Etapa 10 (451) Norddeich-Esens
Etapa 10 (451),
15 de junio de 2015, lunes.
Norddeich-Westerdeich-NeBmersiel-NeBmerpolder-Dornumersiel-Bensersiel-Esens.
Me levanto antes de
las siete. Cago, me afeito, y tomo la pastilla de Indapamida. Saco
una foto desde mi balcón, con una pequeña instalación para
diversión de los más pequeños. Dos torretas con tobogán, unidas
por pasarela y, la más alta, con tobogán de tubo, para los más
arriesgados. A estas horas, el único que hace aprecio a este espacio
es un pato azulón. Me visto y escribo el diario de lo que pasó ayer
tras salir del restaurante de Greetsil. (Lo que escribo a
continuación, lo hago en la mesa de ping-pong del albergue de
Esens). Bajo a desayunar y lo hago junto con los cinco amigos que
salen todos los años, por una semana, a hacer recorridos en bici,
dejando a sus mujeres en casa. ¡Qué tranquilas se quedan liberadas
de sus maridos! Llevan haciéndolo veinte años. Me lo cuenta el que
creo más joven, que sabe algo de castellano. Hay uno de pelo blanco
que quizás sea más joven que él. Se prepara un tentempié para
luego y lo esconde en sus bolsillos, aunque no veo a nadie que esté
vigilando. Quizás haya leído que no se puede sacar comida del
comedor. Como no lo escribí, ni recuerdo lo que desayuné. De eso os
libráis, sufridos lectores. Ellos se van, y yo voy a pagar. Me
acerco al mostrador y, como no hay nadie, toco el timbre. Confío en
que salga el jefe que, según me dijo la mujer, sabe castellano. Pero
sale un joven que no lo sabe. De primeras, tengo la sensación de que
me recibe algo arisco. No será así, pues luego me ayuda a resolver
algún problema con mi lista de albergues. También me la completa con un pequeño
mapa de albergues alemanes. Ya me dedicaré a localizarlos en mis mapas
los del Norte. De momento, localizo el siguiente que, por distancia,
me puede venir bien para la próxima noche ya que, mientras no
mejoren las playas, el viento y suba la temperatura, me abstendré de
dormir en la playa. Como decía, el siguiente lo sitúan en
Bensersiel y el recepcionista me lo marca con un círculo en mi mapa.
Cuando llegue a ese pueblo costero, me enteraré de que está en Esens, en
interior, seis kilómetros hacia el Sur, y esa circunstancia me
cambiará mi plan de seguir por la costa a Wilhelmshaven. Lo que en
principio me parece una gran faena, puede que suponga un gran
favor. Me hace la cuenta y me dice que en el precio de alojamiento y
desayuno, que ayer me dijo la señora rubia que eran 33€ ya está
el descuento de alberguista de Hostelling. Así que a las 8:42 horas
ya estoy pagando mi deuda con Visa.
Me dice dónde debo dejar las sábanas que he usado. Para mis cuentas, incluyo el pago como si lo hubiese efectuado ayer. Subo a mi habitación, saco foto de la cama, que dejo con el edredón sobre el colchón y sábana bajera, funda del edredón y funda de almohada, las deposito donde me han dicho que lo haga. Cargado con las mochilas, me voy hacia el Este, aunque primero daré una vuelta por el pueblo hacia la oficina de Turismo, retrocediendo pasos por donde anduve ayer bajo la lluvia.
Me dice dónde debo dejar las sábanas que he usado. Para mis cuentas, incluyo el pago como si lo hubiese efectuado ayer. Subo a mi habitación, saco foto de la cama, que dejo con el edredón sobre el colchón y sábana bajera, funda del edredón y funda de almohada, las deposito donde me han dicho que lo haga. Cargado con las mochilas, me voy hacia el Este, aunque primero daré una vuelta por el pueblo hacia la oficina de Turismo, retrocediendo pasos por donde anduve ayer bajo la lluvia.
Cuando salgo del
albergue, Lo fotografío. Debo irme acostumbrado a la grafía, al
símbolo de los albergues alemanes, los jugendherberge, pues
parecen que aquí, por tirria a lo inglés, no ponen el propio de
Hostelling Internacional. Tres barras amarilla, azul y verde,
conforman una especie de A mayúscula o, mejor, una V invertida, en
cuyo hueco aparecen tres letras: la D que quiero pensar que es la de
Deustzland, la J, de jugend y la H, de herberge. En la
foto muestro la entrada a recepción y, en el lateral, una escalera
de acceso directa a la primera planta, a donde da mi balcón, pues
abajo está el parquecillo para los peques.
Salgo a la costa, donde han instalado una gran piscina en previsión de la mala característica de los limos de las profundidades del mar en marea alta. Lo cual no es óbice para que la arena la usen como solárium, con sus butacas entoldadas con paravientos, que se pueden girar para buscar el sol. Como ocurría en Borkum, va a ser una constante en todas las playas alemanas del Mar del Norte y que comprobaré hasta llegar a la isla de Sylt, donde me harán una cara jugarreta. Por mi culpa. Hoy sopla viento del Sudeste. En alta mar se aprecia algo de las islas de Juist y Norderney.
Después pasaré por el puerto de embarque, que es el mismo para ambas islas. Parece que Norddeich ha tenido más suerte en el reparto de islas que otros pueblos de la costa de Norder Land. Hoy caminaré por este territorio y por el de Harlinger Land, donde están Bensersiel y Esens. Visto el mar, retrocedo hacia el paseo marítimo, por donde ayer los jóvenes pedían explicación hablada a su móvil, y donde empezó a llover a gusto. Saco foto del lugar, entre altos edificios, de cuatro y cinco plantas, y la costa. Hay pocos paseantes a estas horas.
Llego a la oficina de Turismo, poco antes de las diez. Me he acercado al barco, pero no es más que un adorno de rotonda para regular la circulación de vehículos. Fotografío la Tourist Information. Me atiende una chica, pero me deriva a un chico que escucha mis preguntas y que está a su derecha. Queda asombrado por el viaje que estoy haciendo y me enseña un mapa muy detallado donde parece que Wilhelmshaven ofrece puentes para pasar al otro lado de la desembocadura del Jade, otra mezcla de entrante de mar y salida de río que me recuerda el pasado Ems, que ya dejé atrás ayer.
Mañana comprobaré que no hay tales puentes, sino un ferry que cruza al otro lado, aunque mañana el ferry lo anularán y sustituirán por un autobús. Pero eso ya se contará mañana. Ya con más información, abandono la oficina del turismo, me acerco a la rotonda con barco, lo fotografío. Cercano, hay un edificio curioso, como si fuera un yate, que tiene aspecto de ser un polideportivo, que no puedo asegurar, y que ofrece un restaurante que, a estas horas, no necesito. Es así como regreso al paseo marítimo que está sobre el dique y que me sirve para irme alejando de la ciudad hacia el Este.
Salgo a la costa, donde han instalado una gran piscina en previsión de la mala característica de los limos de las profundidades del mar en marea alta. Lo cual no es óbice para que la arena la usen como solárium, con sus butacas entoldadas con paravientos, que se pueden girar para buscar el sol. Como ocurría en Borkum, va a ser una constante en todas las playas alemanas del Mar del Norte y que comprobaré hasta llegar a la isla de Sylt, donde me harán una cara jugarreta. Por mi culpa. Hoy sopla viento del Sudeste. En alta mar se aprecia algo de las islas de Juist y Norderney.
Después pasaré por el puerto de embarque, que es el mismo para ambas islas. Parece que Norddeich ha tenido más suerte en el reparto de islas que otros pueblos de la costa de Norder Land. Hoy caminaré por este territorio y por el de Harlinger Land, donde están Bensersiel y Esens. Visto el mar, retrocedo hacia el paseo marítimo, por donde ayer los jóvenes pedían explicación hablada a su móvil, y donde empezó a llover a gusto. Saco foto del lugar, entre altos edificios, de cuatro y cinco plantas, y la costa. Hay pocos paseantes a estas horas.
Llego a la oficina de Turismo, poco antes de las diez. Me he acercado al barco, pero no es más que un adorno de rotonda para regular la circulación de vehículos. Fotografío la Tourist Information. Me atiende una chica, pero me deriva a un chico que escucha mis preguntas y que está a su derecha. Queda asombrado por el viaje que estoy haciendo y me enseña un mapa muy detallado donde parece que Wilhelmshaven ofrece puentes para pasar al otro lado de la desembocadura del Jade, otra mezcla de entrante de mar y salida de río que me recuerda el pasado Ems, que ya dejé atrás ayer.
Mañana comprobaré que no hay tales puentes, sino un ferry que cruza al otro lado, aunque mañana el ferry lo anularán y sustituirán por un autobús. Pero eso ya se contará mañana. Ya con más información, abandono la oficina del turismo, me acerco a la rotonda con barco, lo fotografío. Cercano, hay un edificio curioso, como si fuera un yate, que tiene aspecto de ser un polideportivo, que no puedo asegurar, y que ofrece un restaurante que, a estas horas, no necesito. Es así como regreso al paseo marítimo que está sobre el dique y que me sirve para irme alejando de la ciudad hacia el Este.
Accesos a la playa.
Desde el paseo veo
uno de los accesos a las dunas de la playa. Azota el viento y no se
ve en ella a ningún veraneante, salvo los incondicionales que se dan
a diario su baño matutino y que caminan con sus albornoces, bien
abrigaditos. En el mar, algunos barcos que van a las islas.
En otra
foto hacia el Este, desde un mirador en atalaya alguien se solaza
admirando el paisaje marino. Dos edificios de servicios de playa en
azules y rojos, es lo más destacado de la destrucción de las dunas.
Los han construido sin respetarlas, dando prioridad a los usuarios de
la playa sobre la naturaleza. Es algo que suele ocurrir hasta en las
mejores familias.
El paseo sobre el dique, sigue el mismo esquema de los adoquines ensamblados habituales. Para que no sea sólo el lado marítimo el que muestro, saco foto de una sencilla plazoleta, próxima a edificios, donde se ve cómo es el acceso al dique que se necesita superar para pasar a la costa. Escalinata con pasamanos y dos rampas laterales, para transportar carros, sillitas, cochecitos y que puedan acceder también los ciclistas. En estas horas de la mañana, los paseantes van bien abrigados.
Siguiendo el dique, me voy acercando al puerto de enbarque, donde esperan los ferris hacia Juist y Norderney. Tras la experiencia en las Frisias de este año, tan diferente de las holandesas de agosto de 2013, el viento y el frío me animan a renunciar a las Frisias alemanas restantes, las orientales. Ya veremos si más adelante mi apreciación cambia.
Hoy el mar va a llegar hasta el dique, aunque será más adelante. Al llegar al puerto, lo fotografío con uno de los ferris. Llego a un paso a nivel con semáforo en rojo, donde debo esperar a que pase un tren de corto alcance, ya que comunica el puerto con Norden y Dornum. Una vez pasado el tren rojo, ya puedo continuar.
Pequeños yates y veleros de altos mástiles descansan en el puerto deportivo y yo sigo adelante.

Después, anuncian zona FKK en la parte final de la playa,
ya cuando queda poca zona de arena y probablemente no se pueda uno
bañar.
Ni con marea alta que, según podré ver enseguida, es lo que ocurre en este momento. Enseguida empieza la zona de marisma, poco apetecible para darse un baño. Diques destruidos, barreras descuidadas y rocas y piedras desprendidas, hacen poco grato el lugar próximo al dique por el que camino. Se puede decir que ya he salido de Norddeich.
El paseo sobre el dique, sigue el mismo esquema de los adoquines ensamblados habituales. Para que no sea sólo el lado marítimo el que muestro, saco foto de una sencilla plazoleta, próxima a edificios, donde se ve cómo es el acceso al dique que se necesita superar para pasar a la costa. Escalinata con pasamanos y dos rampas laterales, para transportar carros, sillitas, cochecitos y que puedan acceder también los ciclistas. En estas horas de la mañana, los paseantes van bien abrigados.
Siguiendo el dique, me voy acercando al puerto de enbarque, donde esperan los ferris hacia Juist y Norderney. Tras la experiencia en las Frisias de este año, tan diferente de las holandesas de agosto de 2013, el viento y el frío me animan a renunciar a las Frisias alemanas restantes, las orientales. Ya veremos si más adelante mi apreciación cambia.
Hoy el mar va a llegar hasta el dique, aunque será más adelante. Al llegar al puerto, lo fotografío con uno de los ferris. Llego a un paso a nivel con semáforo en rojo, donde debo esperar a que pase un tren de corto alcance, ya que comunica el puerto con Norden y Dornum. Una vez pasado el tren rojo, ya puedo continuar.
Pequeños yates y veleros de altos mástiles descansan en el puerto deportivo y yo sigo adelante.
Ni con marea alta que, según podré ver enseguida, es lo que ocurre en este momento. Enseguida empieza la zona de marisma, poco apetecible para darse un baño. Diques destruidos, barreras descuidadas y rocas y piedras desprendidas, hacen poco grato el lugar próximo al dique por el que camino. Se puede decir que ya he salido de Norddeich.
Esta va a ser la
constante del camino en el siguiente tramo. Un dique inclinado con
ligera pendiente hacia el mar, que dificulta la caminada en vertical.
Es mejor como carril bici, aunque tampoco sean muchos los ciclistas
que hoy lo recorren. El agua llega hasta la protección de pedruscos
aunque, por la marca más oscura, pienso que aún subirá algo más
la marea.
En la parte más próxima al mar, han sujetado las piedras con brea, dando un aspecto más vivo al dique, que ofrece la impresión de que allí se hubiera depositado la lava de un volcán. Es algo que ya vi en 2013 en las costas previas a Rotterdam. Me sorprendió, pero aquí ya no me sorprende. En la zona más próxima al dique de hierba, han colocado bloques de piedra de formas geométricas que, algunos, se van desprendiendo, y cayendo hacia las rocas del mar. Allí se mezclan naturales con artificiales.
Son bloques triangulares con las aristas romas y que, poniendo un poco de imaginación, quiero creer que son corazones amorosos que me ofrecen calidez. Fotografío un tramo de estos triángulos, con los huecos que han dejado los que se han desprendido.
Aunque me ha salido la foto mal enfocada, la dejo para que se vea uno de los pequeños diques que surcan el mar que, ya no es de materia arbórea, como la mayoría de los corralitos que vi ayer, sino pétrea. Va muy lejos y no seré yo quien se anime a caminar hasta el final.

En una de las curvas, aseguraría que la isla que se ve a lo lejos es la de Norderney, pues la de Baltrum creo que estará más alejada. La veré cuando esté ya cerca de Westerdeich.
Fotografío la línea de corazones pétreos que más parece de adorno que para cumplir una función utilitaria. Quizás sea por ello, que no tenga importancia que se desprenda algún triángulo amoroso que desee ser abrazado por el mar.
A lo lejos, empiezo a ver nuevamente ovejas y corderos. Como van en procesión en la misma dirección que yo, nos acompañaremos mutuamente duran te un buen rato, aunque ellas van por el carril más próximo a la hierba y yo continúo por el más cercano al mar.
Pronto llego a una barrera para que los ovinos no puedan continuar. La valla continúa por el dique y, para que ningún ciclista o caminante pueda dejar abierta la valla, nos obligan a pasar por este artilugio complejo que ninguna oveja podrá pasar. Ayer me encontré con otro, lo expliqué lo mejor que pude, pero no lo fotografié. Hoy lo hago, pues una imagen vale más que mil palabras para describir un objeto. Por el mar empiezan a verse más corralitos.
Más adelante encuentro ramas agrupas den haces que, como ya las ví en mi último momento de Holanda, ya sé para qué sirven y ya no me sorprenden. Sería diferente en mi tierra sabiendo que está próxima la fiesta de San Juan con sus hogueras que festejan el solsticio de verano y que la Iglesia se lo apropió para el santo.
Junto a las ramas arbóreas, hay un contenedor que, en otro momento, hubiera sido bien recibido para dormir una noche si, con la dirección del viento, me protegía el saco y la esterilla. Es temprano y, al pasar, sé que no le voy a dar utilidad. Pronto se va a terminar mi paseo por este lado del dique.
Cuando llego y saludo a ocho vacas que tumbadas sobre cama de hierba seca, rumian la verde que han ido engullendo en las primeras horas de esta mañana. Es buena ocasión para subir al dique y cambiar de lado. A la fuerza ahorcan, ya que no puedo continuar por donde vengo.
Subo pues al dique y las vacas se quedan abajo, ninguna de las ocho se levanta para despedirme.

Cuando estoy en la cresta del dique, veo que aquí han ideado otro sistema para que el caminante pueda pasar al otro lado. La valla que va por el centro, dispone de un escalón a cada lado, lo que permite, levantando la pierna, pasar sin dificultad al otro lado pero, como la hierba está alta y me frenaría, opto por bajar del dique hacia el lado del interior.
El paisaje cambia. Un gran campo de colza granada pero no madura, ocupa grandes extensiones de terreno, todavía se puede apreciar alguna de sus llamativas flores amarillas y, al fondo, las correspondientes torres para la obtención de energía eólica. Si no veo cien no veo ninguna. Me canso sólo de pensar en contarlos.
Son de los de tres aspas y están en funcionamiento. Pasados los días, tendré oportunidad de ver más campos de colza, algunos con su preciosa flor amarilla que ilumina el paisaje. Hacia las doce del mediodía me encuentro con una pareja. Él hizo el Camino de Santiago y se maravilla con el viaje que estoy haciendo.
Explicándole el del año pasado, le escribo 2012 en el barro seco. Poco después, encuentro excavadoras que parece que estén haciendo alguna obra de gran envergadura. Cuando me acerco a ellas, unas pantallas no me permiten ver lo que allí están haciendo.
No encuentro a nadie para preguntar y me quedaré sin saber a qué carta quedarme. ¿Será algún dique interior? Sin más datos, cualquier elucubración resultará tediosa. Estoy llegando a Westerdeich y me recibe otro ramillete de bellas vacas subidas en el dique. Aquí hay alguna más que en el grupo anterior y otras que están en el mismo dique pero más alejadas.
En el otro lado, el lado del mar, también pastan más vacas. No sé si serán de la misma familia.
En la parte más próxima al mar, han sujetado las piedras con brea, dando un aspecto más vivo al dique, que ofrece la impresión de que allí se hubiera depositado la lava de un volcán. Es algo que ya vi en 2013 en las costas previas a Rotterdam. Me sorprendió, pero aquí ya no me sorprende. En la zona más próxima al dique de hierba, han colocado bloques de piedra de formas geométricas que, algunos, se van desprendiendo, y cayendo hacia las rocas del mar. Allí se mezclan naturales con artificiales.
Son bloques triangulares con las aristas romas y que, poniendo un poco de imaginación, quiero creer que son corazones amorosos que me ofrecen calidez. Fotografío un tramo de estos triángulos, con los huecos que han dejado los que se han desprendido.
Aunque me ha salido la foto mal enfocada, la dejo para que se vea uno de los pequeños diques que surcan el mar que, ya no es de materia arbórea, como la mayoría de los corralitos que vi ayer, sino pétrea. Va muy lejos y no seré yo quien se anime a caminar hasta el final.
En una de las curvas, aseguraría que la isla que se ve a lo lejos es la de Norderney, pues la de Baltrum creo que estará más alejada. La veré cuando esté ya cerca de Westerdeich.
Fotografío la línea de corazones pétreos que más parece de adorno que para cumplir una función utilitaria. Quizás sea por ello, que no tenga importancia que se desprenda algún triángulo amoroso que desee ser abrazado por el mar.
A lo lejos, empiezo a ver nuevamente ovejas y corderos. Como van en procesión en la misma dirección que yo, nos acompañaremos mutuamente duran te un buen rato, aunque ellas van por el carril más próximo a la hierba y yo continúo por el más cercano al mar.
Pronto llego a una barrera para que los ovinos no puedan continuar. La valla continúa por el dique y, para que ningún ciclista o caminante pueda dejar abierta la valla, nos obligan a pasar por este artilugio complejo que ninguna oveja podrá pasar. Ayer me encontré con otro, lo expliqué lo mejor que pude, pero no lo fotografié. Hoy lo hago, pues una imagen vale más que mil palabras para describir un objeto. Por el mar empiezan a verse más corralitos.
Más adelante encuentro ramas agrupas den haces que, como ya las ví en mi último momento de Holanda, ya sé para qué sirven y ya no me sorprenden. Sería diferente en mi tierra sabiendo que está próxima la fiesta de San Juan con sus hogueras que festejan el solsticio de verano y que la Iglesia se lo apropió para el santo.
Junto a las ramas arbóreas, hay un contenedor que, en otro momento, hubiera sido bien recibido para dormir una noche si, con la dirección del viento, me protegía el saco y la esterilla. Es temprano y, al pasar, sé que no le voy a dar utilidad. Pronto se va a terminar mi paseo por este lado del dique.
Cuando llego y saludo a ocho vacas que tumbadas sobre cama de hierba seca, rumian la verde que han ido engullendo en las primeras horas de esta mañana. Es buena ocasión para subir al dique y cambiar de lado. A la fuerza ahorcan, ya que no puedo continuar por donde vengo.
Subo pues al dique y las vacas se quedan abajo, ninguna de las ocho se levanta para despedirme.
Cuando estoy en la cresta del dique, veo que aquí han ideado otro sistema para que el caminante pueda pasar al otro lado. La valla que va por el centro, dispone de un escalón a cada lado, lo que permite, levantando la pierna, pasar sin dificultad al otro lado pero, como la hierba está alta y me frenaría, opto por bajar del dique hacia el lado del interior.
El paisaje cambia. Un gran campo de colza granada pero no madura, ocupa grandes extensiones de terreno, todavía se puede apreciar alguna de sus llamativas flores amarillas y, al fondo, las correspondientes torres para la obtención de energía eólica. Si no veo cien no veo ninguna. Me canso sólo de pensar en contarlos.
Son de los de tres aspas y están en funcionamiento. Pasados los días, tendré oportunidad de ver más campos de colza, algunos con su preciosa flor amarilla que ilumina el paisaje. Hacia las doce del mediodía me encuentro con una pareja. Él hizo el Camino de Santiago y se maravilla con el viaje que estoy haciendo.
Explicándole el del año pasado, le escribo 2012 en el barro seco. Poco después, encuentro excavadoras que parece que estén haciendo alguna obra de gran envergadura. Cuando me acerco a ellas, unas pantallas no me permiten ver lo que allí están haciendo.
No encuentro a nadie para preguntar y me quedaré sin saber a qué carta quedarme. ¿Será algún dique interior? Sin más datos, cualquier elucubración resultará tediosa. Estoy llegando a Westerdeich y me recibe otro ramillete de bellas vacas subidas en el dique. Aquí hay alguna más que en el grupo anterior y otras que están en el mismo dique pero más alejadas.
En el otro lado, el lado del mar, también pastan más vacas. No sé si serán de la misma familia.
De Westerdeich a
NeBmersiel (Nessmersiel).
Ambos están muy
próximos y no sé dónde empieza uno y acaba el otro. Un gran campo
sembrado me hace pensar en pequeñas plantas de maíz. No sabría
decir si está sembrado o plantado pero probablemente no a mano, sino
a máquina (tractor).
Lo que sí parece claro es que la siembra no ha sido a boleo, pues los tallos estarían arracimados y no serían para obtener mazorcas, sino para forraje de ganado.
Llego a una casa con tendedero colorista. Rojos, naranjas y amarillos, todos cálidos, salvo alguna excepción, atraen mi retina.

Antes de llegar a Nessmersiel, el celaje me ofrece nubes blancas con los surcos de estelas de aviones que me recuerda mi niñez cuando decíamos que eran de propulsión a chorro. Han dejado el cielo de la Real Sociedad de Fútbol.
Una mujer en el camino acompañada de tres perros. Hay quien se complica la vida y no le basta con uno. Ya con los tejados de NeBmersiel a la vista, fotografío un amplio campo de trigo con las espigas aún verdes pero que prometen buena cosecha de cereal. Llego al letrero de entrada en el pueblo, que pertenece a Dornum, pueblo que está más al interior. Sería como un barrio de él.
Empiezo a buscar un sitio para comer puesto que ya pasa de la una y media, pero me va a costar encontrarlo. Llego a un molino que, este sí, ha perdido sus aspas y nadie parece que se vaya a ocupar de restaurárselas.
El tinglado de casas que lo soporta es más abigarrado que en los vistos anteriormente, lo que hace que el conjunto resulte manos molino y también menos esbelto. Para mi gusto. Pero con aspas daría mejor imagen. Dornumersiel, pueblo del dique hacia donde quiero ir, está a poco menos de diez kilómetros y, cuando llegue, será demasiado tarde para comer. Una mujer me dice que siguiendo hacia el dique hay uno, pero no admiten Visa y voy hacia el otro lado. Vuelvo a carretera. Un hombre que se va a sentar en un banco con su mujer, me dice que hay uno un poco más adelante pero, cuando llego, está cerrado. Me vuelve a mandar hacia el dique. Poco después, casi saliendo del pueblo, encuentro restaurante.
Lo que sí parece claro es que la siembra no ha sido a boleo, pues los tallos estarían arracimados y no serían para obtener mazorcas, sino para forraje de ganado.
Llego a una casa con tendedero colorista. Rojos, naranjas y amarillos, todos cálidos, salvo alguna excepción, atraen mi retina.
Antes de llegar a Nessmersiel, el celaje me ofrece nubes blancas con los surcos de estelas de aviones que me recuerda mi niñez cuando decíamos que eran de propulsión a chorro. Han dejado el cielo de la Real Sociedad de Fútbol.
Una mujer en el camino acompañada de tres perros. Hay quien se complica la vida y no le basta con uno. Ya con los tejados de NeBmersiel a la vista, fotografío un amplio campo de trigo con las espigas aún verdes pero que prometen buena cosecha de cereal. Llego al letrero de entrada en el pueblo, que pertenece a Dornum, pueblo que está más al interior. Sería como un barrio de él.
Empiezo a buscar un sitio para comer puesto que ya pasa de la una y media, pero me va a costar encontrarlo. Llego a un molino que, este sí, ha perdido sus aspas y nadie parece que se vaya a ocupar de restaurárselas.
El tinglado de casas que lo soporta es más abigarrado que en los vistos anteriormente, lo que hace que el conjunto resulte manos molino y también menos esbelto. Para mi gusto. Pero con aspas daría mejor imagen. Dornumersiel, pueblo del dique hacia donde quiero ir, está a poco menos de diez kilómetros y, cuando llegue, será demasiado tarde para comer. Una mujer me dice que siguiendo hacia el dique hay uno, pero no admiten Visa y voy hacia el otro lado. Vuelvo a carretera. Un hombre que se va a sentar en un banco con su mujer, me dice que hay uno un poco más adelante pero, cuando llego, está cerrado. Me vuelve a mandar hacia el dique. Poco después, casi saliendo del pueblo, encuentro restaurante.
Zum Wikinger.
Es hotel, pensión y
restaurante. A mí sólo me interesa la tercera opción. No veo señal
de Visa en la puerta pero admiten el pago por tarjeta. Pido sopa de
pescado que me sirven en una tacita y parece crema de leche y sabe
muy poco a pescado. La había pedido engañado por una foto que
ofrecía la carta de sopa con almejas. En mi sopa las almejas brillan
por su ausencia. Me la sirven con dos triángulos de pan tostado y me
la como-bebo en un pis-pas. Más rico me sabe el gulasch, aunque no
puedo terminar las espirales de pasta que lo acompañan.
Tampoco es que la carne sea muy jugosa o no tan jugosa como la gelatinosa de zancarrón que yo acostumbro comprar, pero se deja comer con su salsa rica, que sí es gelatinosa. De postre, pido un Apfelstrudel caliente que me sacan con nata y bola de helado. Bebo una cerveza Schwarzbier (Jever ya beberé en Jever) y todo me cobran 23,20€. La camarera que es también la recepcionista del hotel, y un amigo suyo, se maravillan con mi viaje. ¡Hasta Polonia!, dicen. Me despido, no escribo y me voy hacia el dique. Antes de alejarme, saco foto del hotel donde he comido. El conjunto lo forman varios edificios.
Tampoco es que la carne sea muy jugosa o no tan jugosa como la gelatinosa de zancarrón que yo acostumbro comprar, pero se deja comer con su salsa rica, que sí es gelatinosa. De postre, pido un Apfelstrudel caliente que me sacan con nata y bola de helado. Bebo una cerveza Schwarzbier (Jever ya beberé en Jever) y todo me cobran 23,20€. La camarera que es también la recepcionista del hotel, y un amigo suyo, se maravillan con mi viaje. ¡Hasta Polonia!, dicen. Me despido, no escribo y me voy hacia el dique. Antes de alejarme, saco foto del hotel donde he comido. El conjunto lo forman varios edificios.
NeBmerpolder.
La carretera
sobrepasa el dique. Los coches van hacia el puerto de embarque hacia
NeBmerpolder para embarcar con destino a la isla de Baltrum. Yo me
limito a ir por el dique. Será otra isla que no visitaré. Cuando
llegue al dique, no consigue ver el puerto de embarque.
Tampoco me acerco mucho. Lo que sí veo es un gran charco de agua retenida, probablemente para regadío. También una plantación de flores azuladas que me hacen recordar las que vi en Francia de lino pero, aunque el tono azulado de sus pétalos es muy similar al del lino, el recuerdo que yo tengo en mi retina de aquellas singulares plantas finas y verticales no es el mismo que me ofrecen estas plantas más abigarradas.
Con todo, no puedo asegurar que no lo sea. El color de estas flores me resulta bonito y lo fotografío por eso, como una variación sobre lo que me va ofreciendo el dique con su verde y gris tan monótono. Se agradece esta nota de color. En un entrante que hace la valla de alambre de espino, veo varias bicicletas aparcadas.
Algunos, escondidos entre la hierba alta, echan la siesta o quizás algo más. No seré yo el intruso que se asome para molestarles. Con una plantación de habas y una pareja de animales en la hierba, que no acabo de saber qué son, fotografío una panorámica con casas y tejados de Nessmerpolder. Con esa foto voy abandonando definitivamente este pequeño pueblo o barrio, probablemente también de Dornum que, como indica el final, “polder”, probablemente sea un terreno robado al mar. Veremos que pasará el día que el mar decida recuperarlo.
Tampoco me acerco mucho. Lo que sí veo es un gran charco de agua retenida, probablemente para regadío. También una plantación de flores azuladas que me hacen recordar las que vi en Francia de lino pero, aunque el tono azulado de sus pétalos es muy similar al del lino, el recuerdo que yo tengo en mi retina de aquellas singulares plantas finas y verticales no es el mismo que me ofrecen estas plantas más abigarradas.
Con todo, no puedo asegurar que no lo sea. El color de estas flores me resulta bonito y lo fotografío por eso, como una variación sobre lo que me va ofreciendo el dique con su verde y gris tan monótono. Se agradece esta nota de color. En un entrante que hace la valla de alambre de espino, veo varias bicicletas aparcadas.
Algunos, escondidos entre la hierba alta, echan la siesta o quizás algo más. No seré yo el intruso que se asome para molestarles. Con una plantación de habas y una pareja de animales en la hierba, que no acabo de saber qué son, fotografío una panorámica con casas y tejados de Nessmerpolder. Con esa foto voy abandonando definitivamente este pequeño pueblo o barrio, probablemente también de Dornum que, como indica el final, “polder”, probablemente sea un terreno robado al mar. Veremos que pasará el día que el mar decida recuperarlo.
De NeBmersiel a
Dornumersiel.
Según pasan las
horas, el día va mejorando. Siguiendo por el dique, media hora más
tarde, llego a un panel protegido de la lluvia por un tejadillo y
que, para no quitar espacio al carril bici asfaltado, se mete a
quitar terreno a las vacas que, muy pacientes ellas, pacen rumiando
para sus adentros. O moliendo para casa.
En terreno de interior, al fondo, más postes ventiladores de tres aspas. Ya subido al dique, fotografío hacia el mar en terreno herboso pero que en las mareas muy altas será inundable. Al fondo a la izquierda, la isla Norderney y, a la derecha, la de Baltrum. Será todo lo que veré de ellas.
Quizás, si hubiese pasado por aquí en pleno agosto me habría animado a visitarlas, pero no es el caso y seguimos con viento y temperaturas no muy altas. Habrá que esperar al solsticio y a las hogueras de San Juan. En este polder, no se ve pastando a ninguna vaca ni oveja. Ya que estoy en la cima del dique, voy un rato caminando por hierba, por la cresta.
Algunos ciclistas pasan por su pista, en plan de paseo. Pocos caminantes, pero se ve alguno. En el cielo todavía hay nubes, pero son algodonosas y no amenazan con lluvia. Un rato caminando por el cresterío del dique y decido bajar a la pista de asfalto. Una planta silvestre florida masoquista ha tenido la ocurrencia de brotar intrincada entre la valla de alambre de espino. Así añade pinchos espinosos artificiales a sus espinas naturales. La fotografío por ser la única nota de color en un paisaje tan monótono y aburridor.
Antes de llegar a Dornumersiel,
veo hacia la costa un camping para caravanas o campamento. Muchos
coches aparcados fuera del recinto y junto a construcciones. En un
edificio bajo puedo leer Meerwasser –Freibad y en mi perfecto
alemán puedo entender: Mar, agua, libre y baño que, menos
literal, podría ser una piscina libre para baños de agua marina.
¿Acierto? Una torreta en rojo y blanco, ¿del Athletic?, añade su nota de color al conjunto deportivo. La isla del fondo será la de Baltrum, creo y, al otro lado del dique, hacia el interior, fotografío una hermosa construcción con tejado de paja, que hacía tiempo que ya no veía. Por su estructura y la cantidad de coches que veo aparcados, podría ser una casa de vacaciones de verano para familias.
Probablemente, este edificio fuera antaño una granja agropecuaria. Pero no me baso en ningún hecho constatable, pura elucubración mía.
En terreno de interior, al fondo, más postes ventiladores de tres aspas. Ya subido al dique, fotografío hacia el mar en terreno herboso pero que en las mareas muy altas será inundable. Al fondo a la izquierda, la isla Norderney y, a la derecha, la de Baltrum. Será todo lo que veré de ellas.
Quizás, si hubiese pasado por aquí en pleno agosto me habría animado a visitarlas, pero no es el caso y seguimos con viento y temperaturas no muy altas. Habrá que esperar al solsticio y a las hogueras de San Juan. En este polder, no se ve pastando a ninguna vaca ni oveja. Ya que estoy en la cima del dique, voy un rato caminando por hierba, por la cresta.
Algunos ciclistas pasan por su pista, en plan de paseo. Pocos caminantes, pero se ve alguno. En el cielo todavía hay nubes, pero son algodonosas y no amenazan con lluvia. Un rato caminando por el cresterío del dique y decido bajar a la pista de asfalto. Una planta silvestre florida masoquista ha tenido la ocurrencia de brotar intrincada entre la valla de alambre de espino. Así añade pinchos espinosos artificiales a sus espinas naturales. La fotografío por ser la única nota de color en un paisaje tan monótono y aburridor.
¿Acierto? Una torreta en rojo y blanco, ¿del Athletic?, añade su nota de color al conjunto deportivo. La isla del fondo será la de Baltrum, creo y, al otro lado del dique, hacia el interior, fotografío una hermosa construcción con tejado de paja, que hacía tiempo que ya no veía. Por su estructura y la cantidad de coches que veo aparcados, podría ser una casa de vacaciones de verano para familias.
Probablemente, este edificio fuera antaño una granja agropecuaria. Pero no me baso en ningún hecho constatable, pura elucubración mía.
Westeraccumersiel.
Sigo por el dique
hacia Westeraccumersiel, donde llegaré a un puerto, aunque de allí
no salga ferry alguno hacia las islas Frisias.
Antes saco foto de dique en curva que, a la vez, es paseo marítimo y pronto llego a una pista de skate, que me hace recordar la maravilla que tenemos en Ficoba. No es comparable ya que, ésta, es solamente alemana, mientras que la nuestra, aunque está en terreno irunés, es internacional; muchos franceses niños, jóvenes y no tan jóvenes, vienen a Irun para practicar sus habilidades sobre el monopatín.
Aquí, no viendo niños a esta hora, parece que no será necesario guardar turnos. Llego al puerto, donde sólo amarra algún barco pesquero. El espacio abierto es escaso para ferris y este pueblecito, si es que llega a serlo, se queda sin ferry, aunque el lugar hubiera que considerarlo idóneo para ir a la Frisia Langeoog, más directamente que los que salen de Bensersiel pero, me supongo, habrá muchos intereses económicos en juego y los de Bensersiel se llevan la tostada al agua.
Probablemente, en compensación, les habrán puesto el tinglado para baños por el que he pasado hace muy poco. Saco la foto del puerto en el momento que estoy pasando por un puente que también hace tareas de esclusa. Me voy alejando del puerto pesquero sin bajar del dique, aunque ahora vuelve a ser de hierba y ya no adoquinado paseo marítimo.
En la orilla del mar se ven mástiles de embarcaciones menores y deportivas que, para salir al mar, tendrán que esperar a la subida de la siguiente marea. Ahora están en dique seco. En el mar, al fondo, vemos la isla de Langeoog, que tampoco visitaré. Pasado el puente-esclusa, fotografío el mar interior que hace necesaria dicha esclusa. Al otro lado de éste que podría considerarse un lago salado, han construido una hermosa mansión, que parece estar en lugar privilegiado y tranquilo, y que conserva el estilo de construcción con planta superior abuhardillada que es habitual en la zona.
Antes saco foto de dique en curva que, a la vez, es paseo marítimo y pronto llego a una pista de skate, que me hace recordar la maravilla que tenemos en Ficoba. No es comparable ya que, ésta, es solamente alemana, mientras que la nuestra, aunque está en terreno irunés, es internacional; muchos franceses niños, jóvenes y no tan jóvenes, vienen a Irun para practicar sus habilidades sobre el monopatín.
Aquí, no viendo niños a esta hora, parece que no será necesario guardar turnos. Llego al puerto, donde sólo amarra algún barco pesquero. El espacio abierto es escaso para ferris y este pueblecito, si es que llega a serlo, se queda sin ferry, aunque el lugar hubiera que considerarlo idóneo para ir a la Frisia Langeoog, más directamente que los que salen de Bensersiel pero, me supongo, habrá muchos intereses económicos en juego y los de Bensersiel se llevan la tostada al agua.
Probablemente, en compensación, les habrán puesto el tinglado para baños por el que he pasado hace muy poco. Saco la foto del puerto en el momento que estoy pasando por un puente que también hace tareas de esclusa. Me voy alejando del puerto pesquero sin bajar del dique, aunque ahora vuelve a ser de hierba y ya no adoquinado paseo marítimo.
En la orilla del mar se ven mástiles de embarcaciones menores y deportivas que, para salir al mar, tendrán que esperar a la subida de la siguiente marea. Ahora están en dique seco. En el mar, al fondo, vemos la isla de Langeoog, que tampoco visitaré. Pasado el puente-esclusa, fotografío el mar interior que hace necesaria dicha esclusa. Al otro lado de éste que podría considerarse un lago salado, han construido una hermosa mansión, que parece estar en lugar privilegiado y tranquilo, y que conserva el estilo de construcción con planta superior abuhardillada que es habitual en la zona.
De
Westeraccumersiel a Bensersiel.
Ya sólo me queda
este último tramo de dique del día para llegar al lugar en donde
tengo un albergue juvenil, que confío en que no esté repleto pues,
hasta ahora, no voy teniendo ningún problema de sitio en ninguno de
los que he estado. No son todavía las cinco de la tarde y creo que
voy bien de hora. A juzgar por lo que he tardado entre NeBmerpolder
y Westeraccumersiel, este tramo es menor y creo que tardaré menos en
recorrerlo. Voy por la pista asfaltada del lado de interior, para que
el dique me proteja del viento, que hoy no es excesivo.
Tendré días más ventosos en Dinamarca. Observo, dibujados en el asfalto, unas series de marcas y números que me hacen pensar que sirven a ciclistas y corredores de atletismo para medirse sus tiempos, lo que tardan en recorrer una distancia determinada. Así ahora, a las 17:23 leo en el suelo 1310. Más adelante, a las 17:31, leo la cifra de 560, así que haciendo mis cálculos y sin pretender hacer record alguno, podría asegurar que en ocho minutos he recorrido 750 metros. El resultado sería que camino entre 5,5 y 6,0 km/hora. Se ajusta bastante a la realidad.
En cierta ocasión, caminando por Francia, un luminoso en zona de limitación de velocidad a vehículos, cuando aparecí yo andando y no pasó ningún vehículo en el intervalo, me señalo un 6, que me hizo mucha gracia. No creía que el artilugio sirviera también para medir la velocidad de los peatones. Supongo que aquel seis tendría un margen de error de 500 metros arriba o abajo. Con las dos mochilas, en pocas ocasiones supero los 6 k/h.
Cuando estoy llegando a la zona de arbolado, veo una casa en construcción. A juzgar por los desperdicios de viguería, solivos y ladrillos que veo en el exterior, no se trata de obra nueva sino de reconstrucción de una granja obsoleta anterior. Ya han construido el maderamen que soportará el nuevo tejado. Cuando lo recubran, que no sé si será de teja o de paja, aún les quedará mucho trabajo de albañilería. Toda la pared de la derecha la han tenido que destrozar para poder trabajar en el interior y para sacar todo el escombro generado. También tendrán que quemar la madera o cargar carretadas de desperdicios en camiones. ¡No les queda nada! Tras sacar foto entre árboles, donde la casa no se ve tan nítida, saco otra con mayor espacio, libre de árboles y en que la reconstrucción se aprecia bastante mejor que en la primera, aunque los postes que hacen de vigas maestras, se aprecian mejor en la primera que he hecho al llegar. Veinte minutos más tarde, llego a mi destino.
Tendré días más ventosos en Dinamarca. Observo, dibujados en el asfalto, unas series de marcas y números que me hacen pensar que sirven a ciclistas y corredores de atletismo para medirse sus tiempos, lo que tardan en recorrer una distancia determinada. Así ahora, a las 17:23 leo en el suelo 1310. Más adelante, a las 17:31, leo la cifra de 560, así que haciendo mis cálculos y sin pretender hacer record alguno, podría asegurar que en ocho minutos he recorrido 750 metros. El resultado sería que camino entre 5,5 y 6,0 km/hora. Se ajusta bastante a la realidad.
En cierta ocasión, caminando por Francia, un luminoso en zona de limitación de velocidad a vehículos, cuando aparecí yo andando y no pasó ningún vehículo en el intervalo, me señalo un 6, que me hizo mucha gracia. No creía que el artilugio sirviera también para medir la velocidad de los peatones. Supongo que aquel seis tendría un margen de error de 500 metros arriba o abajo. Con las dos mochilas, en pocas ocasiones supero los 6 k/h.
Cuando estoy llegando a la zona de arbolado, veo una casa en construcción. A juzgar por los desperdicios de viguería, solivos y ladrillos que veo en el exterior, no se trata de obra nueva sino de reconstrucción de una granja obsoleta anterior. Ya han construido el maderamen que soportará el nuevo tejado. Cuando lo recubran, que no sé si será de teja o de paja, aún les quedará mucho trabajo de albañilería. Toda la pared de la derecha la han tenido que destrozar para poder trabajar en el interior y para sacar todo el escombro generado. También tendrán que quemar la madera o cargar carretadas de desperdicios en camiones. ¡No les queda nada! Tras sacar foto entre árboles, donde la casa no se ve tan nítida, saco otra con mayor espacio, libre de árboles y en que la reconstrucción se aprecia bastante mejor que en la primera, aunque los postes que hacen de vigas maestras, se aprecian mejor en la primera que he hecho al llegar. Veinte minutos más tarde, llego a mi destino.
Bensersiel. No
hay albergue.
Cuando llego al
letrero de entrada, a la vez que un paso aéreo peatonal cruza a la
gente hacia la costa, son algo menos de las seis. Me parece muy buena
hora para llegar. No sé dónde estará el Jugendherberge, si
al inicio, en medio, o al final del pueblo. Por lo que empiezo a
preguntar nada más llegar. Bensersiel pertenece a Esens, pueblo más
grande que está hacia el interior. No me asomo al dique y no puedo
ver el embarcadero, de donde parten los ferris para la isla de
Langeoog. Mañana tampoco lo veré porque no volveré a la costa y
haré toda la etapa por interior hasta Wilhelmshaven. El recorrido se
podría englobar en un triángulo, y prefiero hacer el más largo,
que sería como la hipotenusa de un rectángulo, que hacer la suma de
los dos catetos más cortos. Sobre todo, conociendo la mierda de mar
que tienen en toda Alemania Occidental. Pregunto por la oficina de
Turismo, y me dicen que ya ha cerrado a las cuatro.
Pero un hombre me dice que debo seguir por la carretera a Esens, que está a seis kilómetros, y es donde está el albergue. Me llevo disgusto. Una mujer, cuyo marido es de Harlingen, me lo corrobora, aunque me habla de cinco kilómetros y se asombra con el recorrido que estoy haciendo. Cuando llego a la parada del autobús, que yo me resisto a coger, hay un grupo de jovencitos esperando.
Pregunto a los profesores, una chica y un chico, que es polaco, y me dicen que están en el albergue de Esens. Se sorprenden de que prefiera ir caminando que en bus. Yo soy el que les invito a que vayan caminando conmigo. Una jovencita trata de hacerse la listilla, con algo que dice y yo no entiendo, pero sus compañeros le ríen la gracia. El grupo se queda en la parada y yo continúo camino.
Me adelantan tres amigos que van en bici, dos van rapados. Les sorprende mi “hola” y tratan de hacerse los graciosos. Ciclistas adultos vienen frontales a mí, les dejo paso. Ya estoy acercándome a Esens. Al menos, veo el pincho de la iglesia. El cielo se va cubriendo de nubes grises amenazantes y, con este panorama, voy entrando en el pueblo. Esta será la última foto de la jornada.
Pero un hombre me dice que debo seguir por la carretera a Esens, que está a seis kilómetros, y es donde está el albergue. Me llevo disgusto. Una mujer, cuyo marido es de Harlingen, me lo corrobora, aunque me habla de cinco kilómetros y se asombra con el recorrido que estoy haciendo. Cuando llego a la parada del autobús, que yo me resisto a coger, hay un grupo de jovencitos esperando.
Pregunto a los profesores, una chica y un chico, que es polaco, y me dicen que están en el albergue de Esens. Se sorprenden de que prefiera ir caminando que en bus. Yo soy el que les invito a que vayan caminando conmigo. Una jovencita trata de hacerse la listilla, con algo que dice y yo no entiendo, pero sus compañeros le ríen la gracia. El grupo se queda en la parada y yo continúo camino.
Me adelantan tres amigos que van en bici, dos van rapados. Les sorprende mi “hola” y tratan de hacerse los graciosos. Ciclistas adultos vienen frontales a mí, les dejo paso. Ya estoy acercándome a Esens. Al menos, veo el pincho de la iglesia. El cielo se va cubriendo de nubes grises amenazantes y, con este panorama, voy entrando en el pueblo. Esta será la última foto de la jornada.
Esens. Albergue
completo. Bárbara.
Llego a la vez que
los que vienen en el autobús y corro para entrar en el albergue
antes que ellos. Bárbara me dice que el albergue está completo.
Pero, al contarle mi viaje, y en la situación que me quedaría si no
pudiera dormir en el albergue, muestra su preocupación y hace
gestiones para solucionarme el problema. Encuentra una alternativa
que yo acepto y, mientras me preparan la sala donde los chavales
juegan al ping-pong, y como ya ha terminado la hora de los juegos,
voy a cenar. La cena está incluida en el precio que pago con Visa,
27,80€. El pago lo hago a las 18:54. Solucionado el problema del
alojamiento, voy a cenar. El comedor es grande, pero hay demasiados
jóvenes y ya no queda mucho donde elegir. Menos mal que Bárbara me
ha recomendado que lo primero que haga sea cenar. Me pongo en una
mesa con chavales, donde está cenando un niño nacido en Peniche. Un
buen recuerdo, pues cuando estaba en aquel pueblo portugués, mi hija
Vera me dio la noticia de que estaba embarazada. Era en julio de 2007
y en marzo de 2008 nacería mi nieto Gari, el tercero de mi
tetralogía de abuelo. Parece ser que este niño es hijo de alemán y
burgalesa, pero el castellano que sabe es mínimo y no nos sirve para
comunicar. Como dos albóndigas con puré. Voy a recepción para
aclarar algo que no recuerdo y, cuando regreso al comedor para seguir
la cena y comer el postre, encuentro a todo el mundo en sus cinco
minutos de silencio, ¿un silencio de acción de gracias? Oigo toses
y veo sonrisitas. Acabo de cenar y veo al polaco con su chica. Le
digo que no tenía sitio pero que me lo han resuelto y que voy a
dormir en la sala del ping-pong. Le agrada que me hayan solucionado
la estancia. En recepción, Bárbara me dice que no tengo albergue ni
en Jever, quizás porque está completo, ni en Schillinghörn, que yo
no tenía en mi lista y mañana se me quedará a desmano, como el de
Neuharlingersiel. Puede ser buen momento para hablar de los
Jugendherberge, los albergues juveniles alemanes: en Borkum
ni lo busqué y dormí en la playa, dormí en Norddeich ayer, esta
noche en el de Esens (aunque yo tenía como referencia el nombre de
la costa, Bensersiel), a la isla de Wangerooge no iré, el de Jever
me dicen que está completo, Oldenburg y Bremen están próximos el
uno del otro, pero muy al interior, lejos de la costa y el de Bad
Zwischenahn no lo encuentro en ningún mapa. Cuando llegue a Hollum a
finales de este mes de junio, dormiré en el albergue. De los daneses
ya tendré ocasión de hablar en Dinamarca. Sin albergue en Jever,
mañana me tocará hacer una gran caminata entre Esens y
Wilhelmshaven, si es que quiero llegar a la costa, una costa que en
realidad es de ancho río, el Jade. Ya me he olvidado de unas cuantas
islas Frisias y, estando donde estoy y con intención de ir mañana a
Wilhelmshaven, tengo claro que también voy a olvidar las dos
siguientes: Spiekeroog y Wangerooge. Lütje Hörn y Kachelotplate,
que están entre Borkum y Memmert, no las vi. Las últimas de las
Frisias Orientales, cuando cruce el Jade, son Minsener OOg y Mellum y
ya decidiré qué hago con ellas. Si voy o no voy. No acabo de ver
claro el puente para pasar el Jade y me parece que tendré que coger
ferry, si lo hay. En caso de que no lo haya, me vería obligado a dar
un gran rodeo por costa interior que preferiría evitar. Esa enorme
ciudad, ¿será buen sitio para dormir? Primero hace falta que pueda
llegar en el día. Me temo que para cuando llegue, la oficina de
Turismo estará ya cerrada y tendré dificultad para encontrar
pensión barata. El mapa que me da Bárbara, me aporta información,
alargándomela hasta llegar al Wesser, en Bremerhaven. Pero es mapa
que sólo sirve para albergues. En él veo que en Emden también
había albergue. Demasiado tarde. No me arrepiento, porque si no no
habría tenido oportunidad de conocer a Melanie ni a sus padres.
Aquel enfado por encontrar cerrada la oficina de Turismo, tuvo esta
consecuencia positiva. Cuando llegue a Nordenham veré cómo me
cuadra para ir al albergue. Me ducho y con la toalla puesta me
despido del polaco y sus contertulios también profesores.
Dormir en la sala
de ping-pong.
Tango un baño en el
piso de arriba. Lo primero que hago es la cama y la arrimo todo lo
que puedo al rincón. En la sala, además de la mesa de tenis de
mesa, hay una maqueta con un proyecto de pista de skate, que también
me gusta menos que la de Ficoba, ésta tiene muchos errores de
diseño, como si la hubieran hecho los chavales y no supieran ni lo
que quieren, siendo ellos los usuarios y que se debieran esforzar en
conseguir una pista ideal. La fotografiaré mañana por la mañana,
junto con la cama y la mesa de ping-pong. Tras orinar y cerrar la
puerta, me doy masaje de Aloe-Vera en los pies y un poco en el labio
para acelerar que se me seque la postilla de la pupa. Para los 8:30
horas ya estoy en la piltra. Dejo cerca la papelera para no tener que
cruzar el pasillo y subir al piso de arriba cuando tenga ganas de
orinar. Mearé tres veces durante la noche. La luz de emergencia es
algo potente, pero no evita que duerma bien.
Balance de otra
jornada que duermo en interior.
Hoy he salido bien
del albergue tras desayunar en compañía de adultos con permiso de
sus mujeres. Aunque me ha costado encontrar lugar para comer, he
comido bastante bien. Después del disgusto de entrar en Bensersiel
y decirme que el albergue estaba 6 km más al interior y, al llegar,
ver que estaba completo, todo se ha resuelto gracias al interés
puesto por Bárbara y, aunque la cena ha resultado escasa, he dormido
bien y he descansado. Mañana me espera buena caminata.


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