Etapa 13 (454) Eckwarderhörne-Bremerhaven
Etapa
13 (454), 18 de junio de 2015, jueves.
Eckwarderhörne-Stollhamm-Abbehausen-Nordenham-Blexen-Weserfahre-Bremerhaven.
Amanecer
en la rulot.
Me
despierto par a las 6:45 horas pero, tras orinar, me vuelvo a meter
en el saco un rato más. Me levanto de nuevo a las 7:10 y me visto.
Ha hecho fresquito, pero no he pasado frío durante la noche. El
culete algo fresco, pero es lo habitual. Estiro la bajera azul oscuro
ajustable, sobre la que extendí ayer el saco, y guardo una
almohadilla que encontré en un armario. Todos los huecos restantes
están vacíos. La puerta del frigorífico aprieta una esponja, para
que no se cierre. Cuando guarde la taza después de lavada, quedará
todo como estaba cuando llegué. Vacío el pantalón y con él, el
jersey y la toalla, la máquina de afeitar y el jabón, además de la
taza vacía, sin olvidar la llave, voy al baño para hombres. Cago,
me afeito y ducho. Tengo para elegir tres lavabos y tres duchas, a
estas horas, para mí solo. Vuelvo a la caravana, pero ya no paso de
la cocina al comedor.
Hago mi equipaje y para antes de las ocho menos
cuarto, salgo para ver el lugar que ayer, con tanta lluvia, no pude
apreciar: el camping y el dique. Vuelvo con el equipaje, agradezco y me despido del jefe. Hoy no me dice
nada del café y, además, no me conviene retrasarme. No llueve y el
pronóstico son tres días de lluvia. Tras devolverle la llave, para
antes de las ocho ya estoy en marcha dique adelante.
Fotografío lo
que veo de la bahía de Jade hacia Wilhelmshaven. Una maqueta,
informa de cómo está el dragado de la desembocadura de este mar de
Jade, para conocimiento del paseante, pero que tiene mayor utilidad
para los pilotos de las embarcaciones que, como supongo, tendrán
medios en sus naves para analizar las coordenadas… y las abscisas…
También fotografío hacia el el sudeste, hacia donde debo dirigirme
si quiero llegar a Stollhamm.
Es una costa de fango imposible para
baño y donde puedo apreciar, de nuevo, los corralitos formados por
los diques bajos. Una constante en las costas holandesas y que en
Alemania se vuelven a repetir.
De
Eckwarderhörne hacia Stollhamm.
Tengo
diez kilómetros hasta Stollhamm, que ayer vi al pasar con el
autobús. De allí vi el indicador de otros 10 hasta Nordenham. Si
paro a dormir en el albergue de allí, la caminata del día será muy
corta, pero ya se verá dónde culmino la jornada. El jefe del
camping me ha dicho que no son diez sino doce los kilómetros entre
ambos núcleos de población.
¡Veremos quién tiene razón! Lo que
más raro se me hace al salir es llevar el dique a mi derecha.
Pareciera como si estuviese de regreso. Ahora la campiña con vacas
me queda a la izquierda. Saliendo del pueblo, encuentro una torreta
que no sé qué función cumplirá. Arriba dispone de un balconcillo
pero, para acceder a él, es necesario ascender por una escalera en
espiral tan pronunciada que será necesario tener dotes de
funambulista, de acróbata.
Esta torre no me parece un faro, ni una
antorcha, pero si me parece que por su boca van a salir en cualquier
momento llamaradas de fuego, como si del cráter de un volcán se
tratara.
Tras sacar estas cuatro primeras fotos de la jornada, me
despido con la última desde el dique, plasmando el camping que me
acogió en la tarde de perros de ayer. Es una muestra de mi
agradecimiento al lugar y al responsable que me recibió. ¡Gracias
mil! Una sencilla escultura de materiales nobles, piedra y metal, me
entretiene unos segundos. La arboleda del fondo aporta la parte
vegetal que no tuvo presente el diseñador pero que es aportación
del fotógrafo que la plasma.
Tuvo que haber alguien que puso los
árboles allí. ¿No? Bajo del dique al carril-bici y el sistema de
señalización para los ciclistas, también me sirve a mí para saber
que al pueblo hacia el que voy, hacia el Sudeste, dista ya a poco más
de nueve kilómetros. ¿Desayunaré en Stollhamm?
Pronto, paso cerca
de una granja. Se ve que la actividad pesquera se combina aquí con
la agropecuaria. Esta finca agraria tiene el acceso fácil a quien
quiera entrar en ella, desde la pista de cemento no hay ninguna
barrera que lo impida. De no haber estado el camping tan cerca de la
parada de autobús, el establo no habría sido tampoco mal
emplazamiento para dormir en una noche lluviosa como la pasada. Claro
que, no habría encontrado una ducha como la que me he permitido para
iniciar el día. Un gran 50 coronado de lacitos me hace pensar que no
hace mucho han celebrado sus bodas de oro.
En seguida, llego a una
casa que parece sólo vivienda y donde lo que más me sorprende es
ver, sobre las tejas del tejado, placas solares para la obtención de
la energía doméstica necesaria. Así, guisándoselo y comiéndoselo,
se evitarán los pagos mensuales a las comercializadoras de energía
alemanas. Yo, ante las comercializadoras nuestras, mi lema es:
“contra el vicio de subir los precios, la virtud de consumir lo
menos posible”.
¿Pagarán éstos algún canon por no consumir
energía externa? Si bien me gustan más los tejados de paja, me
agrada mucho este tejado poco estético pero muy práctico. Me parece
interesante esta prioridad de lo económico frente a lo bello…
Además: No me parece tan feo. Muy cerca de la casa, en el siguiente
prado, unas vacas me miran con curiosidad mientras paso y les
fotografío. Están en su espacio natural designado, con un
abrevadero que también es una oferta de la naturaleza. Dejémoslas
tranquilas, arrancando la hierba con sus papilas linguales prensoras
y rumiando hasta convertir la verdura en blancura láctea.
No
olvidemos tampoco los plastones verdimarronáceos, que cantan al
olfato y vuelve a ser un buen abono para que crezca hierba de óptima
calidad. Antes de abandonar por un tiempo el dique, no podían faltar
las consabidas ovejas, con sus cagarrutas sobre la pista que voy
pisando y tratando de evitar. Algo imposible de conseguir. Voy un
rato tras las ovejas y los corderos, con el dique a la derecha.
El
rebaño ocupa todo el espacio entre el dique y el canal, es decir, la
pista de cemento y la hierba que en, inclinación descendente, llega
hasta el agua. Son tan tontas que, cuando las quiero adelantar,
corren, en lugar de meterse en el hierbal. Pasadas las nueve, veo a
lo lejos una pala-tractor que trabaja sobre el dique. Pienso que
pueden estar haciendo alguna exclusa, pero cuando me acerco al lugar,
lo que veo es simplemente que están reformando o reconstruyendo el
cresterío del dique que, no sé por qué razón, se les había
deteriorado. Para lo que me sirve esta visión de la oruga Liebherr,
con su pala trabajadora, es para comprobar que el dique es todo de
tierra.
¿Todo? No dispongo de rayos X para ver si hay un entramado
interno de hormigón, pero si es cierto que la hierba crece sobre
profunda capa terráquea. Faltan unos 5 km para llegar a Stollhamm.
Temo que esta obra me cierre al paso y no pueda seguir a pie de
dique, pero hay hueco suficiente y puedo continuar.
Con todo, dudo si
no debiera ya ir abandonando el dique, puesto que Stollhamm está en
interior. Pero no parece que todavía se me ofrezca otra opción. Un
rato más tarde encuentro un caballo al que dan pocas opciones de
libertad. Una valla de cintas electrificadas le constriñen a
mantenerse en el espacio delimitado. La otra opción sería la de
tirarse al mar y nadar hacia tierras liberadas… Pero, ¿y si tiene
un amo que le trata bien y le da buen pienso?, pienso. Quizás
escapando saldría perdiendo con un nuevo amo maltratador. Sigo por
un camino que indica para bicis, pero no tiene ninguna señal de
dirección.
Paso por unos barracones donde veo, a través de una
ventana, a tres obreros almorzando. Tras el morgen
de rigor, les pregunto, y ellos me confirman que voy en buena
dirección. Salgo a la carretera sin arcén y ya veo a lo lejos, a
unos tres kilómetros, el pueblo de Stollhamm con el pincho destacado
de la torre de su iglesia.
La falta de arcén me obliga a meterme en
la hierba cuando pasa algún coche frontal a mi andadura. El dique se
va alejando, mejor dicho, soy yo el que me voy alejando del dique,
pues éste no se mueve y permanece donde está. Para las nueve y
media, llego al cruce vallado que ayer, cuando veníamos en autobús
de Wilhelmshaven, despistó al conductor y tuvo que recurrir a las
indicaciones de algunos pasajeros que venían conmigo y que conocían
la alternativa.
Algo que su gepeese
no podría resolver. En este cruce ya veo la dirección Nordeham que,
ahora no me interesa, ya que lo que quiero es desayunar y lo voy a
intentar en el pueblo próximo. Durante todo el camino ha soplado el
viento de atrás, empujándome, y haciéndome pensar que, en
cualquier momento iba a empezar a llover pero, voy teniendo suerte y
las nubes no lloran sus lágrimas empapadoras. Aunque no están
reparando el carril-bici, las obras están afectándole.
Unos gruesos
cables cruzan por encima de la pista y, para que no creen problema a
los ciclistas y peatones, los han protegido con un buen sistema de
rampa, ascendente y descendente, y con dos postes con señalización
de peligro rojiblanca y lumínica. Como el pueblo lo había visto en
línea recta, a través de los campos, al hacer el recorrido por
carretera, el pueblo se me ha ido alejando y, de nuevo, tengo que
orientarme hacia la izquierda, por lo que tardaré en llegar algo más
de lo previsto. Llego a un lugar en que los tractores no me permiten
seguir por el carril de los ciclistas y me obliga a salir de nuevo a
la carretera. Aquí sí que la remodelación está afectando a mi
camino.
Lo que me parece más extraño es que, a estas horas de la
mañana, no esté nadie trabajando. Al fondo, el pincho de la iglesia
más cercano, van poniendo a punto mis jugos gástricos.
Stollhamm.
Ahora
se ha abierto el cielo y hasta he podido ver algunos rayos de sol.
Entro en el pueblo y fotografío la iglesia y el hermoso cementerio
aledaño. El reloj de la torre indica la hora: las diez menos diez.
La fachada es de ladrillo rojo a la vista, como tantos otros
edificios que voy viendo desde que llegué a Alemania. En el
cementerio, las lápidas verticales, donde figuran los nombres, son
casi todas de tamaño similar, no destacando la diversidad de
alcurnias ni el poderío económico de los habitantes silenciosos que
moran debajo. Me gusta que no dispongan de losa marmórea pues,
directamente sobre la tierra, todas tienen su propia vegetación,
bien cuidada, recortada y, en muchos casos, florida. En este pueblo
quieren y cuidan a sus muertos. Me da la sensación de que voy a
encontrar desayuno.
Huus
An’n Siel.
Efectivamente,
muy cerca de la iglesia, encuentro el lugar deseado. Nada más
entrar, veo unas tartas que, sin olerlas, ya me dan la sensación de
que son muy empalagosas. Cómo les gusta el dulce y, a poder ser, con
bien de nata, siempre disponible, a los alemanes. Y me sorprende a
mí, que soy muy goloso. La camarera me ofrece un fruustuck por
5,60€, que pagaré en efectivo y que acepto. Como casi todo lo que
me ha puesto delante, todo muy rico, y voy al retrete. Tras el
desayuno, me pongo a escribir el diario. Son algo más de las once
cuando abandono la escritura. Pregunto, pero la moza no me sabe decir
nada de cómo va el campeonato de fútbol femenino. Me despido de la
joven y salgo con la esperanza de que no me llueva en los siguientes
diez kilómetros que me quedan para llegar a Nordenham.
Son las once
y cuarto cuando fotografío el lugar donde he desayunado, con la
iglesia a la izquierda y me voy.
Afueras
de Stollhamm.
Paso
por encima de un canal, cuyo puente han engalanado con jardineras
floridas. Se ve que en este pequeño pueblo cuidan la belleza natural
tanto para deleite de los muertos como para el de los vivos. Se
agradece.
Al otro lado del mismo canal, o de otro similar, en una
casa con amplio terreno circundante, una señora, ¿veraneante,
propietaria?, siega su parterre, dejando la hierba bien rasurada. Son
los pequeños trabajos que dan las propiedades privadas incluso en
tiempo de vacaciones. En los parajes rústicos, estas tareas son
necesarias, inevitables. También suponen un entretenimiento. Además,
mucha gente no sabe vivir sin ruido y desconoce el valor terapéutico
del silencio.
Yendo por la acera de adoquines, lo que me hace pensar
que aún no he salido del ámbito municipal, me adelanta un camión,
que transporta un remolque cisterna, y que desenganchándolo lo deja
en el inexistente arcén. Fotografío al llegar la cisterna y al
camión, que la ha traído, alejándose. La ocasión ha sido propicia
para que, en una foto, se pueda visualizar la secuencia. ¿Qué
líquido o gas contendrá esta cisterna?
Puestos a vaticinar, por el
color azul, podría pensar que se trata de agua. La gran A me incita
a ello. Pero, estando en germanía, tendría que ser una W. Dejemos
de hacer conjeturas pues, lo que haya dentro, dentro estará. Salvo
que la cisterna esté vacía, que también podría ser.
De
Stollhamm a Abbehausen.
La
pista para ciclistas me introduce en un precioso camino arbolado que
me da la sensación de que recibe al caminante rodeándolo de un
frondoso arco de triunfo vegetal. Si hiciese más calor, sería el
camino perfecto. En un claro de esta maraña arbórea, me siento un
voyeur
de un triángulo amoroso. Tres equinos se hacen carantoñas. La
estampa me subyuga. Es admirable la suavidad como restriegan sus
hocicos unos a otros.
No sé si se trata de dos caballos y una yegua,
dos yeguas y un caballo, tres yeguas, tres caballos, si hay algún
equígino
o algún bisexual… ¿En qué acabará tanto preludio? No quiero que
mi presencia frustre el desenlace y me voy. Dos langas abiertas a
cada lado del camino permiten el paso de un tractor que arrastra un
remolque.
Le doy prioridad.
El conductor está trabajando. y yo de
vacaciones permanentes.
El
conductor saluda, pasa y yo puedo continuar mi camino en este
magnífico paraje. En una granja agropecuaria veo un gran rebaño de
vacas bicolores (marrones y blancas) que rumian en su mayoría la
hierba que han comido y que deberá pasar a través de sus cuatro
estómagos. ¿Cuál de ellos será el que transforma la hierba en
blanca leche?
Algo que también me asombra es la variedad de árboles
que suben sus copas al cielo. Se ve que el propietario es caprichoso
o tuvo unos antepasados que lo fueron. Veo unas señales rústicas en
este precioso camino que a mí no me aportan ninguna información.
¡Una lástima!
Sin embargo, las señales para los ciclistas, ya que
caminantes de largo recorrido pasan pocos (eso creo yo, a juzgar por
los que no me voy encontrando), me informan mejor. En la que veo, ya
pone la distancia a Abbehausen, a Nordenham y al molino que ya estoy
viendo a lo lejos, exactamente a 800 metros.
Moorsee
Mühle.
Visto
de lejos, la señal y el nombre los identifico como molino sin
dificultad.
Otra cosa hubiese sido si el nombre lo hubiera leído
fuera de contexto. Cuando llego a la campa aledaña, fotografío el
molino, ya más cercano, con matorral florido, uno de rosas
silvestres, blancas que, cuando maduren, se convertirán en las
cápsulas astringentes que, de niños, llamábamos tapaculos y que
tenían dos propiedades si comías muchos, una era que dejabas de
cagar en unos cuantos días y la otra que, como pasa si comes muchos
madroños, te puede acontecer una buena borrachera.
La otra planta,
de flores rosáceas, no sé cómo se llama, pero sí puedo decir que,
al menos en Dinamarca, la utilizan para cosmética y para hacer
riquísimas mermeladas. El mes próximo tendré oportunidad de probar
la hecha por mi amiga Åse, en Lild Strand. Siendo el molino muy
bonito, tan completo y esbelto o más que los que he venido viendo
hasta ahora, no me voy a detener en él. Lo que, en este entorno del
molino, lo que más me interesa es el despiece del mecanismo de la
molienda.
Nada más pasar el molino del que, como es similar a otros
no fotografío de cerca, veo en la siguiente campa unas aspas de
molino que parecen en perfecto estado de conservación. No sé si se
trata de algún repuesto para, dado el caso, sustituir al del molino
si se deteriorase ya que, un molino en época de efectuar la molienda
después de la cosecha del grano, no tiene tiempo para dejar de
trabajar, día y noche; o si se trata del mecanismo de otro molino,
cuyo edificio sostenedor pasó a mejor vida, menos trabajosa. Según
me voy acercando a él, compruebo que las aspas están como si
acabaran de ser fabricadas. Lo único que echo en falta son las lonas
que, resistentes al paso del viento, tienen todos los molinos en
funcionamiento. En una costa de Francia Atlántica, al Sur de
Guérande, fue en el único lugar en que vi un molino con la lona,
cuando yo iba hacia el Oeste y, al volver hacia las salinas para ir a
dormir a la ciudad amurallada, ya se las habían quitado.
Aún
sacaré una tercera foto por detrás del eje, con el fin de que se
pueda apreciar el mecanismo que, al girar las aspas, permite que gire
el eje y moler el grano. Con esta última foto, se completa la
secuencia y me parece suficientemente ilustrativa. Puedo seguir
adelante. Provocando un movimiento artificial de las aspas, en esta
posición, ¿sería capaz este eje de seguir moliendo?, me pregunto
sin obtener respuesta. No encuentro a nadie a quien preguntar.
Luego,
encuentro a un hombre que viene caminando pero llevando su bici
rodando por el terreno. Le pregunto si se le ha pinchado y me
responde que no.
Abbehausen.
Paso
por una casa donde airean los edredones en una amplia balconada. No
veo a nadie asomado para poder preguntar nada. Si hay alguien abajo,
el seto de separación me impide que lo vea. Probablemente el molino
pertenece ya a este pueblo, pero no considero que he llegado a él
hasta que veo el indicador. Según un recorte del molino que he
sacado de una revista, pertenece a Nordenham, lo que me hace pensar
en que Abbehausen sea un barrio de la ciudad, aunque yo narre que aún
no he llegado. Con tanta inseguridad, no voy a rectificar.
También
veo una señal que parece hablar de algún monumento histórico pero,
aunque pregunto, no me entienden y me quedo sin saber. ¿Se referirá
a la iglesia? Fotografío la iglesia con su torre campanario
pinchuda, en el momento en que en su reloj van a dar las doce y
media. Un reloj que está en hora correcta. En el terreno aledaño,
como va siendo habitual por estos lares, el clásico cementerio. Pero
aquí, como el pueblo es pequeño, no hay abigarramiento de tumbas.
Cada muerto tiene su espacio y su terreno de hierba bien rasurada. Es
uno de los cementerios más bonitos que he visto. Pero cuando me
encamino al otro lado de la iglesia, la aglomeración ya es mayor,
aunque siga manteniendo la belleza.
Algunas lápidas están
construidas de forma que permitan el crecimiento de elementos
vegetales naturales, otras, sin lápida, lo permiten en todo el
espacio superior, similar al del cementerio que he visto hace un rato
en Stollhamm. Más al fondo, en otra sección del cementerio, el
sistema de colocación de lápidas es más uniforme y me gusta menos,
aunque sea más igualatorio para los que creen en la otra vida y se
presentan a Dios sin las diferencias materiales, sólo con su alma
purificada o maculada, según sus obras en la tierra.
Dos fotos de
los tres cementerios en uno. La iglesia, que presentaba la torre con
factura de ladrillo rojo cara vista, en uno de sus laterales ofrece
fachada de piedra con lápidas labradas que parecen narrar páginas
de la historia del lugar. Esta nueva visión, me confirma que éste
sea, efectivamente, el monumento histórico recomendado al visitante
inadvertido previamente. Una vez que estoy en la parte de atrás de
la iglesia, en la zona que abarca la parte más bonita del
cementerio, no puedo a fotografiarla con el pequeño rosetón y de
los ventanales que, pensando en el gótico, por su alargamiento,
mantienen el arco de medio punto propio del románico. ¿Será un
edificio de transición? En esta última foto, se puede apreciar en
toda su belleza la factura de la fachada lateral de piedra de
sillería, que da al edificio más nobleza que el sencillo ladrillo.
Sin embargo, para mi gusto, la conjunción de ambos materiales la
hace doblar en grandiosidad. Me voy contento de haberla visto.
Muy
cerca de la iglesia, veo una casa muy bien fabricada y con pequeños
detalles que la singularizan. Uno de ellos es la vaguada que hace el
tejado de teja en el alero esquinado inferior. Lo fotografío, ya que
la imagen presentada da más información que mil palabras. ¿Qué os
parece?, ¿compartís conmigo la originalidad de este tejado? Me
parece una fórmula perfecta para que las aguas se canalicen bien
hacia el canalón de desagüe. Más a huevo para la foto, no se lo
pueden poner al espectador caminante.
Mariposas en las ventanas me
hacen pensar en un edificio para cobijar infantes, pero también
cierto tufillo a iglesia, pues leo algo de evangelista…
De
Abbehausen a Nordenham.
En
un lugar donde hay algún restaurante, veo una alta torre que, según
parece, iluminan por la noche, plagadita de anuncios de diversa
índole, con una eficacia relativa, sobre todo para los que se
anuncian en la parte alta, que resultan ilegibles sin prismáticos.
El más familiar para mí es el anagrama de McDonald’s. Un signo
inconfundible que se repite exacto allá donde vayas. ¡Lo que hace
la propaganda! ¡Cómo informa incluso a quien no gusta de este tipo
de establecimientos de comida rápida! Me gustaría llegar a
Nordenham para comer aunque, con el desayuno tardío, apenas tengo
apetito. En un descampado, veo muchos paneles de placas solares,
orientados hacia el sol, que hoy no brilla por estar ausente. Este
tipo de plantaciones parece que empieza a ser lucrativa a largo plazo
y está libre de los avatares de las cosechas. Parece que aún, en
ausencia de sol, también atrapan sus rayos solares diurnos. La
lluvia necesaria en el período de crecimiento de las plantas y el
sol en el de la maduración, a las placas solares les incumbe de
diversa forma.
Una foto de ellas para el recuerdo. Ya, entrando en la
importante ciudad de Nordenham, en un prado, una gran vaca artificial
me recibe. Es una vaca multicolor que parece hecha de retales, que da
una imagen colorista atípica al paisaje. No imita la realidad más
que formalmente, sino que la distorsiona para producir un efecto
sorprendente. Llegaré a otra ciudad donde este tipo de vacas
proliferan y se convierten en signo representativo de ella. Es la una
del mediodía. Llegando a una rotonda, un ciclista para y me dibuja
la posición del albergue a partir del lugar en que estamos. Debo
llegar a la estación de trenes y seguir hacia la playa del río
Weser.
Nordenham.
Estoy
entrando en la ciudad y veo un hermoso edificio de piedra, ladrillo y
teja, cuyo elemento más extraño es una pequeña torreta en el
tejado con un reloj que está en hora, la una y veinte pasada. No es
mala hora para entrar en esta ciudad. En la postal que me regalarán
en Turismo, veo que este edificio es el Amtsgeritch, pero no sé qué
significa.
¿Será otra forma de escribir Rathaus? ¿Será como los
franceses que unas veces lo llaman Hôtel de Ville y otras Mairie?
Enseguida llego a una torre peculiar que, para que se sepa que es una
iglesia, tienen que poner un tropiezo sobre la acera en el que se lea
kirche,
iglesia.
Su fachada es de ladrillo y, en un estandarte, se muestra el
mismo signo que he visto antes en la evangelista del alero en
vaguada.
Una mujer me confirma la dirección del albergue pero, tras
sacar una foto a otra parte baja de la iglesia en la que estoy, en la
que leo Martin Luther Haus (que no King), letrero que me confirma la
religión que practican y pregonan aquí, decido pedir información
de profesionales y busco la oficina de Turismo en la plaza,
Marktplatz. En la misma plaza, se ofrece una casa aislada que, muy
bien, pudiera ser un museo. El museo que la ciudad ofrece es el
homónimo Museum Nordenham. Cuando veo la oficina de información,
hacia allí me dirijo.
Oficina
de Turismo.
Es
aquí, donde mejor me informan. La información más completa que
recibo de todas las oficinas visitadas hasta ahora. Me proporcionan
un mapa más detallado que el que llevo. Como para ir al albergue de
aquí es demasiado temprano, me buscan el de Bremerhaven, al otro
lado del río Weser (los alemanes lo pronuncian “Vissa”, pero hoy
la Visa no me va a funcionar en un albergue oficial), y me lo sitúan
en un plano de aquella ciudad. Me dicen que, para coger el ferry
cuando tenga que pasar el gran río, debo caminar hasta Blexen. Pero
no al pueblecito de Blexen, sino a Blexen Weserfahre, y me lo
escriben en un papel. Si hubiese ido al pueblo, habría tenido que
retroceder.
También me escriben en otro papel la dirección del
Jugendherberge de Bremerhaven. Estos dos papeles son fundamentales
para poderlo enseñar a los alemanes amables que encuentre, con ganas
de ayudar, por el camino. Se entusiasman con mis dibujos, y eso que
no he hecho más que cuatro y uno lo traía de casa. Los meten para
enseñárselos al grupo que trabaja dentro. Me regalan una postal. Me
despido de las informantes agradecido por la completa ayuda que me
han prestado y voy saliendo de esta hermosa ciudad. Al salir,
fotografío el lugar de donde salgo tan contento y memorizando lo
aprendido para no cometer ningún error. Contento, aunque el cielo
amenaza con lluvia.
Saliendo
de Nordenham.
Voy
camino de Blexen, pero me pierdo en una calle y una señora me
reconduce hacia el dique. Por el otro lado del dique, buscando el
gran río, llego a la zona industrial. Por allí no puedo pasar. El
vigilante me retiene. Le digo que quiero ir al “Vissa”. Pero a él
sólo le preocupa que pase y su misión es la de no dejar pasar a
nadie ajeno a la zona. Menos mal que un joven, que entiende mi
precario inglés, me dice que siguiendo el dique adelante encontraré
el río. Pronto reculo porque, aunque me dejaran seguir, ese camino
no me va a llevar a ninguna parte. De nuevo a este lado del dique,
sin deseos de precipitarme, sigo por carretera, pero me tengo que
guarecer bajo una tejavana porque la lluvia, que ha comenzado
chispeante, en este momento arrecia.
Espero un rato antes de salir de
mi techo protector que, en teoría, estaba allí para proteger
coches, bicis y a una moto que duerme tapada por su funda. Cuando
escampa, fotografío la zona industrial que he dejado atrás.
Solamente la parte que el dique me deja ver, lo más sobresaliente:
una grúa y algunos depósitos cilíndricos enormes.
Pero vuelve a
llover y me meto en un portal hasta que pare. El portal dispone de un
voladizo en forma de visera. Puedo estar protegido pero en la
calle.Ya estoy pensando en ponerme la capa de plástico, pero me
resisto. A falta de mejor ocupación, fotografío un bonito árbol
que tengo enfrente del portal. Muy a propósito con el día, el árbol
también llora, se trata de un sauce llorón. Lloran sus hojas
descendentes y llora la lluvia que lo empapa.
Como no para de llover,
me acabo poniendo la capa y salgo a llorar lluvia, yo también,
pasando bajo el llorón. También abro el paraguas. Llego a una torre
panóptico, con ventanas que pueden vigilar a todo lo que ocurra en
rededor. Este edificio de ladrillo, me hace recordar lo que
estudiábamos en criminología, relativo a la vigilancia en las
cárceles y en los cotolengos, así como el libro Vigilar
y castigar.
También la torre me recuerda a algunas otras que los franceses
llamaban torre del agua, pero aquí no parece que cumplan aquella
finalidad. Para pasar a la torre, veo unas vías y me decido a pasar
al otro lado. Va a ser un barrio que no me va a llevar a ninguna
parte y de donde deberé retroceder a este mismo sitio. Cuando voy a
pasar al otro lado de las vías, llega una locomotora. Pero antes de
llegar al cruce, se para.
El conductor desciende. ProbablemeUte no
sea el propio conductor, sino un auxiliar. El joven, pasa al otro
lado de la carretera y, mientras, yo cruzo al otro lado de la vía.
Lo que hace el muchacho de naranja fosforito, es accionar un
mecanismo manual para que bajen las barreras.
Desde el otro lado, veo
cómo pasa la locomotora, que arrastra un par de vagones, una vez
realizadas las medidas de seguridad, y cómo el auxiliar del
conductor vuelve a accionar para que las barreras suban al estado de
reposo vertical y dejen el camino expedito para los vehículos que
quieran entrar y salir del barrio. Minutos más tarde, llego al lugar
donde ya no se me permite continuar.
Doy unas cuantas vueltas en vano
y perderé casi media hora en este pequeño laberinto. Pido a una,
antes de que monte en su bici, que me saque una foto que, finalmente,
serán dos. Es mi aportación a Cantando
bajo la lluvia,
en versión hispano-alemana o germano-hispánica. Completa mi serie
paragüera de Los
paraguas de Cherburgo.
Aquella foto me la sacaron en Cherburgo pero sin lluvia. Ésta es más
auténtica.
La lluvia es real, aunque ya ha amainado. Lo más bonito
de este paseo que, por lo demás ha resultado inútil para avanzar,
es el bonito edificio que, con su barrera, me cierra el paso. Lo
fotografío para dejar constancia. Parece una casita de juguete, un
capricho del constructor. Hasta el reloj parece sonreír con su
sonrisa horizontal de las tres menos cuarto, sobre un ojo a punto de
hacerme un guiño. Hacía mucho tiempo que no veía ese tipo de
ventanas del tipo campana de Gauss platicúrtica. Retrocedo.
Una
señora me dice que siga hasta llegar al río. Me encuentro con un
obstáculo que no me deja llegar a él. Vuelvo a pasar junto a la
señora, que continúa hablando con el mismo hombre de pelo blanco
con el que estaba cuando he pasado a su lado la primera vez. Un
cuarto de hora después, llego de nuevo a la torre panóptico y la
vuelvo a fotografiar para tener el dato del tiempo perdido.
Enseguida
estoy al otro lado de las vías para continuar camino. Un chico me
dice por dónde debo seguir. Sigo el dique y me meto en
urbanización de pequeñas casas. Una chica me confirma que debo
seguir una gran avenida adelante. Está planeada para la circulación
de vehículos, pero dispone de carril-bici a ambos lados. Orino entre
árboles y cuando la avenida termina, subo al dique y camino por el
paseo peatonal que va por la cresta. Ciertamente, estos diques puede
que tuvieran finalidad cuando los construyeron, pero hoy no sirven
para nada. La posible crecida del Weser sería frenada por todos los
edificios industriales intermedios.
Ahora, no tienen sentido. Por
delante, un hombre también sube al dique y creo que lo voy a
alcanzar pronto pero, cuando estoy llegando, empieza a correr
suavemente, y yo no estoy pertrechado para correrías. Al doblar una
curva, con el hombre todavía a la vista, se me aparece el Weser por
primera vez. Un gran barco con grandes contenedores, el Kugelbake,
está amarrado a pasarela.
Por
el Weser hacia Blexen.
Es
un gran río, muy ancho. Indicadores de carretera dan varias
opciones. Nordenham, que ya no me interesa, Blexen y Blexen
Weserfähre. ¿Cuál de las dos debo coger? Lo de “fähre” lo
interpreto como faro, y podría ser que fuera la que me interesara,
pero lo es porque es ferry. Menos mal que me doy cuenta de es el
nombre que me han escrito en Turismo y llevo en el papel. Hacia allí
me dirijo. Llega el Bremerhaven y empieza la operación de descarga.
Tres chicas y un hombre esperan. Una me dice dónde debo ponerme para
coger el ferry que va al otro lado del Weser. Se ha empezado a formar
cola durante el acercamiento del ferry. Aprovecho para recoger y
guardar la capa y el paraguas. Hasta que no salen peatones y
vehículos no podemos avanzar por la pasarela.
Nos cruzamos en la
zona intermedia, pero retienen con semáforo rojo a los coches, que
no subirán hasta que bajen los que han navegado. Yo seré de los
últimos en montar. Saco foto cuando vamos por la pasarela. A la
entrada, un joven se encarga de cobrar los billetes. Pido sólo ida y
pago 2,50€. Fotografío el alejamiento del embarcadero. El paseo es
corto, menos de un cuarto de hora.
Al otro lado del río, unos
edificios grandes y con formas caprichosas, indican que Bremerhaven
es una gran ciudad. La foto de conjunto la saco desde el interior del
navío, ya que fuera hace frío y, aunque ya no llueve, los
nubarrones persisten. Llegando al faro de bocana, puedo sacar foto
desde fuera porque, al aminorar la marcha el ferry, ya se puede
aguantar mejor la baja temperatura.
Entrando en el puerto de
Bremerhaven, se pueden apreciar mejor los edificios singulares, altos
y bajos que veía desde el otro lado del Weser. El alto más próximo
parece un gordo tubular elíptico. También veo una cúpula curiosa
que cubre un edificio muy bajo, y otro circular como si fuera rueda
de neumático, pero no sabré el uso para el que fueron construidos
dichos edificios tan singulares.
Bremerhaven.
La
primera foto que saco nada más salir de Turismo, es una escultura
que no sé si representa un mundo hueco o las estrellas del
firmamento. Cada uno es libre de interpretarlo como quiera. Cuando
menos, la propuesta me parece curiosa y la inmortalizo.
Pasadas las
siete, llego a una iglesia grande con una torre muy puntiaguda. Me
recuerda algo a la del Buen Pastor de Donostia-San Sebastián. La
nave principal, por el exterior, ofrece unos ventanales enormes, lo
que me hace pensar en que por dentro será muy luminosa. Pero no
entraré, pues lo que me urge es llegar cuanto antes a destino. El
ábside también tiene su gracia y me gusta cómo han resuelto el
tema del tejado que lo cubre. Cuando la estoy fotografiando, la
cámara me informa de que la batería se está agotando y que debo
recargarla. Por suerte, me suele permitir sacar varias fotos más
después del primer aviso. Ya la cargaré en el albergue.
Llego a una plaza plagadita de focas. Ninguna de verdad.
Como ha llovido por la tarde, se ha formado charca en la que
pueden mojarse. Son unas esculturas negras muy bien conseguidas. Me
gusta también la agrupación artística que han hecho de ellas. Unas
están solitarias y otras en grupo. Alguna es tan grande que puede
que me haya equivocado en mi apreciación, y sean leones marinos.
Acabo llegando a los edificios que había
destacado desde el ferry. Me ha costado llegar, y voy muy
desorientado. Me parece que la saco desde la base del edifico desde
la oficina de Turismo.
Bremerhaven.
Oficina de Turismo. Valentín.
Bajo
del ferry a la vez que los vehículos y una chica me dice que, a la
vuelta de un edificio, está la oficina de información. Entro y me
atiende Valentín. Es un alivio que sepa hablar castellano. Cuento a
grandes rasgos mi viaje y llama por teléfono al albergue para
preguntar si tengo plaza. Me dice que no tendré ningún problema
porque hay mucho espacio disponible para dormir allí esta noche. Es
una buena noticia llegar al jugendherberge
sabiendo que no voy a tener ningún problema para pernoctar. Ahora se
trata de que me expliquen bien cómo llegar. Debo seguir una línea
roja que está marcada por detrás de la oficina. Me va llevando
hasta un punto en el que, una adolescente me indica el camino más
corto para llegar al albergue. Pero será largo. Está en Lehe, al
interior de la gran ciudad. Es como si Lehe fuera un barrio de las
afueras de Bremerhaven. Dudo en seguir la línea para patones, pues la de las bicis me da más
seguridad y suele ofrecer mejores orientaciones. Finalmente me animo
a seguirla. Valentín me ha dicho que debo llegar al rathaus
de Lehe. Otra referencia que me ha dado es la de la
estación de autobuses Floten Kiel, que todo el mundo conoce.
Los edificios ya destacados, también los
destacan en la guía de horarios de los ferris del Weserfähre de
Bremerhaven. Paso por otro edificio clásico y de ladrillo rojo cara
vista. Me perece un edificio muy importante, pero no tengo elementos
para saber su funcionalidad.
Como tantos otros, y tantas iglesias,
este también es de ladrillo. Tiene sus torres y sus pináculos.
También, en la fachada circular en lo alto, un redondel como si en
algún tiempo hubiese habido allí un reloj que se descuajeringó y
no lo han vuelto a poner. Hay demasiadas iglesias que lo tienen. Para
qué más información horaria si por mucho que midamos el tiempo nos
va a llegar igual la hora final.
Antes de las seis, paso por otra
iglesia de las de pincho estilizado y con otro, de menor tamaño,
fuera de la torre principal. Es como si el arquitecto hubiese querido
rizar el rizo. ¿No le bastaba con un pincho? Pero, pensándolo
mejor, ¿qué se podría decir de los minaretes, cúpulas y demás
aditamentos que nos ofrecen las iglesias musulmanas? Tampoco son
necesarios tantos, pero se construyen para que ganen en esbeltez y
belleza.
Lehe.
Laura.
Así
llego a otro edificio que es otra torre que me parece una mezcla de
iglesia y la torre panóptico que he visto antes al otro lado del
Weser. ¿Exagonal, octogonal? Y con cúpula cónica. Ya estoy en el
barrio o pueblo de Lehe y, cuando estoy llegando al rathaus
referenciado por Valentín, me encuentro a Laura.
Estudia Management
de Cruceros. Le interesa aprender idiomas. Habla bastante bien el
castellano y muestra asombro de mi viaje cuando se lo cuento. Ella
vive cerca del Rathaus
Lehe y se queda cuando llegamos, y yo continúo por el carril para
bicicletas. Una mujer me dice que siga por la calle Gausstrasse, pero
se trata de un ramal de la misma y pierdo la verdadera calle, la que
me habría llevado directamente el albergue.
Paso por un amasijo
de restos de muebles desechados. Se acercan personas que se van
llevando lo que les interesa. Después para cenar volveré a pasar
por aquí y continuará el espolio. Equivocadamente, me meto por una
especie de túnel vegetal y acabo en tierra de nadie. Tendré que
volver para retomar otro camino. Un padre y su hijo escuchan la radio
dentro de su coche junto a su casa y salen para reorientarme. Veo
otro edificio blanquecino y me dicen que es el rathaus
de Lehe. Así que llevo un cuarto de hora dando vueltas para estar en
el mismo sitio, el mismo ayuntamiento, pero ahora por detrás.
Esta
será la última foto que voy a sacar en el día de hoy. Su visión
es muy distinta a la frontal que he visto antes acompañado de Laura.
¿Me tendré que creer lo que me dicen padre e hijo? ¡Qué remedio!
Si no me lo creo, peor para mí. Al volver a la fachada principal de
este ayuntamiento, me doy cuenta en qué momento he cometido la
equivocación. Ahora cojo la calle correcta. Debo buscar el nº 54
pero, como no veo números en la calle, pregunto a un señor mayor
que pasea con perro. Pero no sabe decirme lo que le pregunto.
Pregunto a otro más joven pero que me doy cuenta que no carrula, y
le dejo con la palabra en la boca. Por fin veo un nº 44. Ahora se
trata de seguir. Y de esta forma, tan a trompicones, llego al
albergue.
Jugendherberge
Bremerhaven.
El
que ha hablado con Valentín, me atiende bien, pero me da el disgusto
de que no puedo pagar con Visa. Si sigo así, mañana tendré que
sacar dinero en el banco y yo confiaba en no tener que hacerlo hasta
después de Dinamarca, para donde ya llevo las coronas danesas
necesarias y que espero sean suficientes. Pago 27€ en efectivo, y
me da la llave 113. Me dice dónde están retretes y duchas. La
habitación de dos camas ya tiene retrete y lavabo, también una
litera, pero las duchas están al otro lado del pasillo y hay que
cruzar el rellano de la escalera. Hago la cama y bajo para que
recomienden un restaurante para cenar. Hoy no he comido y no
puedo-debo prescindir de la cena. Me recomienda un italiano, un
griego, un japonés, un brasileño y un chino y, aunque sabe que hay
un español, no sabe en dónde está. ¿Por qué no me recomendará
ningún alemán? ¿No los hay o serán muy malos?
Buscando
restaurante.
Salgo
por Gausstrase. Paso por el lugar donde se acumulan los muebles
desechados. Si antes uno destornillaba unas maderas ahora, otro, se
lleva un tendedero. Viene un joven y me acompaña al italiano. Es
ruso, y poco puedo hablar con él. Ni siquiera mi precario inglés me
sirve, puesto que él lo desconoce. Le digo Moscú y San Petersburgo
y él me menciona las naciones bálticas, que antes formaron parte de
la URSS. Le digo los nombres de las capitales. Cuando llegamos al
italiano, resulta que lo están reconstruyendo y no funciona. Me
orientan hacia un centro comercial y acabo cenando en un Burguer
King.
Cena
en Burguer King.
Los
camareros se asombran con el viaje que estoy haciendo. Escuchan la
conversación que tengo con otro cliente que espera a ser servido.
Como es alto me ayuda a pedir con el dedo levantado. Pido 9 alitas de
pollo, 6 aros de cebolla y un Sprite. Aquí no venden cerveza. Al
pedir ensalada, me ofrecen dos y yo elijo la balsámica. Sin probar
ninguna versión de las variantes de hamburguesa que ofrecen, como
muy a gusto. Pago 11,36€ y me permiten pagarlo con Visa.
Regreso
al albergue juvenil.
Para
volver al jugendherberge,
cambio de camino pero estando bien orientado y en ruta correcta.
Hablo con un chavalillo de 14 años que lleva dos cursos estudiando
castellano. Con alguna dificultad, pero se desenvuelve bastante bien.
Sigo el carril bici y dos chicas no tienen ni idea de dónde está el
albergue. Cruzo al otro lado de la carretera, donde espera otra mujer
joven y ella me lo señala en la siguiente arboleda. Habría tenido
gracia que ahora me perdiera. Ya en casa, el recepcionista llama para
saber si tendré sitio en el albergue de Cuxhaven, a donde confío en
llegar mañana. Pero no le cogen y me dice que llamará mañana a las
nueve. Me ha dicho que el albergue está en Duhnen. ¿Llegaré? Hay
una buena tirada hasta allí. ¿Y si me voy antes de las nueve? Llamo
por teléfono con la familia de mi hija mayor, Sara, con todos menos
con ella. También con Vera, Gari y Lucía. Los pequeños ya tienen
un diente más y doy la enhorabuena a los mayores por haber aprobado
los exámenes. Mañana es el cumpleaños de mi sobrino Mikel y no sé
si podré llamarle. Casi ningún año me acuerdo de felicitarle y no
por ello le dejo de querer en la distancia. Vive en Londres. Había
dejado cargando la batería de la cámara y, al regreso a la
habitación, ya está cargada. Hay doble puerta. Así queda más
aislada de los ruidos de los pasillos. Duermo muy bien sin nadie más
en la habitación y me levanto tres veces a orinar durante la noche.
Balance
de jornada que enfila hacia el Norte.
Despedida
del benefactor del camping, desayuno reparador en Stollhamm, el eje
del molino visto por primera vez aislado, ha siso interesante por la
novedad. Y dos buenas atenciones en las oficinas de turismo de
Nordenham y Bremerhaven. A pesar de llevar bien documentado el lugar
del ferry y del albergue me he perdido varias veces. Un paseo
precioso de Stollhamm a Abbehausen, molino incluido que parece
pertenecer a Nordenham.



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