Etapa 07 (448) Warffum-Borkum


Etapa 07 (448), 12 de junio de 2015, viernes.
Warffum-Noord Polderzul-Eemshaven-(ferry)-ALEMANIA-(ferry)-Borkum-(tren)-Borkum.


Amanecer en Warffum. Gilda.
Después de levantarme por tercera vez a orinar, me acuesto, y duermo hasta las siete. Me levanto, cago, afeito y escribo. Dejo el diario a las 8:15 horas para salir. La camiseta y calzoncillo que lavé, ya se han secado. Las baterías cargadas al completo. Ya le queda poco a Lebara-Vodafone NL.

 
Un paseo matutino.





Salgo de la casa de Gilda y fotografío el restaurante donde cené ayer. También la casa donde he dormido.
 

Me dirijo a V.v.v., pero se me resiste. Un niño que va a la escuela me manda hacia el lado contrario al que voy. Un hombre me dice que vaya hacia el museo. Pero, poco antes de llegar a la iglesia, lo encuentro. No pone horario de apertura. Fotografío la iglesia que, exteriormente tiene una fachada pequeña y coqueta. Parece una iglesia de cuento.








Luego observo otro edificio que, por las claves de sol y otros signos me hace pensar que pueda ser un conservatorio de Música, aunque el cartel anunciador me inclinaría más a pensar que pudiera ser una casa de juegos o un jardín de primera infancia. 
 
Veo un grupo de chicas y chicos jugando juntos al fútbol. Una chica que toca el pito, cuando el entrenamiento se acaba, me dice que es lo normal en Holanda. No hacen discriminación en estas edades, aunque en el futbol profesional se separen los sexos.



Saco dos fotos con las jóvenes jugadoras y jugadores. Como no abren la oficina de información, regreso a mi albergue de esta noche. Llegando a casa de Gilda, encuentro una especie de parra con flores azules y amarillas, que no me resisto a fotografiar.


Desayuno con Gilda.
Cuando llego, ya está el desayuno preparado y es muy completo. Gilda está con su única nieta, hija de su hija. La niña se llama Mirrol. Me dice que es el nombre de un pájaro. ¿Será un mirlo? A Gilda le gusta mi viaje. Le pregunto por el concierto coral de ayer y me responde que fue bien. Me dejan desayunar tranquilo y, mientras escribo en el libro de visitas, Gilda me saca de Internet un mapa, con muy poco detalle que, según parece no hay mucho que detallar, puesto que se trata de salir a la costa y seguir por el dique. En la segunda hoja aparece detallado el recorrido Warffum-Eemshaven cuyos tramos parciales dan una suma de unos 20 kilómetros y que yo calculo me costará poco menos de cinco horas. Como son las 10:30, llegaré sobre las 15:30 horas, al puerto embarcadero. Vemos una etapa de mi blog en Francia, y me despido agradecido e inicio la marcha con todo el equipaje.

Warffum-Eemshaven.
Salgo por la puerta trasera de la casa, la que da a la cocina y llego al V.v.v. justo en el momento en que están levantando las persianas exteriores. Un hombre y una mujer se maravillan del viaje que les estoy contando pero, en cuanto a mapas, vamos a peor.

Finalmente cojo uno que me tendrá que valer, aunque es muy malo. Estaría bien si fuera por la carretera, pero esa no es mi intención. Salgo a la carretera y paso por el nº 57. Todavía en Warffum paso por una granja en construcción. El armazón de madera ya está levantado, incluida la cubierta, pero todavía tienen mucho trabajo por delante. Ahora los obreros están levantando el muro de ladrillo, con un bajo andamio muy precario.


El del otro lado ya está construido y están terminando el muro de mi lado. Todavía les quedan las dos fachadas acabadas en triángulo. Supongo que, para entonces, el andamio sea más seguro. En el prado delantero hay variación de aves: dos cisnes negros, algún pavo, varios patos y varias ocas. Todos despertando.


Siguiendo la carretera, enseguida llego al letrero que me indica la finalización de Warffum. El esquema es similar a los caminos de otras veces. Una carretera asfaltada con espacio para ciclistas y peatones. Campos cultivados, un canal y, al otro lado, mas sembrados. En el caso de hoy, un verde patatal. En este recorrido no veré ni una oveja y, para seguir la tradición fotográfica animalesca, sacaré fotos a vacas y caballos.


Al otro lado del canal, y antes de llegar a un puente que permita el paso al ganado y a los ganaderos, veo un rebaño de vacas. De todas las razas y colores habidos y por haber. Aunque desconozco su pedigrí, puedo asegurar que todas son hijas de su madre. Me vuelvo hacia atrás para sacar foto de despedida, la última de Warffum, que no será la última, aunque el pincho de la iglesia que veo de lejos, no creo que sea el de la iglesia que he fotografiado a primera hora de la mañana.


Pero, ¿por qué no va a ser? Es muy diferente la perspectiva que antes tenía desde el ábside, donde la torre apenas destacaba, a esta de ahora en la lejanía. Algún caballo también se ve en el prado de primer término. Más adelante veo más equinos. Puedo contar hasta seis y el pincho de la torre de la iglesia no termina de desaparecer.



Al otro lado del canal y mirando hacia el dique, una granja cuyos cultivos de alrededor parecen de cereal, pero yo diría que no se trata del cultivo de trigo, sino que me parece otra gramínea. Nuevamente llego a otro prado en que las vacas comen hierba y, alguna, ya se sienta a rumiar lo que su lengua de papilas prensoras ha podido arrancar en su cosecha particular.


También son una de cada madre, con colores variopintos. Los caballos que venían ya se acercan y vuelven a formar parte de la foto, para completarla y decirnos, ¡aquí estamos! Y el pincho de la iglesia que no desaparece y yo antes ya había dicho que era la foto de despedida de Warffum.
 

Encuentro otro montón de estiércol, similar al que vi ayer, y que huele que alimenta. Pero es un alimento necesario para abonar la tierra y yo aquí no soy más que un intruso. Cuando estoy mirando hacia el otro lado del canal, al alineamiento perfecto de un patatal, observo cómo se remueve el agua.

 

Dos patos recién emprendido el vuelo, van dejando unos surcos en el agua, que me hacen comprender el lugar donde tan plácidamente estaban nadando, con su nadar palmípedo, en el canal. Pronto llego a otro lugar donde veo embarcaciones de recreo, tipo kayak, con una plataforma para que ellas y los remeros puedan bajar a remar y competir en tan estrecho espacio de agua.
 

Por fin llego a la encrucijada con números, pero el problema es que no llevo el mapa con las numeraciones. En mi mapa aparece un nº 50, que nada tiene que ver con los números que veo. Ahora debo hacer un cuatro invertido y el mapa no me va a servir ni para llegar al nº 61, pero el indicador del nº 60 que debiera estar en el cruce primero no aparece allí, sino donde lo veis, ¿cuál de los dos caminos cojo?, y lo tengo que intuir.


Una chica que llega en bici no es capaz de asegurarme nada, pero mi intuición funciona y llego por 61 al dique. Allí hablo con neerlandesa que sabe castellano, guapa a lo Claudia Schifer. Conoce bien el Norte de la Península Ibérica y se maravilla cuando le cuento mis viajes. Estoy a la altura de otra granja, con un gran silo. El olor es similar al del montón de estiércol por el que he pasado antes y el que pasé ayer.


Por el canal, mamá pata va seguida por siete patitos. Entre que los cuento, no me da tiempo a fotografiarlos. Antes de llegar al Noor Polderzul, encuentro también, al otro lado del canal, dos hermosas ocas, quizás gansos, que de lejos me habían parecido preciosos cisnes, que tienen como fondo un gran trigal verde. Espero para fotografiarles a que se ponga a su altura una focha que palmea con sus palmípedas patas el agua del canal y va avanzando en la misma dirección que voy yo. Al fondo vemos el dique que, poco a poco, tengo más cerca.
 
Noor Polderzul.
Ya estoy llegando al polder. Una foto lejana indica las pequeñas dimensiones de este lugar. Todos los polder son lugares que se designan así por tratarse de terreno ganado al mar.


Algo que no entiendo, porque toda la costa holandesa es terreno arrebatado al Mar del Norte. Quizás aquí sea más evidente porque una gran construcción hace el trabajo regulador de las mareas y de las corrientes. También el dique, de ser de hierba verde, pasa a convertirse en un cemento blanco y rosado, en aquel tramo.
 
Cuando subo al dique, vuelvo a recuperar el ganado ovino que hacía días que no veía. Una gran valla, evitadora de que ovejas y corderos pasen a zona prohibida para ellos, también va a ser un obstáculo, aunque salvable, para el caminante.
 

Hoy se agradece el aire de la cresta del dique, pues hace calor aunque, para la noche, Gilda ha pronosticado truenos y lluvia. Después de cruzar la valla, voy alternando cresta con el lado del dique más próximo al mar. Decir más próximo al mar es un eufemismo, pues el mar está lejísimos y más en estas horas en que me da la impresión de que la marea está muy baja. De hecho, todo este espacio entre el mar y el dique está lleno de ovejas. Por algunos indicios del terreno, quiero pensar que en la marea alta el mar puede llegar hasta cerca de donde estoy. También me hace creer que la hierba que rumian los ovinos estará saladita. ¿Más rica y que producirá leche más salada y mejor para hacer los quesos?

Aburrido dique hacia Eemshaven.
El camino se me está haciendo pesadísimo. Los 20-21 kilómetros pronosticados por el itinerario que me ha dado Gilda, se me están haciendo eternos y, la parte final, me parecerá interminable, pero hay que seguir caminando. Subo y bajo del dique. La carretera tiene dos inclinaciones, más inclinada la que da al mar que la parte de carretera que da al dique.
 
Yo voy por esta última, pues por la otra iría escorado, con su cuerpo inclinado hacia la izquierda y, aunque el caminante se incline ideológicamente más por esta opción, sin por ello desear no conservar los valores que posee, no le agrada que nada ni nadie le obliguen a ir torcido. Dos hombres, en puntos distintos del dique, toman el sol en bañador.
 


Debo ir evitando pisar las cagadas expulsadas por el ganado. Llego a otra valla, pero está abierta en la parte de la carretera. Ovejas y corderos pasan del dique a la zona de marisma. A veces, como en este caso, no entiendo para qué ponen tantas vallas. En la siguiente valla, encuentro un sistema de cierre que resulta simple de soslayar para el caminante inexperto. Los he visto más complicados. En el que nos ocupa, basta con deslizar una argolla cerrada que deja libre otra casi abierta. Lo hago y paso al otro lado.

Fotografío el lado marino que, ahora muestra con mayor evidencia la proximidad del mar y el canalillo que acerca el agua del mar a la carretera. Es probable que haya empezado a subir la marea. Desde el vértice superior del dique, saco otra foto que permite ver ambos lados del dique, que son las dos opciones que tengo para continuar.


Hoy, por el calor que hace me sigo inclinando a no pisar el del lado más continental. Sin embargo, no siempre voy a poder hacerlo. Cuando arribo a una limitada zona boscosa, una vaya no me deja seguir. Tampoco veo forma de abrirla. Por la carretera del otro lado, veo a dos perrillos falderos que han pasado por entre el hueco de los barrotes. No entiendo la leyenda del cartel que está en la valla. Si quiero continuar, no tengo más opción que caminar por el lado del continente, aunque mi cuerpo reciba menos brisa del mar.


Por las cagadas de los animales, compruebo que también ellos suelen estar por este lado aunque hoy, por la marea baja, estén prefiriendo el lado del mar. Se ve que les gusta alternar hierba salada con hierba dulce.




Al otro lado del canal, a lo lejos, veo zona arbolada y una gran cantidad de molinos de tres aspas para la obtención de energía eólica.




Si ponen tantos, quiero pensar que es zona muy ventosa, quizás debido a la depresión que pueda producir la confluencia del mar con la desembocadura del gran río Eems, que hace frontera entre Holanda y Alemania, a donde no estoy lejos de llegar.
 

Según me voy acercando a la arboleda, ya no puedo ver las hélices eólicas pues los árboles me los ocultan. Previa al bosque hay una zona de agua embalsada, como un pequeño lago. No sé si será de agua dulce, como el canal que me acompaña, o estará comunicado por alguna esclusa con el mar. Aunque, si es para riego del campo supongo que será de agua dulce. Pasado el bosque, vuelvo a tener delante, bien nítido, los postes para la obtención de energía eólica. Puedo contar más de una treintena. Otra visión hacia el mar, me permite comprobar que ya no estoy lejos del último puerto marítimo holandés, aunque no puedo asegurar que no haya algún otro fluvial, más al interior, en el curso del Eems. El propio nombre del pueblo hacia el que voy, Eemshaven, quiero creer que significa puerto del Eems, que sería como nombrar un puerto fluvial concreto. El mar fangoso y cenagoso, ya está aproximándose, en su crecida, a la carretera más próxima al dique por el que ahora voy de nuevo. 

Un ferry, similar al que cogeré luego para ir a Borkum, surca el espacio dragado. Supongo que no estaré muy alejado del puerto. Las ovejas, muy listas ellas, ya no van a comer al lodo. No sólo porque no hay hierba, sino porque sería un peligro mortal para su subsistencia. ¿Quién las sacaría del cenagal? Pronto llego a un monumento de corte clásico, que no cumple función práctica, puramente ornamental.


Para lo único que sirve es para proporcionar sombra al ganado. Parece que les gusta a las ovejas, pues se arraciman alrededor y se tumban en su interior, sólo hay sitio para la privilegiada, la que ha llegado primera y ha ocupado su único espacio. Quizás hubiera sitio para dos bien avenidas, pero hoy no es ese el caso. El monumento es sencillo, pero me gusta. Parecen columnas griegas, con un gran capitel más burdo que el dórico, único para las tres. Gana en belleza con las ovejas.



Poco más adelante, mientras sigo todavía por encima del dique, veo a dos chavales en la orilla. Han dejado sus bicis. Llevan botas katiuskas y se arriesgan a meterse por el lodazal y están buscando animalillos propios de la ciénaga para diversión o, quizás, como cebo para pescar. Pero más que fotografiarles a ellos en su aventura, que a mí me parece peligrosa, pero que al verlos comprendo que no lo será tanto, me interesa la oveja que se rasca levantando la pata. No obstante, como muestra de los chavales, quedan en la foto las huellas de sus pisadas sobre el lodo. Vuelvo a bajar del dique a la carretera de interior y, un cuarto de hora después, me topo con una máquina tractor Beukema que está metiendo unos postes en el canal. Un artilugio adecuado pinza cada poste y lo introduce y presiona hasta la profundidad deseada. 
 
El control mecánico lo lleva el conductor de la máquina y, el físico y visual, un compañero metido en el agua que controla in situ. Parece que están construyendo una plataforma, tipo embarcadero o, quizás, dando el primer paso para algo que será un futuro puente. No sé por qué razón, quizás porque ya lo he visto antes, aunque en el lado contrario, me inclino por el embarcadero. Ya estoy de lleno metido entre los postes eólicos que había empezado a ver hace mucho rato en la distancia. Durante un buen rato caminaré cercano a ellos.


No sólo es zona de postes para la obtención de energía eléctrica sino que también en la zona, como ocurre en muchísimos puertos próximo a capitales españolas, es el lugar adecuado para poner depósitos de otros combustibles, gaseosos o líquidos.




Así voy viendo de lejos unos depósitos grises cilíndrico y con cúpula metálica que a los que, como todo en el camino de hoy, tardaré en llegar y abandonar. Estoy llegando a una zona industrial portuaria típica. Dentro de lo feo del lugar, que las ovejas comiendo hierba en el dique mejoran, me alegra la ilusión de que este camino repetitivo y aburridor de esta mañana pronto se acaba.


Llegando a Eemshaven.
Estoy deseando que se acaben los Países Bajos y pasar a Alemania. Con la deformación de los estudios de Geografía Económica, pensaba que sólo Holanda y Bélgica, al estar más bajos que el nivel del mar, habían construido diques y esclusas para proteger sus tierras. Cuando pase a Alemania, comprobaré que allí, al menos en el inicio, sigue existiendo el mismo tema. Si antes había calculado una treintena de postes eólicos, ahora compruebo que me había quedado corto. Creo que hay más de un centenar. Llego a la entrada vallada que separa al caminante de los depósitos. ¡Por fin he llegado a ellos!
 

Pero aún tardaré tiempo en llegar al puerto. Media hora después encuentro ramas y troncos finos, de madera, enlazados, sin saber qué finalidad pueden tener. Más tarde pensaré que son para enterrar en las ciénagas, como un medio de realizar, con madera de poco coste, pasos endebles pero suficientes, por encima de la marea. De momento, allí se quedan listos para ser utilizados cuando hagan falta.
 
Me gusta esta idea de sacar partido a algo que, de otra manera, no tendría mayor función que ser quemados en el fuego. Al fondo, sigo viendo zona industriosa, pero ya aparecen algunos barcos y ferris. Llego a una pequeña playa de arena amarilla que no consigue engañarme pues sé lo que va a continuación, fango y más fango. Aquí el dique sirve como solárium, igual que ya lo había comprobado con los hombres que vi antes tumbados al sol. Una chica en bikini se solaza sentada, mientras que su acompañante, se cubre con toalla. ¿Será que se ha bañado antes y ahora se seca? ¿O será una forma de ahorrarse el protector solar? No sería lógico esto último, pues para eso no se va a un solárium. A pesar de mis escasas perspectivas como para bañarme en esa playa, lo hubiera intentado si no me urgiera más comer. No en vano son las 15:20 horas y tengo hambre. La hora me permite comprobar que he cumplido el pronóstico de las cinco horas previstas y que había pronosticado llegar para las 15:30. No había sido mal cálculo, aunque se me haya hecho el trayecto más largo que un día sin pan.


Eemshaven.
Llego al puerto embarcadero y me acerco a sacar el billete. Quiero saber si puedo sacar billete de ida a Borkum con regreso a Emden y me dice el taquillero que sí. Llevaba un horario en el que había elegido las 16:45 para el tramo Eemshaven-Borkum y, en el reverso, para el de Borkum-Emden que, había previsto coger mañana sábado o el domingo el de las 10:30. Dependerá de si duermo o no en el albergue juvenil, jugenherberge, palabra alemana a la que tendré que ir acostumbrando, y de su situación en la isla. Eso es lo que le digo al de los billetes. Me dice que no hay problema, porque la vuelta a Alemania es abierta. Puedo coger el horario que quiera para ir a Emden. A pesar de lo que me dice, el billete que me hace es Eemshaven-Borkum-Eemshaven. Le señalo el último nombre y me dice que no importa, que me servirá para llegar a Emden. El que no lo pongan que, me supongo, es la traba informática para que me pueda hacer el precio de ida y vuelta (puerto-isla-puerto) no me deja tranquilo o, no tan tranquilo como me hubiese gustado. El billete, con los impuestos, cuesta 32,80€ y lo puedo pagar con Visa. El disgusto me lo llevo cuando, por pagar con tarjeta, se me incrementa a 34,30€, un incremento de euro y medio. Me enfado, pero el coste añadido se compensa con el 4% que me hubiera cobrado el banco por sacar dinero del cajero. Me sigue cabreando, pero no quiero hacerme mala sangre.

Fährhaus Eemshaven.
Voy a comer y me acerco a la barra del establecimiento de comida rápida del mismo embarcadero. Una comida bastante mala. Es como si ya estuviera en Alemania. Por una sopa una ensalada de patata, kartoffelsalat, para que me vaya familiarizando con el idioma de las próximas jornadas, y una cerveza Hönig Pils, me cuesta 8,30€ y no puedo pagar con tarjeta. Luego lo completaré con un postre, una tarta pésima, y otra cerveza, esta vez Jever (Pueblo por el que pasaré dentro de unos días) y pago 5,20€. Como esta noche no he descansado bien, ¿el cerdo, la teína de jazmín?, estoy que me duermo.

Ferry a Borkum.
A las cuatro y media, subo al barco. En la entrada, una chica corta manualmente los billetes y se queda con la primera parte.
 
Busco acomodo en asiento con mesa para mí solo y escribo en el diario. El ferry arranca puntual. No consumo nada. Otra cerveza sería demasiado y estoy que me duermo. A las 17:20 horas, nos cruzamos con otro ferry pero, con la marea alta, aquí no hay problema de arenas negras ni de dragados. Dejo de escribir. Estoy desganado. He sacado una foto del gran salón, en el que hay tranquilidad mientras escribo. En el camino, saliendo del área telemática de Holanda, mi compañía del móvil, Lebara, me indica que ya estoy en



A L E M A N I A





Es buen momento para recontar mi plan de este blog. El ejercicio me está produciendo una gran satisfacción. Una de las razones es que, este viaje de final de la primavera de 2015, lo estoy narrando cuatro años después de producido, en la primavera de 2019, y me está sirviendo para recordar aquel viaje que casi tenía olvidado, salvo muchos momentos gratos imposible de olvidar. Pero, por otro lado, sé que es un blog que no lo lee casi nadie, y no pongo nadie porque alguien, accidentalmente lo abrirá. Todavía no sé de nadie que le haya dedicado una hora. Y lo comprendo. Es un diario que me sirve para recuperar la memoria, para casar lo que escribo en el diario, con cierto desorden, y ajustar al orden al que me remiten las fotografías, pero es un diario en que trato de contarlo todo, o casi todo; lo rutinario, con poco interés, junto con lo más interesante. Creo que puede aburrir a María Santísima.

Por otro lado, en Cerdeña, en verano de 2016, después de haber fotografiado desde Cagliari, parte del Sur, todo el Oeste y casi todo el norte (incluidas las islas de l’Asinara, La Magdalena y Caprera), a punto de comenzar a recorrer el Este, durmiendo al aire libre en un puerto muy exclusivo, me robaron unas sandalias casi destrozadas y la tarjeta fotográfica que sacaron de la cámara y ni me enteré. La cámara la mantengo aunque, desde entonces, ya no la llevo en mis viajes por las costas europeas. Esto me ha llevado a tomar la decisión de narrar de otra forma a partir de este viaje de 2015.

Mi plan es seguir narrando en este blog hasta Skagen, en el extremo más norte de Dinamarca. En ese extremo finalizará este blog. Escribiéndolo de otra forma y no sé en qué medio, quiero escribir sobre las dos grandes islas más próximas a España del Mediterráneo: Córcega y Cerdeña. Córcega, isla francesa, fue mi recorrido peor y más problemático, hizo bueno mi mal camino a Santiago, por ser el primero y por inexperiencia, cometí muchos errores de equipaje. No será un diario de viajes. En vez de contarlo todo, contaré lo más significativo a mi modo de entender, lo bueno y lo malo, sin por ello perder de vista el viaje en conjunto que hice allí. Podré acompañar la narración con imágenes seleccionadas. Falta de ilustraciones, mi contada de Cerdeña será, necesariamente diferente, una isla en que me sentí muy querido.

En verano de 2018 recorrí las islas griegas del Dodecaneso y cinco de las del Norte del Egeo. Llegué hasta Lesvos. Para verano de 2019, tengo previsto completar con vuelo a Lemnos, las islas próximas de Agios Estratios y Samotraki, pasando al continente por Alexandrópolis, tras visitar Thasos, seguir caminando hasta la frontera con Albania. Este plan me ha propiciado la idea de contar mi viaje con el título de Báltico y Egeo. Del Báltico sólo tengo fotos desde Skagen, al Norte de Dinamarca, hasta el primer pueblo de la costa polaca, Swinoujscie, que los alemanes llaman Swinemünde. El resto lo contaré sin imágenes. Seleccionaré lo que considero más significativo de dichos viajes.



Como veis los proyectos son ambiciosos y creo que, a mis 74 años, voy a vivir toda la vida. Seguro que así será. De momento, estos planes me ayudan a vivir.

Hecho el anterior inciso, retomemos el viaje. El ferry ya está llegando a Borkum. Me asomo a cubierta y veo el tinglado que está preparado para nuestra llegada, para que salgamos del barco tanto peatones como vehículos. Saco una foto del mismo. Parece que lo tienen bien montado.


B o r k u m







Borkum.
La ciudad tiene el mismo nombre que la isla, y mirando el mapa, está situada al Oeste de la misma, siguiendo el mismo esquema o similar, al de las Frisias holandesas por las que he ido pasando, la zona más hacia el Este está prácticamente deshabitada, siendo en su mayor parte arenales, playas, dunas y marisma. Ya estoy en Alemania. Lebara Vodafone NL, me ha cambiado a Lebara Vodafone De. Después de bajar del ferry, está esperando un tren gratuito que lleva a los pasajeros al centro de la ciudad.


El encargado del tren me informa de que la oficina de Turismo ya está cerrada. Como va pasando el día, pues ya son las seis de tarde cuando voy en el tren, hora en que saco la fotografía, con un pasajero que me ha dado algo de cancha, me ha parecido oportuno cogerlo, pues forma parte del recorrido por haber puesto el puerto tan alejado de la población. El tren termina su recorrido cuando llegamos a la playa del Noroeste. Este hombre de la camiseta a rayas y su mujer, se asombran de mi viaje. Él muy expresivo, ella distante. Llegamos. Me acerco a Información. No veo horario. Por fin veo que han cerrado a las cinco. He llegado más de una hora más tarde. Rodeo el edificio de turismo y encuentro a un grupo de ocho o diez chicas. Están preparando una merendola. Una enciende y se encarga de mantener el fuego de la barbacoa. Otra de las chicas se enrolla bien con el caminante. Me dice que Hostelling está en el lugar donde he desembarcado. Me consigue un mapa. Compruebo que el albergue está en zona de no playa o, cuando menos, en playa de limos del mar interior. Aunque la chica me dice que el albergue y el sitio merecen la pena ser visitados, yo me inclino más por ir hacia el Norte. He tenido suerte de coincidir en el grupo de chicas con esta empleada de la oficina de Información que, atendiéndome a mí está metiendo horas extras no pagadas. Me voy agradecido y deseándoles feliz cuchipanda. Luego comprobaré que el mapa me va a servir de poco pues, sin él, habría hecho lo mismo en mi estancia en Borkum. Saco una foto del tren en la parada del centro de la ciudad. Será el mismo lugar en que lo cogeré mañana o pasado, según se tercie. Lo que no me doy cuenta de que hay un reloj que indica los siguientes ferris, diferenciándolos si el viajero quiere ir a Eemshaven o a Emden.
 
En realidad da lo mismo, porque llevan al mismo puerto. Luego de estar allí, cada viajero puede coger el ferry que le interese. Como ya sé dónde está el albergue, todavía no me he familiarizado con la palabra jugenherberge, además no pienso retroceder, sin saber si hay sitio para mí esta noche, y he llegado casi decidido a dormir en la playa, haga el tiempo que haga pues, desde que llegué a Ámsterdam aún no he dormido ni una sola noche bajo las estrellas, me encamino hacia el faro que, supongo, me llevará a la playa.

 

El Faro de Borkum.
Nunca había visto un faro tan dentro de la ciudad. Está en una plaza. Cuando llego, son casi las seis y media, y me quedo extasiado mirando un faro tan alto. Es de ladrillo rojizo, y me tengo que alejar para fotografiarlo del lado que da a Poniente, pues es por donde lo ilumina el sol y está más bonito. La primera foto lo había sacado demasiado en sombra. Da la impresión de que es un faro activo, vamos, que por la noche iluminará para ser un buen guía de navegantes.

Paseo marítimo y playa.
Antes de bajar a la playa, camino por el paseo marítimo, que es ancho y hermoso. Tiene buenos accesos a la playa y, en el propio paseo, largos asientos que parecen de solárium.


De hecho, algunas mujeres están tumbadas en ellos aunque, las más, bien tapaditas. Sólo una ofrece brazos y piernas al sol, mientras el resto del cuerpo lo mantiene a cubierto. El sol de atardecer todavía calienta, pero no hemos llegado aún al verano y se nota algo de fresquito.


Desciendo por la gran escalinata pero no bajo hasta la playa, sino que me quedo en otro paseo intermedio que, más que paseo, es parada intermedia para distribuir al personal por las distintas zonas que ofrece. La marea parece que está alta y, probablemente, aún subirá algo más. Un edificio cilíndrico sobre la plataforma, culmina con un techado en cúpula que, si habláramos en estadística de la campana de Gauss, diríamos que forma una curva platicúrtica. Quizá más platicúrtica vista desde el paseo superior. Culmina con una veleta que, sobre una esfera etérea, parece representar una figura pisciforme. La mayoría de los bancos están ocupados con personas que miran al sol, que es gratis, como si quisieran sorber en sus caras toda la energía solar. Nadie se baña. Algunos paseantes de orilla. Cabinas cerradas y hamacas recogidas es la consecuencia de que el verano aún no ha llegado, aunque toda la parafernalia está preparada para cuando el acontecimiento ocurra. La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido, pero todavía no llegó el verano. Mirando la línea de llegada del mar a la playa, se puede ver un pequeño entrante de mar hacia el Norte y un brazo de arena que forma como un bajo dique protector. Cuando baje a la playa, no me propondré ir tan lejos. Bajo a la playa y empiezo a caminar descalzo hacia el Norte. Voy por la orilla. La constante en las tres islas Frisias visitadas este año, son las medusas muertas en la arena, un indicador de que habrá más, y vivas, en el mar. La orilla ha empezado próxima al paseo marítimo, pero a medida que avanzo, se va a alejando. Llego a la pequeña bahía que he visto al bajar la escalinata superior. La barra que había visto antes, pudiera ser arena que aflora cuando la marea está baja. Quizás sea más estable de lo que pienso y se mantenga con todas las mareas. Saliendo de la zona de población, compruebo que el alejamiento de las dunas se va ampliando peligrosamente.
 
Por lo que dejo de pisar el agua, dejo de sortear medusas pequeñas, más o menos muertas, y camino hacia las dunas por arena húmeda y dura sobre la que se va acumulando arena fina seca acumulada por el viento que, me parece, sopla con menos intensidad que en las Frisias holandesas dejas atrás hace unos días. Desde la orilla, veo un enorme edificio que tiene la apariencia de sur un gran hotel, en tonos grises y ocres. Al lado, un edificio que, de lejos, parece circular, está siendo construido o reconstruido, permaneciendo aún protegido por una malla para ocultarlo de los mirones. Sin embargo la zona superior, en forma cónica, pareciera que estuviera terminada.
 

Sigo caminando y llego a una construcción que ofrece un cubo en blanco rodeado por vallas blancas protectoras y que ficho porque, si no encuentro nada mejor en mi camino, será el lugar elegido para dormir esta noche. Visto de cerca, pienso que puede ser lugar adecuado. Confío en que no llueva esta noche.

Llevo ya media hora caminando por la playa, cuando llego a un camino peatonal y para ciclistas hecho de adoquines muy firmes al inicio y que después será de asfalto. He retrocedido un poco para salir de la playa.
















Por variar la forma de pisar, me animo a seguir un rato por él. Pronto encontraré dos conejillos que harán de conejillos de indias, entreteniéndome algunos minutos, hasta que me ven y desaparecen dando sus saltitos característicos.

Ruta nº 2: 
Seeblick-Seeblick Strand.
Son las 19:30 horas, cuando llego al Seeblick Strand, el café de la playa, que coincide con el lugar en que se acaba mi mapa agrandado. En el ángulo superior derecho, en pequeño, miro el plano completo de la isla para hacer un cálculo de dónde estoy, viéndolo en el conjunto.


Tal como veo en el mapa, toda esta zona ya es FKK, es decir, zona nudista. En rojo leo: Badstrand und Strandsauna. Para volver a la playa, me meto por un camino que luego me parece privado, pues lleva hacia una casa. Retrocedo a un cruce, cuando llega un hombre en bicicleta. Me había metido por sendero para caballos. “¡Todavía no soy tan animal!”, me digo al salir, y el ciclista me saluda y dice adiós. Me meto por otro camino que me hace avanzar por la ruta nº 2. 

Es un buen camino, pero me lleva hacia población, viendo al fondo el faro que me da la referencia. No me interesa seguir hacia allí, pues me alejaría de la playa en la que quiero dormir. Hoy va a ser el día que más conejos veo de toda mi vida.

 

Llego a un pabellón de madera donde explica los senderos y rutas que puedo seguir y donde se ofrece otro mapa, parcial, de la isla. Está específicamente diseñado para orientar a los ciclistas en los caminos por toda la isla y, en especial, por la zona donde hay más dunas. Un gran manchón rojo oscuro, indica dónde estoy. El pabellón ofrece asiento y refugio para caso de lluvia o viento excesivo. También una papelera para los desperdicios. 
 
Allí se habla de una vieja duna, olde dünen, pero no la localizo. ¿La ponen alta para no tentar a los conejos? Llego de nuevo a camino de adoquines en la foresta. Los árboles ofrecen, en la distancia, como un bonito túnel vegetal. Allí encuentro a un joven descalzo y sonriente. Nos saludamos. Estoy llegando a una casa, cuando veo un panóptico que, intuyo, puede ser la torre de control del aeropuerto, que veo situado en mi mapa menor del ángulo de derecho.
 

Este dato, también sirve para situarme. Como no siento deseos de volar, retrocedo hacia la playa. Como he andado casi una hora, vuelvo por el mismo sitio. De regreso fotografío cuatro paneles indicadores de las características de las dunas, y de la flora y la fauna del lugar.

 
Ya estoy en el Seeblick Strand sin ningún contratiempo. Bajo a la playa y camino hacia el cubo blanco que antes he fotografiado. Tal como va el día, veo claro que hoy me quedo sin baño.

Anochecer en la playa de Borkum.
En la playa hay indicadores con letreros blancos que, como están en blanco, no sé para qué los pusieron, ni lo quieren indicar.
 

En la parte alta de la luna, se ve una gran construcción, lo que me hace pensar que estoy menos alejado del centro de lo que pensaba. Algunos paseantes se dirigen hacia allí. Antes de llegar a donde quiero, me paro a observar el comportamiento del viento y la arena, en un pequeño lugar que contiene hamacas recogidas que, si las sacara de allí, podrían servirme de parapeto o paravientos pero no tengo suficiente sitio entre los palets que han colocado a uno y otro lado.
 
Pienso que si salgo al exterior ya no tiene sentido el lugar. El viento entraría por todos los lados y amanecería mañana rebozado como una croqueta. Pone y leo: GropengieBer 9 y del techo cuelga una bolsa en la que leo Gerry Weber. Hago mi interpretación: Los huevos de Gerry, ¿estará dentro Tom?, me pregunto. Tras haber hecho mi gracia, abandono el lugar. Me dirijo al lugar antes elegido. Se trata de un carromato que soporta un contenedor y está preparado para ser arrastrado por algún tractor potente. Tiene escalera de acceso y trabajo para mejorar las condiciones que faciliten mi dormida. Sobre todo, lo que trato es de protegerme mejor del viento. Descuelgo un tejido de rafia que colgaba de la plataforma, con el fin de que llegue lo máximo hasta el suelo, de tal forma que cubro con arena para que la tela no se separe del fondo y así evitar que el viento circule. También traslado otro trozo de la entrada, el que hace de puerta de acceso al recinto, para ampliar mi área de protección. Entierro el tabloncillo en el suelo, con la misma finalidad. Lo he enganchado de un gancho que sobresale del contenedor, pero no logro que me proteja del aire. En vez de hacer mi cama en la parte más baja, donde pensaba que iba a estar más a cubierto del viento, acabo haciendo mi cama un poco más arriba. Es el propio contenedor el que me va a quitar el aire durante la noche. Duermo bien y no paso frío. Recuerdo dos noches mucho más frías, la de la playa de Laga, en Vizcaya, y la de Bidart, al sur de Francia. Sobre todo en la de Laga; aquello sí que fue pasar frío. Hoy pienso en noche placentera. Sin cenar y malcomido, a las nueve ya estoy metido en la cama. A través de la rafia veo al sol esconderse entre nubes. Lo único que pido a la naturaleza es que no llueva. No llego a ver la puesta del sol, ya que antes de llegar éste a la línea del horizonte, se ha escondido tras las nubes. Tampoco aquí se producen los truenos anunciados por Gilda. A las 11:30 horas, me levanto a orinar y aguantaré hasta las 05:10 para hacerlo por segunda y última vez en la noche. Observo el cielo nublado, pero no amenazante.

Balance de día de Holanda a Alemania.
Después del buen recuerdo con que acabé mi viaje de 2013 en las islas Frisias holandesas: Texel, Vlieland y Terschelling, con calorcito y ricos baños, éste, con frío y viento me ha defraudado tanto que es muy probable que no pise ninguna isla más de las Frisias alemanas hasta que me convenga. El mayor inconveniente va a ser que me voy a perder lo más interesante de la costa alemana, que está precisamente en las Frisias. ¡Qué le vamos a hacer! Si estuvieran conectadas entre sí por el exterior, sería otro cantar. Pero no es el caso. Es necesario hacer viajes en ferry de ida y vuelta. Una pérdida de tiempo, un gasto más y, una pérdida de ritmo para el caminante. Resultado, me va a quedar un viaje muy feo casi hasta llegar a Dinamarca. Con este estado de ánimo, hago balance del día, donde lo más interesante ha estado en el arranque, con el desayuno en casa de Gilda.

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