Etapa 08 (449) Borkum-Rysum
Etapa 08 (449),
13 de junio de 2015, sábado.
Borkum-(tren)-Borkum-(ferry)-Emden-(tren)-Emden-Rysum.
Amanecer en el
container.
Me levanto a las
6:45 horas. Tomo la pastilla y hago la foto. Saco y esterilla están
en el lugar donde he dormido, ahora parece en pendiente, pero he
estado en horizontal. El contenedor rodante me ha quitado el viento,
pero a esta hora de la mañana sigue soplando. No me apetece darme un
baño. Luego dejo todo en orden y traslado la puerta. Me cuesta
bastante. Parece que pesa más que anoche. Para las siete ya estoy en
marcha.
Pensaba salir directo al camino pero, en el traslado de la
puerta, me he hecho una pequeña herida en la pierna izquierda, con
el madero y la rafia y opto por ir lavando la herida en el mar. Me
cruzo con una chica que viene de la orilla y saludo a otro que
entrena corriendo. Llego a la orilla a la vez que otro corredor que
retorna hacia donde venía. Se ve que ha llegado a su tope
programado. Me desnudo y paseo para limpiar la herida. No quiero que
se me moje el pantalón. Al inicio, con el agua y el salitre, el
chorro de sangre es aparatoso.
Luego me doy un baño que es, más bien, un simulacro de baño, pues estoy algo cohibido por la cantidad de medusas que veo muertas en la orilla. Me seco paseando, me visto y dirijo hacia el camino de ayer. Paso por una ducha que está en zona de deporte de playa, con un aro de baloncesto, pero no me animo a desnudarme de nuevo para darme una ducha. Las dunas van quedando atrás. Aunque la ducha parece algo endeble, se ve que está bien anclada y tiene un grifo potente. No creo que se la pueda llevar el viento, ni aunque arrecie. Así, abandono la playa.
Luego me doy un baño que es, más bien, un simulacro de baño, pues estoy algo cohibido por la cantidad de medusas que veo muertas en la orilla. Me seco paseando, me visto y dirijo hacia el camino de ayer. Paso por una ducha que está en zona de deporte de playa, con un aro de baloncesto, pero no me animo a desnudarme de nuevo para darme una ducha. Las dunas van quedando atrás. Aunque la ducha parece algo endeble, se ve que está bien anclada y tiene un grifo potente. No creo que se la pueda llevar el viento, ni aunque arrecie. Así, abandono la playa.
Conejos y
faisanes.
Me calzo en un banco
y comienzo a caminar hacia Borkum-ciudad. Me cruzo con madrugadores.
Unos dicen guten morgen y otros solamente morgen. El
ordenador no reconoce morgen y me propone Morgan. Pienso que
pudiera ser que fueran todos Morgan, pero no se lo he preguntado, así
que mantengo el saludo como está. Si ayer vi muchos conejos, hoy
sigo viéndolos pero, como ya los fotografié, me entretengo con
plasmar en mi cámara a los faisanes que van apareciendo.

Con un fuerte revoloteo, al primero lo sorprendo en pleno inicio de vuelo, todavía con sus garras tocando la duna consolidada, muy cercano a un sendero de arena. Ya en mi casa me entretengo para centrarlo en un primer plano, recortando la duna. Creo que con mi presencia le he obligado a iniciar el vuelo.
Está menos nítido, pero la foto es muy expresiva. Espero poner las dos fotos en el blog. Unos minutos más tarde, me encuentro con una pareja, pero éstos pasean con su larga cola sin inmutarse. La foto gana en nitidez lo que pierde en espontaneidad. He centrado a uno en la parte baja, pero el otro asoma algo más arriba hacia la izquierda. Me viene el recuerdo de mi padre y del faisán que cazó furtivamente y que los niños, deseando contarlo a todo el pueblo, debíamos callar. El Gobernador de Navarra y su equipo habían ido de caza y, en la sierra de Urbasa les pusieron, soltándolos a huevo, una partida de faisanes. No sé los que cazarían, ni los que escaparían, pero el que avistó mi padre no se salvó. Era un experto cazador. Pero el primer sorprendido fue él. Había cazado avutardas y otros voladores grandes, pero jamás había tenido oportunidad de cazar un faisán. Ni siquiera sabía si los habría salvajes. Éste era evidente que había sido criado en granja para el deleite de otros, que no lo cazaron, pero las circunstancias… Guardo un grato recuerdo del sabor de aquel faisán. Me pareció pollo con gusto a caza. Probablemente ganó riqueza culinaria con la exquisita salsa que preparó mi madre. Era una experta cocinera y como su madre falleció cuando apenas tenía seis años y su padre y sus cuatro hermanos eran mayores y todos cazadores, le tocó aprender, y aprendió bien, a cocinar la caza que llegaba a casa.
Era época de posguerra, tiempo de penuria económica, así que todo lo que llegaba a casa extra, proveniente de la caza, la pesca o de setas y hongos que ofrecían los paseos por el bosque, era bien recibido y beneficioso para la economía familiar. A veces nos quejábamos: "¡Otra vez barbo?". Con aquel faisán, nos ahorramos el segundo plato de aquel mediodía y todos, grandes y niños, nos chupamos los dedos.
Pero dejemos tranquilos a los faisanes vivos y prosigamos. En un momento del camino, por encima de las dunas consolidadas, asoma lejano el gran faro de Borkum. Continuando el camino asfaltado, razón por la que voy calzado, me estoy acercando ya a la playa más urbanizada de la isla, la misma que vi al llegar, con sus hamacas todavía recogidas. Estarán esperando a que comience y se estabilice la temporada de baños para desplegarlas.
Con un fuerte revoloteo, al primero lo sorprendo en pleno inicio de vuelo, todavía con sus garras tocando la duna consolidada, muy cercano a un sendero de arena. Ya en mi casa me entretengo para centrarlo en un primer plano, recortando la duna. Creo que con mi presencia le he obligado a iniciar el vuelo.
Está menos nítido, pero la foto es muy expresiva. Espero poner las dos fotos en el blog. Unos minutos más tarde, me encuentro con una pareja, pero éstos pasean con su larga cola sin inmutarse. La foto gana en nitidez lo que pierde en espontaneidad. He centrado a uno en la parte baja, pero el otro asoma algo más arriba hacia la izquierda. Me viene el recuerdo de mi padre y del faisán que cazó furtivamente y que los niños, deseando contarlo a todo el pueblo, debíamos callar. El Gobernador de Navarra y su equipo habían ido de caza y, en la sierra de Urbasa les pusieron, soltándolos a huevo, una partida de faisanes. No sé los que cazarían, ni los que escaparían, pero el que avistó mi padre no se salvó. Era un experto cazador. Pero el primer sorprendido fue él. Había cazado avutardas y otros voladores grandes, pero jamás había tenido oportunidad de cazar un faisán. Ni siquiera sabía si los habría salvajes. Éste era evidente que había sido criado en granja para el deleite de otros, que no lo cazaron, pero las circunstancias… Guardo un grato recuerdo del sabor de aquel faisán. Me pareció pollo con gusto a caza. Probablemente ganó riqueza culinaria con la exquisita salsa que preparó mi madre. Era una experta cocinera y como su madre falleció cuando apenas tenía seis años y su padre y sus cuatro hermanos eran mayores y todos cazadores, le tocó aprender, y aprendió bien, a cocinar la caza que llegaba a casa.
Era época de posguerra, tiempo de penuria económica, así que todo lo que llegaba a casa extra, proveniente de la caza, la pesca o de setas y hongos que ofrecían los paseos por el bosque, era bien recibido y beneficioso para la economía familiar. A veces nos quejábamos: "¡Otra vez barbo?". Con aquel faisán, nos ahorramos el segundo plato de aquel mediodía y todos, grandes y niños, nos chupamos los dedos.
Pero dejemos tranquilos a los faisanes vivos y prosigamos. En un momento del camino, por encima de las dunas consolidadas, asoma lejano el gran faro de Borkum. Continuando el camino asfaltado, razón por la que voy calzado, me estoy acercando ya a la playa más urbanizada de la isla, la misma que vi al llegar, con sus hamacas todavía recogidas. Estarán esperando a que comience y se estabilice la temporada de baños para desplegarlas.
La ciudad de
Borkum.
Paso por el Hotel de
la playa Strandhotel, leo arriba, con sus cuatro estrellas **** bien
destacada y el nombre de Hohenzollern. En el edificio colindante leo
arriba: Villa Victoria, igual que en castellano, aunque no sé si
también es un ala añadida al mismo hotel. En el siguiente pone en
lo alto CV JM, y ya no me encuentro con inspiración adivinatoria. El
café restaurante recibe otro nombre Palée, pero se ve poco
movimiento y, además, desayunar en un hotel de esta categoría me
puede costar un ojo de la cara.
Aunque, teniendo en cuenta que ayer noche no cené, quizás he perdido la ocasión de hacer un pantagruélico desayuno. Pero, como paso de largo, no es cuestión ahora de lamentaciones. Desde el paseo marítimo, saco foto hacia la playa, donde ya me voy a tener que ir acostumbrando a los sofisticados asientos alemanes preparados para tomar el sol, individuales o en pareja, y que va a ser la constante en todas las playas del país. Son coloristas y, en la isla de Sylt, dormiré de mala manera cruzado en dos de ellos. Allí me cargaré la cámara y tendré que comprar otra. Pero no adelantemos acontecimientos.
En la plataforma inferior del paseo, una chica o un chaval, bien equipado, patina con patines de ruedas en línea. En el mar, veo un ferry y una dragadora trabajando, extrayendo arenas negras del fondo. La barra de arena, asoma a la superficie de forma similar a la de ayer. Cuando llego al gran faro, como ayer lo fotografié de cerca, hoy lo hago de lejos, con el suelo de la calle humedecido por el relente de la noche, salvo que haya sido la máquina fregadora que ha pasado demasiado tempranamente. En el suelo observo el curioso entramado de los adoquines.

Voy a la plaza donde paró ayer el trenecillo que comunica con el puerto embarcadero, anuncian un tren para las 8:30 horas. Me parece que va a ser demasiado pronto para cogerlo, pues me gustaría salir de la isla ya desayunado. Decido que esperaré al siguiente. Además, el anuncio es para ferry a Groningen, pero a Holanda ya no quiero volver. Dos chicas me explican lo del horario y se asombran con el viaje que estoy haciendo.

No le he sacado mucho jugo a esta isla y me parece que no visitaré ninguna más de las Frisias alemanas, pero eso ya se verá sobre la marcha. Paso por la iglesia, que dispone de dos esbeltos campanarios. El más próximo a mí, parece desgajado del resto del edificio. No tengo intención de entrar pero, aunque lo hubiese querido, no lo podría hacer, puesto que está cerrada. No se ve a casi nadie por las calles, aunque son las ocho y media. Hay que tener en cuenta que hoy es sábado.
Aunque, teniendo en cuenta que ayer noche no cené, quizás he perdido la ocasión de hacer un pantagruélico desayuno. Pero, como paso de largo, no es cuestión ahora de lamentaciones. Desde el paseo marítimo, saco foto hacia la playa, donde ya me voy a tener que ir acostumbrando a los sofisticados asientos alemanes preparados para tomar el sol, individuales o en pareja, y que va a ser la constante en todas las playas del país. Son coloristas y, en la isla de Sylt, dormiré de mala manera cruzado en dos de ellos. Allí me cargaré la cámara y tendré que comprar otra. Pero no adelantemos acontecimientos.
En la plataforma inferior del paseo, una chica o un chaval, bien equipado, patina con patines de ruedas en línea. En el mar, veo un ferry y una dragadora trabajando, extrayendo arenas negras del fondo. La barra de arena, asoma a la superficie de forma similar a la de ayer. Cuando llego al gran faro, como ayer lo fotografié de cerca, hoy lo hago de lejos, con el suelo de la calle humedecido por el relente de la noche, salvo que haya sido la máquina fregadora que ha pasado demasiado tempranamente. En el suelo observo el curioso entramado de los adoquines.
Voy a la plaza donde paró ayer el trenecillo que comunica con el puerto embarcadero, anuncian un tren para las 8:30 horas. Me parece que va a ser demasiado pronto para cogerlo, pues me gustaría salir de la isla ya desayunado. Decido que esperaré al siguiente. Además, el anuncio es para ferry a Groningen, pero a Holanda ya no quiero volver. Dos chicas me explican lo del horario y se asombran con el viaje que estoy haciendo.
No le he sacado mucho jugo a esta isla y me parece que no visitaré ninguna más de las Frisias alemanas, pero eso ya se verá sobre la marcha. Paso por la iglesia, que dispone de dos esbeltos campanarios. El más próximo a mí, parece desgajado del resto del edificio. No tengo intención de entrar pero, aunque lo hubiese querido, no lo podría hacer, puesto que está cerrada. No se ve a casi nadie por las calles, aunque son las ocho y media. Hay que tener en cuenta que hoy es sábado.
Desayuno en
Müller Bäkerei.
Busco
panadería-pastelería y pido Strudel pero, como no tienen, me
decido por otros dos bollos de manzana. Con un gran capuchino, pago
6,25€. Cuando voy a ver el nombre de los pasteles de desayuno que
he comido, uno ya se ha terminado y el otro leo: dänischer
Apfelkuchen. Bueno, parece que acabo de entrar en Alemania y ya estoy
saliendo con este pastel de manzana danés. He visto postales a 45
céntimos pero, como compro diez, pago 4€. En la Müller no tienen
toiletten y me quedo escribiendo el diario y dibujando el
recorrido por la isla hasta las 9:45 horas.
Paseando por
Borkum.
Salgo del lugar del
desayuno y fotografío la farmacia que está cerca. Por suerte no la
voy a necesitar, traigo las suficientes pastillas para la
hipertensión, como para atiborrarme dos meses con ellas. Junto a la
farmacia que, en alemán, tiene grafía procedente del griego y creo
recordar que también escribían de forma similar en Rusia y en los
Estados pertenecientes a su imperio desmembrado, leo: Apotheke. Como
el ayuntamiento, que es el edificio que viene a continuación, lo he
fotografiado parcialmente, lo vuelvo a plasmar con mi cámara en
solitario.
Rathaus no es un nombre que se me pueda olvidar. Creo que así se llamaba el enorme edificio que vi en Viena en 1992, en viaje convencional en autobús por Centroeuropa. Salimos de Barcelona con Olimpiadas. Visitamos algunas ciudades de Francia, Suiza, Austria, Praga, Budapest, Venecia y por Niza, regresamos a Barcelona, cuando las Olimpiadas ya se habían terminado. Una paliza de viaje, donde abarcamos mucho y apretamos poco.
Aquí también, en Borkum, siendo una ciudad pequeña, es un hermoso edificio, con base de piedra y fachada de ladrillo rojo. Lo que más me sorprende es ver vacío el mástil de la bandera. ¿Serán también los de esta isla, independentistas? ¿O no ondean el trapo para que no se les desgaste con tanto viento? En un amplio parque arbolado cercano, veo tres pedruscos verticales y me posiciono de forma que sobre el central culmine la torre de una iglesia. Parecen troncos fósiles y yo les apodo Las Trillizas. No sé por qué, en femenino. ¿Serán troncas?
Rathaus no es un nombre que se me pueda olvidar. Creo que así se llamaba el enorme edificio que vi en Viena en 1992, en viaje convencional en autobús por Centroeuropa. Salimos de Barcelona con Olimpiadas. Visitamos algunas ciudades de Francia, Suiza, Austria, Praga, Budapest, Venecia y por Niza, regresamos a Barcelona, cuando las Olimpiadas ya se habían terminado. Una paliza de viaje, donde abarcamos mucho y apretamos poco.
Aquí también, en Borkum, siendo una ciudad pequeña, es un hermoso edificio, con base de piedra y fachada de ladrillo rojo. Lo que más me sorprende es ver vacío el mástil de la bandera. ¿Serán también los de esta isla, independentistas? ¿O no ondean el trapo para que no se les desgaste con tanto viento? En un amplio parque arbolado cercano, veo tres pedruscos verticales y me posiciono de forma que sobre el central culmine la torre de una iglesia. Parecen troncos fósiles y yo les apodo Las Trillizas. No sé por qué, en femenino. ¿Serán troncas?
Oficina de
Turismo.
Antes de que abran
Información, hago cola, pero tengo una señora pesada delante y yo
quiero que me atienda la chica que me ayudó ayer. Admiten Visa, pero
yo no tengo nada que comprar aquí. Le doy las gracias a la joven por
el mapa y le digo hasta dónde llegué ayer. Ella me lo marca en el
mapa pequeño, el que abarca toda la isla. Me despido y vuelvo a la
plaza.
Paso por la toiletten que está en la parte trasera del edificio. Cago y me quedo tranquilo. No me atrevo a coger agua por si en la isla no es recomendable. Todavía tengo de la que cogí ayer en Eemshaven. No sé en qué estoy pensando. Sé que estoy perdiendo el tiempo. Pero debo coger el trenecillo de las 10:10 para el ferry de las 10:30 a Emden, lo tengo delante, lo fotografío, y lo cojo por los pelos. Me monto por la parte de atrás en vez de por la plataforma del andén. En cuanto subo, arranca.
Paso por la toiletten que está en la parte trasera del edificio. Cago y me quedo tranquilo. No me atrevo a coger agua por si en la isla no es recomendable. Todavía tengo de la que cogí ayer en Eemshaven. No sé en qué estoy pensando. Sé que estoy perdiendo el tiempo. Pero debo coger el trenecillo de las 10:10 para el ferry de las 10:30 a Emden, lo tengo delante, lo fotografío, y lo cojo por los pelos. Me monto por la parte de atrás en vez de por la plataforma del andén. En cuanto subo, arranca.
Ferry a Emden.
Nada que destacar en
el viaje del trenecillo, pero hasta que no monte en el ferry no
estaré tranquilo, temo que me pongan pegas para ir a Emden con un
billete expedido para ir a Eemshaven. Tomo asiento en banco corrido y
no hablo con nadie. Me asfixio sólo con ver a una niña con vestido
de terciopelo. También van dos jóvenes mochileras. Al llegar a la
zona de embarque, el ferry ya está amarrado, y me preocupo de ver si
hay algún indicador que oriente hacia el albergue juvenil. No lo
localizo, aunque veo un edificio con fachada superior triangular que
pudiera ser. No me arrepiento de haber dormido bajo las estrellas, a
pesar de la herida, que ya está cubriéndose de postilla y del
trabajo que me tomé para evitar el viento nocturno. Tengo opción a
ir en catamarán, un viaje que sería mucho más rápido pero, como
ya tengo billete de ida y vuelta, ni lo intento. Cuando llego a la
pasarela de acceso, el que controla los billetes me dice que no puedo
montar. Insisto en que quiero ir a Emden. Consulta con uno vestido de
marinero y le digo que al comprar en Eemshaven había pedido con
regreso a Emden y que, aunque no lo ponía en el billete, me había
dicho que daba lo mismo. Me dice que sí, que puedo subir y él mismo
me corta el billete. Salimos con retraso, a las 10:55 horas. ¿Será
el retraso debido a algún problema de la draga y de la marea?
F
i n a l d e Borkum
Dos matrimonios juegan con un mazo de baraja enorme. Abandonándolo todo en el asiento, me doy una vuelta por el ferry, dudando en beber una cerveza o abstenerme. No tomo nada. Vuelvo a mi sitio. En otra vuelta, encuentro dos periódicos. Me he colocado en ventana con mesa para mí solo porque no tiene asiento más que a uno de los lados. Ojeo un periódico incomodísimo para leer. Es una gran hoja alargada. Es inmanejable. El otro se llama Wie Wir. Hablo con la pareja vecina de respaldo. Sólo les digo lo de este año, la idea de llegar andando a Polonia y les parece una distancia enorme.
Aprovecho para dar el último retoque al tercer dibujo, al del molino y el patatal. Habría sido mejor dibujar un trigal, más acorde con el molino, pero eran plantas de patata lo que allí había y, probablemente, las espigas me habrían salido peor. También retoco el tejado del primer albergue de Kimswerd.
Subo a cubierta para sacar foto desde allí de cómo el ferry va surcando el Eems río arriba en el momento en que pasamos paralelos a Eemshaven, con tanto poste eólico, por donde pasé ayer a pie. Parece mentira lo cansado que llegué allí después de caminar cinco horas. El móvil me dice que estoy de nuevo en Holanda, pero no le hago ni caso, ya volverá él solito a Alemania, como así sucederá dentro de poco rato. Esperaré a entonces para llamar a Alsasua. Son las 11:35 horas. Todavía tendré tiempo para aburrirme con los periódicos, los dibujos y el diario. Leyendo el periódico me entero que España empató a uno contra Costa Rica y que hoy juega contra Brasil. También la goleada de Alemania contra Elfenbeinküste (¿Países Árabes? Me dicen que en África)10-0. Son las doce cuando, según mi móvil, seguimos en Holanda.
Continuamos navegando por el estuario del Eems, en holandés, y el Ems, en alemán. El día se ha despejado por la mañana pero, ahora, está gris. Mis vecinos me dicen que llegaremos a Emden a las 13:30 horas. Su móvil también les marca Nederland. A las 12:45 está lloviendo. Mi dedo anular derecho no está bien, pero tampoco mal. Ya tendrá tiempo de enderezarse. 13:10, por megafonía, dicen que entramos en Emden. A las 13:20 ya estoy abajo, en la puerta de salida, esperando a que atraquemos y abran las compuertas. Lebara vuelve a marcar Vodafone.De y ya parece que no llueve. Saco foto de niño dormido en sillita de las que tira la bici de alguno de sus progenitores. Va bien protegido con plástico, por si la lluvia. Un joven me dice que hay gratis un tren al centro. Centrum, me dice.
Emden.
Para las 13:25 horas
ya estoy esperando al tren en la estación. Está muy próxima al
puerto. Para las 13:30, o antes, ya está el tren en el andén.
Lástima que tardara tanto en salir.

Lo hace a las 13:52 y para cuando llego a la estación central ya habrán cerrado la oficina de Turismo. Sólo por unos minutos. Cuando llega el tren, monto en el piso de arriba. Arranca hacia atrás, en dirección hacia donde ha venido.
Esta la primera o la última parada, según se mire. Saco una foto a las dos de la tarde. Llueve algo. Un controlador que pasa me dice: “Emden Centrum, next station”. En realidad es la primera parada, pero si sigo, el tren me habría podido llevar hasta Münster. Me asustan los monstruos y prefiero quedarme en Emden. Como ya he dicho, encuentro la oficina de Información cerrada y voy a la Policía. Me dicen que no tienen ningún mapa, ni de Emden, ni de esta zona de Alemania, pero que en el centro hay otra oficina de Turismo. Voy en esa dirección, sin mapa que me guíe y paro en un restaurante italiano, donde no me admiten y están las luces apagadas. Pero pronto llego a Carlino.
Lo hace a las 13:52 y para cuando llego a la estación central ya habrán cerrado la oficina de Turismo. Sólo por unos minutos. Cuando llega el tren, monto en el piso de arriba. Arranca hacia atrás, en dirección hacia donde ha venido.
Esta la primera o la última parada, según se mire. Saco una foto a las dos de la tarde. Llueve algo. Un controlador que pasa me dice: “Emden Centrum, next station”. En realidad es la primera parada, pero si sigo, el tren me habría podido llevar hasta Münster. Me asustan los monstruos y prefiero quedarme en Emden. Como ya he dicho, encuentro la oficina de Información cerrada y voy a la Policía. Me dicen que no tienen ningún mapa, ni de Emden, ni de esta zona de Alemania, pero que en el centro hay otra oficina de Turismo. Voy en esa dirección, sin mapa que me guíe y paro en un restaurante italiano, donde no me admiten y están las luces apagadas. Pero pronto llego a Carlino.
Carlino.
Es el diminutivo de
Carlo. En mi familia hay Carlos y Carla. Ofrece la posibilidad de
pagar con Visa en la entrada. Entro y pido espagueti boloñesa y
preparo la ensalada a mi gusto. La ventaja de los italianos suele ser
que tienen rico aceite de oliva. Subo dos pisos para usar la
toiletten y, para cuando bajo, ya tengo la pasta encima de la
mesa. Están riquísimos, aunque para los primeros bocados hay que
soplar, están ardiendo. Pero prefiero comerlos calentitos y
prepararme la ensalada después. Bebo una cerveza Veltins y pido de
postre tiramisú. El cacao en polvo me hace toser. Un matrimonio de
la mesa de al lado, estuvo de vacaciones en Gran Canaria. Veo que
pagan con tarjeta sin ningún problema. Se van deseándome buen
viaje. Como no me traen la cuenta, voy a la barra. El chico que me
ha atendido me dice que menos de quince euros no los puedo pagar con
Visa. Pero se lo digo a la jefa y lo autoriza.
Ya estaba dispuesto a pedir otra cerveza para poder pagar. Les pregunto el motivo y me dicen que Visa les cobra mucha comisión, pero no logro saber cuánto. Tampoco lo que les cobra MasterCard. Pierdo la oportunidad de saberlo aunque fuera en italinglish. Salgo del restaurante y está más que lloviznando.
Ya estaba dispuesto a pedir otra cerveza para poder pagar. Les pregunto el motivo y me dicen que Visa les cobra mucha comisión, pero no logro saber cuánto. Tampoco lo que les cobra MasterCard. Pierdo la oportunidad de saberlo aunque fuera en italinglish. Salgo del restaurante y está más que lloviznando.
Un paseo por
Emden.
Me cobijo en el gran
edificio de enfrente. Eran las 14:15 pasadas cuando lo he
fotografiado, al entrar en Carlino. Ahora me dirijo hacia él.
Anuncian en la fachada una exposición Made in China. El
edificio tiene aspecto de Rathaus, pero no lo puedo asegurar. Quizás
lo fuera en el pasado.
Un paso abovedado comunica un lado de la plaza con el otro de la calle. El arco protector me defiende de la lluvia pero no del frío y la corriente. Por esa razón entro en la sala de exposiciones del museo, que es para lo que utilizan el edificio, no como ayuntamiento, tal como había insinuado. Ostfriesisches Landesmuseum. Es allí donde obtengo un pequeño plano de la ciudad, que está enfocado a ofrecer establecimientos hosteleros. Sólo me va a servir, aunque con problemas, para salir de Emden. Me ofrecen también un plano para moverme por las diferentes salas del museo, pero la visita cuesta ocho euros y me supondría retrasar mucho la salida de una ciudad donde no me quiero quedar a pasar la noche. Algún cuadro anunciado de pintura holandesa me hace recordar a Vermeer y otros a las golas de Felipe II, en versión holandesa.
Lo único que me preocupa es no tener mapa de esta zona occidental de Alemania, con lo que eso me va a suponer de ayuda a la desorientación. Me voy del gran edificio y ya no llueve. Paso por una iglesia cuando son las tres y media y me entretengo en fotografiar también el cementerio aledaño, a pie de calle. Me gusta que no haya barreras para visitar a los muertos y que ellos tampoco las tengan para cuando quieran salir a darse un garbeo.
Es así como llego a una torre de ladrillo que no sé si es hexagonal u octogonal. La fotografío y regreso por donde he venido. Vuelvo a un ramal de puerto al que llegan barcos por el canal.

Fotografío los que están amarrados. Pasado al otro lado del canal, supongo que por allí podré seguir subiendo hacia el Norte pero, con el día grisáceo, mi sentido de orientación tampoco me ayuda mucho. Todo se va confabulando para ponerme pegas para salir de la ciudad y encaminarme correctamente hacia el Norte, en paralelo con el Ems.
Paso por un Banco de Santander que, aquí, tiene un añadido de Consumer Bank. Está junto a otro banco, el Targobank. Si hubiese estado escaso de dinero, habría probado a sacar en el Santander, por saber qué comisión cobraban a uno de la comunidad limítrofe con Cantabria, pero estoy casi seguro que también me cobrarían el 4%. Paso por donde he comido, Carlino, y voy saliendo de la ciudad. Voy dando tumbos. Pregunto a un chico y llego a canal más ancho e infranqueable. Cuando llego a otro restaurante italiano, una camarera me reorienta. Sale y me indica por dónde ir. Iba yo en sentido contrario. Se ve que hoy estoy espeso y he perdido el sentido de orientación. Un tren pasa por el puente sobre el canal y me hace pensar en que voy hacia el puerto y la estación del tren donde he estado hace unas horas. También este tren es de dos pisos, lo que me sitúa en la misma línea Emden-Münster. No sé la distancia a la que está dicha ciudad, pero hasta podría ser el mis tren de antes.
Un paso abovedado comunica un lado de la plaza con el otro de la calle. El arco protector me defiende de la lluvia pero no del frío y la corriente. Por esa razón entro en la sala de exposiciones del museo, que es para lo que utilizan el edificio, no como ayuntamiento, tal como había insinuado. Ostfriesisches Landesmuseum. Es allí donde obtengo un pequeño plano de la ciudad, que está enfocado a ofrecer establecimientos hosteleros. Sólo me va a servir, aunque con problemas, para salir de Emden. Me ofrecen también un plano para moverme por las diferentes salas del museo, pero la visita cuesta ocho euros y me supondría retrasar mucho la salida de una ciudad donde no me quiero quedar a pasar la noche. Algún cuadro anunciado de pintura holandesa me hace recordar a Vermeer y otros a las golas de Felipe II, en versión holandesa.
Lo único que me preocupa es no tener mapa de esta zona occidental de Alemania, con lo que eso me va a suponer de ayuda a la desorientación. Me voy del gran edificio y ya no llueve. Paso por una iglesia cuando son las tres y media y me entretengo en fotografiar también el cementerio aledaño, a pie de calle. Me gusta que no haya barreras para visitar a los muertos y que ellos tampoco las tengan para cuando quieran salir a darse un garbeo.
Es así como llego a una torre de ladrillo que no sé si es hexagonal u octogonal. La fotografío y regreso por donde he venido. Vuelvo a un ramal de puerto al que llegan barcos por el canal.
Fotografío los que están amarrados. Pasado al otro lado del canal, supongo que por allí podré seguir subiendo hacia el Norte pero, con el día grisáceo, mi sentido de orientación tampoco me ayuda mucho. Todo se va confabulando para ponerme pegas para salir de la ciudad y encaminarme correctamente hacia el Norte, en paralelo con el Ems.
Paso por un Banco de Santander que, aquí, tiene un añadido de Consumer Bank. Está junto a otro banco, el Targobank. Si hubiese estado escaso de dinero, habría probado a sacar en el Santander, por saber qué comisión cobraban a uno de la comunidad limítrofe con Cantabria, pero estoy casi seguro que también me cobrarían el 4%. Paso por donde he comido, Carlino, y voy saliendo de la ciudad. Voy dando tumbos. Pregunto a un chico y llego a canal más ancho e infranqueable. Cuando llego a otro restaurante italiano, una camarera me reorienta. Sale y me indica por dónde ir. Iba yo en sentido contrario. Se ve que hoy estoy espeso y he perdido el sentido de orientación. Un tren pasa por el puente sobre el canal y me hace pensar en que voy hacia el puerto y la estación del tren donde he estado hace unas horas. También este tren es de dos pisos, lo que me sitúa en la misma línea Emden-Münster. No sé la distancia a la que está dicha ciudad, pero hasta podría ser el mis tren de antes.
Saliendo de
Emden.
Sigo caminando por
pasarelas que vuelan sobre otros canales. Olvidando Canales y viendo
que la carretera va paralela a la vía del ferrocarril. La sospecha
de que estoy haciendo a pie el recorrido de esta mañana en tren se
me va confirmando. No lo doy por tiempo perdido porque, aunque el
objetivo de ir a Emden era el de conseguir mapa en turismo, y no lo
he logrado, al menos sí he comido bien en Carlino.
Voy por la acera y veo un cartel que anuncia una exposición de Paul Klee pone que en Kunstalle Emden. De haberlo sabido antes hubiera tratado de verla. ¿Estarían expuestos sus cuadros en el museo donde me he cobijado? ¿Serían los auténticos? ¿No serán cuadros hechos en China?

La zona por la que empiezo a pasar es industrial y, hacia las cuatro y media, me encuentro en el puerto del Ems donde hay un ferry que, probablemente, sea el mismo que me ha traído esta mañana de Borkum. Este es el Frisia III pero no me he fijado en el nombre del que me ha transportado a Emden. En un salvavidas había podido leer Helgolan. Fotografío el puerto con el ferry y sigo adelante.
Creo que poco a poco estoy cogiendo la dirección adecuada, pero con demasiados titubeos. Saliendo ya de Emden, y fuera de pequeño mapa, paso por una gran casa de ladrillo rojo con muchas ventanas. Una señora barre bajo los árboles. Algunos ciclistas van rodando de un lado al otro de la carretera, pasando del que yo venía al que voy ahora. Las ayudas y mi intuición son las que guían mi camino. Pocas veces he ido tan mal como esta tarde. Casi a ciegas. La pista ciclista va paralela a vías del tren que no sé hacia dónde me van a llevar. En la carretera veo una dirección Rysum y decido que sea este el lugar hacia dónde dirigirme. Al menos es un referente que me puede servir para preguntar y pregunto: ¿Rysum? Aunque Rysum sea el mismo infierno..., que no va a ser.
Voy por la acera y veo un cartel que anuncia una exposición de Paul Klee pone que en Kunstalle Emden. De haberlo sabido antes hubiera tratado de verla. ¿Estarían expuestos sus cuadros en el museo donde me he cobijado? ¿Serían los auténticos? ¿No serán cuadros hechos en China?
La zona por la que empiezo a pasar es industrial y, hacia las cuatro y media, me encuentro en el puerto del Ems donde hay un ferry que, probablemente, sea el mismo que me ha traído esta mañana de Borkum. Este es el Frisia III pero no me he fijado en el nombre del que me ha transportado a Emden. En un salvavidas había podido leer Helgolan. Fotografío el puerto con el ferry y sigo adelante.
Creo que poco a poco estoy cogiendo la dirección adecuada, pero con demasiados titubeos. Saliendo ya de Emden, y fuera de pequeño mapa, paso por una gran casa de ladrillo rojo con muchas ventanas. Una señora barre bajo los árboles. Algunos ciclistas van rodando de un lado al otro de la carretera, pasando del que yo venía al que voy ahora. Las ayudas y mi intuición son las que guían mi camino. Pocas veces he ido tan mal como esta tarde. Casi a ciegas. La pista ciclista va paralela a vías del tren que no sé hacia dónde me van a llevar. En la carretera veo una dirección Rysum y decido que sea este el lugar hacia dónde dirigirme. Al menos es un referente que me puede servir para preguntar y pregunto: ¿Rysum? Aunque Rysum sea el mismo infierno..., que no va a ser.
Emden-Rysum.
El nombre de Rysum
ha aparecido junto a un cartel que interpreto como de autopista. Temo
que acabe en una de ellas, con el consiguiente barullo para salir de
nuevo ¿y adónde? Temo a las autopistas más que aun nublado. La
dirección Rysum no viene acompañada de la distancia en kilómetros.
Lo mismo puede estar a cien… A pesar de mi decisión de seguir a
Rysum, me encuentro con un hombre al que digo ese nombre y me dice
que, por donde voy, se acaba la carretera en 5 kilómetros y que, si
quiero comer o dormir, no encontraré nada.

En la primera ocasión cojo un camino orientado por un ciclista. Me dice que lo siga a derecha y a izquierda y le quiero entender que Rysum no está lejos. Pero estoy equivocado. El camino es muy bonito, asfaltado y entre árboles que, al fondo, ofrecen un agujerito, que me hace pensar que estoy caminando dentro de un túnel. Sería precioso si supiese que voy bien encaminado y que Rysum va a ser un buen lugar de refugio para esta noche. Cuando el camino pasa al otro lado de la carretera, continúo por él. Es así como llego a unos campos de fútbol. Los jugadores son jóvenes y otros jóvenes y otros adultos, les observan. No puedo entrar, pues una alta valla separadora me lo impide, y grito pidiendo ayuda. Un hombre muy alto me escucha y se acerca. Ha pasado por dentro de un edificio y está detrás de unos carteles que me lo tapan, pero él si me puede ver desde arriba. Me separo de la valla para que me vea mejor. Desde allí me dice por dónde debo continuar y me comenta que no hace mucho estuvo tres semanas en San Sebastián. Quizás fuera que estuvo allí hace tres semanas. Al menos conoce Donostia y me ayuda a salir de allí. Agradezco y me voy. Pero enseguida me encuentro con nuevas dudas junto a un grupo de casas. Un hombre, muy atento, me escucha. Pregunto por Byrum… Como no lo llevo escrito, he olvidado la grafía de Rysum y, ante un nombre inexistente, el pobre hombre, que estaba dispuesto a ayudar, se queda mudo. Se lo escribo en un papel y no sé si la B no la cierro bien y él lee R, el caso es que reconoce Rysum y estoy nuevamente salvado. Me dice que siga la carretera que él me señala y que está a diez kilómetros. La distancia me da disgusto, pero compensa que ya voy con mejor referencia.
En la primera ocasión cojo un camino orientado por un ciclista. Me dice que lo siga a derecha y a izquierda y le quiero entender que Rysum no está lejos. Pero estoy equivocado. El camino es muy bonito, asfaltado y entre árboles que, al fondo, ofrecen un agujerito, que me hace pensar que estoy caminando dentro de un túnel. Sería precioso si supiese que voy bien encaminado y que Rysum va a ser un buen lugar de refugio para esta noche. Cuando el camino pasa al otro lado de la carretera, continúo por él. Es así como llego a unos campos de fútbol. Los jugadores son jóvenes y otros jóvenes y otros adultos, les observan. No puedo entrar, pues una alta valla separadora me lo impide, y grito pidiendo ayuda. Un hombre muy alto me escucha y se acerca. Ha pasado por dentro de un edificio y está detrás de unos carteles que me lo tapan, pero él si me puede ver desde arriba. Me separo de la valla para que me vea mejor. Desde allí me dice por dónde debo continuar y me comenta que no hace mucho estuvo tres semanas en San Sebastián. Quizás fuera que estuvo allí hace tres semanas. Al menos conoce Donostia y me ayuda a salir de allí. Agradezco y me voy. Pero enseguida me encuentro con nuevas dudas junto a un grupo de casas. Un hombre, muy atento, me escucha. Pregunto por Byrum… Como no lo llevo escrito, he olvidado la grafía de Rysum y, ante un nombre inexistente, el pobre hombre, que estaba dispuesto a ayudar, se queda mudo. Se lo escribo en un papel y no sé si la B no la cierro bien y él lee R, el caso es que reconoce Rysum y estoy nuevamente salvado. Me dice que siga la carretera que él me señala y que está a diez kilómetros. La distancia me da disgusto, pero compensa que ya voy con mejor referencia.
Probablemente
Wybelsum.
Por la carretera,
después de una hora de coger el camino entre árboles, llego a un
pueblo del que sólo fotografío su iglesia y el cementerio que la
rodea. Media hora más tarde, la carretera pasa por encima de un
canal. Puede ser el Knockster Tiel. La región se llama Krumm-Hörn.
Estas conjeturas las saco después de que mi amiga Melanie me de un
mapa en su casa de Rysum.
La carretera me hace pasar cerca de un trigal que ya está bastante maduro, con las espigas dorándose al sol. También hay postes de tres hélices para obtención de energía eólica. No adivino casas en lontananza y no me queda otra que seguir la carretera. Ya hemos pasado de las siete de la tarde y Rysum no aparece.
La carretera es de doble carril y la circulación rodada no es excesivamente grande, pero no tiene arcén. Menos mal que la hierba del lado correcto, por donde voy, está rasurada. No hace mucho que la han segado y, cuando vienen coches frontales, es en esa hierba donde me aparto por prevención.
También los conductores se van hacia la mediana, de forma que no corro peligro. Algunos coches ya empiezan a venir con las luces cortas encendidas. Me parece que, todavía lejanos, empiezo a ver algún tejado y algún pincho de torre de iglesia, pero muy a lo lejos. ¿Será Rysum?, me pregunto. Cuando estoy cerca, en prado con vacas, saco una fotografía con casas, pincho de iglesia y un molino de cuatro aspas para la molienda de grano. Mañana los fotografiaré de más cerca.
La carretera me hace pasar cerca de un trigal que ya está bastante maduro, con las espigas dorándose al sol. También hay postes de tres hélices para obtención de energía eólica. No adivino casas en lontananza y no me queda otra que seguir la carretera. Ya hemos pasado de las siete de la tarde y Rysum no aparece.
La carretera es de doble carril y la circulación rodada no es excesivamente grande, pero no tiene arcén. Menos mal que la hierba del lado correcto, por donde voy, está rasurada. No hace mucho que la han segado y, cuando vienen coches frontales, es en esa hierba donde me aparto por prevención.
También los conductores se van hacia la mediana, de forma que no corro peligro. Algunos coches ya empiezan a venir con las luces cortas encendidas. Me parece que, todavía lejanos, empiezo a ver algún tejado y algún pincho de torre de iglesia, pero muy a lo lejos. ¿Será Rysum?, me pregunto. Cuando estoy cerca, en prado con vacas, saco una fotografía con casas, pincho de iglesia y un molino de cuatro aspas para la molienda de grano. Mañana los fotografiaré de más cerca.
Rysum.
Al fin entro en el
pueblo sobre las siete y media (Todo lo que sigue, lo estoy
escribiendo al día siguiente en el restaurante de Antonio, en
Greetsiel). Al entrar, ya veo ofertas de alojamiento. También el que
acabará siendo mi lugar de acogida. Pero un hombre que me ve llegar,
se brinda a hacer la gestión. Le hablo de que estoy dispuesto a
pagar veinticinco euros. Llama a uno y se corta la llamada. Como no
está lejos, aunque retrocediendo, nos dirigimos hacia el lugar. El
otro le devuelve la llamada. Tiene habitación pero por 45 euros.
Digo a mi interlocutor que no puedo pagar tanto por dormir una noche.
Como el desconocido no rebaja nada, vuelvo con el que me ha ayudado
hasta su casa, donde se queda y yo sigo adelante. Así llego a un bar
con B&B.
Gasthaus Am
Markt.
Este es el nombre
del establecimiento que, 2001 cumplió cien años. El letrero me da
buenas esperanzas. ¡Cuánto me va a engañar esta primera impresión!
Un bar lúgubre me recibe. Un nombre muy grueso, cuyo perímetro le
hace bastante torpe al caminar, me recibe. Después me dirá que,
aunque el anuncio ofrece restaurante y cama, no puedo dormir allí, y
llama a su mujer. La razón de no darme alojamiento es porque tienen
un problema con el agua y la ducha y tienen suspendido el permiso
para acoger a nadie. Les digo que me conformo con la cama, siempre
que el precio sea razonable. Ella se muestra favorable a resolverme
el problema y hace más de cuatro llamadas a otros vecinos que
ofrecen cama y desayuno. Ninguna le da una respuesta favorable; unos
porque no responden y otros porque lo tienen ocupado. Aunque no pueda
dormir allí, me dicen que puedo cenar. Con la cena asegurada,
acompañado por el señor grueso, vamos hacia la casa de una vecina
que alquila. A pesar de su corpulencia, vamos relativamente rápido.
Parece que le estoy haciendo un favor obligándole a pasear por su
pueblo. No le va a venir nada mal. Llamamos, pero nadie abre. Al
tercer intento, aparece una mujer. Corrobora que no tiene sitio. Ante
tanta negativa, insisto en dormir en su casa aunque no tenga ducha.
Él se queja de las exigencias de la clientela que ha derivado en
pérdida del permiso pero, como la ducha no va bien, no me puedo
quedar. Ante la situación que me espera para esta noche en el
pueblo, alejado de la playa (si es que la hay), recapacitan y se
muestran humanos. Yo ya estaba reculando y con intención de aceptar
la oferta de los 45€, pero me ofrecen gratis su caravana, que está
en el lateral de su casa. Mañana fotografiaré la casa y la
caravana. Es una caravana que usan para viajar y que remolca su
coche. Ella se encarga de enseñármela. Es perfecta. No necesito
más. Será mi dormitorio para esta noche. Libramos la cama de
elementos ajenos, me explica cómo la debo cerrar al marchar y me
dice que eche la llave en el buzón. Ha bajado un elemento de dos
escalones.
Mi cena con
Melanie.
Decido qué cenar de
lo que me ofrecen. Sopa de pollo y fish (pero sin chips). Bebo dos
cervezas que, además de la sopa, me obligarán a levantarme por la
noche, más veces de lo deseado. Mientras estoy cenando, aparece
Melanie, la hija única del matrimonio, aunque tiene hermanastros (no
sé si de madre, padre, o de ambos). Creo entender que su madre es
oriunda de Hungría, a donde suelen ir de vacaciones. Melanie ha
empezado a estudiar castellano, pero su nivel es muy bajo todavía,
de primer curso. Será más comprensible cuando nos carteemos (en
marzo 11 de 2019 recibí su última carta y yo respondí el 22. Casi
cuatro años después de conocernos perdura la amistad). Se ha
sentado enfrente de mí. Pero ahora, después de contarle de dónde
vengo y a dónde voy, no sabemos qué decirnos y dejo que se vaya a
estudiar o a lo que quiera. No quiero que se sienta violenta y le
invito a evadirse de la zozobra. Lo que sí le digo es que agradezca
a sus padres el obsequio de cama. Acabo de cenar, pago 11,60€ por
la cena (3,90 la sopa, 4,90 el pescado y 2,80 las dos cervezas
Krombacher). Lo pago en efectivo. En el mostrador pido las señas y
sale Melanie de dentro y me las escribe en mi diario. Les digo que
tendrán noticias mías del final del viaje y que les felicitaré el
próximo Nuevo Año. Como Melanie tiene intención de completar los
tres cursos de castellano y después le gustaría ir a España, le
oriento hacia Castilla y, de las comunidades del Norte, hacia
Cantabria y Asturias. Le desaconsejo Cataluña y País Vasco, por
razón del euskera y catalán, y Andalucía y Extremadura, porque se
comen las palabras. Con ello no le quito la posibilidad de que me
visite, si Gipuzkoa le conviene. Quedamos en escribirnos y estamos
cumpliendo lo prometido. La sopa de pollo estaba rica, y el pescado
rebozado llevaba una pequeña ensalada (lechuga, pepino y rabanitos).
Todo me sabe bueno. No hay mucha luz, estoy cansado, así que me voy
a dormir. Les doy la mano agradecido como despedida, ya que mañana
es casi seguro que no nos veremos. Extiendo mi esterilla sobre la
cama, abro el saco y, con el pestillo echado, me tumbo a dormir. Ni
siquiera me molesto en correr las cortinas.
Balance de mi
primera noche en el continente alemán.
La primera noche de
mi vida en Alemania continental. Casi cuarenta años que pasé por
Frankfurt le Main. La jornada matutina en la isla y el ferry, ha
transcurrido con normalidad. Lo peor ha sido la falta de mapa. Bien
la comida en Carlino y, tras la zozobra para llegar a Rysum, también
aquí he sido bien acogido, con recuerdos para no olvidar nunca. Una
nueva amistad con Melanie propiciada por la generosidad de sus
padres.



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