Etapa 09 (450) Rysum-Norddeich


Etapa 09 (450), 14 de junio de 2015, domingo.
Rysum-Loquard-Campen-Upleward-Hamswehrum-Groothusen-Pewsum-Visquard-Greetsiel-Norddeich.

Amanecer en la caravana.
Durante la noche, sólo me levanto dos veces a orinar. En la segunda, está lloviznando. Me levanto a las 6:30 y tomo la pastilla. Relleno el pastillero para tenerlo listo durante la semana. La cama queda igual de limpia que la encontré.
 













Salgo de la caravana, meto la escalera de los dos peldaños y saco foto de conjunto: la casa, la caravana y el coche. Deposito las llaves de la caravana en el buzón que está entre la puerta y la ventana de la izquierda. 
 
Así, cumplidas las órdenes, me doy una vuelta por el pueblo para fotografiar la iglesia y el molino. Aunque a esta hora no llueve, el día se presenta muy nuboso, demasiado para mi gusto e intereses. ¿Lloverá como lo ha hecho esta noche? Ojalá no. Me dirijo hacia la iglesia. Una mujer hace limpieza de hierbajos en la fachada exterior de una casa, al borde del camino. Le saludo. Parece una empleada municipal más que la dueña de la casa. La constante, en los pueblos por los que voy a pasar hoy, va a ser la limpieza, con terrenos bien cuidados y, la hierba, bien segada y rasurada. Sin embargo, me va a costar encontrar una papelera donde depositar el plástico de las pastillas de Indapamida, que he finalizado, y el tubo de Aloe-Vera también vacío. Veo la iglesia sólo por el exterior y la fotografío desde una de las fachadas laterales, la que más espacio me permite pues, delante, está el cementerio, con pocas lápidas. Teniendo en cuenta que el pueblo es pequeño, será suficiente para cobijar los cuerpos de sus fallecidos o, quizás, sólo sus cenizas. Con el sistema de incineración, en los años actuales, se ahorra mucho espacio para mantener cerca a los que se fueron. 

Pregunto a la jardinera por el molino, que vi muy bien ayer de lejos pero que, ahora, en la cercanía, no veo forma de encontrarlo. Me hace dar la vuelta en redondo. Así llego al bonito molino. Su parte baja, donde está la puerta de acceso, es una torre de ladrillo de dos pisos y, sobre ella, en material aislante negro, reposa el molino propiamente dicho, el que soporta las cuatro aspas, aunque una no se vea por tenerlas a la espalda. En Greesiel, también veré otros dos bellísimos molinos, que os ofreceré. Siguiendo el carril bici iré saliendo de Rysum. Me voy contento, dejando amigos.

Loquard está cerca.
El recorrido me va a llevar bien hacia Pewsum, pero no me va a ofrecer ninguna oportunidad de poder desayunar. Va a ser lo peor de esta mañana, pero lo subsanaré con creces en Greetsiel.
 
Voy ensayando la pronunciación de la palabra frunstuck, que significa desayuno en alemán pero que, en caso de que no me entiendan o no quieran hacer el esfuerzo mínimo para entenderme, que suelo acompañar del gesto de comer, puedo recurrir a la palabra inglesa breakfast que, según parece, la entienden en todo el mundo. También ensayo jugendherberge, albergue juvenil. Confío en que las fotos y el segundo mapa que me regaló el padre de Melanie, me irán ordenando el recorrido que escribo en mi diario.


Encuentro gran cantidad de limacos baboseando el camino para las bicicletas. Inevitablemente, más de uno acabará hoy su vida, aplastado por ruedas de bici y por el caminante. Ya en Loquard me llama la atención el jardín de una casa con elementos cerámicos que suplantan a las flores o les añade colorido. Son elementos caprichosos de jardín, que no durarían dos días en uno público de nuestros lares. Cuando llego a la iglesia, me falta espacio para alejarme y poder sacar una foto completa y bonita. Saco la fachada lateral, donde alguna lápida no me hace pensar que ese sea el cementerio. Quizás haya más lápidas en el otro lado. No lo puedo asegurar y sigo hacia el siguiente pueblo.


Campen.
Fotografío la fachada principal de la iglesia, con su mínima torre. Ladrillo rojo y ventanales góticos blancos, son la nota de color más destacada.
 












Como había sospechado, en el amplio hierbal del otro lado, se ven, demasiado ordenadas, en fila india, más lápidas. Dos ángeles custodios sobre altos pedestales, parece que se tambalean. Muy próxima, una hermosa casona, con vistas al cementerio. Un puesto de vigía para que no se lleven impunemente a ninguno de los que allí descansan. 

Sin salir de Loquard, me sorprende un tiesto caprichoso con figura animada. Muy adecuado para un humilde geranio. Los troncos que lo portan sobre los muslos construyen un humano muy elemental que, no sé por qué, me trae a la memoria al Flautista de Hamelin, aunque no vea su flauta mágica por ninguna parte. Como, sombrero, birrete, o barretina, le cubre la cabeza un tiesto rajado, inviable para cumplir sus funciones de portador de planta alguna pues, por su grieta, se le escaparía el agua necesaria para su sustento. Saco una foto y salgo del pueblo en dirección Pewsum que, junto con Greetsiel son los pueblos más importantes de la región en la que estoy y a la que llegué ayer tarde: KRUMMHÖRN. A Greetsiel llegaré a la hora de comer. Según una postal que me mandó algún tiempo después Melanie, Krummhörn pertenecería a la federación de Ostfriesland, que traduciría por las Islas Frisias del Este (¿Oeste?). Hecha esta aclaración, de momento, continúo hacia el siguiente pueblo: Upleward.
 
De Campen a Upleward.
Un buen carril-bici, en el lado izquierdo de la carretera, el que más me gusta pues sigo controlando a los vehículos que vienen de frente, es el que me va acercando a Upleward. Cuando saco la foto, con la perspectiva de una gran recta, ya puedo ver los tejados de las casas del pueblo que se me avecina.

No destaca nada de lo habitual, ni torre campanario de iglesia, ni molino alguno. Queda justificado por la pequeñez del pueblo, pero no aseguro que no lo haya ni que no lo vaya a ver cuando esté en él. Pero aunque no vea ni iglesia, ni molino, si que hay un bar en cuya terraza veo a dos personas. Se me alegra el ojillo. Podré desayunar. Me acerco, y mi gozo en un pozo. Las figuras de la terraza no son reales, sino dos maniquíes invitadores para las horas en que está abierto el establecimiento. 

Saco foto para que os hagáis idea de lo desilusionado que me voy de aquí. Como hay una carretera que camping en la costa, en el cruce, recibo la información de los cinco kilómetros a Rysum, aunque yo calculo que hay más, puesto que llevo caminando más de una hora. Quizás esté caminando demasiado lentamente.
 
En dirección a Pewsum indica que a un kilómetro está Hamswehrum que, al ser menor que los últimos que dejo atrás, me hace temer que allí tampoco desayunaré.

Hamswehrum.
Saco foto entrando en el pueblo con el cartel anunciador. El cartel confirma su pertenencia a Krummhörn, como ya sabía, pero no sé lo que quiere decir Landkreis Aurich. Que lo traduzcan los alemanes. Ni me molesto en entrar en el pueblo y sigo la carretera que parcialmente lo atraviesa.

De Hamswehrum a Groothusen.
Aquí voy a sacar cuatro fotografías. La primera, saliendo de Hammwehrum, donde encuentro el primer sembrado de maíz. Las plantas han brotado con fuerza y están muy saludables. Por lo separadas que están, parece que no serán plantas forrajeras, sino para la obtención de mazorcas que se suponen recogerán bien granadas. 
 
¿Serán para alimento de las aves de corral, o para palomitas? ¿Quién lo podrá saber? El que las compre sabrá qué hacer con ellas. Llego a una casa en la que, para acceder a ella, es necesario pasar un puente muy elemental sobre un estrecho canal. Pero lo que más me sorprende es la variedad de arbustos que ofrece. Son de muy distintas especies que, al ser recortados con formas redondeadas, parecen similares, aunque sean variopintos. Más que por la forma, que les da cierta artificialidad, me gusta la gran variedad de tonalidades, que van del verde más intenso al amarillo más brillante. 

También es interesante la variedad de arbolillos que hay en el jardín interior, alguno de hoja roja. ¿Algún ciruelo japonés, algún arce? Demuestra el conjunto que sus dueños son caprichosos. Poco más adelante, siguiendo la carretera, encuentro fuera del casco urbano una máquina expendedora de tabaco. En otros países, esta máquina no duraría dos días sin ser desvalijada; por la droga legal que contiene, o por el depósito monetario, otro atractivo para el que no tiene nada y vive de la caridad pública. Pero aquí está y me parece que en perfecto funcionamiento, aunque no sea yo quien le dé a comer mis monedas para comprobarlo. LM, PallMall, Malboro, Lucky Strike… son las marcas que me suenan de la época en que compré dos paquetes de Bisonte y ese fue todo mi vicio de compra de tabaco. Me siento afortunado por haber fumado poco más en mi vida, por el beneficio a mi salud y a mi economía. Agradezco que mis padres no me prohibieran. Mi padre me invitaba de cuando en cuando, en cumpleaños y fiestas señaladas, a unos purillos que llamábamos Señoritas y que, como nunca tragué el humo, no me enviciaron. Ver esta expendedora en esta carretera, me trae buenos recuerdos de juventud.

Groothusen.
Entrando en este pueblo que no está ni a un kilómetro del anterior, paso por una granja con vacas. Bueno, lo de vacas es un suponer, puesto que a los únicos que veo es a sus criaturas. Tres preciosos ternerillos corretean por el prado. Se ve que sus padres ya los han destetado y empiezan a hacer sus primeros pinitos para arramplar con sus lenguas de papilas prensoras al que será su alimento del futuro, la hierba. En este prado la hierba está muy alta y tienen mucho para segar.


De camino al siguiente pueblo, Pewsum, que me hace pensar en que allí, por su tamaño y la hora, ya podré desayunar, voy optimista. De haber encontrado desayuno antes, es probable que ni lo hubiese visitado ya que, según el mapa que me dio ayer el padre de Melanie, lo más lógico sería haber ido a Greetsiel por carretera más directa, haciendo el itinerario Groothusen-Manslagt-Pilsum-Greetsiel, en lugar del que voy a hacer: Groothusen-Pewsum-Visquard-Greetsiel. Ese optimismo que me da el deseo de desayunar, tampoco se va a cumplir aquí.

La carretera hacia Pewsum es de nuevo sin arcén, aunque un petacho lateral de asfalto haga pensar que lo tiene. Pudiera serlo si hubieran pintado la raya de la cuneta, como está pintada la mediana. De lejos, ya se aprecia que Pewsum tiene iglesia.

Pewsum. Aquí tampoco desayuno.
Entrando al pueblo, con el cartel indicador, hago filigranas para que en la foto también se vea el molino. Lo consigo medianamente. Un canal con agua, no muy ancho pero lo suficiente como para producir un estropicio si te caes en él, obliga al caminante, si quiere aprovechar el carril bici, a alejarse de la carretera. La ventaja de seguridad tiene el inconveniente de la pérdida de información que suele estar más orientada a la conducción viaria que a la caminera. Esta es una constante en la mayoría de los caminos y que favorece a los usuarios de caminos que les gusta llevar más parafernalia electrónica que lo que me gusta a mí. 

El agua de este canal tiene una ligera capa superficial que lo oculta y que me recuerda a la que denominábamos en mi pueblo como moco de rana. Normalmente la veíamos a la vez que oíamos croar a los batracios. Aquí no oigo cantar a ninguna rana. Ya dentro de Pewsum, en otro canal más ancho y con el agua de similares características, en un tubo que lo atraviesa por encima, veo hacer equilibrio a dos patos machos que, escondiendo sus picos en las plumas de entre sus dos alas, parece que se hacen los dormidos. Es un milagro que puedan ambos estar en esa postura, sobre una superficie curva tan inquietante como lo parece la de ese tubo que no tiene gran diámetro. Si viera a sus hembras en el agua, pensaría que están demostrando ser muy machos.
 

Dan ganas de darles un susto para ver si reaccionan volando, pero no son aún las nueve de la mañana de un domingo, todavía no es la hora de ir a misa, y no soy tan cruel. Van a ser las nueve, cuando llego al molino. Es muy hermoso. También con una gran base en forma de torre de tres plantas. El molino arriba, como siempre, con sus cuatro aspas y otra base de una planta. Las casas de los edificios a sus dos lados están engarzadas con el molino. Quizás no sólo se moliera grano en él, sino que los edificios adyacentes pudieran ser, a un lado, depósito de grano y, al otro, depósito de harinas.
 
Me puedo hacer la película que me dé la gana, pues nadie me lo explica. Paso por una casa con molino de juguete cuyo recinto es muy asequible a cualquiera, pues no tiene valla de cierra y un seto abierto que la delimita. Pero, si la fotografío, es porque da el pego de que la torre de la iglesia pertenece al mismo edificio. Fijándose bien, ya se ve, entre casa y torre, unas ramas del arbolado intermedio. Pasadas las nueve me acerco a la torre de la iglesia.
 











En el reloj, aún no es la hora que indica mi cámara. Hay un desfase de casi un cuarto de hora. ¿Quién llevará razón? Yo, pues sonaban las campanadas de las nueve entrando en el pueblo. La torre es demasiado recia, demasiado monumental y poco acorde con el tamaño de la iglesia. Tampoco es que este pueblo, aun siendo enorme en comparación con los visitados en el día de hoy, ni justifica que sea de mayor tamaño. 

Cuando paso por el museo también está cerrado. Llego a un gran conjunto monumental que, por la fosa que lo separa de mí, me hace pensar en un castillo medieval. Me gusta su apariencia castellana y lo fotografío con su reflejo en la fosa. ¿Qué os parece? Sólo me faltaba ver, velando armas, a Don Quijote de la Mancha, antes de que tuviera escudero, aunque sí Dulcinea del Toboso, y de que fuera armado caballero andante. Pero dejemos el castillo y busquemos algo para desayunar. Imposible de encontrar y no sólo porque sea domingo y la gente no madrugue, sino porque aquí nadie desayuna salvo en sus casas. No encuentro ni desayuno ni panadería. Una pequeña mujer que sale de su casa me orienta hacia un italiano, pero está cerrado. Un hombre me dice que quizás encuentre algo en Canum, pero me acerco en balde y regreso. Otro hombre me habla de Mallorca, pero de lo que me importa ahora no tiene ni idea. Cree que en este pueblo no hay ningún sitio donde pueda desayunar. Un chico con niña en cochecito me orienta hacia panadería, pero también en dirección a Canum y, cuando estoy ya en zona industrial, un hombre que para su coche para decirme que por allí tampoco encontraré nada. Con tantas vueltas y revueltas, en la iglesia suenan las campanadas de las diez menos cuarto.


Casi una hora perdida. Finalmente me dicen que si quiero desayunar vaya a Greetsiel. Está casi a la misma distancia que Rysum, de donde vengo, pero las circunstancias mandan, aunque para cuando llegue ya no será hora de desayunar, sino de comer. Retrocediendo hacia Groothusen, encuentro a unos chavalillos, una niña y un niño, limpiando la regata obstruida por acumulación de hojas y barro. Están metidos en el cenagal pero bien pertrechados con botas de goma. Seguro que es un trabajo que les han mandado hacer los adultos, pero no veo que lo hagan de mala gana. A lo mejor se ganan la paga realizando la tarea, o es una forma de colaborar con las tareas de la casa que tienen asumida. Los chavalillos me dicen qué camino debo coger a la derecha para ir a Visquard. Al venir, ya había pasado por allí. El niño, que es algo mayor, pone empeño en desempolvar su escaso conocimiento del inglés. Con deseo de agradar, me orienta, pero me son más útiles sus gestos que el idioma que usa para que le entienda. En realidad lo que quiere es que vaya a un museo agropecuario, un edificio que he visto saliendo de Groothusen, a donde no tengo ninguna intención ni interés en ir. Parece ser que allí sus habitantes le dan mucho valor y los niños también lo promocionan.
 
Poco después veo una parada de autobús con marquesina, donde antes había visto una bicicleta candada. Ahora la fotografío. No es mal plan tener, a la llegada del bus, este vehículo de dos ruedas que permita llegar a casa algo más pronto que yendo andando. Siempre y cuando a nadie le apetezca llevarse una bici que no sea suya. La bici está candada a una de las barras soporte que ofrece la parada. Tendrían que romper el candado o la cadena para podérsela llevar. Está bien asegurada.


De Pewsum a Viquard.
Enseguida llego al cruce en que veo carril bici con destino Viquard y Greetsiel. Ni lo dudo. Arranca con bloques de cemento en el pavimento. El camino es poco más ancho que un sendero y, como no lo mantengan, la hierba se lo acabará comiendo. Los bloques están anclados de forma irregular y algunos se mueven al pisar. También algún ausente deja su impronta y debo estar atento a donde piso. Entro por un campo de trigo y me dirijo hacia ventiladores de tres aspas para obtención de energía eólica. Las aspas giran a paso de tortuga. ¿Será que no hay viento suficiente y necesario para que se muevan a mayor velocidad? En el primer tramo de la primera recta, veo venir a una mujer a gran velocidad. Su perro va por delante y se queda parado. Mientras, la mujer y yo seguimos avanzando hacia nuestro encuentro. 

Entonces veo que, lo que yo creía su perro, era un conejo, según ella, y una liebre según mi conocimiento de estas dos especies. Ella, al igual que el niño de la zanja, quiere que vaya por la otra carretera, la que va por los pueblos de Manslagt y Pilsum, pero yo creo que por donde voy llegaré antes a Greetsiel. Para mí, en estos momentos, prefiero perder belleza y economizar tiempo. Supongo que la mujer va desayunada y yo no. Es así como voy llegando a Visquard.


Antes de cruzar el puente sobre el canal, saco una foto con el cartel anunciador, los nombres de Aurich y Krummhörn se repiten en todos estos pueblos de la misma región, pero no sé si son comarca, departamento, distrito, o lo que sea. No es tan importante saberlo. Pronto me entero que aquí tampoco tendré posibilidad alguna de desayunar. No tenía esperanzas. Saco una foto de Pilsum a lo lejos con unos caballos en el prado de mi izquierda.
De Visquard a Greetsiel.
Saliendo de Visquard hacia Greetsiel desde donde el carril bici ya es carretera, ya se empieza a ver a lo lejos los dos hermosos molinos de aquella localidad, que están todavía algo alejados del mar.
 

Un mar que ya es estuario del Ems, pero un estuario muy abierto hacia el Mar del Norte, aunque constreñido todavía por las islas Frisias que frenan al Ems: Lütje Hörn, Kachelotplate, Memmert, Juist y Norderney. Islas a las que no pienso ir, aunque, para visitar las dos últimas, aún tendré tiempo de decidirlo mañana, después de dormir en Norddeich. Pero no adelantemos acontecimientos.



La carretera me va llevando hacia Greetsiel y ya no saco más fotos hasta que avisto los dos molinos en mi frontal.

Los molinos de moler grano.
No creo que sólo molieran cereal pues, como he visto sembrar maíz, supongo que también molerían las mazorcas.
 

¿Harán aquí también talua como en el País Vasco? He pasado el canal por un puente de madera. Uno de los molinos es negro, el que me parece más cercano, y el otro rojo, pero pasaré primero por el rojo. Al ir cambiando la posición, por tener que pasar el puente, va cambiando la perspectiva. Parece que, según avanzo, cada vez estoy más lejos de los dos molinos. En la tercera foto, con el canal, el primero casi tapa al otro.

Al pasar el puente, una chica con cascos, se los quita para ayudarme, pero me ayuda poco, más bien nada. En la primera foto, el terreno está sembrado pero no sé de qué. Alguna flor amarilla me hace pensar que puede ser un campo de colza, pero no lo puedo asegurar si no lo veo más de cerca. En la segunda, flores espinosas silvestres, dan colorido morado al paisaje. El canal está bien canalizado y, por carretera, llego al primer molino, el rojo. Es el más turístico. Las características del molino son similares a los que llevo viendo desde Rysum y, en el edificio aledaño de dos plantas, se ofrecen a la venta productos típicos de la zona, de artesanía y alimentación.



Compruebo en el mapa que me dio el hombre que me dejó su caravana que, si de Greetsiel continúo a Norden y me acerco al mar en Norddeich, podré dormir en albergue juvenil. Después fotografío el segundo molino que, según me dice una pareja que caminará un rato conmigo hacia Greetsiel, ha estado a punto de desmoronarse, pero lo han preservado a tiempo. Se le cayeron las aspas. Les voy contando mi viaje y alucinan. Me dicen que puedo desayunar en el primer molino pero, ya que he aguantado hasta esta hora, las 11:30, aguantaré hasta la hora de comer, que será rondando las doce.

Con ellos voy llegando hasta el canal. Han construido un puerto artificial que mantiene el agua por medio de una esclusa, de tal forma que los barcos siempre están flotando, aunque esté la marea baja. A ellos les da igual que esté alta que baja. También aquí, como es la tónica general de este mar de fango, las dragadoras tendrán que estar trabajando día y noche, para mantener los canales expeditos.


Los Atzokoak de Greetsiel.
En Irun, donde vivo, hay gran afición a cantar y hay agrupaciones corales de todas las edades. Grupos de personas mayores hay bastantes, como el coro Ametza, que es una agrupación de diversos coros mixtos que vienen cantando desde pequeños. Náyade agrupa a mujeres con una excepción. Pero como el coro que voy a ver y oír cantar es todo de hombres, me hace recordar el Atzokoak, que podría traducirse por Los de ayer, y que son los de siempre, siendo uno de los componentes mi amigo Luis Mari Etxepare. 

Por esa razón titulo así este apartado de mi viaje en mi paso por Alemania. En mi paseo por el canal, veo que el tipo de redes de estos pesqueros de Greetsiel, son muy peculiares, y producen una estampa muy curiosa, que disfrutaré mejor desde el otro lado del canal después de comer. Ahora voy por el lado del muelle, donde los pesqueros están anclados. Los componentes de la coral han subido al barco y se han colocado de forma adecuada para iniciar los primeros cantos de su cancionero teutónico. Su uniforme es pantalón negro, camisa blanca, chaqueta roja y corbata azul eléctrico. Les escucho la primera canción con las velas en abanico como telón de fondo. Me habría quedado a la segunda, me me estoy desfalleciendo y me acerco al pueblo para ver si encuentro algún sitio que abran temprano y me den de comer. He sacado dos fotos del grupo, y retrocedo hacia la zona donde, al pasar, ya he visto varios restaurantes.

Restaurant Captains Dinner. Antonio.
Elijo el segundo, porque en el primero no veo que cojan Visa. Pregunto a una camarera de color y me dice que sí cogen tarjeta. Con esa seguridad, entro y me siento en la mesa que me indican. Me parece bien. Lo primero que hago es ir al servicio y cagar. Debo hacer sitio para la comida. Cuando viene la camarera dueña, le pido un capuchino y, al ver que vengo de España, para ellos Baskeland, País Vasco, es España, me manda a Antonio, que es el camarero que me puede ayudar a entender la carta y a recomendarme lo mejor, no lo más barato. Antonio es de Vigo y le digo que quiero comer pescado.


Tengo que aprovechar la oportunidad, teniendo alguien que me oriente. Antonio estudió Económicas, pero consiguió el trabajo a través de Internet y le gusta. Considera que está bien pagado y, además, le dan casa. Me echa por tierra mi espíritu crítico, cuando digo que los españoles vienen a Alemania con sus títulos, se colocan en hostelería y están mal pagados. En el caso de Antonio, no parece que sea así. Al menos se le ve contento y vela por el negocio. No me ofrece lo más barato, sino que prioriza el dar gusto al cliente. Me recomienda un plato de pescados variados y acierta, me va a costar 21,90€, pero lo voy a pagar gustosamente. Cuando me lo traigan lo fotografiaré para que lo veáis. Todo está riquísimo. Dentro del plato un bol con quisquillas, que no sé cómo harán para pelarles el caparazón y dejar solas las colas. ¿Será procedimiento manual o mecánico? En bol aparte, viene una ensalada a la que añadiré el perifollo del pescado y el melón. No dejo nada en el plato, ni en el bol. Primero he tomado el capuchino. He pedido una jarra de 20 cl. de Riesling de la casa, un vino blanco alemán, que no es tan caro como el embotellado y que también está muy rico.
 

Con el postre, que hubiera preferido Struddel, tarta de manzana pero que, al no tenerla, Antonio me recomienda la típica de Krummhörn, una que tiene pasas y mucha nata y me resulta muy empalagosa, pero de la que no queda ni rastro. Tomo una copita de Aquaviva para acompañarla y que me sabe a anís. Para acompañarla he pedido una cerveza de trigo. Así mantengo la mesa un rato más pues, como ayer tarde no escribí nada ni en el bar de los padres de Melanie, ni después en la caravana, donde ya subí muy cansado, no puedo posponer por más tiempo la escritura del diario si no quiero correr el riesgo de que lo trafulque todo. Pido la cuenta y salen número redondos, 40€ que, como estaba previsto, pago con Visa y todo va bien. Por ahora es la comida más cara de este verano, pero cuando regrese de Polonia, por Berlín, allí haré cena de despedida que sólo el vino Riesling ya me va a costar lo de ésta y mucho más. No me importa… Como paga Visa… Me ha contado Antonio que un día les hizo pulpo con cachelos, patatas, pero que el bicho grande de los ocho tentáculos, no les atrae mucho a los alemanes de aquí, y no hicieron mucho aprecio. Lástima que no lo hubiera hecho para mí. Pero no me quejo, puesto que he comido y bebido bien. Pregunto a Antonio si tiene tiempo libre, pero me dice que no, que ahora tiene que comer y trabajar has después de las nueve y pico. ¡Qué pena! Le cuento mi plan de dormir en Norddeich y me recomienda no ir por Norden, sino por la costa, aunque tiene la misma pinta que la costa sur de las Frisias holandesas. Lo que más m e sorprende de Antonio es que no se arrepiente de no ejercer su carrera de Económicas terminada. Está contento aquí en su papel de camarero, que le permite ejercer de relaciones públicas. Parece que está bien considerado en el Captains Dinner. Son las tres cuando dejo de escribir. Paso por el servicio donde vuelvo a dejar mi recuerdo. Me despido de Antonio y le doy mi blog. Me regala un posa-vasos con el equipo.


De Greetsiel a Norddeich.
Cuando salgo, empiezan a llegar comensales tardíos y no les niegan la comida. También hay para ellos. Salgo a las 15:15, en marcha hacia el dique. Saco una foto del puerto desde el otro lado, con los barcos pesqueros y sus redes en abanico, pero ya sin coro de mayores. Aunque Norden está en interior y más cerca de Norddeich que de Greetsiel, el puerto-canal se ramifica hasta allí.

Durante gran parte de mi recorrido, voy en paralelo hasta que lo cruce por un puente-esclusa. El paseo por encima del dique, que ya empieza nada más aparecer los barcos, es de adoquines ensamblados y la gente pasea sobre ellos, incluso mamás con sillita y sus vástagos. También hay bancos orientados hacia el puerto-canal.
 

Se puede hacer un recorrido hasta la esclusa que sale al mar, al cenagal marino, pero yo no voy por allí, puesto que me supondría hacer un extra en mi recorrido y no estoy por la labor. Prefiero asegurar mi residencia para esta noche y no llegar demasiado tarde a Norddeich. Desde el dique no consigo ver la bocana de salida. Es lógico, pues seguramente no la haya.

Sólo la esclusa que mantiene la altura del agua en el puerto. Las bicis que veo desde arriba, me dan la pista de que hay varias alternativas, varios recorridos posibles. Me encuentro con una pareja que alucina con el viaje que les cuento. Son de los pocos que vienen caminando. La mayoría son ciclistas. Paso por un puente levadizo, más bien habría que decir abredizo, pues se abre y cierra en horizontal, o eso me parece.


Es un puente que también cumple la función de esclusa. Aunque puedo seguir por este lado, prefiero pasar al otro con el fin de eludir Norden e ir por el dique. Subo a duna. Una pareja joven con cochecito también lo sobrepasa, pero ellos van por el dique interior. Todo ocurre por el primer tramo del camino. Ya no veré a nadie hasta bien avanzado el tramo hacia el Noroeste.

Por dique, como en Holanda.
Yo que me había hecho a la idea que los diques sólo estaban en los Países Bajos…


Pues no, en Alemania se sigue un esquema similar al continente Holandés que discurre bajo las Islas Frisias. Cuando paso por el puente-esclusa al otro lado del Störtebekerkanal, ya veo a las ovejas que me esperan. No van a ser sólo ellas, pues también veré más adelante algunos rebaños de vacas.


También aquí hay mucha distancia entre el dique y el mar. No puedo saber si es por consecuencia de la posición de la marea, o estas tierras como de marisma, nunca son anegadas por el mar. En el horizonte se ven islas que me hacen pensar en Memmert y Juist. Mañana estaré más en paralelo con Norderney. Al principio sigo caminando por la cresta del dique, que sigue pareciéndose a los diques holandeses. Algún canalillo hace pensar que pueda llegar el agua del mar hasta más cerca. Además de la pista asfaltada, que podemos usar vehículos, ciclistas y peatones, dentro del recinto que considero de marisma, también se aprecia otro camino de adoquines ensamblados que me hace pensar que se ofrece a ciclistas menos urbanitas. Yo también bajo al camino asfaltado y me topo con una veintena de vacas variopintas pero, a lo lejos, me doy cuenta de que hay más de un centenar.

El dique se va curvando y acercándose al mar. Me encuentro con otro rebaño de ovejas en el dique. Hay zonas del camino que están limpias, mientras que otras están llenas de cagadas. Las de las ovejas son pequeñas, pero ya aparecen plastones de mayor tamaño. Serán las de vacas. Me he acercado a una especie de pirámide para evitar el paso de las reses. Es diferente a los de Holanda. Es como subir a un podio de barras. Los pasos por las puertas también tienen otra estructura. Me gustaban más las primeras holandesas, de madera y con un contrapeso que no permitía que quedaran abiertas. Las de aquí tienen un pestillo que obliga a levantar, pasar y bajar.


El paisaje es monótono. Aparecen ciclistas, pero pocos siguen mi camino y ascienden hacia el dique más interior. La novedad viene después de las siguientes curvas. La curvatura se va volviendo más pronunciada y empiezo a ver el mar fangoso, en el que empiezo a ver diques de pequeña altura que, salvo en fuertes mareas, rara vez serán superados por el mar.


Estos diques se subdividen, formando una red que finaliza en uno horizontal, paralelo al continente. Me hacen recordar los corralitos de Huelva donde, al bajar la marea, algunos peces incautos quedaban atrapados y se podían coger con las manos. Aquí no sé si ocurrirá lo mismo pero, un hombre al que veo de pie cerca del mar, me hace pensar que no está allí sólo por pasear, sino que puede estar pescando a algún incauto desprevenido.


Cuando llego al arranque de uno de estos diques, me fijo en la construcción. Se trata de troncos enclavados en el limo, que se rellenan con ramas entrelazadas y que me recuerdan a los haces holandeses que fotografié antes de embarcar en Eemshaven para Borkum. Si no iguales, son muy parecidos, y cumplen la función que yo pensé entonces.



Se puede caminar por encima de ellos, como hace el hombre que veo al fondo, aunque no sea un dique tan estable que uno de piedras, ya que este es mucho más vulnerable y, caminar por él, obligará a prestar mucha atención, y tener mucho ojo. No seré yo quien se arriesgue a caminar por allí. Siguiendo en este primer arranque de dique, es curioso ver cómo el mar, el viento, o lo que sea, permite que en un lado surjan las hierbas marinas y en el otro no. El entramado se va complicando según avanzo y el dique se sigue curvando.

 


Lo peor es que, por la parte por la que yo camino, está inclinada y me hace andar escorado a la izquierda. Me gusta ser así, pero no que me obliguen, ni siquiera Marx. Cansado, encuentro un cubo, le doy la vuelta y me siento en él. Así estoy más vertical.



Más adelante veo cómo algunos tramos de estos diques han ido perdiendo las ramas entrelazadas y muestran los troncos verticales como si fuera su esqueleto, o las espinas de un pez mondo y lirondo. El dique de hierba verde sigue su trayectoria, pero Norddeich se resiste a aparecer. Aburrido de tanto de lo mismo, saco la última foto del día aquí.
 

Harto del viento de cara, paso el dique para ir por el lado de interior. ¡A ver si aparece Norddeich! Como no sé si el albergue está al inicio o al final del pueblo… Si había 18 km entre Greetsiel y Norddeich y sólo llevo caminando algo menos de dos horas y media, no me puedo sorprender que aún no aparezca mi destino. Tendré que caminar entre media y una hora más.¿Me sorprenderá la lluvia?

Norddeich.
Voy entrando por grandes edificios tipo granja y otros que, con mi desconocimiento del lugar, no puedo decir lo que son. Ya estoy en población cuando veo un indicador de Turismo, hacia el interior. Pero son las 18:30 de un domingo y ni me acerco. Continúo. Empiza a caer xirimiri, pero se va animando y ya es lluvia. Pregunto, pero nadie sabe dónde puede estar el Hostelling ni el Jugendherberge. Dos jóvenes van con una chica. Uno de ellos habla con voz al móvil y el móvil le responde, pero no acaba de darme la información que deseo. Ella ha ido a buscar el coche y los tres hombres nos mojamos. Aunque no obtenemos resultados con sus pesquisas, les agradezco el interés que han puesto, aunque fuera en vano. Me despido de ellos, y pronto deja de llover. Llego a los edificios finales del largo paseo, que está muy limpio y donde los coches circulan con precaución por espacio empedrado en dos colores. Entro en una pizzería. Dos o tres mujeres están esperando o comiendo. Un empleado que no sabe lo que le pregunto y un patrón malencarado, donde prometo no venir a cenar después de que encuentre el albergue. Al poco de salir de la pizzería y con la idea de ascender hacia otro edificio singular, veo pensión y la considero como otra alternativa. Una mujer con bolsas baja de su coche. Me dice que Hostelling Internacional está metiéndome por el interior. Al menos alguien lo conoce. Retrocedo por el camino y llego a la señal de Turismo. Me acerco a barcos que están en dique seco. Sin llegar a ellos, me escoro a la izquierda. Una familia me dice dónde hay un lugar para jóvenes. También me hablan de otro, que he visto cerrado al pasar a su lado. Sigo la vereda y llego a un gran espacio abierto, que rodeo. Una mujer baja de su coche con bebé adormilado. Sabe algo de castellano y me dice que siga doscientos metros. Allí encuentro el albergue.

Jugendherberge Norddeich.
El anagrama es diferente y no pone HI. Cuando entro, un grupo de hombres está sentado ante el televisor. Una mujer rubia, tras el mostrador, no me parece muy hábil con el ordenador. Me pide 33€ y le digo que OK y saca factura Die Nordseeküster, donde aparece la noche del 14 al 15. La factura no ofrece el descuento por ser alberguista y la rompe y me dice que mañana me arreglaré con el jefe. Pagaré la factura mañana. Me da la llave 123 y la de entrada al edificio, aunque no la pienso usar. Para llegar a la habitación me va a resultar complicado, hay que pasar muchas puertas. Pero doy con ella. Son dos camas en paralelo y una litera. Hago la cama sin meter el edredón en la funda. Puedo regular bien la temperatura de la ducha y me ducho con temperatura adecuada desde el inicio. Me seco, corro las cortinas y me meto en la cama. El dique, la zozobra de la búsqueda y la lluvia, me han dejado hecho polvo. Creo que hoy habré caminado entre 40 y 45 kilómetros. Tumbado, me acuerdo del Aloe-Vera y empiezo el segundo tubo, el más grande, para darme masaje en los pies. Los debo cuidar si quiero que me lleven a Polonia. Aprovecho para dármelo también en la pupa que me salió hace unos días en el labio superior. Creo que pasé fiebre alguna de las noches, ¿la de Borkum?, y me slió la calentura que ya se está curando. Me molesta al beber y al comer. Quiero acelerar el proceso y se me caiga pronto la postilla. Para las 20:45 ya estoy durmiendo sin comer siquiera una pipa de calabaza. No importa mucho, puesto que hoy he comido suficientemente bien.

Durante la noche.
Me levanto tres veces a orinar. El edredón que me he echado por encima de la funda, no me resulta cómodo, pues se desliza. Sueño con Martín y unas monjas que me han visto bañarme desnudo. No les parece mal, por la naturalidad con que me he desnudado. La policía pasa y no me pide documentación. Es un sueño, pero es que estamos en nación pionera del nudismo, FKK.

Balance de día completo en Krummhörn.
Lo más interesante de la jornada ha sido levantarme en rulot prestada por los padres de Melanie. La infructuosa búsqueda de desayuno en los primeros pueblecitos. Sorpresa de no encontrarlo en Pewsum. Los niños que limpiaban la regata y su deseo de agradar en inglés. La liebre por el camino. Antonio y la buena comida recomendada por el gallego. Cuarenta euros bien aprovechados. El feo dique, aunque mejorado por los corralitos. La zozobra para buscar el albergue. La certeza de que los móviles no sirven cuando los necesitas.

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