Etapa 15 (456) Duhnen-Wingst


Etapa 15 (456), 20 de junio de 2015. Sábado.
Duhnen-Döse-Grimmershörn-Altenbruch-Otterndorf-Osterbruch-Bülkau-Wingst.
Amanecer en el albergue de Duhnen (Cuxhaven).
No me ducho, afeito, lavo. Pastilla y escribo. Saco foto de la habitación. Camiseta y calzoncillo cuelgan de perchas mientras se terminan de secar.

 






Las lavé ayer noche y, a falta de tendero… Para las siete y media salgo en busca de un cajero para sacar dinero. Me encuentro con el padre de las dos niñas y me dice que encontraré banco den la segunda plaza. Pero voy allí y no lo encuentro. 
Una chica se ofrece a acompañarme, pero aparece el hombre, que va con una de sus niñas en su coche, para y me indica una dirección donde no acabo de ver el banco. En la panadería me lo señalan. Está enfrente. En el cajero, hago la operación en francés, pues no ofrecen castellano. No me sale ningún justificante, aunque sé que me van a cobrar el 4% de los 200€ sacados. 
 
O sea que, el banco me va a robar 8€ por sacar mi dinero en Europa. Somos europeos para lo que quieren. Ahora, con dinero en el bolsillo, ya estoy más tranquilo. Si en el albergue no me cogen la tarjeta, tengo dinero con qué pagar. Saco foto del banco, donde leo: Stadtsparkasse. El anagrama Geldautomat parece ser el de Cajero Automático. Espero no necesitar más cajeros en Alemania. 
 
Si hubiese tenido que pagar en metálico, me habría quedado sólo con diez euros. Regreso al albergue. Voy más tranquilo que ayer, con la zozobra de no encontrar el albergue. En vez de hacer un regreso directo, me asomo a la playa. El cielo está encapotado. Sobre la arena, muchos asientos con baldaquino y muchas barreras paravientos entre los asientos que están en hileras más o menos informales. Los paravientos son como los que ya vi ayer, de ramitas enclavadas sobre la arena a cierta profundidad. Se ve que en saliente más noroeste de la desembocadura del Elbe, sopla más viento que el habitual. Por el mar surca un gran carguero repleto de contenedores. Con la marea baja, un pontón está ahora en dique seco en la orilla. Todos los asientos tienen su numeración y, en la segunda foto que saco de la playa, ya aparece un calvero azul en el cielo. Espero que sea de ese color como progrese el día. 
En el mapa que me han regalado en el albergue puedo comprobar que Cuzhaven está formado por un conjunto de pueblos que se comunican: Sahlenburg (por el que pasé ayer), Duhnen (donde estoy), Stickenbüttel (que no veré), Döse y Grimmers-hörn (por donde pasaré luego, camino hacia el Elbe, al que no llegaré hasta mañana. Paso por una rotonda que ofrece una escena que me parece muy kirsch. Un marinero sentado en un banco y una niña vestida con blusa y falda pero con flotador. Parece como si abuelo y nieta estuvieran manteniendo un diálogo. 
 
Luego llego a un pinar que es parque infantil. Los juegos propuestos son acordes al entorno arbolado. Leo: Seebrücke. A estas horas de la mañana, ningún niño lo disfruta. 
 





Una torre con tobogán y un barco, también de madera, harán las delicias de los infantes después de que se levanten y desayunen. 

Una bifurcación donde se señalan las dos opciones de albergue que ofrece Duhnen; Uno es el camping, campamento que fue lo primero que vi ayer y, la otra, la del jugendherberge, propiamente dicho, del grupo hostelling, que será el que veo a continuación, con su anagrama del triángulo azul, el abeto y la casita. 
 
Esta es la foto que completa mi paseo matutino antes de que sea la hora del desayuno.

Desayuno en el jugendherberge.
Cuando llego son poco más de las 7:45 horas y ya hay, en el comedor, niños y jóvenes desayunando. Para no tener cosas que vigilar, lo subo todo a la habitación. Bajo rápido y me coloco cerca de un espacio bien surtido. Hay máquina de agua caliente, café y descafeinado, pero sólo ofrecen leche fría en jarra. Pido a la cocinera que me caliente un vaso de leche. Me lo da en una jarrita. Tres mujeres grandonas se encargan de reponer lo que va faltando en el mostrador. No paran. Acaba de desayunar un alemán de mediana edad, cuya mujer estudió castellano. Él va de excursión, pero ella no, por lo que desayunará más tarde. Va con un grupo y tienen previsto caminar 12 kilómetros, con regreso en barco. Habla demasiado deprisa pero eso ya le he conseguido entender. Ha mostrado su sorpresa con el viaje que estoy haciendo y con mi meta de Polonia. Terminado el desayuno, voy a pagar a recepción. 
 
Preparando la estrategia.
En mesa aparte del mostrador, una mujer completa mis datos. También mi domicilio. El hombre me cobra con la Visa los 29,40€ previstos, cuyo gasto ya lo computé en mi diario como de ayer. No hay ningún problema con la tarjeta. Subo a la habitación y termino de escribir a las nueve. Bajo de nuevo. Cuando devuelvo la llave, me devuelven el carnet de Hostellin International. El recepcionista me da un mapa, poco detallado, pero que llega hasta Dinamarca. A falta de algo mejor, que espero encontrar, me servirá de algo. También tiene una relación de albergues y así compruebo que hay otro en Glückstadt, al otro lado del Elbe, que creo me servirá. Creo que para hoy y mañana me vendrá bien este mapa, aunque no detalla casi nada. Para hoy, veo que hay un albergue en Wingst que, aunque está hacia el interior, queda poco más al Sur del paso del ferry por el Elbe para llegar a Glückstrdt. Así me evitaré mucho tramo por la desembocadura del gran río. Si la cosa ya la considero fangosa y no me gusta, supongo que la ribera del río no me va a ofrecer nada mejor. Ir por el interior, tampoco me seduce, pero por algún sitio tengo que avanzar. El sol sale entre las nubes, pero el panorama del día no seduce para ir por la costa. Para la estrategia, ha sido una mañana productiva, y salgo contento del albergue de Duhnen, Cuxhaven. 
Hacia Döse y Grimmers-hörn.
No sabré en que momento paso de Duhnen a Döse, ni cuándo a Grimmers-hörn. Ahora no salgo por donde vine, sino que continúo por donde vi ayer seguir a los niños. Así, pronto llego a la playa. Pero primero veo el campamento donde, los niños y algún responsable, tienen montadas sus tiendas de campaña. Un arco metálico exclusiviza el paso sólo para los acampados. Leo en él: VGH. Hay que pasar por debajo de este arco de triunfo primordial, para llegar a la playa, pero me abstengo de hacerlo. Me basta con oír una voz masculina por un altavoz atronante, que está animando las jugadas de no sé qué deporte. 

No les puedo ver porque una duna repleta de hierba y matorral me tapa el horizonte. Todavía lo seguiré oyendo llegando a Döse. Se ve que celebran alguna competición. Parece que trata de darle más emoción al encuentro como suelen hacerlo los comentaristas de algunos partidos de fútbol. Es insoportable para el que no esté implicado en algún equipo o sea un jugador interesado. Menos mal que yo tampoco escucho los partidos de fútbol radiofónicos. Veinte minutos después, llego a la playa y a su chiringuito, el Strand-Bar. Una barcaza surca el mar de vacío. Al menos no se ven sus contenedores. 
A lo mejor lleva arena de algún dragado. La marea baja me permite ver una arena que, probablemente sea fango. Una línea de boyas parece delimitar el espacio de los baños, pero habrá que esperar a que haya agua. Con marea alta, hasta me habría bañado. ¿Quién lo sabe? En la arena dorada, que no sé si será artificial, traída de algún otro lugar, o propia de la duna natural del lugar, los mismos asientos, numerados, y los mismos paravientos. Sobre el dique, me voy alejando de Duhnen y acercando a Döse. En vaguada entre diques, un murete de cemento y un depósito, no sé qué función cumplen. 
Así llego al punto más al norte de la playa. Aquí anuncian windsurf y saltos de surf con parapente (Kitesurfen). Una torreta, que pudiera cumplir funciones de faro de bocana, la presentan con el nombre de Kugelbake o Lenkdrachen-flugfeld. Al fondo, en el otro lado del mar o desembocadura del río, veo muchos postes de energía eólica. Pienso que serán islas pero, mirando bien en mi mapa, acabo pensando que será el otro lado del Elbe. 
 
El cuello de Alemania hasta que se convierta en Dinamarca. Voy por encima del dique ya que aunque hace viento, al venir el aire de atrás, resulta más llevadero. Me lo frena la mochila y, además, me empuja. También, según voy doblando el cabo, la temperatura es más agradable y paro para quitarme el jersey. También me doy protector solar en los brazos. 
 
Una pareja de alemanes, de mi edad o mayores que yo, me acompañan durante un tramo de la bahía de Grünstrand. Lo harán hasta que lleguemos a Grimmers-hörn. Me van dando información de lo que vamos viendo al pasar. Los he visto poc antes de que se quitaran sus txamarras y se las pusieran atadas a la cintura. En la bahía los asientos playeros se encuentran sobre la hierba, en lugar de sobre la arena de la playa. 

Pero la realidad es que aquí, ni hay playa, ni casi arena. Ésta se acumula en los pequeños diques artificiales y solamente en uno de los lados. Si en marea baja no hay playa, en marea alta, mucho menos. No es de extrañar que acaparen la hierba. Alcanzo a la pareja y vamos caminando juntos. A nuestra derecha, pasamos relativamente cerca de la iglesia de Döse, que ofrece un campanario poco estilizado. Al fondo, estamos viendo otra con el pincho queriendo rasgar el cielo. 
 









Probablemente esta última ya pertenezca a Grimmers-hörn. Llegamos al puerto de este último lugar, donde un ferry ya está dispuesto para ir a la isla de Neuwerk y a otras islas de más al Norte. 

 




Nos despedimos al final del dique, puesto que ellos retornan al camping de Duhnen. Con este paseo, de ida y vuelta, hacen los diez kilómetros a pie. Es su paseo de todos los días. Me desean suerte para que termine bien el viaje. Ella me hablaba parte en alemán y parte en inglés, pero el hombre, todo en alemán. Os podéis suponer lo que he entendido. Fuera del dique, me cuesta salir de esta ciudad que, como el conjunto, pertenece a Cuxhaven. 

Me apetece acercarme a una de las torres de iglesia vistas de lejos y aprovecho para orinar en un rincón. A pie de un dique, fotografío un coche alemán, pero lo hago no por el modelo que, ni me gusta ni me disgusta, puesto que, quizás porque no he conducido nunca, los coches apenas me atraen, sino que lo hago por la matrícula. Ayer ya fotografié la del tren txu-txú, y lo comenté. Durante bastantes días, va a ser la matricula que más veré por las carreteras. CUX de Cuxhaven. 
 
En la valla que delimita el espacio correspondiente a una casa, veo unas flores que me agradan, especialmente las amapolas. Da la sensación de ser un jardín silvestre aunque no lo sea, pero las flores sencillas que veo me parecen asilvestradas, como si las viera sobre un campo de heno. 

 






Pronto paso por uno de los canales de esta ciudad antes que la costa se convierta en zona industrial, poco grata como para caminar por ella. Pocos barcos, algún velero, algún pesquero, algún deportivo amarrado a ambos lados de los diques. 
 
Llego a una linterna de algún antiguo faro que, por sus pequeñas dimensiones, me hace pensar en un faro de bocana, se me ofrece como escultura del paisaje. Me gusta y es mejor opción exponerla aquí, sin ya poder cumplir su función guiadora para pilotos marinos, que convertirla en chatarra. 

 













Todavía en zona industrial portuaria, veo una torre panóptico como la de anteayer que, de nuevo, me hace recordar a las torres del agua francesas. 


Me marcharé de Alemania sin saber qué función cumplen. Veo dicha torre desde dos posiciones.









Centro Cultural Gallego.
Es una pena que esté cerrado a la hora en que paso por allí. El cartel con la Coca-cola me hace pensar que puede que funciones como un bar normal, pero hoy no lo tienen abierto. Me habría encantado tener una conversación en mi idioma. 
 
Sin salir de Zona Portuaria.
Me equivoco de camino, y llego a un paso a nivel. Pasa la máquina de un tren con vagones de dos pisos, del tipo en que monté el primer día al llegar a Emden. También usaré otro similar de regreso de Polonia hacia Berlín. Las barreras bajan y debo esperar a que el tren pase. Han bajado demasiado pronto; se ve que se curan en salud. 
 
Tengo que esperar la aparición del tren y, aunque tengo la cámara preparada con tiempo, calculo mal su velocidad y acabo comiéndome el morro de la locomotora que hubiera querido fotografiar al completo. Un chico me hace retroceder al paso a nivel. Me había equivocado e iba en dirección incorrecta hacia Altenbruch. 
 
Todo me lo ha dicho en alemán y he entendido lo que me quería decir. Al menos eso es lo que creo. En el mar, veo que aún no he salido de la zona portuaria pues, a lo lejos, veo una grúa que carga o descarga (la distancia no me deja apreciarlo bien), un carguero. Paralelo a mí, después veo que pasa otro tren de dos pisos.

Con terreno cultivado por delante, ya estoy viendo a lo lejos los dos pinchos de las torres de la iglesia de Altenbruch, pero aún tardaré un buen rato en llegar a este nuevo pueblo.

Altenbruch.
Sigo la carretera hacia Altenbruch y llego a una torreta de dos pisos para ampliar la visión del observador que desee tener mayores horizontes. 



Una buena atalaya. A sus pies veo a cuatro adultos que, según parece, han aparcado debajo sus bicicletas, aunque son mayores y no tienen aspecto de ser cicloturistas. No tengo mucha gana de subir para ver un mar que ya lo tengo muy visto y continúo mi camino. 



Pronto llego a un pequeño puerto deportivo de este nuevo pequeño pueblo donde comeré. Un puerto que apenas tiene agua para que puedan flotar las embarcaciones. En el dique hay unas pocas ovejas y corderos. Cerca veo un faro y, quizás allí haya algo para comer. 
 
Los edificios que me parecían restaurante, no son más que los que corresponden a la esclusa, y el faro, bajito y regordete, se podrá ver bien desde el mar porque lo han construido por encima del dique. Sobre el dique, discurre un grupo, de más de veinte personas, en visita guiada.

 





La iglesia de Altenbruch.
Aunque no la pueda visitar por dentro, exteriormente es una de las más bonitas que he visto. No sólo por las dos torres que he visto desde tan lejos, sino por el conjunto y sus dimensiones. La fotografío desde tres posiciones. 

La primera desde atrás, que es por donde he llegado, después de dar una vuelta en balde para buscar restaurante por un lugar en donde no hay nada. No tiene ábside, pero la visión de los dos pinchos delanteros me hace ver la desproporción entre ellos y la altura de la nave, que parece ser sólo una central. 

 












La segunda ofrece las dos torres pegadas casi una a la otra, con poco espacio para crecer, puesto que los dos pinchos arrancan casi nada más finalizar la fachada. Son las doce y media cuando lo fotografío y, en la tercera, ya podemos ver toda la fachada delantera desde la torre cilíndrica aledaña con tejado cónico. El entorno de hierba y arbustos está muy bien cuidado y forman un conjunto equilibrado. Me gusta. No sé lo que os parecerá a vosotros. Unos niños salen de otro edificio y se dirigen a la iglesia. Van con una monitora que lleva una guitarra. ¿Habrán terminado el curso escolar? ¿Pertenecerán a un grupo de catequesis que prepara para la primera comunión? Pregunto y me responde la monitora que se trata de la escuela de los sábados. Será la catequesis, pienso yo. Todos los niños llevan paraguas hechos con cartulinas de colores.
Restaurante Panorama.
Me acerco al Hotel, pero el restaurante no funciona. Paso por la panadería y está cerrada. Avanzo en vano y, cuando estoy volviendo, dos chicas, una con gafas que quiere agradar, me dicen que vuelva a la costa. Equivoca, la de gafas, derecha con izquierda, pero le entiendo. Dudo si volver por el mismo sitio por el que he venido, pero veo indicador de strand y lo sigo. Así llego a la playa y, como sólo hay un restaurante, no tengo dudas. Un grupo de cicloturistas está cerca de la orilla. No sé si son los mismos que antes he visto en el faro cercano a la esclusa. Se trata del Panorama, donde dos camareras búlgaras me atienden muy bien. Una de ellas tiene todo el aspecto de ser de la raza gitana. Una gitana auténtica. Aunque casi siempre que pido espagueti suelo pedirlo boloñesa y hoy sólo me ofrecen carbonara, pero con setas, me animo a pedirlo. En realidad, no son espagueti, sino tagliatelle. 
 
La ensalada de canónigos está muy rica y le echo todo el mejunje preparado con ajillos. De los tres trozos de pan que me han servido, sólo como uno e incompleto con la ensalada. He bebido un cuarto de litro de tinto y me cogen la Visa. Pago 18,40€. Saco foto de la mesa cuando ya me lo he comido y bebido todo. La vista hacia el mar, con tanto verde de la hierba recortada es muy pacificadora. Un pero ciclista metálico me hace compañía. He quedado muy satisfecho y me pongo a escribir el diario hasta las 14:30 horas. Voy al retrete. He visto por dónde se va a Otterndorf, donde hay otro albergue, pero me olvido de él definitivamente. Si lo hubiera cogido habría sido mejor, pues voy a tener problemas para seguir por el dique.

Por el dique hacia Wingst 
pasando por Osterbruch.
Sigo por el dique pero, cuando quiero ir hacia Wingst, no me ofrece otra opción que Bellum y yo quiero ir bajando hacia el Sur. Decidir no albergarme en Otterndorf e ir hacia el de Wingst va a ser una de mis peores decisiones de un día que quería andar menos para compensar la paliza que me di ayer. 
 
A las 21:45 aún seguiré caminando sin obtener ninguna señal de dónde pueda estar el albergue. Pero no adelantemos acontecimientos. Por el camino, algunos charcos por las lluvias de jornadas pasadas que perduran. Por el mar pasan cargueros de un lado para otro. Unos cargados y otros descargados. La mayoría vienen del río Elbe. ¿En qué dirección? Quien lo sabrá. 
Algunas torretas ya han sido alcanzadas por la marea a punto de alcanzar la pleamar. Más cargueros en la misma dirección. Los canales que penetran por la marisma se van vaciando o llenando también de agua marina según los vaivenes intermareales. Ahora les toca llenarse. 

Fotografío en la cresta del dique a dos caminantes con bastones telescópicos. Balizas en el mar. Las olas llegan a las rocas y me da la impresión que aún no se ha alcanzado la pleamar. Cuando estoy llegando a la baliza que he visto de lejos que, me supongo, servirá para saber cuántos metros hay de profundidad y que, aunque yo no lo sepa, no importa puesto que lo importante es que lo sepan los pilotos, la costa se refuerza con travesaños de madera bien engarzados y fortalecidos. 
 

Al llegar a la misma torreta, con un dique que permite el acceso a la misma pero sólo en marea más baja que la que se soporta a estas horas, un cartel, por si alguien no lo ve con sus propios ojos, advierte del peligro de la subida de la marea. 

Veo el círculo rojo de señal de prohibición junto con la palabra verboten que, sin saber alemán, traduzco como prohibido. Más cargueros cargados del río hacia el mar. 
 



También algún yate de recreo. Monotonía de orilla, monotonía de dique. Aburrimiento mientras hago la digestión caminando. 

 
Sin abandonar el dique, entre otras razones, porque no puedo y, quizás, tampoco quiero.

 


En la zona de marisma ganada al mar, un gran rebaño de vacas está pastando sobre la hierba. Todas tumbadas rumiando, manteniendo una conversación que se repite todos los días. 

¿Llegará el salitre de la mar rizada transportada por el viento? ¿Estará la hierba salada? ¡Qué rica!, parece que dicen en su mudez. En el dique, y al otro lado de mi camino, un gran rebaño de ovejas de cara negra. Alguna, negra del todo. Fotografío a una de ellas, aislada, para que se aprecie mejor su cabezota de Belcebú. 
 
Tenéis suerte de que la veis de espaldas, mejor dicho, de culo. Como no hace mucho que he terminado de comer, no sueño con una cabecilla de cordero al horno, con ajillos. Luego veo más vacas blanquinegras por el lado de interior. Están en varios grupos. Por la cresta del dique empiezan a aparecer más postes con hélices de tres aspas para la obtención de energía eólica.


Otterndorf.
En realidad, aunque no entro todavía en la zona urbana de Otterndorf, por estar hacia el interior y me he empeñado en seguir por el dique, sí que paso por su costa. En ella las sillas hamaca protegidas aquí ofrece mayor variación colorista. 
 
Parece que están más impermeabilizadas que en otros lugares. No tienen la uniformidad numerada de las de otras playas anteriores. Dieciséis banderas en línea no me parece que estén los países europeos representados, quizás sean una representación de los estados federados en Alemania. 
 
Como las desconozco, no lo puedo asegurar. Esta costa me parece ingrata y las sillas están cerradas a cal y canto. ¿Quién va a venir a tomar el sol aquí? El asfalto de este carril, también para bicis, ofrece una novedad. En el lado más alejado del mar está completado con ladrillos con los agujeros a la vista ex profeso para ser pisados. 
 
Una pasarela de acceso al mar está `preparada para los bañistas, cuando los haya. A las cuatro llego a un lugar a borde de mar donde han hecho una especie de jakuzzi, donde quizás los niños puedan disfrutar protegidos del embate de las olas. No sé si también la usarán los jóvenes y los adultos pero, para el caminante, supone una ruptura en la monotonía del camino. 
 

Encuentro un lago que, probablemente, venga canalizado del mar pasando por alguna esclusa que no he visto. ¿O será un lago de verdad? Al otro lado hay un camping de caravanas y auto-caravanas. A este lado, una pequeña playa con diversiones para niños. Poco después llego a una pista de skate. 

 
Para ser tan pequeño el espacio que ocupa, no está tan mal diseñada, pero después de tener en mi ciudad la de Ficoba, no puedo hacer comparaciones. Estoy perdido, sin saber en qué dirección tirar para salir de este pueblo grande. Pregunto a un chico, pero no sabe ayudarme y pide colaboración a un recepcionista cercano que se asombra de mi viaje. 
 
Arranca de un folleto el mapa de la ciudad y me dibuja un recorrido que voy siguiendo a pies juntillas, a partir del lugar en que nos encontramos. Sigo el camino amarillo hasta llegar a la calle GroBe que, tras pasar un canal en el que hay una embarcación de recreo que, en estos momentos está varada y sin clientes a quienes transportar. Luego, el camino me va a llevar hacia la iglesia. Aunque sé que van a dar las cinco, el reloj de la iglesia no me lo puede confirmar, puesto que no le consigo ver las agujas, si es que las tiene. 
 
Fachada de ladrillo rojo y tejado de tejas es más de lo mismo en la factura de ésta, como ocurre en la mayoría de las iglesias alemanas que voy viendo hasta ahora. Es así como voy saliendo de Oterndorf.

De Oterndorf a Osterbruch.
Una vez visitado este pueblo que pretendía soslayar saliendo del dique un poco más adelante, voy caminando hacia Osterbruch. En mi mapa aparece en zona intermedia el nombre de otro, Neuenkirchen, pero no está claro que su núcleo poblacional esté en esta o en otra carretera que va hacia el Sur. 
 
La pista para ciclistas no me inspira confianza, ya que en ningún momento encuentro la dirección Wingst en ninguna de las flechas. Entro en una casa donde, en el porche, hay un maniquí en bolas pero con camisa. Está puesto para que el ladrón crea que hay alguien cuando la casa está vacía. El señor que me atiende me dice que no tengo otra que seguir la dirección Bülkau. Le hago caso. Lo primero que me llama la atención es un vasto campo de colza verde pero ya granada. 


Veo unas flores amarillas pero creo que, en estas fechas tan avanzadas del verano, dudo que sean de la gramínea. Más tarde me encuentro con una vaca en el prado, la nº 35, que es el que le cuelga del cuello, así como un artilugio en azul que no creo sea un cencerro sino un sucedáneo del mismo. No recuerdo que emitiera ningún sonido especial. 
 
Sus ubres están repletas de leche, que presiento más que lo pueda ver, y el rabo impregnado de mierda, o caca de vaca. Si el ordeño es mecánico, no hay ningún problema. Si fuera a mano, vendría bien el kaiku, de nuestros ancestrales caseríos vascos, para evitar que las vacas metieran sus rabos en la leche recién ordeñada. Y para completar la faena de aceite y leche, ya sólo me falta ver un campo de trigo verde, ya granado y empezando a ponerse dorado, para obtener el pan nuestro de cada día. 
 
Con este recorrido entre los dos pueblos tan completo en alimentos, llego a la iglesia de Osterbruch. A punto de dar las seis, lo que más me asombra es la torre de la iglesia, por su forma peculiar como si de un triángulo isósceles truncado se tratara. El pincho de la torre sería su vértice natural, si se tiraran dos líneas desde la base. La factura del resto de la iglesia es similar a las ya vistas.

De Osterbruch a Wingst: Bülkau.
Lo lógico era seguir por la carretera, sin titubeos hasta Wingst, donde me espera el albergue pero no sé lo que me pasa que acabo en Bülkau. Después del hombre del maniquí, en otro cruce, vuelvo a dudar. Saliendo de Osterbruch se me ofrecen las opciones de Neuhaus, que está hacia el Norte y Bülkau, hacia el Sur. 


Son dos puntos a los que no quiero ir, pero… Una chica en su jardín y otro chico que pasea, me dicen por dónde seguir a Bülkau. Es así como llego al pueblo al que no quería ir. Unos palos tiesos, con adornos vegetales en ramilletes, con cintas que los sujetan, me reciben en la carretera. Los que veré más adelante, también tendrán flores. 

Hay también banderines verdiblancos, como del Betis. Veo una casa escondida entre árboles y maraña, donde una gente acaba de entrar. Corro para preguntar antes de que desaparezcan de mi vista. Pero no saben decirme nada del albergue juvenil. Paso por unas casas que, en el exterior de su jardín, han puesto adornos similares, aunque en esta ocasión las plantas y las flores están puestas en tiestos de hojalata pintados todos uniformemente de blanco. 
 
Entre las sombras de los árboles, me encuentro con una mujer que hizo el Camino de Santiago. Llegó hasta Astorga y no sabe si lo terminará, ni cuándo. Me dice que siga hasta el siguiente cruce. Pero el cruce tarda en llegar. Cuando llego, allí tampoco se ofrece Wingst. Sin embargo lo veo debajo de Cadenberge, que está a 12 km y está más lejos en mi mapa, la distancia a Wingst es mayor. Me disgusto. Sigo confundido, o el mapa está mal. Algo no cuadra. Empiezan a ir raras las señales pues, después de andar un kilómetro, Wingst aparece a 2,9 km. El disgusto de antes se vuelve alegrón, pero sigo sin fiarme. Acabarán siendo 12 los kilómetros que haga. Paso por la iglesia. 

Su cementerio también es magnífico y está muy bien cuidado. Un chico para su coche y se ofrece a llevarme. Lo rechazo porque mi viaje es a pie, pero creo que debía haber aceptado. Siempre que me llevara al albergue que estoy buscando. Como son las siete no llegaré ni a las nueve. Poco más adelante coincidimos un grupo de mujeres que vienen de frente y un chico con carrito tirado por bici que va en la misma dirección que yo. Ellas no saben dónde está el albergue, pero el chaval si, pero no sabe inglés. Él les explica para que me lo traduzcan y una de las mujeres me lo explica en inglés. Parece ser que, al llegar a un cruce, debo tirar a la izquierda, ¿pero en cuál? Ellas se van, sorprendidas de mi viaje, y él se ofrece a llevarme en su carrito. Como yo creo que iría muy incómodo, pues el espacio es pequeño, invita a llevarme el equipaje. Pero no puedo desprenderme de él. ¿Y si luego no le encuentro? Sería muy arriesgado. Ahora cogería a gusto la oferta de un conductor generoso. La carretera va entre bosques y el cruce no aparece. De continuo voy dudando. Llego a un lugar donde dos o tres sombras comen bajo un cobertizo. Llega una mujer joven que conoce el albergue y me dice que aún quedan 6 km para llegar. Insiste en que coja a la izquierda en el cruce. Llego a un cruce y un surfero me dice que estoy a diez minutos. Le doy la mano agradecido por la buena noticia, pero me añade que son 3 km. Entonces no serán diez los minutos sino 30. 

Wingst.
Cuando llego a Wingst dos jóvenes charlan junto a la oficina de Información. Él no sabe y ella me dice que siga adelante. Lo mismo que me había dicho una pareja con perro en el inicio del bosque. Lo único interesante que veo de este pueblo es su cementerio. Los muertos me aclaran menos que los vivos. Avanzo y veo una casa con estanque, otra con kirtengarten, caballerizas y gradas de hipódromo con la puerta abierta. Como el albergue no aparece, empiezo a pensar en las gradas como alternativa para pasar la noche a cubierto de la posible lluvia. Cuando llego al siguiente bosque, no veo ninguna señal, así que retrocedo.

Las gradas del hipódromo.
Veo algunas señales que me servirán para continuar mañana. Creo que la mejor será la que me ofrece destino Oberndorf. Tendré oportunidad de saber que hubiera sido más acertado elegir la dirección Hemmoor aunque, aparentemente, está demasiado al Sur. Pero esa dirección hoy no la he visto. Asciendo por el graderío para los espectadores y llego a la grada más alta. Allí monto mi cama sobre el banco corrido. Cuando me tumbo y compruebo que voy a estar toda la noche pendiente de no caerme, bajo la esterilla al suelo, más duro, pero también más seguro. (Esto lo estoy escribiendo al día siguiente por la noche, en el albergue de Glückstadt, al otro lado del Elbe). Duermo mal, pero algo descansa mi cuerpo. Me levanto dos veces a orinar y lo hago como puedo. Mojo parte de una grada y de un banco. No recuerdo en qué momento del camino, pero hoy ha sido mi primera cagada campestre. El dedo del pie izquierdo, el que está junto al gordo, ya ha empezado a amoratarse en la uña. No es ninguna novedad, todos los años se me cae alguna uña.

Balance de una fea jornada.
La parte final del día la voy contando de una forma bastante deslavazada. Nunca habían surgido tantos dilemas en el camino y nunca la información que me han dado ha sido tan mala, incluso la de las personas que sabían dónde estaba el albergue. ¿Existiría realmente? Lo mejor del día ha sido el buen trato y la buena comida de Panorama, muy bien atendido por las dos chicas búlgaras. También el mapa y las instrucciones dadas por el recepcionista para salir de Otterndorf.

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