Etapa 11 (452) Esens-Wilhelmshaven
Etapa 11 (452),
16 de junio de 2015, martes.
Esens-Stedesdorf-Burhafe-Abens-Biersum-Wittmund-Jever-Wilhelmshaven.
Amanece en sala
de tenis de mesa.
Me levanto a las
seis y media y me pongo a escribir. Escribo hasta las siete y media.
Saco foto de la mesa de ping-pong con mis mochilas y la cama al
fondo, en el rincón y otra de la maqueta proyecto de pista de skate.
Voy al baño del piso de arriba, para vaciar en el retrete la
papelera con la orina recogida durante la noche. Quiero afeitarme,
pero el enchufe está anulado. Tomo la pastilla y no me animo a
ducharme.
Cuando llego al comedor, toda la chiquillería está desayunando. Para entonces, un profesor me hace un hueco en la misma mesa en que cené ayer. El de Peniche evita mirarme. Es su forma de mostrar su vergüenza por no poderse comunicar conmigo, teniendo una madre de Burgos. Le saludo “¡Peniche!” y me devuelve el saludo. Veo al polaco coger su desayuno. Luego lo hace su chica. Desayuno un pan con salchichón y paté, un zumo rosa infumable y, con otro panecillo redondo, embadurnado de mantequilla y mermelada, unto en la leche caliente. Una chica me calienta una taza en el microondas.
Hay varios termos, pero no encuentro café. Eran más crujientes los panecillos holandeses. Recojo todo y lo dejo donde los desperdicios y el material para lavar. Hay unos cuencos como de papel, donde se pone uno la mermelada que va a consumir. Parece que son de material biodegradable. Como he comido un kiwi y un plátano, las pieles van al mismo contenedor que el cuenco. Bajo a la habitación, retiro las sábanas, y dejo la sala expedita para que la chavalería pueda jugar al ping-pong cuando sea la hora. De momento, cierro la sala con llave, pues tendrán que retirar el colchón, antes de que entren a jugar. Subo las sábanas y la llave a recepción y se las doy a Bárbara. ¡Danke!, ¡danke!, ¡danke! Y me voy muy agradecido por su buen hacer para conmigo.
Cuando llego al comedor, toda la chiquillería está desayunando. Para entonces, un profesor me hace un hueco en la misma mesa en que cené ayer. El de Peniche evita mirarme. Es su forma de mostrar su vergüenza por no poderse comunicar conmigo, teniendo una madre de Burgos. Le saludo “¡Peniche!” y me devuelve el saludo. Veo al polaco coger su desayuno. Luego lo hace su chica. Desayuno un pan con salchichón y paté, un zumo rosa infumable y, con otro panecillo redondo, embadurnado de mantequilla y mermelada, unto en la leche caliente. Una chica me calienta una taza en el microondas.
Hay varios termos, pero no encuentro café. Eran más crujientes los panecillos holandeses. Recojo todo y lo dejo donde los desperdicios y el material para lavar. Hay unos cuencos como de papel, donde se pone uno la mermelada que va a consumir. Parece que son de material biodegradable. Como he comido un kiwi y un plátano, las pieles van al mismo contenedor que el cuenco. Bajo a la habitación, retiro las sábanas, y dejo la sala expedita para que la chavalería pueda jugar al ping-pong cuando sea la hora. De momento, cierro la sala con llave, pues tendrán que retirar el colchón, antes de que entren a jugar. Subo las sábanas y la llave a recepción y se las doy a Bárbara. ¡Danke!, ¡danke!, ¡danke! Y me voy muy agradecido por su buen hacer para conmigo.
El Esens que ayer
no vi.
Para las ocho y
cuarto ya estoy saliendo del albergue. Como es día de mucho caminar,
no quiero entretenerme demasiado en el pueblo. Lo primero que veo es
el molino. Doy prioridad al pan, que a los rezos del pan nuestro de
cada día, que ya he tenido oportunidad de desayunar hoy.

Primero foto del molino, luego de la iglesia, aunque serán tres las que le dedico, frente una a la prioritaria. El molino sigue la misma traza de los últimamente vistos, pero está de los que mejor conservados, también el espacio ajardinado delantero, da idea de lo bien que lo quieren presentar y lo presentan.

Hay gran variedad de árboles y arbustos de diversas formas y colores; quizás se les puede poner un pero: el de la excesiva artificialidad. El campanario de la iglesia, con su reloj que señala las 8:25 horas, puntual como mi reloj (adelantado 2 minutos), está en una alta torre.

La factura es de ladrillo rojo que culmina en negro y largo pincho. Como no tengo suficiente espacio, al conjunto de la iglesia lo fotografío entre árboles, un conjunto que necesariamente ha de ser incompleto. Finalizo con otra foto dedicada al ábside, que me permite sacar también un edificio que no sé para qué es y que tiene base de copas que finalizan en un bello primer piso acristalado. Es como si fueran copas de cristal o lámparas de dicho material. No sé para qué es, pero me gusta su estructura.

Llegando a una marquesina de parada de autobús, donde se indican nombres de calles y la dirección para llegar a un museo, veo varios contenedores para recogida selectiva de residuos pero, lo que más me sorprende ver, pegadas a un árbol, un montón de bolsas amontonadas como en tiempos antediluvianos. Esperemos que pase pronto el camión de la basura.
Paso por el cementerio y saco foto de la calle principal con la capilla al fondo. Está muy bien cuidado, limpio y con pocas losas, de forma que sobre los cuerpos o cenizas enterrados pueden plantar plantas de hojas, pequeños arbustos y flores. Llegando a un cruce, pero no veo ninguna dirección Jever, ni Wilhelmshaven. Retrocedo y, una mujer muy amable que entra a trabajar a las nueve, me acompaña hacia la estación.
Allí veo la señal de 15 km a Wittmund, que es el primer pueblo importante de la carretera por la que tengo que ir, le doy la mano agradecido y le digo danke, gracias.
Primero foto del molino, luego de la iglesia, aunque serán tres las que le dedico, frente una a la prioritaria. El molino sigue la misma traza de los últimamente vistos, pero está de los que mejor conservados, también el espacio ajardinado delantero, da idea de lo bien que lo quieren presentar y lo presentan.
Hay gran variedad de árboles y arbustos de diversas formas y colores; quizás se les puede poner un pero: el de la excesiva artificialidad. El campanario de la iglesia, con su reloj que señala las 8:25 horas, puntual como mi reloj (adelantado 2 minutos), está en una alta torre.
La factura es de ladrillo rojo que culmina en negro y largo pincho. Como no tengo suficiente espacio, al conjunto de la iglesia lo fotografío entre árboles, un conjunto que necesariamente ha de ser incompleto. Finalizo con otra foto dedicada al ábside, que me permite sacar también un edificio que no sé para qué es y que tiene base de copas que finalizan en un bello primer piso acristalado. Es como si fueran copas de cristal o lámparas de dicho material. No sé para qué es, pero me gusta su estructura.
Llegando a una marquesina de parada de autobús, donde se indican nombres de calles y la dirección para llegar a un museo, veo varios contenedores para recogida selectiva de residuos pero, lo que más me sorprende ver, pegadas a un árbol, un montón de bolsas amontonadas como en tiempos antediluvianos. Esperemos que pase pronto el camión de la basura.
Paso por el cementerio y saco foto de la calle principal con la capilla al fondo. Está muy bien cuidado, limpio y con pocas losas, de forma que sobre los cuerpos o cenizas enterrados pueden plantar plantas de hojas, pequeños arbustos y flores. Llegando a un cruce, pero no veo ninguna dirección Jever, ni Wilhelmshaven. Retrocedo y, una mujer muy amable que entra a trabajar a las nueve, me acompaña hacia la estación.
Allí veo la señal de 15 km a Wittmund, que es el primer pueblo importante de la carretera por la que tengo que ir, le doy la mano agradecido y le digo danke, gracias.
Carretera y vías
casi hasta destino. Stedesdorf.
Las vías me van a
acompañar toda la mañana y parte de la tarde. Entrando en
Stedesdorf me agrada ver un perfecto pinsapo plantado en el jardín
de una de sus casas. Me gusta y lo fotografío.

Son las nueve en punto de la mañana. Poco más adelante, un corta-césped mecanizado montado por un empleado municipal, o quizás sea una subcontrata, va rasurando metódicamente y haciendo rayas, la hierba para que no siga creciendo y pueda dar sensación de abandono de los equipos de jardinería. Es día de labor y la carretera ya tiene movimiento. Por suerte el carril bici me permite ir descuidado de la circulación viaria.
Tras el paso de la cortadora de césped, el asfalto del carril se va tiñendo de verde por las pequeñas partículas de hierba que va expulsando la máquina. Saliendo ya de Stedesdorf, me atrae una planta que, vista de lejos, me ha parecido una bonita hortensia florida, de flores rosáceas. A mí me gustan más las azuladas o la mezcla de ambos colores, pero cuando me acerco, veo que es otra planta cuyo nombre desconozco.
Me gusta menos que la hortensia, pero también es una nota de color que alegra mi camino. También en las afueras del mismo pueblo, encuentro que la vía paralela cruza con otra carretera de menor categoría y cuyo paso se regula por semáforo. Recuerdo mi niñez cuando, en los pasos a nivel de los trenes, en unas aspas, se podía leer: “Ojo al tren, paso sin guarda”, pero es que en aquellos tiempos no había semáforos.
Mirábamos y remirábamos a ambos lados de las vías para que no nos pillara ningún tren. Nos traía cuenta mirar bien. Antes de las diez, un tren pasa a gran velocidad y después viene un tramo en que las vías se van alejando de la carretera.
Son las nueve en punto de la mañana. Poco más adelante, un corta-césped mecanizado montado por un empleado municipal, o quizás sea una subcontrata, va rasurando metódicamente y haciendo rayas, la hierba para que no siga creciendo y pueda dar sensación de abandono de los equipos de jardinería. Es día de labor y la carretera ya tiene movimiento. Por suerte el carril bici me permite ir descuidado de la circulación viaria.
Tras el paso de la cortadora de césped, el asfalto del carril se va tiñendo de verde por las pequeñas partículas de hierba que va expulsando la máquina. Saliendo ya de Stedesdorf, me atrae una planta que, vista de lejos, me ha parecido una bonita hortensia florida, de flores rosáceas. A mí me gustan más las azuladas o la mezcla de ambos colores, pero cuando me acerco, veo que es otra planta cuyo nombre desconozco.
Me gusta menos que la hortensia, pero también es una nota de color que alegra mi camino. También en las afueras del mismo pueblo, encuentro que la vía paralela cruza con otra carretera de menor categoría y cuyo paso se regula por semáforo. Recuerdo mi niñez cuando, en los pasos a nivel de los trenes, en unas aspas, se podía leer: “Ojo al tren, paso sin guarda”, pero es que en aquellos tiempos no había semáforos.
Mirábamos y remirábamos a ambos lados de las vías para que no nos pillara ningún tren. Nos traía cuenta mirar bien. Antes de las diez, un tren pasa a gran velocidad y después viene un tramo en que las vías se van alejando de la carretera.
El tren que acaba de
pasar viene de Burhafe. Como no tengo cosa mejor que hacer, mientras
camino por el carril bici, junto a la carretera, que parece ha sido
asfaltada recientemente, observo el sistema de anclaje y fijación
del suelo, también el pintado en blanco de la banda sonora lateral,
un buen sistema para despertar a un posible conductor que se haya
adormilado. El mismo sistema lo lleva la mediana. Las rejillas
metálicas incrustadas en el arcén parecen servir a la fijación del
mismo, de tal forma que el asfalto no se desmorone ni se desplace. Me
parece un buen sistema, pero creo que tiene que encarecer enormemente
el precio del kilómetro de asfaltado.
Me apetece fotografiarlo. No sé si en nuestro país se usa un sistema igual, similar o mejor y más barato. Quede aquí sólo como muestra. Paso junto a un hermoso campo de trigo en proceso avanzado de maduración, aunque todavía le queda bastante para que las espigas adquieran su color dorado previo a la siega. Con todo y gracias al viento que mueve las espigas, el efecto que recibo es precioso, parece el oleaje de un mar de tonos ocres en pleno movimiento. Muy bonito.
No ha pasado un cuarto de hora, cuando llego a otro campo, ya segado, con cuya hierba recogida ya han hecho los clásicos rollos para la alimentación del ganado en la época fría del invierno. Sobre uno de los rollos había un águila real, pero para cuando he ido a fotografiarla ya se ha volado. Me da la sensación de que aquí los rollos quedarán así, sin necesidad de cubrirlos con plástico, que es la otra forma como se suelen almacenar.
Dicen que dentro del plástico la hierba fermenta y da un sabor diferente que gusta al ganado. Como yo no como hierba, ni fermentada ni sin fermentar, nunca lo podré confirmar. Próximo a entrar en Burhafe, con la carretera alejada de las vías del tren, sigo por el carril bici que, por suerte, va por el lado izquierdo.
Al paso por Burhafe, el cielo sigue encapotado, aunque no parece que amenace lluvia. Casas, árboles, caballos y un potrillo, me ven pasar sin inmutarse.
Me apetece fotografiarlo. No sé si en nuestro país se usa un sistema igual, similar o mejor y más barato. Quede aquí sólo como muestra. Paso junto a un hermoso campo de trigo en proceso avanzado de maduración, aunque todavía le queda bastante para que las espigas adquieran su color dorado previo a la siega. Con todo y gracias al viento que mueve las espigas, el efecto que recibo es precioso, parece el oleaje de un mar de tonos ocres en pleno movimiento. Muy bonito.
No ha pasado un cuarto de hora, cuando llego a otro campo, ya segado, con cuya hierba recogida ya han hecho los clásicos rollos para la alimentación del ganado en la época fría del invierno. Sobre uno de los rollos había un águila real, pero para cuando he ido a fotografiarla ya se ha volado. Me da la sensación de que aquí los rollos quedarán así, sin necesidad de cubrirlos con plástico, que es la otra forma como se suelen almacenar.
Dicen que dentro del plástico la hierba fermenta y da un sabor diferente que gusta al ganado. Como yo no como hierba, ni fermentada ni sin fermentar, nunca lo podré confirmar. Próximo a entrar en Burhafe, con la carretera alejada de las vías del tren, sigo por el carril bici que, por suerte, va por el lado izquierdo.
Al paso por Burhafe, el cielo sigue encapotado, aunque no parece que amenace lluvia. Casas, árboles, caballos y un potrillo, me ven pasar sin inmutarse.
Abens.
Abens sigue igual de
alejado o más de las vías del tren, aunque cuando lleguemos al
siguiente pueblo, Biersum, se volverán a encontrar vías y
carretera.
Paso por un jardín donde, junto a un molino de viento con cuatro aspas típico del lugar, retoza profusión de enanitos, de la familia de los de Blanca Nieves, pero echo en falta a la bella niña. Hay de muchos tamaños, colores y posiciones diversas, uno con tienda de campaña y también un Bamby. Es otra muestra colorista del paisaje que me ofrece esta Alemania sorprendente.
A los hortelanos, quizás les interese más los elementos propios de labranza, como es la rueda de carro y la máquina manual para hacer surcos en la tierra. Pero entre tanto exceso de figuras, veo en otra casa otra forma que me agrada más y me resulta más simpática y es una figurilla, con fondo de pedrusco, de un hombre risueño de cerámica en colores azul y blanco. También lo fotografío y os lo ofrezco para que elijáis. ¿Qué jardín preferís?
Como decía, llegando a Biersum las vías se volverán a juntar y aprovecho que pasa un tren para que se vea a la distancia que todavía está de las vías la carretera. Es el momento en que paso por un prado repleto de vacas. Aunque lejanas, pues están más cerca del tren que de la carretera, aprovecho para fotografiar otra muestra de paisaje más natural que el de las figurillas de cerámica que acabo de dejar atrás.
Antes de llegar a Biersum, me fijo en otro sistema de emparrillado entre el arcén y el asfalto de la carretera, muy similar al anterior, pero más recio, aunque no creo que sea tan eficaz que el primero. Pareciera que aquel se incrustaba mejor en el suelo.
Ya en Biersum, me intereso por una casa cuyos setos arbustivos tienen forma redondeada, parecen huevos, y los setos separadores están también muy recortados, quizás en exceso para mi gusto, pero me gusta la variedad de tonalidades entre los ocres y los verdes. Saliendo de Biersum, empieza a lloviznar.
Paso por un jardín donde, junto a un molino de viento con cuatro aspas típico del lugar, retoza profusión de enanitos, de la familia de los de Blanca Nieves, pero echo en falta a la bella niña. Hay de muchos tamaños, colores y posiciones diversas, uno con tienda de campaña y también un Bamby. Es otra muestra colorista del paisaje que me ofrece esta Alemania sorprendente.
A los hortelanos, quizás les interese más los elementos propios de labranza, como es la rueda de carro y la máquina manual para hacer surcos en la tierra. Pero entre tanto exceso de figuras, veo en otra casa otra forma que me agrada más y me resulta más simpática y es una figurilla, con fondo de pedrusco, de un hombre risueño de cerámica en colores azul y blanco. También lo fotografío y os lo ofrezco para que elijáis. ¿Qué jardín preferís?
Como decía, llegando a Biersum las vías se volverán a juntar y aprovecho que pasa un tren para que se vea a la distancia que todavía está de las vías la carretera. Es el momento en que paso por un prado repleto de vacas. Aunque lejanas, pues están más cerca del tren que de la carretera, aprovecho para fotografiar otra muestra de paisaje más natural que el de las figurillas de cerámica que acabo de dejar atrás.
Antes de llegar a Biersum, me fijo en otro sistema de emparrillado entre el arcén y el asfalto de la carretera, muy similar al anterior, pero más recio, aunque no creo que sea tan eficaz que el primero. Pareciera que aquel se incrustaba mejor en el suelo.
Ya en Biersum, me intereso por una casa cuyos setos arbustivos tienen forma redondeada, parecen huevos, y los setos separadores están también muy recortados, quizás en exceso para mi gusto, pero me gusta la variedad de tonalidades entre los ocres y los verdes. Saliendo de Biersum, empieza a lloviznar.
Wittmund.
Han caído cuatro
gotas y entrando en Wittmund llovizna de nuevo. Me llama la atención
una construcción baja acristalada cuya finalidad desconozco.
Es mezcla de metal y cristal pero ningún cartel, ni letrero da pistas. Parece que dentro se ven mesas y sillas, pero me da la sensación de que sea un laboratorio.

Quizás sea porque en los laboratorios hay también probetas y matraces cristalinos. Me acerco al molino, donde leo Gluck Zu. ¿Será una sala de fiestas como la del Moulin Rouge parisino?

La piedra del molino, que ya no cumple una función demoledora, ahora permite matar el tiempo, mejor dicho, medir el tiempo. Pero sólo puede señalar un tiempo delimitado entre las 9 y las 5. Aquí nunca será la una PM. Como esta piedra molar sólo mide con sol y el día está nublado, no podré saber si está bien orientada o desorientada.
Al menos yo hoy, con buen mapa, camino por carreteras y voy bien orientado. En el reloj de la iglesia son las 11:35. La torre y el resto son, para no variar, de ladrillo rojo. Es una iglesia más hermosa que las últimas que he visto, acorde con el tamaño y la importancia del lugar, parece una conurbanización mayor que la de Esens. Tomo un capuchino en Bäckerey&Konditorei Musswessels por 2,20€. La razón para entrar es que me ha dado el apretón y entro allí para descargar el intestino. Lo primero que he hecho es comprobar que tenían toiletten.

Ojeo el periódico y me centro en la zona Ems-Jade. No ofrece nada de fútbol femenino en Canadá. Me he puesto a escribir cuando daban las campanadas de las doce en el reloj de la iglesia y son las 12:30 horas cuando lo dejo.

Salgo hacia Jevers. La chica me ha dicho que está a 6 km. Creo que comeré allí. Al salir veo manos en cerámica incrustadas en el suelo. Las estoy viendo a la inversa y, si quiero leer de quien son tengo que volver, leer, volverme y continuar.
Todos los nombres que leo me son totalmente desconocidos. Finalmente, saco foto de un Presidente de gobierno, que fotografío con uno de los tantos sillones que he visto en las playas alemanas y que aquí tenéis oportunidad de ver más de cerca. Se ve que además de utilidad, cumple una función decorativa. Luego fotografío un edificio que me gusta: Haus Finkenburg y, cuando ya me estoy marchando, veo las manos de Carlos Bohm (El príncipe de Sisí) y las de Hardy Kruger. Nombres que completan mi mañana cinéfila.
Era muy niño cuando tuve oportunidad de ver aquellas películas de Sisí, Sisí emperatriz, Los jóvenes años de una reina, con Karl Heinz Bohm y Rommy Schneider, también La panadera y el emperador. De Hardy Kruger creo recordar Último taxi a Tobruck, pero tengo mis dudas. Con este paseo final e inesperado, voy saliendo de este pueblo más grande hacia Jever, que es mayor. Todavía sin salir de Wittmund, paso por una casa donde un jardinero completa sus pensamientos en un pequeño parterre.
Observo que va sacando las plantitas de sus insignificantes tiestos que, una vez que han servido para el primer desarrollo de ellas, ahora ya no tienen utilidad. ¿Serán reciclados para que crezcan otras? Cuando veo poner algunas plantas nuevas en los jardines de mi ciudad, muchas veces las colocan enterrando el tiesto con ellas. No sé cuál es la fórmula más correcta. Saliendo de Wittmund, paso junto a una gasolinera.
Aprovecho para fotografiar los precios del combustible. Como yo no tengo vehículo, no tengo la referencia de lo que cuesta en España, con todas las variantes de los más próximos a las grandes superficies, que suelen ofrecerla más barata para atraer clientelas a los centros comerciales de las mismas y las más próximas a donde vivo, por ser gasolineras fronterizas, también tratan de atraer a los franceses con mejores precios que los que tienen en su país. Hay quedan unos precios cambiantes para quien quiera comparar.
Entre Wittmund y Jever.
Es mezcla de metal y cristal pero ningún cartel, ni letrero da pistas. Parece que dentro se ven mesas y sillas, pero me da la sensación de que sea un laboratorio.
Quizás sea porque en los laboratorios hay también probetas y matraces cristalinos. Me acerco al molino, donde leo Gluck Zu. ¿Será una sala de fiestas como la del Moulin Rouge parisino?
La piedra del molino, que ya no cumple una función demoledora, ahora permite matar el tiempo, mejor dicho, medir el tiempo. Pero sólo puede señalar un tiempo delimitado entre las 9 y las 5. Aquí nunca será la una PM. Como esta piedra molar sólo mide con sol y el día está nublado, no podré saber si está bien orientada o desorientada.
Al menos yo hoy, con buen mapa, camino por carreteras y voy bien orientado. En el reloj de la iglesia son las 11:35. La torre y el resto son, para no variar, de ladrillo rojo. Es una iglesia más hermosa que las últimas que he visto, acorde con el tamaño y la importancia del lugar, parece una conurbanización mayor que la de Esens. Tomo un capuchino en Bäckerey&Konditorei Musswessels por 2,20€. La razón para entrar es que me ha dado el apretón y entro allí para descargar el intestino. Lo primero que he hecho es comprobar que tenían toiletten.
Ojeo el periódico y me centro en la zona Ems-Jade. No ofrece nada de fútbol femenino en Canadá. Me he puesto a escribir cuando daban las campanadas de las doce en el reloj de la iglesia y son las 12:30 horas cuando lo dejo.
Salgo hacia Jevers. La chica me ha dicho que está a 6 km. Creo que comeré allí. Al salir veo manos en cerámica incrustadas en el suelo. Las estoy viendo a la inversa y, si quiero leer de quien son tengo que volver, leer, volverme y continuar.
Todos los nombres que leo me son totalmente desconocidos. Finalmente, saco foto de un Presidente de gobierno, que fotografío con uno de los tantos sillones que he visto en las playas alemanas y que aquí tenéis oportunidad de ver más de cerca. Se ve que además de utilidad, cumple una función decorativa. Luego fotografío un edificio que me gusta: Haus Finkenburg y, cuando ya me estoy marchando, veo las manos de Carlos Bohm (El príncipe de Sisí) y las de Hardy Kruger. Nombres que completan mi mañana cinéfila.
Era muy niño cuando tuve oportunidad de ver aquellas películas de Sisí, Sisí emperatriz, Los jóvenes años de una reina, con Karl Heinz Bohm y Rommy Schneider, también La panadera y el emperador. De Hardy Kruger creo recordar Último taxi a Tobruck, pero tengo mis dudas. Con este paseo final e inesperado, voy saliendo de este pueblo más grande hacia Jever, que es mayor. Todavía sin salir de Wittmund, paso por una casa donde un jardinero completa sus pensamientos en un pequeño parterre.
Observo que va sacando las plantitas de sus insignificantes tiestos que, una vez que han servido para el primer desarrollo de ellas, ahora ya no tienen utilidad. ¿Serán reciclados para que crezcan otras? Cuando veo poner algunas plantas nuevas en los jardines de mi ciudad, muchas veces las colocan enterrando el tiesto con ellas. No sé cuál es la fórmula más correcta. Saliendo de Wittmund, paso junto a una gasolinera.
Aprovecho para fotografiar los precios del combustible. Como yo no tengo vehículo, no tengo la referencia de lo que cuesta en España, con todas las variantes de los más próximos a las grandes superficies, que suelen ofrecerla más barata para atraer clientelas a los centros comerciales de las mismas y las más próximas a donde vivo, por ser gasolineras fronterizas, también tratan de atraer a los franceses con mejores precios que los que tienen en su país. Hay quedan unos precios cambiantes para quien quiera comparar.
Entre Wittmund y Jever.
Terminado Wittmund,
ya salgo a la campiña. Al llegar a una granja, me sorprende ver,
junto a un edificio más o menos tradicional, tres especies de
tejados que parecen una cúpula plástica hinchada. Llaman mucho la
atención por su color blanco, pues la mayoría de los tejados suelen
ser del color de la teja, de la paja o negros.
Pasada la granja, en el siguiente prado, descansan vacas multicolores. La mayoría están tumbadas y rumiando la hierba que han comido previamente. Cuento más de un centenar. Están tan alejadas que no les puedo ver si tienen llenas o muy vacías sus ubres. Tampoco se las voy a ver a las damas escondidas que se ofrecen a continuación.
En medio de la nada, para dar servicio a las dos ciudades y a los que se quieran perder por allí, el Partytreff ofrece sexo a quien quiera hacer uso de él, pero no a estas horas. Unas piernas con medias y ligas son las encargadas de ilustrar el reclamo. Por lo demás, el edificio es bajo y discreto en la planta baja. La superior es abuhardillada.
Durante un largo rato la carretera sigue paralela a las vías del tren. A mitad de camino, antes de Jever, las vías se vuelven a alejar de la carretera. Es así como llego a un paso a nivel sin guarda. Al otro lado de la carretera veo una hermosa casa. El conductor que quiera entrar en ella, debe pasar por encima de las vías del ferrocarril, lo que le obligará a poner mucha atención para hacer la maniobra, ya que entre carretera y vías no hay espacio para un vehículo de tamaño mayor que un coche.
Pasado un rato, las vías del tren cruzan la carretera general y es entonces cuando si son necesarias las barreras. Como cuando llego empiezan a bajar las barreras con acompañamiento sonoro, espero para fotografiar al tren que viene. Es un tren eléctrico corto, de sólo una unidad o de dos vagones articulados.
Pocos son los viajeros que circulan en él. Este cruce me sirve para saber en qué lugar me encuentro exactamente en mi mapa. Es fácil, pues es el único momento entre Wittmund y Jever, donde se cruzan carretera y ferrocarril. Después llego a una chopera, que me hace pensar en que cerca hay un regato, pues estos árboles suelen aparecer donde hay humedad.
Necesitan agua para crecer al infinito. Delante, en un prado, veo dos caballos blancos y uno negro amarronado. Los tres comen enseñándome sus cuartos traseros y su cola.

Durante todo el trayecto entre estas dos ciudades, disfruto de buena pista para bicicletas, que también es para peatones, paralela a la carretera, aunque en esta ocasión me hace ir por donde no me gusta, puesto que los vehículos me sobrepasan viniendo por atrás.
El cielo está encapotado, pero no amenazante, aunque antes hayan caído algunas gotas. Ya empiezo a ver carretera adelante, trazas de una importante ciudad.
Pasada la granja, en el siguiente prado, descansan vacas multicolores. La mayoría están tumbadas y rumiando la hierba que han comido previamente. Cuento más de un centenar. Están tan alejadas que no les puedo ver si tienen llenas o muy vacías sus ubres. Tampoco se las voy a ver a las damas escondidas que se ofrecen a continuación.
En medio de la nada, para dar servicio a las dos ciudades y a los que se quieran perder por allí, el Partytreff ofrece sexo a quien quiera hacer uso de él, pero no a estas horas. Unas piernas con medias y ligas son las encargadas de ilustrar el reclamo. Por lo demás, el edificio es bajo y discreto en la planta baja. La superior es abuhardillada.
Durante un largo rato la carretera sigue paralela a las vías del tren. A mitad de camino, antes de Jever, las vías se vuelven a alejar de la carretera. Es así como llego a un paso a nivel sin guarda. Al otro lado de la carretera veo una hermosa casa. El conductor que quiera entrar en ella, debe pasar por encima de las vías del ferrocarril, lo que le obligará a poner mucha atención para hacer la maniobra, ya que entre carretera y vías no hay espacio para un vehículo de tamaño mayor que un coche.
Pasado un rato, las vías del tren cruzan la carretera general y es entonces cuando si son necesarias las barreras. Como cuando llego empiezan a bajar las barreras con acompañamiento sonoro, espero para fotografiar al tren que viene. Es un tren eléctrico corto, de sólo una unidad o de dos vagones articulados.
Pocos son los viajeros que circulan en él. Este cruce me sirve para saber en qué lugar me encuentro exactamente en mi mapa. Es fácil, pues es el único momento entre Wittmund y Jever, donde se cruzan carretera y ferrocarril. Después llego a una chopera, que me hace pensar en que cerca hay un regato, pues estos árboles suelen aparecer donde hay humedad.
Necesitan agua para crecer al infinito. Delante, en un prado, veo dos caballos blancos y uno negro amarronado. Los tres comen enseñándome sus cuartos traseros y su cola.
Durante todo el trayecto entre estas dos ciudades, disfruto de buena pista para bicicletas, que también es para peatones, paralela a la carretera, aunque en esta ocasión me hace ir por donde no me gusta, puesto que los vehículos me sobrepasan viniendo por atrás.
El cielo está encapotado, pero no amenazante, aunque antes hayan caído algunas gotas. Ya empiezo a ver carretera adelante, trazas de una importante ciudad.
Jever.
Junto al carril
bici, un cartel me da la bienvenida a Jever, donde destacan la
producción de su cerveza. Ya sé que ésta será la cerveza que
beberé por estos lares.

Antes de aparecer las primeras casas, veo un cartel en que me agrada ver que Jever está hermanado con Cullera (País Valenciá). Son las dos cuando ya estoy buscando un lugar para comer.

Junto a la carretera veo la escultura de un escultor que se anuncia como tallador de piedra, quizás también cantero. Me parece una adecuada manera de promocionarse ofreciendo lo que mejor sabe hacer. El lugar es bello, pues está muy bien relacionada la piedra con la vegetación que ofrece la naturaleza.
En pocos minutos estoy ante una iglesia con una fachada moderna, por su acristalado, pero clásica por su estructura de ladrillo que, en parte, ya ha sido cubierta por la hiedra y que mantiene la tradición con respecto a lo que se conserva de iglesia antigua, como veré después que coma.
Antes de aparecer las primeras casas, veo un cartel en que me agrada ver que Jever está hermanado con Cullera (País Valenciá). Son las dos cuando ya estoy buscando un lugar para comer.
Junto a la carretera veo la escultura de un escultor que se anuncia como tallador de piedra, quizás también cantero. Me parece una adecuada manera de promocionarse ofreciendo lo que mejor sabe hacer. El lugar es bello, pues está muy bien relacionada la piedra con la vegetación que ofrece la naturaleza.
En pocos minutos estoy ante una iglesia con una fachada moderna, por su acristalado, pero clásica por su estructura de ladrillo que, en parte, ya ha sido cubierta por la hiedra y que mantiene la tradición con respecto a lo que se conserva de iglesia antigua, como veré después que coma.
Mamma Mia.
Allí mismo está el
restaurante italiano Mamma Mia y entre el momento de sacar la última
foto de la iglesia y me ponen el plato de espagueti boloñesa, no han
pasado más que ocho minutos. Deberé dejar pasar algún minuto más
pues está que arde.
En la foto, se pueden ver mis dos mochilas, mi jersey de verano a rayas asomando, la ración generosa de espagueti, de la que no va a quedar ni muestra, y mi primera Jever. Por poner alguna pega al plato, podría decir que debieran haber dejado escurrir más el agua de cocción, pero me entra muy bien y está muy rico. Como no tienen Tiramisú de postre, pido una ración de Gorgonzola, que me sacan con bien de pan y adornada por tomate y aceitunas, que también deglutiré sin demasiado esfuerzo. El mascarpone, de alguna manera, me defrauda.
Me parece menos fuerte de lo que decían en una película de ambiente carcelario, donde el encarcelado había sido cocinero, y de cuyo título me quiero acordar, pero no recuerdo. Me gustó tanto, que la pusimos en nuestro cine-club. El queso me parece a cualquier azul alemán, danés o francés. Había pedido al camarero, quizás dueño, un poco para probar, pero la ración ha sido generosa. El tomate, pepino y aceitunas lo aliño con rico aceite de oliva virgen extra y vinagre de Módena. De las guindillas sólo como dos puntitas, pues pican a rabiar. Como me he llenado con los espagueti, lo termino a duras penas. Pago 16€ pero no lo puedo hacer con Visa. El restaurante está decorado con fotos de películas italianas, que completará las huellas cinematográficas que he visto en Wittmund. Totó está en dos, pero ninguna es de Pajaritos, pajarracos de Pasolini. Otra de Sofía Loren con Mastroiani, una de Alberto Sordi, otra de Vacaciones en Roma, con Gregory Peeck y Audrey Hepburn y otra sólo de esta última. Una camarera me dice que un cliente suele ir a comer helado, que sabe castellano, pero hoy no ha venido. La cerveza la he pedido por el anuncio de la entrada a Jever, pero esto del que sabe castellano viene a cuento porque he preguntado la razón del hermanamiento con Cullera.
Me despido agradecido por el buen trato recibido y las raciones generosas. Opino que dieciséis euros es barato para lo bien que he comido.
En la foto, se pueden ver mis dos mochilas, mi jersey de verano a rayas asomando, la ración generosa de espagueti, de la que no va a quedar ni muestra, y mi primera Jever. Por poner alguna pega al plato, podría decir que debieran haber dejado escurrir más el agua de cocción, pero me entra muy bien y está muy rico. Como no tienen Tiramisú de postre, pido una ración de Gorgonzola, que me sacan con bien de pan y adornada por tomate y aceitunas, que también deglutiré sin demasiado esfuerzo. El mascarpone, de alguna manera, me defrauda.
Me parece menos fuerte de lo que decían en una película de ambiente carcelario, donde el encarcelado había sido cocinero, y de cuyo título me quiero acordar, pero no recuerdo. Me gustó tanto, que la pusimos en nuestro cine-club. El queso me parece a cualquier azul alemán, danés o francés. Había pedido al camarero, quizás dueño, un poco para probar, pero la ración ha sido generosa. El tomate, pepino y aceitunas lo aliño con rico aceite de oliva virgen extra y vinagre de Módena. De las guindillas sólo como dos puntitas, pues pican a rabiar. Como me he llenado con los espagueti, lo termino a duras penas. Pago 16€ pero no lo puedo hacer con Visa. El restaurante está decorado con fotos de películas italianas, que completará las huellas cinematográficas que he visto en Wittmund. Totó está en dos, pero ninguna es de Pajaritos, pajarracos de Pasolini. Otra de Sofía Loren con Mastroiani, una de Alberto Sordi, otra de Vacaciones en Roma, con Gregory Peeck y Audrey Hepburn y otra sólo de esta última. Una camarera me dice que un cliente suele ir a comer helado, que sabe castellano, pero hoy no ha venido. La cerveza la he pedido por el anuncio de la entrada a Jever, pero esto del que sabe castellano viene a cuento porque he preguntado la razón del hermanamiento con Cullera.
Me despido agradecido por el buen trato recibido y las raciones generosas. Opino que dieciséis euros es barato para lo bien que he comido.
Paseando por
Jever.
Salgo con intención
de visitar la iglesia que tengo al lado. Las vidrieras que antes he
visto desde fuera, ahora las fotografío desde el interior. Me gustan
más vistas de dentro. Los elementos metálicos que cruzan los vanos
de luz, dan una iluminación difusa que me agrada casi más que las
coloristas del gótico.
Me gusta la sencillez del resto de la iglesia y los larguísimos bancos corridos. Paso al otro lado, donde está el ábside, con un contraste brutal de estilo que me resulta muy barroca.
La talla en madera es notable y las figuras marmóreas, que soportan a la madera, son variadas cariátides y atlantes (telamones).

Enseguida salgo a exterior y fotografío la torre. Como no puedo eludir los árboles, que no me permiten ver el conjunto de la torre, saco otra foto desde más lejos y otro ángulo.


Veo otra torre con una cúpula distinta, más cercana al estilo bizantino, pero que está con andamios, pues la están rehabilitando.
Voy hacia allí pero, de camino, me encuentro con un edificio de fachada blanca y donde leo Hof von Oldenburg, que no sé si pueda ser un hotel, pero que en la planta baja ofrece un restaurante y café.
El edificio que alberga la torre en reparación que he visto de lejos, quizás pudiera ser el ayuntamiento, pero no lo puedo asegurar, al menos, alberga Servicios Sociales. El entorno está protegido por verjas y tiene dos puertas de rejas que, se supone, son para cerrar el recinto y protegerlo de vándalos. La primera impresión ha sido la de ver un castillo medieval, pero la torre despista y le da otra fisonomía.
Hay gente con visita guiada. Un hombre sienta a su mujer en un banco y sale del recinto para indicarme dónde está la oficina de Turismo.

Glockenspiel. Es el nombre del reloj campanille, con figuras que salen y entran por las puertas y que está en el ala lateral del Hof von Oldenburg. Como son las 15:15 no tengo oportunidad de ver el paseíllo de las figurillas. Creo que es buena hora para, ya comido, ir saliendo de Jever, hacia la gran ciudad donde quiero pernoctar.
Me gusta la sencillez del resto de la iglesia y los larguísimos bancos corridos. Paso al otro lado, donde está el ábside, con un contraste brutal de estilo que me resulta muy barroca.
La talla en madera es notable y las figuras marmóreas, que soportan a la madera, son variadas cariátides y atlantes (telamones).
Enseguida salgo a exterior y fotografío la torre. Como no puedo eludir los árboles, que no me permiten ver el conjunto de la torre, saco otra foto desde más lejos y otro ángulo.
Veo otra torre con una cúpula distinta, más cercana al estilo bizantino, pero que está con andamios, pues la están rehabilitando.
Voy hacia allí pero, de camino, me encuentro con un edificio de fachada blanca y donde leo Hof von Oldenburg, que no sé si pueda ser un hotel, pero que en la planta baja ofrece un restaurante y café.
El edificio que alberga la torre en reparación que he visto de lejos, quizás pudiera ser el ayuntamiento, pero no lo puedo asegurar, al menos, alberga Servicios Sociales. El entorno está protegido por verjas y tiene dos puertas de rejas que, se supone, son para cerrar el recinto y protegerlo de vándalos. La primera impresión ha sido la de ver un castillo medieval, pero la torre despista y le da otra fisonomía.
Hay gente con visita guiada. Un hombre sienta a su mujer en un banco y sale del recinto para indicarme dónde está la oficina de Turismo.
Glockenspiel. Es el nombre del reloj campanille, con figuras que salen y entran por las puertas y que está en el ala lateral del Hof von Oldenburg. Como son las 15:15 no tengo oportunidad de ver el paseíllo de las figurillas. Creo que es buena hora para, ya comido, ir saliendo de Jever, hacia la gran ciudad donde quiero pernoctar.
Oficina de
Turismo.
Pregunto a un chico,
asombrado por mi viaje, y me confirma que el albergue de la ciudad
está petado y que en éste de Jever, la solución que me facilitaron
en el de Esens no es posible. Me dice que me quedan 20 km.
para llegar a Wilhelmshaven, donde me asegura que la oficina de
Turismo está abierta hasta las ocho. Parece que me dará tiempo más
que de sobra, aunque un contratiempo lo va a hacer peligrar.
Me voy de Jever con la sensación de que estoy abandonando una gran ciudad. JæViER un juego con mi nombre y el de la ciudad. ¡Qué pena que no supiera castellano! Tampoco sabía nada del hermanamiento con Cullera.
Me voy de Jever con la sensación de que estoy abandonando una gran ciudad. JæViER un juego con mi nombre y el de la ciudad. ¡Qué pena que no supiera castellano! Tampoco sabía nada del hermanamiento con Cullera.
De Jever a
Wilhelmshaven.
Confío
en que el orden del camino me lo expliquen bien las fotos. Saliendo
de Jever paso por una jardinera de flores azules que no dejo de
fotografiar. Tienen un azul muy, pero que muy, intenso.
También en un rincón, apilando tiestos de cemento, o aprovechando trozos huecos, han puesto plantas de pensamientos, de muchos colores. Hay algunos rojos o granates, pero la gran mayoría son azules, aunque de un azul menos intenso que el de las flores vistas en la jardinera. Casi hora y media después de salir de Jever, paso de nuevo por encima de las vías del tren. Un nº 87 que no sé qué significa. Me equivoco y acabo en una granja que no tiene salida. Un joven siega la hierba montado en una máquina. No sabe decirme el significado del nº 87. No me queda otra que volver al puente por el que antes he pasado y lo fotografío desde las vías, para que se sepa el tiempo que he perdido por ese error. He perdido más de 20 minutos. Me toca dar muchas vueltas por mi interés en evitar la autopista. Jinetes a pie llevan de las riendas a sus caballos. Más adelante se me ofrece un paso por debajo de la autopista. Una vez enderezado y siguiendo carretera hacia Wilhelmshaven, paso por el Centro Tecnológico del Noroeste. Monotonía de coches que vienen por detrás. Algún ciclista que se queja de que no me mantengo estable en mi deambular, que voy dando tumbos de un lado al otro del carril para bicicletas. Un cruce que me despista, pero debo continuar por el carril bici. Me entran dudas al llegar a un cruce en el que hay carretera, autopista y tren. Un ciclista me desaconseja que siga hacia Sande, supondría retroceder. Sólo debo continuar hacia la señal Wilhelmshaven pero, entrando a la gran ciudad, esta señal desaparece y aparecen otras que son desconocidas para mí y no sé a cuál carta quedarme. No sé qué me conviene. Por fin, por zona industrial, a las siete menos cuarto, voy entrando en la ciudad por donde está el concesionario de la casa Opel. Se me ha hecho eterno, y todavía no estoy en la ciudad. Han sido tres horas y media desde que me habían dicho en Turismo que había 20 kilómetros. No he hecho mala media. Con la Opel, saco la última foto de la jornada.
También en un rincón, apilando tiestos de cemento, o aprovechando trozos huecos, han puesto plantas de pensamientos, de muchos colores. Hay algunos rojos o granates, pero la gran mayoría son azules, aunque de un azul menos intenso que el de las flores vistas en la jardinera. Casi hora y media después de salir de Jever, paso de nuevo por encima de las vías del tren. Un nº 87 que no sé qué significa. Me equivoco y acabo en una granja que no tiene salida. Un joven siega la hierba montado en una máquina. No sabe decirme el significado del nº 87. No me queda otra que volver al puente por el que antes he pasado y lo fotografío desde las vías, para que se sepa el tiempo que he perdido por ese error. He perdido más de 20 minutos. Me toca dar muchas vueltas por mi interés en evitar la autopista. Jinetes a pie llevan de las riendas a sus caballos. Más adelante se me ofrece un paso por debajo de la autopista. Una vez enderezado y siguiendo carretera hacia Wilhelmshaven, paso por el Centro Tecnológico del Noroeste. Monotonía de coches que vienen por detrás. Algún ciclista que se queja de que no me mantengo estable en mi deambular, que voy dando tumbos de un lado al otro del carril para bicicletas. Un cruce que me despista, pero debo continuar por el carril bici. Me entran dudas al llegar a un cruce en el que hay carretera, autopista y tren. Un ciclista me desaconseja que siga hacia Sande, supondría retroceder. Sólo debo continuar hacia la señal Wilhelmshaven pero, entrando a la gran ciudad, esta señal desaparece y aparecen otras que son desconocidas para mí y no sé a cuál carta quedarme. No sé qué me conviene. Por fin, por zona industrial, a las siete menos cuarto, voy entrando en la ciudad por donde está el concesionario de la casa Opel. Se me ha hecho eterno, y todavía no estoy en la ciudad. Han sido tres horas y media desde que me habían dicho en Turismo que había 20 kilómetros. No he hecho mala media. Con la Opel, saco la última foto de la jornada.
Wilhelmshaven.
En
mi mapa veo dos iglesias, pero no sé cuál de ellas es la que estoy
viendo. Me interesa la más próxima a las vías del tren, que es
donde está Turismo, según me ha dicho el atento y simpático de la
de Jever. Mediante preguntas a gente diversa, me voy acercando a la
estación del ferrocarril. Llego poco después de las 19:30 horas.
Todavía tengo margen. Hay como dos edificios. El primero no es, debo
ir al siguiente. Una azafata cree que allí no hay oficina de
Turismo. Pero mira en algún sitio y me dice que siga por la
izquierda. Llego al final y no hay nada. Desde abajo, veo que está
en el primer piso. Subo por escalera mecánica, pero parada. Un
esfuerzo final.
Oficina
de Turismo.
La
chica me atiende muy atentamente. Le digo que no había sitio en el
albergue de Jever y ella me asegura que en Wilhelmshaven no hay
jugendherberge, pero me ofrece una alternativa de uno de 25€ más
4€ por el desayuno. Acepto y hace una llamada. Me confirma que
tengo plaza, pero tengo que llegar allí para las ocho. Parece que es
factible y me indica en el mapa por dónde debo ir. Se trata de ir en
paralelo con las vías del tren. No parece que sea complicado llegar.
Escribe el nombre en el mapa y la calle, MarkstraBe 146. Me parece
perfecta su gestión. El mapa que me da, me añade un poco al que
tenía y que tiro. Ni por la temperatura, ni por el itinerario, no ha
sido posible visitar las islas Frisias que han quedado atrás por el
norte. Minsener Oog y Alte Mellum no se visitan, son reserva para
anidar y proteger aves de paso. De Wilhelmshaven sale ferry para
Helgoland, que está a 70 km al norte. Tampoco la visitaré. Veremos
qué ocurre al otro lado del Jade. Aquí también las nubes van del
clarito al gris marengo. Después del capuchino, no ha vuelto a
llover en toda la tarde. Por la tarde ha ido aclarando pero hace frío
cuando las nubes tapan el sol. Salgo corriendo de Turismo para llegar
antes de las ocho.
Eco
Sleep.
Un
joven, haciéndose el gracioso, imita mi corrida. Le invito a que me
acompañe. Pero se gira antes de mitad del largo corredor, y yo sigo
hacia la puerta de salida. Él vuelve con sus amigos. Ha hecho su
gracia al grupo y yo no me he sentido molesto por el remedo. He
seguido su juego. Faltando diez minutos para las ocho, llego al nº
146. Toco el timbre, pero nadie me abre. Se asoma una niña. Le digo
que me abra la puerta. Después me ladra un perro desde dentro. Voy a
otra puerta del mismo edificio pero sin timbre. Por la calle llega un
hombre que me dice que debo llamar a un número por teléfono. Lo
pone en la puerta. Le digo que no tengo, no por ahorrarme la llamada,
sino por evitar un idioma que no entiendo. Llama a la mujer, a la que
parece conocer. Ya le he explicado que vengo mandado por Turismo, soy
español y tengo asegurada la plaza. Me dice que espera dos minutos.
Cinco minutos más tarde aparece por la calle una mujer joven y me
pide excusas por tardar. Hacemos los trámites de inscripción. El
desayuno a las ocho. El margen del albergue es entre 6:00 y 10:00
horas. Hecha la burocracia, y pagado los 29€ con Visa, salimos a la
calle a un edificio de casi enfrente, el nº 147. Por lo menos sé
que no va a estar frente a las vías del tren. Subimos piso y medio y
la habitación consta de dos camas y una litera. Elijo la aislada, la
que no tiene litera encima. Con nosotros ha subido otro hombre joven
que habla con ella en otra habitación. El baño es muy amplio, pero
hay otro enorme. Cojo un platillo de la cocina para comer nueces con
arándanos. El cubo de la basura será mi orinal nocturno. La
temperatura del agua está imposible de regular y me ducho con agua
demasiado caliente para mi gusto. Pero no me abraso. Me doy un masaje
de Aloe-Vera en los pies y un toque en el labio, que no termina de
curar. Algo de la pupa se ha ido con los espaguetis. Oigo las
campanadas de las nueve cuando ya estoy en la cama. Tres veces a
orinar. Duermo yo solo en la habitación de tres.
Balance
de un día por interior.
Aunque
Wilhelmshaven es costa, aunque del río Jade y tiene hermoso puerto
de abrigo, hoy no he visto el mar. Curioso el contacto con el cine,
tanto en Wittmund, como en Jever. El desayuno de Esens ha sido
suficiente y la comida muy bien. Porque hoy no cene no pasará nada.
Buena atención en las dos oficinas de turismo de Jever y de mi punto
de llegada y bien el Eco Sleep que forma parte del Eco Group de la
ciudad.

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