Etapa 05 (446) Paesens-Dorp


Etapa 05 (446), 10 de junio de 2015, miércoles.
Paesens-Lauwersoog-(ferry)-SCHIERMONNIKOOG-Dorp-Reddingsweg-Vredenhof (cementerio)-Kobbeduinen (playa y dunas)-Dorp.
 
Amanecer en Paesens.
Tras la segunda orinada de las cinco, ya no me quiero dormir. A las 5:45 horas, bajo al baño, cago y sigo con el sudoku. Me afeito. Retiro el pantalón de la terraza que, como estaba previsto, no se ha secado. Desde la terraza veo la luna, ya muy menguada. Es el primer día que veo una estrella en el firmamento. 
 
Subo, hago la mochila, saco foto de la escalera en la parte alta del chaflán, donde pego con la mochila. Bajo todo al salón, para no tener que volver a subir la maldita escalera. Escribo el diario y continúo el escrito a Marja. El desayuno es muy completo y todo me sabe rico. Marja me agradece el escrito. Nos despedimos con los tres besos de rigor. Marja me da explicaciones que no entiendo, algo que se refiere a unas casas blancas en el dique. Salgo de casa a las 7:20 horas. El día está nuboso, pero bien para andar.

Por el dique hacia Lauwersoog.
Me voy acercando al dique que, cuando llego, compruebo que me va quitando el viento. Al principio, antes de llegar al dique, veo a una yegua con su potrillo. Se ve que el hijo ha salido al padre. Al menos a la madre no se parece en el color. Ambos me miran con curiosidad. No están habituados a ver paseantes por aquí, y menos a hora tan tempranera. En la primera parte del dique no veo ninguna oveja, pero luego empiezan a aparecer. Aquí las ovejas ya están esquiladas.




El camino, que ha comenzado de asfalto, pasa a ser adoquinado, aunque la hierba logra camuflarlo en muchas ocasiones. No por ello, dejo de ver los rectángulos de los adoquines. La única zona en que se ven mejor es aquella coincidente con las ruedas de coches y tractores de labranza de las granjas de las inmediaciones, las que están al otro lado del cauce de agua.


No hay apenas variación sobre los diques vistos hasta ahora. Hasta las ovejas se parecen. En un momento dado, tengo dudas por dónde ir y aparece un oportuno ciclista y me recomienda que suba al dique.










Menos mal pues, si no lo llego a hacer, me habría perdido el dique exterior. Empiezo a ver coches por carretera alejada. Después de una hora caminando, llego a la confluencia de la carretera que va al embarcadero, con el camino del dique por el que voy yo. También empiezo a ver el mar más interior, el Lauwermeer.
 

Luego llegaré a las compuertas que permiten la comunicación de los dos mares interiores. Hacia el otro lado, el mar ofrece al fondo, muy alejada todavía, la isla de Schiermonnikoog y, como ya es habitual, el limo propio de la marea baja. ¿Habrá retraso por dragado en la llegada del ferry? El mar de Lauwermeer, nos ofrece, también lejanas, las costas de la siguiente provincia, la de Groningen, por las que no pasaré hasta mañana por la tarde. 
 
De hecho, Lauwersoog ya es embarcadero correspondiente a dicha provincia. Es lo que yo deduzco de la discontinua raya en rojo que aparece en mi mapa. Calculo que aún me faltará otra media hora para llegar al embarcadero. Un rato por arriba del dique y bajo de nuevo.



Encuentro en el dique un tractor que, en esta zona donde no hay ovejas, hace la tarea de ellas, segar la hierba. Supongo que la dejarán cortada hasta que se seque y la almacenarán en fardos para alimentar al ganado el próximo invierno. El conductor del tractor me saluda al pasar.





Antes de llegar a las compuertas, el Lauwersmeer me presenta una islita, rodeada de una especie de dique bajo, que me recuerda a los corralitos de Cádiz donde, al bajar la marea, quedaban atrapados los peces menos diligentes. Me pareció una forma traicionera de pescarlos. Aquí no sé si ocurrirá lo mismo. ¿Herencia de los españoles en los tiempos en que estuvieron aquí? Ya a lo lejos se ven las esclusas. ¿Se referiría Marja a ellas cuando yo interpretaba algo de unas casas?
 
Es así como llego a ellas. Leo sluizen y lo traduzco por esclusa. Las fotografío desde los dos lados, el de la carretera y el del mar costero. No veo nada claro cómo se comunica con el Lauwersmeer, pero debo suponer que hay alguna comunicación por abajo.



Supongo también que del movimiento entre los dos mares, obtendrán la energía consiguiente. Este último dique ya me va acercando a la zona portuaria.

Embarcadero de Lauwersoog.
Para antes de las nueve ya estoy sacando los billetes para el ferry. Me informan de que no hay conexión por mar con Borkum, que es la siguiente isla y está ya en territorio alemán. Por lo que saco billete de ida a Schiermonnikoog y vuelta a este mismo puerto. No me va a quedar otro remedio que patear parte de la costa de Groningen, para llegar a Alemania. Pago 15€ y partiremos puntuales.


En el portón controla un empleado de Wagenborg a los que han bajado del ferry con el montón de chavalería que viene en él.









Como el Rottum ya está en el puerto, no tendré que esperar tanto tiempo como en el embarcadero de Ámeland. Es así como subo al barco una vez presentado el billete que me acredita como pasajero del mismo. 
 
Asciendo las escaleras y busco asiento en cubierta, con otros pasajeros y un montón de niños que todavía no están de vacaciones pero ir a la isla entra dentro del programa de actividades escolares. Cuando yo subo y me acomodo, todavía no hay muchos niños. Después vendrán muchos más.

Ferry a Schiermonnikoog.
Una vez arriba, en cubierta, comienzo a hablar con una mujer, pero me atrae más el grupo de maestros y alumnos.



Son jóvenes y todavía no les dan opción a elegir idioma extranjero. Algunos muestran interés en conocer de qué va mi viaje. Al chaval que más preguntas me hace, le puedo responder poco, pues no le entiendo lo que me pregunta.












Habla demasiado rápido. Entre las preguntas que me hacen: si llevo comida, dónde duermo, desde dónde vengo, hasta dónde voy, cuánto tiempo caminaré…

El ferry sale puntual a las 9:30 horas. Recién arrancado, a medida que nos alejamos del puerto de embarque, y según se va formando la estela de espuma en el mar, saco foto de despedida. 
 
Según vamos llegando a la bocana, padres, abuelos y otros familiares, que esperan en el dique de bocana, levantan sus manos saludadoras y se despiden, agitándolas, de sus pequeños, con el deseo de que pasen bonitos días de vacación en la isla y felices porque se liberan de ellos por el mismo tiempo.

 

Es período de vacaciones para los peques y también para los adultos. Todos contentos y felices. Pasado el dique de la bocana, las manos continúan agitándose pero cada vez son menos las saludadoras. Última foto del continente holandés y se empiezan a agrupar algunas gaviotas que, durante gran parte del trayecto, irán volando al par que nuestra nave.

Todavía no entiendo la motivo, ya que nadie les ha dado vela en este entierro. Pronto comprenderé la razón.







Son golosas y, aunque les gusta pescar y comer peces vivos, tampoco hacen ascos a las palomitas, gusanitos y demás comida basura que les ofrecen los niños del barco.

Más de uno se va a llevar un buen susto pues, aunque algunas son muy habilidosas en el momento de coger el alimento de las manos de sus oferentes, otras se muestran más zafias y quieren comer la bolsa entera. Otros tiran la comida al aire y hay gaviotas que la cogen al vuelo. Algunos niños, sin cebo alguno, pretenden tocarlas, pasarles las manos por cabeza, cuello y torso, pero no lo van a conseguir. Son muy esquivas. Me vienen recuerdos de Los Pájaros de Hitchkok. Aquellas estaban muy mal imitadas, parecían demasiado artificiales para hacérnoslas creíbles, pero éstas también me parecen de mentira, aun teniendo la certeza de que son reales.

Hoy parece que la marea está más alta, al menos, no se ven las arenas negras y los limos a ras de la superficie marina. Antes de llegar, unas niñas se acercan y me preguntan dónde duermo, y les digo que en el stayokay. Pero en esta isla no lo hay, así que veremos dónde me apalanco.



Es una pena que no haga más temperatura y que el cielo continúe nublado. ¿Cuándo podré dormir en la playa? Pregunto a las niñas dónde se van a hospedar ellas, y me responden que no saben. Pregunto a una maestra y me dicen que ellas no son de su grupo. No importa, le digo, explícales qué es un stayokay, ya que las niñas no entendían la palabra. Ella se lo dice. Me hacen foto con algunos del grupo. Mi mochila está bajo el asiento de la izquierda. Todavía acompañados de gaviotas, vamos llegando al puerto de desembarco. La travesía ha sido menos accidentada que la de ayer.


S c h i e r m o n n i k o o g






Ya estamos atracando antes de las 10:30 horas. Todavía en el ferry, saco foto de una dragadora, que tiene que seguir trabajando si quieren que los ferris sigan funcionando.



Sin bajar del barco, fotografío los postes que sirven de guía a los navíos y también indican la profundidad de los fondos, por medio de las marcas indicadoras de la altura de la marea. Cuando bajo del ferry, ya están abriendo los portamaletas rojos, los han abierto y cada cual coge su equipaje. Yo no tengo necesidad de buscarlo pues, mis mochilas, han ido en todo momento junto a mí, acompañándome, como fieles gaviotas mensajeras.



La ciudad hacia el Oeste de la isla.
Por el dique, que permite eludir limos, arenas negras y barros, llego desde el puerto de desembarco, hasta la zona más firme de la isla. Tanto los coches, como los autobuses, y lo mismo que los peatones como yo, debemos hacer la misma operación. Será un recorrido de ida y vuelta pues, mañana, deberé coger el ferry de regreso en el mismo lugar.


Para llegar a la ciudad principal y única de esta isla, no hay que hacer otra cosa que seguir el carril bici. Carril por el que no pasan más que ciclistas, peatones, y algunos tractores de labranza. Coches y autobuses disponen de otra carretera. Pasan por mi lado, un adulto y un niño montados en un tándem. El adulto va delante y el niño detrás. Después lo hacen otros dos con el niño delante y el adulto detrás.
 
De esta forma el adulto, generalmente más alto, no interfiere en la visual delantera al niño y ambos disfrutan mejor del paisaje y del placer con esfuerzo de pedalear. Entre las rocas que separan el carril de los limos, veo una planta silvestre con flores blancas. Nunca he visto una coliflor florida pero, en este caso, la estructura carnosa de la planta, me hace pensar en que ésta es la primera ocasión. Algún experto en botánica quizás me lleve la contraria.

 

¿Qué pasa cuando a un ciclista se le pincha una rueda y no dispone de útiles para arreglar el pinchazo? No parece que éste sea el caso de los holandeses. Son tan aficionados a este medio de transporte, que es raro que no vayan bien predispuestos a estas anomalías y con los útiles necesarios para las reparaciones oportunas que surjan en el camino. Y, si no, siempre habrá algún otro ciclista solidario que le ayudará. Así encuentro a dos parejas de añosos que están en ello.
 
Al otro lado de la pista, el dique se encuentra segado, aunque no veo lenguas prensiles de oveja que se estén encargando de realizar la labor. Tampoco por aquí veo las consiguientes cagadas identificativas. Por la forma en que está cortada la hierba, me hace suponer que en esta isla utilizan medios mecánicos para su cortado. Siguiendo un poco más adelante, en lugar similar a donde he visto la coliflor florida, encuentro un pato muerto, que alguien ha tenido la delicadeza de posarlo sobre una roca. No he visto cazadores en los días que llevo viajando por Holanda y no parece que este pato haya muerto de un tiro, ni de un susto. ¿Sería el pato guía?

Si este fuera el caso, la bandada estaría desorientada y perdida. No sé qué raza de pato es, pero sí sé que no es un azulón y, mucho menos, una hembra de esa especie. Siguiendo el mar de mierda y en playa que no lo es, al menos no me parece apetecible a mí, veo postes con leyendas sobre acontecimientos relacionados con las últimas guerras mundiales. Se ve que es trabajo hecho por adultos y niños. Una gran foto con un navío de guerra y una locomotora, completan la exposición de textos y dibujos. No sé holandés y no puedo enterarme de los textos que contiene pero, por la tarde, veré otra manifestación similar junto al cementerio de Vredenhof, que es uno de los objetivos de esta mi visita a esta isla. 
Dorp a la vista.
Al igual que en Vlieland, éste es el nombre que dan a la capital de la isla. Cuando veo las primeras casas, aún no he llegado a Dorp. Bajo el dique, también han segado la hierba y en la llanada, se aprecian ya campos rotulados para la siembra, aunque no puedo adivinar qué es lo que sembrarán aquí.
 

Siguiendo el dique, llego donde la máquina segadora y el encargado de cortar la hierba. Ahora está entretenido en extenderla para que se vaya secando al sol, antes de convertirla en fardos para alimentar al ganado en invierno. La segadora cumple la doble función. Si antes a rasurado la hierba del dique, ahora dispone del mecanismo que la voltea y descubre al sol las partes de hierba húmeda.

Yo no necesito continuar, así que no tengo por qué pisar la hierba en proceso de secado, pues el carril bici se escora hacia la derecha y me va llevando a la capital.

V.v.v. Buscando albergue.
Lo primero que hago es buscar la oficina de información. Llego y pido plano de la isla. Me quieren cobrar por él dos euros, y me resisto. Digo que me lo den gratis y me responden que nanainas. Me dedico a buscar otros más pequeños y encuentro un cuadernillo del Nationalpark en alemán, con un mapa al final, que para lo que quiero me va a ser suficiente. El recorrido que voy a hacer va a ser el de la parte más occidental de la isla y, aunque al extremo Este aparece Willemsduin, lo accidentado de la costa me llevará a ni siquiera acercarme. Pero este cuadernillo tampoco me va a salir gratis, pues debo pagar por él 50 céntimos. Me enrollo con la otra chica de información, quien me ofrece una lista de direcciones de pensiones con cuatro recomendadas. Comienzo por la primera, que es la más cercana, y que ofrece 1x1 e interpreto que es cama individual y que supongo que será más barata que la opción de 2x2. Siguiendo la calle que está hacia el Norte, me oriento bastante bien, leyendo los nombres diminutos de las calles que aparecen en mi plano. Llego a Noordestreek, 8. Llamo y no me responden. Rodeo la casa y veo a Mr. Anderson subido en una escalera. Está haciendo reparaciones en el borde de su tejado. Baja de la escalera, llama a la puerta, pero tampoco le abre su mujer. Entra por otra puerta y, sin que yo pueda ver a su señora, vuelve el hombre para decirme que está todo completo. Como le he pedido albergue por una noche, ahora le digo que por dos noches, y su respuesta es la misma. En vista del éxito, me decido por la opción número 3 que está en Reddingsweg 4 y cuyo nombre me suena a la cárcel de Redding del poeta y escritor inglés Oscar Wilde. Ese segundo domicilio está cerca del primero, pero hago una incorrecta interpretación del lugar en el plano y, poco a poco, me voy alejando más de la casa. El alejamiento me ha supuesto salir del pueblo, hacia la zona de granjas. Para lo único que me sirve es para saber que por allí se coge la dirección hacia el cementerio que tengo mucho interés en visitar. Aunque, en ese momento, no me doy cuenta de ello. Por la carretera circulan muchas bicicletas con adultos y niños. Me estoy acercando a un bosque. Cuando llego a la granja, veo a un hombre hablando por móvil. La granja tiene el número 33 o 34 y, cuando termina de hablar, el hombre me dice que retroceda hasta llegar a las primeras casas del pueblo y que allí encontraré el número 4, el que busco. Al volver, afianzo el camino que luego me llevará al cementerio, pero no veo el cartel que lo anuncia. Cuando llego al número que busco, me doy cuenta de que antes ya he pasado por el lugar, sin ver ni el número ni el nombre de la calle. Por la tarde lo veré, escrito en letra muy pequeñita.

Reddinsweg, 4. Bed pero no Breakfast.
Una cartera está haciendo su trabajo de reparto de correo y le pregunto por el nº 4. Me acompaña, pues no está la entrada en la propia calle. Llego a la puerta, pero nadie responde al timbre. Leo un papel en la puerta que no logro descifrar. Vuelvo a ver a la cartera, que ha rodeado la manzana y me saluda. Se muestra muy amable y me ayuda a descifrar el mensaje. Informa de que no se deje la puerta abierta para que no entren en la casa los gatos. Toco el timbre de nuevo y, en esta ocasión, sí sale Mrs. Kleinenberg. Me dice que sólo por una noche, puesto que mañana lo tiene completo, y me pide 25€. Se lo pago en efectivo. No sé lo que haré mañana. Doy por hecho que, puesto que es un B&B, incluye el desayuno. Subo escalera empinada, pero no tan difícil como la primera y la última. Es corta y pongo cuidado para no darme con la cabeza al llegar a lo alto. Es más confortable que cualquiera de las anteriores, ya que el baño está arriba, en la misma planta del dormitorio y, además, el edredón es mucho más suave. Hay útiles para hacerse uno mismo el desayuno, y sólo falta que le suban la bollería. ¡Se verá! Uso el retrete, cuelgo el pantalón gris para que se seque y pregunto a la señora por dónde ir al cementerio de Vredenhof, que Maite González Esnal lo traduce, en su libro ya mencionado, como “Jardín de Paz”. Ella me dice que siga el camino por el que ya he ido antes.

Vredenhof: Jardín de Paz.
Antes de llegar a la zona de las casas de labranza, pregunto a una pareja que descansa en la hierba, aunque han dejado las bicis tiesas. Mirando su mapa de 2€, que ellos sí han comprado, me dicen por dónde debo ir. Les doy las gracias. Paso la primera farme y pronto, a la izquierda, aparece un camino de cascajo, mullido, aunque algo incómodo para ir con sandalias, ya que las astillas de la corteza arbórea, se me meten por los entresijos.


El camino me va acercando al bosque y antes de entrar en el cementerio, veo unos carteles y fotos, similares a los que he visto en el tramo entre el embarcadero y Dorp, que hablan e ilustran sobre la Guerra Mundial. Soldados uniformados y con casco, en blanco y negro, entran en fila india en el cementerio que voy a visitar.


Se dirigen a la capillita que está en la parte central donde, al otro lado, veré más tumbas de soldados fallecidos.









En uno de los pivotes que soportan las dos puertas bajas de acceso, se lee 1914-1918, así que estamos hablando de la Primera Guerra Mundial.


Pero en el otro pivote leo 1939-1945, así que también hay enterramientos de la Segunda. En estas dos fotos ya se pueden ver las primeras lápidas sin cruces. Una cruz central sirve para todas. Como no quiero poner énfasis y seleccionar un nombre entre tantos, fotografío la tumba de un soldado desconocido, muerto por Francia, el 2 de agosto de 1940.

Las tumbas están enmarcadas con piedra sencilla y baja y en la superficie unas piedrecillas, como cantos rodados, que contrastan con otros enterramientos más suntuosos.














Aquí oficiales y soldados rasos tienen el mismo rango de hombres muertos. Al fin, la muerte iguala las diferencias que establecemos en la vida. También: “… la muerte igualando creencias…”, leo. Pasada la capilla, llego al otro lado, donde preside otra cruz más alta. 
 
En un banco habla una pareja, mientras sus cuerpos descansan. Al menos, no se trata de un descanso eterno, como el de los que les acompañan bajo tierra. Apoyadas en un podio bajo, han colocado tres cruces de madera, no enclavadas en el suelo, en posición muy vulnerable. Una pequeña ráfaga de viento las puede tirar. Contienen una flor central, de papel, y el texto: “In memoriam”.
 

Saco foto, sin mostrar los nombres, en una zona en que están enterrados militares canadienses. Su hoja roja en la bandera los delata. Lo que no nos podrán decir es si eran anglófonos o francófonos pero, aunque la lengua es lo que define a un vasco, qué nos importa la que hablaban ellos, si ya están muertos.




Posicionado en la parte del fondo del cementerio, donde ya no hay más tumbas, saco foto por detrás de la gran cruz, hacia la capilla con todas las lápidas vistas de espaldas. A continuación, me siento y estoy leyendo, en esta paz que propician los muertos, el libro de la responsable del Taller de Escritura de Irun, Maite González Esnal, Viajes, frutas, barrios.
 

Estoy en las páginas 36 a 38. Una de las particularidades de este cementerio es que aquí están juntos los que fueron enemigos. Después de tantos años juntos y tan sin vida, es probable que ya sean amigos. Una mujer pone flores igualando la dignidad de los muertos, sean del bando que sean. Leo en el libro: “Reina un orden de dormitorio de internado, las sepulturas parecen camitas y la esmerada sencillez impone al visitante.” Pido que me saquen una foto leyendo, pero el que aprieta el botón no sabe y, cuando me levanto, quedo en una postura dubitativa, pero vale para el recuerdo. Hoy es mi día más literario. 


Llega una pareja añosa y busca alguna lápida concreta. ¿Alguno de sus ascendientes, algún amigo? Antes de salir del recinto, saludo y agradezco al que me ha sacado la foto y me voy hacia el gran bunker.

El Bunker.
El camino continúa de cascajo. Ya veo en la cima de una loma lo que luego sabré que es un bunker pero antes, debo pasar un pequeño puente con tosco pretil de madera para superar un regato.

Me encuentro con un montón de bicis aparcadas y oigo griterío. Ya arriba, un grupo de escolares juegan a esconderse por las distintas estancias del bunker. En un terreno tan llano que es casi toda Holanda, y las islas no son una excepción, cualquier promontorio, como esta loma, permite ver ambos horizontes marinos, el del mar interior y el que da al Mar del Norte, más abierto. 

Como prácticamente el terreno interior es una duna más o menos consolidada, no sorprende ver algunos calveros en que aparece arena en zonas de duna más vulnerable. Así, desde arriba del bunker, veo el horizonte y este tipo de dunas que, como en esta ocasión, casi parece un pequeño cráter de volcán extinto. El bunker es profundo y ocupa una gran superficie.



No me meto dentro, pero da la sensación de que ocupa toda la loma. Cuando bajo, veo otra de las entradas y la fotografío desde el sendero, coincidiendo con una ciclista pasando, que no me tapa la entrada de milagro. No he tardado ni un cuarto de hora en subir y bajar. Acabé harto de bunkers y cementerios en Normandía.

Kobbeduinen.
Sigo un camino y pongo empeño en llegar a lo que en el mapa llaman Kobbeduinen.

Paso por una zona acuática del tipo de marisma, pero que casi podría asegurar que se trata de una acumulación de agua dulce, lugar propicio para el anidamiento de aves. No sé si éste será el caso. Mi intención es la de ir a la playa del otro lado, pero aún estoy muy lejos de ella y me parece más correcto llegar a ese lugar y, después, atravesar las dunas con mayor facilidad.


De momento, pues, sigo el camino que me ofrece al fondo una especie de pirulí, que tomo como referencia. Media hora después del bunker, llego a la estilizada pirámide de madera. Al pie de la escalera leo: Het baken Kobbeduin, lo que me hace pensar que ya he llegado al punto rojo que se anuncia en mi mapa.

A la puerta de acceso no le veo ningún sentido, pero ahí está. Lo que he llamado pirámide, consta de cuatro lados, esto es, tiene base cuadrada, pero más se le podría considerar palafito de cuatro patas. Es como si constara de tres zonas. La mayor es la libre, sólo ocupada por las patas. La segunda, que con base en aspa de madera podría considerarse una pirámide truncada y, la tercera, que sería la pirámide propiamente dicha, con base en aspa menor.











Toda la parte superior tiene listones horizontales que consiguen dar algo de solidez a un monumento endeble y de poca utilidad práctica. Asciendo la escalinata y paso al otro lado. Ni pasando al otro lado puedo adivinar para qué puede servir si no es como adorno. Desde este lado, los juegos de luces y sombras del entramado de listones de madera resulta más bello y concluyo que es como una escultura para alegrar la vista al caminante. Aquí tampoco veo utilidad a la tosca puerta y, en los dos bancos más cercanos descansan, arriba, junto al monumento, una pareja y, abajo, dos mujeres que han descargado sus mochilas, no demasiado pesadas. Yo voy más ligero de equipaje que ellas. 
 
Avanzo hacia el Este con intención de pasar a las dunas del Norte con intención de pasar por ellas hacia la playa, pero cometo el error de no acordarme de que, en información, me han dicho que es un paraje natural, una reserva, y que no se puede pasar, aunque el mapa señala un camino a la playa. Retrocedo. Dos chicos belgas se asombran del viaje que estoy haciendo. Les hablo de Ostende, Brujas y de la coronación del rey Filip I. Ellos me dicen que tengo que retroceder. Vuelvo a cruzar el puente y llego al lugar en que he cogido el camino de piedrilla, tras haber abandonado el de cascajo que traía desde el bunker. Una chica pasea con su pareja de coleta. Ya les había visto en Kobbeduinen. Me dicen lo mismo que los belgas. Por allí no puedo seguir. Una negrita que saca fotos, no sabe decirme nada, ni darme una solución al dilema de la alambrada que me niega el paso. Ahora el de la coleta y su chica, dejan sus bicis y suben a pie hacia la duna, que todavía está muy alejada de la playa. Un hermoso prado con vacas holandesas pastando. La mayoría son negras sobre blanco o blancas sobre negro, pero la excepción que confirma la regla es blanca y marrón. Como están lejos, ni se inmutan.
Hacia las dunas y la playa.
Sigo camino que, al inicio me hace pensar en que estoy retrocediendo pero, poco a poco, me va llevando hacia el norte. Llego a un espacio de duna baja que, en ocasión de mareas altas, se inunda de agua de mar aunque, como no veo por dónde pueda entrar, me hace pensar que sea con agua de lluvia.
 
En una zona veo bicicletas aparcadas y a alguien que va por delante en el camino que voy a seguir después. Por fin doy con el camino que me va a llevar hacia la playa del Norte. Es un buen camino, pero aún queda mucho trecho hasta las dunas más alejadas. En la duna consolidada más próxima, una pareja pasea por la cresta.

Es un referente que me augura que no voy descaminado. Veo de lejos un cartel que confío en que me va a situar en el mapa de la isla, pero lo único que me aclara cuando llego es que estoy en Reddinsweg, es decir el nombre de la calle de mi B&B. El cartel, además de algunas prohibiciones, como la de hacer fuego, indica que la playa siguiente es propicia para deportes de mar, viento y arena y autorizada para nudismo.











De todo lo que veo, es lo último, lo único que me interesa. Pero aunque no fuera zona nudista daría lo mismo, ya que con la poca gente que anda por aquí, podría estar desnudo en cualquier parte. Superada la primera loma de dunas consolidadas, ya puedo ver las más frágiles cercanas a la playa. Pero aún tendré que andar un rato.


En menos de un cuarto de hora, ya estaré igual que cuando llegué al mundo, aunque bastante más viejo.

Desnudo en las dunas.
Sigo el camino hasta la playa y, aunque sigue haciendo un viento similar al de Ámeland, me acerco a la orilla. A lo largo del día se han ido disipando las nubes y a esta hora luce un sol con un cielo azul casi al completo. Me desnudo cerca de la orilla y me doy un baño casi simbólico. Como no tengo a nadie cercano a quien pedir que me retrate desnudo, saco foto de mi sombra, tras reírme un poco de ella. Aunque estoy solo, no me fío ni de que sea mi propia sombra. Dejo las ropas en la duna y me alejo unos 500 metros hacia un pabellón que estoy viendo hacia el Oeste, donde un grupo de niños también se está bañando. Una vez me he acercado a distancia prudencial, retrocedo a mi sitio. Aunque la zona sea nudista, no quiero problemas. Tres ciclistas, una mujer y dos hombres, ruedan en bici por la orilla. Han entrado a la playa por el mismo sitio que yo. Regreso a las dunas para tomar el sol tumbado y protegerme del viento. Tarea ardua. Continúo con el Sudoku. No hay forma de hacerlo bien. Me dedico a buscar la mejor estrategia como alternativa para evitar el viento. Algunos paseantes de duna pasan cerca, pero ni me ven. Como pipas de calabaza, arándanos secos, ajonjolíes y abro la primera bolsa de nueces sin cáscara, que dejo a la vista.

Gaviota ladrona.
Busco duna que me proteja bien del viento, pero no encuentro nada mejor. Al volver veo que, al sentir que me acerco, una gaviota, que se había posado cerca de mis pertenencias, se echa a volar. Cuando voy a guardar los restos de mi frugal comida y la bolsa de nueces peladas, pero me doy cuenta que no la tengo donde la había dejado. Levanto la toalla por si, con el viento, la ha tapado, pero no hay nada debajo. No quiero ponerme nervioso. No es tanto por las nueces, como por el dinero que tengo escondido dentro de ella. Nadie ha pasado por aquí. Tiene que estar en algún lugar cercano. Entre la ropa tampoco está pero, según parece, han volado. Miro tres metros adelante, al lugar donde había emprendido el vuelo la gaviota, y veo allí la bolsa. Se disipa mi temor. Aunque no he visto la operación de la ladrona, me supongo que la ha arrastrado hasta allí con el pico y, como el plástico no le permitía agarrarla bien, no le ha quedado otra opción que dejarla caer allí donde la veo. Mi llegada no le había permitido mejorar su estrategia para llevársela. He tenido suerte de recuperarla pues, al llegar a Dinamarca, nunca hubiera podido sospechar cómo me habían desaparecido 650 o 700 coronas danesas que escondía dentro de la bolsa de frutos secos. En Irun había repartido las dos mil coronas danesas en tres bolsas 650-650-700 y, mientras no abra el tubito, que no haré hasta que llegue a tierras danesas, no sabré la cantidad exacta que había en él. La anécdota tiene su gracia, aunque maldita la gracia que me habría hecho de haber sido exitosa la estrategia para la maldita gaviota ladrona. Tranquilizado, estaré un par de horas al sol. Me he dado protector solar, pero que no me protege del viento. Sin vestirme caminaré por duna y playa hacia la ciudad, pasando por el faro.

Dunas, playa y faro.
Salgo de mi solárium protegido del sol por toalla al cuello, la cabeza por la visera y el resto como mi madre me trajo al mundo. No hay nadie. Me despreocupo por la imagen que pueda estar ofreciendo. El primer tramo lo hago por la duna. 
 
Es una duna muy frágil, con una arena finísima, pero aquí no hay ningún indicador que la proteja, como en otras costas holandesas. Pareciera que, al no venir mucha gente por aquí, no son necesarias medidas disuasorias y la propia naturaleza será la que recomponga el probable deterioro que yo le esté infringiendo.
 

De lejos veo cómo el grupo, de niños que jugaba en la orilla cerca del pabellón, se retira hacia su duna correspondiente. Sigo por otro grupo de dunas, pero más dificultoso para transitar. Tras caminar otro rato por dicha duna, bajo a la playa, aunque el viento no invita a que me dé un nuevo baño. Me basta con el primero y simbólico. Continúo descalzo pero sin meter los pies en el agua. 


Llegando a un lugar de la orilla donde pesca un grupo de tres pescadores de caña de mediana edad, que no se creen que venga caminando desde España y a los que les aclaro que este año vengo de Harlingen. Me he puesto el pantalón. Me enseñan sus dos hermoso peces logrados y me despido. Voy acercándome hacia el pabellón de la playa que, como los de las otras islas, está sobre postes, a la manera de los palafitos.
 

De esa forma si la marea sube y llega a los postes sustentadores, la zona con terrazas estará a salvo del mar. Cuando estoy a la altura del pabellón, saco una foto del mismo con la vuurtorem al fondo, que es de un rojo muy vivo. Hay una escalera de acceso a la terraza del bar, pero me abstengo de subir.
 
Hay gente en la terraza y cuatro banderas ondean al viento. Una de ellas parece el símbolo gay, pero cuando saco foto del otro lado, compruebo que no es la bandera arcoíris característica del colectivo. ¿Será la bandera local? En otra leo las siglas “kpn”, pero no puedo saber su significado.
 

Para lo que me sirve fotografiar estas banderas es para que comprobéis que el viento del que vengo hablando es real. Me cuesta encontrar el sendero que me lleve hacia la vuurtorem. Una mujer me enseña una señal que está semioculta. Veo caminando un ave preciosa, diría que es un faisán y me ofrece unas plumas doradas, de un dorado muy brillante. Tiene una larga cola y se esconde entre la hierba. Me habría gustado obligarlo a volar. ¿Podría ser una avutarda? Camino hacia el interior y, en un cuarto de hora, ya estaré en la torre roja del faro. La puerta de entrada está cerrada.









Unas ventanas circulares indican los lugares en que uno se puede asomar al circular por la escalera en espiral, que no se ve pero se intuye y, bajo la linterna, unas ventanas cuadradas a modo de panóptico que, supongo, será la mayor altura a que pueden acceder las visitas, puesto que a la linterna sólo podrán acceder los encargados del faro.
 

Este faro rojo, ya está muy cerca de población, pero saco otra foto para enmarcar la distancia que hay entre él y otro blanco que veo a la derecha, y al que voy a tratar de llegar. Todavía cerca del faro rojo, una pareja alucina con mi viaje. Él ya considera una hazaña el haber ido de Dorp a Kobbeduinen y vuelto aquí, al faro. Pero sigo a Dorp y no veo forma de llegar al faro blanco. Me queda muy poco para llegar a él, paso por una bonita capilla, pero el faro se me resiste. 
 
Veo a un hombre que va con unas mangueras enrolladas, las tira al suelo. Es entonces cuando veo el indicador del faro y él me acompaña un rato, pero no consigo llegar al pie de él. No me queda más remedio que fotografiarlo desde debajo de una loma que, para mí, va a resultar inaccesible. ¡Qué se le va a hacer!

Dorp.
Como el desayuno de Marja ha sido más que suficiente pero mi comida frugal, tengo gana de comer algo tan potente como el stamppôt, otra versión del que comí en Sexbierum, así que lo busco.
 







Pregunto a dos mujeres del lugar pero no saben decirme dónde lo podría encontrar. El hombre de las mangueras tampoco me ha sabido decir. Le he contado mi viaje y me ha deseado suerte.


Todo el mundo me dice que el stamppôt es comida de invierno. Llego a la iglesia y saco foto donde vuelven a aparecer los arbolitos a los que obligan a enlazarse por las ramas. Tronco vertical y ramas horizontales, como si formaran un pentagrama cuyas notas son pequeños haces de hojas que nunca podrán contener un dorremifasol pero sí a pájaros cantores. Son las siete y cuarto cuando llego llego a la fachada principal de dicha iglesia. Pero está cerrada y no entraré.

Hotel Bernstorff. Rivella.
González Esnal, en su libro, dice de este pub: “…se conserva idéntico desde 1925.” Una gran bandera blanca lo anuncia y para el acceso a los apartamentos es casi obligado pasar por una mandíbula de ballena como la que vi en Ámeland. La terraza está muy concurrida.
 

Pregunto al camarero y me dice que el stamppôt sólo lo preparan en Winter. Pero no voy a cejar en el empeño y pido una Rivella, que es un refresco que me sirven fresquito y que me cobran 2,50€ que, con la propina, me queda en tres. Esta bebida también la recomendaba la autora del libro de que os vengo hablando, pero ya no tendré ocasión de pedirla más. Tampoco es que me haya entusiasmado. Sobre la mesa, fotografío el refresco, botella y vaso lleno, el cuadernillo con el mapa de la isla que estoy manejando y el libro de Maite, la autora antedicha. Tras beber el refresco Rivella y descansar un rato, decido hacer una cena tempranera, que va a ser mi comida tardía del día.
 
De camino me encuentro con un Monni, una escultura que representa a un fraile, y es un homenaje a los monjes cistercienses que habitaron la isla.










Este monje tiene un dedo muy especial. Pareciera indicar: “¡Que te den!”, aunque no será ese su significado. 









Enseguida llego a un quiosco de música que en su valla protectora, esta vez sí, se nos ofrecen las notas de la escala musical. Tiene una estructura muy bonita y accesible al público. Lo que más me sorprende es la poca altura a la que han construido el podio, donde los músicos, cuando haya un concierto, no estarán tan por encima de los oyentes humanos, como suelen estar los de mi tierra vasca e hispana. Sacadas las fotos que menciono, me dirijo al Tox-bar que me han recomendado.

Tox-Bar. Cena.
Como no hay stamppôt y no es cuestión de que, por seguir buscándolo me quede sin cenar, me olvido del plato recomendado. Una chica se enrolla bien conmigo y me ayuda. Me ofrecen pescado y carne y, finalmente, me decido por un Tox-Hap que consiste en 300 gramos de carne, que pido sangrante. Aquí el bleu francés parece que no vale, pero me hago entender. Según la carta, interpreto que me va a costar 21€. Lo peor es que entonces me entero de que en la isla no admiten Visa, ni ellos, ni nadie. Anulo el pedido y vuelvo al Bernstorff, donde me informan de lo mismo. Se ve que allí, en el restaurante y en el hotel, todo el mundo paga a tocateja. Lo mismo ocurre en el de enfrente. En todos los establecimientos no les importa perder un cliente. En este último acaban de sentarse tres matrimonios, pero se levantan al unísono y se van. ¿Será por la misma razón que me voy yo? Como no me quiero quedar sin cenar, vuelvo al Tox-Bar. Busco y encuentro a la chica que antes me ha ayudado. Es francesa, de Lille, pero vive y trabaja aquí, en Dorp. Le cuento algo de mi viaje y me desea suerte. Elijo un plato de 10€ al que llaman medallones. Me traen unas piezas de carne que parece calcinada al exterior pero, al dar el corte, aflora roja desparramando todo su jugo sanguinolento. Torrada por fuera y cruda por dentro. Está excelente. ¡Una delicia! También tiene una mantequilla verde opcional y unas patatas fritas curvas y en espiral que casi me saben a calamar. Muy ricas también. Las más ricas que haya comido nunca. Termino la carne y las patatas, para que no se me enfríen y luego preparo la ensalada en la que vuelco toda la mahonesa. Bebo una cerveza (2,50) y termino con una copa de Beeremburg (2,50) que, tan dulcecita, me reconforta para finalizar la jornada. Pago 15€ y dejo las únicas monedas que me quedan, 27 céntimos. Enseño al camarero mi libro de dibujos, que solo tiene cuatro, y le cuento mi intención de llegar a Polonia. El joven alucina y me despido de él.


Anochece en Dorp de Schiermonnikoog.
Para regresar a mi albergue, necesito preguntar en una casa. Me orientan. Tres hombres hablan ante la puerta de una casa, uno de ellos está en silla de ruedas. Se asombran de mi precioso viaje. Al pasar por el jardín de una casa, veo una hermosa colección de figurillas de barro y porcelana; predominan los animales y un perro que escarba en el suelo, como si hubiese encontrado alguna madriguera en la que se pierde su cabeza y parte de su cuerpo delantero. Parece una selva donde hay animales de todos los continentes y un barquero remando en su barca, como figura más elaborada.

Reddingsweg, 4.
De allí he salido esta mañana y allí regreso. Entro con mi llave y toco con los nudillos en la puerta interior de la dueña. Sale la señora Kleinenberg y le pregunto a qué hora me dará el desayuno. Es cuando me entero de la mala noticia. En el precio acordado no está incluido el desayuno. Eso se dice antes. Me pide 7,50 euros por él y, como ya no me ofrece ninguna garantía, me niego a aceptárselo. Subo enfadado a mi habitación. Es el primer B&B en que no entra la segunda B, o que sólo incluye la cama de la primera B. Me ducho, aunque es difícil lograr la temperatura deseada. Me cuesta, pero lo logro. Uso uno de los muchos geles de baño que la señora ofrece. ¡Lástima que no sirvan para preparar mañana un buen desayuno! Elijo uno azul. Salgo desnudo por un piso que es para mí solo y saco una foto de la escalera con el espejo en el frontal. Aunque desnudo, no se ve casi nada; no hay mucho que ver. El reloj hace un ruido con el paso del segundero que me va a mantener en vela gran parte de la noche, así que le quito la pila. Ya se la volveré a poner mañana. Como no tengo ganas para escribir, decido que lo haré mañana, y me acuesto. Sólo corro las cortinas que dan a levante. Duermo muy bien y no me levanto a orinar más que una vez. Son las 6:15 horas e la mañana y me vuelvo a acostar. Durante la noche he llegado a la conclusión de que no merece la pena de que me quede una segunda noche en la isla. La visita ha cundido lo suficiente.

Balance de mi jornada en Schiermonnikoog.
Bien desayunado, he podido aguantar hasta la cena con un tentempié a mediodía desnudo en las dunas. Tras costarme mucho encontrar albergue, no ha sido un día demasiado brillante. Lo hubiera sido más con menos viento. Lo más destacado del día ha sido la visita al cementerio de Vredenhof, donde los enemigos descansan amigablemente. También ha estado rica la carne de la cena, a un precio más que razonable. Lástima de la dueña del albergue al no incluir en el precio el desayuno. El único B&B que no me lo dan

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