Etapa 04 (445) Hollum-Paesens


Etapa 04 (445), 09 de junio de 2015.
Hollum-(bus)-Nes-(ferry)-Holwerd-Visbuurt-‘t Schoot-Wierum-Moddergat-Paesens


Amanecer en Hollum.
Me levanto a las 6:45 horas. He dormido bien. Me afeito, tomo la pastilla y traslado la mesa a la zona luminosa bajo la ventana, para seguir escribiendo mi diario. A las ocho, voy a desayunar. Solo y como ayer. El pan es un bostburu, una especie de lauburu con cinco brazos. Compro postal para Luisa y sello (0,60 + 1,15) y pago 1,75€, que pago con un billete de cincuenta euros. Me vendrá bien llevar cambios al autobús.


El recepcionista intenta ayudarme a poner un e-mail, pero será en vano, aunque ahora la fórmula para entrar en mi correo viene en inglés. He echado las sábanas por el agujero que me ha dicho y he pagado las dos cenas 25,45€. Escribo la postal a Luisa y la dejo para que la echen ellos al correo. Devuelvo la llave. Me despido agradecido por la buena atención recibida y me voy. Fuera hace mucho frío. Saco una foto del albergue, como despedida. 

En la parada no hay nadie y me protejo en el espacio acristalado. El día se presenta mucho más cargado que el de ayer, con más nubes grises. Foto de la cristalera de la parada del bus, que me llevará al embarcadero. También la aprovecho como despedida del faro, vuurtorem, de Hollum.


Hollum-Nes.
El autobús, que no es de los grandes, llega puntual y le pido billete hasta el V.v.v. pero, tal como va el recorrido, con tantas paradas, entradas y salidas de los barrios y pueblos, no puedo arriesgarme y seguiré al embarcadero. Pago 2,50€. Damos un paseo de unos 15 minutos por Hollum, luego otro por Ballum. Llegamos a Nes, seguimos a Buren y, de nuevo a Nes y al puerto de embarque. El conductor ha dicho algo por megafonía, pero ni me he enterado lo que ha dicho. Quizás sea mi parada en Turismo, pero el caso es que ni visitaré la oficina de información, ni al hispanoamericano del bar. Como no he parado en el V.v.v., no he podido comprobar si se me cayó la visera donde meé nada más llegar a Ámeland. Una vez en el embarcadero pregunto por si alguien dejó allí mi visera, pero será pregunta baldía. Me dicen que pregunte al llegar a Holwerd.

Tras esperar un rato paseando por la sala de espera acristalada, desde donde se puede ver el acercamiento del ferry, pues fuera sigue haciendo frío, una chica no me da juego, pero hay un hombre que sabe algo de castellano. No acabo de aclararme bien, pero tiene un hijo que trabaja en la Universidad o en un Instituto en que se estudia el Bachiller Internacional. Le cuento algo de mi viaje y exclama: “¡A pie!”.

El ferry viene muy retrasado, con más de media hora sobre el horario previsto. La razón debe estar en la marea baja, que obliga al piloto a ir más despacio y no salirse de la zona dragada. Para cuando llegue el momento de desembarco en destino, serán casi las doce del mediodía. Me va a venir mejor, por ajustar la hora de comer, en el mismo sitio que comí al venir, en Holwerd. Saco foto de las puertas de los retretes: Dames y Heren, se hacen más explícitos por los dibujos que acompañan al nombre. Han puesto dos, sirena y sireno, con tridente, o Poseidona y Poseidón, como se prefiera. Me entretengo como puedo. 


Los viajeros no se impacientan. Debe ser algo que ocurre habitualmente. Por fin, vemos cómo llega el barco, el Oerd, y salimos al exterior. Hay que esperar a que bajen la compuerta, salgan vehículos y pasajeros, pero la compuerta tarda en bajar. Parece que los que vienen tampoco se dan mucha prisa. Es normal. Ellos ya han llegado a destino y no es hora muy tardía.
 

Hasta tendrán tiempo para hacer la compra y preparar la comida. Finalmente, subimos todos al barco.


Ferry Oerd.
En el ferry, presento el billete de regreso y el de ida, pues no sé cuál de ellos es el de vuelta, y subo a cubierta para ver mejor el arranque hacia Holwerd.
 
El embarcadero se va quedando atrás. Me interesa esta foto para que se vea la carretera que une el embarcadero con la costa y que es tan larga por razón de todo el limo que, en caso contrario, habría que dragar si estuviera más cercano a la isla.







F i n   d e   Á M E L A N D


Se acabó la isla de Ámeland y vuelvo de nuevo al continente, a la provincia de Frisland. Hasta mañana no pasaré a la de Groningen que, prácticamente, ni la tocaré hasta la sexta etapa. Enseguida pregunto por mi visera, pero nadie sabe nada de ella. Tampoco recuerdo si fue este ferry el mismo que me trajo a la isla. Una vez que he salido de la isla, me sitúo a cubierto.



No tengo ganas de enfriarme en el exterior.

La expendedora regurgitadora.
Llegan tres chicas y una mete monedas en la máquina expendedora de café, pero la máquina no tiene ganas de trabajar y no funciona. Se quedan como pasmadas sin tomar una decisión, sin saber qué hacer. Les animo a que pidan ayuda abajo. Al poco rato aparecen la dueña de las monedas que no se han convertido en café y una encargada del barco que hace pruebas y ve que, efectivamente, la máquina no se pone en marcha. Ha traído tres manojos de llaves, hace prueba con algunas y, al fin, acierta con la que abre la puerta.



La máquina nos ofrece sus tripas. Ella hurga dentro, pero no encuentra el mecanismo de apertura del monedero. Un empleado le ayuda, pero entre uno y otra, acaban cayendo todas las monedas por el suelo. Quedan ambos estupefactos sólo de pensar que tendrán que recogerlas. Las monedas caen, ruedan y se desparraman por toda la estancia. Recupero una de veinte y otra de cinco céntimos, que han ido a parar a la zona más alejada, hasta la pared contraria, en la zona donde estoy yo. La encargada se agacha a recoger las demás.









La niña también le ayuda en la tarea y recupera las monedas que había echado antes. Cuando terminan de recoger todas las monedas que han quedado a la vista, pues es probable que alguna haya rodado bajo el conjunto de máquinas que, más que expendedoras de productos, podrían considerarse máquinas tragaperras y, después de lo visto, regurgitaperras, la encargada del ferry, sin saber cómo poner el monedero en su sitio, acaba dejándolo donde puede, cierra la máquina y se va. 


Para que nadie repita la operación, vuelve rápido para tapar la ranura. Salgo un momento al exterior para ver por qué vamos tan lentos. No hay otra explicación que la culpa la tienen los limos y la marea baja, como se verá.










Vuelvo a entrar para fotografiar la expendedora, con su ansiosa boca tragadora debidamente enmudecida. El reloj muestra una hora de adelanto. Una forma, como otra cualquiera, de intentar engañar al viajero.






Un mar de limos a flote.
Como decía, he salido a cubierta para comprobar la razón de la lentitud del ferry Oerd. Cuando pasé a la isla, este espectáculo estaba oculto. Supongo que la marea estaría más alta que hoy.
 
Ahora, lo que anteayer era mar, ahora aflora por encima del nivel marino. Es el limo, lo que yo llamo el mar de mierda, que no permite disfrutar de este trozo del Mar del Norte en sus costas interiores. En mi diario, le llamo más finamente: MAR DE ARENA. Parece mentira que podamos pasar con el espacio tan escaso que nos permite el limo.


En la segunda foto, se pueden apreciar unos listones por delante del barco, que indican claramente al piloto, la ruta que debe seguir, si no quiere encallar. Después de volver para ver cómo han enmudecido a la tragaperras regurgitadora, vuelvo para fotografiar a la dragadora que, supongo, será una de tantas. En este momento no tiene al dragador dentro de la cabina. Se supone que estará descansando y esperando a que pase el ferry y a que suba la marea por sí sola, sin ayuda de ninguna clase, salvo la colaboración de los astros que regulan las mareas.
 
Acercándonos a Holwerd, saco otra muestra de esta mezcla de arenas negras y limos que tanto me apasiona, y que pronto dejaré de tener oportunidad de ver. El Oerd ya está más cerca de Holwerd, con el frío que hace, la gente se ha refugiado en el interior del ferry.





Vehículos, y los tres tinglados rojos con los equipajes de los viajeros que los han depositado ahí, van recibiendo a alguno de sus conductores y dueños. Ya nos acercamos a puerto conocido. Han pasado menos de 48 horas desde que lo abandoné anteayer. Este es otro de los ejemplos que demuestran que mi viaje no consiste en llegar a un sitio concreto sino, como en esta ocasión, se llega a lo que fue el lugar de partida.
 
Holwerd otra vez.
Por fin, llegamos a Holwerd y saludo al hombre con el que he hablado en Ámeland. También con una maestra del grupo de chavales. Le pregunto, y me dice que ninguno estudia español. Sólo se les ofrece el castellano a los que estudian bachiller internacional. Bajamos del ferry antes de las doce y lo primero que hago es preguntar por mi visera. La chica que me atiende me parece que es la misma que me vendió el billete, pero la realidad es que todas me parecen similares. Se lo dice a otro empleado que comprueba que no hay ninguna visera en un amasijo de cosas perdidas que yo veo entre cristales opacos.
 
Buscan y rebuscan y la chica me dice que no está. Sigue bajando gente del ferry. El anagrama del Oerd muestra con un fondo de sol rojo, la cola de una ballena. ¿Será ballena el significado de la palabra Oerd? Hay un gran grupo de chavales dispuestos a montar para ir a la isla, pero los tienen bien encerraditos en su jaula hasta que el barco no se vacíe de gente y de vehículos.
 

Salgo del embarcadero por sitio conocido. En una rotonda, fotografío la cola de otra ballena que, al pasar anteayer, con la premura de coger el ferry que entraba, no me quedé con su imagen digital plasmada en mi cámara. Ahora aprovecho para hacerlo. Esta cola de ballena es más sofisticada. Si en el punto central se pusiera la cabeza de un niño, proporcional al tamaño de la cola, parecería que estamos ante un angelote de los de Murillo o Rafael. Dejémoslo así. No voy a esperar a que se acerque por la cola algún afectado por hidrocefalia. 
 
Ya voy por la carretera que comunica el embarcadero con la ciudad. A mitad de camino, suena una bocina, y me saluda el amigo con el que he hablado antes, desde su coche, al pasar. Después pasan tres autobuses del grupo que esperaba y que ha recogido a los que volvían en el ferry conmigo. Van dos llenos y uno vacío.
 

Cuando llego al final del dique, debo retroceder a la primera casa y vadearla. Saco foto con el pincho de la iglesia de Holwerd al fondo, aunque el pueblo permanece oculto tras la foresta. Llego a un cartel que no sé qué indica, aunque intuyo que será algo relacionado con el embarque. Lo que sí sé, es que la banderita de Wagenbord es la misma con que me sellaron el libro de Maite González Esnal.

Mi idea inicial es la de olvidarme de Holwerd y seguir por el primer camino, por el dique, hacia Wierum pero, me lo pienso mejor, y decido comer en sitio conocido, no vaya a ocurrir que no encuentre nada comestible en muchos kilómetros por la costa. Con el retraso del ferry, hoy no llegaré tan lejos como había previsto. Desde luego, no a Schiermonnikoog. Son las 12:30 cuando enfilo hacia Holwerd, con este último tramo por camino distinto al que me llevó al embarcadero. El camino es de pavimento de ladrillo trenzado y me va llevando entre bonita arboleda. Este camino también me lleva a la iglesia.

Hotel De Gouden Klok (II).
Pido huevos fritos con patatas fritas. Se me hace la boca agua sólo de pensar en untar la yema con el pan. Un fallo. Anteayer no me fijé bien cómo se los sacaban al grupo vecino de cuatro.
 

Los huevos que me sacan están cuajados, con la yema seca, cubiertos de jamón y queso fundido, que lo joden un poco más, si cabe. En la carta ponen Vitsmijter Ham en Kaas (6 o 7,50€). Lo arregla un poco cuartillo de tinto. Wijn 0,25 cuesta 4,75€. La botella en que me lo sacan está hecha en España. Lo sé porque pone en letras de molde: CUARTO LITRO. Cago y pago 12,65€ con Visa. Me han sacado muchas patatas fritas y no las puedo terminar. Con el trocito de sandía, que añado a la lechuga, me compongo una pequeña ensalada que me ayuda a empujar el resto, de lo que, a pesar de mi disgusto, no dejo ni muestra. Escribo hasta que se acabe el vino. Como el que me atiende y atendió el otro día no me puede dar las explicaciones que deseo para continuar, las pediré en la oficina de turismo. Lo único que consigo es que me diga que, para llegar a Moddergat-Paesens, me quedan unos 20 kilómetros. Buena medida. Hago de tripas corazón y me animo yo solito. Ya tengo plan de dique para toda la tarde. 

Entre Holwerd y el dique: Wisbuurt.
Pregunto al del hotel la dirección que debo coger para arrancar pero, a pesar de las explicaciones, cuando llego a la rotonda, no me aclaro. Por el camino de ladrillo trenzado voy saliendo del pueblo. Una ciclista me dice que siga el carril bici que va paralelo a la carretera, aunque ella considera que es más bonito el camino por el dique.
 

Le enseño el mapa y me dice que por el dique es más recorrido. Terminado el pueblo, paso por una casa que me resulta curiosa en la decoración de su fachada. Sin embargo tiene dos hiedras a cada uno de los lados de la puerta principal que no me gusta cómo quedan. El color verde de las hojas se pierde entre un jaspeado amarronado y feo. Con todo, la fotografío por la parte que me agrada. Por delante hay agua encauzada que, de alguna manera, la aísla de posibles ladrones. Los jacintos no pueden admirar su belleza en el agua, porque los nenúfares no dejan que se reflejen en ella. 

Durante mucho trecho, el carril-bici va más bajo que la carretera, lo que hace que me proteja del viento. Me lo evita así, ya que hoy parece que viene del Nordeste. Así voy caminando hasta llegar a Wisbuurt. Allí abandono carretera importante y, por otra menor, voy acercándome al nº 28, que ya está en el dique, dejando Wisbuurt a mi derecha. 


Saco foto del pueblo al que no voy a ir. Paso por una granja donde protegen la hierba cortada para que coma el ganado en invierno, bajo unos plásticos negros y, para contrapeso y que no se vuelen con el viento, una gran cantidad de neumáticos de ruedas de vehículos. Es algo que también he solido ver en el País Vasco y en otros lugares por los que voy pasando en mi devenir por caminos costeros europeos.

De nuevo por dique holandés.
Encuentro pronto ovejas, aunque habrá tramos en que no las hay. La novedad que me va a ofrecer la tarde de hoy, va a ser un corral en el que se ofrece y me mira una cabrita marrón. Primero fotografío a dos ovejas enormes. 

No sé si porque no están esquiladas, pero su cuerpo me parece de un tamaño colosal. Y lo que nunca había visto, una de ellas es jaspeada, entre blanca y marrón. Las dos me miran pero no me dicen ni beeee. Encuentro una valla que invita a subir al dique. Una permite la entrada de vehículos y otra, menor, es para los peatones. Lo que leo en el letrero no lo entiendo, pero sé que no es de prohibición, ya que en la cresta de la duna veo lejana a una persona, que mira al mar. 


Como el mar ya me lo conozco y sé que, todavía con marea baja no voy a ver más que barro limoso negro, me abstengo de subir y sigo el camino más abrigado por debajo del dique. Acierto porque, enseguida, llego a una casa donde las flores predominantes se componen de margaritas y margaritonas. Me gustan por lo sencillas y os las ofrezco como ofrenda del caminante.

t Schoot.
Estoy en zona en que mi mapa señala con este raro nombre. ¿Ese sigo “’t” equivaldrá a uno de nuestros artículos, femenino o masculino? Probablemente la casa de las margaritas también pertenezca a este entorno. 
 
En la siguiente casa leo Con Zelo, desde 1849, y no sé si interpretarlo como que la guardan con celo desde entonces, o que es la casa de una Consuelo holandesa. Yo me consuelo así, con estas tonterías, de la monotonía del dique, siempre parecido, siempre a la misma altura, sin altibajos que me permitan variar la visión. Por delante de la casa sigue habiendo un regato con agua y tienen el gusto de adornarla con motivos terrestres y marítimos.


Ante la fachada veo dos grandes ruedas de carro y junto al regato, una hélice de barco herrumbrosa. Cualquier cosa sirve para decorar y dar personalidad a la posesión de sus dueños. Pronto llego a la casa de la cabrita de que os hablaba antes. También hay negras, pero no les veo los cuernos y pienso que pueden ser ovejas. La madre está tumbada y es blanca. ¿Será africano el macho padre? Alguna gallina corretea por la hierba.


El canal de agua se ensancha y aísla de mejor manera otra construcción que parece una granja agropecuaria de mayores proporciones. Ya han segado la hierba y la tienen recogida en fardos que han embalado con plásticos negros.


 

La casa está muy decorada, es bastante coqueta, a lo mejor no cumple funciones de granja y se trata de un B&B o de un agroturismo. Cuando me acerco, veo que el canal sigue hacia ella y, como no me deja acercarme más, no puedo asegurar que el tejado sea de paja aunque, de lejos, me lo parece. En la primera foto de la casa, puedo ver, en la lejanía, la torre de la iglesia de Wierum.


Wierum.
El canal, que sigue igual de ancho, me va llevando hacia Wierum. En uno de los tramos, veo unos pilones en el agua. Es como si, en algún tiempo, allí hubiera habido algún puente que, ahora ya no está y que, posiblemente, no necesiten.
 

Lo creo así porque, en caso contrario, lo reconstruirían. Me olvido del agua y me centro en mis vecinas las ovejas. Vuelvo a ver otra enorme, con sus crías. Casi todas están en la hierba, unas en la del dique, otras en el espacio intermedio entre el camino y el canal. Si alguna se cae al agua es casi seguro que se ahogaría.
 

No sé si las ovejas pueden nadar, pero me da la sensación de que no lo saben. ¿Flotarían con tanta lana que les cubre? En cualquier caso, sería casi imposible que pudieran salir después, ya que la altura del agua a la hierba, no se lo permitiría.




La torre de la iglesia ya está más cerca. Oigo las cuatro campanadas. Todavía más cerca, en la fotografía que saco después, ya en el pueblo, cuando llego a un puente de madera que cruza al otro lado del canal. Estas ovejas, ya son más urbanas. Y por fin, a las cuatro, llego a la iglesia. El reloj marca la hora puntual. Se confirma así que el ferry la llevaba una hora adelantada. Delante de la iglesia también tienen un pequeño cementerio con pocas lápidas. Como el pueblo es pequeño, pienso que será suficiente para que descansen sus cuerpos, sus almas volarán y no ocuparán sitio y, probablemente la mayoría, preferirán la incineración. Dependerá también de cuánto sea el coste de la parcela terrena.


Lo mejor es que se sigue sin ver ni catafalcos, ni capillitas mortuorias exageradas que oculten la iglesia. Sin salir del pueblo, llego a otra valla, que hace de aprisco, y que ofrece otro modelo para que no escapen las ovejas y sus corderos. La puerta se cierra con muelle. Subo al dique y el mar ya está con la marea alta.

Más ovejas entre Wierum y Moddergat.
Continúo por el camino que mis amigas las ovejas me permiten pasar. Confío en que por Alemania no haya ovejas. ¡Iluso!
 

En el siguiente tramo, las ovejas siguen confinadas. Por el inicio hay foso con raíles por donde no se atreven a pasar porque no son capaces de atravesar. La estructura del entramado férrico es similar a las que ví los días pasados viniendo de Harlingen.


Por el senderito de la cima del dique, una oveja ni se aparta. Tengo que salir yo a la hierba. Se la tendrá que comer pisada por tan lindo pie, como dice la canción del cuplé que cantaba Sarita Montiel.

La marea está muy alta, pero todavía subiendo. Tendrá que llegar hasta más cerca del dique, al menos hasta los postes próximos al camino del otro lado. Bajo de nuevo al camino interior, que sigue con margen de hierba hasta el canal que, en este lugar, se ha ensanchado considerablemente. Al otro lado se ven granjas potentes y, todavía muy a lo lejos, se vislumbra el pueblo de Moddergat.
 

Una de las granjas dispone de un sobrepiso en la parte más alta, donde confluyen los dos planos inclinados del tejado. Parece que este altillo estuviera acristalado, pero es tanta la distancia, que no lo puedo asegurar. Saludo a una oveja que me recibe sentada y me mira sin inmutarse. Se ha dado cuenta que no soy el carnero deseado. Me deja que la fotografíe y sigo adelante. Adiós, linda ovejita. Ya llegará el día en que te esquilen y tu lana se convierta en colchón mullido, o en jersey de lana.

Moddergat.
Moddergat y Paesens, son dos comunidades separadas, pero unidas geográficamente. Luego llegaré al lugar en que se juntan, pasaré y volveré, en un juego en que parece que quiero unirlas definitivamente. Para las cinco ya estoy en Moddergat. El motivo de ir de una a otra no es otro que el derivado de mi búsqueda del B&B. Busco el nº 10 de la calle De Kamp. Me va a costar dar con ella. Las primeras que me reciben y me dan la bienvenida, junto al letrero indicador, son unas vacas. Son marrones y blancas a grandes manchones.
 

Sin embargo, en el escudo, destaca un pez. Al fondo está la granja. Cuando llego, el granjero ofrece unas pencas de ruibarbo, que me retrotrae al sur de Normandía donde, camino de Mont Saint Michel, vi un campo donde el sembrador cuidaba su proceso de crecimiento. Como éstas, aquellas también presentaban sus pencas rosadas. Probé los dulces que hacen allí con ellas. Demasiado dulzonas. Aquí las ofrecen en dos haces de pencas de a docena cada. ¡Qué mejor muestra que la fotografía!



Subo de nuevo al dique y me entran dudas de si la marea sigue subiendo o está ya bajando. No las podré aclarar. Ya en el pueblo, abandono el dique del lado del mar. Ahora ya se me ofrece un dique urbanizado.





Bajo de él a una pequeña plaza con un monolito de piedras ensambladas con cemento. Todas las casas están aisladas pero con un orden y disponen de espacio que puede ser de hierba o estar ajardinado, según el gusto y las necesidades de los propietarios. Ahora ya sigo por la carretera.
 

Necesito ir buscando la calle donde, en la lista de los bedenbrochje, trato de buscar el albergue Spijker. Un hombre me dice que la calle que busco está antes de la primera iglesia. Tras hacer varias preguntas, llego a la calle De Kamp. La iglesia está más adelante. Pero ésta, es una calle muy irregular y me cuesta encontrar el número 10.



Los números de la calle no pasan del 6. Un hombre que vive enfrente de otra calle, que no le entiendo muy bien si es griego o si ha estado alguna vez de vacaciones en Grecia, me dice que el 10 está siguiendo la calle que está frente a su casa. Por fin, la localizo. Toco tres veces el timbre, la rodeo, pero no hay ni alma. Veo y oigo que llega un coche. Es una chica que se dirige a la casa casi frontal pero un poco más adelante. Me hace pasar a la cocina y allí, me dibuja un planito para que pueda llegar a la casa donde hay un B&B. Me da dos opciones, una en Seewei 11, en Moddergat, y otra en Eastein 25, después de la iglesia y que ya es Paesens. Primero intento en la más cercana. Tampoco responden y me meto hasta el jardín. Veo a una joven con niña en el jardín de enfrente. Hablo con ella y le cuento de qué va mi viaje. ¡Alucina! Se ofrece a localizar a la señora de la casa, pero no le dejo. Le digo que voy a tratar de localizar la segunda opción que me han dado y, en caso de que me falle, ya volveré.


De alguna manera me interesa más Paesens, porque me acerca más al ferry de mañana para ir a Schiermonnikoog. Ahora paso las dos iglesias. Saco foto de la fachada de la primera, todavía en Moddergat y enseguida la segunda, la de Paesens. La primera parece más hermosa y más urbana y más decorada, la de Paesens algo menor, más sencilla y con cementerio delante y alrededor.


Llego a la calle que busco y enseguida encuentro el nº 23, pero el 25 no existe. Merodeo en vano. La siguiente es la nº 33. Cuando voy a seguir por un camino, por si se tratara de una granja que no está en la misma calle, veo que al otro lado, en el nº 26 pone B&B. Todo ha sido una confusión de la informante dibujante, que ha puesto 25 en vez de 26 en el papel que me ha dado.

Bed and Breakfast Lauwersstate.
Este B&B lo regenta Frek y Marja Lei. Llamo y es Marja la que acude a mi llamada. Me pide 40€ y le pido que el desayuno sea a las siete, pues quiero coger el ferry que sale de Lauwersoog a las 9:30 horas, según reza el horario de Wagenborg que obtuve al inicio en Harlingen y que, según parece, va a misa. Le digo que en los anteriores B&B he pagado 25 y me responde que lo más que puede rebajarme es a 35€. Le doy mi visto bueno y acepto. La casa está arreglada a lo moderno, pero las escaleras interiores son también complicadas, aunque no tanto como las del primer día. Estas son más cortas y pertenecen a lo privado y ya no tendré ni que subir ni que bajar, pues lo que dispongo es de un dúplex. En la parte de arriba está la habitación con edredón de funda blanca bordada. La cama es pequeña, pero suficiente y, como se ve en la foto, las paredes abuhardilladas. Tengo una butaquita con tapizado de tigresa. Y una mesilla. Abajo está el servicio, la cocina y una mesa redonda y amplia donde escribiré el diario y desayunaré mañana.

Usaré la ducha, aunque tiene bañera. Le pago cuando me lo ha enseñado todo y me da la llave. Tiene que ser en metálico. No Visa. Ella pasa por una puerta a su domicilio.
















Desde la ventana, fotografío también un patatal y un molino de viento algo alejado, a donde luego me acercaré para dibujarlo, aunque hago una mezcolanza del patatal y del molino, que no están en el mismo plano en la realidad.
 

Me había librado de la escalera de ellos, pero la que debo usar yo también se las trae pues, en la parte alta, coincide con el chaflán abuhardillado de la casa. Debo escorarme y la mochila de la espalda pega en el techo. Menos mal que va a ser la única vez que subo con ella.

A dibujar a la calle.
Salgo a la calle, para dibujar el molino que he visto desde mi ventana. Me gustaré algo minimalista, pero no va a ser posible. Saldrá lo que salga. Al salir, fotografío la casa que me ha acogido por esta noche. Tejados a distintas alturas y vertientes, combinan tejas con paja. Dos puentes de madera comunican la carretera con el jardín y la puerta de entrada.
 
El canal que hace de separador del peligro de los coches, es otro peligro si se viene aquí con niños que no sepan nadar, o con algún adulto que sepa medir el alcohol ingerido de más. Me acerco al cartel indicador de Paesens, que en neerlandés de la zona recibe el nombre de Peazens. El escudo es el mismo que el del otro pueblo, o similar.

 

La primera granja me presenta un vehículo que es cosechadora, con sus artilugios cortantes delantero y enormes ruedas transportadoras. No es de extrañar, por tanto que, cerca de donde estoy, haya dos ruedas del mismo tamaño, de repuesto. Veo de lejos el molino, con el campo sembrado por delante. Llego al panel de Moddergat, donde se confirma que ambos pueblos pertenecen a la comunidad de Dongeradeel, aunque tal nombre no aparece en mi mapa. Si quiero dirigirme al molino, debo hacerlo por aquí. Cuando llego, allí hace frío, y me alejo hasta encontrar una buena perspectiva. Dibujo, centrándome en el molino, y el resto lo completaré desde la ventana de mi cuarto. Si quería un dibujo minimalista, debía haber hecho el molino más pequeño. Al fondo está el dique, una constante en estos días, últimos en Holanda.


De ronda por los dos pueblos.
Me acerco a la casa en que la mujer me ha dibujado las dos alternativas, pero sólo está su hijo. Le explico que en vez del 25 era el 26 y que esta noche dormiré allí, para que se lo diga a su madre y que he venido para agradecer su ayuda. Luego voy donde la chica de la niña. Toco el timbre, pero nadie responde. Tampoco se ve a nadie en el nº 11 de Seewei.
 

Finalmente, voy a casa del griego, o amigo de los griegos. Me sale su mujer y se sorprende con mi viaje, al igual que con la edad que tengo y que, según ella, no represento. Nunca son mal recibidas estas flores. Después, fotografío el jardín de una casa, por las flores ornamentales que ofrece y que a mí me recuerdan al venenoso digital.

Regreso al B&B.
Abro los pestillos y el gancho de la puerta del jardín, pero la llave no abre la de la parte que tengo alquilada de la casa.
 
Como acaba de entrar una chica en la casa y entra por la puerta de Marja, se lo digo. Ella abre por dentro, y comprueba que, efectivamente, no va bien la cerradura. Como yo ya no pienso volver a salir hasta mañana, para mí no va a ser más problema, pero a ella si le conviene resolverlo para futuros clientes. Subo al entrepiso para coger el jabón y la toalla. Desnudo, pero con la toalla puesta en la cintura, bajo al baño. Me ducho y, para dejarlo limpio y sin gota de agua, paso el artilugio similar a un limpiaparabrisas de coche, que debería comprar yo para limpiar los ventanales de mi casa.


También desparramo con él el agua que se ha salido, para que se seque más fácilmente. Para que sea más rápido el secado, dejo la puerta del baño abierta. En el baño hace calor. Se nota que me han encendido la calefacción, y eso que casi estamos en verano. Parecen frioleros estos holandeses. De todas formas, no me quejo. Hoy no me viene nada mal un poco de calorcito. Subo de nuevo a la habitación y bajo sólo con el jersey puesto, el diario, el bolígrafo y la cámara fotográfica. Cuando acabe de escribir, fotografiaré las estancias, al igual que antes he hecho con la habitación. Cada vez que baje o suba, me asustaré con mi imagen en el espejo que está debajo de la escalera difícil. En una de las fotos, se ve mi reflejo en él. Lavo el pantalón, tratando de quitar las manchas de grasa. Lo tiendo en la terraza. Debía haberlo puesto en las barras de la calefacción del baño.

Desde la ventana, he acabado el dibujo y ahora escribo el diario. Marja me ha dado un papel azul para que escriba algo. Lo hago a continuación. Son las nueva y todavía hay buena luz de día, aunque aquí amanece antes y oscurece antes también. Estos dos pueblos parece que no rivalizan entre sí y que se llevan bien. La doble opción para dormir en uno u otro, así me lo hace pensar. La carta que escribo a Marja se refiere a la filosofía con que viajo. A las 9:30 horas, aún estoy escribiendo y con ganas de terminar. A ver si lo consigo. Poco antes de las diez, saco las últimas cuatro fotos de la jornada:








La sala de estar comedor, donde estoy escribiendo y mañana desayunaré, la escalera con mi sombra, la cocina, y el baño, que ya se ha secado. Orino y subo. Inicio el segundo sudoku, que terminaré mañana con muchas más dificultades que el primero, lo que me hace pensar en que “eenvoudig” significa fácil, y es lo que leo en el que terminé sin dificultades, y “moeilijk”, difícil, que es el que conseguiré terminar mañana. Para las diez ya estoy en la cama durmiendo. Durante la noche, me levanto dos veces a orinar y continúo asustándome con el intruso desnudo que, al pasar, me sigue ofreciendo el espejo.

Balance de día entre Ámeland y Schiermonnikoog.
Quizás lo más novedoso ha sido la mañana, con el paso en ferry entre arenales de lodo y barro. También el show de las monedas rodando por el suelo del ferry. El paseo por el dique, tan monótono como habitual. Ya me voy acostumbrando a él. Bien recibido y alojado en el Bed & Breakfast. Después de ver la cocina, no me sorprende el precio, pero la he pagado para no usarla.


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