Etapa 08 (449) Borkum-Rysum


Etapa 08 (449), 13 de junio de 2015, sábado.
Borkum-(tren)-Borkum-(ferry)-Emden-(tren)-Emden-Rysum.

Amanecer en el container.
Me levanto a las 6:45 horas. Tomo la pastilla y hago la foto. Saco y esterilla están en el lugar donde he dormido, ahora parece en pendiente, pero he estado en horizontal. El contenedor rodante me ha quitado el viento, pero a esta hora de la mañana sigue soplando. No me apetece darme un baño. Luego dejo todo en orden y traslado la puerta. Me cuesta bastante. Parece que pesa más que anoche. Para las siete ya estoy en marcha.




Pensaba salir directo al camino pero, en el traslado de la puerta, me he hecho una pequeña herida en la pierna izquierda, con el madero y la rafia y opto por ir lavando la herida en el mar. Me cruzo con una chica que viene de la orilla y saludo a otro que entrena corriendo. Llego a la orilla a la vez que otro corredor que retorna hacia donde venía. Se ve que ha llegado a su tope programado. Me desnudo y paseo para limpiar la herida. No quiero que se me moje el pantalón. Al inicio, con el agua y el salitre, el chorro de sangre es aparatoso.


Luego me doy un baño que es, más bien, un simulacro de baño, pues estoy algo cohibido por la cantidad de medusas que veo muertas en la orilla. Me seco paseando, me visto y dirijo hacia el camino de ayer. Paso por una ducha que está en zona de deporte de playa, con un aro de baloncesto, pero no me animo a desnudarme de nuevo para darme una ducha. Las dunas van quedando atrás. Aunque la ducha parece algo endeble, se ve que está bien anclada y tiene un grifo potente. No creo que se la pueda llevar el viento, ni aunque arrecie. Así, abandono la playa.

Conejos y faisanes.
Me calzo en un banco y comienzo a caminar hacia Borkum-ciudad. Me cruzo con madrugadores. Unos dicen guten morgen y otros solamente morgen. El ordenador no reconoce morgen y me propone Morgan. Pienso que pudiera ser que fueran todos Morgan, pero no se lo he preguntado, así que mantengo el saludo como está. Si ayer vi muchos conejos, hoy sigo viéndolos pero, como ya los fotografié, me entretengo con plasmar en mi cámara a los faisanes que van apareciendo.



Con un fuerte revoloteo, al primero lo sorprendo en pleno inicio de vuelo, todavía con sus garras tocando la duna consolidada, muy cercano a un sendero de arena. Ya en mi casa me entretengo para centrarlo en un primer plano, recortando la duna. Creo que con mi presencia le he obligado a iniciar el vuelo.

Está menos nítido, pero la foto es muy expresiva. Espero poner las dos fotos en el blog. Unos minutos más tarde, me encuentro con una pareja, pero éstos pasean con su larga cola sin inmutarse. La foto gana en nitidez lo que pierde en espontaneidad. He centrado a uno en la parte baja, pero el otro asoma algo más arriba hacia la izquierda. Me viene el recuerdo de mi padre y del faisán que cazó furtivamente y que los niños, deseando contarlo a todo el pueblo, debíamos callar. El Gobernador de Navarra y su equipo habían ido de caza y, en la sierra de Urbasa les pusieron, soltándolos a huevo, una partida de faisanes. No sé los que cazarían, ni los que escaparían, pero el que avistó mi padre no se salvó. Era un experto cazador. Pero el primer sorprendido fue él. Había cazado avutardas y otros voladores grandes, pero jamás había tenido oportunidad de cazar un faisán. Ni siquiera sabía si los habría salvajes. Éste era evidente que había sido criado en granja para el deleite de otros, que no lo cazaron, pero las circunstancias… Guardo un grato recuerdo del sabor de aquel faisán. Me pareció pollo con gusto a caza. Probablemente ganó riqueza culinaria con la exquisita salsa que preparó mi madre. Era una experta cocinera y como su madre falleció cuando apenas tenía seis años y su padre y sus cuatro hermanos eran mayores y todos cazadores, le tocó aprender, y aprendió bien, a cocinar la caza que llegaba a casa.


Era época de posguerra, tiempo de penuria económica, así que todo lo que llegaba a casa extra, proveniente de la caza, la pesca o de setas y hongos que ofrecían los paseos por el bosque, era bien recibido y beneficioso para la economía familiar. A veces nos quejábamos: "¡Otra vez barbo?". Con aquel faisán, nos ahorramos el segundo plato de aquel mediodía y todos, grandes y niños, nos chupamos los dedos.



Pero dejemos tranquilos a los faisanes vivos y prosigamos. En un momento del camino, por encima de las dunas consolidadas, asoma lejano el gran faro de Borkum. Continuando el camino asfaltado, razón por la que voy calzado, me estoy acercando ya a la playa más urbanizada de la isla, la misma que vi al llegar, con sus hamacas todavía recogidas. Estarán esperando a que comience y se estabilice la temporada de baños para desplegarlas.


La ciudad de Borkum.
Paso por el Hotel de la playa Strandhotel, leo arriba, con sus cuatro estrellas **** bien destacada y el nombre de Hohenzollern. En el edificio colindante leo arriba: Villa Victoria, igual que en castellano, aunque no sé si también es un ala añadida al mismo hotel. En el siguiente pone en lo alto CV JM, y ya no me encuentro con inspiración adivinatoria. El café restaurante recibe otro nombre Palée, pero se ve poco movimiento y, además, desayunar en un hotel de esta categoría me puede costar un ojo de la cara.


Aunque, teniendo en cuenta que ayer noche no cené, quizás he perdido la ocasión de hacer un pantagruélico desayuno. Pero, como paso de largo, no es cuestión ahora de lamentaciones. Desde el paseo marítimo, saco foto hacia la playa, donde ya me voy a tener que ir acostumbrando a los sofisticados asientos alemanes preparados para tomar el sol, individuales o en pareja, y que va a ser la constante en todas las playas del país. Son coloristas y, en la isla de Sylt, dormiré de mala manera cruzado en dos de ellos. Allí me cargaré la cámara y tendré que comprar otra. Pero no adelantemos acontecimientos. 
 
En la plataforma inferior del paseo, una chica o un chaval, bien equipado, patina con patines de ruedas en línea. En el mar, veo un ferry y una dragadora trabajando, extrayendo arenas negras del fondo. La barra de arena, asoma a la superficie de forma similar a la de ayer. Cuando llego al gran faro, como ayer lo fotografié de cerca, hoy lo hago de lejos, con el suelo de la calle humedecido por el relente de la noche, salvo que haya sido la máquina fregadora que ha pasado demasiado tempranamente. En el suelo observo el curioso entramado de los adoquines.




Voy a la plaza donde paró ayer el trenecillo que comunica con el puerto embarcadero, anuncian un tren para las 8:30 horas. Me parece que va a ser demasiado pronto para cogerlo, pues me gustaría salir de la isla ya desayunado. Decido que esperaré al siguiente. Además, el anuncio es para ferry a Groningen, pero a Holanda ya no quiero volver. Dos chicas me explican lo del horario y se asombran con el viaje que estoy haciendo.




No le he sacado mucho jugo a esta isla y me parece que no visitaré ninguna más de las Frisias alemanas, pero eso ya se verá sobre la marcha. Paso por la iglesia, que dispone de dos esbeltos campanarios. El más próximo a mí, parece desgajado del resto del edificio. No tengo intención de entrar pero, aunque lo hubiese querido, no lo podría hacer, puesto que está cerrada. No se ve a casi nadie por las calles, aunque son las ocho y media. Hay que tener en cuenta que hoy es sábado.
Desayuno en Müller Bäkerei.
Busco panadería-pastelería y pido Strudel pero, como no tienen, me decido por otros dos bollos de manzana. Con un gran capuchino, pago 6,25€. Cuando voy a ver el nombre de los pasteles de desayuno que he comido, uno ya se ha terminado y el otro leo: dänischer Apfelkuchen. Bueno, parece que acabo de entrar en Alemania y ya estoy saliendo con este pastel de manzana danés. He visto postales a 45 céntimos pero, como compro diez, pago 4€. En la Müller no tienen toiletten y me quedo escribiendo el diario y dibujando el recorrido por la isla hasta las 9:45 horas.

Paseando por Borkum.
Salgo del lugar del desayuno y fotografío la farmacia que está cerca. Por suerte no la voy a necesitar, traigo las suficientes pastillas para la hipertensión, como para atiborrarme dos meses con ellas. Junto a la farmacia que, en alemán, tiene grafía procedente del griego y creo recordar que también escribían de forma similar en Rusia y en los Estados pertenecientes a su imperio desmembrado, leo: Apotheke. Como el ayuntamiento, que es el edificio que viene a continuación, lo he fotografiado parcialmente, lo vuelvo a plasmar con mi cámara en solitario. 


Rathaus no es un nombre que se me pueda olvidar. Creo que así se llamaba el enorme edificio que vi en Viena en 1992, en viaje convencional en autobús por Centroeuropa. Salimos de Barcelona con Olimpiadas. Visitamos algunas ciudades de Francia, Suiza, Austria, Praga, Budapest, Venecia y por Niza, regresamos a Barcelona, cuando las Olimpiadas ya se habían terminado. Una paliza de viaje, donde abarcamos mucho y apretamos poco.


Aquí también, en Borkum, siendo una ciudad pequeña, es un hermoso edificio, con base de piedra y fachada de ladrillo rojo. Lo que más me sorprende es ver vacío el mástil de la bandera. ¿Serán también los de esta isla, independentistas? ¿O no ondean el trapo para que no se les desgaste con tanto viento? En un amplio parque arbolado cercano, veo tres pedruscos verticales y me posiciono de forma que sobre el central culmine la torre de una iglesia. Parecen troncos fósiles y yo les apodo Las Trillizas. No sé por qué, en femenino. ¿Serán troncas?

Oficina de Turismo.
Antes de que abran Información, hago cola, pero tengo una señora pesada delante y yo quiero que me atienda la chica que me ayudó ayer. Admiten Visa, pero yo no tengo nada que comprar aquí. Le doy las gracias a la joven por el mapa y le digo hasta dónde llegué ayer. Ella me lo marca en el mapa pequeño, el que abarca toda la isla. Me despido y vuelvo a la plaza.
 
Paso por la toiletten que está en la parte trasera del edificio. Cago y me quedo tranquilo. No me atrevo a coger agua por si en la isla no es recomendable. Todavía tengo de la que cogí ayer en Eemshaven. No sé en qué estoy pensando. Sé que estoy perdiendo el tiempo. Pero debo coger el trenecillo de las 10:10 para el ferry de las 10:30 a Emden, lo tengo delante, lo fotografío, y lo cojo por los pelos. Me monto por la parte de atrás en vez de por la plataforma del andén. En cuanto subo, arranca.

Ferry a Emden.
Nada que destacar en el viaje del trenecillo, pero hasta que no monte en el ferry no estaré tranquilo, temo que me pongan pegas para ir a Emden con un billete expedido para ir a Eemshaven. Tomo asiento en banco corrido y no hablo con nadie. Me asfixio sólo con ver a una niña con vestido de terciopelo. También van dos jóvenes mochileras. Al llegar a la zona de embarque, el ferry ya está amarrado, y me preocupo de ver si hay algún indicador que oriente hacia el albergue juvenil. No lo localizo, aunque veo un edificio con fachada superior triangular que pudiera ser. No me arrepiento de haber dormido bajo las estrellas, a pesar de la herida, que ya está cubriéndose de postilla y del trabajo que me tomé para evitar el viento nocturno. Tengo opción a ir en catamarán, un viaje que sería mucho más rápido pero, como ya tengo billete de ida y vuelta, ni lo intento. Cuando llego a la pasarela de acceso, el que controla los billetes me dice que no puedo montar. Insisto en que quiero ir a Emden. Consulta con uno vestido de marinero y le digo que al comprar en Eemshaven había pedido con regreso a Emden y que, aunque no lo ponía en el billete, me había dicho que daba lo mismo. Me dice que sí, que puedo subir y él mismo me corta el billete. Salimos con retraso, a las 10:55 horas. ¿Será el retraso debido a algún problema de la draga y de la marea?


F i n a l   d e  Borkum




Dos matrimonios juegan con un mazo de baraja enorme. Abandonándolo todo en el asiento, me doy una vuelta por el ferry, dudando en beber una cerveza o abstenerme. No tomo nada. Vuelvo a mi sitio. En otra vuelta, encuentro dos periódicos. Me he colocado en ventana con mesa para mí solo porque no tiene asiento más que a uno de los lados. Ojeo un periódico incomodísimo para leer. Es una gran hoja alargada. Es inmanejable. El otro se llama Wie Wir. Hablo con la pareja vecina de respaldo. Sólo les digo lo de este año, la idea de llegar andando a Polonia y les parece una distancia enorme. 


Aprovecho para dar el último retoque al tercer dibujo, al del molino y el patatal. Habría sido mejor dibujar un trigal, más acorde con el molino, pero eran plantas de patata lo que allí había y, probablemente, las espigas me habrían salido peor. También retoco el tejado del primer albergue de Kimswerd.



Subo a cubierta para sacar foto desde allí de cómo el ferry va surcando el Eems río arriba en el momento en que pasamos paralelos a Eemshaven, con tanto poste eólico, por donde pasé ayer a pie. Parece mentira lo cansado que llegué allí después de caminar cinco horas. El móvil me dice que estoy de nuevo en Holanda, pero no le hago ni caso, ya volverá él solito a Alemania, como así sucederá dentro de poco rato. Esperaré a entonces para llamar a Alsasua. Son las 11:35 horas. Todavía tendré tiempo para aburrirme con los periódicos, los dibujos y el diario. Leyendo el periódico me entero que España empató a uno contra Costa Rica y que hoy juega contra Brasil. También la goleada de Alemania contra Elfenbeinküste (¿Países Árabes? Me dicen que en África)10-0. Son las doce cuando, según mi móvil, seguimos en Holanda. 


Continuamos navegando por el estuario del Eems, en holandés, y el Ems, en alemán. El día se ha despejado por la mañana pero, ahora, está gris. Mis vecinos me dicen que llegaremos a Emden a las 13:30 horas. Su móvil también les marca Nederland. A las 12:45 está lloviendo. Mi dedo anular derecho no está bien, pero tampoco mal. Ya tendrá tiempo de enderezarse. 13:10, por megafonía, dicen que entramos en Emden. A las 13:20 ya estoy abajo, en la puerta de salida, esperando a que atraquemos y abran las compuertas. Lebara vuelve a marcar Vodafone.De y ya parece que no llueve. Saco foto de niño dormido en sillita de las que tira la bici de alguno de sus progenitores. Va bien protegido con plástico, por si la lluvia. Un joven me dice que hay gratis un tren al centro. Centrum, me dice.

Emden.
Para las 13:25 horas ya estoy esperando al tren en la estación. Está muy próxima al puerto. Para las 13:30, o antes, ya está el tren en el andén. Lástima que tardara tanto en salir.








Lo hace a las 13:52 y para cuando llego a la estación central ya habrán cerrado la oficina de Turismo. Sólo por unos minutos. Cuando llega el tren, monto en el piso de arriba. Arranca hacia atrás, en dirección hacia donde ha venido. 
 
Esta la primera o la última parada, según se mire. Saco una foto a las dos de la tarde. Llueve algo. Un controlador que pasa me dice: “Emden Centrum, next station”. En realidad es la primera parada, pero si sigo, el tren me habría podido llevar hasta Münster. Me asustan los monstruos y prefiero quedarme en Emden. Como ya he dicho, encuentro la oficina de Información cerrada y voy a la Policía. Me dicen que no tienen ningún mapa, ni de Emden, ni de esta zona de Alemania, pero que en el centro hay otra oficina de Turismo. Voy en esa dirección, sin mapa que me guíe y paro en un restaurante italiano, donde no me admiten y están las luces apagadas. Pero pronto llego a Carlino.

Carlino.
Es el diminutivo de Carlo. En mi familia hay Carlos y Carla. Ofrece la posibilidad de pagar con Visa en la entrada. Entro y pido espagueti boloñesa y preparo la ensalada a mi gusto. La ventaja de los italianos suele ser que tienen rico aceite de oliva. Subo dos pisos para usar la toiletten y, para cuando bajo, ya tengo la pasta encima de la mesa. Están riquísimos, aunque para los primeros bocados hay que soplar, están ardiendo. Pero prefiero comerlos calentitos y prepararme la ensalada después. Bebo una cerveza Veltins y pido de postre tiramisú. El cacao en polvo me hace toser. Un matrimonio de la mesa de al lado, estuvo de vacaciones en Gran Canaria. Veo que pagan con tarjeta sin ningún problema. Se van deseándome buen viaje. Como no me traen la cuenta, voy a la barra. El chico que me ha atendido me dice que menos de quince euros no los puedo pagar con Visa. Pero se lo digo a la jefa y lo autoriza.
 
Ya estaba dispuesto a pedir otra cerveza para poder pagar. Les pregunto el motivo y me dicen que Visa les cobra mucha comisión, pero no logro saber cuánto. Tampoco lo que les cobra MasterCard. Pierdo la oportunidad de saberlo aunque fuera en italinglish. Salgo del restaurante y está más que lloviznando.

Un paseo por Emden.
Me cobijo en el gran edificio de enfrente. Eran las 14:15 pasadas cuando lo he fotografiado, al entrar en Carlino. Ahora me dirijo hacia él. Anuncian en la fachada una exposición Made in China. El edificio tiene aspecto de Rathaus, pero no lo puedo asegurar. Quizás lo fuera en el pasado.


Un paso abovedado comunica un lado de la plaza con el otro de la calle. El arco protector me defiende de la lluvia pero no del frío y la corriente. Por esa razón entro en la sala de exposiciones del museo, que es para lo que utilizan el edificio, no como ayuntamiento, tal como había insinuado. Ostfriesisches Landesmuseum. Es allí donde obtengo un pequeño plano de la ciudad, que está enfocado a ofrecer establecimientos hosteleros. Sólo me va a servir, aunque con problemas, para salir de Emden. Me ofrecen también un plano para moverme por las diferentes salas del museo, pero la visita cuesta ocho euros y me supondría retrasar mucho la salida de una ciudad donde no me quiero quedar a pasar la noche. Algún cuadro anunciado de pintura holandesa me hace recordar a Vermeer y otros a las golas de Felipe II, en versión holandesa.
 
Lo único que me preocupa es no tener mapa de esta zona occidental de Alemania, con lo que eso me va a suponer de ayuda a la desorientación. Me voy del gran edificio y ya no llueve. Paso por una iglesia cuando son las tres y media y me entretengo en fotografiar también el cementerio aledaño, a pie de calle. Me gusta que no haya barreras para visitar a los muertos y que ellos tampoco las tengan para cuando quieran salir a darse un garbeo.
 
Es así como llego a una torre de ladrillo que no sé si es hexagonal u octogonal. La fotografío y regreso por donde he venido. Vuelvo a un ramal de puerto al que llegan barcos por el canal.










Fotografío los que están amarrados. Pasado al otro lado del canal, supongo que por allí podré seguir subiendo hacia el Norte pero, con el día grisáceo, mi sentido de orientación tampoco me ayuda mucho. Todo se va confabulando para ponerme pegas para salir de la ciudad y encaminarme correctamente hacia el Norte, en paralelo con el Ems.
 

Paso por un Banco de Santander que, aquí, tiene un añadido de Consumer Bank. Está junto a otro banco, el Targobank. Si hubiese estado escaso de dinero, habría probado a sacar en el Santander, por saber qué comisión cobraban a uno de la comunidad limítrofe con Cantabria, pero estoy casi seguro que también me cobrarían el 4%. Paso por donde he comido, Carlino, y voy saliendo de la ciudad. Voy dando tumbos. Pregunto a un chico y llego a canal más ancho e infranqueable. Cuando llego a otro restaurante italiano, una camarera me reorienta. Sale y me indica por dónde ir. Iba yo en sentido contrario. Se ve que hoy estoy espeso y he perdido el sentido de orientación. Un tren pasa por el puente sobre el canal y me hace pensar en que voy hacia el puerto y la estación del tren donde he estado hace unas horas. También este tren es de dos pisos, lo que me sitúa en la misma línea Emden-Münster. No sé la distancia a la que está dicha ciudad, pero hasta podría ser el mis tren de antes.

Saliendo de Emden.
Sigo caminando por pasarelas que vuelan sobre otros canales. Olvidando Canales y viendo que la carretera va paralela a la vía del ferrocarril. La sospecha de que estoy haciendo a pie el recorrido de esta mañana en tren se me va confirmando. No lo doy por tiempo perdido porque, aunque el objetivo de ir a Emden era el de conseguir mapa en turismo, y no lo he logrado, al menos sí he comido bien en Carlino. 
 
Voy por la acera y veo un cartel que anuncia una exposición de Paul Klee pone que en Kunstalle Emden. De haberlo sabido antes hubiera tratado de verla. ¿Estarían expuestos sus cuadros en el museo donde me he cobijado? ¿Serían los auténticos? ¿No serán cuadros hechos en China?












La zona por la que empiezo a pasar es industrial y, hacia las cuatro y media, me encuentro en el puerto del Ems donde hay un ferry que, probablemente, sea el mismo que me ha traído esta mañana de Borkum. Este es el Frisia III pero no me he fijado en el nombre del que me ha transportado a Emden. En un salvavidas había podido leer Helgolan. Fotografío el puerto con el ferry y sigo adelante. 
 
Creo que poco a poco estoy cogiendo la dirección adecuada, pero con demasiados titubeos. Saliendo ya de Emden, y fuera de pequeño mapa, paso por una gran casa de ladrillo rojo con muchas ventanas. Una señora barre bajo los árboles. Algunos ciclistas van rodando de un lado al otro de la carretera, pasando del que yo venía al que voy ahora. Las ayudas y mi intuición son las que guían mi camino. Pocas veces he ido tan mal como esta tarde. Casi a ciegas. La pista ciclista va paralela a vías del tren que no sé hacia dónde me van a llevar. En la carretera veo una dirección Rysum y decido que sea este el lugar hacia dónde dirigirme. Al menos es un referente que me puede servir para preguntar y pregunto: ¿Rysum? Aunque Rysum sea el mismo infierno..., que no va a ser.

Emden-Rysum.
El nombre de Rysum ha aparecido junto a un cartel que interpreto como de autopista. Temo que acabe en una de ellas, con el consiguiente barullo para salir de nuevo ¿y adónde? Temo a las autopistas más que aun nublado. La dirección Rysum no viene acompañada de la distancia en kilómetros. Lo mismo puede estar a cien… A pesar de mi decisión de seguir a Rysum, me encuentro con un hombre al que digo ese nombre y me dice que, por donde voy, se acaba la carretera en 5 kilómetros y que, si quiero comer o dormir, no encontraré nada.








En la primera ocasión cojo un camino orientado por un ciclista. Me dice que lo siga a derecha y a izquierda y le quiero entender que Rysum no está lejos. Pero estoy equivocado. El camino es muy bonito, asfaltado y entre árboles que, al fondo, ofrecen un agujerito, que me hace pensar que estoy caminando dentro de un túnel. Sería precioso si supiese que voy bien encaminado y que Rysum va a ser un buen lugar de refugio para esta noche. Cuando el camino pasa al otro lado de la carretera, continúo por él. Es así como llego a unos campos de fútbol. Los jugadores son jóvenes y otros jóvenes y otros adultos, les observan. No puedo entrar, pues una alta valla separadora me lo impide, y grito pidiendo ayuda. Un hombre muy alto me escucha y se acerca. Ha pasado por dentro de un edificio y está detrás de unos carteles que me lo tapan, pero él si me puede ver desde arriba. Me separo de la valla para que me vea mejor. Desde allí me dice por dónde debo continuar y me comenta que no hace mucho estuvo tres semanas en San Sebastián. Quizás fuera que estuvo allí hace tres semanas. Al menos conoce Donostia y me ayuda a salir de allí. Agradezco y me voy. Pero enseguida me encuentro con nuevas dudas junto a un grupo de casas. Un hombre, muy atento, me escucha. Pregunto por Byrum… Como no lo llevo escrito, he olvidado la grafía de Rysum y, ante un nombre inexistente, el pobre hombre, que estaba dispuesto a ayudar, se queda mudo. Se lo escribo en un papel y no sé si la B no la cierro bien y él lee R, el caso es que reconoce Rysum y estoy nuevamente salvado. Me dice que siga la carretera que él me señala y que está a diez kilómetros. La distancia me da disgusto, pero compensa que ya voy con mejor referencia.


Probablemente Wybelsum.
Por la carretera, después de una hora de coger el camino entre árboles, llego a un pueblo del que sólo fotografío su iglesia y el cementerio que la rodea. Media hora más tarde, la carretera pasa por encima de un canal. Puede ser el Knockster Tiel. La región se llama Krumm-Hörn. Estas conjeturas las saco después de que mi amiga Melanie me de un mapa en su casa de Rysum.
 

La carretera me hace pasar cerca de un trigal que ya está bastante maduro, con las espigas dorándose al sol. También hay postes de tres hélices para obtención de energía eólica. No adivino casas en lontananza y no me queda otra que seguir la carretera. Ya hemos pasado de las siete de la tarde y Rysum no aparece.
 
La carretera es de doble carril y la circulación rodada no es excesivamente grande, pero no tiene arcén. Menos mal que la hierba del lado correcto, por donde voy, está rasurada. No hace mucho que la han segado y, cuando vienen coches frontales, es en esa hierba donde me aparto por prevención.
 

También los conductores se van hacia la mediana, de forma que no corro peligro. Algunos coches ya empiezan a venir con las luces cortas encendidas. Me parece que, todavía lejanos, empiezo a ver algún tejado y algún pincho de torre de iglesia, pero muy a lo lejos. ¿Será Rysum?, me pregunto. Cuando estoy cerca, en prado con vacas, saco una fotografía con casas, pincho de iglesia y un molino de cuatro aspas para la molienda de grano. Mañana los fotografiaré de más cerca.


Rysum.
Al fin entro en el pueblo sobre las siete y media (Todo lo que sigue, lo estoy escribiendo al día siguiente en el restaurante de Antonio, en Greetsiel). Al entrar, ya veo ofertas de alojamiento. También el que acabará siendo mi lugar de acogida. Pero un hombre que me ve llegar, se brinda a hacer la gestión. Le hablo de que estoy dispuesto a pagar veinticinco euros. Llama a uno y se corta la llamada. Como no está lejos, aunque retrocediendo, nos dirigimos hacia el lugar. El otro le devuelve la llamada. Tiene habitación pero por 45 euros. Digo a mi interlocutor que no puedo pagar tanto por dormir una noche. Como el desconocido no rebaja nada, vuelvo con el que me ha ayudado hasta su casa, donde se queda y yo sigo adelante. Así llego a un bar con B&B.

Gasthaus Am Markt.
Este es el nombre del establecimiento que, 2001 cumplió cien años. El letrero me da buenas esperanzas. ¡Cuánto me va a engañar esta primera impresión! Un bar lúgubre me recibe. Un nombre muy grueso, cuyo perímetro le hace bastante torpe al caminar, me recibe. Después me dirá que, aunque el anuncio ofrece restaurante y cama, no puedo dormir allí, y llama a su mujer. La razón de no darme alojamiento es porque tienen un problema con el agua y la ducha y tienen suspendido el permiso para acoger a nadie. Les digo que me conformo con la cama, siempre que el precio sea razonable. Ella se muestra favorable a resolverme el problema y hace más de cuatro llamadas a otros vecinos que ofrecen cama y desayuno. Ninguna le da una respuesta favorable; unos porque no responden y otros porque lo tienen ocupado. Aunque no pueda dormir allí, me dicen que puedo cenar. Con la cena asegurada, acompañado por el señor grueso, vamos hacia la casa de una vecina que alquila. A pesar de su corpulencia, vamos relativamente rápido. Parece que le estoy haciendo un favor obligándole a pasear por su pueblo. No le va a venir nada mal. Llamamos, pero nadie abre. Al tercer intento, aparece una mujer. Corrobora que no tiene sitio. Ante tanta negativa, insisto en dormir en su casa aunque no tenga ducha. Él se queja de las exigencias de la clientela que ha derivado en pérdida del permiso pero, como la ducha no va bien, no me puedo quedar. Ante la situación que me espera para esta noche en el pueblo, alejado de la playa (si es que la hay), recapacitan y se muestran humanos. Yo ya estaba reculando y con intención de aceptar la oferta de los 45€, pero me ofrecen gratis su caravana, que está en el lateral de su casa. Mañana fotografiaré la casa y la caravana. Es una caravana que usan para viajar y que remolca su coche. Ella se encarga de enseñármela. Es perfecta. No necesito más. Será mi dormitorio para esta noche. Libramos la cama de elementos ajenos, me explica cómo la debo cerrar al marchar y me dice que eche la llave en el buzón. Ha bajado un elemento de dos escalones.

Mi cena con Melanie.
Decido qué cenar de lo que me ofrecen. Sopa de pollo y fish (pero sin chips). Bebo dos cervezas que, además de la sopa, me obligarán a levantarme por la noche, más veces de lo deseado. Mientras estoy cenando, aparece Melanie, la hija única del matrimonio, aunque tiene hermanastros (no sé si de madre, padre, o de ambos). Creo entender que su madre es oriunda de Hungría, a donde suelen ir de vacaciones. Melanie ha empezado a estudiar castellano, pero su nivel es muy bajo todavía, de primer curso. Será más comprensible cuando nos carteemos (en marzo 11 de 2019 recibí su última carta y yo respondí el 22. Casi cuatro años después de conocernos perdura la amistad). Se ha sentado enfrente de mí. Pero ahora, después de contarle de dónde vengo y a dónde voy, no sabemos qué decirnos y dejo que se vaya a estudiar o a lo que quiera. No quiero que se sienta violenta y le invito a evadirse de la zozobra. Lo que sí le digo es que agradezca a sus padres el obsequio de cama. Acabo de cenar, pago 11,60€ por la cena (3,90 la sopa, 4,90 el pescado y 2,80 las dos cervezas Krombacher). Lo pago en efectivo. En el mostrador pido las señas y sale Melanie de dentro y me las escribe en mi diario. Les digo que tendrán noticias mías del final del viaje y que les felicitaré el próximo Nuevo Año. Como Melanie tiene intención de completar los tres cursos de castellano y después le gustaría ir a España, le oriento hacia Castilla y, de las comunidades del Norte, hacia Cantabria y Asturias. Le desaconsejo Cataluña y País Vasco, por razón del euskera y catalán, y Andalucía y Extremadura, porque se comen las palabras. Con ello no le quito la posibilidad de que me visite, si Gipuzkoa le conviene. Quedamos en escribirnos y estamos cumpliendo lo prometido. La sopa de pollo estaba rica, y el pescado rebozado llevaba una pequeña ensalada (lechuga, pepino y rabanitos). Todo me sabe bueno. No hay mucha luz, estoy cansado, así que me voy a dormir. Les doy la mano agradecido como despedida, ya que mañana es casi seguro que no nos veremos. Extiendo mi esterilla sobre la cama, abro el saco y, con el pestillo echado, me tumbo a dormir. Ni siquiera me molesto en correr las cortinas.

Balance de mi primera noche en el continente alemán.
La primera noche de mi vida en Alemania continental. Casi cuarenta años que pasé por Frankfurt le Main. La jornada matutina en la isla y el ferry, ha transcurrido con normalidad. Lo peor ha sido la falta de mapa. Bien la comida en Carlino y, tras la zozobra para llegar a Rysum, también aquí he sido bien acogido, con recuerdos para no olvidar nunca. Una nueva amistad con Melanie propiciada por la generosidad de sus padres.

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