Etapa 01 (442) Kinswerd-Nieuwebildtijk
Etapa 01 (442).
06 de junio de 2015, sábado.
Amanecer en Popta-Zathe
Son las 6:30 cuando
me levanto. Una vez terminado el sudoku, que ha quedado aromatizado,
escribo el diario. Bajo a desayunar a las ocho. Todo está bien:
queso, embutido, huevo duro, pan mantequilla, mermelada, yogur de
melocotón, pero poca leche y, además fría. Confío en que el café
tenga poca cafeína. En caso contrario, estaré nervioso toda la
mañana. Aparece Tom; es entonces cuando me dice que se llama Antonio
Benavente. Me indica que su apellido es como el de un pueblo que se
encuentra en el Camino de Santiago. Yo no lo conozco, porque no hice
el camino francés, sino el de la costa. Cuando estamos finalizando el
desayuno, aparece Natascha. Saludo y le pregunto sobre la torre
inclinada de Leeuwrden. Pero, no tiene ni idea. Preguntaré a Nelly.
La cerradura de la puerta de la calle es Yale. Comento a la pareja
algo jocoso sobre la escalera empinada, y Natascha se carcajea. Son
las nueve cuando acabo de escribir y hago un boceto de la casa
Popta-Zathe, para que se quede grabado en mi memoria. Subo a la
habitación, recojo todo y bajo con las mochilas. Hago un burujo con
la camisa gris, herencia de mi yerno Mikel, y otra vieja de cuadros
que no usaba hace años y que había traído para el inicio del
viaje, y las echo a la papelera de abajo. Confío en que ya no me
hagan falta. También tiro los papeles sobrantes y los tres huesos de
albaricoque.Termino el dibujo y, para las 9:30 horas, ya estoy
dispuesto para la marcha.
Saludo a Nelly, y le enseño mi dibujo. Ella me hace pasar dentro y me enseña otra versión de su casa, en color, que cuelga de su cocina. Me despido de ella y, para las 9:45 ya estoy en marcha.
Saludo a Nelly, y le enseño mi dibujo. Ella me hace pasar dentro y me enseña otra versión de su casa, en color, que cuelga de su cocina. Me despido de ella y, para las 9:45 ya estoy en marcha.
De Kinswerd a
Harlingen
Al inicio, regreso
por terreno conocido, prácticamente por el mismo camino por el que
llegué ayer. Voy por pista para bicicletas, que también sirve para
los peatones, y que va paralela a la carretera; con poca circulación.
Cuando enlace con la carretera de la costa, los vehículos serán bastantes más. Voy sacando fotos de Popta-Zathe y de las otras casas cercanas que voy dejando atrás. Es como si me diera pena abandonar el lugar que se ha convertido en inesperado inicio de mi viaje, ya que mi idea era, como siempre, la de iniciarlo en Harlingen, el lugar en el que había acabado el del verano de 2013. Ahora, después de dos años de aquello, ya han empezado las variaciones sobre el programa. Esta es una razón por la que no me gusta planificar apenas, y por la que no premedito los lugares de pernocta. Soy más libre. Todo se va produciendo sobre la marcha.
Paso por una zona en que el asfaltado de la pista está siendo terminado, o reparado, y en seguida salgo a la carretera con más circulación. Menos mal que tiene amplia acera. Pronto llego al dique. Ya están las ovejas pastando en la hierba, aunque sólo veo una muestra del rebaño. Se ve que la mayoría estará por el otro lado, el del mar. El día está bueno para caminar, aunque hace algo de frío a estas primeras horas de la mañana. Por suerte, el dique me quita algo del viento marino que, según parece, viene del Norte.
En la parte de agua dulce, cantan las ranas. Esto disipa las dudas de si los canales son de agua de mar o no. Se ve que unos lo son y otros no. Las ranas desovan en agua dulce, según creo. Paso por el camping, donde pregunté ayer. De Zeehoeve, es su nombre, y lo inmortalizo para que quede constancia de la ayuda que me dio el joven de ayer y para que se vea dónde cantan las ranas. Continúo por la acera, ya que no tengo necesidad, ni siquiera interés, de entrar en el camping.
En el otro lado de la carretera, al pie del dique, veo el cartel anunciador y compruebo que es algo más que un camping; lo definen como un área recreativa. En este lado del dique, no hay oveja alguna y empiezan las escaleras de acceso al dique que, por el otro lado, darán acceso a la playa.
Como ya la vi ayer, hoy me abstengo de ascender. En la siguiente, ya se puede apreciar el monumento que ayer no me gustó y pasé de largo sin fotografiar. Ahora lo hago de lejos y prefiero optar por visitar las iglesias, cuya torre picuda de la primera ya se me ofrece también a la vista. Pero esto que acabo de decir, también lo incumplo, pues en el siguiente acceso, subo al dique.
Cuando enlace con la carretera de la costa, los vehículos serán bastantes más. Voy sacando fotos de Popta-Zathe y de las otras casas cercanas que voy dejando atrás. Es como si me diera pena abandonar el lugar que se ha convertido en inesperado inicio de mi viaje, ya que mi idea era, como siempre, la de iniciarlo en Harlingen, el lugar en el que había acabado el del verano de 2013. Ahora, después de dos años de aquello, ya han empezado las variaciones sobre el programa. Esta es una razón por la que no me gusta planificar apenas, y por la que no premedito los lugares de pernocta. Soy más libre. Todo se va produciendo sobre la marcha.
Paso por una zona en que el asfaltado de la pista está siendo terminado, o reparado, y en seguida salgo a la carretera con más circulación. Menos mal que tiene amplia acera. Pronto llego al dique. Ya están las ovejas pastando en la hierba, aunque sólo veo una muestra del rebaño. Se ve que la mayoría estará por el otro lado, el del mar. El día está bueno para caminar, aunque hace algo de frío a estas primeras horas de la mañana. Por suerte, el dique me quita algo del viento marino que, según parece, viene del Norte.
En la parte de agua dulce, cantan las ranas. Esto disipa las dudas de si los canales son de agua de mar o no. Se ve que unos lo son y otros no. Las ranas desovan en agua dulce, según creo. Paso por el camping, donde pregunté ayer. De Zeehoeve, es su nombre, y lo inmortalizo para que quede constancia de la ayuda que me dio el joven de ayer y para que se vea dónde cantan las ranas. Continúo por la acera, ya que no tengo necesidad, ni siquiera interés, de entrar en el camping.
En el otro lado de la carretera, al pie del dique, veo el cartel anunciador y compruebo que es algo más que un camping; lo definen como un área recreativa. En este lado del dique, no hay oveja alguna y empiezan las escaleras de acceso al dique que, por el otro lado, darán acceso a la playa.
Como ya la vi ayer, hoy me abstengo de ascender. En la siguiente, ya se puede apreciar el monumento que ayer no me gustó y pasé de largo sin fotografiar. Ahora lo hago de lejos y prefiero optar por visitar las iglesias, cuya torre picuda de la primera ya se me ofrece también a la vista. Pero esto que acabo de decir, también lo incumplo, pues en el siguiente acceso, subo al dique.
Compruebo que,
efectivamente, tal como había previsto, la escalera desciende a la
playa, aunque previamente hay que cruzar una carretera exterior, que
va paralela a la que yo traía, pero con escasa, más bien nula a
estas horas, circulación. En la playa de arena amarilla no hay un
alma, y sólo se ve a unos pocos deportistas que hacen saltos
deslizándose en el agua y van volando en sus potentes cometas,
haciendo lo que llaman kite-surf.
Hacia el puerto, donde ya hay un ferry atracado, tres personas vestidas pasean por la arena seca y, como la escultura sigue sin gustarme, pero está allí, sólo fotografío de ella su sombra. La llaman De Stenen Man. En Cruiseschepen, atracan no sólo ferris, sino también cruceros. Como el plan de ir a la primera iglesia, no lo he cumplido, ahora tengo que hacer doble trabajo.
Primero, debo bajar del dique, luego cruzar las vías del tren, el carril bici y la carretera, para situarme al otro lado. Pero, cuando creo que ya estoy a punto de llegar a la iglesia, me encuentro con una canal, que no tendré más remedio que bordear. La zona se llama Spoorstraat y el canal a librar es el Zuiderhaven. Saco una foto de la iglesia, desde el otro lado del canal. Se trata de Sint Michaël Kerk, que luego visitaré.
En el puerto veo un barco que se llama Estrela Norte, que me trae el recuerdo de mi amiga portuguesa Lena, que nació en Donas, en la Serra de Estrela, un lugar bellísimo, como el Valle del Jerte, blanquísima en la época en que florecen los cerezos y muy roja cuando engordan sus frutos en los árboles. En la foto sigue apareciendo la iglesia citada. Pasando al otro lado del canal por una compuerta que comunica con otro mediante uno más estrecho, saco otra foto que da una idea de este puerto deportivo que está más abrigado que el de los ferris.
Hacia el puerto, donde ya hay un ferry atracado, tres personas vestidas pasean por la arena seca y, como la escultura sigue sin gustarme, pero está allí, sólo fotografío de ella su sombra. La llaman De Stenen Man. En Cruiseschepen, atracan no sólo ferris, sino también cruceros. Como el plan de ir a la primera iglesia, no lo he cumplido, ahora tengo que hacer doble trabajo.
Primero, debo bajar del dique, luego cruzar las vías del tren, el carril bici y la carretera, para situarme al otro lado. Pero, cuando creo que ya estoy a punto de llegar a la iglesia, me encuentro con una canal, que no tendré más remedio que bordear. La zona se llama Spoorstraat y el canal a librar es el Zuiderhaven. Saco una foto de la iglesia, desde el otro lado del canal. Se trata de Sint Michaël Kerk, que luego visitaré.
En el puerto veo un barco que se llama Estrela Norte, que me trae el recuerdo de mi amiga portuguesa Lena, que nació en Donas, en la Serra de Estrela, un lugar bellísimo, como el Valle del Jerte, blanquísima en la época en que florecen los cerezos y muy roja cuando engordan sus frutos en los árboles. En la foto sigue apareciendo la iglesia citada. Pasando al otro lado del canal por una compuerta que comunica con otro mediante uno más estrecho, saco otra foto que da una idea de este puerto deportivo que está más abrigado que el de los ferris.
Sint Michaël
Kerk
Una vez en el otro
lado del canal que es puerto deportivo, entro en la iglesia que tanto
me ha costado en llegar desde que la he empezado a ver.

Desde la zona trasera del pasillo de la nave central, saco foto donde se aprecian las dos naves laterales que, como es lógico, tienen menor altura.

Su estructura es gótica, con sus arcos apuntados, y lo mismo en las vidrieras del ábside. Aunque la liturgia prescindió del púlpito, lo siguen manteniendo, puesto que ofrece una talla en madera, una ebanistería, de calidad.

Más labrada en el frontal curvo y en el pie, que en la escalera de acceso. El altar mayor es sencillo, sin mucha filigrana, destacando así más la luminosidad de los vitrales. En conjunto, es una iglesia con mucha luz. Para seguir con mis recuerdos portugueses, me entretengo mirando a San Antonio, tan juguetón como siempre, con su pequeño en brazos.
Para el que sepa
neerlandés, le ofrezco la posibilidad de recitar su oración al
santo paduano de Lisboa. Aunque desconozco el siglo en que fue
construida esta iglesia, sí saco una foto con las últimas
estaciones del Vía Crucis: las XI, XII, XIII y XIV. Creo que es la
primera vez que veo uno de estas características en una iglesia.
Éste es fijo; los demás suelen ser de quita y pon, aunque rara vez se muevan. Una vez llego al altar mayor, me fijo en la talla de las escenas de la Anunciación, la Visitación, y otras dos más que no llego a saber lo que significan. Pero la razón principal de esta parada es ver a Santiago apóstol, caminante, viajero, con su calabaza de agua y su vieira en la capa. Me trae el recuerdo de mi primer viaje de jubilado desde el País Vasco francés, a la desembocadura del Miño en Portugal, dos meses de 2006 caminando que ahora rememoro en mi etapa 441.
También el confesionario es una bonita labor en madera y que me trae el recuerdo de lo poco que me gustaba confesarme.

No encontraba razones para pedir perdón y lo posponía todo lo que podía, con los consiguientes remordimientos de conciencia. Desobediencia a los padres, yo que estaba tan alejado de ellos. Del baptisterio, en negro y cobre, lo que más me llama la atención es el embaldosado en blanco y negro.
Al salir, ofrecen postales a 50 céntimos, pero me parecen tan feas, que con compro ninguna. Cuando salgo de esta iglesia, busco la otra.
Desde la zona trasera del pasillo de la nave central, saco foto donde se aprecian las dos naves laterales que, como es lógico, tienen menor altura.
Su estructura es gótica, con sus arcos apuntados, y lo mismo en las vidrieras del ábside. Aunque la liturgia prescindió del púlpito, lo siguen manteniendo, puesto que ofrece una talla en madera, una ebanistería, de calidad.
Más labrada en el frontal curvo y en el pie, que en la escalera de acceso. El altar mayor es sencillo, sin mucha filigrana, destacando así más la luminosidad de los vitrales. En conjunto, es una iglesia con mucha luz. Para seguir con mis recuerdos portugueses, me entretengo mirando a San Antonio, tan juguetón como siempre, con su pequeño en brazos.
Éste es fijo; los demás suelen ser de quita y pon, aunque rara vez se muevan. Una vez llego al altar mayor, me fijo en la talla de las escenas de la Anunciación, la Visitación, y otras dos más que no llego a saber lo que significan. Pero la razón principal de esta parada es ver a Santiago apóstol, caminante, viajero, con su calabaza de agua y su vieira en la capa. Me trae el recuerdo de mi primer viaje de jubilado desde el País Vasco francés, a la desembocadura del Miño en Portugal, dos meses de 2006 caminando que ahora rememoro en mi etapa 441.
También el confesionario es una bonita labor en madera y que me trae el recuerdo de lo poco que me gustaba confesarme.
No encontraba razones para pedir perdón y lo posponía todo lo que podía, con los consiguientes remordimientos de conciencia. Desobediencia a los padres, yo que estaba tan alejado de ellos. Del baptisterio, en negro y cobre, lo que más me llama la atención es el embaldosado en blanco y negro.
Al salir, ofrecen postales a 50 céntimos, pero me parecen tan feas, que con compro ninguna. Cuando salgo de esta iglesia, busco la otra.
Grote Kerk
Me meto por entre
calles y pronto llego a ella, pero ésta no la podré visitar por
dentro, puesto que todas las puertas están cerradas. Me limito a
sacar dos fotografías. En la primera, doy prioridad a la torre
picuda y en la segundo a la fachada principal.

Tal como veo su estructura desde fuera, me da la impresión de que es de cruz latina, probablemente algo corta, pero con el crucero bien marcado en el centro. Pero, sin entrar, es hacer demasiadas conjeturas. Será mejor limitarnos a ver lo que vemos. Grote Kerk dispone de mejor ubicación en el espacio que San Miguel, que se encuentra más constreñida entre las casas y la dársena portuaria. Esta segunda iglesia está en un prado amplio y con arboleda aledaña, aunque realmente su fachada es poco agraciada. Ni su portada, ni su escala de tres peldaños, le ayudan a darle más esbeltez.
Tal como veo su estructura desde fuera, me da la impresión de que es de cruz latina, probablemente algo corta, pero con el crucero bien marcado en el centro. Pero, sin entrar, es hacer demasiadas conjeturas. Será mejor limitarnos a ver lo que vemos. Grote Kerk dispone de mejor ubicación en el espacio que San Miguel, que se encuentra más constreñida entre las casas y la dársena portuaria. Esta segunda iglesia está en un prado amplio y con arboleda aledaña, aunque realmente su fachada es poco agraciada. Ni su portada, ni su escala de tres peldaños, le ayudan a darle más esbeltez.
Harlingen. Un
paseo por la ciudad
Pregunto para llegar
sin tardanza a la oficina de Turismo, y voy haciendo el recorrido más
corto posible hacia ella. Primero paso por un corto canal, que
finaliza en paso peatonal.
Dispone a ambos lados de una valla muy
baja, que considero un peligro para pasear por allí con niños y que
exige gran vigilancia de los adultos responsables de su integridad
física. Llego a Kaashandel, una torre con reloj que, en relación a
mi reloj de pulsera, va con algo de retraso en la indicación
horaria.

En mi reloj ya son las once. Es así como llego a la plaza Grote Brede Plaats y fotografío una de las casas. Pudiera ser un edificio oficial, puesto que dispone de una bandera que, al estar enrollada, no puedo apreciar de dónde es. Tampoco sabría decirlo si estuviera desplegada. Mi conocimiento de banderas y emblemas holandeses es muy débil y tendría dificultad para interpretar significados. Lo que más destaca de esta casa son los portillos, o ventanillos, de las ventanas en marrón y blanco, siendo el blanco una abstracción de grandes diábolos.
Y, recién dadas las once, entro en la oficina de Información. Está la mujer con la que ayer pude hablar algo en castellano y le agradezco su gestión de Popta-Zathe y le digo que he estado muy bien allí esta noche. Le enseño el dibujo que he hecho esta mañana y, la otra, me da un mapa que me va a venir muy bien para salir de Harlingen. Mejor que el que tenía ayer. Me interesa mucho este nuevo mapa, porque así me doy cuenta de todo lo que voy a tener que caminar para superar por el interior todo el espacio que ocupa el puerto industrial. Aprovecho para intentar de nuevo entrar en Internet en mi correo, pero tampoco hoy obtenemos mejor resultado que el de ayer. Me dan varias informaciones sobre: primero, que la torre de Leeuwarden, Oldeore, es de 1529 y segundo, para la de Kinswerd varias fechas.
La inicial es de 1050 y tuvo varias reconstrucciones, siendo la última de 1516. Me voy agradecido. Al salir, fotografío el V.v.v. para el recuerdo de este buen inicio del viaje. En la calle veo unos árboles que han sido domados y se les ha dejado crecer como el jardinero, o el urbanista, ha querido. Están en plano curvo y cuesta distinguir entre sus troncos y los postes metálicos de las farolas, que tampoco queda muy claro que iluminen nada y no sean más que simples postes donde amarrar las ramas en curva. Aunque me desagrada que martiricen a los árboles, saco foto para ilustrar lo que digo. Supongo que habrá opiniones para todos los gustos o disgustos.
En mi reloj ya son las once. Es así como llego a la plaza Grote Brede Plaats y fotografío una de las casas. Pudiera ser un edificio oficial, puesto que dispone de una bandera que, al estar enrollada, no puedo apreciar de dónde es. Tampoco sabría decirlo si estuviera desplegada. Mi conocimiento de banderas y emblemas holandeses es muy débil y tendría dificultad para interpretar significados. Lo que más destaca de esta casa son los portillos, o ventanillos, de las ventanas en marrón y blanco, siendo el blanco una abstracción de grandes diábolos.
Y, recién dadas las once, entro en la oficina de Información. Está la mujer con la que ayer pude hablar algo en castellano y le agradezco su gestión de Popta-Zathe y le digo que he estado muy bien allí esta noche. Le enseño el dibujo que he hecho esta mañana y, la otra, me da un mapa que me va a venir muy bien para salir de Harlingen. Mejor que el que tenía ayer. Me interesa mucho este nuevo mapa, porque así me doy cuenta de todo lo que voy a tener que caminar para superar por el interior todo el espacio que ocupa el puerto industrial. Aprovecho para intentar de nuevo entrar en Internet en mi correo, pero tampoco hoy obtenemos mejor resultado que el de ayer. Me dan varias informaciones sobre: primero, que la torre de Leeuwarden, Oldeore, es de 1529 y segundo, para la de Kinswerd varias fechas.
La inicial es de 1050 y tuvo varias reconstrucciones, siendo la última de 1516. Me voy agradecido. Al salir, fotografío el V.v.v. para el recuerdo de este buen inicio del viaje. En la calle veo unos árboles que han sido domados y se les ha dejado crecer como el jardinero, o el urbanista, ha querido. Están en plano curvo y cuesta distinguir entre sus troncos y los postes metálicos de las farolas, que tampoco queda muy claro que iluminen nada y no sean más que simples postes donde amarrar las ramas en curva. Aunque me desagrada que martiricen a los árboles, saco foto para ilustrar lo que digo. Supongo que habrá opiniones para todos los gustos o disgustos.
Harlingen.
Hacia el Norte de la ciudad
Hacia el Norte de la ciudad
Ahora me toca pasar
al otro lado del canal para continuar a pie y poder salir de la
ciudad. Enfrente está el Verkeenstoren, el edifico de control de la
circulación de navíos. Toca esperar hasta que vuelvan a poner el
puente en su sitio para que pasemos los peatones. Mientras tanto
observo como pasan algunos barcos de gran calado y otros veleros, más
volanderos, con sus velas desplegadas al viento. Por fin, nos toca
pasar.
Llego así frente al edificio más bonito del puerto, el Havenmantsje, con su reloj. Puedo observar otro puente sobre canal de salida que, así como el que acabo de pasar se movía en forma de radio circular y en horizontal, éste que veo a lo lejos, lo hace como puente levadizo. En Holanda, menos puentes colgantes como el de Portugalete o el de Rochefort, se ven de todo tipo, con dispositivos muy variados. Tanto canal y tanto puerto, hacen desarrollar la imaginación de los ingenieros de puertos y canales.
En poco tiempo ya estoy a las afueras de Harlingen. Pero aún me faltará mucho para llegar a la campiña y a la costa. Durante un largo trecho, iré constreñido entre el puerto industrial, que no me deja ver el mar, y un ancho canal, el Van Harinxmakanaal. Lo malo es que no me debo confiar mucho con este canal ya que, si lo sigo, me va a llevar hacia el Sudeste y yo ahora necesito ir hacia el Norte. Al inicio, un indicador me invita a visitar dos de las islas que ya visité en 2013, Vlieland y Terschelling que, este año, no entran ya en mi programa. Saco una foto con el cartel, una parte de las instalaciones del Puerto industrial y zona de embarque en ferris y, a la derecha, el canal que ya he mencionado.
A la carretera, por la que voy caminando, la llaman Harlingenstraatweg. Árboles plantados entre el carril y bici y peatonal y el canal, me quitan la visión de parte del mismo. Sólo a tramos, hay huecos que utilizan como embarcadero para pasar hacia el Sur, que sería el lado Norte de la ciudad. Desde este lado veo un gran edificio y grandes extensiones de césped por el que la gente pasea, se tumba o, en los bancos, descansa.
Pronto abandono el Van Harinxmakanaal y voy vertical hacia carretera más principal, que deberé atravesar si no quiero alejarme mucho de la costa. La carretera se dirige a Leeuwarden. Tal como está configurado el paso, cuando llego, compruebo que no la tengo que atravesar, ya que el carril bici pasa por debajo de ella.
No está mal evitar el peligro de que me embista algún coche. Se va acercando la hora del mediodía, y voy pensando en la estrategia adecuada para encontrar un lugar para comer. Veo a lo lejos los pueblos de Midlum y Vijnaldum, pero están hacia el interior y no me interesan si quiero ir por la costa.
Tengo la sensación de que avanzo poco. Probablemente sea porque hace tiempo que no veo el mar, y el interior lo controlo peor. Fotografío un patatal, con uno de los pueblos mencionados, al fondo.

Llego al poste alto que soporta un molino para la obtención de energía eólica. Parece que es un indicador de que el puerto ya se ha acabado. Superado el puerto industrial, sale una carretera menor que enfila hacia la costa y voy por ella.

Pero cuando estoy a punto de llegar al dique que me va a permitir ver el mar, sigo un camino que lleva a una casa. Aunque sea camino privado, sigo adelante.
Desde la carretera que abandono, que va hacia Hoarnestreek, me permito el lujo de fotografiar las casas. Ni me doy cuenta pero, por detrás de mí, me persigue un coche que circula con un motor muy silencioso. El conductor no me dice nada cuando le dejo pasar. A lo mejor el camino no es tan privado como parece a primera vista.
En el dique, empiezo a ver más ovejas comiendo hierba.
Llego así frente al edificio más bonito del puerto, el Havenmantsje, con su reloj. Puedo observar otro puente sobre canal de salida que, así como el que acabo de pasar se movía en forma de radio circular y en horizontal, éste que veo a lo lejos, lo hace como puente levadizo. En Holanda, menos puentes colgantes como el de Portugalete o el de Rochefort, se ven de todo tipo, con dispositivos muy variados. Tanto canal y tanto puerto, hacen desarrollar la imaginación de los ingenieros de puertos y canales.
En poco tiempo ya estoy a las afueras de Harlingen. Pero aún me faltará mucho para llegar a la campiña y a la costa. Durante un largo trecho, iré constreñido entre el puerto industrial, que no me deja ver el mar, y un ancho canal, el Van Harinxmakanaal. Lo malo es que no me debo confiar mucho con este canal ya que, si lo sigo, me va a llevar hacia el Sudeste y yo ahora necesito ir hacia el Norte. Al inicio, un indicador me invita a visitar dos de las islas que ya visité en 2013, Vlieland y Terschelling que, este año, no entran ya en mi programa. Saco una foto con el cartel, una parte de las instalaciones del Puerto industrial y zona de embarque en ferris y, a la derecha, el canal que ya he mencionado.
A la carretera, por la que voy caminando, la llaman Harlingenstraatweg. Árboles plantados entre el carril y bici y peatonal y el canal, me quitan la visión de parte del mismo. Sólo a tramos, hay huecos que utilizan como embarcadero para pasar hacia el Sur, que sería el lado Norte de la ciudad. Desde este lado veo un gran edificio y grandes extensiones de césped por el que la gente pasea, se tumba o, en los bancos, descansa.
Pronto abandono el Van Harinxmakanaal y voy vertical hacia carretera más principal, que deberé atravesar si no quiero alejarme mucho de la costa. La carretera se dirige a Leeuwarden. Tal como está configurado el paso, cuando llego, compruebo que no la tengo que atravesar, ya que el carril bici pasa por debajo de ella.
No está mal evitar el peligro de que me embista algún coche. Se va acercando la hora del mediodía, y voy pensando en la estrategia adecuada para encontrar un lugar para comer. Veo a lo lejos los pueblos de Midlum y Vijnaldum, pero están hacia el interior y no me interesan si quiero ir por la costa.
Tengo la sensación de que avanzo poco. Probablemente sea porque hace tiempo que no veo el mar, y el interior lo controlo peor. Fotografío un patatal, con uno de los pueblos mencionados, al fondo.
Llego al poste alto que soporta un molino para la obtención de energía eólica. Parece que es un indicador de que el puerto ya se ha acabado. Superado el puerto industrial, sale una carretera menor que enfila hacia la costa y voy por ella.
Pero cuando estoy a punto de llegar al dique que me va a permitir ver el mar, sigo un camino que lleva a una casa. Aunque sea camino privado, sigo adelante.
Desde la carretera que abandono, que va hacia Hoarnestreek, me permito el lujo de fotografiar las casas. Ni me doy cuenta pero, por detrás de mí, me persigue un coche que circula con un motor muy silencioso. El conductor no me dice nada cuando le dejo pasar. A lo mejor el camino no es tan privado como parece a primera vista.
En el dique, empiezo a ver más ovejas comiendo hierba.
Por el dique
Las ovejas, comiendo
la hierba del dique, evitan que la tengan rasurar los jardineros. De
esta forma se alimenta gratis al ganado y se evita pagar sueldos
innecesarios. Todo ello en el supuesto de que el dique sea del Estado
y no una propiedad privada. Así el dique está perennemente
rasurado. Fotografío más casas cercanas al dique y una larga hilera
de molinos de energía eólica. El que he visto antes no era más que
un preludio de los muchos que vendrán. Para que las ovejas se
mantengan dentro del linde habilitado para ellas, entre el dique y el
mar por un lado y los pequeños canales por el otro, hay que sellar
la posibilidad de que puedan pasar por la carretera. Para evitarlo,
utilizan las dobles te propias de los raíles de vía férrea o, como
en este caso, varillas de hierro que se emplean para reforzar
encofrados en la construcción. También el caminante tendrá que
adaptar su paso para cruzar estos obstáculos. Mientras unas ovejas,
y cuando digo como genérico ovejas meto en el mismo saco a los
corderos para que, si lo hiciera al revés, no me llamen machista,
siguen arrancando la hierba con sus lenguas prensiles otras,
tumbadas, la muelen en sus imparables bocas y rumian como vacas.
Mientras en su proceso digestivo hasta que despidan las cagarrutas,
que pululan por el suelo en que camino, se va produciendo el milagro
de la conversión de la verdura en blancura. ¿No es un milagro que
la hierba se convierta en leche?
Algunas cabezas descansan sobre el calorcito del asfalto. Que ajenas están a que al caminante le encanta la cabecilla de cordero asada, que se relame sorbiendo los sesos, mascando la lengua, dando dentelladas a quijadas y carrilleras… Sólo de pensarlo, se me hace la boca a gua. Y a estas horas, más. También veo y oigo los pitidos de aves blancas y negras que revolotean como alertando de la llegada del intruso. ¿Serán cigüeñuelas en época de empollar o de crianza de sus neófitos? Por suerte, no me atacarán. También veo en los canales fochas y patos.
Algunas cabezas descansan sobre el calorcito del asfalto. Que ajenas están a que al caminante le encanta la cabecilla de cordero asada, que se relame sorbiendo los sesos, mascando la lengua, dando dentelladas a quijadas y carrilleras… Sólo de pensarlo, se me hace la boca a gua. Y a estas horas, más. También veo y oigo los pitidos de aves blancas y negras que revolotean como alertando de la llegada del intruso. ¿Serán cigüeñuelas en época de empollar o de crianza de sus neófitos? Por suerte, no me atacarán. También veo en los canales fochas y patos.
A ambos lados del
dique,
hacia Sexbierum
hacia Sexbierum
Después de ovejas y
corderos, veo al otro lado de la pequeña carretera que va paralela
al dique y a un pequeño canal, una yegua con su pony.
Aunque falte el caballo padre, me parece una enternecedora familia. La madre también come hierba para realizar el milagro que, por sus ubres, permita alimentar a su pequeñín, aunque ya esté bastante crecido. Un matrimonio que llega en bici con grandes alforjas. Preguntan. Les digo que voy hacia Polonia, siguiendo la costa. Se asombran y me desean suerte. Sin muchas más alteraciones en el paisaje, llego a un pequeño museo, donde se ofrece al visitante una muestra de la caza y pesca local. Se trata de Roptazijl y leo algo relacionado con el mar de los Sargazos. Hoy está cerrado y no lo puedo visitar, no hay que olvidar que es sábado y ya hemos cruzado la barrera del mediodía.
Por las imágenes, puedo pensar en cazadores de focas, pero no me atrevo a asegurarlo. Quizás también se ofrezcan piscinas propias de piscifactorías. Aunque, por la hierba, puedo ascender al dique cuando quiero y no haya barreras que me lo impidan, como ocurre ahora, el camino me ofrece a lo lejos una desviación hacia el mar. Subo por ella.
Desde la cima, se me ofrecen varias alternativas. Una de ellas es la de continuar por el lado del dique por el que vengo, sin ver el mar. Otra es la de ir por el lado marino del dique. A estas horas, la marea está alta y hasta podría darme un baño, pero no me da garantía el fondo, ¿será de arena, será de fango?, ¿cubrirá pronto o tardará en cubrir?
En cualquier caso, me interesa más comer y no continuar por un dique que, en mi mapa, no ofrece ninguna posibilidad de encontrar alimento. Justamente, sobre el dique donde estoy, veo una casa que necesita un pequeño puente para pasar de la pequeña carretera al otro lado del pequeño canal. Un coche aparcado ya está preparado para arrastrar un carro con bicicletas.
Una pareja me recomienda que vaya a comer a Sexbierum. Al otro lado del canal, llevo un buen rato viendo piedras amontonadas. Supongo que las van encontrando al roturar la tierra y que, además de ser una molestia para hacer los surcos y poder dañar las herramientas, así podrán utilizarlas en construcción y/o venderlas. Poco más adelante sale un camino que supongo me llevará a Sexbierum.
Aunque me tenga que meter hacia el interior, ahora no me importa, ya que está justificado por la comida. Unos indicadores, limitan la anchura y peso de los vehículos que pueden circular por este camino.
Aunque falte el caballo padre, me parece una enternecedora familia. La madre también come hierba para realizar el milagro que, por sus ubres, permita alimentar a su pequeñín, aunque ya esté bastante crecido. Un matrimonio que llega en bici con grandes alforjas. Preguntan. Les digo que voy hacia Polonia, siguiendo la costa. Se asombran y me desean suerte. Sin muchas más alteraciones en el paisaje, llego a un pequeño museo, donde se ofrece al visitante una muestra de la caza y pesca local. Se trata de Roptazijl y leo algo relacionado con el mar de los Sargazos. Hoy está cerrado y no lo puedo visitar, no hay que olvidar que es sábado y ya hemos cruzado la barrera del mediodía.
Por las imágenes, puedo pensar en cazadores de focas, pero no me atrevo a asegurarlo. Quizás también se ofrezcan piscinas propias de piscifactorías. Aunque, por la hierba, puedo ascender al dique cuando quiero y no haya barreras que me lo impidan, como ocurre ahora, el camino me ofrece a lo lejos una desviación hacia el mar. Subo por ella.
Desde la cima, se me ofrecen varias alternativas. Una de ellas es la de continuar por el lado del dique por el que vengo, sin ver el mar. Otra es la de ir por el lado marino del dique. A estas horas, la marea está alta y hasta podría darme un baño, pero no me da garantía el fondo, ¿será de arena, será de fango?, ¿cubrirá pronto o tardará en cubrir?
En cualquier caso, me interesa más comer y no continuar por un dique que, en mi mapa, no ofrece ninguna posibilidad de encontrar alimento. Justamente, sobre el dique donde estoy, veo una casa que necesita un pequeño puente para pasar de la pequeña carretera al otro lado del pequeño canal. Un coche aparcado ya está preparado para arrastrar un carro con bicicletas.
Una pareja me recomienda que vaya a comer a Sexbierum. Al otro lado del canal, llevo un buen rato viendo piedras amontonadas. Supongo que las van encontrando al roturar la tierra y que, además de ser una molestia para hacer los surcos y poder dañar las herramientas, así podrán utilizarlas en construcción y/o venderlas. Poco más adelante sale un camino que supongo me llevará a Sexbierum.
Aunque me tenga que meter hacia el interior, ahora no me importa, ya que está justificado por la comida. Unos indicadores, limitan la anchura y peso de los vehículos que pueden circular por este camino.
Comida en
Sexbierum:
De Harmonie
De Harmonie
Ya estoy entrando en
el pueblo recomendado. Me sorprende un gran portalón que da entrada
a una casa de labranza. Un caballo blanco, que no es tan esbelto como
el de Santiago, de raza paticorta, está amarrado en el borde del
camino.
También come hierba que es el alimento más accesible y barato. La carretera penetra por una arboleda y me ofrece una panorámica del pueblo. Su nombre me recuerda a la conjunción de dos palabras, una cerveza que lleva al sexo. Una cerveza que cumple funciones de Viagra.
Tras preguntar dos veces y pasar por detrás de la iglesia, de la que he hecho dos fotos, una desde su fachada con vitrales y, la otra, desde el cementerio y su alta torre, llego a De Harmonie. La iglesia es protestante y se llama De Terskflier.
De Harmonie también es un hotel. Me quito al llegar el jersey a rayas verde y blanco, que no me había quitado desde la mañana. Me sacan carta pero, sin leerla, pido stamppôt, el alimento recomendado por Maite González Esnal.

Me dicen que es comida de invierno, pero que tienen en el congelador. Doy mi visto bueno y espero. Cuando me la sacan, veo que se trata de una masa de patata con verdura y trocitos de jamón, con una gran albóndiga. Y sacan aparte un cuenco con salsa aceitosa que apenas tiene sabor. También cebolletas y pepinillos en vinagre.
La grasa derretida y caliente ni la uso y, tampoco pido la copa de la casa Harmonie, pues estoy lleno. Saco foto del conjunto para el recuerdo. Aunque no me ha entusiasmado el plato, y es probable que no vuelva a pedirlo, al menos he probado un plato típico y recomendado. La falta de apetito pude ser derivada de haber desayunado suficientemente bien. He bebido cerveza, pero no me ha producido ningún apetito sexual, quizás por el espirituoso que he bebido al final, una copita de Beerembourg, para culminar mi comida literaria. Al pagar la cuenta, el stamppôt aparece como keuken y me cobran 11,50, la cerveza Bier 2,00, la copa 1,75 y 2,00 más de no sé qué. Pago con Visa 17,25€. Mientras escribo el diario, voy bebiendo la copita, lentamente, para alargar el tiempo de dulzura. Termino de escribir a las tres de la tarde, voy al servicio y abandono el local.
También come hierba que es el alimento más accesible y barato. La carretera penetra por una arboleda y me ofrece una panorámica del pueblo. Su nombre me recuerda a la conjunción de dos palabras, una cerveza que lleva al sexo. Una cerveza que cumple funciones de Viagra.
Tras preguntar dos veces y pasar por detrás de la iglesia, de la que he hecho dos fotos, una desde su fachada con vitrales y, la otra, desde el cementerio y su alta torre, llego a De Harmonie. La iglesia es protestante y se llama De Terskflier.
De Harmonie también es un hotel. Me quito al llegar el jersey a rayas verde y blanco, que no me había quitado desde la mañana. Me sacan carta pero, sin leerla, pido stamppôt, el alimento recomendado por Maite González Esnal.
Me dicen que es comida de invierno, pero que tienen en el congelador. Doy mi visto bueno y espero. Cuando me la sacan, veo que se trata de una masa de patata con verdura y trocitos de jamón, con una gran albóndiga. Y sacan aparte un cuenco con salsa aceitosa que apenas tiene sabor. También cebolletas y pepinillos en vinagre.
La grasa derretida y caliente ni la uso y, tampoco pido la copa de la casa Harmonie, pues estoy lleno. Saco foto del conjunto para el recuerdo. Aunque no me ha entusiasmado el plato, y es probable que no vuelva a pedirlo, al menos he probado un plato típico y recomendado. La falta de apetito pude ser derivada de haber desayunado suficientemente bien. He bebido cerveza, pero no me ha producido ningún apetito sexual, quizás por el espirituoso que he bebido al final, una copita de Beerembourg, para culminar mi comida literaria. Al pagar la cuenta, el stamppôt aparece como keuken y me cobran 11,50, la cerveza Bier 2,00, la copa 1,75 y 2,00 más de no sé qué. Pago con Visa 17,25€. Mientras escribo el diario, voy bebiendo la copita, lentamente, para alargar el tiempo de dulzura. Termino de escribir a las tres de la tarde, voy al servicio y abandono el local.
De Sexbierum a
Oosterbierum
Ahora, me abstengo
de ir hacia el dique y continúo carretera adelante, hacia
Oosterbierum. Sin salir del pueblo donde he comido, paso por un lugar
que ofrece una pirámide con el nombre de Aeolus. No me acerco para
ver lo que ofrece esta instalación tan curiosa, no estamos en
Egipto, ni es el Louvre, pero por el colorido de las letras se podría
pensar que es un parque para juegos infantiles, algo así como Tierra
Mítica, o un Acuapark.
Cercano a él veo un molino de viento, pero de los construidos para moler el grano. Lejos de él lo inmortalizo en una instantánea y, después me acercaré a él. Es un recio edificio con las aspas en muy buen estado de conservación. También me llama la atención una casa pero, más que la casa en sí, lo que me sorprende es que su tejado ofrece una mezcla entre tejas de cerámica y la paja típica de las granjas holandesas. Esta mezcla no sé hasta dónde llega, ya que no tengo rayos equis.
Da la sensación que la superficie más grande, la de paja, recubre la cerámica como si de una camisa protectora se tratara, aunque se supone que el tratamiento que dan a esta paja ofrece el suficiente poder impermeable como para no precisar de los dos tipos de material. También podría pensarse que toda la cubrición es de paja pero, al deteriorarse los flancos inferiores, lo ha resuelto con las tejas cerámicas para evitar filtraciones por lluvia y nieve.
Pero dejémonos de adivinanzas. No tengo a nadie cercano para poderlo preguntar y ofrecer la realidad. Paso pues por detrás del molino. En las dos fotos se puede comprobar que las astas están en la misma posición, lo que da cuenta de que el molino está parado, que las aspas no se mueven, y que no realiza ningún trabajo de molienda en la actualidad. La foto primera la he hecho con las aspas por delante. Ahora lo hago por detrás.
Ya saliendo del Sexbierum urbano, los sembrados más habituales son los de patatas. Ofrezco dos patatales bien alineados, en el primero, este alineamiento, por la posición que elijo para la cámara, es más evidente. Los surcos y las plantas que han crecido, muestran una línea que, como vía de tren, se funde en la distancia.
En el otro patatal esta linealidad queda confundida y parece desorden, lo cual no se acerca en nada a la realidad. Como no hay una gran distancia entre los dos pueblos, hermanados por el sufijo en su nombre, bierum, cuando enfilo la última recta y veo Oosterbierum, saco foto que confirma el acercamiento. Aunque continuando por sembrados de patatas, ya se ve a lo lejos la torre de la iglesia.
Han plantado arbolitos nuevos y siguen ofreciendo, paralelo a la carretera, un ancho camino peatonal y para bicicletas.
Cercano a él veo un molino de viento, pero de los construidos para moler el grano. Lejos de él lo inmortalizo en una instantánea y, después me acercaré a él. Es un recio edificio con las aspas en muy buen estado de conservación. También me llama la atención una casa pero, más que la casa en sí, lo que me sorprende es que su tejado ofrece una mezcla entre tejas de cerámica y la paja típica de las granjas holandesas. Esta mezcla no sé hasta dónde llega, ya que no tengo rayos equis.
Da la sensación que la superficie más grande, la de paja, recubre la cerámica como si de una camisa protectora se tratara, aunque se supone que el tratamiento que dan a esta paja ofrece el suficiente poder impermeable como para no precisar de los dos tipos de material. También podría pensarse que toda la cubrición es de paja pero, al deteriorarse los flancos inferiores, lo ha resuelto con las tejas cerámicas para evitar filtraciones por lluvia y nieve.
Pero dejémonos de adivinanzas. No tengo a nadie cercano para poderlo preguntar y ofrecer la realidad. Paso pues por detrás del molino. En las dos fotos se puede comprobar que las astas están en la misma posición, lo que da cuenta de que el molino está parado, que las aspas no se mueven, y que no realiza ningún trabajo de molienda en la actualidad. La foto primera la he hecho con las aspas por delante. Ahora lo hago por detrás.
Ya saliendo del Sexbierum urbano, los sembrados más habituales son los de patatas. Ofrezco dos patatales bien alineados, en el primero, este alineamiento, por la posición que elijo para la cámara, es más evidente. Los surcos y las plantas que han crecido, muestran una línea que, como vía de tren, se funde en la distancia.
En el otro patatal esta linealidad queda confundida y parece desorden, lo cual no se acerca en nada a la realidad. Como no hay una gran distancia entre los dos pueblos, hermanados por el sufijo en su nombre, bierum, cuando enfilo la última recta y veo Oosterbierum, saco foto que confirma el acercamiento. Aunque continuando por sembrados de patatas, ya se ve a lo lejos la torre de la iglesia.
Han plantado arbolitos nuevos y siguen ofreciendo, paralelo a la carretera, un ancho camino peatonal y para bicicletas.
Lo que más me llama
la atención, es una casa en que se me vuelve a plantear el dilema
del tejado anterior, ya expuesto, pero ahora con una nueva
complicación. Esta casa ofrece tres versiones en el tejado. Un lado
es todo de teja cerámica pero, el más amplio, ofrece una parte
cubierta de no sé qué materia, oscuro, y otra está cubierta por la
paja. Los cortes son perfectos. ¿Podría ser que la parte oscura se
deterioró, la sanearon, y está a la espera de ser recubierta de
nuevo por la paja, que ya tenía antes? ¿Pudiera ser que ya esa paja
es difícil o imposible de conseguir, o muy cara? ¿Estaría
suficientemente impermeabilizada tal como está y no es necesario
gastar más dinero?
Aunque aquí tengo a quien preguntar, ni mi nivel de inglés es suficiente para aclararlo, ni sé si el neerlandés con el que hablo, y que me dice por dónde debo tirar si quiero salir de nuevo al dique, ya que si sigo por la carretera me voy alejando más y más de él, me lo va a saber explicar y yo entender. Una vez de saber hacia dónde tirar, me acerco a la iglesia. Un arriate florido me ofrece una mezcla de plantas puestas ex profeso y otras que, como las hermosas amapolas, creo que han surgido por inseminación espontánea.
En cualquier caso componen un precioso conjunto floral que me resisto a dejar sin fotografiar. La iglesia se me ofrece con su torre picuda frontal. Me resulta curioso cómo se pasa de la base cuadrada de la torre propiamente dicha, a la octogonal de la pirámide superior.
El problema lo tengo para fotografiarla al completo, ya que no tengo fondo suficiente para
echarme atrás. Para que entre torre y fachada lateral, la tengo que
sacar torcida.
Son casi las cuatro. El reloj va bien. Si el pueblo anterior me ofrecía patatales, este presenta grandes extensiones de trigales. Patatas y pan, dos alimentos básicos de la dieta holandesa. El hombre que hacía arreglos en la puerta de su casa, me orienta hacia el siguiente camino. Insisto para cerciorarme y me dice que continúe hasta el próximo conjunto de casas que está al fondo. Tengo que vigilar los distintos entrantes hacia la izquierda, que no van al dique, sino a viviendas de particulares. Saliendo de Oosterbierum, ya veo a lo lejos el dique al que vuelvo a acercarme.
Aunque aquí tengo a quien preguntar, ni mi nivel de inglés es suficiente para aclararlo, ni sé si el neerlandés con el que hablo, y que me dice por dónde debo tirar si quiero salir de nuevo al dique, ya que si sigo por la carretera me voy alejando más y más de él, me lo va a saber explicar y yo entender. Una vez de saber hacia dónde tirar, me acerco a la iglesia. Un arriate florido me ofrece una mezcla de plantas puestas ex profeso y otras que, como las hermosas amapolas, creo que han surgido por inseminación espontánea.
En cualquier caso componen un precioso conjunto floral que me resisto a dejar sin fotografiar. La iglesia se me ofrece con su torre picuda frontal. Me resulta curioso cómo se pasa de la base cuadrada de la torre propiamente dicha, a la octogonal de la pirámide superior.
Son casi las cuatro. El reloj va bien. Si el pueblo anterior me ofrecía patatales, este presenta grandes extensiones de trigales. Patatas y pan, dos alimentos básicos de la dieta holandesa. El hombre que hacía arreglos en la puerta de su casa, me orienta hacia el siguiente camino. Insisto para cerciorarme y me dice que continúe hasta el próximo conjunto de casas que está al fondo. Tengo que vigilar los distintos entrantes hacia la izquierda, que no van al dique, sino a viviendas de particulares. Saliendo de Oosterbierum, ya veo a lo lejos el dique al que vuelvo a acercarme.
Por el dique
hacia Koehool.
De nuevo, vengo a
hacer compañía a mis amantes ovejas y corderos, que me siguen
obsequiando con sus cagarrutas.

Tras un rato a su lado, estaré gran trecho sin ver a estos rumiantes. La estructura del camino es la misma que la de esta mañana. A mi izquierda el dique y, aunque no lo vea, presuntamente está el mar del otro lado.
Yo sigo por el camino, que es carretera, a veces asfaltada, a veces sin asfaltar. Es suficiente para los propietarios de los ovinos, para traerlos y llevarlos, y bueno para el caminante y los esporádicos ciclistas. A mi derecha, sigue habiendo un regato de agua en paralelo y, a continuación grandes extensiones de la llanada holandesa ganada al mar, gracias al dique.
También algunas casas dispersas por las que hubiera pasado de haber seguido por la carretera general. Al final de mi camino, veo otra valla que limita el acceso a otro rebaño. Se ve que las que acabo de dejar atrás pertenecen a Oosterbierum y las que veo ahora al otro lado, son ya de Koehool. También se empiezan a ver al fondo grandes pabellones. Cuando llego a estos enormes establos, fotografío la primera casa de Koehool y a sus ovejas que la guardan a este lado de su valla de madera. Son obedientes y no penetran en sus posesiones. Koehool va a ser un pueblo muy largo y, desde esta primera casa, que fotografío, hasta la última, cuando salga a Zworte Haan, va a pasar una media hora.
No he visto cartel a la entrada, pero si veré el de la salida, que me daría la medida exacta del espacio y la distancia. Sabiendo que camino a una velocidad de algo menos de seis kilómetros por hora. Vuelvo a subir al dique, y veo el mar en marea baja, lo que confirma que este mar es una mierda y que, verlo con marea alta da el pego. Ahora puedo asegurar que debo resistirme siempre a darme un baño en semejantes lugares de la costa interior.
Mirando hacia el mar, ha ido quedando atrás la isla de Terschelling, pero aún no se vislumbra nada de la de Ámeland, a donde pretendo llegar mañana. Con estos pensamientos voy llegando la última casa de Koehool y al letrero de finalización de su territorio. Según de donde se venga, puede decirse que al inicio de Koehool. Eso es lo que indica la fotografía.
A pesar de lo dicho, aún me falta por llegar a un barrio cercano, que no sé a qué pueblo pertenece. Lo que sí está claro es que, el propio camino, me vuelve a alejar del dique costero. En este barrio ofrecen un restaurante indonesio, pero llega demasiado tarde, pues ya vengo bien comido.
Algunas de las figuras esculpidas en la explanada recuerdan a las legendarias de Papúa o similares, aunque otras tengan raigambre más europea. Supongo que algún escultor de la zona las ofrece a la venta o las presenta como un museo, muy original, al aire libre.

Saco una foto de la zona llana, para ver lo alejado que estoy de nuevo del dique, pero el nuevo me va a volver a acercar a la costa.
Cuando supero el dique, en el punto 22, me vuelvo a encontrar de nuevo con el mar de limo. La novedad es que, en el horizonte marino se pueden observar pequeñas protuberancias que indican que ya no estoy tan lejos de Ámeland. Otra información que me da la marea baja es que, con un mar tan repleto de limo, no es extraño que continuamente estén trabajando las dragadoras para que los ferris puedan surcar este mar interior, y poder acceder desde el continente a las islas más próximas y viceversa. Yo, desde mi ignorancia y sin apreciar los intereses económicos de los navieros, creo que sería motivo suficiente como para poder habilitar itinerarios por el Mar del Norte y que se pudiera ir de isla en isla por todas las Islas Frisias, desde Texel a Fanø, es decir, desde Holanda a Dinamarca. Se evitaría trabajo a tanta dragadora. Pero a la vez se quedarían sin trabajo los puertos del continente de donde parten los ferris a las islas. No me queda otra que aceptar las cosas como son.
Tras un rato a su lado, estaré gran trecho sin ver a estos rumiantes. La estructura del camino es la misma que la de esta mañana. A mi izquierda el dique y, aunque no lo vea, presuntamente está el mar del otro lado.
Yo sigo por el camino, que es carretera, a veces asfaltada, a veces sin asfaltar. Es suficiente para los propietarios de los ovinos, para traerlos y llevarlos, y bueno para el caminante y los esporádicos ciclistas. A mi derecha, sigue habiendo un regato de agua en paralelo y, a continuación grandes extensiones de la llanada holandesa ganada al mar, gracias al dique.
También algunas casas dispersas por las que hubiera pasado de haber seguido por la carretera general. Al final de mi camino, veo otra valla que limita el acceso a otro rebaño. Se ve que las que acabo de dejar atrás pertenecen a Oosterbierum y las que veo ahora al otro lado, son ya de Koehool. También se empiezan a ver al fondo grandes pabellones. Cuando llego a estos enormes establos, fotografío la primera casa de Koehool y a sus ovejas que la guardan a este lado de su valla de madera. Son obedientes y no penetran en sus posesiones. Koehool va a ser un pueblo muy largo y, desde esta primera casa, que fotografío, hasta la última, cuando salga a Zworte Haan, va a pasar una media hora.
No he visto cartel a la entrada, pero si veré el de la salida, que me daría la medida exacta del espacio y la distancia. Sabiendo que camino a una velocidad de algo menos de seis kilómetros por hora. Vuelvo a subir al dique, y veo el mar en marea baja, lo que confirma que este mar es una mierda y que, verlo con marea alta da el pego. Ahora puedo asegurar que debo resistirme siempre a darme un baño en semejantes lugares de la costa interior.
Mirando hacia el mar, ha ido quedando atrás la isla de Terschelling, pero aún no se vislumbra nada de la de Ámeland, a donde pretendo llegar mañana. Con estos pensamientos voy llegando la última casa de Koehool y al letrero de finalización de su territorio. Según de donde se venga, puede decirse que al inicio de Koehool. Eso es lo que indica la fotografía.
A pesar de lo dicho, aún me falta por llegar a un barrio cercano, que no sé a qué pueblo pertenece. Lo que sí está claro es que, el propio camino, me vuelve a alejar del dique costero. En este barrio ofrecen un restaurante indonesio, pero llega demasiado tarde, pues ya vengo bien comido.
Algunas de las figuras esculpidas en la explanada recuerdan a las legendarias de Papúa o similares, aunque otras tengan raigambre más europea. Supongo que algún escultor de la zona las ofrece a la venta o las presenta como un museo, muy original, al aire libre.
Saco una foto de la zona llana, para ver lo alejado que estoy de nuevo del dique, pero el nuevo me va a volver a acercar a la costa.
Cuando supero el dique, en el punto 22, me vuelvo a encontrar de nuevo con el mar de limo. La novedad es que, en el horizonte marino se pueden observar pequeñas protuberancias que indican que ya no estoy tan lejos de Ámeland. Otra información que me da la marea baja es que, con un mar tan repleto de limo, no es extraño que continuamente estén trabajando las dragadoras para que los ferris puedan surcar este mar interior, y poder acceder desde el continente a las islas más próximas y viceversa. Yo, desde mi ignorancia y sin apreciar los intereses económicos de los navieros, creo que sería motivo suficiente como para poder habilitar itinerarios por el Mar del Norte y que se pudiera ir de isla en isla por todas las Islas Frisias, desde Texel a Fanø, es decir, desde Holanda a Dinamarca. Se evitaría trabajo a tanta dragadora. Pero a la vez se quedarían sin trabajo los puertos del continente de donde parten los ferris a las islas. No me queda otra que aceptar las cosas como son.
Hacia Zwarte Haan.
Para llegar a Zwarte
Haan, no tengo más que seguir el dique y siempre con la referencia
60, que también ofrece mi mapa. Vuelvo a entrar en zona de
cagarrutas de ovejas. Un portón no permite la entrada de vehículos
externos. Solamente pueden entrar los de los propietarios. Un nuevo
sistema de foso barrado con estructura metálica de encofrado de
construcción, evita que los óvidos se escapen de su redil. Pronto
comprobaré que aquí también las ovejas encuentran más calentito
el asfalto, y habrá momentos en los que les tendré que pedir
permiso para continuar mi marcha. Después, cuando empiece a ver de
nuevo coches, compruebo que les cuesta levantarse para dejar expedita
la carretera. Queda claro que estamos en su territorio.
De una casa, sale una señora que me indica dos con los dedos pero que el sonido que emite me parece que dice tres. Me quedo con lo visual y deduzco que quedan dos kilómetros para llegar a Zwarte Haan. Veo un indicador en naranja que no entiendo. Ninguno de los nombres que leo aparece en mi mapa. Llego al inicio de un nuevo dique que, como está medio destruido me permite ver que su estructura es muy endeble que, si entra el mar por aquí con un poco de violencia, este dique desaparecería fácilmente. Probablemente eso no ocurrirá nunca, pues el mar interior entre continente e islas es muy tranquilo y, además, este dique no está en primera línea.
Voy haciendo combinaciones. Subo y bajo del dique. Se va confirmando mi acercamiento a Ámeland y, en un momento de la curva que estoy haciendo ya veo, a lo lejos, las casas que me indican que no estoy lejos de Zwarte Haan. Cañas secas de carrizo me indican la existencia de un regato con agua. También hacia el interior grandes superficies de terreno cultivado y sin cultivar.
De una casa, sale una señora que me indica dos con los dedos pero que el sonido que emite me parece que dice tres. Me quedo con lo visual y deduzco que quedan dos kilómetros para llegar a Zwarte Haan. Veo un indicador en naranja que no entiendo. Ninguno de los nombres que leo aparece en mi mapa. Llego al inicio de un nuevo dique que, como está medio destruido me permite ver que su estructura es muy endeble que, si entra el mar por aquí con un poco de violencia, este dique desaparecería fácilmente. Probablemente eso no ocurrirá nunca, pues el mar interior entre continente e islas es muy tranquilo y, además, este dique no está en primera línea.
Voy haciendo combinaciones. Subo y bajo del dique. Se va confirmando mi acercamiento a Ámeland y, en un momento de la curva que estoy haciendo ya veo, a lo lejos, las casas que me indican que no estoy lejos de Zwarte Haan. Cañas secas de carrizo me indican la existencia de un regato con agua. También hacia el interior grandes superficies de terreno cultivado y sin cultivar.
Zwarte Haan en
obras
Ahora, mi primer
objetivo es el de encontrar el B&B que el programa me ofrece. Si
el 20 era el que he dormido en Kimswerd, el nº 36 St.Annaparochie,
está en el 294 de Nieuwebildtijk que, según mi mapa, en el punto en
el que estoy, debo abandonar el dique y coger la carretera que aquí
se bifurca y luego va en paralelo. Señal de prohibido el paso.
El motivo de las obras, es que están reformando una esclusa que comunica y controla uno de los canales con su salida hacia el mar. Los vehículos no pueden continuar por aquí, puesto que está vallado, pero el peatón se puede colar fácilmente sin que nadie le llame la atención. Pero no va a ser sencillo. Debo subir al dique, por entre las ovejas y, tras caminar un rato molestándolas en su dique y su hierba, bajar de nuevo y pasar al otro lado. Tras la valla, pronto llego a la exclusa. Ofrezco una foto de ella, pero no puedo confirmar si la están reparando o construyéndola nuevamente. Al otro lado, empiezo a ver casas. Ya estoy en Zwarte Haan. En una de las casas, una familia está en su terraza. Las contraventanas de la casa, me recuerdan a las de la casa cercana a la Oficina de Turismo de Harlingen, que he visto esta mañana.
Los colores, están invertidos y, en esta ocasión, el blanco ofrece una apariencia mayor de diábolo lanzado a la atmósfera. Una pareja me dice que me quedan 5 kilómetros para llegar al siguiente pueblo. Nadamás iniciar la nueva carretera, veo a una mujer repanchingada en su terraza bebiendo una copa de vino blanco. Le pregunto, se levanta y se acerca a mí. De resultas de lo que le cuento, me dice que conoce a Nelly, que hizo un recorrido por allí a pie, y que durmió dos noches en Popta Zathe. Confío en que no le tocara subir la escalera de marras. Casi se emociona al saber que yo estoy haciendo un recorrido bastante similar. Me dice que su casa, en la que estamos hablando, ya es un número cuatrocientos de la misma carretera en la que voy y donde debo buscar el nº 294. Ya estoy encarrilado en buena dirección. Está bastante claro que llegaré a la casa antes que al pueblecito de Nieuwebildtijk. Paso un puente sobre un camino que pasa al otro lado de la carretera.
Paso un B&B, pero no parece que sea el que busco. Aunque ya estoy cerca, saco la foto última de la jornada a una granja que está a mi derecha, al otro lado del canal y que ofrece dos edificios que parecen para usos similares, pero muy diferentes entre sí. El primero es un pabellón moderno, con poca gracia, y el segundo similar al de Nelly, el Popta Zathe que abandoné esta mañana.
El motivo de las obras, es que están reformando una esclusa que comunica y controla uno de los canales con su salida hacia el mar. Los vehículos no pueden continuar por aquí, puesto que está vallado, pero el peatón se puede colar fácilmente sin que nadie le llame la atención. Pero no va a ser sencillo. Debo subir al dique, por entre las ovejas y, tras caminar un rato molestándolas en su dique y su hierba, bajar de nuevo y pasar al otro lado. Tras la valla, pronto llego a la exclusa. Ofrezco una foto de ella, pero no puedo confirmar si la están reparando o construyéndola nuevamente. Al otro lado, empiezo a ver casas. Ya estoy en Zwarte Haan. En una de las casas, una familia está en su terraza. Las contraventanas de la casa, me recuerdan a las de la casa cercana a la Oficina de Turismo de Harlingen, que he visto esta mañana.
Los colores, están invertidos y, en esta ocasión, el blanco ofrece una apariencia mayor de diábolo lanzado a la atmósfera. Una pareja me dice que me quedan 5 kilómetros para llegar al siguiente pueblo. Nadamás iniciar la nueva carretera, veo a una mujer repanchingada en su terraza bebiendo una copa de vino blanco. Le pregunto, se levanta y se acerca a mí. De resultas de lo que le cuento, me dice que conoce a Nelly, que hizo un recorrido por allí a pie, y que durmió dos noches en Popta Zathe. Confío en que no le tocara subir la escalera de marras. Casi se emociona al saber que yo estoy haciendo un recorrido bastante similar. Me dice que su casa, en la que estamos hablando, ya es un número cuatrocientos de la misma carretera en la que voy y donde debo buscar el nº 294. Ya estoy encarrilado en buena dirección. Está bastante claro que llegaré a la casa antes que al pueblecito de Nieuwebildtijk. Paso un puente sobre un camino que pasa al otro lado de la carretera.
Paso un B&B, pero no parece que sea el que busco. Aunque ya estoy cerca, saco la foto última de la jornada a una granja que está a mi derecha, al otro lado del canal y que ofrece dos edificios que parecen para usos similares, pero muy diferentes entre sí. El primero es un pabellón moderno, con poca gracia, y el segundo similar al de Nelly, el Popta Zathe que abandoné esta mañana.
Gorter B&B
más cena.
La guía de
Bedenbrochje, que significa Cama y desayuno, sitúa a la granja
Gorter en Annaparochte, que es un pueblo de más al interior, se
sitúa al sur de donde estoy y que, tal como lo interpreto en mi
mapa, es a donde pertenece Nieuwebildtijk. Ya he llegado al número
300 y las casas descienden por otra carretera menor. La última casa
lleva el número que busco, pero por ningún lugar veo que ponga B&B.
Entro por una puerta abierta, llamo, pero no contesta nadie. Voy por
el otro lado, y tampoco, así que regreso a la puerta del inicio. Veo
un espacio que parece dedicado a hacer tai-chi, yoga o ejercicios
similares de raigambre oriental. Entro y elevo la voz: “good
afternoon” y sale Frank a mi encuentro. Me dice que va a
consultar. Pronto conoceré a Gerrie y a Margo. Regresa y me admite
por un precio de 28€. De acuerdo. Parece que voy a ser el único
huésped. Cuando le digo que Nelly me cobró ayer 25€, me dice que
él también me cobrará lo mismo. Como no tengo el importe justo, le
doy dos billetes de 20 y se los da a Margo, su cuñada, pero ella me
devuelve 25, así que le digo que sólo me debe devolver 15. Margo
habla con Frank, y se aclara el error. Después de dejar mis mochilas
en la habitación que está arriba, bajo a ducharme. Pero antes de
meterme en la ducha, pregunto a Margo dónde podré encontrar un
lugar para cenar. Me dice que no lo hay cerca pero que, si quiero,
puedo cenar con ellos. Como ellos van a cenar ahora, dejo la ducha
para después. Va a ser una cena de lo que tienen para ellos, sin
caprichos, pero por los 5€ que me van a cobrar, tampoco puedo
exigir mucho más. Y con vino ecológico. Subo a dejar las cosas
arriba y, cuando salgo de la habitación, aparece por allí Gerrie,
la mujer de Frank y hermana de Margo, aunque sean muy distintas
físicamente. Gerrie es rubia y alta, trae la ropa de cama y ponemos
la sábana bajera entre los dos. Echa el edredón encima y bajamos a
cenar. Nos colocamos en la cocina en una mesa redonda. Hay patatas
asándose en el horno. Preparan una ensalada ecológica, que lleva
zanahorias, apio y piña, con mahonesa. También el vaso de vino es
ecológico. Les expreso mis dudas sobre la pureza del vino, pero
ellos están tan convencidos de ello que no insisto. En la etiqueta
pone Vino Ecológico de La Mancha. Embotellado en Socuéllamos
(Ciudad Real). Durante la cena les hago reír contándoles mi pérdida
de las sandalias de hace dos años y mi encuentro con Hadewiijk.
También les hablo de lo variopinto de los chicos que compartimos la
habitación en Den Haag: canadiense, chileno, noruego, vasco,
madrileño, japonés y australiano. Representación de todos los
continentes, menos el africano. También les hablo de Sayán y de la
oreja de Van Gogh. Nos reímos mucho y, por educación, pregunto el
precio de la cena. Consultan y me piden 5€. Les doy el mismo
billete que me han devuelto antes. Por lo que me cuentan, todavía
están haciendo obras y, aunque figuran en la lista de albergues,
normalmente no cogen a nadie para dormir. Mañana daré una vuelta y
veré las reformas que están haciendo. Con el tiempo, acabará
siendo un lugar acogedor, donde podrán completar la oferta hostelera
con servicios adicionales, ideal para organizar reuniones de grupo.
El espacio de la cocina es amplio y permite hacer zonas de comedor.
Se ve que son ellos mismos los que llevan a cabo la mano de obra de
las nuevas instalaciones. Van a necesitar mucho tiempo y dinero y
sería una pena que se les pasara el verano sin acabarlo. Hemos
comido todas las patatas asadas y ellos se quedan limpiando, mientras
yo subo a la habitación y bajo a ducharme. Esta vez definitivamente.
Pero el agua caliente no va. Llamo a Frank y comprueba que se ha
terminado el gas. Lo pone en marcha y me ducho. Me cuesta regular la
temperatura y acabo con templada, casi fría. Para las nueve ya estoy
desnudo bajo el edredón y me duermo en seguida. Aunque no ha sido
una gran caminata, lo considero suficiente para mi primer día, mi
primera etapa. Antes de meterme en la cama, he cerrado la ventana
cenital y he embadurnado con masaje de aloe-vera mis cansados pies.
Así descansaré mejor. Hasta las cinco no bajo a orinar. He podido
aguantar casi toda la noche sin hacerlo. Duermo bien.
Balance de mi
primera jornada
No me puedo quejar
de este primer día de camino. Bien la despedida de Nelly y la
acogida de los jóvenes de Corter. También la cena improvisada que,
al ser frugal, me ha permitido dormir bien. Tras ver algo de
Harlingen y agradecer en la oficina de turismo, la salida hacia el
norte, aunque algo monótona por el dique y las ovejas, va a ser un
preludio de lo que me espera en el continente holandés hasta llegar
a Alemania, que tampoco me va a ofrecer nada muy distinto.


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