Etapa 16 (457) Wingst-Glückstadt


Etapa 16 (457), 21 de junio de 2015, domingo.
Wingst-Oberndorf-Hemmoor-Osten-Wischafen-(Elbefähre)-Glückstadt.

Amanecer en el hipódromo de Wingst.
Para las cuatro ya ha empezado a amanecer. Trinan los pajarillos. Aguanto en el saco hasta las 5:10 horas. Saco foto antes de recogerlo todo en mi mochila. 

 

 


Desde la última grada de la tribuna para los espectadores, se aprecia el circuito de carreras de caballos. Para las 5:20 ya estoy en marcha. 
 
No tiene sentido estar aquí, incómodo, más tiempo. Todo lo que adelante para llegar a destino a buena hora, me resultará más rentable. ¿Quién sabe a qué hora desayunaré estando en lugar tan inhóspito. Ayer salté la valla, pero hoy prefiero dar un pequeño rodeo. Saco foto de la pista y las caballerizas. 
 

También la pista de arena donde compiten los equinos. Sigo por carretera. Vuelvo a pasar cerca de una hermosa casa por la que ayer pasé dos veces, una de ida y otra de regreso del último bosque. Es una casa señorial y no está aislada. Hay otras cercanas. 


Continúo hasta las señales que vi ayer y me encuentro con una carretera que lleva a casas y que me hacen retroceder. Por otra cortada, que sigo, y me lleva a carretera principal. El arranque ha sido malo pero, al llegar a la nueva carretera y no saber hacia dónde seguir, aparece un señor mayor en bici, quien me dice cuál es la dirección correcta para llegar a Oberndorf. Me añade que, en el cruce siguiente, tire hacia levante. 

He cometido un gran error pues, si le hubiese dicho Hemmoor me habría orientado en otra dirección. De esta forma, voy a hacer unos cuantos kilómetros de propina. Ya no tienen remedio mis lamentos. Voy haciendo fotos.

Carretera a Oberndorf.
Este paseo matutino entre las seis y las siete, una vez orientado y con buena señalización, me hace ir tranquilo por la carretera. Saber que llegaré a Oberndorf me da seguridad aunque, una vez llegado, allí no sabré hacia dónde tirar pues, estando en el mismo paralelo del lugar por donde debo pasar en ferry el Elbe, no está nada claro en mi mapa si las rayas que aparecen serán camino o canal. 
Seguramente, lo más acertado será seguir la carretera hacia el Sur, hacia Hemmoor. De momento camino por asfalto fijándome en el paisaje. Una gran llanada. El cielo se va despejando y azulea, aunque nubes bajas ensucian el horizonte a lo lejos, Como no sé de dónde viene aquí el mal tiempo, tampoco sé si son nubes ya pasadas o que vendrán a buscarme. 

Por la hora tempranera, la humedad, que se ha ido apoderando de estas praderas de hierba por la noche, ahora tiende a evaporarse, produciendo unos efectos especiales en el paisaje. En un entrante del camino, en esta zona en que la hierba ya ha sido segada, aprovecho para descargar mi intestino y dejar allí mi óbolo. Había un coche con su ocupante y me he tenido que meter un poco más al interior. Un enorme chorizo, quizás el más consistente, de todos los que he ido dejando los días anteriores desde que vengo caminando, Casi avasalla mi sandalia. Especialmente interesante son las zonas donde hay arbolado, donde el ascenso de la humedad produce unos efectos fantasmagóricos. Disfruto con los conjuntos de árboles desdibujados por la neblina, en contraste con el arbolado nítido más próximo. Llego a un trigal, donde el movimiento de las espigas, empujadas por el viento, dan un movimiento como de olas, bellísimo, a este espacio que va pasando del verde al amarillento. Como el cereal ya está madurando, las púas, ¿se puede hablar de púas de trigo, igual que se dice de las púas del pino?, al ser tan etéreas, también desdibujan o, mejor, difuminan el paisaje, dándole una apariencia pictórica. 
 
A pesar de que camino sin desayunar, disfruto de estas bellas imágenes gratuitas que me ofrece este paisaje de llanura.

Oberndorf.
De esta forma, llego al cementerio de Oberndorf. Un cementerio amplio, donde cada muerto dispone de su espacio de ocio y tranquilidad. Grandes árboles y otros menores, delimitan el recinto. 
 
Cada tumba dispone de terreno donde son plantados, como en arriates, pequeños arbustos y flores, según el gusto de los familiares…, probablemente dando gusto al fallecido, poniéndole las flores que prefería en vida. No es mal comienzo para entrar en este pueblo y ver que si cuidan tan bien a sus muertos, mejor tratarán a los vivos que les visitan. Una vez en el pueblo pues, como suele ser habitual, salvo en los que tienen el cementerio aledaño a la iglesia, los cementerios se alejan un poco del espacio urbano, paso por una casa en donde, las flores que adornan su entrada, no son cultivadas, como las del cementerio, sino silvestres. Me llaman la atención unos digitales que, con sus variados colores en cada una de las flores de su alta vara, me asombra, ¡cómo ofrecen su trompeta a insectos y, en especial, a las abejas, para tentarles a llevarse su néctar! Es la maravilla de la naturaleza. ¿Cómo será la transformación de su polen en rica miel, siendo una planta considerada entre las venenosas? Siendo plantas silvestres, da la sensación que las han puesto allí ex profeso

Están justamente a espalda de la leñera, el lugar donde los propietarios de la casa almacenan la leña para encender el fuego y, en especial para la calefacción de invierno. Un vehículo que me ofrece su matrícula trasera me da la clave CUX, por si se me ha olvidado que estoy en la región de Cuxhaven. Llego a un canal con esclusa que, en realidad, es canalización del río Oste. Paso por una casa típica del lugar, muy similar a la imagen que me ofrecía el mapa de albergues del correspondiente a Wingst, al que ayer no pude llegar ni, por tanto, ver. 

La peculiaridad de aquel mapa que me va señalando todos los jugendherberge de Alemania y que recorté prescindiendo de los del Sur, alejados del mar, es que también abarca parte de los del Báltico. Lo conservaré para cuando llegue a ese mar, para mí desconocido. Sin embargo, siendo ese mi proyecto, el de bajar de Dinamarca a esa parte Este de Alemania, no se producirá y esos albergues no los utilizaré, porque pasaré en ferry de Gedser (Dinamarca) a Rostock (Alemania), mucho más al Este que lo que abarca dicho mapa. 
 
Hecho este inciso, debo decir que en Oberndorf no encuentro ningún sitio para desayunar. No quiero decir con ello que no lo haya pero al menos, en hora tan tempranera de domingo, no lo he visto. Desayunaré en Hemmoor.

Oberndorf-Hemmoor.
Voy saliendo de Oberndorf por carretera con dique a mi izquierda. Bosque a mi derecha y algunos árboles sobre el dique. Fotografío la señal de finalización del primero y el indicador de que debo recorrer siete kilómetros si quiero ganarme el desayuno. No han pasado ni diez minutos, cuando me encuentro con una peculiaridad que no había visto en ningún dique. 
 
Llegando a un punto, la continuidad del dique se interrumpe. Está cortado a tajo. Como al otro lado está el canal, probablemente una ramificación del río Oste, han puesto una valla protectora, para evitar que animales y personas caigan al agua. Sin embargo, en caso de crecida del río, hay unas guías que permitirán reestructurar dicho dique, poniendo nuevas barreras, aunque me supongo que jamás harán falta. 
 
Pronto llego a una granja. Sus edificios propios de la zona en su estructura de vigas y enladrillado, no guardan excesiva diferencia de los del resto de los germanos que he ido viendo hasta ahora. La peculiaridad de éste es que, cercano a la carretera, han colocado un antiguo tractor, ya obsoleto que, enganchado a un carromato, ofrece un maniquí femenino y tiestos con flores. Unos plásticos en ambas manos, zarandeados por el viento, hacen que se preste más atención al conjunto. Como no sé alemán, tampoco puedo saber si se ofrecen plantas y flores u otros productos, si es un agroturismo o, sin ofrecer nada para la venta, se trata sólo de un regalo visual para el caminante que pasa. El maniquí masculino, desnudo y con camisa, que vi ayer dando el pego de casa habitada cuando no lo estaba, contrasta con el de esta dama que atrae mi mirada aunque discretamente vestida. 
 
Poco después veo un animal que diría que es un cabrón, pero las dudas me surgen por mi desconocimiento de Belcebú. Distingo bien una oveja de una cabra, pero con este macho me pierdo. Su apariencia corpórea me recuerda a la de un cordero adulto, pero los cuernos que yo he visto en los carneros, no son como estos, aquellos se parecen más a los rodetes de la Dama de Elx. Yo diría que sus cuernos son más propios de un macho cabrío por lo que, aunque vaya dando vueltas al tema, el haberlo calificado de cabrón nada más verlo, me confirma en que debo dejarme llevar por la intuición como premisa y luego desarrollar la hipótesis, confirmatoria o falsatoria
Llegando a Kreidesee, contemplo el canal, o río, que se presnta en este lugar casi cubierto por nenúfares, las Ninfeas de Monet, de l’Orangerie. Están floridos, pero no son las flores de grandes pétalos, entre rosadas y azuladas, que el pintor impresionista pintaba en aquellos enormes lienzos. Éstas son amarillas y pequeñas. En pocos minutos, llego al primer destino de esta mañana. ¿Encontraré el desayuno que anhelo? Rondando las ocho de la mañana, estoy hambriento.

Hemmoor.
La entrada al pueblo no tiene nada de espectacular, aunque mi amigo Martín, gran conocedor de mecánica, disfrutaría viendo lo primero que veo. Se trata de una exposición al aire libre de motores, espirales, hélices, y otros artilugios mecánicos diseñados para ser útiles en las diversas industrias, agrarias y marítimas, pues una barcaza también se exhibe junto a ellos, la Hemmoor 3. 
 
Desde la carretera, también veo el molino, pero está desmochado. No le han prestado el cuidado necesario, y han permitido que pierda sus aspas. Quizás también el eje que permitía la molienda del grano. A pesar de estar amputado en su parte más característica, sus aspas, lo fotografío. Sobre las casas que tengo delante de él, a la izquierda, también asoma el pincho de la iglesia, que luego fotografiaré. No veo ningún sitio para desayunar. ¿Quizás lo encuentre alrededor de la iglesia? 
 
Esa es mi esperanza. Dando las campanadas de las ocho en la iglesia, llego a su entorno y no hay nada que hacer. Las matrículas de los vehículos siguen siendo CUX. Sin encontrar ningún establecimiento donde poder desayunar, pregunto a una mujer que barre la calle, ¿fruntuck?, y me dice que vaya a la gasolinera.

Repostando en la gasolinera.
Si los vehículos necesitan combustible para rular, mi combustible es alimentario y lo necesito para seguir mi camino. Desde antes de las cinco y media estoy sin parar y son más de las ocho cuando llego a esta gasolinera de la ESSO. Tiger Wash me invita también a que me lave, pero hoy pasaré sin lavatorio. Entro en la tienda, donde cada uno se prepara su brebaje. Me acerco a dos hombres que se están haciendo su capuchino pero llega la encargada y prepara el mío. Le pido un croissant y una especie de pinka, pero que lleva queso. Hubiese preferido que fuera dulce, pero me la como. Ayer no cené. Pago en efectivo 3,80€. Hay también tres hombres desayunando en la otra mesa alta, y a mí me rodean una chica y un hombre mayor, ambos son voluntarios de Cruz Roja. Parecen falsos crucificados, pues la cruz que llevan en sus camisetas no es roja sino granate. 
 
El mayor me prepara un plan para llegar a Wischhafen pero por Drochtersen. Yo, mirando mi mapa, no lo veo adecuado, puesto que me alejaría hacia el Este, cuando lo que me conviene es empezar a subir hacia el Norte, pero a lo mejor hay un camino mejor, sin tanta carretera y más bonito. Ella me propone un plan que me parece mucho más racional, pasando por Osten. A pesar de que les he dicho que mi camino es a pie, ellos se ofrecen a llevarme en su coche. Nos despedimos y ellos se quedan charlando. Al salir, fotografío la para el recuerdo de mi repostaje. 

De Hemmoor a Osten. Puente colgante.
Son las ocho y media cuando salgo. Antes de llegar al primer cruce, veo cómo pasar el coche de la Cruz Roja con mis amigos diseñadores de trayectos. Allí ya me surgen las primeras dudas. Fotografío una iglesia, de menores dimensiones que la que he visto al llegar, con sol de cara entre nubes. Es señal de que mi camino, que iba hacia el Sur, ahora va hacia el Este. Al principio voy temiendo que la carretera me lleve a Drochtersen, como me ha indicado el mayor de los de la Cruz Roja, pero veo el desvío Osten a la izquierda. Las dudas se van aclarando cuando, ya en carretera general, con buen carril bici y peatonal a la derecha, va a pasar por encima de un ancho río. Un cartel en la carretera lo menciona como el río Oste. 
 
Eso me lleva a pensar que la “n” final del pueblo es un sufijo de pertenencia que da nombre a un pueblo que da nombre al río, o viceversa. Este río es afluente del Elbe, al que nutre ya en su desembocadura. De haber seguido ayer por el dique, en lugar de por interior, lo hubiese pasado por Neuhaus o Bellum. Es un río ancho y, cuando lo estoy pasando por el puente, veo otro, éste colgante, que me hace recordar el de Rochefort (Francia) y el de Portugalete (País Vasco español), ambos pasados en mi peregrinaje europeo. 
 
No creo que haya muchos más puentes colgantes de este tipo en el mundo. Lo fotografío, aunque en este momento está parado. Cuando he pasado al otro lado del Oste, dudo si me conviene acercarme o no a tan curioso puente, pero no quiero descuidarme con el tiempo, ya que no sé a qué hora llegare al ferry que me cruce el Elbe y prefiero no perder un tiempo que supongo será innecesario. 

Saco una segunda foto del puente colgante, con la visión del pincho de la torre de la iglesia de Osten y continúo adelante. Cuando la carretera me lleva al cruce donde podría tomar la dirección del pueblo y del puente, veo que los alemanes lo llaman Schwebefähre. El final, “Fähre”, es el mismo que utilizan para los ferris. 

Este indicador, me hace pensar que el puente funciona y que transportará coches, aunque lo haya visto parado y lejano. Menos mal que he visto el puente colgante, si no, ese paralelismo de nombres me habría hecho pensar en que esa dirección me llevaría al ferry por el Elbe. Evitada la tentación de ir a Osten, continúo carretera adelante. Durante una hora, no vuelvo a sacar ninguna foto más. 
Hacia Wischhafen.
El paisaje es de llanura y ofrece pocas sorpresas. La carretera es la B-73 que, a falta de carril bici, ofrece amplio arcén. Más adelante, volveré a disponer de carril bici. Pocos ciclistas circulan por él. Una hora más tarde tengo oportunidad de darle al pulsor, para inmortalizar un tractor que circula cargado con cilindros herbáceos. 
 
El campesino los traslada para alimentar su ganado. Le saludo y me saluda al pasar. Para ellos también es una novedad ver a un caminante con mochilas por sus tierras. Éste no lleva matrícula CUX, y STD no sé a qué departamento de esta federación pertenecerá. Sobre las once llevo a mi izquierda un terreno en que su cosecha es de piedras agrupadas en montoncitos. 
 
Me sorprende tan cuadriculada cosecha y me lleva a pensar que sean los restos de alguna construcción que se hubiese destruido y cuyos restos están allí a la espera de que surja la necesidad de usarlas en otro lugar. A falta de nada mejor, este amplio terreno está cumpliendo las funciones de un gran almacén de material. 


Avanzando, cuando llego a una casa que con buena apariencia en su base, ofrece un techado de paja bastante deteriorado también, las piedras que antes veía agrupadas, ahora las veo como si delimitaran espacios, aunque también de una forma muy ácrata. Más adelante, en el terreno intermedio entre la calzada y el carril para las bicicletas, por el que voy yo también y pocos ciclistas, el rojo de sus pétalos me distraen de la monotonía de un paisaje bastante anodino. Por eso fotografío un grupo de amapolas con sus capullos antes de reventar y alguna cápsula que no acabará siendo adormidera, ni ninguna droga de las denominadas blandas. 

En un momento determinado, el carril-bici va a un nivel inferior que el de la carretera, impidiéndome la visión de señales. Confío en que no se produzca ninguna desviación hacia la derecha, fundamental para mis intereses, ya que por allí transcurre el Elbe, y me la pierda. Han puesto unos pivotes llamativos porque el asfalto se está hundiendo hacia el precipicio de la izquierda. Alguno se está escorando hacia el interior. Menos mal que, a pesar de que mi volumen es amplio, con mis dos mochilas, no me impide pasar entre ellas y el declive de la carretera. Creo que debieran haber cortado primero la hierba y haber puesto los pivotes en su espacio, de forma que no se comieran el estrecho carril bici… pero no les quiero llamar cabezas cuadradas. 

Llegando a zona agraria con alguna casa aislada, veo unas flores junto a una tapia, rosas amarillas e iris cuya campánula aún no ha reventado de sus capullos. Recoloco una de las rosas que estaba caída hacia atrás y las fotografío. Como el amarillo simboliza la amistad, recibo estas flores como signo de amistad para el caminante. Junto al camino y la carretera, un recolector de manzanas ofrece en bolsas el obsequio de sus manzanos. 
 
Hay una hucha y el que se lleva una o más bolsas, puede y debe depositar allí su dinero. Me parece una bonita muestra de confianza. Si hubiera estado el granjero, o la granjera, a la vista, le habría comprado un par, pero una bolsa supondría añadir demasiado peso a mis ya cargadas espaldas. Está llegando la hora del mediodía cuando continúo mi caminar. Son las doce y media cuando ya compruebo que me estoy acercando a Wischhafen. A lo lejos veo que se van parando los coches en la carretera. 
 
No tienen, como yo, otra alternativa que el ferry para pasar al otro lado del Elbe y, se supone, todos pretendemos lo mismo. Lo malo será que algún vehículo desee seguir a derecha o a izquierda. Supongo que, el que no necesite ferry, tendrá accesos alternativos y que esta cola será habitual.


Embarcadero de Wischhafen.
El anuncio Elbefähre ha ido desapareciendo y ahora sólo se lee Wischhafen. Este nombre significaría el puerto de Wisch, aunque no sé la razón por la que unas veces los alemanes escriben “hafen” y otra “haven”. 
 
Más adelante me encuentro con los vehículos, parados o a medio parar, y los voy sobrepasando y dejándolos atrás. Prioridad, el peatón. ¿Cuándo ocurrirá esto en las ciudades? Allí la circulación de vehículos sólo la plantean pensando en ellos. Los semáforos son un trastorno para el libre paseo de los ciudadanos y se ponen para su seguridad cuando, si no entrasen apenas vehículos en la ciudad, su seguridad estaría garantizada. 
Bastaría con dibujar pasos de cebra y hacer las calles peatonales, que animaran a caminar a todo el mundo, incluidos los ancianos de movilidad reducida y prohibiendo, skates, bicis, patinetes, etc., por las aceras. Pero olvidemos la ciudad, y centrémonos en el camino. Después de pasar por donde la cola se está agrupando, luego lo hago por donde está ya parada y bien parada. 
No viene ningún coche en sentido contrario, lo que me hace pensar que el ferry no está todavía en este lado. Cuando empiezan a pasar ya sé que están saliendo de él, pero los que montarán conmigo, deben esperar a que salgan todos. Ver estos coches parados y los que vienen, me da mucha tranquilidad. Ya sé que tengo ferry y que lo voy a poder coger sin problemas. Una escultura de un hombre a tamaño mayor que el natural, no sé qué significado tiene. Cuando llego al embarcadero, todavía están saliendo vehículos del ferry. Los que esperan subirán al ferry después que yo. ¡Qué bien! ¡Prioridad el peatón! Ha sido un divertimento ver las caras de conductores y familias desesperadas por la espera. También llegar el último y montar entre los primeros. Cuando llego acaba de salir el último coche del ferry y está entrando el primero de los que esperan. También la primera moto. 


Los primeros en entrar han sido ciclistas y peatones. También para salir, los primeros serán los primeros.


Ferry por el Elbe.
Ya subido en el ferry, pago 2€. Le pregunto al cobrador algo, no recuerdo qué, y me responde malhumorado que él no está para eso. 

 
Desde el ferry, saco foto del Elbe bogando hacia Glükstadt y de los coches que han embarcado con nosotros. También auto-caravanas, motos, bicicletas y alguna tabla enorme de surf, quizás de pádel. Los motores inician la maniobra de salida y, mientras ésta se desarrolla, fotografío el alejamiento del puerto de embarque de Wischhafen. 

 











Antes de coger la ruta que nos lleve al otro lado, debemos esperar a que llegue y se posicione para desembarcar, el ferry que viene del otro lado. 
 
El trasiego de un lado al otro, se ve que es continuo. Algunos de los vehículos que yo he adelantado, tendrán que esperar a este siguiente o, quizás, al que venga después. También me entretengo fotografiando los limos del Elbe que afloran a la superficie más quizás que los que vi al volver de las Frisias holandesas. Nos cruzamos con otro, el Wilhelm Krooss, que también viene a tope. 
 


También nuestro ferry se va acercando al desembarcadero. En el fango veo gran cantidad de patos con sus palmípedas patas chapoteando sobre el humedal que da la sensación que los va a sorber a todos y pasarlos a peor vida. Pero no hay peligro. Sus patas con membranas impiden que tal cosa ocurra. 



Por fin llegamos a puerto. Bajo el segundo. El primero ha sido uno que tiene aparcado su coche.

Glückstadt.
Me dirijo hacia el dique del río. Ahora retrocediendo hacia el Sur. El Elbe, que llevaba a mi derecha, sigue estando a mi derecha, pero voy en sentido contrario. 



La hierba ha sido segada y recogida, pero algunas partículas secas el viento las ha acumulado al borde del carril bici asfaltado. Con el viento, son briznas volanderas. Pregunto por el albergue a dos mujeres. Una no sabe, pero la otra sí. 




Me dice que está mucho más adelante pero, ese mucho, ¿cuánto será? Tengo la ventaja de que en el mapa de albergues ya viene la foto y sé cómo es. ¿Lo reconoceré? Siguiendo el dique, descubro una familia de cisnes, padre, madre y los patitos feos. Llegando al inicio de la población, invierto el orden y doy prioridad a comer que al albergue. Me meto por una calle que me ofrece un Donner-Kebab. Como giropita de cordero y una ensalada, que como más a gusto que el bocadillo turco-griego. 
 

Sólo he comido la mitad y bebo ½ litro de cerveza. Pago 11€. Paso por una bonita plaza con pequeña iglesia, en la que destaca su torre, en uno de sus vértices. Me gusta y tendré oportunidad de visitarla por dentro a última hora de la tarde. Esta iglesia peculiar está en la plaza principal de Glückstadt. Siguiendo por un canal, después salgo al puerto. 

 
El canal está en el medio de la calle y hay carretera a ambos lados y las viviendas correspondientes. A ambos lados del canal hay arbolado no muy tupido. Están para mi gusto, muy espaciados y tienen poco espacio de hierba para disfrutar de su sombra. Si el canal estuviera más limpio, más que su sombra, destacarían sus reflejos arbóreos en el agua. No es el caso. Me parece que está bastante descuidado. El puerto, ofrece graderío de madera muy a propósito para descansar y conversan. 
 

Varias parejas lo hacen y se les ve cómodos en su conversación. Veo veleros de altos mástiles que se reflejan en el agua. Por el puerto deportivo, voy acercándome al albergue juvenil. Un velero con el nombre de Thule, me hace recordar a la princesa Sigrid de las historias del Capitán Trueno, con Goliat y Crispín. En cuanto salían al mercado, compraba todos los números, también los del Corsario Verde. ¿Dónde acabarían mis colecciones aquellas?


Jugendherberge Glückstadt. Eckhard.
Entro en el albergue. Enseguida lo he localizado, de lejos, por la foto de detrás de mi mapa. ¡Qué diferente al de ayer! No lo pude localizar. ¿Dónde estaría? Cuando llego, son las tres, pero no lo abren hasta las cuatro. También espera una mujer con su hijo pequeño. Aprovecho la espera para escribir el diario, que lo llevo retrasado desde ayer. Estoy cansado pero con mejores perspectivas, siempre que encuentre plaza. No se ven niños ni monitores en el entorno. Quizás sea porque hoy es domingo, como me ocurrió en Ameland y que llegaron al día siguiente. El lunes se fue animando aquel albergue. Antes de las cuatro, aparecen por allí un hombre y una joven. Él atiende primero a la primera y, después, a mí. Se muestra altanero y no me da mucho juego, pero me da un buen plano que me servirá para localizar mañana la oficina de turismo y para desenvolverme esta tarde por la ciudad. 
 

También me ofrece otro, pero lo rechazo porque no ofrece más que el primero y el que ya tengo. Me da la habitación 114 y pago 28€ con Visa. En el anagrama, aparece un pato corriendo veloz en moto. Con política de agrupar, más que la de dispersar, la habitación la comparto con un alemán. En toda la tarde no veo a nadie más. Veremos mañana qué ocurre en el desayuno que es de ocho a nueve. Debo abandonar la habitación para las 10. Hay 60 kilómetros hasta el siguiente albergue de Büsum. Subo a la habitación y fotografío el puerto desde el ventanal. Me afeito y ducho y, cuando me estoy metiendo en bolas en la cama, para recuperarme un poco, pues verdaderamente lo necesito, entra el alemán. Le saludo y él habla y habla hasta que se da cuenta que en su idioma no podemos entendernos. Tampoco en el mío. ¡Pero no me conoce a mí! El hombre, toma un yogur. Se llama Eckhard. De momento, estoy acostado hasta las seis y media. El alemán se ha ido, pero ha vuelto y se ha dispuesto a hacer su cena tempranera. Me levanto, me visto y voy al baño. Cuando vuelvo, echando mano de mi diccionario (tres caras en las que escribí, antes de salir de Irun, unas palabras en castellano, alemán, danés y polaco), trato de hilvanar alguna frase que le pueda resultar comprensible. Echando mano de mis mapas de las Frisias, tratar de llevar una conversación. Así consigo romper el fuego y la incomunicación que se podía presagiar. Consigo que me escriba en un papel los nombres de la semana en alemán. Dato que lo añade en mi diccionario: Montag, Dienstang, Mittwoch, Donnerstag, Freitag, Samstag (Sonnabend) y Sonntag (como Susan). Otra coincidencia es que él hizo el Camino de Santiago en 2007, al año siguiente al que lo hice yo, pero él hizo el francés y yo el de la costa. 
 
Me voy, pasando por el retrete, pero vuelvo para coger agua en la habitación, que tiene el grifo más alto y cabe mejor la botella, que el que hay en el WC. Tanto el retrete como la ducha están ambos en el pasillo, justo al lado de la habitación. Con agua, salgo parsimonioso para visitar algo más de este pueblo, antes de que oscurezca.

Paseo vespertino por Glückstadt.
Salgo del albergue. Un hermoso yate en el puerto, el Seeteuf de Hamburgo. Nadie dentro, al menos a la vista. 


Al igual que yo que lo fotografío, un pato también lo contempla. Piensa: “Cómo podrá avanzar este bicho en el agua si no dispone de patas palmípedas”. Todavía no ha llegado a la lección de los motores y los combustibles. El azulón no tiene hembra. Está como yo, necesariamente célibe. 
 
Antes de alejarme demasiado del lugar, fotografío también el albergue. No sé cuál de las habitaciones del primer piso es la que comparto con el alemán. Por la posición de la ventana cuando he sacado la foto desde arriba, sea la única que no está abierta en chaflán. La escalera de entrada a recepción y al resto de instalaciones interiores, no es la más adecuada para que accedan personas minusválidas o con deambulación reducida. 


Continúo caminando por este lado del puerto y llego hasta la esclusa. Al otro lado, se contempla otro puerto deportivo con embarcaciones menores. Algunos veleros menores tienen altos mástiles. Un mamotreto que me ha parecido una grúa rodante, no sé qué función cumple. Quizás la de poner, y quitar, embarcaciones en el agua. El pueblo tiene pocas cosas interesantes para ver, pero me resulta grato. Tengo la ventaja de haber venido temprano y haber podido descansar un rato para disfrutarlo ahora. 
 
Fotografiado el otro lado del puerto, ahora lo hago de la esclusa, que chorrea agua sobrante. Desde la esclusa saco otra foto del canal que hace de puerto y del albergue algo más alejado, pero que da una idea de las distancias en que me estoy moviendo. No se trata ahora de recorrer kilómetros, sino de disfrutar donde estoy. 
 

Pocas veces llego a un albergue con tiempo suficiente como para poderlo hacer. Paso hacia el otro lado de la esclusa y del puerto, al otro lado del canal frontal al albergue. Me escoro hacia un parque. Un cerezo de cerezas blancas ¿Se pondrán rojas? Lo protegen con una red para que nadie las robe. Subo al dique, lo bajo. Voy por calle con tienda donde graban tatoos (tatuajes) en la piel (cada cual debe exponer la suya) y librerías. Parece que hasta han editado algún libro. Veo expuesto el libro escrito por un español, Juan Gómez Jurado, de título Zerrissen, se trata de un thriller y lo edita dtv. 
 
Aunque no conozco ni he oído nada del autor, me hace gracia que un español tenga su espacio entre los lectores alemanes. Llego a una casa en construcción. Está hecha de forma muy sencilla, con bloque de cemento conformando las paredes. Ya está el entramado de madera para el tejado preparado. Sólo falta que lo icen y lo ensamblen. Me parece un sistema constructivo demasiado elemental como para que cien años viva. No lo veré. 
 

También veo de lejos otra más de tantas torres panóptico como voy viendo en Alemania. Esta es quizás una de las más bellas. Me gusta tanto la base con su enladrillado bien diseñado como su voladizo con ventanas acristaladas. ¡Qué intriga! ¿Para qué los utilizarán. Me da pena no saber cuántas caras tiene ese poliedro y poder adivinar el número de ventanas por donde mirar. 



Vigilar y castigar, vuelve a representárseme mentalmente. Cuando llego de nuevo a la plaza, me acerco a una farola central, que me hace recordar Sevilla y su Semana Santa. La fotografío con la iglesia al fondo. 


También fotografío otro hermoso edificio con dos arcos laterales, que permiten el paso por la base de dos carreteras. Una niña subiendo las escaleras. En la puerta del subsuelo leo un nombre: Ratskeller. “Rats” me hace pensar en el Rathaus, pero también en ratas a las que les gusta la cerveza Keller.


Visita a la iglesia.
Entonces veo que la puerta de la iglesia está abierta. Me acerco, pero el cura me dice que van a cerrar. A pesar de ello, me permite entrar y hacer una visita rápida. Tres fotos que van a aportar muy poco para el conocimiento de esta iglesia. La primera desde el pasillo y con la nave central y el altar mayor. Poco que destacar, salvo el balconcillo de madera de la izquierda. 
 

El púlpito en posición poco ortodoxa, para mi gusto. El altar mayor me parece muy alejado y escondido, como para que puedan seguir bien la Misa los feligreses. La última, con una gran lamparón y hacia atrás, es otra muestra más para el olvido. Es una iglesia especial. Nunca había visto nada igual… Ni parecido… Lástima de lámparas recargadas, que pesan y tapan visión de lo que debiera ser prioritario, el sagrario como símbolo de Dios. 



Cuando voy a salir, el cura ya ha echado la tranca y la tiene que volver a quitar. ¿Me quería atrapar para su fe, y dejarme atrapado a perpetuidad? Cuando salgo, me siento en las gradas de madera que antes he visto y como lo que me queda del kebab de mediodía. No está tan malo como esperaba y ahora, ya con hambre de nuevo, me lo como a gusto. Lástima que no encuentro un bar para tomarme una cerveza y, entrar en otro kebab, no me apetece. Bebo agua de mi botellín. Comienza a lloviznar. Me despisto, pero logro salir por el dique que me ha traído al venir. Vuelvo a la esclusa.

Albergue: escritura y a dormir.
La lluvia se va animando, pero consigo llegar indemne a mi albergue. Encuentro la puerta cerrada. Menos mal que llevo encima la clave: 00102E. Estaba escrito el PIN en la hoja con el patito corredor. He aprovechado la tarde para localizar la oficina de Turismo para mañana. Como supongo dormido al alemán, escribo en recepción, en el mismo lugar en que lo he hecho antes. La máquina de las bebidas mete un ruido infernal, de motor ya excesivamente trabajado que reclama relevo. Es un descanso cuando para de cargar electricidad. En el exterior está cayendo una copiosa lluvia. Son las 9:45 horas cuando subo para acostarme. Eckhard está acostado, pero leyendo a Voltaire con su luz individual. De las cuatro camas posibles, ambos hemos elegido las dos bajeras. Yo he situado mi cabecera donde está pensado para poner los pies. Así los dos, incorporando la almohada como apoyo, miramos hacia la ventana. Saludo a Eckhard al entrar, me desnudo y me acuesto. Durante la noche, tengo que salir al pasillo para ir a orinar. Hoy ha comenzado el verano. ¡Vaya verano lluvioso!

Balance de otra jornada en horizontal.
Si la de ayer comenzó escorándose hacia el Este y acabó en el Sur, la de hoy ha bajado algo más, acabando en zona un poco más elevada, al otro lado del Elbe. Ya no me queda más que ir hacia arriba, hacia Dinamarca. Todo va a ser ir hacia el Norte, siempre Norte, Norte. Sin poderme bañar, la razón primordial para hacer mi viaje por la costa, un día más anodino. Aunque le eche poesía a la descripción de los paisajes, esto no se arregla ni con fantasía. Con todo, no sé si porque me parece que el paisaje de las islas Frisias Septentrionales va a mejorar, el caso es que mi llegada a Glückstadt a la hora de comer y el descanso vespertino reparador, ya en el albergue, el caso es que este pueblo me ha hecho sentirme bien. También he tenido suerte con la ayuda que me han prestado los de la Cruz Roja.


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