Etapa 12 (453) Wilhelmshaven-Eckwarderhörne
Etapa
12 (453), 17 de junio de 2015, miércoles.
Wilhelmshaven-(ferry-bus)-Eckwarderhörne.Amanecer en Eco Sleep.
He
orinado tres veces en el cubo de basura. Cuando me despierto, aguanto
sin levantarme hasta las campanadas de las seis. Me levanto y tomo
las pastillas contra la hipertensión. Con la toalla puesta por la
cintura, voy al baño y vacío el cubo de la orina recolectada por la
noche. Hubiera estado divertido medirla para saber quién mea más.
¿Con quién competiría? Lavo el cubo y dejo que escurra hasta la
última gota de agua. Me afeito y lavo. También limpio mis gafas.
Regreso, lavo el platillo en que puse ayer los frutos secos de la
precaria cena y lo dejo escurriendo en la cocina. Aligero mapas,
quedándome sólo con la parte que me interesa, el
Jadebusen, que es un Parque Natural Marino declarado por la Unesco.
Sin ver el mapa completo de que dispongo hoy, ayer mencionaba el Jade
como un río, pero no lo es, sino un gran golfo con una ancha salida
hacia el Mar del Norte. En el mapa aparece un barco que cruza al otro
lado, a Eckwarder-hörne, que hoy me enteraré de los horarios.
Dedico un rato a la escritura del diario, hasta que faltan diez
minutos para que den las ocho. Me doy cuenta de que ayer me dejé un
plástico protector de mapas en la oficina de Turismo. Un pequeño
contratiempo. Trataré de ir a ver luego para recuperarlo. Retiro a
la mochila grande los mapas que van quedando obsoletos y bajo a
desayunar. Saco foto de la habitación.

Desayuno
en el Eco-Sleep.
También
está desayunando el chico de ayer. Hay buen surtido de todo y
variedad de opciones. Hasta el final, no veo el huevo duro. Bebo un
vaso de zumo de naranja y pido que me calienten la leche. Preparo
cuatro mini bocadillos de jamón, camembert, salchichón y york. Un
pan en dos rebanadas de mantequilla y mermeladas variadas. Dos
chicas han bajado. A una la he visto antes saliendo del baño,
mientras la otra se lavaba los dientes.
Sacaré foto del baño tras el desayuno. Me dicen que no tengo que recoger las sábanas. La pequeña, de los tres hijos de la anfitriona, pulula por el comedor con el pulgar en la boca. Ella se la pone pisándole sus pies y con cada mano agarrando las pequeñas de la niña, y la lleva caminando. ¡Qué recuerdos! ¡Cuántas veces lo hice con mis hijas! ¡Y con mis nietos! Me despido de ella y le devuelvo las llaves. Me mira en Internet y sólo hay barco a las nueve, que ya es imposible de coger, y otro por la tarde, a las 17:00 horas. Iré en ese.
Casi todo el día perdido. Al ser tan corto el recorrido yo pensaba que habría barcos cada poco tiempo y, por eso, no pregunté. Craso error. También me dice que puedo coger mapas en el Centro Comercial. Subo a la habitación y, para las nueve, ya estoy caminando con todo el equipaje. Saco foto del lugar en que he desayunado, el bajo del EcoSleep. En el local de al lado han colocado muchas cajas delante del escaparate, porque esta noche han roto la luna. Así evitan que nadie intente entrar a robar. Supongo que, a pesar de tener esa precaución, habrá alguien vigilando dentro.
Sacaré foto del baño tras el desayuno. Me dicen que no tengo que recoger las sábanas. La pequeña, de los tres hijos de la anfitriona, pulula por el comedor con el pulgar en la boca. Ella se la pone pisándole sus pies y con cada mano agarrando las pequeñas de la niña, y la lleva caminando. ¡Qué recuerdos! ¡Cuántas veces lo hice con mis hijas! ¡Y con mis nietos! Me despido de ella y le devuelvo las llaves. Me mira en Internet y sólo hay barco a las nueve, que ya es imposible de coger, y otro por la tarde, a las 17:00 horas. Iré en ese.
Casi todo el día perdido. Al ser tan corto el recorrido yo pensaba que habría barcos cada poco tiempo y, por eso, no pregunté. Craso error. También me dice que puedo coger mapas en el Centro Comercial. Subo a la habitación y, para las nueve, ya estoy caminando con todo el equipaje. Saco foto del lugar en que he desayunado, el bajo del EcoSleep. En el local de al lado han colocado muchas cajas delante del escaparate, porque esta noche han roto la luna. Así evitan que nadie intente entrar a robar. Supongo que, a pesar de tener esa precaución, habrá alguien vigilando dentro.
Un
paseo por Wilhelmshaven.
Tengo
necesariamente que perder tiempo y lo hago yendo hacia la iglesia más
cercana. Fotografío el pincho sobre la torre de la Banter Kirsche,
que es la que me da las campanadas de las horas. Lo hago entre
árboles muy altos.
La saco más nítida a medida que me voy alejando de ella. Pero vuelvo a acercarme para visitarla en su interior.
Por
dentro, lo que más me gusta es el ábside, con sus pequeñas
vidrieras y me resultan curiosos los balconcillos sobre las naves
laterales, aunque me dan la impresión de no estar bien orientado
para seguir la misa. Los bancos son recios y poco funcionales. Unos
mamotretos que hacen que la iglesia no sea muy funcional y adaptable
para otra actividad que no sea la puramente eclesiástica. Una pena.
Me parece muy impersonal y tiene pocas imágenes de santos, conocidos o por conocer. Camino de uno de los lugares por los que di muchas vueltas ayer para ir a la oficina de Turismo, paso por unos jardines donde, lo más destacado es un altísimo y frondoso árbol. Pero no será el único.
Llego a un edificio bajo el que pasé ayer, donde un corredor atraviesa de lado a lado sobre la carretera, para unir un edificio de un lado con el del otro. Ya es la tercera o cuarta vez, entre ayer y hoy, que paso por debajo. Así voy llegando al Rathaus, el ayuntamiento.
Un edificio muy moderno, muy luminoso por tener mucha cristalera. En el exterior hay un pequeño estanque, con chorritos de agua. Aunque en la entrada leo Sparkasse, alguien me dice que es el palacio municipal. Un detalle escultórico me hace pensar en un spiderman trepador, alcanzando la parta más alta, la más acristalada, del edificio. También el hecho de que no haya banderas en un edificio oficial me mosquea.
¿Realmente será de verdad el Ayuntamiento? Encuentro otro edificio de los que veré muchos en el Noroeste como en el Nordeste de Alemania. Su factura característica de ladrillo rojo visto al exterior. Este tiene un reloj con carrillón y las campanas bien a la vista. Son las nueve y media pasadas.
En este paseo por la ciudad, me hace gracia ver esta descomposición de Barcelona, que de ser una de las capitales más bellas de España, aquí pasa a ser Celona el nombre de un simple bar. En los jardines, una piedra “tu es”, muy adornada con flores de vivos colores. No sé qué puede significar este “tu es”.
No puedo comprobar, por
no pisar las plantas, si el nombre está superpuesto y adherido a la
roca, o es una grabación en ella hecha por el rebaje de la piedra
propiamente dicha.
Como contrapunto al arriate anterior, un sencillo rosal, poco florido, se nos muestra en toda su simplicidad y belleza.
Llego a otra de las iglesias. Paseo con parsimonia, ya que no tengo barco hasta la tarde. Esta iglesia la visito por dentro y sólo tiene la nave central.
Al ábside le han puesto colores ocres para contrastar con el blanco. Tampoco hay santos a quienes rezar. En el ábside destacan sus vidrieras, aunque no sé si tienen valor artístico o histórico.
En un lateral veo una vidriera bien anclada y dos ventanas que ocultan sus secretos. Antes de salir al exterior, fotografío el órgano que ocupa gran parte del coro alto de la iglesia.
A cada lado de los bancos, tanto en el pasillo central, como en los pasillos laterales, se aprecian las tallas policromadas de escudos, que no sé si serán de pueblos y ciudades alemanes o de apellidos de los feligreses. ¿Habrán aportado ellos dinero para sus bancos? ¿Tendrán privilegios para sentarse en los bancos que son de su propiedad, y sitio siempre aunque la iglesia esté abarrotada?
Me acerco al edificio de la Policía. Es también de ladrillo rojo cara vista, y me meto por los arcos sin darme cuenta de que me estoy metiendo en la boca del lobo. Hasta dentro de un mes, más o menos, no tendré mi rifirrafe con la policía alemana, pocos días antes de llegar a Polonia. Pero es mejor no adelantar acontercimientos. De momento de este edificio, al que me he asomado, salgo indemne.
En una casa dedicada a preservar la salud pública, no está de más avisar a sus usuarios del medio escalón del inicio, pintándolo de rojo.
Llego al museo de los piratas o de los barcos pirata. No lo puedo saber porque no entro para verlo. El pirata de la puerta, que parece invitador a que lo visitemos, no sé si anima a entrar o a lo contrario. Arriba de las escaleras, un gran cartel nos da la bienvenida a bordo. Caminando por el parque me despisto y creyendo que voy hacia la estación, resulta que estoy en el extremo contrario, entre el puerto y las vías del tren. Me ha pasado por no ir localizando las calles en el mapa de la ciudad que me estaba sirviendo para moverme por ella. Así que localizo el nombre de la calle, retrocedo por las vías y paseo por la calle en que llegué ayer. A las 10:30 entro en el Centro Comercial.
La saco más nítida a medida que me voy alejando de ella. Pero vuelvo a acercarme para visitarla en su interior.
Me parece muy impersonal y tiene pocas imágenes de santos, conocidos o por conocer. Camino de uno de los lugares por los que di muchas vueltas ayer para ir a la oficina de Turismo, paso por unos jardines donde, lo más destacado es un altísimo y frondoso árbol. Pero no será el único.
Llego a un edificio bajo el que pasé ayer, donde un corredor atraviesa de lado a lado sobre la carretera, para unir un edificio de un lado con el del otro. Ya es la tercera o cuarta vez, entre ayer y hoy, que paso por debajo. Así voy llegando al Rathaus, el ayuntamiento.
Un edificio muy moderno, muy luminoso por tener mucha cristalera. En el exterior hay un pequeño estanque, con chorritos de agua. Aunque en la entrada leo Sparkasse, alguien me dice que es el palacio municipal. Un detalle escultórico me hace pensar en un spiderman trepador, alcanzando la parta más alta, la más acristalada, del edificio. También el hecho de que no haya banderas en un edificio oficial me mosquea.
¿Realmente será de verdad el Ayuntamiento? Encuentro otro edificio de los que veré muchos en el Noroeste como en el Nordeste de Alemania. Su factura característica de ladrillo rojo visto al exterior. Este tiene un reloj con carrillón y las campanas bien a la vista. Son las nueve y media pasadas.
En este paseo por la ciudad, me hace gracia ver esta descomposición de Barcelona, que de ser una de las capitales más bellas de España, aquí pasa a ser Celona el nombre de un simple bar. En los jardines, una piedra “tu es”, muy adornada con flores de vivos colores. No sé qué puede significar este “tu es”.
Como contrapunto al arriate anterior, un sencillo rosal, poco florido, se nos muestra en toda su simplicidad y belleza.
Llego a otra de las iglesias. Paseo con parsimonia, ya que no tengo barco hasta la tarde. Esta iglesia la visito por dentro y sólo tiene la nave central.
Al ábside le han puesto colores ocres para contrastar con el blanco. Tampoco hay santos a quienes rezar. En el ábside destacan sus vidrieras, aunque no sé si tienen valor artístico o histórico.
En un lateral veo una vidriera bien anclada y dos ventanas que ocultan sus secretos. Antes de salir al exterior, fotografío el órgano que ocupa gran parte del coro alto de la iglesia.
A cada lado de los bancos, tanto en el pasillo central, como en los pasillos laterales, se aprecian las tallas policromadas de escudos, que no sé si serán de pueblos y ciudades alemanes o de apellidos de los feligreses. ¿Habrán aportado ellos dinero para sus bancos? ¿Tendrán privilegios para sentarse en los bancos que son de su propiedad, y sitio siempre aunque la iglesia esté abarrotada?
Me acerco al edificio de la Policía. Es también de ladrillo rojo cara vista, y me meto por los arcos sin darme cuenta de que me estoy metiendo en la boca del lobo. Hasta dentro de un mes, más o menos, no tendré mi rifirrafe con la policía alemana, pocos días antes de llegar a Polonia. Pero es mejor no adelantar acontercimientos. De momento de este edificio, al que me he asomado, salgo indemne.
En una casa dedicada a preservar la salud pública, no está de más avisar a sus usuarios del medio escalón del inicio, pintándolo de rojo.
Llego al museo de los piratas o de los barcos pirata. No lo puedo saber porque no entro para verlo. El pirata de la puerta, que parece invitador a que lo visitemos, no sé si anima a entrar o a lo contrario. Arriba de las escaleras, un gran cartel nos da la bienvenida a bordo. Caminando por el parque me despisto y creyendo que voy hacia la estación, resulta que estoy en el extremo contrario, entre el puerto y las vías del tren. Me ha pasado por no ir localizando las calles en el mapa de la ciudad que me estaba sirviendo para moverme por ella. Así que localizo el nombre de la calle, retrocedo por las vías y paseo por la calle en que llegué ayer. A las 10:30 entro en el Centro Comercial.
Oficina
de Turismo revisitada.
Lo
primero que hago es subir a la oficina de Turismo. Pregunto por si
encontraron ayer mi funda protectora de mapas que creo me la dejé
aquí y la chica que me atiende no sabe nada. Pregunta a otra y me la
enseña, parece ser que ella la vio y la guardó. Muestra su asombro
por el viaje que estoy haciendo. Le digo que me falta mapa para la
continuación, pues el que llevo muere en este enorme golfo de
Wilhelmshaven. Según lo estoy escribiendo ahora, recuerdo el
Wilhelms Meister de Goethe, lo que me hace pensar que el nombre de
esta ciudad puede ser traducido como Puerto Guillermo. La obra del
autor alemán, que leí hace tantísimo tiempo, se titulaba en
castellano: Ciclo
de Guillermo Meister
y contenía: Misión
teatral,
Años
de aprendizaje
y Años
de andanzas de Guillermo Meister.
Cuando subrayaba entonces “…acato el Destino, que siempre nos
depara a todos lo mejor”, no era consciente de que en mis andanzas
por Europa, iba a poder experimentar algo así. Aun no empleando el
término “destino” como algo externo a nosotros, pues las cosas
que nos ocurren no suceden porque sí, ponemos los medios para que
nos ocurran, puedo asegurar que lo que creemos ingrato para nosotros
en un momento dado, puede ser valorado positivamente poco tiempo
después. Pero dejemos a Goethe en la estantería y volvamos a
Turismo. La chica me da otro mapa que llega hasta la desembocadura
del Elbe. Vamos avanzando, y se lo agradezco. Mirando el mapa hago mi
plan: “Cuando llegue a Nordenhan, cruzaré el Weser y seguiré la
costa hasta llegar al Elbe. En el folleto que contenía el mapa,
habla del recorrido 7 y 8 y menciona 600-700€ por persona. Como
está en alemán, no puedo saber en qué condiciones se programa
dicho viaje, pero tampoco me importa no saberlo, porque el mío , a
pie, es bien diferente. Me marcho agradecido de esta segunda visita
que, además de recuperar el plástico-funda perdido, salgo con un
mapa que ayer no me ofrecieron. No ha sido una pérdida de tiempo,
sino todo lo contrario.
Hacia
el puerto Guillermo.
Salgo
en busca de un lugar para orinar. Para ello, entro en la estación y
paso el andén. Un tren está listo para salir. Por fin veo uno
parado pues, todos los que vi ayer, viniendo de Esens, los fotografié
en marcha. Salgo sin encontrar retrete y retorno al Centro Comercial.
En Información veo la señal de WC pero no está allí, sino en el
extremo contrario.
Allí hay dos mujeres jóvenes y un chico junto a la bandeja de los óbolos. Al salir, una de ellas da las gracias des o no des moneda. Me niego a dar, pues la limpieza de estos lugares y el servicio lo deben pagar los comercios que no lo ofrecen en sus respectivos espacios. Pocas monedas veo en la bandeja. He vaciado un poco más el intestino.
Recorto mejor el último mapa y guardo el folleto por si encuentro alguna información útil adicional. Luego lo tiraré porque el resto no me sirve para nada. Ligero de equipaje interior, pero no libre de mis dos mochilas, salgo hacia el puerto. Paseo por la calle Banhofstrasse, que ya me la estoy conociendo de memoria, entre ayer y hoy. Y fotografío también el pasaje que da entrada tanto a la estación como al Centro Comercial. Un cuarto de hora después, ya estoy en el puerto. Tras recorrerlo por un lado y por el otro, dos horas después habré terminado de comer.
Allí hay dos mujeres jóvenes y un chico junto a la bandeja de los óbolos. Al salir, una de ellas da las gracias des o no des moneda. Me niego a dar, pues la limpieza de estos lugares y el servicio lo deben pagar los comercios que no lo ofrecen en sus respectivos espacios. Pocas monedas veo en la bandeja. He vaciado un poco más el intestino.
Recorto mejor el último mapa y guardo el folleto por si encuentro alguna información útil adicional. Luego lo tiraré porque el resto no me sirve para nada. Ligero de equipaje interior, pero no libre de mis dos mochilas, salgo hacia el puerto. Paseo por la calle Banhofstrasse, que ya me la estoy conociendo de memoria, entre ayer y hoy. Y fotografío también el pasaje que da entrada tanto a la estación como al Centro Comercial. Un cuarto de hora después, ya estoy en el puerto. Tras recorrerlo por un lado y por el otro, dos horas después habré terminado de comer.
El
puerto de Wilhelmshaven.
Salgo
al dique más pegado a la tierra del Grosser Hafen. Un edificio
grandísimo, al otro lado, me hace comprender las enormes dimensiones
de este puerto de mar, que es más bien un puerto refugio natural,
pues el continente lo protege de los huracanes marinos.
El mapa ofrecido al inicio de esta etapa, explica mucho mejor lo que intento decir con mis palabras. Es lo que los alemanes llaman Jadebusen, declarado por la Unesco como Parque Natural Marino. Ya estamos en la parte más protegida de este golfo. Enfrente hay otro edificio de grandes dimensiones. Atracado en el muelle, me voy acercando a un barco. Una pasarela muy vieja, me hace pensar que este barco se mantiene estable y anclado sin bogar hacia alta mar. No lo puedo asegurar. Más adelante me encuentro con otro tinglado de casas de una planta flotantes, con sus caminos de acceso, como si de unos pantalanes se trataran.
No sé si son edificios para uso de pescadores que quieren acceder al mar en sus barcas, o si los utilizan como viviendas. Como el estado general de mantenimiento de esta plataforma, o gabarra, me parece bastante tercermundista, la creo impropia de Alemania.
Como tengo mucho tiempo para la hora del barco de esta tarde, voy con intención de pasar hacia el otro lado exterior del puerto. Observo que para estar en un puerto, el agua se muestra poco calma, lo que solemos definir como “mar picada”. A continuación, llego al barco Capitán Meller tapa al barco museo, el Feuerschiff Museumsschiff, que no lo vemos y, al fondo, el puente Kaiser Wilhelm Brücke, que está en reparación, aunque podré pasar al otro lado del dique, como se verá.
Siguiendo hacia el puente, paso junto a un potente velero. Dispone en lo alto del mástil de un balcón que me recuerda a los barcos piratas de las películas.
En la parte final del velero, me sorprende un ancla con forma de seta, o de medusa sin filamentos. Parece impropia para que se emplee como ancla, ya que no se amarraría bien al fondo marino, ni al del puerto. Me hace pensar que sirve más para que los barcos que fondean aquí puedan hacer sus amarres en ella y que, algo que fue diseñado como ancla cumple la función de los tochos metálicos que se ven en los puertos en forma de asiento, como el que aparece ante la proa del velero que acabo de dejar atrás.
El mapa ofrecido al inicio de esta etapa, explica mucho mejor lo que intento decir con mis palabras. Es lo que los alemanes llaman Jadebusen, declarado por la Unesco como Parque Natural Marino. Ya estamos en la parte más protegida de este golfo. Enfrente hay otro edificio de grandes dimensiones. Atracado en el muelle, me voy acercando a un barco. Una pasarela muy vieja, me hace pensar que este barco se mantiene estable y anclado sin bogar hacia alta mar. No lo puedo asegurar. Más adelante me encuentro con otro tinglado de casas de una planta flotantes, con sus caminos de acceso, como si de unos pantalanes se trataran.
No sé si son edificios para uso de pescadores que quieren acceder al mar en sus barcas, o si los utilizan como viviendas. Como el estado general de mantenimiento de esta plataforma, o gabarra, me parece bastante tercermundista, la creo impropia de Alemania.
Como tengo mucho tiempo para la hora del barco de esta tarde, voy con intención de pasar hacia el otro lado exterior del puerto. Observo que para estar en un puerto, el agua se muestra poco calma, lo que solemos definir como “mar picada”. A continuación, llego al barco Capitán Meller tapa al barco museo, el Feuerschiff Museumsschiff, que no lo vemos y, al fondo, el puente Kaiser Wilhelm Brücke, que está en reparación, aunque podré pasar al otro lado del dique, como se verá.
Siguiendo hacia el puente, paso junto a un potente velero. Dispone en lo alto del mástil de un balcón que me recuerda a los barcos piratas de las películas.
En la parte final del velero, me sorprende un ancla con forma de seta, o de medusa sin filamentos. Parece impropia para que se emplee como ancla, ya que no se amarraría bien al fondo marino, ni al del puerto. Me hace pensar que sirve más para que los barcos que fondean aquí puedan hacer sus amarres en ella y que, algo que fue diseñado como ancla cumple la función de los tochos metálicos que se ven en los puertos en forma de asiento, como el que aparece ante la proa del velero que acabo de dejar atrás.
El
puente Kaiser Wilhelm Brücke.
Aunque
el puente está siendo reparado, no hay ningún obstáculo para poder
pasar al otro lado del muelle. Es un puente levadizo que se abre por
la mitad para dar paso a los grandes barcos, y la reparación que
están abordando se refiere a la estructura metálica deteriorada y
herrumbrosa por el paso de los años.
Para acceder a la parte alta, necesitan usar una gran grúa que la veo desde el lado contrario al que voy. Es un puente majestuoso pero con una estructura que va quedando muy anticuada, aunque haya sido muy eficaz durante muchos años. Saco una foto no demasiado centrada, no vaya a ser que me lleve por delante algún coche. Desde el puente fotografío un buque gris que me parece de la marina de guerra. Es el D-186 que no sé si se visita, pero al que no tengo ninguna intención de ir a ver. En absoluto. Es muy probable que, alguno de los edificios que veo, también sean de la Armada Alemana. Tampoco lo puedo asegurar. Ya estoy al otro lado del puente.
Para acceder a la parte alta, necesitan usar una gran grúa que la veo desde el lado contrario al que voy. Es un puente majestuoso pero con una estructura que va quedando muy anticuada, aunque haya sido muy eficaz durante muchos años. Saco una foto no demasiado centrada, no vaya a ser que me lleve por delante algún coche. Desde el puente fotografío un buque gris que me parece de la marina de guerra. Es el D-186 que no sé si se visita, pero al que no tengo ninguna intención de ir a ver. En absoluto. Es muy probable que, alguno de los edificios que veo, también sean de la Armada Alemana. Tampoco lo puedo asegurar. Ya estoy al otro lado del puente.
Mar
abierto bien protegido.
En
realidad, este lado de la costa que ayer evité, cumple funciones de
dique de defensa del puerto, pero no es un mar con playa
sino que, a falta de arena, la hierba es un buen lugar para los
asientos-solarium alemanes. Primero
llego a una escultura en forma de cisne abstracto contempla el
mar. Voy por el paseo marítimo, donde los asientos para tomar el sol,
con su techo, han pasado al otro lado del paseo, alejados del mar.
También hay puestos para los socorristas. Coincido con un grupo excursionista, que va a hacer una visita guiada por las instalaciones de la armada, donde también se puede visitar un submarino. Y algún avión caza bombardero. No iba desencaminado cuando lo he visto desde el puente del Kaiser.
Como se va acercando la hora de comer, pronto empiezo a buscar restaurantes. Pero en ninguno veo oferta de Visa. ¿Será tan habitual que no necesitan ni poner el anagrama en las puertas? En alguna de las cartas leo Crave y se me antoja un centollo. ¿No estamos en puerto de mar? Tampoco haría ascos a un buey marino. Pregunto a un camarero a qué llaman ellos “crave”, pero no consigo que me lo enseñe. Me voy y sigo mirando otros. Llego al Acuarium y a un lugar donde me dicen que puedo sacar billete para el ferry de la tarde. Me dan la peor noticia que pudiera esperar. Me dicen que han suspendido el ferry de las 5 de la tarde. No habrá otro hasta mañana a las nueve. Muestro mi enfado, pues me lo acaban de confirmar en Turismo. Sigo hacia donde iba, pensativo, pero entonces tomo una decisión rápida. Por no querer volver a dormir en el mismo albergue, decido regresar hacia Sande e ir caminando por toda la bahía de Jadebusen, hasta donde llegue, y continuar mañana hacia Nordenham. Cuando estoy volviendo, el hombre al que he mostrado mi enfado, me dice que pondrán un autobús y que esté allí puntual a las cinco de la tarde. Hará el trayecto Wilhelmshaven-Eckwarder-hörne y me costará 7€. Aseguro mi plaza comprando el billete.
Siguiendo por encima del dique, hasta que me encuentro una valla que no me deja seguir y desciendo a la hierba. Como ya me voy acercando a un puerto deportivo, decido comer en el primer restaurante que veo, haiga lo que haiga.
También hay puestos para los socorristas. Coincido con un grupo excursionista, que va a hacer una visita guiada por las instalaciones de la armada, donde también se puede visitar un submarino. Y algún avión caza bombardero. No iba desencaminado cuando lo he visto desde el puente del Kaiser.
Como se va acercando la hora de comer, pronto empiezo a buscar restaurantes. Pero en ninguno veo oferta de Visa. ¿Será tan habitual que no necesitan ni poner el anagrama en las puertas? En alguna de las cartas leo Crave y se me antoja un centollo. ¿No estamos en puerto de mar? Tampoco haría ascos a un buey marino. Pregunto a un camarero a qué llaman ellos “crave”, pero no consigo que me lo enseñe. Me voy y sigo mirando otros. Llego al Acuarium y a un lugar donde me dicen que puedo sacar billete para el ferry de la tarde. Me dan la peor noticia que pudiera esperar. Me dicen que han suspendido el ferry de las 5 de la tarde. No habrá otro hasta mañana a las nueve. Muestro mi enfado, pues me lo acaban de confirmar en Turismo. Sigo hacia donde iba, pensativo, pero entonces tomo una decisión rápida. Por no querer volver a dormir en el mismo albergue, decido regresar hacia Sande e ir caminando por toda la bahía de Jadebusen, hasta donde llegue, y continuar mañana hacia Nordenham. Cuando estoy volviendo, el hombre al que he mostrado mi enfado, me dice que pondrán un autobús y que esté allí puntual a las cinco de la tarde. Hará el trayecto Wilhelmshaven-Eckwarder-hörne y me costará 7€. Aseguro mi plaza comprando el billete.
Siguiendo por encima del dique, hasta que me encuentro una valla que no me deja seguir y desciendo a la hierba. Como ya me voy acercando a un puerto deportivo, decido comer en el primer restaurante que veo, haiga lo que haiga.
Seglerheim am Nassauhafen.
Tampoco
ofrece Visa en la puerta, aunque sí Mastercard y American Express.
Entro y la señora me dice que también admiten Visa. Es algo
temprano para comer, las 12:30 horas, pero entro. Pido una sopa de
pescado a la que llaman GroBe Fischuppen. Es algo más caldosa que
las francesas, pero poco más. De segundo, tres filetes de pescados
de distintas especies. Al primero le quito ocho espinas.
Una señora, que me recuerda a mi madre, aunque come poco, deja casi todo su pescado en el plato, sin apenas probarlo. Cuando he entrado, el restaurante estaba casi vacío, pero se va animando. Pido la segunda Jever y escribo JÆViER en el papel de la botella. Cuando pido tres bolas de helado de postre, las fotografío. Debiera haber fotografiado el pescado que era más de fundamento. Como no tenían la strudel, la típica tarta de manzana alemana, he pedido el helado, aunque no tenían de gustos interesantes y he tenido que aguantarme con los sabores que menos gracia me hacen: vainilla, fresa y chocolate.
La nata añadida nunca falta. Así tienen las triporras las y los alemanes, añadiendo nata a los tanques de cerveza que se meten entre pecho y espalda. Me traslado a otra mesa más luminosa y allí escribo mi diario hasta las 14:30 horas. He orinado y aquí es donde he recortado las hojas 7 y 8 del folleto, aunque ni sé para qué me podrán servir. Siempre habrá tiempo de tirarlas. Pago con Visa 29,60€ y vuelvo a orinar, pues no podré hacerlo después en el autobús.
Pasearé por el puerto hasta que sea la hora de cogerlo. ¿Dibujaré? No. No estoy inspirado hoy. Como cuando llegue al otro lado estará lloviendo, le dedicaré el tiempo a la intendencia. Pero no adelantemos acontecimientos.
Una señora, que me recuerda a mi madre, aunque come poco, deja casi todo su pescado en el plato, sin apenas probarlo. Cuando he entrado, el restaurante estaba casi vacío, pero se va animando. Pido la segunda Jever y escribo JÆViER en el papel de la botella. Cuando pido tres bolas de helado de postre, las fotografío. Debiera haber fotografiado el pescado que era más de fundamento. Como no tenían la strudel, la típica tarta de manzana alemana, he pedido el helado, aunque no tenían de gustos interesantes y he tenido que aguantarme con los sabores que menos gracia me hacen: vainilla, fresa y chocolate.
La nata añadida nunca falta. Así tienen las triporras las y los alemanes, añadiendo nata a los tanques de cerveza que se meten entre pecho y espalda. Me traslado a otra mesa más luminosa y allí escribo mi diario hasta las 14:30 horas. He orinado y aquí es donde he recortado las hojas 7 y 8 del folleto, aunque ni sé para qué me podrán servir. Siempre habrá tiempo de tirarlas. Pago con Visa 29,60€ y vuelvo a orinar, pues no podré hacerlo después en el autobús.
Pasearé por el puerto hasta que sea la hora de cogerlo. ¿Dibujaré? No. No estoy inspirado hoy. Como cuando llegue al otro lado estará lloviendo, le dedicaré el tiempo a la intendencia. Pero no adelantemos acontecimientos.
Haciendo
tiempo hasta la hora del ferry-bus.
Primero
me dirijo hacia el Norte, alejándome en sentido contrario al bus.
Sopla viento y el cielo está encapotado. Paseo por debajo del dique.
Veo a un hombre con bicicleta apoyado en el muro de contención, que se ha quitado el pantalón y, sobre una manta, toma el sol en calzoncillos. Alguna ola sube hasta muy cerca de él y se la está jugando. Como el muro no quita, sino que está de cara al viento, no ofrece atractivo para mí y decido marcharme de allí.
Subo al espigón y saco foto de un faro de bocana, no muy alto, y del otro lado de la salida al mar del Golfo de Jade. Continúo y, justo al otro lado del mismo espigón, donde se forma una pequeña playa de arena, la protección del viento es total. Ficho el lugar por si, a la vuelta me apetece darme allí un baño.
Continúo el paseo entre el mar y la hierba del dique y desde allí fotografío la playita que he dejado atrás. Como se ve, está bien protegida del viento. Sigo hasta pasar dos o tres espigones más y regreso. A lo lejos se ven dos islas más, que podrían ser Oldoog y Mellum, las últimas Frisias orientales. De regreso, la gente que pasea a sus perros ha ido desapareciendo del dique. Llegando a la playa que he comentado, espero que pase y se aleje otro hombre con perro, me desnudo y doy un baño rápido. Me seco al aire paseando por la exigua playa y después me tumbo en la toalla de cara al mar.
Desde Borkum no me había metido en el mar y estaba a deseo de hacerlo. Pasado un cuarto de hora, me visto y parto del lugar. Este ha sido mi cuarto baño simbólico (de entrar y salir) en lo que va de verano en el Mar del Norte. Los tres primeros me los di en las islas Frisias. Saco una foto del puerto deportivo y, desde lejos, saco otra del Aquarium. Son todavía las 15:20 y tengo que hacer tiempo para el barco-bus de las cinco.
El mar se está embraveciendo. Quizás estaba previsto y por esa razón suspendieron con tiempo el ferry a Eckwarderhörne. Me asomo al puerto donde veo un gran barco, pero lo que más destaca, por su colorido y forma, son dos boyas que tienen la apariencia de los corchos que flotan sobre el agua de las cañas de los pescadores.
Al menos a mí así me lo parecen. Al otro lado, veo dos de las grandes grúas del puerto comercial. Entonces me acerco al Aquarium, el mar sigue encabritándose. El paseo marítimo del primer tramo de esta mañana, ha quedado al otro lado y ya no volveré a pasar el puente para volver a él.
La torre de la iglesia en que he estado esta mañana, destaca como monumento puntiagudo de entre toda la arquitectura privada y pública de la ciudad. Es lo que suele ocurrir siempre. El nombre de la compañía del ferry, según leo en el billete, es Reederei Warrings.
Con el mal tiempo que hace, no me apetece sentarme en una terraza a dibujar. Bajo unas escaleras, veo un WC y orino, así iré mejor, sin problemas, en el autobús cuando llegue.
Camino hacia el Sur. Paso por debajo del puente levadizo. Entro en un edificio de oficinas. Una mujer me dice dónde están los museos, pero ignora el que está más cercano, el de la Unesco Weltnaturerbe Wattenmeer. Me acerco y compruebo que es de naturaleza animal. Todas las leyendas están en alemán y en inglés y cuesta siete euros. Como no me voy a enterar de la misa la media, no me apetece entrar y gastar desaprovechadamente. Camino hacia el Sudeste. Desde los edificios del dique exterior, entre dos de ellos, fotografío de nuevo la torre de la iglesia. Llego al final de unas casas por espacio protegido del viento y subo escaleras que me conducen a espacio de hierba privado.
Pasando plantas inocuas, sin zarzas, consigo subir de nuevo al dique. Uno ha tirado su funda y se mete en el mar, aun a riesgo de resbalarse en el musguillo de la rampa. En el otro lado, a mar abierto, aunque este mar lo sea menos, pues se trata del golfo de Jade, veo a unos wingsurfistas en dique seco. Al último, que acaba de salir del mar, el viento se lo llevaba hacia donde él no quería ir, así que ha tenido que tirarse al agua para que el viento no le tirara contra el muro inclinado de rocas de contención. Ya fuera del agua, decide llegar donde su compañero a pie, transportando en brazos su tabla y su vela. El otro tiene todos sus elementos sobre la hierba. Otra chica se está cambiando tras su coche. Paseo cercano al agua y llego al cisne metálico de esta mañana.
Antes de las cuatro y media, siguiendo el mismo paseo de la mañana, junto a las hamacas-asiento, que están cerradas y bien candadas, aunque algún generoso, no lo cande como dádiva al extraño que, si lo aprovecha, pasa a ser menos extraño, voy regresando hacia el Aquarium, hacia el lugar donde esta mañana he sacado el billete para el autobús que sustituirá al ferry. Prefiero esperar a que me esperen o se me vaya el único medio de transporte de hoy para el otro lado del Jadebusen. Una mujer lee un libro extremando precauciones. Nos miramos y levanto mi pulgar hacia arriba, como alabándole el gusto por la lectura, aunque el día esté desapacible. Un hombre lee una revista y sus páginas revolotean. Cuando llego al final de los asientos hay un enrejado que no me deja pasar. Retrocedo para subir al paseo y me apoyo en enchufe estratégico y logro subir de nuevo al paseo. No creo que aguante muchos empellones como el que yo le he propinado. Resultado, un ligero rasponazo en mi rodilla izquierda, en la que me he apoyado. Un matrimonio me ve salir de allí y mira incrédulo y yo le muestro la valla que no me dejaba pasar. Así llego al Aquarium, de nuevo, y a la parada del autobús.
Veo a un hombre con bicicleta apoyado en el muro de contención, que se ha quitado el pantalón y, sobre una manta, toma el sol en calzoncillos. Alguna ola sube hasta muy cerca de él y se la está jugando. Como el muro no quita, sino que está de cara al viento, no ofrece atractivo para mí y decido marcharme de allí.
Subo al espigón y saco foto de un faro de bocana, no muy alto, y del otro lado de la salida al mar del Golfo de Jade. Continúo y, justo al otro lado del mismo espigón, donde se forma una pequeña playa de arena, la protección del viento es total. Ficho el lugar por si, a la vuelta me apetece darme allí un baño.
Continúo el paseo entre el mar y la hierba del dique y desde allí fotografío la playita que he dejado atrás. Como se ve, está bien protegida del viento. Sigo hasta pasar dos o tres espigones más y regreso. A lo lejos se ven dos islas más, que podrían ser Oldoog y Mellum, las últimas Frisias orientales. De regreso, la gente que pasea a sus perros ha ido desapareciendo del dique. Llegando a la playa que he comentado, espero que pase y se aleje otro hombre con perro, me desnudo y doy un baño rápido. Me seco al aire paseando por la exigua playa y después me tumbo en la toalla de cara al mar.
Desde Borkum no me había metido en el mar y estaba a deseo de hacerlo. Pasado un cuarto de hora, me visto y parto del lugar. Este ha sido mi cuarto baño simbólico (de entrar y salir) en lo que va de verano en el Mar del Norte. Los tres primeros me los di en las islas Frisias. Saco una foto del puerto deportivo y, desde lejos, saco otra del Aquarium. Son todavía las 15:20 y tengo que hacer tiempo para el barco-bus de las cinco.
El mar se está embraveciendo. Quizás estaba previsto y por esa razón suspendieron con tiempo el ferry a Eckwarderhörne. Me asomo al puerto donde veo un gran barco, pero lo que más destaca, por su colorido y forma, son dos boyas que tienen la apariencia de los corchos que flotan sobre el agua de las cañas de los pescadores.
Al menos a mí así me lo parecen. Al otro lado, veo dos de las grandes grúas del puerto comercial. Entonces me acerco al Aquarium, el mar sigue encabritándose. El paseo marítimo del primer tramo de esta mañana, ha quedado al otro lado y ya no volveré a pasar el puente para volver a él.
La torre de la iglesia en que he estado esta mañana, destaca como monumento puntiagudo de entre toda la arquitectura privada y pública de la ciudad. Es lo que suele ocurrir siempre. El nombre de la compañía del ferry, según leo en el billete, es Reederei Warrings.
Con el mal tiempo que hace, no me apetece sentarme en una terraza a dibujar. Bajo unas escaleras, veo un WC y orino, así iré mejor, sin problemas, en el autobús cuando llegue.
Camino hacia el Sur. Paso por debajo del puente levadizo. Entro en un edificio de oficinas. Una mujer me dice dónde están los museos, pero ignora el que está más cercano, el de la Unesco Weltnaturerbe Wattenmeer. Me acerco y compruebo que es de naturaleza animal. Todas las leyendas están en alemán y en inglés y cuesta siete euros. Como no me voy a enterar de la misa la media, no me apetece entrar y gastar desaprovechadamente. Camino hacia el Sudeste. Desde los edificios del dique exterior, entre dos de ellos, fotografío de nuevo la torre de la iglesia. Llego al final de unas casas por espacio protegido del viento y subo escaleras que me conducen a espacio de hierba privado.
Pasando plantas inocuas, sin zarzas, consigo subir de nuevo al dique. Uno ha tirado su funda y se mete en el mar, aun a riesgo de resbalarse en el musguillo de la rampa. En el otro lado, a mar abierto, aunque este mar lo sea menos, pues se trata del golfo de Jade, veo a unos wingsurfistas en dique seco. Al último, que acaba de salir del mar, el viento se lo llevaba hacia donde él no quería ir, así que ha tenido que tirarse al agua para que el viento no le tirara contra el muro inclinado de rocas de contención. Ya fuera del agua, decide llegar donde su compañero a pie, transportando en brazos su tabla y su vela. El otro tiene todos sus elementos sobre la hierba. Otra chica se está cambiando tras su coche. Paseo cercano al agua y llego al cisne metálico de esta mañana.
Antes de las cuatro y media, siguiendo el mismo paseo de la mañana, junto a las hamacas-asiento, que están cerradas y bien candadas, aunque algún generoso, no lo cande como dádiva al extraño que, si lo aprovecha, pasa a ser menos extraño, voy regresando hacia el Aquarium, hacia el lugar donde esta mañana he sacado el billete para el autobús que sustituirá al ferry. Prefiero esperar a que me esperen o se me vaya el único medio de transporte de hoy para el otro lado del Jadebusen. Una mujer lee un libro extremando precauciones. Nos miramos y levanto mi pulgar hacia arriba, como alabándole el gusto por la lectura, aunque el día esté desapacible. Un hombre lee una revista y sus páginas revolotean. Cuando llego al final de los asientos hay un enrejado que no me deja pasar. Retrocedo para subir al paseo y me apoyo en enchufe estratégico y logro subir de nuevo al paseo. No creo que aguante muchos empellones como el que yo le he propinado. Resultado, un ligero rasponazo en mi rodilla izquierda, en la que me he apoyado. Un matrimonio me ve salir de allí y mira incrédulo y yo le muestro la valla que no me dejaba pasar. Así llego al Aquarium, de nuevo, y a la parada del autobús.
Esperando
al bus-ferry.
Hay
cuatro mujeres esperando, pero no me dan juego. Acabo hablando con un
hombre que, aunque está con su mujer y otros, me dedica su tiempo.
Se asombra y sorprende por lo que le cuento de mi viaje por la
Córsica del pasado año. Él había estado allí en 1992 y le gustó
mucho. Le explico las razones de mi disgusto como puedo pero, si él
me entiende a mí algo similar a lo poco que le entiendo yo a él,
con su rápido inglés, probablemente no se esté enterando de nada.
Me cuenta que estuvo trabajando en Australia y en Singapur. Mientras
él trabajaba, su mujer se quedaba en Alemania. Yo le cuento que, en
1992, yo hice un viaje por Centroeuropa. “¿Andando?”. No, en
autobús. Una paliza de viaje. Y que, al año siguiente, otro
similar, pero por Rusia y Ucrania. Hacía poco que se había
desmembrado la URSS. Él no tiene un buen concepto de los rusos como
anfitriones. Llega un bus, pero no es el nuestro. Parece que es uno
contratado para llevar a jubilados y el chofer me dice que no monte.
Me verá muy jovencito como para estar jubilado, y ya he cumplido los
setenta. No concibe un jubilado con mochilas. Son las 16:50 horas,
cuando llega el nuestro.
El
ferry que se transformó en autobús.
Me
corta el billete el mismo que me lo había vendido y como ya estamos
montados todos cuyos billetes habían vendido, salimos de allí cinco
minutos antes de la hora. Para qué esperar innecesariamente. Me han
informado que tardaríamos unos 50 minutos, pero pasará de la Menos
mal que llevamos buenos guías que conocen el terreno. El que me daba
conversación se ha ido para atrás, y yo me coloco en el tercer
asiento. Así voy viendo los pueblos por los que pasamos. Vamos
dejando atrás Sande y otros pueblos, por la carretera 437, que es la
que lleva a Nordenham pero que, una vez abandonado la bahía de Jade,
no lo hace por la costa, sino por el interior. Si me hubiese parado
en Norder-schweilburg, habría adelantado mucho y llegado antes a
Nordenham, pero me habría perdido la costa entre el Jade y el Weser.
Quizás hubiera salido ganando, pero también me habría perdido la
experiencia de dormir en un camping alemán. El autobús abandona la
dirección Este y comienza hacia el Norte. Cuando pasamos por
Stollhamm, veo en la carretera que sólo faltan 10 km para llegar a
Nordenham. Este dato será el que me dará pistas para variar el
recorrido previsto de mañana. Después veo que la distancia aumenta
a 16 km pero es normal, nos estamos alejando hacia el Oeste, hacia
donde, teóricamente, nos hubiera dejado el ferry. Muchos de los que
viajan conmigo, han dejado en el puerto sus coches y, si no se han
movido de allí, será en el puerto donde los recojan a la vuelta de
su visita a Wilhelmshaven. Vuelvo a ver el dique de costa, del que
estoy ya hasta los cojones. ¡Y yo que me creía que sólo los Países
Bajos habían puesto diques para contención del mar!. Veremos hasta
dónde llegan los diques en el Norte de Alemania y si continúan por
Dinamarca. Mañana, cuando pase el Weser, empezaré la andadura hacia
el Norte y todo será subir y subir hasta que llegue a Skagen, en el
extremo más Norte danés. Pero, tras el Weser, tendré que cruzar el
Elbe. En un mapa veo que el Rihn ya lo pasé en Holanda sin
enterarme. Lo tendré que mirar en casa al regreso. ¿Sería en
Rotterdam? Pero sigo en el bus. En el camino, empieza a llover,
primero suave, pero se va animando. Lo hace ahora con ganas, a juzgar
po el agua que arrastra el limpiaparabrisas.
Eckwarderhörne.
Rulot en Camping.
Cuando
llegamos, me despido del hombre que me ha dado conversación. Todos
corren a sus coches y yo me refugio en un camping aledaño. Enseguida
encuentro a quien lo regenta. Le explico como puedo que no tengo
tienda para acampar y me acompaña bajo la lluvia hacia una rulot. La
rulot está fijada a un camarote de madera prensada. Me enseña la
habitación con dos camas y le digo que usaré mi saco, así no
tendré que hacer uso de sus sábanas. Volvemos para indicarme dónde
está el retrete y las duchas y para decirme que, a las ocho me dará
un café. ¡A ver si es algo más que café! Aprovecho para orinar.
Me da las llaves y me cobra 15€. Eran los únicos billetes
cambiados que me quedaban. Aparte tenía dos de 50. En monedas, 1,60
euros.

Ya en mi rulot, aprovecho el tiempo desapacible para cuadrar cuentas y corregir el error, pues no apunté los 35 euros que pagué a Marja el día 8. Ya con las cuentas cuadradas al céntimo, me dedico a la logística. Entre los folletos, localizo algún albergue y lo señalo en el nuevo mapa. Además de uno en Nordenham, tengo otro en Cuxhaven y en Otterndorf, ambos después de pasar el Weser y antes de la desembocadura del Elbe.
A ver si mañana, con el café, me aclara algo más el jefe. Mientras, como pipas de calabaza, sésamo, arándanos pasos y, a las 21:30 horas como una barrita energética de plátano de Eroski. En el camping, ha dejado de llover, pero el viento arrecia. Decido que ya me ducharé mañana. Pongo en la mesilla, que durante la noche estará a mis pies, las gafas, el reloj y la taza que me va a servir de orinal durante la noche. Vaciaré tres veces la orina en el fregadero, a la vez que quiero dejar correr el agua. Pero no hay agua y mañana llenaré la gran taza de agua caliente en las duchas para que corra la orina por el tubo y quede limpio. Duermo bien. No parece que llueva en toda la noche.
Ya en mi rulot, aprovecho el tiempo desapacible para cuadrar cuentas y corregir el error, pues no apunté los 35 euros que pagué a Marja el día 8. Ya con las cuentas cuadradas al céntimo, me dedico a la logística. Entre los folletos, localizo algún albergue y lo señalo en el nuevo mapa. Además de uno en Nordenham, tengo otro en Cuxhaven y en Otterndorf, ambos después de pasar el Weser y antes de la desembocadura del Elbe.
A ver si mañana, con el café, me aclara algo más el jefe. Mientras, como pipas de calabaza, sésamo, arándanos pasos y, a las 21:30 horas como una barrita energética de plátano de Eroski. En el camping, ha dejado de llover, pero el viento arrecia. Decido que ya me ducharé mañana. Pongo en la mesilla, que durante la noche estará a mis pies, las gafas, el reloj y la taza que me va a servir de orinal durante la noche. Vaciaré tres veces la orina en el fregadero, a la vez que quiero dejar correr el agua. Pero no hay agua y mañana llenaré la gran taza de agua caliente en las duchas para que corra la orina por el tubo y quede limpio. Duermo bien. No parece que llueva en toda la noche.
Balance
de una jornada en la bahía de Jade.
Hoy
ha sido el día en que menos he avanzado a pie. El avance ha sido
corto y en bus, a falta de ferry. He comido bien, un pescado sin
demasiado misterio culinario. Menos mal que han sustituido el ferry
por un autobús y no nos han dejado a los pasajeros esperando hasta
mañana a las nueve. La solución barata propuesta por el jefe del
camping, me ha venido como la lluvia, caída del cielo.

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