Etapa 02 (443) Nieuwebildtdijk-Hollum
Etapa 02 (443).
07 de junio de 2015, domingo.
Comienza un nuevo
día y, antes de las siete bajo a afeitarme. Pero no hay enchufe
abajo. Cago y cojo agua para iniciar el camino. Aunque sin espejo, me
afeito en la habitación. Saco foto de mi habitación en el Béd en
Brochje.

En la silla, mi jersey de verano y mi toalla empapadora secándose. He usado sólo una de las camas, la de la izquierda, con el edredón encima. Como en muchos pisos altos de las casas holandesas, las paredes se presentan abuhardilladas. Es algo que, por inhabitual, me resulta muy grato.
Desde la ventana abatible, saco foto a lo que veo del paisaje. Al otro lado de la carretera otra hermosa casa de vecinos. En el descansillo se descubre que alguien toca la guitarra. Es una lástima que yo no sepa tocar el instrumento. Pero se agradece la invitación. En la puerta de mi habitación, aparece mi ángel protector.
Es pequeño pero lo suficiente como para defenderme del maligno enemigo. Además, este ángel, como mis nietos, también toca su instrumento musical. No es el violín, no es la trompa, como los míos, pero éste toca la lira. Me visto y bajo a escribir a la cocina comedor. Bajo apagando luces. Escribo el diario en la misma mesa en que cenamos ayer, hasta que a las ocho aparece Frank. Él desayunará con las mujeres, así que me sirve el desayuno para mí solo. Me hace un rico capuchino. Le he pedido azúcar y me deja el azucarero a mano pero, cuando lo voy a endulzar, compruebo que está vacío. Frank ya se ha ido y lo sustituyo por miel.
Como tres rebanadas de pan integral, una con queso y las otras dos las embadurno de mantequilla y mermelada de membrillo, que no sé si se fabricó o caducó en 2011, pero que está muy buena. Una de las integrales es alargada, pero la redonda es algo dulzona. No sé qué ingrediente llevará.

Para las 8:15 ya he terminado de desayunar, y sigo escribiendo. Subo a por mis cosas y bajo con las mochilas preparadas para seguir caminata. Saco foto de la cocina comedor. Han hecho una bonita entreplanta.
Me parece que están poniendo una bonita casa, acogedora y bien equipada. Hace falta que ahora el negocio sea del agrado de los potenciales clientes. Si no, quien pagará esta inversión de tiempo y dinero. Se les ve animosos a los tres. Voy al patio trasero y veo que tienen un trastero muy bien ordenado y los espacios podrán ser mejorados con sauna, solárium y otras comodidades.
El edificio más luminoso, con grandes ventanales, es el que está siendo adecentado por el interior y podrán servir como salas polivalentes. El material para la obra ocupa parte del exterior. Margo se ríe cuando le digo que el azucarero que me ha dado Frank no tiene azúcar, pero le digo que no se preocupe, pues lo he sustituido por miel. También se lo comento a Frank. Con todo mi equipaje, voy a la cocina a despedirme de las chicas. Estrecho la mano a Frank y a las chicas tiene que ser tres besos. Es cuando me enseñan el espacio de la casa que ahora están rehabilitando entre los tres. Tienen trabajo para largo. Son casi las nueve cuando ya me pongo en marcha.
En la silla, mi jersey de verano y mi toalla empapadora secándose. He usado sólo una de las camas, la de la izquierda, con el edredón encima. Como en muchos pisos altos de las casas holandesas, las paredes se presentan abuhardilladas. Es algo que, por inhabitual, me resulta muy grato.
Desde la ventana abatible, saco foto a lo que veo del paisaje. Al otro lado de la carretera otra hermosa casa de vecinos. En el descansillo se descubre que alguien toca la guitarra. Es una lástima que yo no sepa tocar el instrumento. Pero se agradece la invitación. En la puerta de mi habitación, aparece mi ángel protector.
Es pequeño pero lo suficiente como para defenderme del maligno enemigo. Además, este ángel, como mis nietos, también toca su instrumento musical. No es el violín, no es la trompa, como los míos, pero éste toca la lira. Me visto y bajo a escribir a la cocina comedor. Bajo apagando luces. Escribo el diario en la misma mesa en que cenamos ayer, hasta que a las ocho aparece Frank. Él desayunará con las mujeres, así que me sirve el desayuno para mí solo. Me hace un rico capuchino. Le he pedido azúcar y me deja el azucarero a mano pero, cuando lo voy a endulzar, compruebo que está vacío. Frank ya se ha ido y lo sustituyo por miel.
Como tres rebanadas de pan integral, una con queso y las otras dos las embadurno de mantequilla y mermelada de membrillo, que no sé si se fabricó o caducó en 2011, pero que está muy buena. Una de las integrales es alargada, pero la redonda es algo dulzona. No sé qué ingrediente llevará.
Para las 8:15 ya he terminado de desayunar, y sigo escribiendo. Subo a por mis cosas y bajo con las mochilas preparadas para seguir caminata. Saco foto de la cocina comedor. Han hecho una bonita entreplanta.
Me parece que están poniendo una bonita casa, acogedora y bien equipada. Hace falta que ahora el negocio sea del agrado de los potenciales clientes. Si no, quien pagará esta inversión de tiempo y dinero. Se les ve animosos a los tres. Voy al patio trasero y veo que tienen un trastero muy bien ordenado y los espacios podrán ser mejorados con sauna, solárium y otras comodidades.
El edificio más luminoso, con grandes ventanales, es el que está siendo adecentado por el interior y podrán servir como salas polivalentes. El material para la obra ocupa parte del exterior. Margo se ríe cuando le digo que el azucarero que me ha dado Frank no tiene azúcar, pero le digo que no se preocupe, pues lo he sustituido por miel. También se lo comento a Frank. Con todo mi equipaje, voy a la cocina a despedirme de las chicas. Estrecho la mano a Frank y a las chicas tiene que ser tres besos. Es cuando me enseñan el espacio de la casa que ahora están rehabilitando entre los tres. Tienen trabajo para largo. Son casi las nueve cuando ya me pongo en marcha.
Camino hacia el
primer ferry
No me merece la pena
salir hacia el dique, pues veo en el mapa que la carretera va a
alejarse de nuevo de él, así que continúo en dirección a
Nieuwebildtzijl, al que llegaré sin contratiempos. Nada más salir
de la casa de mis tres amigos, encuentro otra que ofrece B&B. Si
no hubiese visto claramente el nº 294 en el edificio sometido a
rehabilitación, habría dudado de que ayer no me hubiera precipitado
y entrado en el B&B que no estaba recomendado en la lista de
Nelly. Ya sé que no me equivoqué.
No obstante, fotografío este otro que hubiera sido una alternativa al reformado si no me hubiesen admitido. Los números de las casas, continúan en descenso. Más adelante, en el nº 248 de la misma calle, que parece va a seguir la numeración hasta el siguiente pueblo, veo un portalón que me gusta, tanto el muñeco que saluda al entrar, como los travesaños florales de la valla. No se tarda mucho en llegar a los primeros números, donde fotografío otra de las casas.
Como el canal sigue adelante, los accesos necesitan más puentes. Pero un anuncio junto al puente me informa que esta casa es también un bed & breakfast pero, que al ponerlo en inglés, no se anuncia en la lista de los bedenbrochje como el que he dormido y el de Nelly. Es una pena que no se unifiquen todos. En el nº 100, leo: Te Coop y me hace pensar que puede ser la forma holandesa de “se alquila” o “se vende”.
Alejándome del pueblo, dos caballos y sus sombras, comen hierba al otro lado del cauce. El verde del campo, contrasta con el amarillo del terreno siguiente, ya segado y quedan ambos terrenos enmarcados entre el verde más oscuro de los terrenos sembrados.
Uno de esos campos es un patatal con el que vuelvo a hacer el mismo juego de ayer, alineando en líneas confluyentes los surcos de la tierra roturada. Parece la obra plástica de un perfecto delineante. Además, la posición del sol, también contribuye a añadir belleza a lo ya de por sí bello.
En otro terreno no muy alejado del anterior, observo cómo un campesino, montado en su tractor, dedica su tiempo a dar la vuelta a la hierba segada para que se oree por ambos lados y se pueda guardar para cuando vengan tiempos peores y su ganado no se pueda alimentar con hierba fresca.

Siguiendo con el juego de rayas y surcos, un nuevo patatal se ve obligado por la casa a cambiar de dirección. En esta ocasión, las plantas están poco crecidas y resulta mucho aventurar, decir que son patatas pero, la experiencia anterior me anima a las conjetura. ¿Acierto? Hacia el nº 50, cambiamos de pueblo. Ya estoy en terreno de Nieuwebildzijl. Llego hasta la casa nº 2.
No obstante, fotografío este otro que hubiera sido una alternativa al reformado si no me hubiesen admitido. Los números de las casas, continúan en descenso. Más adelante, en el nº 248 de la misma calle, que parece va a seguir la numeración hasta el siguiente pueblo, veo un portalón que me gusta, tanto el muñeco que saluda al entrar, como los travesaños florales de la valla. No se tarda mucho en llegar a los primeros números, donde fotografío otra de las casas.
Como el canal sigue adelante, los accesos necesitan más puentes. Pero un anuncio junto al puente me informa que esta casa es también un bed & breakfast pero, que al ponerlo en inglés, no se anuncia en la lista de los bedenbrochje como el que he dormido y el de Nelly. Es una pena que no se unifiquen todos. En el nº 100, leo: Te Coop y me hace pensar que puede ser la forma holandesa de “se alquila” o “se vende”.
Alejándome del pueblo, dos caballos y sus sombras, comen hierba al otro lado del cauce. El verde del campo, contrasta con el amarillo del terreno siguiente, ya segado y quedan ambos terrenos enmarcados entre el verde más oscuro de los terrenos sembrados.
Uno de esos campos es un patatal con el que vuelvo a hacer el mismo juego de ayer, alineando en líneas confluyentes los surcos de la tierra roturada. Parece la obra plástica de un perfecto delineante. Además, la posición del sol, también contribuye a añadir belleza a lo ya de por sí bello.
En otro terreno no muy alejado del anterior, observo cómo un campesino, montado en su tractor, dedica su tiempo a dar la vuelta a la hierba segada para que se oree por ambos lados y se pueda guardar para cuando vengan tiempos peores y su ganado no se pueda alimentar con hierba fresca.
Siguiendo con el juego de rayas y surcos, un nuevo patatal se ve obligado por la casa a cambiar de dirección. En esta ocasión, las plantas están poco crecidas y resulta mucho aventurar, decir que son patatas pero, la experiencia anterior me anima a las conjetura. ¿Acierto? Hacia el nº 50, cambiamos de pueblo. Ya estoy en terreno de Nieuwebildzijl. Llego hasta la casa nº 2.
Nieuwebildtzijl
Llegando al pueblo
de nombre casi hermano al del lugar en que he dormido, encuentro otra
granja con caballos y en seguida entro en el pueblo, donde se anuncia
el nombre al entrar, así como la limitación de velocidad para los
vehículos a 30 k/h. Yo sé que no sobrepaso los seis por hora. Así
que cumplo la legalidad.
Antes de abandonar el pueblo, paso cerca de una casa con amplios ventanales, garaje y un edificio no tan alto como los habituales, pero que me parece propio de granja.
Da la impresión de que no estuviera habitado, pues han colocado unos bloques de ladrillo ante la puerta de entrada, como para poner trabas mayores a los eventuales ladrones. Yo creo que aquí se fían mucho pero, en cualquier otro caso, estos bloques animan, más que evitan, a robar.
Antes de abandonar el pueblo, paso cerca de una casa con amplios ventanales, garaje y un edificio no tan alto como los habituales, pero que me parece propio de granja.
Da la impresión de que no estuviera habitado, pues han colocado unos bloques de ladrillo ante la puerta de entrada, como para poner trabas mayores a los eventuales ladrones. Yo creo que aquí se fían mucho pero, en cualquier otro caso, estos bloques animan, más que evitan, a robar.
Ahora me toca
caminar haciendo un zigzag. El camino va hacia el mar, pero el dique
queda muy lejano. A pesar de ello, me conviene acercarme a él,
puesto que es el camino que me va a llevar al puerto de embarque para
el ferry que me llevará a Ámeland.
Los amores de Karla y Helen
Frente a mí, vienen dos mujeres andando, con tres niños, que vienen montados en un carro que es arrastrado por la más joven. Les pregunto si son “poteitos”. Ellas se acercan a las plantas, pero no me lo pueden confirmar. Me acerco yo y confirmo que son patatas. No parece que tengan escarabajo. Al notar por mi acento que soy español, Karla, de 70 años, me dice que puedo hablar castellano con Helen, de 47, que es la que tira del carro de los pequeños. Con la parada, los niños se aburren y protestan, y la niña mayorcita, se los lleva a la casa que está ya muy cerca. No la puedo ver, porque la tapan los árboles, aunque las dos mujeres me dicen que es una casa muy grande. Hablo con ellas de mi viaje y de mi objetivo, llegar a Polonia a pie. Aunque los dos nacimos en 1945, soy una semana mayor que Karla. Ella también Tauro. Helen vivió en Madrid de los 12 a los 16 años. Ella fue allí con su madre, pero no con su padre biológico, sino con Carlos, novio de su madre, nacido en San Sebastián, y que ya falleció. ¡Qué casualidad! Un novio donostiarra. Karla también se enamoró de otro español (¿catalán?), Carlos Teixidor, un arquitecto, pero el amor no fraguó, aunque ella sique enamorada de él. Las niñas, la mayor y la pequeña, son hijas de Helen y el niño, de edad intermedia, es nieto de Karla. Les doy mi blog. Helen dice que, leyéndolo, practicará castellano, para que no se le olvide. Me despido de las dos.
Al final de la zona asfaltada, hay escalera para ascender a la cresta del dique y bajo el dique, a ambos lados, la delimitación con vallas para que no se escapen las ovejas, ni se mezclen las de un lado y las del otro. Subiendo al dique, saco foto de la llanada de Nieuwebildzijl y camino un rato por la cresta. Saco otra foto desde la cresta.
En dirección al mar, estoy tan alejado de él, que ni se ve el Mar del Norte. Pronto se acaba el asfaltado de la cresta del dique y me ofrece tres posibilidades: una es continuar caminando por la hierba y dominando los dos lados del paisaje, otra es bajar al asfalto por la derecha y la tercera, por la izquierda.
De momento, sigo por arriba. Un canal, que se dirige hacia el mar, me lleva a la primera visión, aunque lejana, de la isla de Ámeland. En mi mapa aparece como destacado algo que puedo interpretar como un museo, el Wadden Sea & Land Experience, algo relacionado con el mar y la tierra, pero llego a un museo en el que leo: Kweldercentrum Noarderleech.
¿Ambas experiencias son la misma cosa? Poco más adelante llego al cartel en el que puedo leer de nuevo Kweldercentrum. No sé lo que ofrecen gratis. ¿El café, el aparcamiento, la entrada o el WC? En cualquier caso, no sé si por ser domingo, todo está cerrado.
Los amores de Karla y Helen
Frente a mí, vienen dos mujeres andando, con tres niños, que vienen montados en un carro que es arrastrado por la más joven. Les pregunto si son “poteitos”. Ellas se acercan a las plantas, pero no me lo pueden confirmar. Me acerco yo y confirmo que son patatas. No parece que tengan escarabajo. Al notar por mi acento que soy español, Karla, de 70 años, me dice que puedo hablar castellano con Helen, de 47, que es la que tira del carro de los pequeños. Con la parada, los niños se aburren y protestan, y la niña mayorcita, se los lleva a la casa que está ya muy cerca. No la puedo ver, porque la tapan los árboles, aunque las dos mujeres me dicen que es una casa muy grande. Hablo con ellas de mi viaje y de mi objetivo, llegar a Polonia a pie. Aunque los dos nacimos en 1945, soy una semana mayor que Karla. Ella también Tauro. Helen vivió en Madrid de los 12 a los 16 años. Ella fue allí con su madre, pero no con su padre biológico, sino con Carlos, novio de su madre, nacido en San Sebastián, y que ya falleció. ¡Qué casualidad! Un novio donostiarra. Karla también se enamoró de otro español (¿catalán?), Carlos Teixidor, un arquitecto, pero el amor no fraguó, aunque ella sique enamorada de él. Las niñas, la mayor y la pequeña, son hijas de Helen y el niño, de edad intermedia, es nieto de Karla. Les doy mi blog. Helen dice que, leyéndolo, practicará castellano, para que no se le olvide. Me despido de las dos.
Al final de la zona asfaltada, hay escalera para ascender a la cresta del dique y bajo el dique, a ambos lados, la delimitación con vallas para que no se escapen las ovejas, ni se mezclen las de un lado y las del otro. Subiendo al dique, saco foto de la llanada de Nieuwebildzijl y camino un rato por la cresta. Saco otra foto desde la cresta.
En dirección al mar, estoy tan alejado de él, que ni se ve el Mar del Norte. Pronto se acaba el asfaltado de la cresta del dique y me ofrece tres posibilidades: una es continuar caminando por la hierba y dominando los dos lados del paisaje, otra es bajar al asfalto por la derecha y la tercera, por la izquierda.
De momento, sigo por arriba. Un canal, que se dirige hacia el mar, me lleva a la primera visión, aunque lejana, de la isla de Ámeland. En mi mapa aparece como destacado algo que puedo interpretar como un museo, el Wadden Sea & Land Experience, algo relacionado con el mar y la tierra, pero llego a un museo en el que leo: Kweldercentrum Noarderleech.
¿Ambas experiencias son la misma cosa? Poco más adelante llego al cartel en el que puedo leer de nuevo Kweldercentrum. No sé lo que ofrecen gratis. ¿El café, el aparcamiento, la entrada o el WC? En cualquier caso, no sé si por ser domingo, todo está cerrado.
Dique arriba, dique abajo
El airecillo en la
cresta me obliga a llevar puesto el jersey, pero al ir por abajo, me
lo quito. Son las 10:45 horas.
Paso por una enorme edificio tipo granja, donde el techado de paja ha desaparecido y sobre las tejas cerámicas han construido y protector de otro material diferente al habitual. Voy entre los puntos 1 y 2 de mi mapa. Para que quede constancia de que sigo entre ovejas y corderos, saco foto a la nº 1, negra, con su corderillo del mismo color y a la nº 12 blanca, con su corderillo blanco.
Parece que las diferencias de raza y color no son óbice para la buena convivencia entre los ovinos. Cuando llego al nº 2, encuentro a una chica que viene a pie. Estoy convencido que la señal está equivocada, como si alguien la hubiese girado, pues el nº 76, el siguiente, lleva al dique. Ella insiste en que siga la señal, ya que por allí voy a encontrar el camino más bonito. Así que, subo la rampa, y me convenzo de que lo que dice es cierto.
A continuación, veré más sembrados, grandes granjas y molinos con hélice de tres aspas, para la obtención de energía eólica. En los edificios de las granjas, se alternan tejados convencionales, con tejados de paja impermeables. En el último de paja, veo cerca aparcados algunos coches y compruebo que se trata de un camping.
Saludo a dos ciclistas, un chico gordito y una jovencita. Después, de regreso, me volverán a saludar al adelantarme. Más tarde los encontraré sentados en un banco. Siguiendo a pie de dique, me voy acercando a un templete sobre la cresta del mismo y voy con intención de ascender cuando llegue hasta él. Al pie de del templete están los dos ciclistas.
Pero, antes de llegar a donde están ellos, me encuentro con dos mujeres jóvenes, una montada en un caballo y la otra descabalgada.

¿Habrá perdido el suyo y no se habrá dado cuenta? Me río yo solo de mis tonterías.

Cuando llego al banco, al pie de la escalera al templete, pregunto a los ciclistas si se puede nadar en el mar. Me dicen que sí. Subo y veo la plataforma de cemento donde se asienta el templete, pero el mar está a cien leguas. ¡Podrá nadar su tía!
En el suelo, con grandes letras labradas se podrá obtener información de la razón por la que fue construido este monumento cuyo texto corona un escudo de armas, pero será para el que sepa neerlandés. Al bajar del templete, al pie de las escaleras, leo en el pequeño portón un letrero amarillo cuyo texto tampoco entiendo, pero que interpreto como: “cerrar al salir” o quizás, “cerrar al entrar”, en cualquier caso, el propio mecanismo con el que se ha diseñado la puerta, no permite dejarla abierta.

Toda preocupación es poca para evitar que las ovejas y corderos, que me parece que no han aprendido a leer, se caguen en el monumento. Siguiendo a pie de dique, veo un poste que culmina en aspa de dos hélices. Supongo que obtendrá energía eólica para una pequeña función. ¿Dónde la acumularán? Lo que más me agrada de la foto es que parece que echa humo. ¿Quizás, habemus Papa?
Paso por una enorme edificio tipo granja, donde el techado de paja ha desaparecido y sobre las tejas cerámicas han construido y protector de otro material diferente al habitual. Voy entre los puntos 1 y 2 de mi mapa. Para que quede constancia de que sigo entre ovejas y corderos, saco foto a la nº 1, negra, con su corderillo del mismo color y a la nº 12 blanca, con su corderillo blanco.
Parece que las diferencias de raza y color no son óbice para la buena convivencia entre los ovinos. Cuando llego al nº 2, encuentro a una chica que viene a pie. Estoy convencido que la señal está equivocada, como si alguien la hubiese girado, pues el nº 76, el siguiente, lleva al dique. Ella insiste en que siga la señal, ya que por allí voy a encontrar el camino más bonito. Así que, subo la rampa, y me convenzo de que lo que dice es cierto.
A continuación, veré más sembrados, grandes granjas y molinos con hélice de tres aspas, para la obtención de energía eólica. En los edificios de las granjas, se alternan tejados convencionales, con tejados de paja impermeables. En el último de paja, veo cerca aparcados algunos coches y compruebo que se trata de un camping.
Saludo a dos ciclistas, un chico gordito y una jovencita. Después, de regreso, me volverán a saludar al adelantarme. Más tarde los encontraré sentados en un banco. Siguiendo a pie de dique, me voy acercando a un templete sobre la cresta del mismo y voy con intención de ascender cuando llegue hasta él. Al pie de del templete están los dos ciclistas.
Pero, antes de llegar a donde están ellos, me encuentro con dos mujeres jóvenes, una montada en un caballo y la otra descabalgada.
¿Habrá perdido el suyo y no se habrá dado cuenta? Me río yo solo de mis tonterías.
Cuando llego al banco, al pie de la escalera al templete, pregunto a los ciclistas si se puede nadar en el mar. Me dicen que sí. Subo y veo la plataforma de cemento donde se asienta el templete, pero el mar está a cien leguas. ¡Podrá nadar su tía!
En el suelo, con grandes letras labradas se podrá obtener información de la razón por la que fue construido este monumento cuyo texto corona un escudo de armas, pero será para el que sepa neerlandés. Al bajar del templete, al pie de las escaleras, leo en el pequeño portón un letrero amarillo cuyo texto tampoco entiendo, pero que interpreto como: “cerrar al salir” o quizás, “cerrar al entrar”, en cualquier caso, el propio mecanismo con el que se ha diseñado la puerta, no permite dejarla abierta.
Toda preocupación es poca para evitar que las ovejas y corderos, que me parece que no han aprendido a leer, se caguen en el monumento. Siguiendo a pie de dique, veo un poste que culmina en aspa de dos hélices. Supongo que obtendrá energía eólica para una pequeña función. ¿Dónde la acumularán? Lo que más me agrada de la foto es que parece que echa humo. ¿Quizás, habemus Papa?
Empiezo a ver desde
el dique algunos barcos lejanos, lo que confirma mi acercamiento al
puerto de Holwerd para pasar a la isla de Ámeland.
Son los animales los únicos que rompen un poco la monotonía del dique. El paseo resulta bastante aburrido, aunque el caminante se esfuerce en hacerlo un poco más divertido, observando los pequeños detalles. Vuelvo a alternar por ambos lados bajo el dique.
Zonas especialmente plagadas de cagadas que, por suerte, no dan mal olor. O quizás sea que uno ya va acostumbrándose a ellas. Desde el lado del mar, por decir algo estando ten alejado, veo en el lado de tierra ganada al mar, como va moviéndose hacia atrás, a medida en que yo voy adelantando, la decoración de la confluencia de los dos planos inclinados del tejado de una granja. Me fijo en sus volutas como cisnes y una especie de flecha vertical.
En la valla con alambre de espino, se acumula una mezcla de lana y paja que será difícil de desprender de tan aferrada que está a los pinchos que la sujetan. En algunos lugares de fuera del dique, también hay barreras de madera, como burladeros de toriles, para que no se escapen las ovejas. A las 12:15 horas, veo la primera garza de este año.
Hace dos años vi varias mientras me acercaba a Rotterdam. Nunca las vi menos asustadizas de los humanos. Recuerdo que vi una volando antes de llegar a La Ampolla, en el delta del Ebro. Pero aquella era una garza real. Veo números en los distintos tramos, 345, 354, y creo que es una manera de controlar los rebaños que hay en ellos. Luego veo un 37.0 que me hace pensar en kilómetros, pero no sé a qué carta quedarme.
Casi todas las ovejas madres que veo en este tramo de mi camino tienen dos corderillos. Quizás sean corderillas, puesto que les han puesto pendientes para identificarlas.

En el siguiente tramo, en el propio dique, me encuentro con la oveja negra de la familia. Todas las demás son ovejas blancas. Alguna muestra gran deleite en hacerlo más difícil y se empeña en meter su cabeza, ¡cabezota!, por debajo de la alambrada de espino para arrancar la hierba del otro lado, que debe ser mucho más jugosa.
En muy raras ocasiones he conseguido ver a algún pastor junto al rebaño. Si antes he conseguido ver a la oveja negra de la familia, pronto me encuentro con la oveja perdida. No puede volver al redil, ni pasar a donde están las de la planicie, pues hay un regato de agua intermedio. Tampoco yo intento auparlo por encima de la alambrada para retornarlo con los suyos. Ni sé si habría tenido la suficiente fuerza para hacerlo. Cuántas parábolas escuché en mi infancia y juventud, relacionadas con estos temas. Caín, el hijo que regresa y es bien recibido, el pastor que deja su rebaño en el aprisco y no vuelve hasta que no encuentra la oveja que había perdido… Historias para no dormir. Esta oveja ha conseguido salir por entre el alambre y la supongo herida, pues no habrá salido indemne de las púas afiladas del espino.
Son los animales los únicos que rompen un poco la monotonía del dique. El paseo resulta bastante aburrido, aunque el caminante se esfuerce en hacerlo un poco más divertido, observando los pequeños detalles. Vuelvo a alternar por ambos lados bajo el dique.
Zonas especialmente plagadas de cagadas que, por suerte, no dan mal olor. O quizás sea que uno ya va acostumbrándose a ellas. Desde el lado del mar, por decir algo estando ten alejado, veo en el lado de tierra ganada al mar, como va moviéndose hacia atrás, a medida en que yo voy adelantando, la decoración de la confluencia de los dos planos inclinados del tejado de una granja. Me fijo en sus volutas como cisnes y una especie de flecha vertical.
En la valla con alambre de espino, se acumula una mezcla de lana y paja que será difícil de desprender de tan aferrada que está a los pinchos que la sujetan. En algunos lugares de fuera del dique, también hay barreras de madera, como burladeros de toriles, para que no se escapen las ovejas. A las 12:15 horas, veo la primera garza de este año.
Hace dos años vi varias mientras me acercaba a Rotterdam. Nunca las vi menos asustadizas de los humanos. Recuerdo que vi una volando antes de llegar a La Ampolla, en el delta del Ebro. Pero aquella era una garza real. Veo números en los distintos tramos, 345, 354, y creo que es una manera de controlar los rebaños que hay en ellos. Luego veo un 37.0 que me hace pensar en kilómetros, pero no sé a qué carta quedarme.
Casi todas las ovejas madres que veo en este tramo de mi camino tienen dos corderillos. Quizás sean corderillas, puesto que les han puesto pendientes para identificarlas.
En el siguiente tramo, en el propio dique, me encuentro con la oveja negra de la familia. Todas las demás son ovejas blancas. Alguna muestra gran deleite en hacerlo más difícil y se empeña en meter su cabeza, ¡cabezota!, por debajo de la alambrada de espino para arrancar la hierba del otro lado, que debe ser mucho más jugosa.
En muy raras ocasiones he conseguido ver a algún pastor junto al rebaño. Si antes he conseguido ver a la oveja negra de la familia, pronto me encuentro con la oveja perdida. No puede volver al redil, ni pasar a donde están las de la planicie, pues hay un regato de agua intermedio. Tampoco yo intento auparlo por encima de la alambrada para retornarlo con los suyos. Ni sé si habría tenido la suficiente fuerza para hacerlo. Cuántas parábolas escuché en mi infancia y juventud, relacionadas con estos temas. Caín, el hijo que regresa y es bien recibido, el pastor que deja su rebaño en el aprisco y no vuelve hasta que no encuentra la oveja que había perdido… Historias para no dormir. Esta oveja ha conseguido salir por entre el alambre y la supongo herida, pues no habrá salido indemne de las púas afiladas del espino.
Cerca de Blije
Cerca de Blije, la
pista da un gran rodeo. Dudo, pero decido bajar del dique a la curva,
pues me parece la mejor solución para llegar a donde quiero. El
dique sigue ofreciendo ganado ovino y la pista para bicis se ensancha
al finalizar. ¿Qué finalidad tendrá?, me pregunto.
Abordo la curva
y el último tramo, para volver a ascender por la pista ciclistas a
la cima del dique. Desde lo alto ya puedo ver Holwerd a lo lejos.
También un barco blanco que hace el recorrido de Holwerd a Ámeland
y viceversa. Vuelvo a bajar del dique, por el otro lado, y ya enfilo
hacia la ciudad a la que pertenece el embarcadero.
A mi derecha, a lo lejos, veo pasar coches que se dirigen a Holwerd, lo cual me hace pensar en que esta tarde tendré algún ferry que me llevará a Ámeland. Aunque tengo horarios de embarque y precios, no sé interpretarlo bien. Aún no estoy familiarizado con los días de la semana, pero puedo ver que los precios más caros son en el período en el que estamos, entre el uno de abril y treinta de setiembre, como es natural.
Ahora veo un ferry que se dirige a Ámeland, pero el embarcadero aún se encuentra muy alejado. Continúo adelante y, cuando estoy ya cerca del punto en que confluyen mi camino y la carretera que viene de Holwerd y que va al embarcadero, para no tener que hacer el doble de recorrido, decido dar prioridad a la comida y me voy hacia el pueblo. Holwerd ofrece terrenos con sembrados variados.
De lejos ya estoy viendo la torre de la iglesia y el conjunto de caserío. Llego a un lugar en el que hay agua embalsada; detrás del arbolado está la iglesia, a la que llego enseguida.
Dan
las campanadas de las 13:30 horas cuando me estoy acercando a la
torre, así que hoy comeré algo más tarde que ayer. Pregunto por un
restaurante y me informan que tengo uno bajando la calle principal.
El nombre de la calle es Voorstraat, y no tiene pérdida. Una chica
que está en una terraza con su ordenador, me dice que para comer que
vaya al hotel. He sacado foto del estanque y de la iglesia, pero del
hotel no sacaré hasta después de comer.
A mi derecha, a lo lejos, veo pasar coches que se dirigen a Holwerd, lo cual me hace pensar en que esta tarde tendré algún ferry que me llevará a Ámeland. Aunque tengo horarios de embarque y precios, no sé interpretarlo bien. Aún no estoy familiarizado con los días de la semana, pero puedo ver que los precios más caros son en el período en el que estamos, entre el uno de abril y treinta de setiembre, como es natural.
Ahora veo un ferry que se dirige a Ámeland, pero el embarcadero aún se encuentra muy alejado. Continúo adelante y, cuando estoy ya cerca del punto en que confluyen mi camino y la carretera que viene de Holwerd y que va al embarcadero, para no tener que hacer el doble de recorrido, decido dar prioridad a la comida y me voy hacia el pueblo. Holwerd ofrece terrenos con sembrados variados.
De lejos ya estoy viendo la torre de la iglesia y el conjunto de caserío. Llego a un lugar en el que hay agua embalsada; detrás del arbolado está la iglesia, a la que llego enseguida.
De Gouden Klok
Después de buscar a
la camarera en la cocina, elijo mesa en un rincón. Pido soep,
sopa (3), y keuken, una ensalada aliñada (5,35), más una
cerveza (2,25), y le digo que quiero coger el ferry de las 15:30
horas. Me dice que el billete lo tengo que coger media hora antes, a
las tres, le digo que, en ese caso, no meta prisa a la cocinera. Iré
en el siguiente. Con todo, ella me lo trae todo pronto y seré yo el
parsimonioso.
Ni me sacan pan, ni yo lo pido. Entran dos matrimonios y ocupan la mesa de al lado, que está preparada para seis comensales. Luego entra un grupo de jóvenes, cuatro chicas y dos chicos. El último, llega algo rezagado. Traen la comida de los cuatro, una de huevos fritos con patatas y las otras tres, son la gran albóndiga grasienta, también con patatas fritas. No sé lo que come el grupo de la media docena, pero ya veo alguna de las gordas albóndigas. Se ve que es algo típico holandés. Voy al retrete y al volver pago 10,60€ con Visa. Poco después de las dos y media salgo y saco foto del hotel donde he comido.
Ni me sacan pan, ni yo lo pido. Entran dos matrimonios y ocupan la mesa de al lado, que está preparada para seis comensales. Luego entra un grupo de jóvenes, cuatro chicas y dos chicos. El último, llega algo rezagado. Traen la comida de los cuatro, una de huevos fritos con patatas y las otras tres, son la gran albóndiga grasienta, también con patatas fritas. No sé lo que come el grupo de la media docena, pero ya veo alguna de las gordas albóndigas. Se ve que es algo típico holandés. Voy al retrete y al volver pago 10,60€ con Visa. Poco después de las dos y media salgo y saco foto del hotel donde he comido.
Lo único que voy a
hacer es seguir la calle hacia abajo y retornar hacia la iglesia.

Del mismo modo que vi en Harlingen aquella forma de plantar árboles y reformar sus copas de forma que se vuelvan planas, aquí veo lo mismo. ¿Una manía de Frisland? La verdad es que, aunque no me gusta nada esta manía de los humanos de alterar los mandatos de la naturaleza, lo vuelvo a fotografiar.
También, como allí, estos árboles están plantados en curva. La única ventaja que veo al sistema es que, al dirigir el crecimiento de sus ramas, éstas ni se meten dentro de las fachadas, dándoles sombra, aunque poca, ni salen excesivamente a la carretera y así, puedan pasar autobuses sin correr ningún peligro. Si no estética, alguna ventaja práctica tendrán que tener.

Ristras de nderines que van de lado a lado de la calle, dan a entender que o estamos en fiestas o las fiestas han sido o serán en un próximo pasado de tiempo. La mayoría de las casas tienen planta baja y primera planta abuhardillada. Saliendo ya del pueblo, veo nuevamente árboles urbanos de las mismas características que los comentados antes. Vuelvo a pasar por el hotel en que he comido y ahora me dirijo de nuevo hacia la iglesia, aunque ahora lo hago por el otro lado. Es así como llego a la torre y no son más que las tres menos cuarto.

Del mismo modo que vi en Harlingen aquella forma de plantar árboles y reformar sus copas de forma que se vuelvan planas, aquí veo lo mismo. ¿Una manía de Frisland? La verdad es que, aunque no me gusta nada esta manía de los humanos de alterar los mandatos de la naturaleza, lo vuelvo a fotografiar.
También, como allí, estos árboles están plantados en curva. La única ventaja que veo al sistema es que, al dirigir el crecimiento de sus ramas, éstas ni se meten dentro de las fachadas, dándoles sombra, aunque poca, ni salen excesivamente a la carretera y así, puedan pasar autobuses sin correr ningún peligro. Si no estética, alguna ventaja práctica tendrán que tener.
Ristras de nderines que van de lado a lado de la calle, dan a entender que o estamos en fiestas o las fiestas han sido o serán en un próximo pasado de tiempo. La mayoría de las casas tienen planta baja y primera planta abuhardillada. Saliendo ya del pueblo, veo nuevamente árboles urbanos de las mismas características que los comentados antes. Vuelvo a pasar por el hotel en que he comido y ahora me dirijo de nuevo hacia la iglesia, aunque ahora lo hago por el otro lado. Es así como llego a la torre y no son más que las tres menos cuarto.
Último tramo hacia el embarcadero
Paso por un trigal,
demasiado verde todavía. Para recogerlo habrá que esperar a que
caliente el sol y maduren sus granos, hasta que se ponga la espiga
dorada como las de los trigales de Van Gogh. Al fondo, se aprecia el
omnipresente dique holandés.
Me encamino por el carril bici que, al inicio, sólo parece peatonal. Así llego a la carretera general que lleva al embarcadero. En el espacio vacío de enfrente, donde sólo hay hierba, anuncian la presencia de una variedad de aves, Austernfischer (Haematopus Ostralegus) que, sin ser experto ni en neerlandés, ni en latines, podría interpretar que se trata de un pájaro, o una pájara, que se alimenta de ostras. Ya se aprecia el embarcadero todavía a lo lejos.
El terreno es bajo, como propio de marisma, y pienso que pocas veces se inundará pero, por si acaso esto ocurriera, se han curado en salud y han estructurado la carretera con el asfalto bastante más alto que el carril para bicicletas y los peatones. Se supone que, en caso de que la marea suba y, con el calentamiento global, tal cosa no tardará en ocurrir en breve paso de años, peatones y ciclistas podrán ir por la carretera, si es que los vehículos circulan prevenidos. Antes de llegar al embarcadero, veo que llega mi barco y barrunto que se irá sin mí. Cuando llego, no hay nadie en la cola. Una chica me informa de que no hay conexión de ferry entre Ámeland y Schiermonnikoog, así que si quiero me puede vender billete de ida y vuelta. Pregunto si la vuelta es abierta o me tengo que ajustar a un horario que tendría que decirlo ya. Me dice que puedo volver en cualquier ferry, el día que quiera. Pago con Visa 14,70€. Cuando tengo el billete en la mano, dudo de que sirva para volver, pero me lo tengo que creer. Cuando regrese, se verá el resultado. Me dice que puedo coger el barco que está atracando. Se ve que el atraque es lento y, aunque no lo creía, voy a poder coger el ferry que he visto llegar a lo lejos. Al final las previsiones iniciales se cumplen y embarco en el ferry que había previsto desde el principio. Ha sido llegar y besar el santo.
Enseño el código de barras del billete al lector electrónico y se me abre la puerta de acceso al embarcadero. Debo esperar a que desciendan viajeros y vehículos, para poder entrar en el ferry. Observo a los que bajan, por si veo a alguien con cara que se ma haga familiar. Mucha casualidad sería que algo así ocurriera. Los De Groot, por ejemplo.
Me encamino por el carril bici que, al inicio, sólo parece peatonal. Así llego a la carretera general que lleva al embarcadero. En el espacio vacío de enfrente, donde sólo hay hierba, anuncian la presencia de una variedad de aves, Austernfischer (Haematopus Ostralegus) que, sin ser experto ni en neerlandés, ni en latines, podría interpretar que se trata de un pájaro, o una pájara, que se alimenta de ostras. Ya se aprecia el embarcadero todavía a lo lejos.
El terreno es bajo, como propio de marisma, y pienso que pocas veces se inundará pero, por si acaso esto ocurriera, se han curado en salud y han estructurado la carretera con el asfalto bastante más alto que el carril para bicicletas y los peatones. Se supone que, en caso de que la marea suba y, con el calentamiento global, tal cosa no tardará en ocurrir en breve paso de años, peatones y ciclistas podrán ir por la carretera, si es que los vehículos circulan prevenidos. Antes de llegar al embarcadero, veo que llega mi barco y barrunto que se irá sin mí. Cuando llego, no hay nadie en la cola. Una chica me informa de que no hay conexión de ferry entre Ámeland y Schiermonnikoog, así que si quiero me puede vender billete de ida y vuelta. Pregunto si la vuelta es abierta o me tengo que ajustar a un horario que tendría que decirlo ya. Me dice que puedo volver en cualquier ferry, el día que quiera. Pago con Visa 14,70€. Cuando tengo el billete en la mano, dudo de que sirva para volver, pero me lo tengo que creer. Cuando regrese, se verá el resultado. Me dice que puedo coger el barco que está atracando. Se ve que el atraque es lento y, aunque no lo creía, voy a poder coger el ferry que he visto llegar a lo lejos. Al final las previsiones iniciales se cumplen y embarco en el ferry que había previsto desde el principio. Ha sido llegar y besar el santo.
Enseño el código de barras del billete al lector electrónico y se me abre la puerta de acceso al embarcadero. Debo esperar a que desciendan viajeros y vehículos, para poder entrar en el ferry. Observo a los que bajan, por si veo a alguien con cara que se ma haga familiar. Mucha casualidad sería que algo así ocurriera. Los De Groot, por ejemplo.
Sin esperar a que
salgan todos, entramos nosotros y subo a lo más alto. Según estoy
llegando arriba, el ferry arranca y saco la primera foto del verano
alejándome del continente holandés, del embarcadero de Holwerd.
Luego otra foto de la cabina de mando, desde donde se dirige el navío. Se Trata del Oerd. Vuelvo a popa para sacar otra foto del alejamiento de Holwerd y para ver las verdaderas dimensiones del embarcadero. No es que la gente no tenga frío, pero sí que va mucho más abrigada que yo. Por tanto, para mí, fuera hace frío y entro en la cabina. Ahora voy mirando hacia la nueva isla.

La isla de Ámeland todavía está muy alejada y no lo puedo apreciar bien desde aquí. Tampoco he estado mucho tiempo en el puerto para comprobarlo, pero me parece que la marea está ahora alta.
Luego otra foto de la cabina de mando, desde donde se dirige el navío. Se Trata del Oerd. Vuelvo a popa para sacar otra foto del alejamiento de Holwerd y para ver las verdaderas dimensiones del embarcadero. No es que la gente no tenga frío, pero sí que va mucho más abrigada que yo. Por tanto, para mí, fuera hace frío y entro en la cabina. Ahora voy mirando hacia la nueva isla.
La isla de Ámeland todavía está muy alejada y no lo puedo apreciar bien desde aquí. Tampoco he estado mucho tiempo en el puerto para comprobarlo, pero me parece que la marea está ahora alta.
El ferry ha atracado
y está en el proceso de bajar la rampa para que vehículos y
peatones podamos bajar a tierra. Cuando bajo, creo que me he dejado
la visera en el asiento. ¡Qué rabia!¡Empezamos bien! Tendré que
usar la roja. La última foto que saco en el barco, muestra a los
coches que esperan y también los portaequipajes rojos que serán
descendidos para que cada cual coja su maleta.
Como yo llevo la mochila conmigo, no habrá necesidad de buscar nada allí. Quiero orinar antes de bajar. Encuentro la señal de WC pero, cuando me acerco, veo que hay que bajar en ascensor. Abro la puerta pero la cierro. Todo el mundo ha desembarcado y no tengo ningún interés en que me regresen al continente. No he conseguido cerrar la puerta y se lo digo a una azafata que está poniendo orden en las cosas, o las cosas en orden. No me entiende lo que le digo, pero me agradece y va a ver.
Voy por el dique y, en la primera ocasión, junto a una casa baja, orino. Veo V.v.v., pero está cerrado. Según parece, cierran sábados y domingos. Desde el paseo marítimo de este mar de interior, fotografío el embarcadero que va quedando atrás, pero lo que más me interesa de esta foto es que se vea la dragadora que no deja de faenar engrandando el surco para que pasen los ferris.
Como yo llevo la mochila conmigo, no habrá necesidad de buscar nada allí. Quiero orinar antes de bajar. Encuentro la señal de WC pero, cuando me acerco, veo que hay que bajar en ascensor. Abro la puerta pero la cierro. Todo el mundo ha desembarcado y no tengo ningún interés en que me regresen al continente. No he conseguido cerrar la puerta y se lo digo a una azafata que está poniendo orden en las cosas, o las cosas en orden. No me entiende lo que le digo, pero me agradece y va a ver.
Voy por el dique y, en la primera ocasión, junto a una casa baja, orino. Veo V.v.v., pero está cerrado. Según parece, cierran sábados y domingos. Desde el paseo marítimo de este mar de interior, fotografío el embarcadero que va quedando atrás, pero lo que más me interesa de esta foto es que se vea la dragadora que no deja de faenar engrandando el surco para que pasen los ferris.
Nes
Nes es el nombre de
la capital de la isla. Está, con el puerto, hacia la mitad de la
isla. Entro en Nes y pregunto por el stayokay. Nadie sabe decirme
nada al respecto. Fotografío la torre de la iglesia. El reloj indica
que son las cinco menos cuarto.
Tengo tiempo suficiente y no me debo preocupar demasiado. La politie también está cerrada. Entro en un bar que atiende un hispano. Me dice que el stayokay está en Hollum y me indica la dirección hacia donde debo seguir. Luego un joven con perro me sitúa en la carretera que debo enfilar. Pronto veo la señal de 9 kilómetros a Hollum. Este pueblo, de menor tamaño que Nes, está en el extremo occidental de la isla, a poniente, ¿veré alguna bonita puesta de sol? Al pasar por la entrada de un recinto, me encuentro con que sus habitantes deben ser previamente engullidos por la mandíbula de una ballena. No quiero ser otro Jonás y ni me acerco.
Tengo tiempo suficiente y no me debo preocupar demasiado. La politie también está cerrada. Entro en un bar que atiende un hispano. Me dice que el stayokay está en Hollum y me indica la dirección hacia donde debo seguir. Luego un joven con perro me sitúa en la carretera que debo enfilar. Pronto veo la señal de 9 kilómetros a Hollum. Este pueblo, de menor tamaño que Nes, está en el extremo occidental de la isla, a poniente, ¿veré alguna bonita puesta de sol? Al pasar por la entrada de un recinto, me encuentro con que sus habitantes deben ser previamente engullidos por la mandíbula de una ballena. No quiero ser otro Jonás y ni me acerco.
De Nes a Hollum. Vacas y caballos
Todo el recorrido lo
voy a hacer por carretera. Cuando paso por Ballum, apenas me entero.
De lejos me han parecido ovejas, pero al acercarme veo que en un
prado pastan vacas cremosas, esto es, de color claro. Grandes fardos
de hierba embalada en plástico, les proporcionan el alimento.
Más adelante veré más vacas, pero estas cambian de color y no son uniformes. Unas son negras y otras blanquinegras. No sabría decir si son negras con manchas blancas o blancas con manchas negras. Todo se ve dependiendo del cristal con que se mira. Mis cristales de mis gafas no tienen color.
Llego a otro lugar donde los que pastan son los caballos. Alguno blanco, otros canela con patas negras, otros marrones con patas blancas. Me sorprende el tejado naranja de lo que creo son las caballerizas. Llego a Ballum y pregunto en un hotel elegante. Una camarera me confirma la referencia del faro. Pasando por otros prados sin animales, empiezo a vislumbrar al fondo el faro, vuurtorem, lo que me hace pensar que ya no estoy tan alejado de poniente.
Más adelante veré más vacas, pero estas cambian de color y no son uniformes. Unas son negras y otras blanquinegras. No sabría decir si son negras con manchas blancas o blancas con manchas negras. Todo se ve dependiendo del cristal con que se mira. Mis cristales de mis gafas no tienen color.
Llego a otro lugar donde los que pastan son los caballos. Alguno blanco, otros canela con patas negras, otros marrones con patas blancas. Me sorprende el tejado naranja de lo que creo son las caballerizas. Llego a Ballum y pregunto en un hotel elegante. Una camarera me confirma la referencia del faro. Pasando por otros prados sin animales, empiezo a vislumbrar al fondo el faro, vuurtorem, lo que me hace pensar que ya no estoy tan alejado de poniente.
Hollum
Cuando estoy
entrando en Hollum, me recibe mamá yegua con su potrillo. Mamá se
alimenta para convertir el verde hierba en blanca leche, mientras el
pony me mira expectante.
Enseguida llego al bosque de pinos, donde está la vuurtorem la fotografío y en el siguiente recoveco, encuentro el stayokey, el albergue juvenil. Ésta del faro, será la última foto de la jornada.

La referencia del faro era la que me había dado el hispano del bar y la camarera de Ballum. Una pareja me dice que vaya hacia unas banderas que ya se empiezan a ver.
Enseguida llego al bosque de pinos, donde está la vuurtorem la fotografío y en el siguiente recoveco, encuentro el stayokey, el albergue juvenil. Ésta del faro, será la última foto de la jornada.
La referencia del faro era la que me había dado el hispano del bar y la camarera de Ballum. Una pareja me dice que vaya hacia unas banderas que ya se empiezan a ver.
Stayokay Ámeland
Una chica me atiende
bien y me pide un precio razonable, parecido al de los B&B. El
precio de cama y desayuno del domingo es de 24,50 pero el del lunes
sube a 29,50. Más las tasas y menos los descuentos por tener carnet
Hostelling, al final pago con Visa 51,40€ por las dos noches.
Aunque el dormitorio es colectivo, dormiré yo solo esta noche. Creo
que soy el único que estaré hoy durmiendo en el stayokay. Hay dos
camas y posibilidad de una litera que, en estos momentos, la tienen
vertical. También me da un mapa de la isla, muy bien plegado y que
ocupa menos que la mitad de media baraja de naipes. Es gratuito, pues
en él se anuncian los más importantes establecimientos de la isla,
de Nes, Ballum y Hollum. Hoy no tengo ganas de escribir más y me
ofrece la posibilidad de cenar en el bar. Voy a mi habitación, me
ducho y organizo el espacio. Hago mi cama. Salgo y pregunto por
ordenador. Hay uno y gratis. Pero, a pesar de que ella me ayuda, no
hay forma de que pueda entrar en mi correo. A las ocho, voy a cenar
al bar. Es ella misma la que me atiende. Con alguna pequeña
alteración, ceno parecido a lo que he comido: una sopa similar y una
ensalada con un poco más de variación en las verduras. Pero, la
verdad es que está menos conseguida que la del mediodía. Esta lleva
huevo duro. La cerveza de aquí es de 25 cl. Y pido como remate otra
copita de Beerenburg. Confío en no aficionarme al dulce licor.
Pagaré mañana las dos cenas. Me voy a dormir. Para las nueve ya
estoy en la cama. Me acuesto desnudo y sin correr las cortinas. Me
levanto tres veces a orinar, pero se puede decir que no me he
desvelado y he dormido bien.
Balance de la
jornada
Todo ha ido bien y
lo peor ha sido la monotonía del dique y el aburrimiento de ver a
tantas ovejas y corderos en el continente. Comida y cena han sido
frugales y he dormido bien.


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