinaje europeo.
No creo que haya muchos más
puentes colgantes de este tipo en el mundo. Lo fotografío, aunque en
este momento está parado. Cuando he pasado al otro lado del Oste,
dudo si me conviene acercarme o no a tan curioso puente, pero no
quiero descuidarme con el tiempo, ya que no sé a qué hora llegare
al ferry que me cruce el Elbe y prefiero no perder un tiempo que
supongo será innecesario.
Este indicador, me hace pensar que el
puente funciona y que transportará coches, aunque lo haya visto
parado y lejano. Menos mal que he visto el puente colgante, si no,
ese paralelismo de nombres me habría hecho pensar en que esa
dirección me llevaría al ferry por el Elbe. Evitada la tentación
de ir a Osten, continúo carretera adelante. Durante una hora, no
vuelvo a sacar ninguna foto más.
Hacia
Wischhafen.
El
paisaje es de llanura y ofrece pocas sorpresas. La carretera es la
B-73 que, a falta de carril bici, ofrece amplio arcén. Más
adelante, volveré a disponer de carril bici. Pocos ciclistas
circulan por él. Una hora más tarde tengo oportunidad de darle al
pulsor, para inmortalizar un tractor que circula cargado con
cilindros herbáceos.
El campesino los traslada para alimentar su
ganado. Le saludo y me saluda al pasar. Para ellos también es una
novedad ver a un caminante con mochilas por sus tierras. Éste no
lleva matrícula CUX, y STD no sé a qué departamento de esta
federación pertenecerá. Sobre las once llevo a mi izquierda un
terreno en que su cosecha es de piedras agrupadas en montoncitos.
Me
sorprende tan cuadriculada cosecha y me lleva a pensar que sean los
restos de alguna construcción que se hubiese destruido y cuyos
restos están allí a la espera de que surja la necesidad de usarlas
en otro lugar. A falta de nada mejor, este amplio terreno está
cumpliendo las funciones de un gran almacén de material.
Avanzando,
cuando llego a una casa que con buena apariencia en su base, ofrece
un techado de paja bastante deteriorado también, las piedras que
antes veía agrupadas, ahora las veo como si delimitaran espacios,
aunque también de una forma muy ácrata. Más adelante, en el
terreno intermedio entre la calzada y el carril para las bicicletas,
por el que voy yo también y pocos ciclistas, el rojo de sus pétalos
me distraen de la monotonía de un paisaje bastante anodino. Por eso
fotografío un grupo de amapolas con sus capullos antes de reventar y
alguna cápsula que no acabará siendo adormidera, ni ninguna droga
de las denominadas blandas.
En un momento determinado, el carril-bici
va a un nivel inferior que el de la carretera, impidiéndome la
visión de señales. Confío en que no se produzca ninguna desviación
hacia la derecha, fundamental para mis intereses, ya que por allí
transcurre el Elbe, y me la pierda. Han puesto unos pivotes
llamativos porque el asfalto se está hundiendo hacia el precipicio
de la izquierda. Alguno se está escorando hacia el interior. Menos
mal que, a pesar de que mi volumen es amplio, con mis dos mochilas,
no me impide pasar entre ellas y el declive de la carretera. Creo que
debieran haber cortado primero la hierba y haber puesto los pivotes
en su espacio, de forma que no se comieran el estrecho carril bici…
pero no les quiero llamar cabezas cuadradas.
Llegando a zona agraria
con alguna casa aislada, veo unas flores junto a una tapia, rosas
amarillas e iris cuya campánula aún no ha reventado de sus
capullos. Recoloco una de las rosas que estaba caída hacia atrás y
las fotografío. Como el amarillo simboliza la amistad, recibo estas
flores como signo de amistad para el caminante. Junto al camino y la
carretera, un recolector de manzanas ofrece en bolsas el obsequio de
sus manzanos.
Hay una hucha y el que se lleva una o más bolsas,
puede y debe depositar allí su dinero. Me parece una bonita muestra
de confianza. Si hubiera estado el granjero, o la granjera, a la
vista, le habría comprado un par, pero una bolsa supondría añadir
demasiado peso a mis ya cargadas espaldas. Está llegando la hora del
mediodía cuando continúo mi caminar. Son las doce y media cuando ya
compruebo que me estoy acercando a Wischhafen. A lo lejos veo que se
van parando los coches en la carretera.
No tienen, como yo, otra
alternativa que el ferry para pasar al otro lado del Elbe y, se
supone, todos pretendemos lo mismo. Lo malo será que algún vehículo
desee seguir a derecha o a izquierda. Supongo que, el que no necesite
ferry, tendrá accesos alternativos y que esta cola será habitual.
Embarcadero
de Wischhafen.
El
anuncio Elbefähre ha ido desapareciendo y ahora sólo se lee
Wischhafen. Este nombre significaría el puerto de Wisch, aunque no
sé la razón por la que unas veces los alemanes escriben “hafen”
y otra “haven”.
Más adelante me encuentro con los vehículos,
parados o a medio parar, y los voy sobrepasando y dejándolos atrás.
Prioridad, el peatón. ¿Cuándo ocurrirá esto en las ciudades? Allí
la circulación de vehículos sólo la plantean pensando en ellos.
Los semáforos son un trastorno para el libre paseo de los ciudadanos
y se ponen para su seguridad cuando, si no entrasen apenas vehículos
en la ciudad, su seguridad estaría garantizada.
Bastaría con
dibujar pasos de cebra y hacer las calles peatonales, que animaran a
caminar a todo el mundo, incluidos los ancianos de movilidad reducida
y prohibiendo, skates, bicis, patinetes, etc., por las aceras. Pero
olvidemos la ciudad, y centrémonos en el camino. Después de pasar
por donde la cola se está agrupando, luego lo hago por donde está
ya parada y bien parada.
No viene ningún coche en sentido contrario,
lo que me hace pensar que el ferry no está todavía en este lado.
Cuando empiezan a pasar ya sé que están saliendo de él, pero los
que montarán conmigo, deben esperar a que salgan todos. Ver estos
coches parados y los que vienen, me da mucha tranquilidad. Ya sé que
tengo ferry y que lo voy a poder coger sin problemas. Una escultura
de un hombre a tamaño mayor que el natural, no sé qué significado
tiene. Cuando llego al embarcadero, todavía están saliendo
vehículos del ferry. Los que esperan subirán al ferry después que
yo. ¡Qué bien! ¡Prioridad el peatón! Ha sido un divertimento ver
las caras de conductores y familias desesperadas por la espera.
También llegar el último y montar entre los primeros. Cuando llego
acaba de salir el último coche del ferry y está entrando el primero
de los que esperan. También la primera moto.
Los primeros en entrar
han sido ciclistas y peatones. También para salir, los primeros
serán los primeros.
Ferry por el Elbe.
Ya
subido en el ferry, pago 2€. Le pregunto al cobrador algo, no
recuerdo qué, y me responde malhumorado que él no está para eso.
Desde el ferry, saco foto del Elbe bogando hacia Glükstadt y de los coches que han embarcado con nosotros. También auto-caravanas, motos, bicicletas y alguna tabla enorme de surf, quizás de pádel. Los motores inician la maniobra de salida y, mientras ésta se desarrolla, fotografío el alejamiento del puerto de embarque de Wischhafen.
Antes de coger la ruta que nos lleve al otro lado, debemos esperar a que llegue y se posicione para desembarcar, el ferry que viene del otro lado.
El trasiego de un lado al otro, se ve que es continuo. Algunos de los vehículos que yo he adelantado, tendrán que esperar a este siguiente o, quizás, al que venga después. También me entretengo fotografiando los limos del Elbe que afloran a la superficie más quizás que los que vi al volver de las Frisias holandesas. Nos cruzamos con otro, el Wilhelm Krooss, que también viene a tope.
También nuestro ferry se va acercando al desembarcadero. En el fango veo gran cantidad de patos con sus palmípedas patas chapoteando sobre el humedal que da la sensación que los va a sorber a todos y pasarlos a peor vida. Pero no hay peligro. Sus patas con membranas impiden que tal cosa ocurra.
Por fin llegamos a puerto. Bajo el segundo. El primero ha sido uno que tiene aparcado su coche.
Desde el ferry, saco foto del Elbe bogando hacia Glükstadt y de los coches que han embarcado con nosotros. También auto-caravanas, motos, bicicletas y alguna tabla enorme de surf, quizás de pádel. Los motores inician la maniobra de salida y, mientras ésta se desarrolla, fotografío el alejamiento del puerto de embarque de Wischhafen.
Antes de coger la ruta que nos lleve al otro lado, debemos esperar a que llegue y se posicione para desembarcar, el ferry que viene del otro lado.
El trasiego de un lado al otro, se ve que es continuo. Algunos de los vehículos que yo he adelantado, tendrán que esperar a este siguiente o, quizás, al que venga después. También me entretengo fotografiando los limos del Elbe que afloran a la superficie más quizás que los que vi al volver de las Frisias holandesas. Nos cruzamos con otro, el Wilhelm Krooss, que también viene a tope.
También nuestro ferry se va acercando al desembarcadero. En el fango veo gran cantidad de patos con sus palmípedas patas chapoteando sobre el humedal que da la sensación que los va a sorber a todos y pasarlos a peor vida. Pero no hay peligro. Sus patas con membranas impiden que tal cosa ocurra.
Por fin llegamos a puerto. Bajo el segundo. El primero ha sido uno que tiene aparcado su coche.
Glückstadt.
Me
dirijo hacia el dique del río. Ahora retrocediendo hacia el Sur. El
Elbe, que llevaba a mi derecha, sigue estando a mi derecha, pero voy
en sentido contrario.
La hierba ha sido segada y recogida, pero algunas partículas secas el viento las ha acumulado al borde del carril bici asfaltado. Con el viento, son briznas volanderas. Pregunto por el albergue a dos mujeres. Una no sabe, pero la otra sí.
Me dice que está mucho más adelante pero, ese mucho, ¿cuánto será? Tengo la ventaja de que en el mapa de albergues ya viene la foto y sé cómo es. ¿Lo reconoceré? Siguiendo el dique, descubro una familia de cisnes, padre, madre y los patitos feos. Llegando al inicio de la población, invierto el orden y doy prioridad a comer que al albergue. Me meto por una calle que me ofrece un Donner-Kebab. Como giropita de cordero y una ensalada, que como más a gusto que el bocadillo turco-griego.
Sólo he comido la mitad y bebo ½ litro de cerveza. Pago 11€. Paso por una bonita plaza con pequeña iglesia, en la que destaca su torre, en uno de sus vértices. Me gusta y tendré oportunidad de visitarla por dentro a última hora de la tarde. Esta iglesia peculiar está en la plaza principal de Glückstadt. Siguiendo por un canal, después salgo al puerto.
El canal está en el medio de la calle y hay carretera a ambos lados y las viviendas correspondientes. A ambos lados del canal hay arbolado no muy tupido. Están para mi gusto, muy espaciados y tienen poco espacio de hierba para disfrutar de su sombra. Si el canal estuviera más limpio, más que su sombra, destacarían sus reflejos arbóreos en el agua. No es el caso. Me parece que está bastante descuidado. El puerto, ofrece graderío de madera muy a propósito para descansar y conversan.
Varias parejas lo hacen y se les ve cómodos en su conversación. Veo veleros de altos mástiles que se reflejan en el agua. Por el puerto deportivo, voy acercándome al albergue juvenil. Un velero con el nombre de Thule, me hace recordar a la princesa Sigrid de las historias del Capitán Trueno, con Goliat y Crispín. En cuanto salían al mercado, compraba todos los números, también los del Corsario Verde. ¿Dónde acabarían mis colecciones aquellas?
La hierba ha sido segada y recogida, pero algunas partículas secas el viento las ha acumulado al borde del carril bici asfaltado. Con el viento, son briznas volanderas. Pregunto por el albergue a dos mujeres. Una no sabe, pero la otra sí.
Me dice que está mucho más adelante pero, ese mucho, ¿cuánto será? Tengo la ventaja de que en el mapa de albergues ya viene la foto y sé cómo es. ¿Lo reconoceré? Siguiendo el dique, descubro una familia de cisnes, padre, madre y los patitos feos. Llegando al inicio de la población, invierto el orden y doy prioridad a comer que al albergue. Me meto por una calle que me ofrece un Donner-Kebab. Como giropita de cordero y una ensalada, que como más a gusto que el bocadillo turco-griego.
Sólo he comido la mitad y bebo ½ litro de cerveza. Pago 11€. Paso por una bonita plaza con pequeña iglesia, en la que destaca su torre, en uno de sus vértices. Me gusta y tendré oportunidad de visitarla por dentro a última hora de la tarde. Esta iglesia peculiar está en la plaza principal de Glückstadt. Siguiendo por un canal, después salgo al puerto.
El canal está en el medio de la calle y hay carretera a ambos lados y las viviendas correspondientes. A ambos lados del canal hay arbolado no muy tupido. Están para mi gusto, muy espaciados y tienen poco espacio de hierba para disfrutar de su sombra. Si el canal estuviera más limpio, más que su sombra, destacarían sus reflejos arbóreos en el agua. No es el caso. Me parece que está bastante descuidado. El puerto, ofrece graderío de madera muy a propósito para descansar y conversan.
Varias parejas lo hacen y se les ve cómodos en su conversación. Veo veleros de altos mástiles que se reflejan en el agua. Por el puerto deportivo, voy acercándome al albergue juvenil. Un velero con el nombre de Thule, me hace recordar a la princesa Sigrid de las historias del Capitán Trueno, con Goliat y Crispín. En cuanto salían al mercado, compraba todos los números, también los del Corsario Verde. ¿Dónde acabarían mis colecciones aquellas?
Jugendherberge
Glückstadt. Eckhard.
Entro
en el albergue. Enseguida lo he localizado, de lejos, por la foto de
detrás de mi mapa. ¡Qué diferente al de ayer! No lo pude
localizar. ¿Dónde estaría? Cuando llego, son las tres, pero no lo
abren hasta las cuatro. También espera una mujer con su hijo
pequeño. Aprovecho la espera para escribir el diario, que lo llevo
retrasado desde ayer. Estoy cansado pero con mejores perspectivas,
siempre que encuentre plaza. No se ven niños ni monitores en el
entorno. Quizás sea porque hoy es domingo, como me ocurrió en
Ameland y que llegaron al día siguiente. El lunes se fue animando
aquel albergue. Antes de las cuatro, aparecen por allí un hombre y
una joven. Él atiende primero a la primera y, después, a mí. Se
muestra altanero y no me da mucho juego, pero me da un buen plano que
me servirá para localizar mañana la oficina de turismo y para
desenvolverme esta tarde por la ciudad.
También me ofrece otro, pero lo rechazo porque no ofrece más que el primero y el que ya tengo. Me da la habitación 114 y pago 28€ con Visa. En el anagrama, aparece un pato corriendo veloz en moto. Con política de agrupar, más que la de dispersar, la habitación la comparto con un alemán. En toda la tarde no veo a nadie más. Veremos mañana qué ocurre en el desayuno que es de ocho a nueve. Debo abandonar la habitación para las 10. Hay 60 kilómetros hasta el siguiente albergue de Büsum. Subo a la habitación y fotografío el puerto desde el ventanal. Me afeito y ducho y, cuando me estoy metiendo en bolas en la cama, para recuperarme un poco, pues verdaderamente lo necesito, entra el alemán. Le saludo y él habla y habla hasta que se da cuenta que en su idioma no podemos entendernos. Tampoco en el mío. ¡Pero no me conoce a mí! El hombre, toma un yogur. Se llama Eckhard. De momento, estoy acostado hasta las seis y media. El alemán se ha ido, pero ha vuelto y se ha dispuesto a hacer su cena tempranera. Me levanto, me visto y voy al baño. Cuando vuelvo, echando mano de mi diccionario (tres caras en las que escribí, antes de salir de Irun, unas palabras en castellano, alemán, danés y polaco), trato de hilvanar alguna frase que le pueda resultar comprensible. Echando mano de mis mapas de las Frisias, tratar de llevar una conversación. Así consigo romper el fuego y la incomunicación que se podía presagiar. Consigo que me escriba en un papel los nombres de la semana en alemán. Dato que lo añade en mi diccionario: Montag, Dienstang, Mittwoch, Donnerstag, Freitag, Samstag (Sonnabend) y Sonntag (como Susan). Otra coincidencia es que él hizo el Camino de Santiago en 2007, al año siguiente al que lo hice yo, pero él hizo el francés y yo el de la costa.
Me voy, pasando por el retrete, pero vuelvo para coger agua en la habitación, que tiene el grifo más alto y cabe mejor la botella, que el que hay en el WC. Tanto el retrete como la ducha están ambos en el pasillo, justo al lado de la habitación. Con agua, salgo parsimonioso para visitar algo más de este pueblo, antes de que oscurezca.
También me ofrece otro, pero lo rechazo porque no ofrece más que el primero y el que ya tengo. Me da la habitación 114 y pago 28€ con Visa. En el anagrama, aparece un pato corriendo veloz en moto. Con política de agrupar, más que la de dispersar, la habitación la comparto con un alemán. En toda la tarde no veo a nadie más. Veremos mañana qué ocurre en el desayuno que es de ocho a nueve. Debo abandonar la habitación para las 10. Hay 60 kilómetros hasta el siguiente albergue de Büsum. Subo a la habitación y fotografío el puerto desde el ventanal. Me afeito y ducho y, cuando me estoy metiendo en bolas en la cama, para recuperarme un poco, pues verdaderamente lo necesito, entra el alemán. Le saludo y él habla y habla hasta que se da cuenta que en su idioma no podemos entendernos. Tampoco en el mío. ¡Pero no me conoce a mí! El hombre, toma un yogur. Se llama Eckhard. De momento, estoy acostado hasta las seis y media. El alemán se ha ido, pero ha vuelto y se ha dispuesto a hacer su cena tempranera. Me levanto, me visto y voy al baño. Cuando vuelvo, echando mano de mi diccionario (tres caras en las que escribí, antes de salir de Irun, unas palabras en castellano, alemán, danés y polaco), trato de hilvanar alguna frase que le pueda resultar comprensible. Echando mano de mis mapas de las Frisias, tratar de llevar una conversación. Así consigo romper el fuego y la incomunicación que se podía presagiar. Consigo que me escriba en un papel los nombres de la semana en alemán. Dato que lo añade en mi diccionario: Montag, Dienstang, Mittwoch, Donnerstag, Freitag, Samstag (Sonnabend) y Sonntag (como Susan). Otra coincidencia es que él hizo el Camino de Santiago en 2007, al año siguiente al que lo hice yo, pero él hizo el francés y yo el de la costa.
Me voy, pasando por el retrete, pero vuelvo para coger agua en la habitación, que tiene el grifo más alto y cabe mejor la botella, que el que hay en el WC. Tanto el retrete como la ducha están ambos en el pasillo, justo al lado de la habitación. Con agua, salgo parsimonioso para visitar algo más de este pueblo, antes de que oscurezca.
Paseo
vespertino por Glückstadt.
Salgo
del albergue. Un hermoso yate en el puerto, el Seeteuf de Hamburgo.
Nadie dentro, al menos a la vista.
Al igual que yo que lo fotografío, un pato también lo contempla. Piensa: “Cómo podrá avanzar este bicho en el agua si no dispone de patas palmípedas”. Todavía no ha llegado a la lección de los motores y los combustibles. El azulón no tiene hembra. Está como yo, necesariamente célibe.
Antes de alejarme demasiado del lugar, fotografío también el albergue. No sé cuál de las habitaciones del primer piso es la que comparto con el alemán. Por la posición de la ventana cuando he sacado la foto desde arriba, sea la única que no está abierta en chaflán. La escalera de entrada a recepción y al resto de instalaciones interiores, no es la más adecuada para que accedan personas minusválidas o con deambulación reducida.
Continúo caminando por este lado del puerto y llego hasta la esclusa. Al otro lado, se contempla otro puerto deportivo con embarcaciones menores. Algunos veleros menores tienen altos mástiles. Un mamotreto que me ha parecido una grúa rodante, no sé qué función cumple. Quizás la de poner, y quitar, embarcaciones en el agua. El pueblo tiene pocas cosas interesantes para ver, pero me resulta grato. Tengo la ventaja de haber venido temprano y haber podido descansar un rato para disfrutarlo ahora.
Fotografiado el otro lado del puerto, ahora lo hago de la esclusa, que chorrea agua sobrante. Desde la esclusa saco otra foto del canal que hace de puerto y del albergue algo más alejado, pero que da una idea de las distancias en que me estoy moviendo. No se trata ahora de recorrer kilómetros, sino de disfrutar donde estoy.
Pocas veces llego a un albergue con tiempo suficiente como para poderlo hacer. Paso hacia el otro lado de la esclusa y del puerto, al otro lado del canal frontal al albergue. Me escoro hacia un parque. Un cerezo de cerezas blancas ¿Se pondrán rojas? Lo protegen con una red para que nadie las robe. Subo al dique, lo bajo. Voy por calle con tienda donde graban tatoos (tatuajes) en la piel (cada cual debe exponer la suya) y librerías. Parece que hasta han editado algún libro. Veo expuesto el libro escrito por un español, Juan Gómez Jurado, de título Zerrissen, se trata de un thriller y lo edita dtv.
Aunque no conozco ni he oído nada del autor, me hace gracia que un español tenga su espacio entre los lectores alemanes. Llego a una casa en construcción. Está hecha de forma muy sencilla, con bloque de cemento conformando las paredes. Ya está el entramado de madera para el tejado preparado. Sólo falta que lo icen y lo ensamblen. Me parece un sistema constructivo demasiado elemental como para que cien años viva. No lo veré.
También veo de lejos otra más de tantas torres panóptico como voy viendo en Alemania. Esta es quizás una de las más bellas. Me gusta tanto la base con su enladrillado bien diseñado como su voladizo con ventanas acristaladas. ¡Qué intriga! ¿Para qué los utilizarán. Me da pena no saber cuántas caras tiene ese poliedro y poder adivinar el número de ventanas por donde mirar.
Vigilar y castigar, vuelve a representárseme mentalmente. Cuando llego de nuevo a la plaza, me acerco a una farola central, que me hace recordar Sevilla y su Semana Santa. La fotografío con la iglesia al fondo.
También
fotografío otro hermoso edificio con dos arcos laterales, que
permiten el paso por la base de dos carreteras. Una niña subiendo
las escaleras. En la puerta del subsuelo leo un nombre: Ratskeller.
“Rats” me hace pensar en el Rathaus, pero también en ratas a las
que les gusta la cerveza Keller.
Al igual que yo que lo fotografío, un pato también lo contempla. Piensa: “Cómo podrá avanzar este bicho en el agua si no dispone de patas palmípedas”. Todavía no ha llegado a la lección de los motores y los combustibles. El azulón no tiene hembra. Está como yo, necesariamente célibe.
Antes de alejarme demasiado del lugar, fotografío también el albergue. No sé cuál de las habitaciones del primer piso es la que comparto con el alemán. Por la posición de la ventana cuando he sacado la foto desde arriba, sea la única que no está abierta en chaflán. La escalera de entrada a recepción y al resto de instalaciones interiores, no es la más adecuada para que accedan personas minusválidas o con deambulación reducida.
Continúo caminando por este lado del puerto y llego hasta la esclusa. Al otro lado, se contempla otro puerto deportivo con embarcaciones menores. Algunos veleros menores tienen altos mástiles. Un mamotreto que me ha parecido una grúa rodante, no sé qué función cumple. Quizás la de poner, y quitar, embarcaciones en el agua. El pueblo tiene pocas cosas interesantes para ver, pero me resulta grato. Tengo la ventaja de haber venido temprano y haber podido descansar un rato para disfrutarlo ahora.
Fotografiado el otro lado del puerto, ahora lo hago de la esclusa, que chorrea agua sobrante. Desde la esclusa saco otra foto del canal que hace de puerto y del albergue algo más alejado, pero que da una idea de las distancias en que me estoy moviendo. No se trata ahora de recorrer kilómetros, sino de disfrutar donde estoy.
Pocas veces llego a un albergue con tiempo suficiente como para poderlo hacer. Paso hacia el otro lado de la esclusa y del puerto, al otro lado del canal frontal al albergue. Me escoro hacia un parque. Un cerezo de cerezas blancas ¿Se pondrán rojas? Lo protegen con una red para que nadie las robe. Subo al dique, lo bajo. Voy por calle con tienda donde graban tatoos (tatuajes) en la piel (cada cual debe exponer la suya) y librerías. Parece que hasta han editado algún libro. Veo expuesto el libro escrito por un español, Juan Gómez Jurado, de título Zerrissen, se trata de un thriller y lo edita dtv.
Aunque no conozco ni he oído nada del autor, me hace gracia que un español tenga su espacio entre los lectores alemanes. Llego a una casa en construcción. Está hecha de forma muy sencilla, con bloque de cemento conformando las paredes. Ya está el entramado de madera para el tejado preparado. Sólo falta que lo icen y lo ensamblen. Me parece un sistema constructivo demasiado elemental como para que cien años viva. No lo veré.
También veo de lejos otra más de tantas torres panóptico como voy viendo en Alemania. Esta es quizás una de las más bellas. Me gusta tanto la base con su enladrillado bien diseñado como su voladizo con ventanas acristaladas. ¡Qué intriga! ¿Para qué los utilizarán. Me da pena no saber cuántas caras tiene ese poliedro y poder adivinar el número de ventanas por donde mirar.
Vigilar y castigar, vuelve a representárseme mentalmente. Cuando llego de nuevo a la plaza, me acerco a una farola central, que me hace recordar Sevilla y su Semana Santa. La fotografío con la iglesia al fondo.
Visita
a la iglesia.
Entonces
veo que la puerta de la iglesia está abierta. Me acerco, pero el
cura me dice que van a cerrar. A pesar de ello, me permite entrar y
hacer una visita rápida. Tres fotos que van a aportar muy poco para
el conocimiento de esta iglesia. La primera desde el pasillo y con la
nave central y el altar mayor. Poco que destacar, salvo el
balconcillo de madera de la izquierda.
El púlpito en posición poco ortodoxa, para mi gusto. El altar mayor me parece muy alejado y escondido, como para que puedan seguir bien la Misa los feligreses. La última, con una gran lamparón y hacia atrás, es otra muestra más para el olvido. Es una iglesia especial. Nunca había visto nada igual… Ni parecido… Lástima de lámparas recargadas, que pesan y tapan visión de lo que debiera ser prioritario, el sagrario como símbolo de Dios.
Cuando voy a salir, el cura ya ha echado la tranca y la tiene que volver a quitar. ¿Me quería atrapar para su fe, y dejarme atrapado a perpetuidad? Cuando salgo, me siento en las gradas de madera que antes he visto y como lo que me queda del kebab de mediodía. No está tan malo como esperaba y ahora, ya con hambre de nuevo, me lo como a gusto. Lástima que no encuentro un bar para tomarme una cerveza y, entrar en otro kebab, no me apetece. Bebo agua de mi botellín. Comienza a lloviznar. Me despisto, pero logro salir por el dique que me ha traído al venir. Vuelvo a la esclusa.
El púlpito en posición poco ortodoxa, para mi gusto. El altar mayor me parece muy alejado y escondido, como para que puedan seguir bien la Misa los feligreses. La última, con una gran lamparón y hacia atrás, es otra muestra más para el olvido. Es una iglesia especial. Nunca había visto nada igual… Ni parecido… Lástima de lámparas recargadas, que pesan y tapan visión de lo que debiera ser prioritario, el sagrario como símbolo de Dios.
Cuando voy a salir, el cura ya ha echado la tranca y la tiene que volver a quitar. ¿Me quería atrapar para su fe, y dejarme atrapado a perpetuidad? Cuando salgo, me siento en las gradas de madera que antes he visto y como lo que me queda del kebab de mediodía. No está tan malo como esperaba y ahora, ya con hambre de nuevo, me lo como a gusto. Lástima que no encuentro un bar para tomarme una cerveza y, entrar en otro kebab, no me apetece. Bebo agua de mi botellín. Comienza a lloviznar. Me despisto, pero logro salir por el dique que me ha traído al venir. Vuelvo a la esclusa.
Albergue:
escritura y a dormir.
La
lluvia se va animando, pero consigo llegar indemne a mi albergue.
Encuentro la puerta cerrada. Menos mal que llevo encima la clave:
00102E. Estaba escrito el PIN en la hoja con el patito corredor. He
aprovechado la tarde para localizar la oficina de Turismo para
mañana. Como supongo dormido al alemán, escribo en recepción, en
el mismo lugar en que lo he hecho antes. La máquina de las bebidas
mete un ruido infernal, de motor ya excesivamente trabajado que
reclama relevo. Es un descanso cuando para de cargar electricidad. En
el exterior está cayendo una copiosa lluvia. Son las 9:45 horas
cuando subo para acostarme. Eckhard está acostado, pero leyendo a
Voltaire con su luz individual. De las cuatro camas posibles, ambos
hemos elegido las dos bajeras. Yo he situado mi cabecera donde está
pensado para poner los pies. Así los dos, incorporando la almohada
como apoyo, miramos hacia la ventana. Saludo a Eckhard al entrar, me
desnudo y me acuesto. Durante la noche, tengo que salir al pasillo
para ir a orinar. Hoy ha comenzado el verano. ¡Vaya verano lluvioso!
Balance
de otra jornada en horizontal.
Si
la de ayer comenzó escorándose hacia el Este y acabó en el Sur, la
de hoy ha bajado algo más, acabando en zona un poco más elevada, al
otro lado del Elbe. Ya no me queda más que ir hacia arriba, hacia
Dinamarca. Todo va a ser ir hacia el Norte, siempre Norte, Norte. Sin
poderme bañar, la razón primordial para hacer mi viaje por la
costa, un día más anodino. Aunque le eche poesía a la descripción
de los paisajes, esto no se arregla ni con fantasía. Con todo, no sé
si porque me parece que el paisaje de las islas Frisias
Septentrionales va a mejorar, el caso es que mi llegada a Glückstadt
a la hora de comer y el descanso vespertino reparador, ya en el
albergue, el caso es que este pueblo me ha hecho sentirme bien.
También he tenido suerte con la ayuda que me han prestado los de la
Cruz Roja.


Comentarios
Publicar un comentario