Prólogo: Irún-Ámsterdam
Empieza el viaje
03 de junio de 2015
Irun-Hendaye-Paris
Montparnasse-Paris Gare du Nord-Amsterdam.
Tren a París
El despertador suena
a las 5:30 horas. Todo el equipo está más o menos preparado.
Después del ritual del pesado: desnudo, vestido, con la mochilita,
con la mochila, tomo la pastilla de Indapamida, para prevenir la
hipertensión, desayuno. Al ponerme las sandalias, me doy cuenta de
que están a punto de romperse. Elijo otro par en mejor estado. Salgo
de casa a las 6:15 horas. No me sobra mucho tiempo cuando llego a la
estación de Hendaia, valido el billete y voy a la vía A, donde ya
espera el TGV 8530, con hora de salida a las 6:39. Hora prevista de
llegada a París, las 12:37 horas.
La vía hay que
buscarla, pues está siguiendo el andén a la derecha, la más
próxima a la carretera. Subo, coloco las mochilas sobre mi asiento y
pido a Juan Mari que me saque una foto en el propio vagón. Nos
sentamos en departamento de cuatro, yo voy mirando hacia delante y él
hacia atrás. Iremos sin parar de hablar hasta que a las 9:10 horas
lleguemos a Bordeaux. Va por trabajo. Su empresa diseña bañeras
para papeleras.
Trabaja en la empresa del padre de Edurne Pasaban, la insigne montañera. Su empresa está más cerca de Albistur que de Tolosa. Mi viaje le parece una aventura. Entrará en mi blog, me dice. Nos despedimos y me desea suerte para mi viaje de este verano.
Trabaja en la empresa del padre de Edurne Pasaban, la insigne montañera. Su empresa está más cerca de Albistur que de Tolosa. Mi viaje le parece una aventura. Entrará en mi blog, me dice. Nos despedimos y me desea suerte para mi viaje de este verano.
Cuando Juan Mari se
baja del tren, me siento en el lugar que me corresponde y, el resto
del viaje hasta parís, me tocará ir de espalda.
Monta una chica, con la que no hablo nada hasta que voy al bar. Ella va detrás. Me resulta difícil arrancar con mi mediocre francés. Voy al bar, porque la revisora me ha dicho que allí puedo comprar el billete de Metro por 2,10€. Después, ella misma me amplía la información: línea 4, dirección Porte de Clignancourt. Llegamos puntuales a París y busco el Metro. Gran caminada por pasillos hasta llegar a la línea 4. En Gare du Nord, salgo al exterior.
Monta una chica, con la que no hablo nada hasta que voy al bar. Ella va detrás. Me resulta difícil arrancar con mi mediocre francés. Voy al bar, porque la revisora me ha dicho que allí puedo comprar el billete de Metro por 2,10€. Después, ella misma me amplía la información: línea 4, dirección Porte de Clignancourt. Llegamos puntuales a París y busco el Metro. Gran caminada por pasillos hasta llegar a la línea 4. En Gare du Nord, salgo al exterior.
Comida en París
Como en un banco de
una calle aledaña a la estación, junto a un chico que me dice que
es senegalés.
La tortilla de
patatas don cebolla me sabe deliciosa, aunque la preparé ayer y tiro
a la basura el tuperware que ya estaba muy deteriorado. Un peso
menos. En una panadería me habían regalado una rebanada de pan, que
me ha servido para acompañar la tortilla y ha sido suficiente para
no tener que comprar un bollo. El pan era experimental y lo
promocionaban.
Llevaba trocitos de
ciruela. Hubiera preferido un pan normal, pues la ciruela lo
endulzaba, pero no era momento para ponerse uno exigente. Regreso a
la estación. En el panel, tardan en poner la vía en que arrancará
el tren para Ámsterdam. Por fin, aparece: vía 8. Me toca caminar
hasta llegar al vagón de cabeza.

París-Ámsterdam. Música antigua
París-Ámsterdam. Música antigua
Otra vez me toca
ventana y en dirección contraria a la marcha. Mi vecina se llama
Marina y va estudiando partituras de música antigua. No hablamos
hasta llegar a Bruselas, parados en la estación. Me dice: “Ancianne
musique”. Conoce Córdoba, y le digo: “¡Qué calor!”. No
volvemos a hablar hasta que nos despedimos. Marina no conoce las
playas de Andalucía. Le recomiendo las de Cádiz y Almería, sin
olvidar el Coto de Doñana en Huelva.
El tren para en
Antwerpen, última ciudad importante de Bélgica en la que creo que
no paró el tren en el regreso de Rotterdam de 2013. Ella se baja en
Rotterdam, pues va a Den Haag. Después, el tren para en Schiphol.
Llegando a Ámsterdam, perdemos 15 minutos, pues no le dan vía libre
para estacionar el tren. Ya en la estación, no sé por qué lado
salir y salgo por el contrario al que debiera. Me recuerda a mi
llegada a Brujas de 2013.
Ámsterdam.
Buscando el Stayokay
Me habían dicho que
debo pasar un puente, pero veo mar y ningún puente ni nada que se le
parezca. ¿Tendré que coger barco?

Un empleado de la estación me dice que vaya hacia la puerta del lado contrario pero, cuando llego, me cuesta orientarme. Veo el Hotel Ibis, y todavía me lía más. Por fin, parece que acierto con la dirección y voy abandonando el edifico antiguo de la estación.
Contrasta con los grandes espacios de la remodelación moderna.

Bajando por un canal, de tantos que tiene la ciudad, voy viendo los edificios.

Se ve que mantienen su estructura antigua, aunque puede que alguno sea de factura más actual.

La referencia que llevo ahora es la del museo Madame Tussauds. Pero me lío y me paso. Sigo pasando ciudad, puentes y canales.

Paso por un edificio grande y antiguo, donde anuncian HF y su slogan es “Tú eres mi destino”. Parece que anuncian la exposición de una mujer: Angélica Liddell. También otra de Robert Wilson.

Así llego a un puente con un dragón, que no me come nada. Cuando ya estoy cerca del stayokay, el albergue juvenil, un iraní me reorienta.
Cuando estoy ya en la puerta de entrada al parque, me acerco a una zona próxima donde veo un restaurante. Luego trataré de cenar en él. Vuelvo a la entrada del parque Vondelpark. Avanzo, pregunto, me vuelvo a pasar y salgo sobre un puente.

Este gimnasio está en una calle frontal al edificio Weteringshaus. Es otro edificio clásico pero transformado por dentro para cubrir las necesidades de uso actuales. Decido entrar hasta donde pueda, pues no quiero hacer uso de él ni, por supuesto, pagar ni un maravedí.
El contraste del exterior con el interior es brutal. Una sencilla escalera central, permite el acceso a los distintos pisos. Una de caracol habría necesitado más espacio o tenido que reducir los pasillos laterales. Los colores de los cuadrados de las paredes presentan tonalidades cálidas, aunque haya algunos morados y azules. Al salir, fotografío el edificio, cuya puerta coincide con los números 10, 12 y 14 del edificio de enfrente de Weteringshaus. Finalmente fotografío la fachada principal del Gimnasio, que culmina en una Victoria alada y antorchada, iluminando la idea de que la salud corporal es necesaria para una adecuada salud mental. Un montón de bicicletas aparcadas hacen predecir que hay muchos usuarios dentro de este gran edificio del Gymnasium.
Perdiéndome por Ámsterdam
Un empleado de la estación me dice que vaya hacia la puerta del lado contrario pero, cuando llego, me cuesta orientarme. Veo el Hotel Ibis, y todavía me lía más. Por fin, parece que acierto con la dirección y voy abandonando el edifico antiguo de la estación.
Contrasta con los grandes espacios de la remodelación moderna.
Bajando por un canal, de tantos que tiene la ciudad, voy viendo los edificios.
Se ve que mantienen su estructura antigua, aunque puede que alguno sea de factura más actual.
La referencia que llevo ahora es la del museo Madame Tussauds. Pero me lío y me paso. Sigo pasando ciudad, puentes y canales.
Paso por un edificio grande y antiguo, donde anuncian HF y su slogan es “Tú eres mi destino”. Parece que anuncian la exposición de una mujer: Angélica Liddell. También otra de Robert Wilson.
Así llego a un puente con un dragón, que no me come nada. Cuando ya estoy cerca del stayokay, el albergue juvenil, un iraní me reorienta.
Cuando estoy ya en la puerta de entrada al parque, me acerco a una zona próxima donde veo un restaurante. Luego trataré de cenar en él. Vuelvo a la entrada del parque Vondelpark. Avanzo, pregunto, me vuelvo a pasar y salgo sobre un puente.
Una joven me
reconduce y me dice que vuelva a pasar por debajo del puente y es así
como enseguida encuentro el albergue, que ya había visto al pasar
pero que no me había parecido que fuera el stayokay que buscaba.
Albergue juvenil. Stayokay Vondelpark
Albergue juvenil. Stayokay Vondelpark
Es un edificio
antiguo cuya planta baja ha sido acondicionada. Por lo que leo, en el
friso del segundo piso, puede que anteriormente fuera una escuela. Me
reciben bien y tengo la suerte de que el recepcionista hable
castellano. Me cobra 62,62€ y gracias a Sayán, el amigo suizo que
ya he mencionado, puedo reconstruir la factura en su detalle
(37+37=74-8,88+2,50) menos el descuento por carnet de alberguista de
2,50€ por día, suponen 5€ menos de lo que había previsto. Pago
con Visa. También pago de la misma forma las entradas a los museos
34,50€ que también adquiero en recepción. El Rijksmuseum 17,50€
y el Museo Van Gogh 17€. En este último, deberé seguir la línea
amarilla. Subo a la habitación. Tercer piso. La A303. En el primero
está el lugar de los desayunos. En la habitación están dos
canadienses y el suizo Sayan, hijo de indio y suiza. Con él me
entiendo bien en francés, pero además sabe algo de castellano.
Cuando me dispongo a hacer la cama, bajo a intentar que me cambien a
cama baja (3), pues me han asignado una litera alta (4). No puede ser
pues ya han sido asignadas la 3 y la 5 a otros. Cuando subo de nuevo
a la habitación, acaba de llegar el estadounidense de la 3, y no
tiene inconveniente en cambiarme de cama. Por la deferencia que ha
tenido conmigo, le ayudo a colocar la sábana bajera.
Un paseo por la
ciudad
Dejando mi cama nº
3 hecha, voy a dar una vuelta para aprender el camino a los museos
que visitaré mañana. El Van Gogh es el primero que quiero visitar.
Salgo del parque y sigo por la continuación del puente. Paso por un
museo con restaurante. Llego a un gran parque con grandes paneles
dibujados con figuras con cabeza ausente, como para que el que quiera
elija dónde poner la suya y que le fotografíen. Una valla rodea un
museo en obras. Es el Van Gogh.
Una flecha va orientando de forma que a mí me resulta confusa, hacia la puerta del museo. Yo la confundo con otra entrada provisional que quizás sirva de entrada a los obreros. Mañana tendré que buscar la verdadera, la entrada principal. Ahora me voy acercando al Rijkmuseum. Se trata de un edificio enorme y antiguo. El proyecto de la remodelación lo vi en la Sala Kubo del Kursaal de Donostia.
Según entendí, lo había hecho un arquitecto español. Sin embargo me aseguran que no fue así. No tengo certeza para mantenerme en mis trece.

Durante este recorrido, voy sacando fotos del museo. Paso por debajo de los arcos de entrada al edificio. Lo atraviesan de lado a lado. Mañana asistiré a un concierto que se celebrará aquí.
Desde esta travesera, saco fotos de los invitados a una inauguración, quizás sea una convención o algún congreso, que se desarrolla en el gran hall. Descubro entre el gentío, una escultura negra con cuernos que, podría asegurar, es un diseño de Miró y que mañana confirmaré. Siguiendo el camino entre arcadas, salgo al otro lado. Las fachadas de uno y otro son muy similares. Es un edificio artístico muy decorado.
Para mi gusto, resulta excesivamente recargado. Regreso por otro lado, para no repetir el mismo trayecto y acabo saliendo a donde quería. El sitio donde he pensado cenar.
Una flecha va orientando de forma que a mí me resulta confusa, hacia la puerta del museo. Yo la confundo con otra entrada provisional que quizás sirva de entrada a los obreros. Mañana tendré que buscar la verdadera, la entrada principal. Ahora me voy acercando al Rijkmuseum. Se trata de un edificio enorme y antiguo. El proyecto de la remodelación lo vi en la Sala Kubo del Kursaal de Donostia.
Según entendí, lo había hecho un arquitecto español. Sin embargo me aseguran que no fue así. No tengo certeza para mantenerme en mis trece.
Durante este recorrido, voy sacando fotos del museo. Paso por debajo de los arcos de entrada al edificio. Lo atraviesan de lado a lado. Mañana asistiré a un concierto que se celebrará aquí.
Desde esta travesera, saco fotos de los invitados a una inauguración, quizás sea una convención o algún congreso, que se desarrolla en el gran hall. Descubro entre el gentío, una escultura negra con cuernos que, podría asegurar, es un diseño de Miró y que mañana confirmaré. Siguiendo el camino entre arcadas, salgo al otro lado. Las fachadas de uno y otro son muy similares. Es un edificio artístico muy decorado.
Para mi gusto, resulta excesivamente recargado. Regreso por otro lado, para no repetir el mismo trayecto y acabo saliendo a donde quería. El sitio donde he pensado cenar.
Cena en el Aran
Irish Pub
La decoración de
las vidrieras denuncia lo que antes fuera este edificio, una antigua
iglesia. Veo a un hombre comiendo en la terraza y le pregunto qué
come, me lo enseña y me señala en la carta cómo lo denominan. Side
salade (4€), Cottage pie (13€) y Heinekeen (3€). Total 20€.
El pastel de carne con puré de patata gratinada, lleva también guisantes y zanahorias. Lo como a gusto. La lechuga roja, da la impresión de que no la han lavado bien y tiene algo de tierra, pero me la como sin hacer aspavientos, aunque el aliño tampoco me entusiasma. Cuando regreso, después de orinar, ya han limpiado la mesa y está lista para el siguiente comensal. ¿Habrán pensado que me había ido sin pagar? Pago 20€ con Visa.

Aunque en el exterior no se aprecia el aspecto de iglesia, las vidrieras hacen que en el interior así lo parezca. Quizás sólo sea una decoración. Una de las vidrieras ofrece la imagen de San Prosper.
Con todo, esta que pudiera haber sido iglesia, nada tiene que ver con las iglesias reconvertidas en garajes, apartamentos, que Maite González Esnal describe en su libro Viajes, frutas, barrios, cuya parte Frisia ya he terminado de leer. Paso por un puente al otro lado de una encrucijada de canales que apenas está alejada unos cien metro de la entrada al parque donde está mi albergue. Es así como, ya cenado, vuelvo al Stayokay Ámsterdam Vondelpark.
El pastel de carne con puré de patata gratinada, lleva también guisantes y zanahorias. Lo como a gusto. La lechuga roja, da la impresión de que no la han lavado bien y tiene algo de tierra, pero me la como sin hacer aspavientos, aunque el aliño tampoco me entusiasma. Cuando regreso, después de orinar, ya han limpiado la mesa y está lista para el siguiente comensal. ¿Habrán pensado que me había ido sin pagar? Pago 20€ con Visa.
Aunque en el exterior no se aprecia el aspecto de iglesia, las vidrieras hacen que en el interior así lo parezca. Quizás sólo sea una decoración. Una de las vidrieras ofrece la imagen de San Prosper.
Con todo, esta que pudiera haber sido iglesia, nada tiene que ver con las iglesias reconvertidas en garajes, apartamentos, que Maite González Esnal describe en su libro Viajes, frutas, barrios, cuya parte Frisia ya he terminado de leer. Paso por un puente al otro lado de una encrucijada de canales que apenas está alejada unos cien metro de la entrada al parque donde está mi albergue. Es así como, ya cenado, vuelvo al Stayokay Ámsterdam Vondelpark.
Durmiendo en el
Albergue Juvenil
No hay nadie en la
habitación y me acuesto. Ha sido un largo día de viaje y estoy
cansado. Tardará poco en llegar el primero. Será el estadounidense,
que sube a su litera de encima de mi cama. Como se desnuda arriba,
hace mucho movimiento y la cama cruje. Después llega un oriental.
Mañana sabré, preguntando en recepción, que es de Singapur. Éste
no se quita más que el calzado y, tal como viene, se acuesta. Ni ha
puesto la sábana bajera, ni metido el edredón en la funda. Como
bajera, utiliza la funda con una sola doblez y se tapa con el
edredón. Luego se quita el jersey. Los canadienses, encima de venir
tan tarde, son unos pesados. Se acuestan con sus móviles y, mi
vecino, el que está debajo del suizo, con el ordenador. Me tiene
aburrido. Por fin se levanta y va a la ducha. Tarda más de veinte
minutos y temo que le haya pasado algo pero, finalmente, aparece de
nuevo ileso. Sayan, vuelve hacia las dos y se acuesta ipso facto en
el acto. Casi ni nos hemos enterado y ya está dormido. Durante la
noche, sólo me levanto una vez a orinar y porque una vez todos ya
acostados y el último se ha dejado encendida la luz del lavabo.
2º día en
Ámsterdam
04 de junio de 2015,
Ámsterdam
Me despierto a las
cinco, pero no me levanto hasta las siete. Me afeito y ducho. Me
visto y salgo a la calle. Dos chicos hablan en inglés en la puerta.
No puedo intervenir con mi bajo nivel del idioma rey. La
recepcionista que también habla castellano, me dice la nacionalidad
del asiático y confirma que también dormirá la próxima noche.
Antes de las 7:30 horas, ya me permiten entrar en el comedor para
desayunar. Cojo los útiles necesarios, vaso y medio de zumo de
manzana, embutido, un huevo duro, dos panecillos, yogur, bizcocho
integral, una pasta, un cuenco de papel de usar y tirar con
mermeladas varias y, finalmente, dos capuchinos. Me saludan dos
chicas brasileñas. Una chica colombiana, que está limpiando,
ajustando, y poniendo a punto la segunda máquina de café, me la
ofrece. Me sabe más rico este segundo capuchino.
Subo a la habitación y tomo la pastilla, que se me había olvidado. Como tengo tiempo, dedico un rato a escribir el diario y me dirijo hacia el primer museo. En la puerta del stayokay, dos jóvenes pierden el tiempo, mientras fotografío el aparcamiento de bicicletas en perfecto orden.
Subo a la habitación y tomo la pastilla, que se me había olvidado. Como tengo tiempo, dedico un rato a escribir el diario y me dirijo hacia el primer museo. En la puerta del stayokay, dos jóvenes pierden el tiempo, mientras fotografío el aparcamiento de bicicletas en perfecto orden.
Museo Van Gogh
Hago el mismo
recorrido de ayer, sacando fotografías, también de algunas de las
reproducciones de cuadros que aparecen en las vallas.
En especial, me gusta el autorretrato, que se nos ofrece muy colorista, pero me atasco en la entrada incorrecta de la valla.Como me sobra tiempo, voy sin prisa. Pregunto a un empleado de la obra y me dice que la entrada al museo es por la otra calle. Sigo detrás de una familia de orientales, que también me informarán de cuál es la fila de los amarillos.
En la entrada se han formado varias colas. Las fotografío. En las escaleras hay tres paneles numerados: 1 2 3 4. Yo debo hacer cola en el nº 3, el amarillo.

Me acuerdo de mi amiga pintora Aurora Bengoechea. Era el color con el que le recomendaban pintar en los últimos días de su vida. Cuando llega la hora, dan prioridad a los que ocupan la fila de más al exterior, la más numerosa, pero en seguida autorizan a avanzar a las otras hacia las taquillas.
Yo había doblado mi entrada para que no me la rompieran al cortarla al entrar. Pero la de la taquilla se la queda y me da otra en la que, donde ponía 17€ ahora pone 0. Luego me encontraré otro con horario de entrada para las cuatro de la tarde, que si ofrece el precio de 17€. En el ticket aparecen unos almendros en flor que se pueden comparar con la grafía de algunos textos japoneses y chinos.

Entre los cuadros impresionistas más importantes para mi gusto, destacan: El dormitorio, la casa amarilla, el autorretrato como pintor, los comedores de patatas y los girasoles, que a mí me han defraudado, por faltarles viveza en el colorido. Salen mejor en las reproducciones de las láminas de imprenta y en las postales. Resultan unos ocres apagados. El que más me ha gustado, con diferencia sobre los demás, ha sido el campo de trigo con cuervos. Algunos me dicen que fue el último cuadro que pintó. Es de 1890.
Compro arriba una postal para mí (1€), y abajo dos, una para Luisa y otra para Annick (2€). Vuelvo a ver el cuadro de nuevo y voy bajando con especial atención a los girasoles y al dormitorio. No consigo rehabilitarlos. Cuando he llegado al museo, he ido al servicio. Estoy algo ligero. Antes de salir vuelvo a pasar por el WC. Sigo igual y prefiero no tener problemas en el camino hacia el otro museo. A unos sudamericanos les gustan unos cuadros de tema religioso, que yo los he pasado sin pena ni gloria. Dentro del museo no puedo sacar fotos, así que saco una al salir, con los visitantes que acaban de llegar. Probablemente se trate de un grupo guiado. He dedicado hora y media a este museo. Veremos cuánto tiempo estoy en el otro.
Rijks Museum
En especial, me gusta el autorretrato, que se nos ofrece muy colorista, pero me atasco en la entrada incorrecta de la valla.Como me sobra tiempo, voy sin prisa. Pregunto a un empleado de la obra y me dice que la entrada al museo es por la otra calle. Sigo detrás de una familia de orientales, que también me informarán de cuál es la fila de los amarillos.
En la entrada se han formado varias colas. Las fotografío. En las escaleras hay tres paneles numerados: 1 2 3 4. Yo debo hacer cola en el nº 3, el amarillo.
Me acuerdo de mi amiga pintora Aurora Bengoechea. Era el color con el que le recomendaban pintar en los últimos días de su vida. Cuando llega la hora, dan prioridad a los que ocupan la fila de más al exterior, la más numerosa, pero en seguida autorizan a avanzar a las otras hacia las taquillas.
Yo había doblado mi entrada para que no me la rompieran al cortarla al entrar. Pero la de la taquilla se la queda y me da otra en la que, donde ponía 17€ ahora pone 0. Luego me encontraré otro con horario de entrada para las cuatro de la tarde, que si ofrece el precio de 17€. En el ticket aparecen unos almendros en flor que se pueden comparar con la grafía de algunos textos japoneses y chinos.
Entre los cuadros impresionistas más importantes para mi gusto, destacan: El dormitorio, la casa amarilla, el autorretrato como pintor, los comedores de patatas y los girasoles, que a mí me han defraudado, por faltarles viveza en el colorido. Salen mejor en las reproducciones de las láminas de imprenta y en las postales. Resultan unos ocres apagados. El que más me ha gustado, con diferencia sobre los demás, ha sido el campo de trigo con cuervos. Algunos me dicen que fue el último cuadro que pintó. Es de 1890.
Compro arriba una postal para mí (1€), y abajo dos, una para Luisa y otra para Annick (2€). Vuelvo a ver el cuadro de nuevo y voy bajando con especial atención a los girasoles y al dormitorio. No consigo rehabilitarlos. Cuando he llegado al museo, he ido al servicio. Estoy algo ligero. Antes de salir vuelvo a pasar por el WC. Sigo igual y prefiero no tener problemas en el camino hacia el otro museo. A unos sudamericanos les gustan unos cuadros de tema religioso, que yo los he pasado sin pena ni gloria. Dentro del museo no puedo sacar fotos, así que saco una al salir, con los visitantes que acaban de llegar. Probablemente se trate de un grupo guiado. He dedicado hora y media a este museo. Veremos cuánto tiempo estoy en el otro.
Rijks Museum
Voy sin prisa. Paseo
por entre conejitos coloristas, que es en lo único que se
diferencian, ya que el continente está repetitivamente hecho con el
mismo molde. Estos conejitos me han recordado a las repetitivas
matriuskas rusas.
Fotografío en el exterior del edificio algunas
esculturas grises que imitan la estatuaria clásica, griega o romana.
Tienen apariencia metálica, pero dudo que sean de algún metal. No
sé si se trata de estatuas expuestas temporalmente o si lo están
para siempre como un fondo del museo. Tampoco sabría a quién
preguntar, ni cómo hacerlo. Una de las esculturas representa a un
discóbolo, pero sin esforzarse. No se le puede criticar falta de
gesto de esfuerzo, como se critica al de Mirón.

Después veo a un joven con un águila. No puede ser uno de los cuatro evangelistas, ¿Lucas o Mateo?, al que simbolizan con el águila, pues Juan es el hombre y Marcos, el león. En cualquier caso, la Iglesia no habría permitido representar a un evangelista desnudo. A pesar de que, en su pura desnudez, habría sido más creíble lo que contaba.

Como ya hice ayer, entro por donde ya sabía que estaba la entrada. El ticket lo escanean y no me lo cortan, ni me lo cambian, así lo guardo intacto con su precio de 17,50€. Este ticket vale hasta el 1 de abril de 2016, pero no ofrece ilustraciones interesantes, ni siquiera la ronda de noche, el cuadro enorme del museo y el más emblemático. Después de la entrada, siguen ofreciendo más estatuas, pero siguen en el exterior del edificio. La que menos me gusta es la versión del Laocoonte y sus hijos. Una vez dentro de las salas, empiezo por las pinturas más antiguas, pero me aburren, me empiezo a cansar y acelero para ir al grano. En el otro museo he tenido que dejar la mochilita en la recepción, pero aquí, el controlador considera que la puedo pasar, así que sacaré fotos, si no de cuadros, si de las vidrieras del edificio y de la biblioteca. También he sacado a unos niños que están de visita con sus profesoras. Todos sentados en el suelo. Otro grupo, dentro de las salas y sentados bajo un cuadro, reciben explicaciones de un muñeco que explica el cuadro. Una hace mal el papel de ventrílocua y uno de los niños no hace más que mirarle a la boca. Dos profesoras manipulan los muñecos. Luego veo a otro grupo que se sienta bajo la Ronda de noche, de Rembrandt, que está custodiada por dos vigilantes, dentro del espacio de seguridad, al que los visitantes no pueden acceder. Este gran cuadro es muy conocido y me gusta.
Hace poco vi en video una coreografía en que se veía a los personajes cómo van llegando al lugar y se van colocando hasta lograr reproducir el mismo cuadro con figuras vivientes. Me gustó cómo se había hecho la representación. Sin ser lo mismo, cuando se representó en Donostia, en el teatro Principal, el Tartufo de Moliere, en mis tiempos de juventud, también comenzaba con un cuadro plástico, mientras se abrían las cortinas, simulando que lo hacíamos dos lacayos con sendos candelabros encendido.
No es lo mismo, pero aquel vídeo me lo recordó. Hay otros cuadros de Rembrandt. También me ha gustado el de Los Síndicos. Menos, La Novia Judía. Otro cuadro de menor formato, pero muy interesante, es el de La Lechera, de Vermeer. Después he pasado por la biblioteca, pero no me he dado cuenta al pasar que había un cuadro de Goya. Cuando lo he querido ver en la sala1.13, me ha costado encontrar. También me ha gustado. Además he visto otros tres de Van Gogh, pero ninguno de ellos desbanca al de los cuervos y el trigal. Me hubiera gustado ver lirios y noches estrelladas, pero habrá que verlos en París. No he buscado pintura clásica flamenca. Sí me he parado ante algún Teniers, con profusión de personajes en movimiento. Algún otro Rembrandt.
He sacado foto de una parte de la biblioteca, con sus pisos de libros, mientras abajo los estudiosos investigan y leen en sus mesas. Me ha costado conseguir que una de las azafatas me confirmara que de las esculturas que vi ayer y que veré al salir, una es de Miró. Luego veré alguna más en los jardines de fuera, aunque dentro del recinto del museo. Este Minotauro podría llamarse Miró Tauro. Saco fotos al toro mironiano que, aunque formalmente me recordaba la firma de Joan Miró, lo que me hacía dudar era la falta de colorido, aunque la mayoría de los toros son negros y éste es una magnífica abstracción, los únicos colores que podría tener sería los de las banderillas y la capa, cuando se la acercan y él embiste.
Antes de la azafata, nadie me había podido confirmar la autoría del artista catalán. Paso por la tienda y no encuentro el Miró en postal. Aunque he dudado, no he querido comprar en la tienda, ni la Ronda Nocturna, ni La Lechera. ¿Qué hago yo con ellos, al inicio del viaje?, ¿cómo llegarían a destino?

Además, las dos postales de Van Gogh ya cubren el compromiso que tengo con mis dos amigas amantes de los viajes y de las postales. Abandonando el gran patio donde está el toro, paseo por el pasadizo que atraviesa el edificio de cabo a rabo. Oigo música y me acerco.
Después veo a un joven con un águila. No puede ser uno de los cuatro evangelistas, ¿Lucas o Mateo?, al que simbolizan con el águila, pues Juan es el hombre y Marcos, el león. En cualquier caso, la Iglesia no habría permitido representar a un evangelista desnudo. A pesar de que, en su pura desnudez, habría sido más creíble lo que contaba.
Como ya hice ayer, entro por donde ya sabía que estaba la entrada. El ticket lo escanean y no me lo cortan, ni me lo cambian, así lo guardo intacto con su precio de 17,50€. Este ticket vale hasta el 1 de abril de 2016, pero no ofrece ilustraciones interesantes, ni siquiera la ronda de noche, el cuadro enorme del museo y el más emblemático. Después de la entrada, siguen ofreciendo más estatuas, pero siguen en el exterior del edificio. La que menos me gusta es la versión del Laocoonte y sus hijos. Una vez dentro de las salas, empiezo por las pinturas más antiguas, pero me aburren, me empiezo a cansar y acelero para ir al grano. En el otro museo he tenido que dejar la mochilita en la recepción, pero aquí, el controlador considera que la puedo pasar, así que sacaré fotos, si no de cuadros, si de las vidrieras del edificio y de la biblioteca. También he sacado a unos niños que están de visita con sus profesoras. Todos sentados en el suelo. Otro grupo, dentro de las salas y sentados bajo un cuadro, reciben explicaciones de un muñeco que explica el cuadro. Una hace mal el papel de ventrílocua y uno de los niños no hace más que mirarle a la boca. Dos profesoras manipulan los muñecos. Luego veo a otro grupo que se sienta bajo la Ronda de noche, de Rembrandt, que está custodiada por dos vigilantes, dentro del espacio de seguridad, al que los visitantes no pueden acceder. Este gran cuadro es muy conocido y me gusta.
Hace poco vi en video una coreografía en que se veía a los personajes cómo van llegando al lugar y se van colocando hasta lograr reproducir el mismo cuadro con figuras vivientes. Me gustó cómo se había hecho la representación. Sin ser lo mismo, cuando se representó en Donostia, en el teatro Principal, el Tartufo de Moliere, en mis tiempos de juventud, también comenzaba con un cuadro plástico, mientras se abrían las cortinas, simulando que lo hacíamos dos lacayos con sendos candelabros encendido.
No es lo mismo, pero aquel vídeo me lo recordó. Hay otros cuadros de Rembrandt. También me ha gustado el de Los Síndicos. Menos, La Novia Judía. Otro cuadro de menor formato, pero muy interesante, es el de La Lechera, de Vermeer. Después he pasado por la biblioteca, pero no me he dado cuenta al pasar que había un cuadro de Goya. Cuando lo he querido ver en la sala1.13, me ha costado encontrar. También me ha gustado. Además he visto otros tres de Van Gogh, pero ninguno de ellos desbanca al de los cuervos y el trigal. Me hubiera gustado ver lirios y noches estrelladas, pero habrá que verlos en París. No he buscado pintura clásica flamenca. Sí me he parado ante algún Teniers, con profusión de personajes en movimiento. Algún otro Rembrandt.
He sacado foto de una parte de la biblioteca, con sus pisos de libros, mientras abajo los estudiosos investigan y leen en sus mesas. Me ha costado conseguir que una de las azafatas me confirmara que de las esculturas que vi ayer y que veré al salir, una es de Miró. Luego veré alguna más en los jardines de fuera, aunque dentro del recinto del museo. Este Minotauro podría llamarse Miró Tauro. Saco fotos al toro mironiano que, aunque formalmente me recordaba la firma de Joan Miró, lo que me hacía dudar era la falta de colorido, aunque la mayoría de los toros son negros y éste es una magnífica abstracción, los únicos colores que podría tener sería los de las banderillas y la capa, cuando se la acercan y él embiste.
Antes de la azafata, nadie me había podido confirmar la autoría del artista catalán. Paso por la tienda y no encuentro el Miró en postal. Aunque he dudado, no he querido comprar en la tienda, ni la Ronda Nocturna, ni La Lechera. ¿Qué hago yo con ellos, al inicio del viaje?, ¿cómo llegarían a destino?
Además, las dos postales de Van Gogh ya cubren el compromiso que tengo con mis dos amigas amantes de los viajes y de las postales. Abandonando el gran patio donde está el toro, paseo por el pasadizo que atraviesa el edificio de cabo a rabo. Oigo música y me acerco.
El concierto es de
percusión y piano. ¿El piano también puede considerarse como
instrumento de percusión? En realidad lo es.

Las zapatas de las teclas percuten en las cuerdas rígidas y en el momento del golpe producen el sonido. No soy experto y prefiero dejar el tema en el aire. El que lo sepa, podrá dar una respuesta más exacta. El lugar no es muy acertado, es de paso y hace corriente. Tampoco el concierto me entusiasma.

No sé si se trata de música dodecafónica o concreta, pero me aburre un poco. El piano ocupa una zona central y los percusionistas están sobre podios en las distintas arcadas, repartidos por grupos, con variados instrumentos. Trato de sacar fotos a todos.
También los perros tienen derecho a escuchar la obra que se interpreta: Notations in Space. Los intérpretes son alumnos del Koninklijk Conservatorium. Lo leo en el programa de mano que reparten. Se trata de una creación para el Rijkmuseum a partir de una composición de Pierre Boulez, Douce Notations. Se trata de doce piezas cortas para piano en memoria de Weber y Schomberg. Mi impresión es la de que, la obra, no ha sido bien ajustada al espacio.
Demasiada distancia entre los distintos grupos de percusión. Le ha faltado ruido y alguna parte en que todos los instrumentos, o la mayoría, sonaran a la vez. Aunque con techado, un espacio tan abierto y de paso, requería una música mucho más ruidosa. A pesar de todas mis críticas, me he podido mover por todos los escenarios, algo que en un concierto convencional en un espacio convencional con espacio teatral, no habría sido posible, y ha sido media hora entretenida y grata.
Las zapatas de las teclas percuten en las cuerdas rígidas y en el momento del golpe producen el sonido. No soy experto y prefiero dejar el tema en el aire. El que lo sepa, podrá dar una respuesta más exacta. El lugar no es muy acertado, es de paso y hace corriente. Tampoco el concierto me entusiasma.
No sé si se trata de música dodecafónica o concreta, pero me aburre un poco. El piano ocupa una zona central y los percusionistas están sobre podios en las distintas arcadas, repartidos por grupos, con variados instrumentos. Trato de sacar fotos a todos.
También los perros tienen derecho a escuchar la obra que se interpreta: Notations in Space. Los intérpretes son alumnos del Koninklijk Conservatorium. Lo leo en el programa de mano que reparten. Se trata de una creación para el Rijkmuseum a partir de una composición de Pierre Boulez, Douce Notations. Se trata de doce piezas cortas para piano en memoria de Weber y Schomberg. Mi impresión es la de que, la obra, no ha sido bien ajustada al espacio.
Demasiada distancia entre los distintos grupos de percusión. Le ha faltado ruido y alguna parte en que todos los instrumentos, o la mayoría, sonaran a la vez. Aunque con techado, un espacio tan abierto y de paso, requería una música mucho más ruidosa. A pesar de todas mis críticas, me he podido mover por todos los escenarios, algo que en un concierto convencional en un espacio convencional con espacio teatral, no habría sido posible, y ha sido media hora entretenida y grata.
Salgo del túnel y
es cuando veo más esculturas muy en la línea del toro de Miró de
dentro del museo. Sin poderlo asegurar, por las formas de dos de
ellas, también podría decirse que lo son. Otra más clásica, con
alto pedestal, muestra a un joven sentado, con pífano en mano.
Aunque no es el pensador de Rodin, se ve que éste también piensa o,
quizás, esté esperando a que llegue su musa inspiradora. Otra
escultura en movimiento con carro, ahora estático, arregla el césped
y los parterres.
El Singel
Gracht y otros canales
Me voy alejando del
Rijks Museum y sus jardines y bordeo el canal Singel Gracht. Llego a
un puente, en Nassancade y, me parece, que este será buen camino
para arrancar mañana hacia la estación de tren para ir a la capital
de Frisland, Leeuwarden, y coger el de cercanías que me deje en la
costa, en Harlingen. Pero no adelantemos acontecimientos.
De momento, sigo por el canal. Otro canal se me cruza. Puentes antiguos muy ornamentados con jardineras florales a ambos lados. Embarcaciones de recreo, edificios clásicos y otros modernos que se permiten juegos con la verticalidad. Uno amarronado que emula la torre de Pisa, se inclina como atraído por el canal. ¡Qué cosas se podrían hacer en Venecia, si no fuera tan clásica!, pienso para mis adentros. Al otro lado, un edificio clásico singular, con torre cilíndrica que culmina en columnario con cubierta cónica, es lo que más me llama la atención y cuyo pináculo dibujaré entre la arboleda.

Volviendo por el Aran Pub, el restaurante donde cené ayer, y que ahora destaca con el nombre de Guinness, veo una embarcación baja y con mucha vidriera, laterales y techado, preparada para hacer excursiones con los turistas por los diversos canales. Como he desayunado muy bien, voy a tratar de no comer nada hasta la hora de la cena.
Me conviene ir acostumbrando al cuerpo a lo poco habitual en mi metódica vida ordinaria, con su desayuno, comida y cena. Aunque estoy ya cerca del parque en que se encuentra mi albergue, sigo perdiéndome por la ciudad, ahora por las calles.
De momento, sigo por el canal. Otro canal se me cruza. Puentes antiguos muy ornamentados con jardineras florales a ambos lados. Embarcaciones de recreo, edificios clásicos y otros modernos que se permiten juegos con la verticalidad. Uno amarronado que emula la torre de Pisa, se inclina como atraído por el canal. ¡Qué cosas se podrían hacer en Venecia, si no fuera tan clásica!, pienso para mis adentros. Al otro lado, un edificio clásico singular, con torre cilíndrica que culmina en columnario con cubierta cónica, es lo que más me llama la atención y cuyo pináculo dibujaré entre la arboleda.
Volviendo por el Aran Pub, el restaurante donde cené ayer, y que ahora destaca con el nombre de Guinness, veo una embarcación baja y con mucha vidriera, laterales y techado, preparada para hacer excursiones con los turistas por los diversos canales. Como he desayunado muy bien, voy a tratar de no comer nada hasta la hora de la cena.
Me conviene ir acostumbrando al cuerpo a lo poco habitual en mi metódica vida ordinaria, con su desayuno, comida y cena. Aunque estoy ya cerca del parque en que se encuentra mi albergue, sigo perdiéndome por la ciudad, ahora por las calles.
El Gymnasium
Barlaeus.
Este gimnasio está en una calle frontal al edificio Weteringshaus. Es otro edificio clásico pero transformado por dentro para cubrir las necesidades de uso actuales. Decido entrar hasta donde pueda, pues no quiero hacer uso de él ni, por supuesto, pagar ni un maravedí.
El contraste del exterior con el interior es brutal. Una sencilla escalera central, permite el acceso a los distintos pisos. Una de caracol habría necesitado más espacio o tenido que reducir los pasillos laterales. Los colores de los cuadrados de las paredes presentan tonalidades cálidas, aunque haya algunos morados y azules. Al salir, fotografío el edificio, cuya puerta coincide con los números 10, 12 y 14 del edificio de enfrente de Weteringshaus. Finalmente fotografío la fachada principal del Gimnasio, que culmina en una Victoria alada y antorchada, iluminando la idea de que la salud corporal es necesaria para una adecuada salud mental. Un montón de bicicletas aparcadas hacen predecir que hay muchos usuarios dentro de este gran edificio del Gymnasium.
Perdiéndome por Ámsterdam
En puertas de una
cafetería, mientras unos ocupan sillas y mesas, una pareja de
hombres no hace mucho que ha comenzado una partida de ajedrez de
figuras gigantes en tablero dibujado en el suelo. Dos caballos
olisquean sus hocicos, aunque sólo el blanco ha comido un peón
negro.
Queda aún mucha partida que jugar y no soy lo suficientemente aficionado como para perder tiempo esperando quién será el ganador. No obligatoriamente el más listo. No lejos del lugar, algún iluminado ha parido en su magín una escultura que ofrece dos goterones de líquido sobre fondo azul, quizás sean lágrimas. ¡Como para echarse a llorar!

Paseando a borde de canal, probablemente sea otro, un edificio acristalado duplica su imagen acuática mediante el reflejo en los cristales. Un suelo voladizo de madera, invita a algunos a sentarse en el borde.
Yo estaría muy incómodo sentado en el suelo, mi escasa flexibilidad corporal no me lo permite. A ellos sí se les ve bien acomodados. Siguiendo canal adelante, me encuentro con nenúfares, aunque no floridos. Una focha flota palmípeda entre ellos. Hojas putrefactas no ofrecen una imagen demasiado saludable.
Es normal que un canal de ciudad no esté tan limpio como debiera, aunque la ciudad sea muy limpia, sus habitantes también, y tengan un buen servicio de limpieza, con maquinaria muy moderna. Enfrente, a donde no pasaré, veo un edificio que me llama la atención, ofrece una especie de platos, como los que ponen en sus labios inferiores algunas indígenas africanas. Son dos series, unos encima de otros, distribuidos en siete plantas. Después me doy cuenta, por su ligerísima inclinación, que se trata de las rampas de acceso a las distintas plantas de un aparcamiento gigante para vehículos rodados. Ocupan mucho espacio estos accesos, pero supongo que lo habrán estudiado al milímetro para lograr el máximo de rentabilidad.
En los bajos, se ve mucho espacio con terrazas a cubierto de la lluvia para los días en que ésta rocíe la capital de Holanda. Con ser un edificio funcional, me resulta hasta bonito en su expresión formal. Pero lo que más me gusta es cómo, el movimiento de las aguas, rompe tanta formalidad, ofreciendo a la vista una filigrana cambiante e irrepetible. En algún sitio he leído que el edificio se llama Markistraat, pero no lo puedo asegurar. Llego hasta un puente y no paso al otro lado y regreso.
Me gusta que estos puentes sirvan también como aparcamiento de bicis. Ahora regreso fijándome en las casas que no he visto al pasar ensimismado por el lado acuático de las calles. Me encuentro con una mujer joven que ha plantado girasoles en su diminuto parterre. Me dice que se hacen grandes, florecen y dan pipas que logran hacer madurar. Es lógico, si no, ¿en qué se hubiera podido inspirar Van Gogh para sus cuadros con este vegetal? Hablando de girasoles, olvido mencionar la variedad de margaritas que se ofrecen ya floridas.
Poco más adelante, un hermoso matorral de flores, tiñen el pavimento de azul. Son muchas las flores y muchos los pétalos caídos por el suelo. Un portal abierto me sorprende por cómo lo han tenido que adaptar para dar acceso desde la calle a cuatro viviendas.

Tienen doble tabique, lo que da idea de que pertenecen a dos edificios distintos. Escaleras muy estrechas permiten ascender a los dos pisos altos, equivalentes al entresuelo, y permiten otro acceso, también estrecho, a los bajos. Una solución fea pero práctica. No creo que originalmente este edificio estuviese diseñado de esta manera. Las dos escaleras me parecen excesivamente empinadas.

El espacio es tan estrecho, que no hay posibilidad de poner ascensor cuando hiciera falta. Si es que no se necesita ya. Llego a una fachada que me intriga. Se trata de una fachada lateral, condenada a desaparecer cuando construyan la casa aledaña, si es que se construye pero, que con esta pintura, parece condenada a que tal cosa no ocurra. Sería una pena que la expresión del artista desapareciera en ese momento. Con todo, no puedo defenderla como obra de arte, ya que el personaje al que parece ser se homenajea no es conocido para mí, ni puedo descifrar el contenido del texto que se exhibe parcial y, menos, en neerlandés. El nombre del autor del escrito es Iacob van Lennep (1802-1869) y la imagen que ofrece es la de una mujer desnuda y un hombre vestido que cae y, quizás muere, al contemplar el tan amenazante sexo de la mujer. Por el sexo de la mujer, mueren los hombres, parece decir el mensaje de la imagen.
Quizás para una mente calenturienta, como es la mía en estos momentos en que empiezo a adquirir conciencia de mi viaje de este verano. Parece que, sin salir de mi cosmopolitismo, ya me empiezo a liberar de mi vida en mi ciudad. Cruzo el puente de otro de los canales que, en esta ocasión, parece más estrecho que los anteriores. La realidad no es así. La sensación de estrechez viene derivada de que a ambos lados del canal hay muchas viviendas flotantes de una planta. No sé cómo conseguirán combatir la humedad y hacer de ellas habitáculos con el confort suficiente. Supongo que al movimiento de las aguas, aunque no sea grande, el propietario o inquilino que viva allí se irá adaptando. Antes de llegar a la entrada del parque Vondelpark, he visto una señal que indica la dirección a seguir, para los que llegan en coche, y entrar directamente en el stayokay. Esta señal, ayer no la vi.
Queda aún mucha partida que jugar y no soy lo suficientemente aficionado como para perder tiempo esperando quién será el ganador. No obligatoriamente el más listo. No lejos del lugar, algún iluminado ha parido en su magín una escultura que ofrece dos goterones de líquido sobre fondo azul, quizás sean lágrimas. ¡Como para echarse a llorar!
Paseando a borde de canal, probablemente sea otro, un edificio acristalado duplica su imagen acuática mediante el reflejo en los cristales. Un suelo voladizo de madera, invita a algunos a sentarse en el borde.
Yo estaría muy incómodo sentado en el suelo, mi escasa flexibilidad corporal no me lo permite. A ellos sí se les ve bien acomodados. Siguiendo canal adelante, me encuentro con nenúfares, aunque no floridos. Una focha flota palmípeda entre ellos. Hojas putrefactas no ofrecen una imagen demasiado saludable.
Es normal que un canal de ciudad no esté tan limpio como debiera, aunque la ciudad sea muy limpia, sus habitantes también, y tengan un buen servicio de limpieza, con maquinaria muy moderna. Enfrente, a donde no pasaré, veo un edificio que me llama la atención, ofrece una especie de platos, como los que ponen en sus labios inferiores algunas indígenas africanas. Son dos series, unos encima de otros, distribuidos en siete plantas. Después me doy cuenta, por su ligerísima inclinación, que se trata de las rampas de acceso a las distintas plantas de un aparcamiento gigante para vehículos rodados. Ocupan mucho espacio estos accesos, pero supongo que lo habrán estudiado al milímetro para lograr el máximo de rentabilidad.
En los bajos, se ve mucho espacio con terrazas a cubierto de la lluvia para los días en que ésta rocíe la capital de Holanda. Con ser un edificio funcional, me resulta hasta bonito en su expresión formal. Pero lo que más me gusta es cómo, el movimiento de las aguas, rompe tanta formalidad, ofreciendo a la vista una filigrana cambiante e irrepetible. En algún sitio he leído que el edificio se llama Markistraat, pero no lo puedo asegurar. Llego hasta un puente y no paso al otro lado y regreso.
Me gusta que estos puentes sirvan también como aparcamiento de bicis. Ahora regreso fijándome en las casas que no he visto al pasar ensimismado por el lado acuático de las calles. Me encuentro con una mujer joven que ha plantado girasoles en su diminuto parterre. Me dice que se hacen grandes, florecen y dan pipas que logran hacer madurar. Es lógico, si no, ¿en qué se hubiera podido inspirar Van Gogh para sus cuadros con este vegetal? Hablando de girasoles, olvido mencionar la variedad de margaritas que se ofrecen ya floridas.
Poco más adelante, un hermoso matorral de flores, tiñen el pavimento de azul. Son muchas las flores y muchos los pétalos caídos por el suelo. Un portal abierto me sorprende por cómo lo han tenido que adaptar para dar acceso desde la calle a cuatro viviendas.
Tienen doble tabique, lo que da idea de que pertenecen a dos edificios distintos. Escaleras muy estrechas permiten ascender a los dos pisos altos, equivalentes al entresuelo, y permiten otro acceso, también estrecho, a los bajos. Una solución fea pero práctica. No creo que originalmente este edificio estuviese diseñado de esta manera. Las dos escaleras me parecen excesivamente empinadas.
El espacio es tan estrecho, que no hay posibilidad de poner ascensor cuando hiciera falta. Si es que no se necesita ya. Llego a una fachada que me intriga. Se trata de una fachada lateral, condenada a desaparecer cuando construyan la casa aledaña, si es que se construye pero, que con esta pintura, parece condenada a que tal cosa no ocurra. Sería una pena que la expresión del artista desapareciera en ese momento. Con todo, no puedo defenderla como obra de arte, ya que el personaje al que parece ser se homenajea no es conocido para mí, ni puedo descifrar el contenido del texto que se exhibe parcial y, menos, en neerlandés. El nombre del autor del escrito es Iacob van Lennep (1802-1869) y la imagen que ofrece es la de una mujer desnuda y un hombre vestido que cae y, quizás muere, al contemplar el tan amenazante sexo de la mujer. Por el sexo de la mujer, mueren los hombres, parece decir el mensaje de la imagen.
Quizás para una mente calenturienta, como es la mía en estos momentos en que empiezo a adquirir conciencia de mi viaje de este verano. Parece que, sin salir de mi cosmopolitismo, ya me empiezo a liberar de mi vida en mi ciudad. Cruzo el puente de otro de los canales que, en esta ocasión, parece más estrecho que los anteriores. La realidad no es así. La sensación de estrechez viene derivada de que a ambos lados del canal hay muchas viviendas flotantes de una planta. No sé cómo conseguirán combatir la humedad y hacer de ellas habitáculos con el confort suficiente. Supongo que al movimiento de las aguas, aunque no sea grande, el propietario o inquilino que viva allí se irá adaptando. Antes de llegar a la entrada del parque Vondelpark, he visto una señal que indica la dirección a seguir, para los que llegan en coche, y entrar directamente en el stayokay. Esta señal, ayer no la vi.
Un rato en el
Stayokay.
Sayán, el indio suizo
Sayán, el indio suizo
Entro en el parque
por la puerta de hierro con letras doradas por donde he entrado todas
las veces. Un árbol que en vez de salir con el tronco recto buscando
el cielo, parece que ha nacido cansado y se desliza casi tumbado por
el parque. Es como una invitación a que los alberguistas y otras
gentes asiduas al parque, se tumben a la bartola. Grupos, parejas,
solitarios, tumbados, charlando, leyendo… ofrecen una imagen
veraniega de paz y despreocupación. Entro en el albergue y termino
de ver el primer set del partido entre Jokovich y Nadal.
Nuestro chico ha perdido el primer set por 7-5. Parece que soy el único que sigue el partido. Cuatro amigos enredan en sus móviles respectivos. Parece ser la forma más actual de incomunicarse entre ellos, comunicándose con los demás o, no lo puedo asegurar, jugando consigo mismos contra la máquina. En fin, que no me van a convencer que el móvil es un medio de comunicación. Subo a la habitación y Sayán me dice que estudia Ingeniería para la construcción de edificios. Parece ser que no es lo mismo que Arquitectura. Debe estudiar mucha Física y Matemática. Su abuelo era indio y se casó con una suiza. Su padre ya nació en Suiza, pero el apellido es de la India. También su nombre, Sayán. Él lo acentúa en la segunda “a”. Me dice que mañana visitará él los museos que he visto yo hoy. Viendo su factura, consigo hacer el desglose de la mía, como explicaba ayer. Me dice que los fines de semana y el día uno, los precios de habitación y cama eran más caros. Pienso que hice bien al elegir los días míos. Como Sayán no tiene carnet de alberguista, paga 2,50€ más que yo por noche. Tampoco viaja con la tarjeta sanitaria europea. Me dice que, en Suiza, llevan otro sistema. Ciertamente, Suiza no es Europa, ni política, ni administrativamente. Me dice que él también escribe un diario, para contarle su viaje a un amigo minusválido que deambula en silla de ruedas. Quedo citado con él para las siete, en recepción, para ir juntos a cenar. Sayán está cansado y se acuesta, así que bajo al salón a las 16:45 horas, por ver si queda algo del partido de tenis. El partido ha finalizado y Nadal ha quedado eliminado. Escribo las dos postales de Van Gogh. Una para Luisa y la otra para Annick. Bajo a recepción, y me ofrecen sellos a 1,15. Son tan espléndidos, que les da lo mismo que las postales vayan para Europa que para América. Todo sea en favor del correo nacional. Pago 2,30€. Con cada sello, se regala al Estado, la tasa correspondiente. No me extraña que la sudamericana que conocí en Den Haag quisiera retornar definitivamente y cuanto antes a su tierra, pues les asan a impuestos, que mejoran el país pero que ahora, por trabajo, no pueden disfrutar. Pero tampoco después porque, cuando han conseguido ahorrar un dinerito, lo que quieren es disfrutarlo al otro lado del charco con su familia. Subo de nuevo a la habitación, donde duerme Sayán y no le molesto. Me voy a echar las postales y a dibujar por los canales. Vuelvo a pasar cerca del Rijks Museum y lo fotografío desde otro lado.
Nuestro chico ha perdido el primer set por 7-5. Parece que soy el único que sigue el partido. Cuatro amigos enredan en sus móviles respectivos. Parece ser la forma más actual de incomunicarse entre ellos, comunicándose con los demás o, no lo puedo asegurar, jugando consigo mismos contra la máquina. En fin, que no me van a convencer que el móvil es un medio de comunicación. Subo a la habitación y Sayán me dice que estudia Ingeniería para la construcción de edificios. Parece ser que no es lo mismo que Arquitectura. Debe estudiar mucha Física y Matemática. Su abuelo era indio y se casó con una suiza. Su padre ya nació en Suiza, pero el apellido es de la India. También su nombre, Sayán. Él lo acentúa en la segunda “a”. Me dice que mañana visitará él los museos que he visto yo hoy. Viendo su factura, consigo hacer el desglose de la mía, como explicaba ayer. Me dice que los fines de semana y el día uno, los precios de habitación y cama eran más caros. Pienso que hice bien al elegir los días míos. Como Sayán no tiene carnet de alberguista, paga 2,50€ más que yo por noche. Tampoco viaja con la tarjeta sanitaria europea. Me dice que, en Suiza, llevan otro sistema. Ciertamente, Suiza no es Europa, ni política, ni administrativamente. Me dice que él también escribe un diario, para contarle su viaje a un amigo minusválido que deambula en silla de ruedas. Quedo citado con él para las siete, en recepción, para ir juntos a cenar. Sayán está cansado y se acuesta, así que bajo al salón a las 16:45 horas, por ver si queda algo del partido de tenis. El partido ha finalizado y Nadal ha quedado eliminado. Escribo las dos postales de Van Gogh. Una para Luisa y la otra para Annick. Bajo a recepción, y me ofrecen sellos a 1,15. Son tan espléndidos, que les da lo mismo que las postales vayan para Europa que para América. Todo sea en favor del correo nacional. Pago 2,30€. Con cada sello, se regala al Estado, la tasa correspondiente. No me extraña que la sudamericana que conocí en Den Haag quisiera retornar definitivamente y cuanto antes a su tierra, pues les asan a impuestos, que mejoran el país pero que ahora, por trabajo, no pueden disfrutar. Pero tampoco después porque, cuando han conseguido ahorrar un dinerito, lo que quieren es disfrutarlo al otro lado del charco con su familia. Subo de nuevo a la habitación, donde duerme Sayán y no le molesto. Me voy a echar las postales y a dibujar por los canales. Vuelvo a pasar cerca del Rijks Museum y lo fotografío desde otro lado.
Un dibujo en el
Singel Gracht
Entre árboles, veo
la torre de la casa 10, 12, 14 de Weteringshaus, la que está frente
al Gymnasium, por donde he pasado antes. Para dibujar la casa, mi
paciencia es limitada y me centro en la torre. El resultado es muy
criticable y se desvía bastante de la realidad, pero no doy más de
mí. Al irme por las alturas, el canal se queda abajo, para mejor
ocasión. Algo que no llegará a ocurrir en este viaje limitado. Una
pareja, que se ha sentado en el mismo banco, no sabe decirme el
nombre del edificio.
Cuando termino, voy hacia el puente y fotografío la torre, ahora más alejada. Vuelvo a pasar por el Gimnasium y compruebo que el edifico alberga también un colegio con clases para adultos.
Quizás, las bicicletas que fotografié antes, sean de ellos y de los deportistas. Cuando vuelvo al Stayokay, lo fotografío de nuevo y también al árbol tumbado. Entro, y ya está Sayán esperándome en recepción.
Cuando termino, voy hacia el puente y fotografío la torre, ahora más alejada. Vuelvo a pasar por el Gimnasium y compruebo que el edifico alberga también un colegio con clases para adultos.
Quizás, las bicicletas que fotografié antes, sean de ellos y de los deportistas. Cuando vuelvo al Stayokay, lo fotografío de nuevo y también al árbol tumbado. Entro, y ya está Sayán esperándome en recepción.
Cena con Sayán
en el Rancho-7
Me presenta a Chris
(Christofer) y, sin necesidad de subir de nuevo a nuestra habitación,
vamos hacia el lugar donde vamos a cenar y que Sayán ya conoce.
Llegamos al Rancho-7, donde podremos comer carne.
Nos metemos dentro, ya que en la terraza, a la altura del toldo, tienen resistencias calefactoras que dan calor a la cabeza y me resultan poco gratas. Nos atiende una camarera argentina y pedimos algo que no aparece en la carta, costilla de ternera con dos salsas. Son mis conocidas spareribs, y bebemos vino tinto. Una es parecida a la kétchup, que siempre sacan los holandeses con las costillas. Así, al menos, las comí con Hadewij, cuando en 2013 perdí las sandalias. La otra salsa es picante y confío en que no despierte mi almorrana. Todo acompañado con patatas fritas y ensalada. Insisto en invitarle yo y el me invitará luego a tarta de manzana. El vino nos ha costado 10,50€ y es un tinto bastante flojo y pago con Visa, 37,50€. Sayán paga por la tarta de manzana algo menos que ocho euros. Es estudiante, no tiene recursos, y yo me lo puedo permitir. Volvemos caminando por calles animadas, pero ni me entero del recorrido que estamos haciendo. Es lo que ocurre cuando te dejas llevar por alguien que conoce la ciudad. Lo mismo me había pasado cuando íbamos hacia el Rancho-7. El problema es que, si quiero volver, no sabría hacerlo. No va a ser el caso. Llegamos a lugar conocido, a donde me indicó el iraní que estaba el parque del albergue.
Nos metemos dentro, ya que en la terraza, a la altura del toldo, tienen resistencias calefactoras que dan calor a la cabeza y me resultan poco gratas. Nos atiende una camarera argentina y pedimos algo que no aparece en la carta, costilla de ternera con dos salsas. Son mis conocidas spareribs, y bebemos vino tinto. Una es parecida a la kétchup, que siempre sacan los holandeses con las costillas. Así, al menos, las comí con Hadewij, cuando en 2013 perdí las sandalias. La otra salsa es picante y confío en que no despierte mi almorrana. Todo acompañado con patatas fritas y ensalada. Insisto en invitarle yo y el me invitará luego a tarta de manzana. El vino nos ha costado 10,50€ y es un tinto bastante flojo y pago con Visa, 37,50€. Sayán paga por la tarta de manzana algo menos que ocho euros. Es estudiante, no tiene recursos, y yo me lo puedo permitir. Volvemos caminando por calles animadas, pero ni me entero del recorrido que estamos haciendo. Es lo que ocurre cuando te dejas llevar por alguien que conoce la ciudad. Lo mismo me había pasado cuando íbamos hacia el Rancho-7. El problema es que, si quiero volver, no sabría hacerlo. No va a ser el caso. Llegamos a lugar conocido, a donde me indicó el iraní que estaba el parque del albergue.
Buenas noches
Llegamos al
stayokay. Sayán se queda abajo, en el WC y yo subo. Mañana nos
daremos los correos y le digo que, si alguna vez quiere ir a España
para aprender castellano, o a lo que sea, mi casa estará abierta
para él. Sayán estudia primero de Ingeniería. Tiene 21 años y me
parece muy maduro para su edad. Compartimos muchas de nuestras
opiniones. A él también le gustaría viajar y cree que no tendrá
problemas para encontrar trabajo, cuando termine la carrera. Ve a
Sudamérica como un campo con futuro. Quizás sea por eso que quiera
aprender castellano en España y poder afianzarlo en América. Cuando
subo a la habitación, está ya el de USA. Aunque nos entendemos con
dificultad en inglés, se muestra simpático. Ayer ya lo fue
dejándome cambiar la mía por su cama. Foto de la habitación.
Cuando estoy escribiendo el diario, sobre las 21:30, llega el coreano
de la cama 6. Le digo que debajo tendrá luego al de Singapur. El
coreano se va a la ducha y yo me meto en la cama para las diez. No
puedo poner a cargar las baterías del móvil y la cámara, porque el
enchufe del lavabo lo acapara el estadounidense. El coreano se
acuesta y llega el USA, al que pido que me deje cargar a mí. Lo
desenchufa, con el intercambiador americano, y yo pongo a cargar la
batería de la cámara y me vuelvo a acostar. Cuando ha llegado
Sayán, descubro que había otro enchufe tras de las cortinas, donde
él ha puesto a cargar su móvil. Durante la noche, aprovechando que
me levanto a orinar, retiro la batería de la cámara fotográfica,
ya cargada y pongo mi móvil a cargar. Cuando llega el de Singapur,
hace lo mismo que ayer y se acuesta vestido sin hacer bien la cama.
Es así como lo veo, aunque no me he enterado cuándo ha llegado. Ni
me importa. Sueño con Sayán-Van Gogh con su oreja izquierda sin
pabellón. Un corte congénito.
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